Al mediodía el sol cae a plomo sobre Sahagún y la vida suele moverse entre saludos de tienda, motos que pasan lento y niños que regresan de la escuela. Ese lunes de enero la rutina se rompió dentro de una casa del barrio San José. Allí fue asesinada Yuliana Martínez. Afuera, la calle siguió sonando igual por unos minutos, como si el pueblo todavía no supiera que una vida se había apagado adentro. Luego llegó el rumor, después la certeza y al final esa tristeza espesa que queda cuando la violencia deja de ser noticia lejana y se vuelve vecina. De Yuliana primero se dice que era madre, que cuidaba a su hija, que era conocida en el barrio. Casi nadie empieza diciendo “víctima de feminicidio”, pero su historia encaja en un patrón que en Colombia se repite demasiado.
Casi nunca un feminicidio empieza el día del asesinato. Suele tener un antes hecho de controles, celos, discusiones, miedos y alertas que no siempre reciben respuesta. Muchas violencias se esconden bajo la idea de que son asuntos privados. Cuando por fin se nombran, a veces ya es tarde. Entonces el dolor individual se conecta con una realidad más grande, la que muestran las cifras oficiales.
Los registros de la Defensoría del Pueblo, con base en la Fiscalía General de la Nación, indican que en Colombia hubo 171 feminicidios en 2024 y 119 en 2025. Detrás de esas muertes hay además muchos intentos de asesinato: 394 tentativas de feminicidio en 2024 y 324 en 2025. Es decir, cientos de mujeres sobrevivieron a intentos de ser asesinadas, pero siguen viviendo con secuelas físicas, miedo y riesgo. En total, las noticias criminales asociadas a feminicidio fueron 565 en 2024 y 443 en 2025, lo que muestra la magnitud de las investigaciones abiertas por este delito.
Hay otro dato que revela violencias específicas y muchas veces invisibilizadas: los transfeminicidios. Los registros señalan 20 en 2024 y 26 en 2025, un aumento que habla de la vulnerabilidad de mujeres trans y personas con identidades de género diversas en contextos de discriminación.
Estas cifras ayudan a entender que lo ocurrido con Yuliana no es un hecho aislado. El feminicidio no es un crimen pasional ni un accidente doméstico; es la forma más extrema de las violencias basadas en género, aquellas que ocurren cuando alguien cree tener poder sobre la vida de una mujer por el hecho de ser mujer. Incluyen control, amenazas, humillaciones y agresiones previas que muchas veces no reciben atención o protección oportuna.
A esto se suma la impunidad. Procesos lentos, medidas de protección que no siempre se vigilan y casos que no terminan en condena envían un mensaje peligroso. Cuando la justicia no llega a tiempo, la violencia encuentra espacio para repetirse. Por eso cada feminicidio deja preguntas abiertas: qué señales se ignoraron, qué ayuda faltó, qué institución no respondió.
Volver a Yuliana después de mirar las cifras cambia la perspectiva. Ya no es solo una historia triste, es el rostro de un problema estructural. Cada número tiene nombre, familia, gente que esperaba a alguien de regreso en casa. Recordar esos nombres junto a las cifras es una forma de resistir la costumbre y de insistir en que ninguna de estas muertes es normal ni inevitable. Mientras el país siga contando feminicidios año tras año, la tarea pendiente será escuchar antes, proteger mejor y actuar a tiempo para que la próxima historia no tenga que escribirse.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

