Los mataron por creer en La Paz

A las 7:50 de la noche del 14 de julio, el cielo sobre Valle Nuevo aún guardaba el calor de un día seco, de esos que hacen que el polvo de la trocha se quede pegado a las botas. En la sede de la Cooperativa Multiactiva Ecomún Esperanza del Pueblo —COOMEP—, dos excombatientes de la guerra, ahora trabajadores de la paz, se encontraban haciendo lo que cualquier ser humano decente desearía después de años de plomo: construir.

Ferney Elago Caviche, indígena Nasa del resguardo de San Lorenzo, y Florilba Ramos Morano, mujer originaria del resguardo de Pitayó, no estaban ahí armando trincheras ni escribiendo panfletos de amenaza. Estaban sembrando aguacates y criando ganado. Le apostaban a la vida después de la guerra. A la tierra después de la sangre. Al acuerdo después del conflicto.

Pero en el Cauca, la paz es un campo minado y los acuerdos son letra muerta para quienes lucran del despojo.

El lunes, hombres armados —de esos que ya nadie necesita describir porque todos sabemos quiénes son, aunque nadie se atreve a nombrarlos— irrumpieron en la sede de COOMEP. Revisaron cada rincón como quien busca armas o secretos, pero lo único que encontraron fueron vidas entregadas al trabajo y a la esperanza.

Les dispararon con armas largas. No hubo tiempo de pedir ayuda. Los mataron ahí mismo. Con la frialdad de quien mata por encargo, por territorio, o por miedo a que la paz funcione.

Ferney y Florilba eran firmantes del Acuerdo de Paz. Habían dejado las armas para asumir cargos administrativos en la cooperativa. No eran líderes sociales ni políticos en campaña. Eran sobrevivientes. Y aun así, los cazaron como si fueran peligrosos.

Las autoridades ancestrales del Cauca lo dijeron claro: “Repudiamos y condenamos a los actores armados violentos y exigimos su salida inmediata de nuestros territorios”. Y también dijeron otra cosa, que en Bogotá suena lejana: “Denunciamos la desarmonía sistemática contra nuestros pueblos originarios”.

Desde la Minga, desde lo profundo del territorio indígena, los cabildos Ukawe’sx Nasa Çxhab y el Consejo Territorial del Oriente Caucano, COTAINDOC, elevaron su voz. Pidieron algo tan básico como imposible en Colombia: que se cumpla el Acuerdo de Paz de 2016. Que pare el genocidio indígena. Que la vida, por fin, tenga valor.

Pero en la televisión no salió nada. Nadie en los noticieros leyó los nombres de Ferney ni de Florilba. Nadie mencionó sus apellidos, ni sus resguardos, ni su labor en la cooperativa. Nadie habló de los aguacates, ni del ganado, ni del proyecto que florecía en Valle Nuevo.

Y así es como se va normalizando la muerte en el Cauca.

Acá no hay titulares. Solo silencio, plomo y tierra ensangrentada.

Prensa Justicia & Dignidad