Uribismo y sionismo: la hermandad de la muerte

En Colombia, cuando los jóvenes salieron a la calle a cantar su rabia y su esperanza en el Paro Nacional de 2021, el Estado les respondió con balas. Setenta y cinco muertos —muchos apenas estrenando la vida—, 83 ojos arrancados, 28 cuerpos violados, y miles de detenciones arbitrarias. Como si la juventud misma fuera un delito. Como si el futuro hubiera que fusilarlo para que no moleste al presente de los poderosos.

En Gaza, desde octubre de 2023, la muerte tiene rostro de niño. Más de 18 mil niños y niñas asesinados bajo las bombas. Otros cien, o más, muertos de hambre, lentamente, sin ruido, con el vientre vacío como tumba anticipada. El crimen no distingue entre leche materna y pólvora: los devora a todos. Y la humanidad mira para otro lado, se entretiene con las pantallas mientras se apaga la niñez del mundo.

Y como si la historia se empeñara en mostrarnos su cinismo, aparece la fotografía: Iván Duque, sonriente, abrazado con Benjamín Netanyahu, celebrando una amistad de hierro. “Siempre es un honor visitar el Estado de Israel”, escribe. Honor, dice, mientras las calles de Cali recuerdan a sus muertos; honor, repite, mientras los hospitales de Gaza no alcanzan a salvar a los desnutridos. El honor de los verdugos siempre es la deshonra de los pueblos.

No es casualidad: al lado, el empresario Gabriel Gilinski, mecenas de una derecha que en Colombia se viste de urnas, micrófonos y portadas, pero que en el fondo se alimenta de lo mismo: muerte, sangre y horror. Son los mismos apellidos que financian campañas, los mismos que ahora ofrecen “innovación social” como si el progreso pudiera construirse sobre cadáveres.

Los niños son la primera víctima del poder. Se les dispara en la cara cuando gritan justicia, se les aplasta bajo los escombros cuando nacen en la geografía equivocada, se les deja morir de hambre porque la ayuda humanitaria es menos rentable que la guerra. El odio contra ellos es la verdadera ideología de los criminales que gobiernan con Biblia en mano y bala en el bolsillo.

Que nadie se engañe: esa foto de Duque y Netanyahu no es un retrato de amistad, es una confesión. Es el rostro del uribismo en su versión internacional: el pacto entre quienes aprendieron a gobernar a punta de miedo, represión y cadáveres.

Ojalá la memoria no se deje comprar en las elecciones del 2026. Ojalá los muertos del Paro y los niños de Gaza nos griten más fuerte que las campañas publicitarias. Porque la maldad del ser humano no necesita máscaras: posa sonriente, en traje y corbata, al lado de sus pares.

Por Justicia & Dignidad/ Periodismo independiente e investigativo