Durante meses, María Corina Machado fue presentada como el rostro exportable de la “libertad” venezolana: bien peinada, bien traducida, bien aplaudida. La pasearon por foros internacionales, la subieron al decorado del Nobel —ese teatro donde la paz suele aplaudirse antes de las guerras— y la envolvieron en un espectáculo de salvación democrática que pedía, sin sonrojo, invasión extranjera como método de liberación. Todo muy serio, muy solemne. Hasta que el poder real habló. Y la dejó viendo un chispero.
El mensaje vino de Donald Trump. No hubo mención, ni llamada, ni palmada en la espalda. Trump fue explícito: no ha hablado con Machado y ella no lidera porque “no tiene el apoyo de todos”. En una frase, Washington resolvió que la figura cuidadosamente inflada no servía para gobernar. El show terminó. Se apagaron las luces. El Nobel, al parecer, no gobierna.
Queda la pregunta —maliciosa, inevitable— de si Trump nunca superó que el Premio Nobel de la Paz (o de la guerra, como mejor debería llamarse) se lo dieran a Machado. ¿Fue ese el desquite? ¿Dejarla subir al escenario para luego recordarle que los premios no mandan y que el poder no se entrega con diplomas sino con acuerdos?
Mientras Machado pedía intervención militar en nombre de la libertad —esa libertad que siempre llega en bombardero— Trump anunciaba otra cosa: Estados Unidos administrará Venezuela, llevará petroleras estadounidenses, controlará el petróleo y definirá la transición. No habló de democracia ni de elecciones. Habló de administración, de control y de fuerza. Venezuela, en su relato, dejó de ser país y pasó a ser inventario.
Entonces apareció el nombre verdadero del poder. Trump confirmó conversaciones previas entre su secretario de Estado, Marco Rubio, y la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Según él, ella habría dicho: “haremos lo que necesiten”. No fue diplomacia. Fue subordinación con modales. Trump incluso sostuvo que, al haber sido electa vicepresidenta bajo el mandato de Nicolás Maduro, es ahora quien gobierna. La transición, en su voz, no nace del voto ni del consenso interno, sino del aval de Washington.
Ahí se cayó la máscara. La transición no era con la oposición “democrática”, ni con el rostro pulido para Europa. Era sin Maduro, pero con el chavismo en el poder. Una salida pactada desde adentro, con petróleo de por medio y continuidad institucional garantizada. Exactamente lo que meses atrás se rumoreó: una negociación de Delcy Rodríguez y su hermano Jorge para una transición sin Maduro, pero sin ruptura del régimen. Cambiar el conductor, no el vehículo.
María Corina Machado fue útil mientras sirvió para legitimar el discurso de invasión, pedir sanciones y aplaudir la fuerza extranjera como redención. Cuando llegó la hora de decidir quién manda, la apartaron sin ceremonia. El Nobel fue escenografía. La presidencia, otra cosa.
Y surge otra pregunta incómoda, ahora del otro lado de la frontera: ¿la derecha colombiana, tan entusiasta de los bombardeos ajenos, pedirá ahora que derroquen a la “chavista” Delcy Rodríguez? ¿Se atreverá a ir en contra de la decisión de Trump o, como siempre, ajustará el discurso para aplaudir lo que venga de Washington?
Al final, lo de Maduro no fue derrota militar ni caída popular: fue traición. Una salida negociada, acordada con antelación, donde unos entregaron y otros administran. Y Trump lo dijo sin pudor, como quien dicta un editorial definitivo: “Nuestros adversarios están notificados de que Estados Unidos puede imponer su voluntad en cualquier lugar”.
Así terminó el espectáculo. Machado quedó mirando el chispero. Delcy gobierna. Estados Unidos manda. Y Venezuela paga el precio de una transición hecha sin pueblo, sin soberanía y con petróleo como garantía.
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Por Justicia & Dignidad – Periodismo independiente e investigativo

