Popayán no duerme cuando aterriza el uribismo.
Se queda con un ojo abierto, la radio prendida y el teléfono cargado, por si toca salir corriendo.
El 3 de septiembre de 2025, Álvaro Uribe Vélez llegó a Popayán diciendo que venía por asuntos personales. Llegó escoltado, sonriente, seguro. Dijo “personal”, pero se reunió con políticos, empresarios y seguidores del Centro Democrático en un hotel de la ciudad. Entre canapés, cafés y aplausos reciclados, lanzó su vieja promesa con nombre nuevo: un segundo Plan Colombia para “liberar al Cauca del narcoterrorismo”.
La receta era la de siempre: fumigaciones, mano dura, alianzas con Estados Unidos y guerra presentada como salvación.
Al día siguiente, Popayán amaneció sitiada por el miedo.
En la entrada norte de la ciudad, sobre la Variante y el puente de Bellavista, aparecieron pipas-bomba colgadas como advertencias, con celulares adheridos como sistemas de activación y pancartas firmadas por el Bloque Occidental Jacobo Arenas de las disidencias de las FARC. El tránsito fue cerrado. La gente quedó atrapada en el caos. Las familias se encerraron en sus casas. La policía corrió detrás del miedo, no delante de él.
No era la primera vez. En abril y mayo ya habían aparecido artefactos similares en las mismas vías. Pero esta vez la coincidencia era demasiado perfecta para creer en el azar.
Uribe vino a hablar de guerra y la guerra respondió.
Es casi una coreografía macabra: discursos sobre orden en salones elegantes, y cilindros bomba en los puentes. Promesas de seguridad, y la ciudad aprendiendo a contar segundos entre explosiones que no estallan pero igual paralizan.
La seguridad como espectáculo. El miedo como mensaje electoral.
Dos meses después, el libreto se repitió.
El 1 de noviembre de 2025, Álvaro Uribe apareció en Tunja.
Nueva gira. Mismos discursos. Patria, enemigo interno, mano dura y nostalgia por los años en que la guerra era política pública y no vergüenza histórica.
El 8 de noviembre, Tunja despertó con una volqueta cargada de explosivos.
Atentado frustrado. El miedo, no.
Otra vez la secuencia: visita política primero, terrorismo después.
Otra vez la pregunta que ya no se puede esconder bajo la alfombra:
¿por qué cada vez que Uribe reaparece en campaña, la violencia reaparece con él?
Esto no necesita detectives. Necesita memoria.
Y ahora, diciembre.
El 15 de diciembre, Paloma Valencia fue ungida como candidata presidencial del Centro Democrático. El 16 decidió iniciar su campaña en Popayán. Llegó al aeropuerto Guillermo León Valencia y se reunió con simpatizantes en un hotel. Dijo que gobernaría con ellos, que el Cauca “se iba a recuperar”, que los violentos tenían “los días contados”.
Habló de orden. Habló de energía. Habló de mano firme.
No habló del miedo que siempre llega antes que ellos.
Tres días después, el 19 de diciembre de 2025, a las 5:50 de la mañana, Popayán volvió a despertar con el corazón acelerado.
Un vehículo cargado con explosivos fue ubicado cerca de la Estación de Policía Sur, en el barrio Bolívar.
Otra vez una camioneta.
Otra vez la amenaza.
Otra vez la ciudad respirando cuando le dicen que el artefacto fue desactivado.
¿Casualidad?
¿Mala suerte territorial?
¿O el mismo patrón de siempre?
Popayán, Tunja, Popayán de nuevo.
Uribe primero. Bombas después.
Paloma llega. El miedo regresa.
La coincidencia ya no es coincidencia: es método.
Cuando el discurso no convence, se reactiva la política del susto. Cuando la ciudadanía se cansa, se la sacude con el fantasma de la guerra. Cuando no hay proyecto nuevo, se desempolva el terror.
Así funciona la campaña: no se gana por esperanza, se intenta ganar por miedo.
En el Cauca, la guerra no es metáfora. Es desplazamiento, es líderes asesinados, es comunidades indígenas confinadas, es madres buscando hijos reclutados, es periodistas amenazados, es organizaciones sociales cerrando sedes. Y sin embargo, desde Bogotá, el uribismo sigue hablando del territorio como tablero de ajedrez y no como lugar donde vive gente.
Lo más grave es que esta historia ya la conocemos.
Y precisamente por eso, ya no cuela tan fácil.
En redes, en universidades, en plazas, en conversaciones cotidianas, el país empezó a reconocer el patrón. Basta escribir “Uribe” para que aparezca la respuesta colectiva:
No más miedo.
No más guerras recicladas.
No más política del terror.
El miedo funcionó durante años. Hoy, lo único que de verdad explota es la paciencia de un país cansado de que le administren la democracia a punta de pólvora.
Popayán no es escenario de campaña.
Tunja no es laboratorio del susto.
Colombia no es finca electoral del miedo.
Donde está Uribe, el terror aparece.
Y ahora, con Paloma Valencia siguiendo sus pasos, la historia amenaza con repetirse.
La pregunta ya no es si es casualidad.
La pregunta es cuánto más va a tolerar el país esta coreografía de discursos y explosivos.
Y la respuesta empieza a escucharse, clara y colectiva:
No más uribismo.
No más miedo.
No más terror como estrategia política.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo