Madre buscadora asesinada por alzar la voz contra los armados

El crimen de Lina María Puentes Vega deja al descubierto el abandono estatal a las madres buscadoras en el Huila, mientras la desaparición forzada se normaliza en el suroccidente colombiano.

Lina María Puentes Vega fue asesinada en la tarde del 31 de mayo, a plena luz del día, cerca de la escuela donde estudiaba su nieta, en la vereda Nueva Reforma de Baraya, Huila. No fue un robo, ni una bala perdida. La mataron porque era buscadora, porque denunciaba, porque no se rendía. Porque era madre, hermana, y secretaria de la Junta de Acción Comunal.

A Lina la silenciaron los mismos que acechan a las lideresas comunitarias del Huila. Fue un crimen selectivo. Un castigo. Un mensaje contra quienes se atreven a alzar la voz en territorios controlados por grupos armados que hoy no tienen bandera ni causa, pero sí un plan: reemplazar a la fuerza a las juntas comunitarias con personas afines a sus prácticas delictivas.

Lina dedicaba sus días a buscar a sus hermanos, José Oswaldo y Wilson Armando Puentes Vega, desaparecidos en medio del conflicto armado. Era parte activa de la Red de Buscadoras y Buscadores Tras las Huellas de la Vida, un colectivo de mujeres que camina entre fosas, papeles viejos y memorias dolorosas, con la esperanza de volver a abrazar —aunque sea en una urna— a sus seres queridos.

También era la voz clara que se oponía, sin miedo, a la presencia de actores armados en su territorio. Los denunciaba por lo que son: estructuras de miedo, extorsión y saqueo. “Esto ya no es política, esto es delincuencia”, dijo alguna vez en una reunión comunal. No lo dijo con odio. Lo dijo con verdad.

Las amenazas no eran nuevas. Baraya se ha convertido en uno de los corredores de disputa territorial entre facciones armadas ilegales, en especial el Bloque Jorge Suárez Briceño de las disidencias de las FARC, subestructura Darío Gutiérrez, comandadas por alias Calarcá. Según versiones de la comunidad, fue alias Chala, integrante de ese grupo, quien disparó contra Lina. Se presume que buscaba a otra mujer, pero terminó atacando a la lideresa, quizás porque era la única que no se callaba.

Ese mismo día, tropas de la Novena Brigada del Ejército realizaron un operativo en la zona. Dos presuntos integrantes del grupo armado fueron capturados tras un enfrentamiento. Pero ya era tarde. Lina estaba muerta. Las instituciones llegaron solo a recoger los restos de la dignidad que el Estado no supo proteger.

La muerte de Lina María no es un hecho aislado. Forma parte de una estrategia de terror que busca minar a las organizaciones comunitarias, reemplazar liderazgos legítimos por voceros armados, y perpetuar el miedo como forma de control.

Mientras las madres siguen buscando a sus hijos y hermanos desaparecidos, el Estado no las acompaña. No hay esquemas de protección eficaces. No hay garantías para la vida. Y la desaparición forzada, ese crimen que hiere dos veces —cuando se los llevan y cuando se olvida—, se ha vuelto una sombra que recorre el suroccidente del país como si fuera costumbre.

En la casa de Lina María aún se siente su ausencia como un eco que retumba en las paredes. Su nieta pequeña —la misma que esperaba en la escuela el día del crimen— pregunta por qué su abuela no volvió. La respuesta no cabe en palabras: la asesinaron por buscar la verdad, por no callar, por ser digna.

Afuera, la comunidad todavía no puede nombrar el miedo, pero lo respira. Las mujeres de la Red de Buscadoras lloran, abrazan a su familia, pero también juran no detener la búsqueda. Porque cada cuerpo hallado es un acto de amor, y cada nombre rescatado del olvido, una forma de resistencia.

El asesinato de Lina María Puentes Vega fue un crimen político, un mensaje de quienes pretenden gobernar el silencio. Pero Lina ya es semilla. Y como toda semilla, florecerá en cada madre que no se rinde, en cada comunidad que defiende su derecho a vivir sin fusiles apuntando a la esperanza.

Por Prensa Justicia & Dignidad

Los cuerpos marcados y la justicia de espaldas 25 de mayo de 2025 – Día Nacional por la Dignidad de las Víctimas de Violencia Sexual

En la vereda La María, en Jambaló, al norte del Cauca, el 10 de junio de 2009 dejó de ser un día cualquiera. Para una mujer —cuyo nombre aquí no diremos porque aún la protegen el silencio y el miedo—, ese fue el día en que dos soldados del Ejército Nacional, Carlos Pulgarín y Héctor Elías Luján, le arrebataron la vida tal como la conocía. La interceptaron cuando caminaba, como tantas veces, por el monte que une a su comunidad con el resto del país. La violaron. Eran miembros activos de la Tercera Brigada.

El horror no terminó ahí. Quien la encontró después fue otro militar, que no se hizo el de la vista gorda y reportó el hecho. Fue él quien activó —a su modo— un intento de justicia. Pero lo que siguió fue otro tipo de violencia: amenazas, operativos disfrazados de presencia militar en su casa, seguimientos, miedo. Su abogada también fue testigo de esa persecución, de cómo se convirtió en objetivo solo por atreverse a hablar.

Ella vivía en Chimicueto. Tenía sueños simples: estudiar secretariado, cuidar a su familia, vivir en paz. Pero la guerra se le metió hasta los huesos. La Fiscalía encargada, bajo el mando del reconocido fiscal Juan Carlos Olivero —eterno funcionario de la Unidad de Derechos Humanos en Cali, tristemente célebre por maltratar a las víctimas y promover la impunidad en el suroccidente colombiano— recibió la denuncia, pero convirtió el proceso en una sala de interrogatorios que hurgaban más en su dignidad que en la responsabilidad de sus agresores. No hubo enfoque diferencial, ni perspectiva de género. Solo papeles, demoras y un sistema ciego.

Años después, logró que los responsables fueran condenados. Pero uno de ellos, Carlos Pulgarín, se fugó. No está tras las rejas. Hoy, se encuentra en libertad gracias a los beneficios de la Jurisdicción Especial para la Paz. El otro también camina sin restricciones. Ella, en cambio, vive desplazada. Medianamente reparada por la justicia contencioso-administrativa —una indemnización sin alma, sin abrazo, sin verdad—, intentó levantar a su familia.

Pero la guerra volvió. En noviembre de 2023, su hijo menor de edad fue reclutado por un grupo armado. No supo más de él. La historia volvió a empezar.

Más al sur, en Puerto Caicedo, Putumayo, octubre de 2004 es recordado como el mes más oscuro por ocho mujeres. Juan Pablo Sierra Daza, apodado “el monstruo”, las violó en una sola semana. También asesinó a Rosalía, una campesina, y a Juan Guillermo, un niño motorista. No fue un delito aislado. Fue una operación de terror cometida con los paramilitares de las AUC. Las autoridades lo sabían. La comunidad lo gritó. Pero años después, Sierra Daza también se acogió a la Jurisdicción Especial para la Paz. Y también quedó libre.

Las víctimas, en cambio, no han vuelto a caminar tranquilas por sus calles. Cambiaron de casa. Algunas, de nombre. De vida. La justicia no fue hecha para ellas.

Ambos casos están hoy en etapa de fondo ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El primero cuenta incluso con medida cautelar. Pero ni siquiera eso ha sido suficiente para que haya una verdadera posibilidad de justicia.

Estos dos casos, de la Colombia invisible, nos muestran lo mismo: un sistema judicial que se arrodilla ante la impunidad, una paz que no se negoció con las mujeres en el centro, y un país que les sigue fallando. Hoy, Día por la Dignidad de las Víctimas de Violencia Sexual, no se trata de cifras ni conmemoraciones vacías. Se trata de reconocer que el cuerpo de las mujeres ha sido campo de batalla y que la justicia, muchas veces, ha sido cómplice por omisión.

Ellas no han pedido venganza. Solo han pedido verdad, reparación y garantías de no repetición. Pero ni siquiera eso han recibido.

Por Justicia & Dignidad

Emilse Jiménez: La madre que camina entre las sombras buscando la luz en el Día de la Afrocolombianidad

A Emilse la conocí en una reunión virtual, de esas donde las cámaras parpadean y las voces se entrecortan, pero el alma se reconoce de inmediato. Era la sesión fundacional de nuestro Movimiento de Madres y Mujeres por la Paz. No necesitó decir mucho para estremecerme. Su historia entró a la pantalla como entra el viento: sin pedir permiso, removiendo todo a su paso. Y la abracé con todo el amor del mundo, aunque fuera con palabras, aunque fuera desde lejos.

La abracé aún más fuerte el día que fundó la Guardia Intercultural Humanitaria, en el parque de Yumbo, Valle del Cauca, bajo el calor espeso de una mañana de sábado. Era el punto de partida, justo antes de subirnos a la chiva que nos llevaría al resguardo de Valle del Sol, donde ella cumpliría su misión. Emilse, con sus largas trenzas afrocolombianas y su acento dulce, se paró frente al grupo con la dignidad que dan el duelo y la esperanza. Supimos entonces que estábamos siendo testigos de algo más grande que nosotras mismas.

Venía bajando del monte como bajan las mujeres negras de las guerras: con la espalda cargada de historia, con las manos vacías de su hija y de su nieto, y con el corazón lleno de nombres sin tumba.

Emilse Jiménez no nació para ser heroína. Nació en Buenos Aires, Cauca, donde el río Cauca arrastra más muertos que peces y donde el plomo cae más rápido que la lluvia. Allá crio a Jessica Viviana Carabalí, una hija de fuego que aprendió a hablar en reuniones comunitarias, a escribir en carteles de protesta, y a soñar en clave de resistencia. Jessica fue lideresa social, se metió con los poderosos de turno, con los que pegaban a las mujeres en la oscuridad y con los que mandaban a matar desde sus escritorios.

El 25 de julio de 2018, Jessica cayó al suelo con dos disparos en el cuerpo. La encontraron al lado del patio de su casa. Dicen que fue su expareja, un exmilitar que ya la había golpeado antes. La llevaron al hospital. Duró quince días entre la vida y la muerte, y se fue sin hacer bulla. Tenía 32 años. Tenía futuro.

Desde entonces, Emilse no duerme igual. A veces se levanta de madrugada, con el corazón en la boca, tocando puertas como si su nieto aún pudiera estar detrás de alguna. Él también está desaparecido. Lo reclutó la guerra. Lo arrancaron de la escuela, del juego, de los abrazos de su abuela. Nadie sabe dónde está. O todos lo saben y nadie quiere decirlo.

Emilse no se dejó morir. A pesar de que el alma le duele, a pesar del miedo, a pesar de que no ha podido volver a su escuela en Masamorrero, donde enseñaba con tizas de colores y cuentos tejidos con memoria. A pesar de que recibe mensajes de amenaza, a pesar de que la buscan para callarla. A pesar de todo eso, Emilse se paró firme y creó la Guardia Intercultural Humanitaria. Porque entendió que su dolor no era solo suyo. Que la desaparición no tiene color, que el reclutamiento no distingue etnias, que la bala no pregunta por la cédula. Y entonces llamó a las madres indígenas, a las campesinas, a las de las ciudades, a las desplazadas, a las rebeldes. Las llamó a todas.

Así nació el Movimiento de Madres y Mujeres por la Paz, así nació la Guardia Intercultural Humanitaria. No nació en una oficina, nació en las caminatas largas, en las asambleas de humo y panela, en las velas encendidas frente a los cementerios. Emilse es madre buscadora, pero también es madre sembradora. Siembra dignidad en la tierra dura del olvido. Siembra memoria con palabras dulces. Siembra justicia con manos temblorosas.

Con el tiempo, comprendimos que ella nunca decía el nombre del movimiento de la misma forma. A veces decía «Movimiento Nacional de Madres Buscadoras por la Paz», otras veces lo nombraba como «Movimiento Nacional de Madres Luchadoras por la Paz». Al principio creímos que era un error, una confusión comprensible en medio del dolor. Pero luego entendimos: era su mandato de mayora afrocolombiana, de mujer que invoca con la palabra. Para Emilse, ser madre implica ser buscadora, luchadora, sembradora. No le bastaba con decir “mujer”; necesitaba un adjetivo de resistencia. Y así nos renombraba a todas. Nos paría de nuevo. Y antes de hablar, en cada reunión, nos decía: «Compañeras, reciban un saludo de lucha ancestral, de bienestar y de resistencia», como quien sopla ceniza para reavivar la brasa.

Hoy, 21 de mayo, día de la Afrocolombianidad, día de la Diversidad Cultural, día de los pueblos que se niegan a arrodillarse, escribimos sobre Emilse porque su lucha es más grande que su tristeza. Porque ella no solo busca a los suyos: convoca a las que todavía pueden amar, a las que aún creen en la vida, a las que no han perdido la rabia ni la ternura.

Hoy celebramos a Emilse, no porque no tenga miedo, sino porque camina con él. Porque su duelo es un canto. Porque su amor no tiene fronteras. Porque en un país donde las madres entierran a sus hijos, ella decidió sembrar futuro con el mismo dolor con que otros siembran balas.

Por Sofía López Mera, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad.

Mondomo sangra: Zuleima y Esther Julia, las que sembraban vida

Zuleima Mosquera caminaba entre cafetales y trochas rojas de barro que cicatrizan el territorio del norte del Cauca. Desde la vereda Puente Real, en Caldono, su voz se escuchaba en las asambleas comunitarias, en los talleres con niños, en las reuniones de la Zona de Reserva Campesina del Pital-Pescador. Era pequeña, fuerte y directa. Le gustaba organizar y sembrar. Hace poco viajó a Bogotá con una delegación de líderes comunales. Había que defender los derechos del campo con dignidad, sin escándalos, pero con terquedad.

El sábado 18 de mayo, su voz fue silenciada. Un hombre se acercó mientras ella compartía en un establecimiento público del corregimiento de Mondomo y le disparó a quemarropa. Zuleima cayó en el sitio. El asesino huyó en moto. Esa noche, la tierra que ella defendió con sus manos fue bañada por la sangre de otra mujer valiente.

En abril, también en Mondomo, una explosión estremeció la estación de Policía. Esther Julia Camayo, comunera indígena de la vereda San Isidro, del resguardo de Concepción, integrante de la ANUC y productora de café, murió junto a su hija herida. La comunidad había alertado sobre la presencia de hombres armados. Nadie actuó.

Ambas mujeres pertenecían a procesos sociales organizados. Ambas habían asumido el rol de lideresas en sus comunidades. Ambas fueron asesinadas en el norte del Cauca. Ambas asesinadas en un Mondomo sangriento, una región donde la violencia ya no es solo fuego cruzado: es una estrategia de exterminio selectivo.

Desde la firma del Acuerdo de Paz en 2016, 219 mujeres lideresas han sido asesinadas en Colombia. Muchas de ellas eran defensoras de la tierra, constructoras de paz, guardianas del agua, de la palabra y de la vida. Esta cifra no es una coincidencia ni una estadística: es un grito de alerta. Un mapa del miedo.

Particularmente en el Cauca, se configura un patrón de exterminio político contra las mujeres que lideran procesos sociales. Las lideresas son blanco de los actores armados porque representan una amenaza al control territorial. Su asesinato no es solo una pérdida individual: es un golpe al tejido organizativo, un mensaje para disuadir, un vacío que se llena con nombres afines a intereses criminales.

La protección estatal es una parodia trágica: botones de pánico, teléfonos celulares, chalecos antibalas que las marcan como objetivo. La Unidad Nacional de Protección (UNP) es señalada por corrupción, lentitud e ineficacia. Las alertas tempranas, como la 036/23 y la nota humanitaria 019/23 de la Defensoría, se quedan archivadas mientras las balas siguen marcando el ritmo de la impunidad.

Zuleima y Esther no murieron por azar. Las mataron porque eran el rostro visible de la organización campesina e indígena. Porque se atrevían a hablar, a cuestionar, a convocar. En un país que presume haber firmado la paz, sus asesinatos indican que la guerra mutó, pero no terminó.

El norte del Cauca sangra. Mondomo sangra por sus mujeres valientes. Y la historia no puede seguir narrándose sin sus nombres, ni sin justicia.

Por:  Prensa Justicia & Dignidad

Ungidos para violentar: abusos sexuales en el nombre de Dios

En Colombia, donde el púlpito se convierte en trinchera del poder y la Biblia en escudo del agresor, las iglesias evangélicas son, a veces, templos del silencio. Tres historias recientes, donde pastores abusaron sexualmente de niñas y mujeres, revelan una estructura patriarcal, violenta y cómplice, en la que la fe se usa para someter. En estos relatos no hay milagros, pero sí cuerpos rotos, comunidades indignadas y un Estado ausente.

Primera historia: La niña que corrió envuelta en sábanas
Martes, 29 de abril de 2025. Vereda San Andrés, Chinchiná, Caldas.
La cámara de seguridad graba una escena que quiebra el alma: una niña de 13 años sale corriendo de una casa rural. Está descalza, cubierta apenas por sábanas. Corre con el miedo clavado en la espalda. Tras ella, un hombre con camisa blanca, identificado como José Ramírez, pastor de la Iglesia Ministerio Apostólico del Reino. También es su padrastro.

Según los vecinos, el pastor intentó abusar sexualmente de la menor. La niña logró escapar, pidió ayuda a un vecino y fue llevada al hospital. La comunidad reaccionó antes que la policía: golpearon al hombre, lo insultaron, lo redujeron.

El video de su captura muestra a Ramírez ensangrentado, escoltado por uniformados, mientras una turba —hombres, mujeres, jóvenes— le gritan lo que tal vez la niña aún no puede decir. La justicia llegó primero por mano propia.

Segunda historia: El pastor que “aconsejaba” a niñas en Medellín
Martín Emilio Vélez Correa dirigía una iglesia evangélica en el noroccidente de Medellín. Predicaba sobre el amor de Dios, ofrecía asesoría espiritual a niñas de 13 y 15 años. Las llamaba a “sesiones privadas”, les decía que eran especiales, elegidas.
Durante más de una década, según la Fiscalía, abusó sexualmente de tres menores. Tocamientos, acceso carnal, manipulación religiosa. Lo hizo bajo el amparo de su investidura: el pastor, el ungido, el hombre de Dios. En 2024, tras años de impunidad, fue detenido y judicializado.
Negó los cargos, como todos. Pero los testimonios de las víctimas eran claros. Lo que la comunidad llamaba guía espiritual era, en realidad, violencia sexual.

Tercera historia: 14 años de abusos, silencio y condena
Francisco Jacomó fue durante 14 años el pastor principal del Centro Cristiano de Alabanza El Shaddai. Su doctrina mezclaba la obediencia con el miedo, la sumisión con el deseo camuflado de divinidad.
A las mujeres que abusaba las llamaba “elegidas”. Les decía que los besos eran prueba de Dios, que los tocamientos eran necesarios para tallar su carácter cristiano. Durante años, manipuló textos bíblicos, impuso silencio, usó la culpa como herramienta de control.

Abusó de mujeres y niñas, incluyendo a dos hijas menores de una feligresa. En 2019, algunas víctimas decidieron hablar. Fueron revictimizadas por el sistema judicial. “Eso le pasa a una niña, no a una adulta”, dijo una fiscal.
En 2024, Jacomó fue condenado a 25 años de cárcel por acceso carnal violento y acoso sexual. El juicio abrió la puerta para investigar otros casos aún ocultos en la comunidad.

Estas no son historias aisladas. Son expresiones de un patrón: el machismo institucionalizado en muchas iglesias evangélicas. Pastores con poder absoluto, sin control, sin rendición de cuentas. Mujeres y niñas convertidas en cuerpos sacrificables. Comunidades que prefieren no ver. Estados que llegan tarde o no llegan.
Las iglesias evangélicas en Colombia, lejos de ser refugios espirituales, han sido espacios donde se reproduce y encubre la violencia patriarcal. Casos como los de los pastores José Ramírez, Martín Emilio Vélez y Francisco Jacomó reflejan un patrón de abuso sexual sistemático por parte de líderes religiosos, aprovechando el silencio impuesto por la fe y la manipulación emocional.

En muchas zonas rurales, los pastores han asumido roles de poder absoluto, sustituyendo al Estado y controlando la vida íntima de los fieles, con un enfoque de sumisión femenina y castigos «espirituales». La teología patriarcal coloca a las mujeres en una posición de inferioridad, justificando el abuso como «voluntad divina» o «prueba de fe».
Cuando las víctimas intentan denunciar, son revictimizadas y acusadas de mentir, enfrentando una justicia lenta y muchas veces cómplice. La presión social dentro de las iglesias refuerza el miedo al ostracismo. El Estado, por su parte, ha dejado de intervenir, permitiendo que estas iglesias operen sin regulación ni protección para las mujeres y niñas.

Estas iglesias también se oponen a leyes de protección y promueven campañas que fortalecen la cultura de la violación. En lugar de ser aliadas en la lucha contra la violencia de género, muchas son barreras para erradicarla.
La violencia patriarcal en estas iglesias no es aislada, sino un sistema misógino que opera con total impunidad y en complicidad con un Estado indiferente. Las víctimas necesitan justicia, no solo oración. Esto solo será posible si se rompe el pacto de silencio, se regula a las iglesias y se da voz a las sobrevivientes.

Por: Sofía López, abogada , periodista y defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad

Luisa Fernanda fue encontrada en una maleta: ¿de qué sirvió la emergencia por violencia de género?

El 28 de marzo de 2025, Luisa Fernanda Saldarriaga Leal desapareció en Tuluá, Valle del Cauca. Desde entonces, la familia vivió días de desesperación, sin respuestas, sin esperanza. El 1 de abril, su cuerpo fue hallado en la vereda Puerto Bertín, una zona rural del municipio de Buga, dentro de una maleta. La joven, que había sido vista por última vez con un grupo de amigos, dejó de responder mensajes el 31 de marzo, y desde entonces, su paradero fue un enigma. Las autoridades no pudieron confirmar su identidad hasta el 16 de abril, 15 días después de su macabro hallazgo, cuando Medicina Legal finalmente identificó sus restos. La noticia cayó como un balde de agua fría en una región ya golpeada por el flagelo de la violencia.

El caso de Luisa Fernanda es solo uno de los 126 feminicidios que se han registrado en Colombia hasta finales de marzo de 2025. El horror de su asesinato, que ocurrió en medio de la aparente tranquilidad de la zona rural, refleja la crudeza de una violencia que sigue creciendo a pesar de las políticas que se prometen desde el gobierno. Durante el 2022, el Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2022–2026, en el que se sancionó la declaratoria de emergencia por violencia de género, generó expectativas sobre un cambio en las condiciones de las mujeres en el país. Se esperaba que este acto institucional, al menos, proporcionara una respuesta ante el creciente número de muertes violentas. Pero la realidad es otra. La crisis persiste y las víctimas siguen cayendo.

Y es que, para muchos, la respuesta del gobierno frente a la violencia de género sigue siendo vacía. El mismo presidente Petro, en una defensa inaudita de Armando Benedetti —acusado de violencia de género hacia su esposa— soltó una de las frases más desconcertantes que se haya oído en mucho tiempo: «Los feminismos matan hombres». Este es el tipo de declaración que nos lleva a preguntarnos si realmente comprendemos el alcance de lo que está sucediendo, si quienes están al mando realmente entienden el dolor y el sufrimiento de las víctimas.

Señor presidente, no son los feminismos los que matan hombres. Lo que mata es el patriarcado, esa estructura perversa que ha permitido que las mujeres sigan siendo deshumanizadas, reducidas a cifras en las estadísticas, despojadas de su derecho a vivir sin miedo. En Colombia, las mujeres ya no solo luchan contra los feminicidas, sino contra la indiferencia de un sistema que las ha dejado atrás.

Las cifras son alarmantes: 126 feminicidios en lo que va de 2025. Y aún así, el gobierno parece más preocupado por defender a los poderosos que por dar respuestas efectivas ante este desastre. La declaratoria de emergencia por violencia de género fue solo un papel vacío que no ha servido de nada. Mientras tanto, las mujeres siguen siendo asesinadas, violadas, torturadas, y la justicia sigue siendo esquiva, distante, indiferente.

Lo que necesitamos, lo que pedimos a gritos, es una respuesta real, urgente, no solo en palabras, sino en actos concretos que cambien el panorama y frenen la barbarie que vivimos día a día. No podemos seguir siendo testigos de la indiferencia de un gobierno que ha hecho de las promesas un acto vacío.

Haga algo, por favor, señor presidente.

No nos condene a la barbarie.

La violencia no tiene cara de feminismo. La violencia tiene cara de patriarcado.

Por: Sofía López, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad.

A Sara la mataron por ser ella, en una sociedad que odia a las mujeres trans

Sara Millerey tenía 32 años. Quizá soñaba con un futuro sencillo: una casa propia, un amor limpio, la posibilidad de caminar por la calle sin miedo. Pero eso, en este país que celebra la muerte con discursos vacíos, le fue negado. A Sara la golpearon hasta quebrarle los huesos. Luego la arrojaron a una quebrada como si su vida no valiera nada. Como si su nombre, su identidad, su dignidad, fueran basura.

Era viernes. El sol caía como plomo sobre las calles de Playa Rica, en Bello. En algún punto de esa tarde, a Sara la sacaron de la vida que tejía con dignidad, a golpes. Golpes de odio. Golpes que no buscaban robarle nada más que su existencia. Su cuerpo, aún con vida, fue arrojado a las aguas de la quebrada La García. Pero Sara se aferró. A las ramas. A la vida. A la posibilidad de que alguien la oyera.

Y alguien la oyó.

Dos hombres, acaso conmovidos por su grito, se lanzaron al agua y la sacaron de allí. Después vendría el traslado al hospital. La cama fría. La espera. El dolor. La muerte.

Murió días después. No porque quisiera. No porque estuviera sola. Sino porque los golpes habían sido brutales. Le fracturaron manos y pies, como si el castigo fuera no permitirle salir jamás de la quebrada. Como si quisieran borrar su humanidad.

Pero el agua no borra la violencia. La arrastra. La exhibe. La devuelve, como un espejo sucio que este país se empeña en no mirar.

Sara fue la número trece. Trece personas LGBTIQ+ asesinadas en Antioquia en lo que va del año. Hugo Alexander Ramírez Carmona, muerto en su casa en Medellín. Luis Fernando Orozco, asesinado en Zona Bananera. Todos distintos, pero unidos por el mismo hilo rojo de la impunidad. La misma rabia. El mismo silencio institucional que a veces se disfraza de comunicados, de planes vacíos, de protocolos sin alma.

No es casual. Es sistemático.

Mientras la Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín guardan discursos de inclusión en las gavetas, la sangre de Sara tiñe las aguas de La García. Hugo muere en la madrugada, sin que nadie lo salve. Luis Fernando cae en Orihueca, bajo el plomo de unos sicarios.

¿Qué más se necesita para decir que esto es una masacre a cuentagotas?

A Sara no la mató solo quien levantó la mano. La mataron los prejuicios. La mató el Estado con su indiferencia. La mataron quienes callan, quienes justifican, quienes dudan que una mujer trans merezca justicia.

Y sin embargo, algo queda.

Queda el grito de Sara entre las ramas. Quedan los dos hombres que la sacaron del agua. Queda la voz de quienes, como ustedes al leer esto, se atreven a no olvidar.

Porque la dignidad —como el río— siempre encuentra un camino.

Por: Sofía Lopez Mera, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad .

Colombia da un paso histórico para proteger a las mujeres en política: entra en vigencia la Ley 2453 de 2025

En una decisión histórica que busca saldar una deuda estructural con las mujeres en el ámbito público, el Gobierno Nacional sancionó la Ley 2453 de 2025, una norma integral que establece medidas para prevenir, atender y sancionar la violencia contra las mujeres en política. La ley fue firmada el 2 de abril por el presidente Gustavo Petro, junto a las ministras y ministros de Justicia, Interior e Igualdad, y ya rige en todo el territorio nacional.

Esta normativa marca un punto de inflexión para la democracia colombiana: por primera vez se reconoce legalmente que la violencia política contra las mujeres no solo existe, sino que opera de formas múltiples y muchas veces silenciosas. Desde la agresión física hasta los ataques digitales y simbólicos, la ley tipifica expresamente todas las modalidades de violencia que buscan limitar el ejercicio político de las mujeres por razón de género.

Participar sin miedo: un derecho fundamental

La ley reconoce que las mujeres tienen derecho a una vida política libre de violencia, sin discriminación y sin estar sujetas a estereotipos de subordinación. En ese sentido, protege su participación en procesos electorales, en cargos públicos, en el control del poder político y en todas las instancias de representación y toma de decisiones.

“La participación política de las mujeres no puede seguir siendo un campo minado por el miedo y la agresión. Esta ley es una herramienta para que ninguna mujer tenga que elegir entre sus derechos políticos y su integridad”, afirmó la ministra de Justicia, Ángela María Buitrago Ruiz.

Violencia política con nombre y apellido

La Ley 2453 define la violencia política como cualquier acción, conducta u omisión, pública o privada, que busque restringir los derechos políticos de una mujer y que esté basada en elementos de género. Reconoce formas específicas de agresión como:

Violencia digital: ataques en redes sociales, suplantación de identidad o difusión no autorizada de contenido.

Violencia simbólica: perpetuación de estereotipos que deslegitiman la autoridad femenina.

Violencia económica: restricciones al acceso a recursos para campañas políticas.

Violencia vicaria: agresiones que usan a familiares o personas cercanas como blanco para dañar a la mujer.

Mecanismos de protección y vigilancia

La ley establece que el Consejo Nacional Electoral, la Registraduría y entidades como la Procuraduría, Defensoría del Pueblo y personerías municipales deberán vigilar el cumplimiento de esta normativa, otorgar medidas de protección y acompañar legalmente a las víctimas.

Además, los partidos políticos estarán obligados a implementar protocolos internos de prevención, atención y sanción, con el acompañamiento de sus dependencias de género, sin que ello implique intervenir en su autonomía organizativa.

Interseccionalidad y riesgo extraordinario de género

La norma también introduce dos conceptos clave: la interseccionalidad, para reconocer que hay mujeres más vulnerables por su raza, orientación sexual o condición étnica, y la presunción de riesgo extraordinario de género, que obliga al Estado a actuar con urgencia ante denuncias de amenazas o agresiones contra lideresas.

Un cambio de época

Con la Ley 2453, Colombia no solo se alinea con los tratados internacionales en derechos humanos y equidad de género, sino que da un mensaje claro: la democracia plena solo es posible cuando las mujeres pueden ejercer su liderazgo sin miedo.

Porque no basta con abrirles la puerta a las mujeres en la política: hay que garantizar que puedan entrar sin ser violentadas.

Por: Prensa Justicia y Dignidad

Migrantes varados en Panamá: un limbo legal y humanitario

Desde la ventana de un hotel en Ciudad de Panamá, dos niñas alzan un mensaje desesperado: «Please help us». Detrás del cristal, atrapadas en una jaula de lujo que no es su hogar, piden lo que el mundo les ha negado: una oportunidad de vivir sin miedo. No tienen país, no tienen refugio, no tienen futuro. Son migrantes, deportadas sin explicación, empujadas a la orilla de una tierra que no les pertenece y que tampoco las quiere. Sus vestidos turquesa contrastan con la frialdad del vidrio que las separa de la calle, de la vida, de la esperanza. No gritan, porque saben que nadie escucha. No corren, porque no tienen a dónde ir. Solo quedan sus manos temblorosas sosteniendo un papel que se deshace bajo el peso del silencio internacional.

Más de un mes después de que fueran encerrados en el hotel Decápolis de Ciudad de Panamá, decenas de migrantes africanos y asiáticos deportados desde Estados Unidos siguen sin rumbo, atrapados en un limbo legal y humanitario. Son personas que huyeron de la persecución en sus países de origen y que, tras un periplo de violencia e incertidumbre, terminaron siendo utilizadas como fichas de un perverso acuerdo bilateral entre Washington y Panamá. Su tragedia es la de miles de migrantes que, en ausencia de tribunales nacionales o internacionales que garanticen sus derechos, quedan a merced de decisiones arbitrarias y de una comunidad internacional que les da la espalda.

En el grupo hay hombres, mujeres y niños provenientes de países como Irán, Afganistán, Nepal, Pakistán, Somalia, Eritrea, Camerún, Etiopía, China y Rusia. Artemis Ghasemzadeh es una de ellos. Huyó de Irán tras convertirse al cristianismo, pues en su país esa decisión se paga con la muerte. En su intento de alcanzar el asilo en EE.UU., terminó detenida y posteriormente trasladada a Panamá sin explicación alguna. Como ella, muchos otros quedaron varados en una nación que no eligieron y que, pasado un corto plazo de 30 días, amenaza con deportarlos a un destino incierto.

El modus operandi fue simple: migrantes capturados en EE.UU. fueron enviados directamente a Panamá sin opción de solicitar refugio ni acceso a abogados. Encerrados en un hotel sin comunicación con el exterior, las imágenes de sus súplicas desde las ventanas se viralizaron en redes sociales. Algunos aceptaron el «retorno voluntario» a sus países, una opción impuesta bajo coerción. Otros, conscientes de que regresar significaría la muerte, decidieron quedarse en un país que no les ofrece garantías ni soluciones reales.

Las condiciones en las que han sido tratados son propias de un régimen que desprecia la vida humana. Un migrante afgano relató que los engañaron: les dijeron que los trasladarían a otro hotel, pero terminaron en un albergue improvisado en la selva del Darién, en condiciones insalubres y con raciones de comida insuficientes. Un hombre iraní, enfermo de diabetes, denunció que no recibió su medicación. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) fueron mencionadas como responsables del albergue, pero al momento de la llegada de los migrantes no había presencia de estos organismos. El abandono fue total.

Ahora, en Ciudad de Panamá, un grupo de ellos sobrevive gracias a la ayuda de la Iglesia católica. Fe y Alegría, una organización religiosa, los acoge temporalmente en un gimnasio, pero la incertidumbre persiste. Sin dinero, sin contactos y sin hablar español, estos migrantes han quedado librados a su suerte en un país que no reconoce su derecho a quedarse y que tampoco ofrece alternativas reales.

Los mecanismos de protección internacionales brillan por su ausencia. Ni los tribunales nacionales ni los organismos internacionales han logrado frenar estas expulsiones sumarias, una violación flagrante a la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. La denuncia interpuesta ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos puede sentar un precedente, pero llega tarde para quienes han sido deportados o para aquellos que, ante la desesperación, han aceptado regresar a la persecución de la que huyeron.

Lo sucedido con estos migrantes no es un hecho aislado: es la consecuencia directa de políticas migratorias que los tratan como una amenaza, no como seres humanos. Con el regreso de Donald Trump al poder, el panorama solo puede empeorar. Su retórica antiinmigrante, sus intentos de anular el derecho de asilo y sus medidas para externalizar el control migratorio convertirán estos abusos en norma. Lo que está en juego no es solo la vida de quienes buscan refugio, sino los valores fundamentales de la humanidad. Permitir que se consoliden estos atropellos es aceptar un retroceso civilizatorio que nos arrastra a todos.

Por: Sofía López Mera, abogada, periodista, defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.

Ana María, otra desaparecida que volvió en cenizas

Por más de seis meses Mariluz Varón recorrió, sola, las calles polvorientas de Neiva, preguntando por su hija, Ana María Caballero. Llevaba en la mano un cartel y en el pecho el desespero. En las noches se regresaba sin respuestas, pero nunca sin miedo. Sabía que en Colombia, cuando alguien desaparece, la mayoría de veces no vuelve.

Ana María, joven, madre de una niña de 8 años, había salido desde Rovira, Tolima, a «ganarse unos pesitos» vendiendo su viejo Nissan Sentra en Neiva. La cita fue pactada por redes sociales, como sucede tantas veces en la Colombia popular que vive del rebusque. Desde ese 16 de septiembre, ni su hija ni su yerno Ubardi Ávila dieron señales. La tierra, como tantas veces en este país, se los tragó.

Pero esta vez la tierra habló. Una fosa común en un paraje despoblado de Neiva devolvió un cuerpo incinerado. Las pruebas forenses confirmaron lo que el Estado no quiso buscar: era Ana María.

Las desapariciones forzadas se volvieron paisaje en Colombia. El silencio que las rodea es más espeso que la maleza de las veredas donde entierran a la gente. Antes, la desaparición fue una estrategia de guerra —armas, uniformes, listas negras y masacres encubiertas—. Ahora, el crimen se camufla en la cotidianidad: por robarle un carro, por «deberle» a alguien, por cruzarse con las redes de trata, por estar en el lugar equivocado o por ser, simplemente, pobre.

A Ana María la desaparecieron por intentar sobrevivir en un país donde hay que arriesgarse hasta para vender un carro. La desaparición ya no es solo un mecanismo de guerra, sino también de rentas, de pillaje y de control territorial. Pero el Estado, acostumbrado a mirar para otro lado, actúa como si el fenómeno hubiera terminado el día que se firmó el Acuerdo de Paz. Como si la guerra y sus prácticas se hubieran ido con las FARC.

La Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, creada precisamente para encontrar a los ausentes, se ata las manos al limitar su mandato a los desaparecidos hasta 2016, como si después de la firma no hubieran seguido desvaneciéndose personas en las calles, en las carreteras y en las riberas de los ríos. Mientras tanto, la Fiscalía, encargada de investigar, hace como que hace, pero no hace. La inoperancia es su mejor disfraz y la impunidad su marca registrada.

A Mariluz le tocó lo que le ha tocado a cientos de madres, esposas e hijos: buscar a sus muertos en la selva, en las montañas, en las morgues y en las fosas clandestinas. Y cuando por fin los encuentran, nadie responde.

Ana María regresó, sí, pero en cenizas. Volvió a su casa dentro de una bolsa negra, sin voz, sin ojos, sin historia, convertida en rastrojo. Y la muerte, vieja conocida de este país, regresó también. Nunca se había ido.

Por Sofía Lopez Mera , abogada, periodista,  defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.