La Asamblea Permanente del Valle del Sol: resistencia frente al despojo y la violencia

Se repite una y otra vez: cuando las mujeres avanzan, el patriarcado se reorganiza para golpearlas, silenciarlas, expulsarlas y borrarlas de la historia. Esta vez no es distinto. La comunidad indígena del Valle del Sol, legítima y reconocida por la Corte Constitucional, ha dicho basta. Se ha declarado en Asamblea Permanente. Una figura política, ancestral y colectiva que se levanta como un muro de dignidad ante el despojo, la persecución y la violencia sistemática.

En el centro de esta historia está Clara Sorany Guejia Villamil —o Sol, como la conoce su comunidad—, una de las fundadoras y gobernadora indígena elegida antes del desalojo y durante el año 2024. Sol es mujer, es madre, es autoridad, y por eso la quieren fuera. La quieren callada. Usan la justicia indígena —la misma que se supone debería proteger— para castigarla por hablar, por organizar, por no someterse. Su cambuche, vacío desde que fue forzada a irse por seguridad, aún huele a tabaco y plantas medicinales. Allí, sus agresores, con cinismo, fingen hacer «armonización». Pero la medicina ancestral no es herramienta de venganza ni de poder, es camino de sanación. Y ese camino hoy lo usa el opresor para disfrazarse de sabio.

La comunidad legítima del Valle del Sol ya no se encuentra en el predio de La Buitrera, de donde fue desalojada en 2021. Fueron 20 familias, desplazadas por el conflicto armado, que hoy resisten. La Corte Constitucional, mediante la Sentencia T-391 de 2022, reconoció que estas familias son indígenas, que están en situación de desplazamiento forzado y que son víctimas del conflicto armado. Y ordenó al Estado garantizarles el acceso a la tierra, el derecho a la vivienda y el reconocimiento como comunidad indígena.

Pero han pasado tres años y nada. Ni la Alcaldía de Yumbo, ni la Unidad de Víctimas, ni el Ministerio del Interior cumplieron con la caracterización. No ejecutaron las órdenes. En cambio, permitieron la entrada de otros actores que buscan usurpar lo que le pertenece a esta comunidad.

El señor Rafael Ulcue y su hijastra, Yaqieline Barona —censados en el Resguardo Nuevo Despertar de Dagua, no en el Valle del Sol— encabezan un intento de suplantación. Inflan censos con personas no indígenas, venden lotes de tierra privada a espaldas de la comunidad, prometen libertades a judicializados a través de la justicia indígena, y hasta actúan como comisionistas para negociar la compra de tierras por parte de la Agencia Nacional de Tierras. Quieren el resguardo, pero no para el pueblo. Lo quieren para hacer negocio.

Mientras tanto, los funcionarios locales juegan al doble discurso. El personero de Yumbo, Mauricio Castañeda, ignoró las denuncias por amenazas de muerte y desplazamiento forzado contra la comunidad legítima. En cambio, le dio el aval al «cabildo» conformado por quienes no son parte del Valle del Sol ni beneficiarios de la sentencia. La Secretaría de Gobierno simula apoyo mientras valida los censos inflados. Lo hacen para justificar un nuevo desalojo. Esta vez, legalizado por el engaño.

Pero la comunidad resiste. Se declaró en Asamblea Permanente no desde un resguardo tranquilo, sino desde el desplazamiento forzado. Al ver que La Buitrera está hoy ocupada por personas no indígenas traídas por Rafael Ulcue, decidieron convocarse en un parque de Dapa, en Yumbo. La reunión fue saboteada. Los celulares intervenidos. Tuvieron que irse a la estación de policía para sentirse más seguros. Allí, en ese refugio improvisado, compartieron cómo sus agresores ya sabían de la reunión y cómo han estado manipulando símbolos sagrados como la medicina tradicional.

Hoy, doce de las veinte familias beneficiarias siguen en pie, organizadas, diciendo con firmeza: no hay cabildo, hay asamblea. Y desde ahí se toman las decisiones. Desde ahí se protegen. Desde ahí denuncian y construyen.

La Asamblea Permanente del Valle del Sol es mucho más que una acción política. Es un acto de amor por la tierra, por la memoria, por la vida. Es el grito colectivo de quienes no están dispuestos a permitir que les arrebaten lo que les corresponde. No es solo Sol, es un pueblo entero el que se niega a ser borrado.

El Estado colombiano no puede seguir permitiendo que la autonomía indígena sea usada como escudo por los gamonales. No puede cerrar los ojos mientras se comercian derechos colectivos como si fueran parcelas. Mientras la violencia política y de género se disfraza de “armonización”.

Como parte de su lucha jurídica, la comunidad ha interpuesto varias tutelas en contra del Municipio de Yumbo, reclamando el cumplimiento de las órdenes emitidas por la Corte Constitucional. Esperan que, una vez más, sea la justicia la que les dé la razón y les devuelva no solo su derecho, sino también su dignidad como pueblo originario.

El Valle del Sol no está dividido. Está de pie. En Asamblea Permanente. En resistencia.

Por Prensa Justicia y Dignidad

Las medidas antiderechos de Donald Trump: lo que ya pone en marcha el Proyecto 2025

El Proyecto 2025 ya no es una amenaza futura: está en marcha. Diseñado por la Heritage Foundation y promovido por más de 80 organizaciones de la ultraderecha estadounidense, este plan opera como una hoja de ruta autoritaria para reinstaurar a Donald Trump en el poder —y desde ahí, desmantelar derechos, aplastar disidencias y transformar al Estado en un arma de control ideológico.

Con más de mil páginas, el documento propone —y ya se aplica en la práctica— la purga del funcionariado público, la colocación de leales en cargos clave, y la eliminación de políticas que defienden a migrantes, mujeres, personas LGBTIQ+, comunidades indígenas, afroamericanas y al planeta mismo.

Atacar a quienes defienden derechos

Una de las acciones más alarmantes que ya se impulsa es una orden ejecutiva redactada por aliados de Trump que busca cancelar el trabajo de organizaciones no gubernamentales dedicadas a la defensa del medio ambiente, los derechos de las personas migrantes y los derechos humanos. Las tildan de “activismo ideológico” y “amenaza a la soberanía”.

El proyecto también pretende bloquear la financiación proveniente de fundaciones progresistas, como la Ford Foundation y Open Society Foundations, vinculada a George Soros. Cualquier rastro de justicia social se convierte en enemigo.

Migrantes, criminalizados por existir

Ya se endurecen las medidas en la frontera. Se documentan redadas, expulsiones exprés sin juicio y campañas de odio en medios y redes. Se promueve la creación de centros de detención masivos, y se criminaliza a quienes ofrecen ayuda humanitaria. Mujeres embarazadas, niños no acompañados, personas desplazadas por la crisis climática: nadie está a salvo.

El planeta y los cuerpos como blanco

Mientras el mundo arde, el Proyecto 2025 desmantela la Agencia de Protección Ambiental (EPA), revierte regulaciones climáticas y retira a Estados Unidos de acuerdos internacionales. El mensaje es claro: las ganancias importan más que la vida.

También se persigue el derecho al aborto, se borran las políticas de inclusión, se ataca a personas trans, y se eliminan los programas de educación sexual. El cuerpo de las mujeres y disidencias se vuelve campo de batalla.

Contra la justicia, la venganza

La maquinaria del Proyecto 2025 instrumentaliza el sistema judicial para perseguir enemigos políticos, periodistas, líderes sociales, y académicos. Plantea auditorías ideológicas a universidades, medios y organizaciones civiles. El objetivo: imponer el miedo y el silencio.

Pero el miedo también se organiza

Frente a esta ofensiva, las redes de resistencia se activan. Migrantes, defensoras, comunidades indígenas, movimientos afrodescendientes, ambientalistas, periodistas y estudiantes se articulan para documentar, proteger, resistir.

Porque aunque el Proyecto 2025 avance desde las entrañas del poder, la dignidad se organiza desde abajo.

Por: Sofía López, abogada y periodista Corporación Justicia y Dignidad

Eduardo Umaña vive en la exigencia de justicia: ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

A Eduardo Umaña Mendoza lo mataron a plena luz del día, un 18 de abril en Bogotá. Eran los años en que la muerte salía sin capucha y con libreta en mano. Tenía 55 años, pero cargaba más historia que muchos viejos de antaño. Lo mataron por tozudo, por no dejarse sobornar, por no aprender a callarse. Lo mataron por hacer lo que hacen los hombres que deciden no arrodillarse.

Eduardo era abogado, sí. Pero era, sobre todo, un defensor. Y no de causas abstractas, sino de personas concretas: obreros, campesinos, sindicalistas, desaparecidos. Su voz era como su firma: punzante, clara, incómoda. Nacido en una casa donde la justicia era un valor cotidiano y no un discurso de tarima, creció mirando de frente la desigualdad. Y en vez de volverse ciego, se volvió obstinado.

Se metía donde nadie quería meterse. Fue él quien gritó, desde los pasillos de los juzgados y los micrófonos que se atrevían a escucharlo, que en la toma del Palacio de Justicia no todo había sido heroísmo. Que las desapariciones forzadas eran crimen, no daño colateral. Fue también quien se paró frente a Ecopetrol y al Ejército para denunciar los montajes contra la Unión Sindical Obrera. En un país donde señalar al poder es firmar la sentencia, él no dudó. Abrió incluso el expediente polvoriento del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y señaló lo que pocos se atreven a nombrar: que detrás del crimen había Estado, había CIA, había historia oculta.

Por todo eso, lo mataron. Pero también por eso su memoria es peligrosa. A 27 años de su asesinato, su nombre todavía retumba en las gargantas de quienes no olvidan. Por eso su muerte fue declarada crimen de lesa humanidad. Y por eso, en el año 2021, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) admitió el caso: porque Umaña no murió solo, murió por todos los que incomodan al poder.

Y es precisamente esa memoria la que hoy nos lanza una advertencia: lo que ocurrió durante el estallido social de 2021 no fue un exceso, fue represión sistemática. Umaña lo habría dicho sin titubeos: fueron crímenes de lesa humanidad. Iván Duque, Diego Molano y Eduardo Zapateiro no respondieron con diálogo, sino con fuego. Su objetivo fue claro: aniquilar a la juventud que se atrevió a alzar la voz.

Pero esa juventud, con su coraje y su resistencia, fue la que pavimentó el camino para que Gustavo Petro llegara a la presidencia. Sin los cuerpos caídos, sin los judicializados, sin los desaparecidos del paro, no habría hoy un gobierno que se llama a sí mismo progresista. Por eso, el olvido no es una opción. Porque el silencio ante esta deuda es traición.

En este país donde la impunidad camina impune, donde el progresismo se olvida de las víctimas que lo pusieron donde está, recordarlo es una forma de exigir. ¿Dónde está la Comisión de Esclarecimiento sobre el Paro Nacional? ¿Dónde están las respuestas para los 90 jóvenes asesinados, para los más de 300 víctimas de montajes judiciales, para los 50 condenados que hoy están privados de libertad, para los desaparecidos que aún no tienen nombre en la prensa?

Hoy lo conmemoramos no con flores, sino con memoria activa. Traemos un podcast con las últimas entrevistas concedidas por Eduardo Umaña Mendoza, para que su voz siga haciendo lo que siempre hizo: incomodar, movilizar, exigir justicia.

A 27 años, no pedimos homenajes: exigimos verdad. Exigimos justicia.

Exigimos Comisión de Esclarecimiento YA !!.

Prensa Justicia y Dignidad

 

Otra vez el sur: explosiones, muertos y heridos en Cauca, Huila y Valle

Otra vez el sur. Otra vez el Huila. Otra vez el Cauca y el Valle del Cauca. Otra vez una madre gritando sobre el cadáver de su hija. Otra vez los niños llorando, cubiertos de polvo y esquirlas. Otra vez la Semana Santa teñida de sangre. Y otra vez, como siempre, los muertos los pone el pueblo.

Este 17 de abril de 2025, Jueves Santo, mientras millones de colombianos rezaban por la paz, tres explosiones sincronizadas en Mondomo (Cauca), La Plata (Huila) y Jamundí (Valle del Cauca) recordaron lo que ya sabíamos: que la guerra no ha terminado, que las armas siguen mandando en muchas regiones, y que detrás de cada estallido hay intereses que huelen más a poder que a revolución.

Ese Jueves Santo no hubo resurrección posible para Luisa Fernanda Trujillo Peña, de tan solo 19 años, ni para su hermano Sergio, recién graduado del colegio, víctimas mortales de un atentado con motobomba en La Plata, Huila. Mientras participaban en las actividades religiosas, una motocicleta cargada de explosivos estalló frente a la estación de Policía, dejando 25 heridos —cinco de ellos menores de edad—, decenas de motos incineradas, viviendas destruidas y una comunidad entera sumida en el miedo.

El mismo día, a las siete de la mañana, Mondomo, corregimiento del municipio de Santander de Quilichao, en el norte del Cauca, fue sacudido por la explosión de un carro bomba frente a la estación de Policía. El saldo: una mujer indígena, Esther Julia Camayo, muerta en plena vía Panamericana, y cinco personas heridas, dos de ellas remitidas en estado crítico a la Clínica Valle del Lili. En un video que circula en redes, se ve a una madre gritando desconsolada sobre el cuerpo inerte de su hija. Esas imágenes, lejos de generar empatía en los poderosos, son instrumentalizadas con frialdad por los sectores que, desde hace décadas, sacan provecho de la guerra.

Estos ataques no son hechos aislados. Ese mismo jueves, en Jamundí (Valle del Cauca), se detonó un vehículo con cilindros bomba. No hubo muertos, pero sí el mismo mensaje de zozobra. La autoría aún no ha sido confirmada, pero las estructuras armadas que operan en la región son conocidas: Carlos Patiño, Dagoberto Ramos y Jaime Martínez, todas disidencias de las FARC que se disputan el control territorial. Mientras tanto, las víctimas son las mismas de siempre: campesinos, indígenas, mujeres, niños, trabajadores.

Lo más escandaloso no es solo la barbarie, sino la manera en que ciertos sectores políticos hacen uso de ella. Paradójicamente, las noticias de los atentados son difundidas primero por voceros y redes ligadas al Centro Democrático, como si tuvieran línea directa con quienes siembran el terror. No se necesita ser muy perspicaz para advertir el rédito que saca la derecha de cada bomba: titulares diseñados para avivar el miedo, presionar la militarización, debilitar el proceso de paz y señalar al gobierno Petro de incapacidad, mientras el país se hunde en la desinformación.

El gobierno, por su parte, parece atrapado entre minimizar la crisis para proteger su narrativa y la necesidad de actuar. Pero no basta con lamentos institucionales ni consejos de seguridad improvisados. Lo que exige este momento es una investigación profunda, rigurosa y pública que esclarezca los vínculos entre sectores políticos y estructuras armadas. Para nadie es un secreto que estos grupos actúan como una oposición armada al proyecto de paz y transformación que representa el gobierno actual.

La derecha —la misma que gobernó durante dos décadas alimentando la guerra— hoy se presenta como garante de orden. Pero son sus silencios sobre la violencia estructural, sus alianzas con élites locales y su oportunismo lo que perpetúa este ciclo sangriento.

Mientras tanto, el país profundo, ese que no sale en los editoriales de Bogotá, sigue enterrando a sus hijos, y la derecha, en plena campaña electoral para retomar el poder en 2026.

Por Prensa Justicia y Dignidad.

Luisa Fernanda fue encontrada en una maleta: ¿de qué sirvió la emergencia por violencia de género?

El 28 de marzo de 2025, Luisa Fernanda Saldarriaga Leal desapareció en Tuluá, Valle del Cauca. Desde entonces, la familia vivió días de desesperación, sin respuestas, sin esperanza. El 1 de abril, su cuerpo fue hallado en la vereda Puerto Bertín, una zona rural del municipio de Buga, dentro de una maleta. La joven, que había sido vista por última vez con un grupo de amigos, dejó de responder mensajes el 31 de marzo, y desde entonces, su paradero fue un enigma. Las autoridades no pudieron confirmar su identidad hasta el 16 de abril, 15 días después de su macabro hallazgo, cuando Medicina Legal finalmente identificó sus restos. La noticia cayó como un balde de agua fría en una región ya golpeada por el flagelo de la violencia.

El caso de Luisa Fernanda es solo uno de los 126 feminicidios que se han registrado en Colombia hasta finales de marzo de 2025. El horror de su asesinato, que ocurrió en medio de la aparente tranquilidad de la zona rural, refleja la crudeza de una violencia que sigue creciendo a pesar de las políticas que se prometen desde el gobierno. Durante el 2022, el Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2022–2026, en el que se sancionó la declaratoria de emergencia por violencia de género, generó expectativas sobre un cambio en las condiciones de las mujeres en el país. Se esperaba que este acto institucional, al menos, proporcionara una respuesta ante el creciente número de muertes violentas. Pero la realidad es otra. La crisis persiste y las víctimas siguen cayendo.

Y es que, para muchos, la respuesta del gobierno frente a la violencia de género sigue siendo vacía. El mismo presidente Petro, en una defensa inaudita de Armando Benedetti —acusado de violencia de género hacia su esposa— soltó una de las frases más desconcertantes que se haya oído en mucho tiempo: «Los feminismos matan hombres». Este es el tipo de declaración que nos lleva a preguntarnos si realmente comprendemos el alcance de lo que está sucediendo, si quienes están al mando realmente entienden el dolor y el sufrimiento de las víctimas.

Señor presidente, no son los feminismos los que matan hombres. Lo que mata es el patriarcado, esa estructura perversa que ha permitido que las mujeres sigan siendo deshumanizadas, reducidas a cifras en las estadísticas, despojadas de su derecho a vivir sin miedo. En Colombia, las mujeres ya no solo luchan contra los feminicidas, sino contra la indiferencia de un sistema que las ha dejado atrás.

Las cifras son alarmantes: 126 feminicidios en lo que va de 2025. Y aún así, el gobierno parece más preocupado por defender a los poderosos que por dar respuestas efectivas ante este desastre. La declaratoria de emergencia por violencia de género fue solo un papel vacío que no ha servido de nada. Mientras tanto, las mujeres siguen siendo asesinadas, violadas, torturadas, y la justicia sigue siendo esquiva, distante, indiferente.

Lo que necesitamos, lo que pedimos a gritos, es una respuesta real, urgente, no solo en palabras, sino en actos concretos que cambien el panorama y frenen la barbarie que vivimos día a día. No podemos seguir siendo testigos de la indiferencia de un gobierno que ha hecho de las promesas un acto vacío.

Haga algo, por favor, señor presidente.

No nos condene a la barbarie.

La violencia no tiene cara de feminismo. La violencia tiene cara de patriarcado.

Por: Sofía López, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad.

Yalanda y el alcalde: los Pilatos del Cauca preparan su bloqueo santo

En el Cauca, la Semana Santa ya tiene su propio vía crucis: la amenaza constante de que dos personajes, más ocupados en mantener sus cuotas de poder que en servir a su gente, decidan convertir la Panamericana en su plaza de guerra personal.

Luis Enrique Yalanda, quien ya no cuenta con el reconocimiento del Ministerio del Interior como autoridad del resguardo de La María —aunque él prefiera ignorarlo— ha lanzado una advertencia que huele más a venganza que a defensa de derechos: si no le dan lo que quiere, se viene el bloqueo.

Y no está solo. El alcalde Jhón Freiman Urbano, con un talento notable para meterse en conflictos que no le corresponden, ha decidido unirse a esta cruzada del capricho. El dúo dinámico de la politiquería local ahora amenaza con arruinarle la Semana Santa no solo a Popayán —una ciudad con gran potencial turístico—, sino a todo el Cauca.

Y todo esto mientras el Ministerio del Interior aún no ha tomado una decisión definitiva frente a la apelación de Yalanda, que ni siquiera fue presentada por él o por la comunidad indígena que dice representar, sino por el alcalde de Piendamó, que no tiene velas en ese entierro… o mejor dicho, en ese bloqueo.

Pero eso no ha impedido que Yalanda y el alcalde armen su espectáculo, como si la amenaza misma fuera suficiente para presionar a punta de caos. Sin duda alguna, es la derecha obrando: saboteando al gobierno Petro y tratando de desacreditar tanto al movimiento indígena legítimo como a las organizaciones sociales y populares que, desde hace ya un buen tiempo, no recurren a la Panamericana como escenario de movilización.

Porque, claro, nada dice “liderazgo legítimo” como intentar conseguir por chantaje lo que no se logró en las urnas ni en las comunidades. Yalanda sueña con ser gobernador vitalicio del resguardo. No por votación, no por consenso, sino por desgaste. Por aburrimiento. Por cansancio del gobierno nacional y del pueblo caucano.

¿Y mientras tanto, quién pierde?

Los comerciantes, que esperaban salvar su año en esta temporada. Los campesinos, que no podrán sacar sus productos. Los enfermos, que tal vez no lleguen a tiempo al hospital. Los turistas, que no sabrán si armar maleta o cancelar. Y todo un pueblo, el caucanos, que sigue pagando los platos rotos de una pelea que ni le va ni le viene.

Que no nos vengan a decir que esto es autonomía. Esto es chantaje político, egoísmo disfrazado de lucha ancestral, y una oposición rastrera que usa las carreteras como método de presión. El caos como estrategia. El capricho como bandera.

¿Y el Ministerio del Interior? Esperando. Analizando. Calculando. Mientras tanto, el mensaje está claro: si la decisión no favorece al señor Yalanda, habrá más amenazas, más bloqueos, más “protestas”. Y claro, más víctimas colaterales.

El Cauca no necesita más saboteadores con megáfono. Necesita líderes. Pero parece que, por ahora, lo único que tenemos es teatro. Y del malo.

Nos pintaron la cara de Uribe: el reclutamiento forzado y el silencio impuesto en el Cauca

En Morales, Cauca, la guerra no se anuncia: se respira. En las montañas que se pintan de verde y neblina, los niños ya no juegan a las escondidas, simplemente desaparecen. El domingo pasado nos borraron el mural. Uno que decía: “Reclutamiento forzado, nunca más”. En su lugar, como si fuera una burla cruel, nos pintaron la cara de Álvaro Uribe. En Popayán —donde se supone que mandan las leyes, los derechos, la justicia— se nos prohíbe hablar del reclutamiento forzado. Se nos borra. Se nos calla.

La Junta de Acción Comunal de San Antonio, en el municipio de Morales, denunció públicamente el presunto rapto de varios menores de edad en la vereda Campo Alegre, municipio de Piendamó. Pero no se atrevieron a dar nombres. No pueden. Aquí, en el Cauca, nombrar a un niño es ponerlo en la mira. Es exponer a su familia a la amenaza. El comunicado fue breve, escueto. Apenas un murmullo entre los gritos de la guerra. Las familias, sin embargo, lloran en silencio y repiten lo que temen: que sus hijos fueron llevados a los campamentos en la montaña.

No es un caso aislado. La Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca ha reportado que entre enero de 2017 y abril de 2024, al menos 817 niños indígenas de esta región han sido reclutados por grupos armados. La cifra duele. Arde. Porque detrás de cada número hay una madre, una abuela, un hermano menor que espera. Y porque sabemos que esta es apenas la punta del iceberg.

Nuestro Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz presentó un informe ante el Comité de los Derechos del Niño de la ONU. Allí denunciamos que la ciudad de Popayán aparece sistemáticamente de segunda o tercera en el país con más casos de reclutamiento forzado de menores. No es casualidad. La guerra nos respira en la nuca. Y en Popayán, donde se toman decisiones, donde se dan los discursos, donde los murales deberían servir para recordar, nos pintaron la cara de Uribe.

No creemos en las denuncias mediáticas del Centro Democrático. No porque el reclutamiento no exista, sino porque sabemos que las disidencias de las FARC, que son hoy un grupo armado funcional a la derecha, siguen siendo las principales responsables de llevarse a nuestros hijos. Mientras hacen oposición al gobierno de Petro, usan el reclutamiento forzado como moneda de guerra. Como una manera de seguir aterrorizando a los territorios.

Mientras tanto, las fiscalías 11 y 4 especializadas se llenan de carpetas. Y de silencio. Porque aquí la impunidad se viste de trámite. Porque denunciar no basta. Porque si denuncias, te amenazan.

Nosotras —las madres, las mujeres, las que buscamos— no nos rendimos. Aunque nos borren, aunque nos amenacen, aunque nos pinten en la cara a quien más daño nos ha hecho. Seguiremos levantando la voz por nuestros hijos e hijas. Seguiremos recordando a los desaparecidos. Seguiremos diciendo que el reclutamiento forzado no es un tema del pasado: es el presente silenciado de este país.

Y si ellos nos borran, nosotras volvemos.

Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz

Cauca, abril de 2025

De Comuneros del Sur a las Autodefensas de la Sierra: las víctimas siguen sin voz

Ahí estaban, en la plaza de Pasto, el Presidente y los voceros de Comuneros del Sur. Bajo un cielo cargado de memoria, como si la lluvia trajera consigo los años de guerra, se montó el acto: 585 artefactos explosivos entregados no como trofeo, sino como despedida. Como quien entierra la rabia y espera que germine algo distinto. Uno a uno, los discursos se pusieron como ruanas: pesados, bordados de promesas, tejidos de historia. Y de olvidos.

Comuneros del Sur nació en el 92, cuando la selva era más selvática, el Estado era un rumor y la rabia era ley. Una disidencia del ELN, dicen, aunque con alma campesina y pies en la tierra. “La lucha armada está caduca”, dijo Roger Garzón.

Petro habló de Camilo Torres, del viejo sueño insurgente, de traquetos con corbata. Habló de paz como quien reza. Delante de él, dos mil almas nariñenses escuchaban. Algunas lloraban. Otras aplaudían sin convicción.

Pero entre los aplausos y la parafernalia, algunas voces quedaron atrapadas en la garganta del país: ¿y las víctimas? ¿Dónde está la verdad que prometieron? ¿La justicia? ¿La reparación? ¿Qué se negocia cuando no se escucha a quienes lo han perdido todo? ¿Es suficiente cambiar balas por votos, si no hay garantías ni territorio?

Porque el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz lo ha dicho sin rodeos: no se puede desmovilizar sin consultar a las autoridades indígenas ni a las víctimas. ¿Se van a desmovilizar con la justicia indígena, sin respetar sus estructuras, sin entender que aquí la justicia también es ancestral? ¿Quién verificó que los desmovilizados de Comuneros eran realmente combatientes indígenas y no solo nombres incluidos a última hora en censos? ¿Quién decidió que la paz podía decretarse sin preguntar primero a quienes han sostenido la vida con las uñas?

¿Y las víctimas? Sabemos que menores de edad fueron reclutados forzadamente y, tras permanecer en las filas de Comuneros, fueron devueltos a sus casas sin ruta, sin programa, sin protección. Como si se pudiera borrar el daño con una firma.

Y mientras tanto, Otty Patiño celebraba desde la tarima. “Nariño está al sur, pero es el norte de la paz”, dijo. Quizá. Pero la montaña sabe que la paz no nace en discursos, sino en surcos. No se improvisa. No se exporta. Se cultiva.

El sur ha hablado. Las minas comienzan a desaparecer. Pero falta el resto: los desaparecidos que no aparecen, los niños que aún no vuelven, los nombres que no se reconocen. Porque la paz no es la ausencia de fusiles, sino la presencia de verdad y de justicia.

Y mientras el sur firmaba un acto de renuncia, el Caribe sigue encendido. En Santa Marta, la señora de las arepas mira dos veces antes de encender el fogón. No es por el gas, sino por ese otro fuego, el que prende quien se hace llamar Autodefensas de la Sierra. Aquí, la guerra no lleva camuflado ni pasamontañas. Lleva camiseta y voz grave. Da órdenes sin ley, pero con miedo.

Hasta el que corta cabello necesita permiso. Las decisiones no las toma el alcalde ni la Policía. Las toma ese gobierno invisible que camina entre el mar y la montaña. “Multaron al de las arepas por tener la música muy alto”, dice un mototaxista mirando por el retrovisor, no por tráfico, sino por miedo. Porque en Santa Marta, el toque de queda no lo decreta el Estado. Lo impone el silencio.

El Gobierno dice que aún hay diálogo. Que fue un malentendido. Que la paz va. Pero los hechos dicen otra cosa. Las Autodefensas suspendieron el proceso. Piden garantías, sí. Pero mientras negocian, gobiernan. Mientras piden condiciones, imponen reglas. Y en el medio, la gente. Los que madrugan, los que se callan, los que sobreviven.

Santa Marta no suena a guerra, pero huele a miedo. La paz se discute en oficinas lejanas, mientras aquí se siente con cada paso. Con cada palabra no dicha. Porque la paz, señor Presidente, no es un anuncio. Es una herida que aún sangra.

Las víctimas no pueden ser decorado de un show de gobierno. No pueden ser usadas para exhibir logros sin tener en cuenta sus dolores, sus tiempos, su verdad. Si de verdad queremos una paz territorial, escuchemos primero a los que han puesto los muertos.

Por: Prensa Justicia y Dignidad

 

Día Nacional de las Víctimas del Conflicto Armado: un minuto de silencio y décadas de olvido

A Jorge Eliécer Gaitán lo mataron un 9 de abril de 1948, pero su cadáver ha seguido apareciendo en cada fosa común, en cada campesino despojado, en cada madre que todavía grita su dolor entre las ruinas de la impunidad. Lo mataron a tiros, pero su asesinato fue el principio de una masacre sostenida, donde la bala no se detuvo y donde la justicia jamás llegó. Hoy, 77 años después, el país conmemora el Día Nacional de las Víctimas del Conflicto Armado en medio de nuevas víctimas, viejos verdugos y la misma estrategia de muerte.
No fue solo Gaitán el que cayó. Fue la posibilidad de un país distinto. Y fue también la advertencia temprana de que lo que vendría después no era una guerra entre iguales, sino una cacería meticulosa, planificada, con nombre propio: la Doctrina de Seguridad Nacional. Esa misma doctrina que, desde los años 60, con la bendición de los Estados Unidos y la Misión Yarborough, enseñó a nuestras Fuerzas Armadas a ver al campesino como enemigo, al estudiante como infiltrado, al sindicalista como subversivo. Fue desde entonces cuando la población civil se convirtió en objetivo militar.
¿Y si las guerrillas fueron también un diseño de esa doctrina? ¿Una herramienta más para perpetuar la guerra como negocio? Hoy, más que una provocación, parece una constatación dolorosa. Porque las FARC, el ELN, y ahora las disidencias, han servido –consciente o inconscientemente– a los intereses de los que han hecho de la guerra una industria. Una guerra que, después de la firma de paz en 2016, cambió de escenario, de actores, pero no de guion.
El general Mora Rangel, egresado de la Escuela de las Américas, fue negociador en La Habana. Y lo que siguió no fue la paz, sino una guerra desatada: cerca de 8 conflictos armados y un sin número de grupos todos apuntando a un solo objetivo el narcotráfico y las economías ilícitas. ¿Quién se benefició? La respuesta es simple: los mismos de siempre la derecha colombiana de la que hace parte el general que por cierto siempre pasa de agache, nadie lo nombra.
Mientras tanto, la derecha uribista –la de Paloma Valencia, Polo Polo y María Fernanda Cabal– tiene el cinismo de hacer audiencias en el Congreso sobre el reclutamiento forzado, cuando en las zonas rurales son precisamente las disidencias de las Farc, sus aliadas funcionales, las que reclutan a nuestros menores de edad, las que callan a bala, las que hacen oposición armada al gobierno de Petro en nombre de una supuesta revolución que ya no le pertenece al pueblo. Porque hasta el ELN lo dice sin vergüenza: estaban más cómodos en el gobierno de Uribe que en el de Petro. ¿Qué más prueba necesitamos?
La tragedia es doble: mientras los culpables posan de salvadores, las víctimas siguen en el abandono. La Defensoría del Pueblo lo advierte con cifras escalofriantes: más de 8 millones de desplazados, cerca de un millón cien mil asesinados, más de 200 mil desaparecidos, 45 mil despojados de sus tierras, 44 mil víctimas de violencia sexual. Y a esto se suman las nuevas víctimas, las del estallido social: jóvenes mutilados, asesinados, madres llorando a sus hijos desaparecidos sin respuesta del Estado por que para ellas no hay ni siquiera ley de víctimas.
La justicia transicional ni restablece verdad, menos justicia, las sentencias son pocas y no son reparadoras, la Unidad de Víctimas no tiene dinero, y el país sigue presumiendo que todo está mejor. Mientras tanto, la maquinaria uribista afila sus cuchillos para el 2026, vendiendo la guerra como seguridad. Como siempre. Y aunque nos duela –a los románticos de la revolución, a quienes crecimos creyendo que las guerrillas eran del pueblo y para el pueblo– tenemos que aceptar esta verdad incómoda: también fueron hijas de la Doctrina de Seguridad Nacional. No hay otra explicación lógica.
Por eso, en este 9 de abril no basta con encender una vela o soltar una paloma de papel. Hoy hay que gritar que la guerra fue sembrada, que las víctimas no son cifras sino vidas rotas, y que Gaitán sigue muriendo cada vez que la mentira se impone sobre la memoria. Colombia no necesita más silencio: necesita verdad con nombre y apellido, y justicia con rostro de pueblo.

Por: Sofía López Mera, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad

A Sara la mataron por ser ella, en una sociedad que odia a las mujeres trans

Sara Millerey tenía 32 años. Quizá soñaba con un futuro sencillo: una casa propia, un amor limpio, la posibilidad de caminar por la calle sin miedo. Pero eso, en este país que celebra la muerte con discursos vacíos, le fue negado. A Sara la golpearon hasta quebrarle los huesos. Luego la arrojaron a una quebrada como si su vida no valiera nada. Como si su nombre, su identidad, su dignidad, fueran basura.

Era viernes. El sol caía como plomo sobre las calles de Playa Rica, en Bello. En algún punto de esa tarde, a Sara la sacaron de la vida que tejía con dignidad, a golpes. Golpes de odio. Golpes que no buscaban robarle nada más que su existencia. Su cuerpo, aún con vida, fue arrojado a las aguas de la quebrada La García. Pero Sara se aferró. A las ramas. A la vida. A la posibilidad de que alguien la oyera.

Y alguien la oyó.

Dos hombres, acaso conmovidos por su grito, se lanzaron al agua y la sacaron de allí. Después vendría el traslado al hospital. La cama fría. La espera. El dolor. La muerte.

Murió días después. No porque quisiera. No porque estuviera sola. Sino porque los golpes habían sido brutales. Le fracturaron manos y pies, como si el castigo fuera no permitirle salir jamás de la quebrada. Como si quisieran borrar su humanidad.

Pero el agua no borra la violencia. La arrastra. La exhibe. La devuelve, como un espejo sucio que este país se empeña en no mirar.

Sara fue la número trece. Trece personas LGBTIQ+ asesinadas en Antioquia en lo que va del año. Hugo Alexander Ramírez Carmona, muerto en su casa en Medellín. Luis Fernando Orozco, asesinado en Zona Bananera. Todos distintos, pero unidos por el mismo hilo rojo de la impunidad. La misma rabia. El mismo silencio institucional que a veces se disfraza de comunicados, de planes vacíos, de protocolos sin alma.

No es casual. Es sistemático.

Mientras la Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín guardan discursos de inclusión en las gavetas, la sangre de Sara tiñe las aguas de La García. Hugo muere en la madrugada, sin que nadie lo salve. Luis Fernando cae en Orihueca, bajo el plomo de unos sicarios.

¿Qué más se necesita para decir que esto es una masacre a cuentagotas?

A Sara no la mató solo quien levantó la mano. La mataron los prejuicios. La mató el Estado con su indiferencia. La mataron quienes callan, quienes justifican, quienes dudan que una mujer trans merezca justicia.

Y sin embargo, algo queda.

Queda el grito de Sara entre las ramas. Quedan los dos hombres que la sacaron del agua. Queda la voz de quienes, como ustedes al leer esto, se atreven a no olvidar.

Porque la dignidad —como el río— siempre encuentra un camino.

Por: Sofía Lopez Mera, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad .