El uribismo cree que está ganando una batalla. Como casi siempre, confunde el ruido de los escritorios con el pulso de la calle. Al ponerle zancadillas a la izquierda desde el Consejo Nacional Electoral, al enredar consultas, inventar trabas y decidir a puerta cerrada, imagina que debilita a su adversario. En realidad, está haciendo exactamente lo contrario.
La idea era sencilla —y torpe—: dividir a la izquierda, desgastarla en una consulta de bajo vuelo y restarle aire a quien más convoca. El resultado puede ser otro: sacar a la izquierda de la consulta y empujarla en bloque hacia mayo. Es decir, cambiar un trámite tibio por una elección de verdad. El uribismo no teme a las consultas; le teme al voto. Por eso decide en despachos. Por eso judicializa la política. Por eso cree que gobernar es administrar procedimientos.
Pero la política —esa que gana elecciones— no vive en resoluciones. Vive en emociones. Y aquí hay una emoción clara y creciente: indignación. Indignación por las trampas, por el manoseo “técnico”, por la sensación de que las reglas se tuercen cuando el resultado no conviene. Esa indignación no desmoviliza: enciende. Y cuando enciende, convoca.
El uribismo y sus aliados circunstanciales —los camaleones que hoy influyen y mañana se desdicen, como Roy Barreras o Abelardo de la Espriella— pueden celebrar cada obstáculo. No advierten el efecto acumulado: están fabricando un símbolo. Y los símbolos arrastran más que los reglamentos.
Hay un dato incómodo para los administradores del trámite: el único que llena plazas, el único que mueve redes sociales con organicidad, el único que convoca sin aparato es Iván Cepeda Castro. No porque grite más, sino porque representa algo que no cabe en una resolución: memoria, coherencia y una idea simple de democracia. Por eso cada intento de excluirlo lo vuelve más grande.
Así, la jugada que pretendía fragmentar puede terminar unificando. La trampa que buscaba enfriar puede calentar. Y la decisión que creyó frenar puede acelerar. Si la izquierda llega a mayo en bloque, con una narrativa clara de injusticia y defensa del voto, la primera vuelta deja de ser una fantasía.
La ironía es perfecta: al intentar administrar la democracia, la empujan a expresarse. Y cuando se expresa, suele hacerlo sin pedir permiso.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo
