¡La vida sí, la mina no! Jericó se defiende: Denuncia urgente por exploraciones mineras clandestinas de AngloGold Ashanti

En el Suroeste antioqueño, una región reconocida por su riqueza hídrica, biodiversidad y vocación agrícola, las comunidades de Jericó y Támesis enfrentan una grave amenaza: la imposición de la megaminería por parte de AngloGold Ashanti, la tercera empresa minera de oro más grande del mundo. A pesar de más de 14 años de resistencia jurídica y social, los derechos a la participación ambiental y la autonomía territorial siguen siendo vulnerados sistemáticamente.

Los concejos municipales prohibieron la megaminería en 2017, pero sus decisiones fueron anuladas por el Tribunal Administrativo de Antioquia. Posteriormente, intentos de modificar el ordenamiento territorial y de convocar una consulta popular también fueron bloqueados, dejando a las comunidades sin herramientas efectivas para decidir sobre su territorio.

Hoy, la situación se agrava: AngloGold Ashanti fue sorprendida realizando exploraciones mineras clandestinas en la vereda La Soledad, sin contar con licencia ambiental, pues esta fue archivada. La plataforma fue retirada al ser descubierta por campesinos que ahora mantienen un plantón indefinido exigiendo respuestas.

Denunciamos la actuación ilegal y sistemática de esta multinacional, que opera como si estuviera por encima de la ley, y exigimos a las autoridades competentes actuar de inmediato. La omisión estatal es cómplice del despojo y la destrucción de uno de los territorios más biodiversos y agrícolas del país.

El Suroeste antioqueño ya decidió: sí a la vida, no a la mina.

¡Fuera AngloGold Ashanti de nuestros territorios!

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El alcalde que bloquea la Panamericana

El nuevo bloqueo de la vía Panamericana en el Cauca no es un reclamo legítimo de los pueblos indígenas. Es el resultado de la injerencia indebida del alcalde de Piendamó, Jhón Freiman Urbano, un político de derecha que decidió meterse en un conflicto intraétnico para favorecer intereses particulares, desestabilizar la región y poner a miles de caucanos a pagar las consecuencias.

El Ministerio del Interior, mediante la Resolución 0206 del 13 de febrero de 2025, reconoció como autoridades legítimas del Resguardo Indígena Guambiano La María Piendamó al mayor Anselmo Yalanda Yalanda y su equipo de trabajo. En la misma resolución, se dejó claro que Luis Enrique Yalanda Hurtado no es autoridad del resguardo.

Pese a esto, el alcalde de Piendamó interpuso un recurso de apelación contra la decisión, sin tener competencia ni legitimidad para hacerlo. ¿Por qué lo hace? ¿A quién le debe favores políticos? ¿Qué acuerdos oscuros se esconden detrás de su respaldo a un líder desconocido por su propia comunidad?

La respuesta está en los hechos: el alcalde no solo apoya a Yalanda Hurtado, sino que avala bloqueos viales, desconoce las decisiones del Ministerio del Interior y traiciona la voluntad del consejo de taitas y mamas Misak. En vez de ayudar a resolver el conflicto, lo profundiza.

Además, en el día de ayer, el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) y el Proceso de Unidad del Suroccidente Colombiano (PUPSOC) manifestaron públicamente que no participaron del bloqueo de la vía Panamericana, que sus insignias fueron utilizadas sin autorización, y que mantienen una postura de diálogo con el gobierno nacional. ¿Entonces, quién está detrás del bloqueo?

Las trece autoridades que integran el Consejo Territorial de Autoridades Indígenas del Oriente Caucano (COTAINDOC) han sido contundentes: el único liderazgo legítimo es el de Anselmo Yalanda. Y al gobierno nacional le piden no dejarse presionar por intereses individuales que quieren imponer decisiones mediante el chantaje y el caos.

Pero mientras se resuelve la apelación del alcalde –que carece de sustento legal–, la vía fue bloqueada. Los comerciantes perdieron dinero, los campesinos no pudieron sacar sus productos, los enfermos no llegaron a los hospitales. Todo porque un alcalde decidió hacer política con un conflicto que no le corresponde.

Lo que vivimos en el Cauca no es solo un problema indígena. Es el resultado de un poder local que juega a incendiar el territorio para fortalecer sus alianzas. Con un claro propósito: sabotear al gobierno nacional. Es la mano oscura de la derecha haciendo oposición de la forma más ruin, sin importar el costo.

Hoy, el alcalde Jhón Freiman Urbano es responsable directo del bloqueo de la Panamericana. Y si el Ministerio del Interior rechaza su apelación –como corresponde–, ¿vendrán más cierres?

Que no nos digan que esto es autonomía. Esto es manipulación. Esto es politiquería. Esto es castigar a miles de personas por un capricho de poder y una vil forma de hacer oposición.

Por: Prensa Justicia y Dignidad.

El pulso por la megaminería en el Suroeste Antioqueño: entre el desarrollo, la violencia y la resistencia

El proyecto minero Quebradona ha sido presentado como una gran oportunidad de desarrollo para la región del Suroeste antioqueño. Sin embargo, colectivos ambientales, organizaciones sociales y expertos han levantado una fuerte oposición, alertando sobre los impactos ambientales, sociales y económicos que podría generar.

La multinacional AngloGold Ashanti, con respaldo gubernamental, ha promovido la viabilidad del proyecto mediante estrategias mediáticas. No obstante, la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) tenía en sus manos la decisión clave: aprobar, archivar o negar la licencia ambiental. El 25 de octubre de 2021, mediante el Auto No. 09023, la ANLA ordenó el archivo del trámite administrativo de evaluación de licencia ambiental, señalando falencias en la definición del área de influencia y en la caracterización hidrogeológica, hidrológica y biótica, así como en la planificación de los relaves y la subsidencia. El archivo de la licencia le permite a la empresa volver a presentar una nueva solicitud, dejando en el mismo riesgo ambiental a las comunidades afectadas por el proyecto.

Más allá de los argumentos económicos a favor de la minería, la región afectada posee un valor ambiental incalculable. Las montañas andinas de Colombia son territorios estratégicos para la conservación de la biodiversidad, vitales en el contexto de la crisis climática. Además, Jericó y Támesis han construido una tradición agrícola y turística que contrasta con el modelo extractivista propuesto por la multinacional.

El proyecto impactaría gravemente a la Provincia Cartama, conformada por once municipios. Aunque AngloGold Ashanti afirma que su operación se limitará a Jericó, los efectos ambientales y sociales traspasarán las fronteras municipales. Se estima que la explotación minera implicaría la remoción de 130 millones de toneladas de roca en 21 años, con impactos irreversibles en la economía cafetera y campesina, el equilibrio hídrico y la estabilidad social. Especialmente preocupante es la exclusión de Támesis del estudio de impacto ambiental, a pesar de su cercanía con la zona de extracción y su vulnerabilidad por la presencia de reservas naturales y el resguardo indígena Embera Chamí.

Además de los riesgos ecológicos y económicos, la minería puede agravar la violencia y el conflicto armado en la región. En zonas con institucionalidad frágil, la llegada de grandes proyectos extractivos ha facilitado la expansión de actores ilegales y el despojo de tierras. Mientras la multinacional busca avanzar, las comunidades exigen un modelo de desarrollo que respete su autonomía y su forma de vida.

Durante más de 14 años, la comunidad ha recurrido a estrategias jurídicas e institucionales para defender su territorio, enfrentándose a decisiones que restringen su autodeterminación. En 2017, los concejos municipales de Jericó y Támesis aprobaron acuerdos para prohibir la megaminería, pero el Tribunal Administrativo de Antioquia los anuló, alegando que las entidades territoriales no tienen competencia para decidir sobre la explotación de recursos del subsuelo.

En 2018, Jericó intentó modificar su Esquema de Ordenamiento Territorial (EOT) para excluir la minería de metales. Sin embargo, el entonces alcalde denunció presiones del Gobierno Nacional para impedir su aprobación. Ese mismo año, la comunidad consideró la consulta popular como herramienta para decidir sobre la minería, pero la Corte Constitucional restringió su alcance, impidiendo su utilización para prohibir actividades extractivas.

A pesar de los obstáculos, la comunidad sigue resistiendo. Manifestaciones, marchas y eventos como los «Abrazos a la Montaña» han sido formas de reafirmar la vocación agrícola y ecológica del territorio. Sin embargo, la eliminación progresiva de mecanismos de participación ambiental plantea una grave vulneración de derechos fundamentales.

En un país donde el derecho a la participación ambiental está reconocido en la Constitución, pero su ejercicio efectivo se ve restringido, el caso de Jericó y el Suroeste antioqueño evidencia una contradicción estructural. Actualmente, los concejos municipales no pueden prohibir la minería, las consultas populares han sido declaradas ineficaces y las modificaciones a los EOT enfrentan injerencias del Gobierno Nacional.

Mientras la incertidumbre se extiende, la violencia arrecia. Monseñor Darío Monsalve lo denunció ayer 2 de abril en la red social X : «Van más de 90 asesinatos, hechos con extrema sevicia, en la hermosa y tradicionalmente pacífica región del Suroeste, Diócesis de Jericó».

Detrás del horror, las comunidades ven un patrón. AngloGold Ashanti tiene un histórico de operar en zonas donde la violencia le allana el camino, en Colombia, en el Congo, en donde el oro brille más que la vida.

El dilema sigue en el aire: ¿en un país donde la participación ambiental está reconocida en la Constitución, pero restringida en la práctica, ¿qué queda para quienes defienden el agua y la tierra? En el Suroeste antioqueño, la lucha no es solo contra una empresa: es contra un modelo que decide sin escuchar, que extrae sin preguntar, que promete desarrollo mientras entierra futuro.

Por: Sofía López, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad

 

Indígenas en Rebelión: Bloqueos, Fracturas Internas y la Mano del Estado

Terminó marzo con su carga astral y abril arrancó con el caos de siempre. En el suroccidente colombiano, la vía Panamericana, arteria vital entre Popayán y Cali, está bloqueada desde hace 48 horas. En la capital, delegaciones de comunidades indígenas han llegado para exigir diálogo con el gobierno.

El lunes 30 de marzo, más de quince cabildos de Cauca, Nariño y Putumayo desembarcaron en Bogotá con la misma consigna: reconocimiento. La Confederación de Pueblos y Naciones Originarias de Colombia clama por el respeto de sus identidades, autoridades y derechos, y denuncia la exclusión de las plataformas oficiales que dicen representar al movimiento indígena, pero que omiten a buena parte de los 115 pueblos originarios del país. Exigen que la Presidencia instale una mesa de diálogo donde se reconozca la pluralidad de sus demandas y se articulen estrategias reales de trabajo conjunto. Sin embargo, en el fondo, lo que se disputa es el poder dentro de las mismas comunidades, un conflicto que no le compete al gobierno nacional, sino que solo la justicia indígena podría resolver.

En Bogotá y en el Resguardo de La María Piendamó, los pueblos indígenas han optado por la movilización y el bloqueo de vías para visibilizar sus reclamos. Pero detrás de estas protestas también pesan los conflictos intraétnicos: disputas entre gobiernos paralelos dentro de un mismo territorio que, en teoría, deberían resolverse en el marco de la jurisdicción especial indígena. Sin embargo, ante la falta de respaldo de sus propias comunidades, han decidido escalar el problema al gobierno nacional. Estas fracturas vienen de tiempo atrás, de luchas por el poder local, de la relación compleja entre la tradición y las nuevas generaciones, de las dificultades para administrar territorios que no solo tienen riquezas naturales, sino también amenazas externas.

Abril arranca con el nudo bien apretado. La fragmentación indígena no es solo resultado de disputas internas; es una estrategia que ha sido aplicada sistemáticamente por los gobiernos de turno. No es casualidad que el movimiento indígena, que ha sido uno de los más organizados y combativos en la historia del país, se vea desgarrado por la infiltración, la cooptación y la manipulación externa. Desde hace décadas, el poder central ha buscado debilitar sus estructuras mediante la creación de organizaciones paralelas que pretenden hablar en nombre de los pueblos originarios, pero que en realidad responden a intereses ajenos.

Un ejemplo claro de esta estrategia fue la creación de la Organización de Pueblos Indígenas de Colombia (OPIC) durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Abanderada por su ministro Fabio Valencia Cossio, la OPIC fue reconocida con bombo y platillos como una alternativa “legítima” al movimiento indígena tradicional. Pero con el tiempo, se descubrió que sus principales líderes no eran defensores de los derechos indígenas, sino controladores de estructuras paramilitares en el Cauca. Bajo el manto del reconocimiento oficial, la OPIC facilitó la expansión del paramilitarismo en territorios indígenas y muchos de sus miembros terminaron desmovilizándose bajo la Ley de Justicia y Paz. La vieja táctica del poder: dividir para reinar.

Las luchas internas en los cabildos no surgieron de la nada. Son el resultado de años de intervención estatal y de presiones externas que han puesto a los pueblos indígenas en una encrucijada: o se alinean con la institucionalidad o enfrentan la estigmatización, la criminalización y la represión. Mientras el Estado habla de autonomía y de diálogo, alimenta estas fisuras, entregando reconocimiento y recursos a quienes estén dispuestos a plegarse a su línea. Y cuando las comunidades alzan la voz para reclamar lo que es suyo, la respuesta es la misma de siempre: el desconocimiento, la negación de los derechos fundamentales y la militarización de los territorios.

En el fondo, la historia se repite. Las carreteras se bloquean, los gobiernos se muestran desconcertados, los líderes indígenas se debaten entre la autonomía y la necesidad de apoyo estatal, y los ciudadanos del común pagan el precio de la parálisis. Al no recurrir a la justicia indígena, la movilización se convierte en la única herramienta de quienes han entrado en rebeldía con sus propias autoridades tradicionales. Es su forma de hacerse visibles, de demostrar que existen y que su lucha no es solo contra el Estado, sino también dentro de sus propias estructuras.

El resultado: una crisis sin salidas fáciles. La ciudadanía sufre la falta de libre tránsito, el gobierno se ve atado por el respeto a la autonomía política de los pueblos indígenas, y el movimiento indígena exhibe sus propias fisuras. Mientras las autoridades intentan destrabar lo intrincado, en Popayán la gente busca rutas alternativas para llegar a Cali, y en Cali buscan por dónde llegar a Popayán.

Por: Prensa Justicia y Dignidad.

Los bloqueos de la Panamericana: una tradición caucana cortesía de Luis Enrique Yalanda

Si algo caracteriza al Cauca, además de su belleza natural y su riqueza cultural, son los infaltables bloqueos en la carretera Panamericana. Una actividad que ya se ha convertido en parte del folclor regional, cortesía de ciertos personajes que parecen disfrutar más cerrando vías que trabajando en soluciones. Y en esta ocasión, el protagonista indiscutible es Luis Enrique Yalanda Hurtado, el dirigente Misak que ha decidido que la mejor manera de hacer política es secuestrando el tráfico.

Pero, ¿quién es este noble defensor de la incomodidad ajena? Yalanda, un exaspirante al Congreso de la República, parece haber encontrado su verdadera vocación no en la política convencional, sino en el arte de la protesta prolongada. Aparentemente, cuando los votos no son suficientes, la mejor estrategia es hacer ruido… y de paso, hacer que miles de caucanos se queden atrapados en un embotellamiento sin fin.

Un liderazgo… cuestionado

Luis Enrique Yalanda se proclama como el legítimo gobernador del Resguardo Indígena Guambiano de La María en Piendamó, aunque el propio resguardo lo ha desmentido con comunicados oficiales. Detalle menor, por supuesto. Para Yalanda, la democracia parece ser un concepto flexible, adaptado a sus necesidades personales.

Desde su separación del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), Yalanda ha estado en una cruzada personal, enfrentándose tanto a su propia comunidad como a las instituciones del Estado. Acusado de usurpar la identidad del resguardo y de manipular cargos con fines políticos, ha encontrado en los bloqueos una manera eficaz de seguir siendo relevante. Después de todo, ¿quién necesita legitimidad cuando puede generar caos con unos cuantos troncos y piedras en la carretera?

Un bloqueo con sabor a revancha

Ahora que el Ministerio del Interior ha dejado claro que Yalanda no es la autoridad legítima del resguardo, él ha decidido que todos los caucanos deben pagar las consecuencias. Porque nada dice «defensa de los derechos indígenas» como perjudicar a miles de ciudadanos que no tienen nada que ver con sus disputas internas.

Además, su historial no solo incluye interrupciones viales, sino también denuncias de violencia política contra mujeres indígenas y la perpetuación de divisiones dentro de su comunidad. Todo esto mientras se presenta como el gran defensor de los intereses Misak. Un ejemplo brillante de cómo el activismo mal enfocado puede convertirse en una forma de autoritarismo disfrazado de lucha social.

¿Y ahora qué?

Mientras los conductores siguen atrapados en la Panamericana y los comerciantes ven sus negocios afectados, Yalanda sigue firme en su papel de líder autoproclamado, ignorando los llamados de su propia gente y utilizando cualquier artimaña disponible para mantener su influencia.

Tal vez algún día encontremos una solución a los bloqueos, pero hasta entonces, los caucanos seguirán preguntándose: ¿cuándo convertimos los trancones en una atracción turística? Quizás así, al menos, podríamos sacar algún provecho de este espectáculo repetitivo que Luis Enrique Yalanda insiste en protagonizar.

Por: Prensa Justicia y Dignidad

La sentencia de la Corte IDH sobre el pueblo U’wa: un hito para los derechos territoriales de los pueblos indígenas en Colombia

La reciente sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) en el caso del pueblo U’wa contra el Estado colombiano representa un hito fundamental en el desarrollo de los derechos territoriales de los pueblos indígenas en Colombia. En un contexto donde la normatividad nacional ha limitado sistemáticamente estos derechos, la decisión de la Corte IDH no solo reconoce las violaciones cometidas por el Estado colombiano, sino que también establece lineamientos claros para la restitución, reparación y garantía de no repetición.

El caso surge a raíz de la concesión de títulos mineros y licencias de explotación en el territorio del pueblo U’wa sin la realización de estudios de impacto ambiental adecuados, lo que restringió el acceso de la comunidad a su territorio ancestral y vulneró sus tradiciones culturales y espirituales. A pesar de los argumentos del Estado sobre la importancia estratégica de estos proyectos para la producción de energía y el desarrollo económico del país, la Corte IDH determinó que estas acciones representaban una violación de múltiples derechos fundamentales, incluyendo el derecho a la propiedad colectiva, la consulta previa, la participación en la vida cultural, el medio ambiente sano y el derecho a la vida.

La decisión de la Corte se estructura en tres puntos clave:

i) Restitución: el Estado colombiano deberá implementar medidas para el saneamiento integral del territorio del pueblo U’wa, clarificando sus títulos coloniales y asegurando la protección efectiva de su territorio.

ii) Satisfacción: la Corte ordenó la publicación de la sentencia y la realización de un acto público de reconocimiento de responsabilidad, el cual deberá ser traducido al idioma U’wa como forma de reparación simbólica.

iii) Creación de un fondo de desarrollo comunal: este mecanismo busca reparar el daño causado a la participación en la vida cultural del pueblo U’wa y compensar los perjuicios sufridos por la comunidad debido a las acciones estatales.

La trascendencia de esta sentencia radica en que, por primera vez, la Corte IDH protege los derechos territoriales de todo un pueblo indígena y no solo de una de sus comunidades. Este fallo sienta un precedente clave para otros pueblos indígenas que enfrentan conflictos similares en el continente. Es particularmente importante para el caso colombiano, ya que es la primera sentencia sobre derechos territoriales de los pueblos indígenas en el país.

Sin embargo, genera preocupación el aval que la Corte otorga a los procedimientos de calificación de títulos coloniales, ya que en Colombia estos procesos no han tenido avances significativos y representan un riesgo para la integridad del territorio indígena. La falta de claridad y efectividad en estos mecanismos puede afectar la protección real de los derechos territoriales de los pueblos indígenas en el país.

En definitiva, esta sentencia representa un avance significativo en la consolidación de un marco de protección efectiva para los derechos territoriales de los pueblos indígenas en Colombia y América Latina. Se espera que este fallo impulse a los operadores judiciales a nivel nacional a garantizar una mayor protección a estos derechos en sus decisiones futuras, fortaleciendo así el reconocimiento y respeto de la diversidad cultural y territorial en la región.

Por: Prensa Justicia y Dignidad

Migrantes varados en Panamá: un limbo legal y humanitario

Desde la ventana de un hotel en Ciudad de Panamá, dos niñas alzan un mensaje desesperado: «Please help us». Detrás del cristal, atrapadas en una jaula de lujo que no es su hogar, piden lo que el mundo les ha negado: una oportunidad de vivir sin miedo. No tienen país, no tienen refugio, no tienen futuro. Son migrantes, deportadas sin explicación, empujadas a la orilla de una tierra que no les pertenece y que tampoco las quiere. Sus vestidos turquesa contrastan con la frialdad del vidrio que las separa de la calle, de la vida, de la esperanza. No gritan, porque saben que nadie escucha. No corren, porque no tienen a dónde ir. Solo quedan sus manos temblorosas sosteniendo un papel que se deshace bajo el peso del silencio internacional.

Más de un mes después de que fueran encerrados en el hotel Decápolis de Ciudad de Panamá, decenas de migrantes africanos y asiáticos deportados desde Estados Unidos siguen sin rumbo, atrapados en un limbo legal y humanitario. Son personas que huyeron de la persecución en sus países de origen y que, tras un periplo de violencia e incertidumbre, terminaron siendo utilizadas como fichas de un perverso acuerdo bilateral entre Washington y Panamá. Su tragedia es la de miles de migrantes que, en ausencia de tribunales nacionales o internacionales que garanticen sus derechos, quedan a merced de decisiones arbitrarias y de una comunidad internacional que les da la espalda.

En el grupo hay hombres, mujeres y niños provenientes de países como Irán, Afganistán, Nepal, Pakistán, Somalia, Eritrea, Camerún, Etiopía, China y Rusia. Artemis Ghasemzadeh es una de ellos. Huyó de Irán tras convertirse al cristianismo, pues en su país esa decisión se paga con la muerte. En su intento de alcanzar el asilo en EE.UU., terminó detenida y posteriormente trasladada a Panamá sin explicación alguna. Como ella, muchos otros quedaron varados en una nación que no eligieron y que, pasado un corto plazo de 30 días, amenaza con deportarlos a un destino incierto.

El modus operandi fue simple: migrantes capturados en EE.UU. fueron enviados directamente a Panamá sin opción de solicitar refugio ni acceso a abogados. Encerrados en un hotel sin comunicación con el exterior, las imágenes de sus súplicas desde las ventanas se viralizaron en redes sociales. Algunos aceptaron el «retorno voluntario» a sus países, una opción impuesta bajo coerción. Otros, conscientes de que regresar significaría la muerte, decidieron quedarse en un país que no les ofrece garantías ni soluciones reales.

Las condiciones en las que han sido tratados son propias de un régimen que desprecia la vida humana. Un migrante afgano relató que los engañaron: les dijeron que los trasladarían a otro hotel, pero terminaron en un albergue improvisado en la selva del Darién, en condiciones insalubres y con raciones de comida insuficientes. Un hombre iraní, enfermo de diabetes, denunció que no recibió su medicación. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) fueron mencionadas como responsables del albergue, pero al momento de la llegada de los migrantes no había presencia de estos organismos. El abandono fue total.

Ahora, en Ciudad de Panamá, un grupo de ellos sobrevive gracias a la ayuda de la Iglesia católica. Fe y Alegría, una organización religiosa, los acoge temporalmente en un gimnasio, pero la incertidumbre persiste. Sin dinero, sin contactos y sin hablar español, estos migrantes han quedado librados a su suerte en un país que no reconoce su derecho a quedarse y que tampoco ofrece alternativas reales.

Los mecanismos de protección internacionales brillan por su ausencia. Ni los tribunales nacionales ni los organismos internacionales han logrado frenar estas expulsiones sumarias, una violación flagrante a la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. La denuncia interpuesta ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos puede sentar un precedente, pero llega tarde para quienes han sido deportados o para aquellos que, ante la desesperación, han aceptado regresar a la persecución de la que huyeron.

Lo sucedido con estos migrantes no es un hecho aislado: es la consecuencia directa de políticas migratorias que los tratan como una amenaza, no como seres humanos. Con el regreso de Donald Trump al poder, el panorama solo puede empeorar. Su retórica antiinmigrante, sus intentos de anular el derecho de asilo y sus medidas para externalizar el control migratorio convertirán estos abusos en norma. Lo que está en juego no es solo la vida de quienes buscan refugio, sino los valores fundamentales de la humanidad. Permitir que se consoliden estos atropellos es aceptar un retroceso civilizatorio que nos arrastra a todos.

Por: Sofía López Mera, abogada, periodista, defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.

Ana María, otra desaparecida que volvió en cenizas

Por más de seis meses Mariluz Varón recorrió, sola, las calles polvorientas de Neiva, preguntando por su hija, Ana María Caballero. Llevaba en la mano un cartel y en el pecho el desespero. En las noches se regresaba sin respuestas, pero nunca sin miedo. Sabía que en Colombia, cuando alguien desaparece, la mayoría de veces no vuelve.

Ana María, joven, madre de una niña de 8 años, había salido desde Rovira, Tolima, a «ganarse unos pesitos» vendiendo su viejo Nissan Sentra en Neiva. La cita fue pactada por redes sociales, como sucede tantas veces en la Colombia popular que vive del rebusque. Desde ese 16 de septiembre, ni su hija ni su yerno Ubardi Ávila dieron señales. La tierra, como tantas veces en este país, se los tragó.

Pero esta vez la tierra habló. Una fosa común en un paraje despoblado de Neiva devolvió un cuerpo incinerado. Las pruebas forenses confirmaron lo que el Estado no quiso buscar: era Ana María.

Las desapariciones forzadas se volvieron paisaje en Colombia. El silencio que las rodea es más espeso que la maleza de las veredas donde entierran a la gente. Antes, la desaparición fue una estrategia de guerra —armas, uniformes, listas negras y masacres encubiertas—. Ahora, el crimen se camufla en la cotidianidad: por robarle un carro, por «deberle» a alguien, por cruzarse con las redes de trata, por estar en el lugar equivocado o por ser, simplemente, pobre.

A Ana María la desaparecieron por intentar sobrevivir en un país donde hay que arriesgarse hasta para vender un carro. La desaparición ya no es solo un mecanismo de guerra, sino también de rentas, de pillaje y de control territorial. Pero el Estado, acostumbrado a mirar para otro lado, actúa como si el fenómeno hubiera terminado el día que se firmó el Acuerdo de Paz. Como si la guerra y sus prácticas se hubieran ido con las FARC.

La Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, creada precisamente para encontrar a los ausentes, se ata las manos al limitar su mandato a los desaparecidos hasta 2016, como si después de la firma no hubieran seguido desvaneciéndose personas en las calles, en las carreteras y en las riberas de los ríos. Mientras tanto, la Fiscalía, encargada de investigar, hace como que hace, pero no hace. La inoperancia es su mejor disfraz y la impunidad su marca registrada.

A Mariluz le tocó lo que le ha tocado a cientos de madres, esposas e hijos: buscar a sus muertos en la selva, en las montañas, en las morgues y en las fosas clandestinas. Y cuando por fin los encuentran, nadie responde.

Ana María regresó, sí, pero en cenizas. Volvió a su casa dentro de una bolsa negra, sin voz, sin ojos, sin historia, convertida en rastrojo. Y la muerte, vieja conocida de este país, regresó también. Nunca se había ido.

Por Sofía Lopez Mera , abogada, periodista,  defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.

Cartago: donde desaparecer jóvenes es parte del negocio criminal .

En Cartago, al norte del Valle del Cauca, desaparecer jóvenes ya no es una casualidad. Se ha vuelto parte del negocio. En medio de una guerra entre Los Flacos, La Nueva Generación y La Nueva Alianza, las bandas se reparten la vida de adolescentes y jóvenes, como si fueran mercancía: para el reclutamiento forzado, la explotación sexual, el narcotráfico, la extorsión o, según denuncian las madres organizadas, incluso para alimentar redes de tráfico de órganos que operan en la región.

La violencia no es nueva. En los años noventa, Cartago fue escenario de la expansión del Cartel del Norte del Valle. Las cifras de muertos superaban las de cualquier municipio de su tamaño. Pero lo que se vive ahora es distinto. Desde 2022 hasta marzo de 2025, se han reportado al menos 50 desapariciones y más de 70 asesinatos, la mayoría de ellos contra menores de edad. Sin embargo, las organizaciones sociales afirman que las cifras son mayores. Muchas familias no denuncian por miedo o porque saben que no recibirán respuesta.

Cartago se ha convertido en un corredor estratégico para las economías criminales que conectan el Valle del Cauca con el Eje Cafetero y Antioquia. Desde hace al menos tres años, las desapariciones de jóvenes no solo obedecen a las disputas territoriales de estas bandas. También se explican por la existencia de un mercado: algunos muchachos son forzados a trabajar para las bandas, otros son vendidos a redes externas para ser explotados o, como temen sus familias, para el tráfico de órganos.

Las denuncias se han hecho públicas, pero las investigaciones avanzan a paso lento o no avanzan. En Cartago, no solo se teme a las bandas, también a la indiferencia estatal. Las madres saben que muchas de sus denuncias quedan archivadas sin que se busque realmente a sus hijos.

En medio del miedo, ellas no se han quedado quietas. La Asociación de Madres de Cartago, integrada por 20 mujeres, recorre las calles, investiga por su cuenta y se enfrenta al poder criminal en soledad. Buscan a sus hijos entre potreros, cañaduzales y casas abandonadas. Pegan carteles, comparten fotos, organizan vigilias y se atreven a decir lo que muchos callan: que sus hijos están siendo desaparecidos para sostener la economía ilegal que gobierna Cartago.

Desde 2022, las masacres han regresado. Al menos seis asesinatos múltiples han estremecido a la ciudad. En los barrios populares, la violencia es diaria. Los muertos ya no solo caen en las balaceras; se esfuman, desaparecen. La gente sabe quiénes están detrás, pero guarda silencio. Temen ser los próximos.

“Cartago es un lugar estratégico y, en la intención de consolidar un imperio criminal, esta violencia puede empeorar”, advierte Nicolás León, investigador de la Fundación Paz y Reconciliación. La disputa entre las bandas no solo es por el microtráfico, también es por la contratación pública y la administración de préstamos ilegales. Todo lo que produce dinero es motivo de guerra.

Pero en Cartago, no hay guerra limpia. Aquí los muertos son jóvenes, y los desaparecidos, más jóvenes aún.

La pregunta es inevitable: ¿Dónde está el Estado? ¿Qué más tiene que pasar para que las autoridades actúen con la contundencia que merece esta emergencia? Las madres han hecho su parte. Ellas han buscado, han denunciado, han sobrevivido. Pero no deberían hacerlo solas.

La omisión ya no es una opción. El silencio de las instituciones es un crimen más.

Por Sofía López Mera, abogada, periodista,  defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.

Escalada violenta de las disidencias Farc deja un militar muerto y 88 heridos en Cauca

Las explosiones sacudieron la madrugada y dejaron un reguero de escombros, heridos y miedo en las calles del Cauca. En Piendamó, una motocicleta cargada con explosivos detonó cerca de la estación de Policía. Setenta y tres personas quedaron heridas, entre ellas menores de edad, agentes y transeúntes que pasaban por el lugar. Algunos solo sintieron el zumbido que les reventó los oídos, otros fueron trasladados a Popayán con heridas graves.

En Patía, sobre la Panamericana, una escena similar. Una motocicleta sospechosa a un lado de la carretera. El soldado Roque Gutiérrez Romario se acercó a inspeccionarla, pero no alcanzó a dar el aviso. Murió en el acto. Otros dos militares y cuatro civiles fueron alcanzados por la onda explosiva. En Suárez y Cajibío, la guerra llegó desde el cielo. Drones cargados con explosivos cayeron sobre las estaciones de Policía, dejando policías y civiles heridos. En Santander de Quilichao, Corinto, Caldono y Toribío, la violencia se sintió con ráfagas de fusil y hostigamientos.

Las calles de Popayán, Piendamó, Tunía y Morales amanecieron tapizadas con pancartas. Mensajes de guerra colgados en puentes, mercados y postes. Ayer, 26 de marzo, se cumplieron 17 años de la muerte de Manuel Marulanda, alias «Tirofijo», y las disidencias quisieron conmemorar su historia con pólvora y muerte. En el Cauca, la guerra no necesita aniversarios para recordarle a la gente que sigue viva.

Prensa Justicia y Dignidad