Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 9M

Los caminos de la historia están hechos de huellas que no se borran con el viento. El 9 de mayo de 2021, en pleno Paro Nacional, la dignidad se tomó las calles con bastones, tambores y pañoletas verdes y rojas. Pero también se tomó las calles el miedo. Ese día, en Cali y en otras regiones del país, el Estado —ese que debería cuidar la vida— se quitó la máscara y actuó como verdugo. Atacaron a la Minga Indígena a bala limpia. Desaparecieron a una mujer en Paso del Comercio. Hostigaron a una joven por brindar agua y gasas. Hallaron sin vida a Brahian Gabriel en Risaralda. Y usaron un arma, el Venom, como quien amansa un rebaño a plomo. Lo que ocurrió no fue un exceso. Fue una política. No fue un error. Fue una decisión.

No hay un solo fallo judicial que restituya los derechos de las víctimas. Nadie responde. Nadie repara. Nadie se disculpa. Y por eso hay que decirlo claro: lo que hicieron fue cercenar el derecho a la protesta, criminalizar la dignidad, desaparecer a los que alzaron la voz. Lo que vivieron las comunidades indígenas y los jóvenes en las calles fue terrorismo de Estado.

9 de mayo de 2021- Cali- Ataque Armado en contra de la Minga Indígena

La tarde del 9 de mayo de 2021, el sol ardía sobre Cali, pero la calma de la ciudad se vio rota por el estruendo de disparos. La Minga Indígena, que había llegado a la capital del Valle del Cauca en apoyo al Paro Nacional, se encontraba en pleno proceso de protesta cuando fue atacada violentamente. Lo que empezó como una movilización de resistencia por parte de los pueblos indígenas se convirtió en un campo de batalla, donde el poder de las armas y la impunidad del Estado se desplegaron con ferocidad.

El Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), desde su participación en el Paro Nacional, había sido pieza clave en la organización del levantamiento popular. Desde el 30 de abril, miles de indígenas se habían desplazado hasta Cali, buscando visibilizar sus demandas y rechazar las políticas del gobierno de Iván Duque, que, según ellos, hacían parte de un proceso de exterminio y despojo de sus tierras.

El ataque llegó en horas de la tarde, entre las 2:20 y las 3:00 p.m., cuando los miembros de la Minga se movilizaban en una chiva (un bus escalera) por la vía Cañas Gorda, en el límite entre Cali y Jamundí. Allí, un grupo de civiles armados, con la complicidad de la policía, bloqueó la vía y comenzó a disparar indiscriminadamente. Los agresores, que portaban camisetas blancas, lanzaron insultos racistas y comenzaron a atacar a los indígenas con armas de fuego. Fue un tiroteo que duró cerca de 20 minutos, dejando a 13 personas heridas, entre ellas tres mujeres líderes reconocidas en la región.

Los heridos fueron: Daniela Soto Pito, Marlon Yesid Martínez, Jerson Ignacio Tróchez Tenorio, Segundo Pequí Ramos, Alexánder Frider Yule Ramos, Kevin Antonio Mora, Pedro Herney Ramos Perdomo, Dubán David Ciclos Ñuscue, Eduardo Ul Ul, Yerson Javier Tálaga Ulcué, Sandro Leonel Camayo Ipia, Iván René Casso Hurtado

La violencia no cesó. A la par del ataque armado, helicópteros militares sobrevolaban la sede de la Universidad del Valle, donde la Minga se encontraba asentada. En las calles, hombres de civil, fuertemente armados y bajo la vigilancia de la policía nacional, rodeaban a los indígenas, mientras las órdenes de los ex presidentes Álvaro Uribe Vélez e Iván Duque se hacían sentir con fuerza. La situación era tensa, y el temor a un operativo militar se palpaba en el aire.

A pesar de los ataques, la resistencia indígena no claudicó. Los heridos fueron llevados a distintos centros asistenciales, pero muchos de ellos, temerosos de ser capturados o judicializados, optaron por ser atendidos por sus propios promotores de salud. La represión se agudizaba, y la violencia seguía su curso sin que nadie se detuviera a evaluar las consecuencias.

El 11 de mayo, en una asamblea social y popular realizada en la Universidad del Valle, la Minga Indígena decidió regresar al Cauca. La ciudad de Cali ya no era segura para ellos; las autoridades locales y nacionales, bajo las órdenes de los ex presidentes, habían ordenado su expulsión. Así, los indígenas regresaron a sus tierras, pero con la marca de una resistencia que no se somete a la fuerza, pero que sigue siendo constantemente amenazada.

La historia de ese 9 de mayo de 2021 es la historia de la resistencia de un pueblo que lucha por su dignidad, que exige el respeto a sus derechos y que, a pesar de la violencia del Estado, sigue luchando por la paz y por la justicia en Colombia.

9 de mayo de 2021 – Cali – Desaparición forzada de mujer indígena
Aquel domingo, el Paso del Comercio hervía. Humo de llantas, cantos de resistencia y pasos firmes de mujeres indígenas que, con bastón en mano, tejían la palabra en medio del asfalto. Allí, en ese cruce de ciudad convertida en trinchera, una de ellas desapareció. Nadie volvió a saber de ella. La vieron por última vez mientras recogía algunos víveres y hablaba con los jóvenes que cuidaban las barricadas. Luego, nada. El viento se la tragó o, mejor dicho, se la tragó la guerra sucia que no da la cara. No hubo parte oficial. No hubo explicación. No hubo cuerpo. Solo el silencio y el miedo. Otro nombre que se suma a la lista de los que no están y nadie busca.

9 de mayo de 2021 – Cali – Hostigamiento a mujer manifestante del Paro Nacional
En otra esquina de la misma ciudad, una muchacha, joven como tantas que se lanzaron a la calle con el alma en alto, fue visitada por la policía. No para protegerla, sino para advertirle. Llegaron a su casa con fotos en la mano, con sonrisas torcidas y palabras que eran amenazas envueltas en legalidad. Le dijeron a su madre que la niña estaba haciendo parte de la violencia porque la habían visto en una moto con unas bolsas. Pero no eran explosivos, ni piedras. Eran vendas, suero, pan, agua. Cosas simples para sostener a los que se atrincheraban en la esperanza. A ella le ataron las manos, lo dijo llorando en un video. Se las ataron no solo físicamente, sino en la forma más brutal: con el miedo. Y aun así, habló. Y señaló al Estado. Porque cuando la vida se defiende, hasta el silencio puede ser una traición.

9 de mayo de 2021 – Risaralda – Encuentran el cuerpo de un joven desaparecido
En Risaralda, mientras los árboles de café seguían dando sombra, encontraron a Brahian Gabriel Rojas López. El cuerpo, no la vida. La vida se la habían quitado días antes. Nadie dijo cómo, nadie dijo quién. Solo apareció su cadáver y con él, una certeza: que en este país a los jóvenes los entierran antes de tiempo. Brahian tenía sueños, como todos, y quizás también rabia, como muchos. Pero ni una cosa ni la otra justifican que haya sido desaparecido y que su nombre aparezca, ya tarde, en los informes de los organismos de derechos humanos, esos que siempre llegan después del disparo.

9 de mayo de 2021 – Todo el país – Arma Venom contra manifestantes
Esa noche, en muchas ciudades, llovió plomo y gas. Pero no con fusiles ni revólveres. Llovió desde tanquetas. Desde artefactos que parecían de ciencia ficción. El Venom, le llaman. Una especie de cañón que escupe treinta cartuchos en segundos. Costó millones. Lo usaron como quien usa una vara para golpear sin dejar rastro. El protocolo decía que debía dispararse hacia el cielo, en arco, para dispersar, no para matar. Pero lo usaron desde el suelo, a ras, directo al pecho, a los ojos, a las casas. Como si la protesta fuera una guerra, y los manifestantes, enemigos de la patria. Cada descarga valía millones. Pero la vida de los muchachos no valía nada. Y así, el Estado, con su máquina de humo y fuego, nos dejó claro de qué lado estaba.

Hoy, a cuatro años, seguimos sin respuestas. Las madres siguen buscando. Las comunidades indígenas siguen cuidando a sus muertos y a sus vivos. Los jóvenes, los que quedan, siguen exigiendo que no se olvide. No hay sentencias. No hay verdad. No hay justicia. Solo hay impunidad vestida de institucionalidad. Por eso gritamos que hace falta una Comisión de Esclarecimiento que hable claro, que diga nombres, que reconstruya cada minuto de horror de ese 9 de mayo.

Porque sin memoria no hay justicia, y sin justicia no hay paz. Porque la verdad no se esconde detrás de los escritorios del poder, sino en los cuerpos heridos, en las casas allanadas, en las calles vacías donde una vez se gritó libertad. Porque fue el Estado. Porque lo vimos. Porque no lo olvidamos. Y porque no nos vamos a callar.

¡Comisión de Esclarecimiento Ya!

La justicia indígena para la paz: un acto de resistencia desde la Universidad de York

La justicia indígena para la paz: un acto de resistencia desde la Universidad de York

El 8 de mayo, en la Universidad de York, se presentó la Propuesta de Justicia Indígena para la Paz, una iniciativa impulsada por las mujeres del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz, que busca sanar las heridas de la guerra a través de un modelo de justicia restaurativa. No es solo un discurso vacío, sino un grito de las madres que, después de perder a sus hijos en el conflicto, luchan por recuperarlos y devolverles una infancia robada por la violencia.

Esta propuesta surge desde el Consejo Territorial Indígena COTAINDOC, compuesto por pueblos del Oriente Caucano como Ampiulle, Kisgo, Nasa, Misak y Polindara , que han optado por una justicia que no sea punitiva, sino sanadora. No buscan venganza, sino una forma de aliviar el dolor, cerrar las fracturas dejadas por la guerra y frenar el ciclo de violencia. La justicia indígena se basa en la restauración, en reparar lo que ha sido destruido, no en perpetuar el odio.

La guerra solo engendra más violencia, lo saben los pueblos indígenas, que han experimentado en carne propia el sufrimiento. Por ello, proponen una justicia que no imponga castigos, sino que construya puentes de sanación y equilibrio. Esta justicia debe ser un espacio para la interculturalidad, donde todos podamos contribuir a la paz que nos fue arrebatada.

El encuentro en York no solo fue un espacio para presentar la propuesta, sino también un momento para reflexionar sobre lo que está en juego: la recuperación de nuestros hijos e hijas, su liberación de la guerra. Porque la verdadera justicia no busca venganza, sino ofrecer un futuro de paz.

El compromiso de las madres y comunidades indígenas sigue firme. Este llamado por la justicia indígena ha sido escuchado más allá de las fronteras de Colombia, cruzando continentes, llegando a todo el mundo. La propuesta presentada en York es el primer paso hacia un futuro donde la paz sea una realidad para las nuevas generaciones.

La propuesta de justicia nació en agosto, durante la 8ª Caravana Internacional de Juristas, en un encuentro intercultural entre comunidades indígenas y madres buscadoras. Allí se planteó la creación de un modelo de justicia que se presentaría en diferentes escenarios, con el fin de frenar la guerra y sus consecuencias. Este clamor ha sido escuchado por los pueblos indígenas que integran la COTAINDOC que al igual que las madres, desean poner fin al conflicto.

La Justicia Indígena para la Paz es una alternativa nacida del sufrimiento de las madres y de los pueblos que resisten la guerra. No se trata de un concepto vacío, sino de un acto de resistencia real, que busca sanar las heridas y devolver la esperanza. En lugar de imponer la violencia, esta propuesta invita a construir paz desde el respeto y la sanación.

Por Prensa Justicia y Dignidad

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Días 7M y 8M

Durante los días 7 y 8 de mayo de 2021, Colombia vivió una de las páginas más oscuras del estallido social. En las calles no sólo hubo gritos de esperanza y resistencia: también hubo fuego cruzado, represión sistemática, desapariciones, violaciones, ejecuciones extrajudiciales y una maquinaria institucional orientada a sofocar la dignidad del pueblo que se atrevió a decir “basta”. Esta Bitácora del Horror no pretende ser una cronología neutra, sino una denuncia viva: un clamor de justicia ante la impunidad que persiste y la urgencia de que una Comisión de Esclarecimiento Popular, Independiente y Feminista reconstruya, con las voces de las víctimas, la verdad que el Estado sigue ocultando.

7 de mayo de 2021 – Bogotá: La tanqueta que le robó la vida a Dylan

Eran las 11:45 de la noche y el asfalto de la Primero de Mayo aún olía a pólvora. Dylan Fabriany Barbosa León, reportero de KallesKapital, músico de la agrupación Masai Ban Go, se movía entre el gentío con su cámara como lanza. Unas horas antes había subido un video a Instagram: la voz vibrante del pueblo marchando. Lo siguiente fue el silencio.

Una tanqueta de la fuerza pública lo arrolló. Así lo dijo la Red Popular de Derechos Humanos. El IDIPRON prefirió llamarlo “siniestro vial”. Su familia no tragó entero. Dylan no era un accidente. Era un objetivo. Su delito fue estar con los de abajo, contar lo que los grandes medios callan, cantar la rabia que otros solo mascullan. Lo mató el Estado. Le pasó por encima con metal, con impunidad, con olvido.

7 de mayo de 2021 – Pereira: Héctor Fabio y la bala que quebró a su madre

Héctor Fabio Morales Henao no tenía uniforme ni escudo. Tenía 24 años, un título del SENA y un trabajo como vigilante. Esa noche había acompañado a su madre, Yolanda Henao, al municipio de Dosquebradas. Yolanda, lideresa del Consejo Consultivo de Mujeres, lo crió con principios y con coraje. Lo crió para que ayudara.

Cerca del Parque Olaya, cuando regresaba, una ráfaga lo detuvo. Un proyectil se le metió en el cráneo. Cayó mientras prestaba primeros auxilios a manifestantes. El Espectador citó el parte médico. Yolanda señaló al alcalde Carlos Maya responsable de la muerte de su hijo.

7 de mayo de 2021 – Cali: La noche en que los paramilitares volvieron con camionetas

No fue represión. Fue operación. Coordinada, brutal, silenciosa. En Cali, la ciudad que ya sangraba, la violencia se refinó. En La Luna, Junín, Paso del Comercio, Portada al Mar y otros puntos, hombres de civil dispararon desde camionetas. No llevaban uniforme, pero tenían licencia para matar.

La Guardia Indígena repelió uno de los ataques. Capturaron a un hombre. Pero en otras esquinas el fuego cruzado dejó heridos, algunos con balas en la cabeza. Estudiantes, como José David Murcia, cayeron. Otros se lanzaron desde puentes para salvar la vida. Se denuncio a los responsables eran los de una Kia Picanto blanco, un Renault Duster, una Toyota ZPW 163. Se habló y se denunció. Pero nadie respondió.

7 de mayo de 2021 – Cali: Persecución a mujeres defensoras, cuerpos feminizados como blanco de guerra

En La Luna, la noche fue también cacería. Dos mujeres defensoras de la Red FIC asistieron a heridos. Después, una camioneta las siguió hasta el centro médico. Tuvieron que quedarse ahí hasta la madrugada, escondidas entre camillas y miedo.

Las mujeres, durante todo el paro, fueron botín. Violadas, acosadas, tocadas, calladas. Hubo patrones. Hubo sistematicidad. Hubo Estado. La violencia sexual no fue excepción: fue herramienta. Y la impunidad, una orden.

7 de mayo de 2021 – Gachancipá, Cundinamarca: Gas en la casa, niño herido

En Gachancipá, los gases no respetaron muros. Un niño, dentro de su hogar, fue afectado por los químicos lanzados durante la represión. Las ventanas vibraron, los ojos ardieron, la infancia tembló. El Estado disparó sin preguntar, sin cuidar, sin detenerse.

7 de mayo de 2021 – Bogotá: La orden que endureció la represión

Ese día se firmó la Directiva Operativa Transitoria No. 018. El nombre prometía «fortalecer el servicio de policía para garantizar la manifestación pacífica». Lo que trajo fue más garrote. Más ESMAD. Más sangre. El papel selló la brutalidad con tinta institucional.

7 de mayo de 2021 – Washington: La CIDH alza la voz

Desde lejos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y su Relatoría para la Libertad de Expresión emitieron un comunicado. Advirtieron sobre el uso excesivo de la fuerza y la avalancha de denuncias. Fue una voz en el desierto. Mientras tanto, en Colombia, los disparos seguían marcando la pauta.

8 de mayo de 2021 – Madrid, Cundinamarca: Elvis Alfredo, linchado por el uniforme

Elvis Alfredo Vivas López tenía miedo, pero también compromiso. El primero de mayo fue a la marcha en el barrio El Sosiego, en Madrid, Cundinamarca. Cuando la confrontación estalló, intentó irse. No lo dejaron.

Policías lo cercaron, lo golpearon. Las cámaras de seguridad lo vieron. La calle también. Lo hallaron tirado, con heridas graves. Murió días después en una UCI de Facatativá. La muerte llegó con botas, bolillo y sigilo. Otra vida extinguida en nombre del orden.

 8 de mayo de 2021 – Calima Darién, Valle del Cauca: El asalto del ESMAD en El Tablero

En El Tablero, camino entre Restrepo y Buenaventura, tres personas fueron heridas: dos indígenas Emberá Chamí y un campesino. El ESMAD llegó por tierra y aire. No distinguió ni diálogo ni identidad. Fue operación limpia, como las llaman. Otra vez, el poder del Estado contra quienes defienden la tierra.

8 de mayo de 2021 – Cali: Camioneta blanca, fuego contra Univalle

Una camioneta blanca, placas ICU 946, registrada a nombre de Adalgiza Navarrete Racedo, llegó hasta la Universidad del Valle. Los estudiantes estaban en jornada pacífica. La camioneta disparó. Heridos. Terror. Paramilitarismo urbano. La ciudad tomada por sombras sin rostro y con licencia para disparar.

No son casos aislados ni errores operativos. Son crímenes de Estado, ejecutados con precisión, amparados por el silencio y la complicidad de quienes deberían proteger. Las calles del paro siguen hablando, exigiendo memoria, justicia y reparación. Porque mientras no se esclarezcan estos hechos y se rompa el pacto de impunidad, seguiremos repitiendo la historia de un país que dispara contra su juventud y calla a sus mujeres. La vida, la verdad y la justicia no pueden esperar más: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya!

 

Los huesos que lloran bajo la tierra

Potrerito no figura en los titulares internacionales. Pero si la tierra hablara, contaría una historia de guerra que nunca se fue. Fue la lluvia quien la empezó a contar: el domingo 4 de mayo, un aguacero fuerte hizo ceder la tierra en una trocha entre tres fincas de la vereda Gato de Monte, en el corregimiento de Potrerito, Jamundí. La comunidad, acostumbrada a abrirse paso entre el barro, llegó al día siguiente con palas para despejar el camino.

Lo que hallaron fue el espanto: cráneos, huesos, restos con botas puestas, ropa todavía adherida al cuerpo como testigo mudo de lo que pasó. Lo demás fue silencio y una pregunta que golpea como la lluvia en el techo de zinc: ¿de quién son esos huesos?

Las autoridades aún no lo saben. Se presume que tienen entre 20 y 12 años bajo tierra. Tal vez fueron víctimas del Bloque Calima, que convirtió el sur del Valle en un territorio de control paramilitar; o de las BACRIM que heredaron el negocio y la violencia. Quizás sean falsos positivos de la época de Uribe, cuando jóvenes eran arrancados de sus barrios para inflar cifras de combate. Quizás cayeron en los enfrentamientos entre el Ejército y las FARC antes del diálogo, cuando el entonces ministro Santos decía: “hay que arreciar y arreciar”, pensando más en fórmulas para escalar la guerra que en premios Nobel de Paz.

Quizás son víctimas de la Jaime Martínez, la disidencia que ahora manda en las montañas de Jamundí, o de la Segunda Marquetalia, que llegó primero, bajando por Buenos Aires como sombra de un pasado que nunca se fue.

Lo cierto es que esos huesos —como tantos en Colombia— son de personas que alguien sigue buscando. Madres, esposas, hermanas que rezan sin tumba y sin respuestas. Mujeres que se han cansado de esperar, pero que no han renunciado.

Los organismos internacionales han sido alertados: la ONU, el MAPP-OEA, la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas. Harán su trabajo. Tomarán muestras, pondrán banderas blancas, cruzarán listas. Pero allá, en la vereda Gato de Monte, lo que hay es dolor sin nombre. Cuerpos sin voz. Y una comunidad que convive con la muerte como si fuera un árbol más del monte.

Porque lo que pasó en Potrerito no es un hecho aislado: es un eco más de una guerra que nadie ha podido parar. Una guerra que ha enterrado a los suyos a escondidas, mientras la historia oficial habla de paz y reconciliación. Allá, donde la lluvia revela verdades, el conflicto sigue oliendo a tierra removida.

Por Sofía López Mera, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Días 4M , 5M y 6M

El 4 y 5 de mayo del 2021 no fueron días comunes: fueron días de plomo. Mientras en los noticieros hablaban de “restablecer el orden”, en las calles el orden lo imponían los fusiles. En Popayán, los estudiantes corrieron de la Universidad del Cauca a los hospitales; en Medellín, los jóvenes fueron cazados entre las lomas; en Barrancabermeja, los barrios populares retumbaron con ráfagas que no venían de las películas; y en Caicedonia, el pueblo chico fue testigo del terror grande. No hubo distinción entre el que gritaba y el que grababa, entre el que marchaba y el que miraba. Fueron días de exterminio selectivo, disfrazado de “operativo policial”. Días en que la democracia se tiñó de sangre joven. Por eso, exigimos una Comisión de Esclarecimiento Ya. No para que la verdad duerma en oficinas alfombradas, sino para que grite, para que acuse, para que repare.

3 y 4 de mayo de 2021 – Popayán: Violencia policial, persecución y terror

La tarde del 3 de mayo en Popayán fue de resistencia pacífica. Desde Campanario hasta la Esmeralda, la juventud se tomó las calles con arte, cantos y dignidad. Pero hacia las 11 de la noche, la noche se tornó infierno: el ESMAD y la Policía arremetieron con bombas, granadas de aturdimiento y persecución desmedida contra manifestantes y habitantes de los barrios La Chirimía, Guayabal, El Pajonal y La Esmeralda.

Quienes huían eran perseguidos a bordo de motocicletas, detenidos arbitrariamente y conducidos a la URI, que operaba como un centro de represión. Allí, la fuerza pública organizó un cerco que transformó ese lugar en una trinchera de impunidad y abuso.

4 de mayo de 2021 – Comunicado ONU y masacres urbanas

Desde Ginebra, la portavoz de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU expresó su alarma: Colombia se desangraba bajo el uso desproporcionado de la fuerza.

4 de mayo de 2021 – Cali: Muerte bajo las armas del Estado

  • César Augusto Barient murió por complicaciones respiratorias tras inhalar gases lacrimógenos en Medellín. Un técnico, no un manifestante. La nube tóxica, lanzada sin criterio, lo envolvió. La policía llamó ambulancia, pero él no quiso hospitalización por temor al COVID. Falleció días después. Su madre denunció la violencia policial como causa directa.
  • Javier Alonso Uribe Díaz, reciclador, cayó abatido por una bala mientras buscaba a su sobrino en medio de disturbios en Los Lagos. Su cuerpo yació por más de 10 horas en el suelo. El Estado no llegó. El pueblo lloró.
  • José Yesit Acevedo Santamaría, taxista, asesinado en el caos. Las versiones se contradicen: un retén, un barrio agitado, un disparo impune. Otra vida silenciada.

4 de mayo de 2021 –  La Virginia, Risaralda – Golpe y río: asesinato de Brahian Gabriel Rojas

Brahian no marchaba. Solo pasaba por el puente. El ESMAD lo golpeó brutalmente, lo llevó al borde del río Cauca. Su cuerpo fue hallado flotando. Golpeado. Muerto. La versión oficial no explica su destino.

4 de mayo de 2021 – Cali – Incursión armada policial en Siloé

La noche del 4 de mayo, Siloé volvió a ser campo de batalla. La policía gaseó el barrio entero. Hubo enfrentamientos y varios heridos. Silencio oficial. Ruido de disparos. Rostros cubiertos de miedo.

4 de mayo de 2021 – Miranda, Cauca: Infiltración militar

En el municipio de Miranda, Cauca, miembros del Ejército Nacional fueron sorprendidos por la comunidad vestidos de civil y portando armas de fuego. Su objetivo: infiltrar las protestas pacíficas que se desarrollaban sobre la vía que comunica con Cali, Valle del Cauca. La comunidad denunció esta acción como una estrategia encubierta para generar violencia en el marco de la movilización social.

5 de mayo de 2021 – Pereira, Risaralda: El asesinato de Lucas Villa

Eran las 7:30 de la noche en el Viaducto César Gaviria. Un grupo de jóvenes estudiantes de la Universidad Tecnológica de Pereira protestaba de forma pacífica cuando fueron atacados a tiros por sujetos vestidos de civil que se movilizaban en motocicleta. Lucas Villa, activista estudiantil de 37 años, fue alcanzado por ocho disparos y falleció el 10 de mayo. Otros dos jóvenes, Andrés Felipe y Javier Darío, también resultaron heridos.

Minutos antes del atentado, las luces del alumbrado público fueron apagadas y las cámaras de seguridad no captaron registros. Testigos relataron la presencia de drones en el área. Una camioneta se había acercado poco antes para entregar agua y víveres a los manifestantes. Lucas, con su voz inconfundible, gritaba “¡el ignorante, el terco, el dormido, despierte!”, cuando un punto láser apareció sobre su camisa turquesa, seguido por el sonido de una moto de alto cilindraje. Luego vinieron los disparos. En el hospital se denunció abandono médico y presunta negligencia por parte del personal de turno. Lucas era estudiante de Ciencias del Deporte y Recreación, reconocido por su liderazgo entre los círculos estudiantiles.

5 de mayo de 2021 – Caicedonia, Valle del Cauca: Homicidio de Pedro Benito Suárez Ariza

Pedro Benito Suárez Ariza transitaba en motocicleta por una zona rural de Caicedonia, donde un grupo de manifestantes mantenía un bloqueo. Según versiones oficiales recogidas por Caracol Radio, Suárez pidió que le permitieran el paso. Ante la negativa, sacó un arma y disparó contra uno de los jóvenes. En respuesta, fue agredido por la comunidad con piedras y palos, y falleció en el lugar. Las autoridades calificaron el hecho como un acto de intolerancia en el contexto del paro nacional.

5 de mayo de 2021 – Caicedonia, Valle del Cauca: Homicidio de Alberto Cuartas Herrán

En el mismo contexto de bloqueo en Caicedonia, Alberto Cuartas Herrán se encontraba entre los manifestantes cuando fue atacado por Pedro Benito Suárez Ariza, quien disparó en su contra y en contra de otra persona. Cuartas recibió un disparo en la cabeza. Fue trasladado al Hospital Santander del municipio, donde falleció minutos después. Según el medio El Tabloide, el hecho ocurrió en una zona rural del municipio. Nuevamente, las autoridades lo clasificaron como un hecho de intolerancia en el marco del paro.

5 de mayo de 2021 – Medellín – Lesión ocular

Santiago Vélez Piedrahita salió con la marcha desde el Parque de los Deseos. Era una manifestación tranquila, sin piedras ni gritos de guerra. Cruzaron la ciudad, regresaron al punto de partida ya entrada la medianoche. Frente a la Casa de Justicia, como si el nombre fuera una ironía, apareció el ESMAD. Sin previo aviso, sin provocación, atacaron.

Santiago levantó los brazos. No gritó, no corrió. Solo se detuvo, como queriendo decir: «Estoy aquí, en paz». Pero un cilindro de gas le voló la mitad del rostro. Venía encendido, con llama en la cola. Lo tumbó al suelo. El humo lo envolvía y la multitud huyó. Dos jóvenes, sin pensarlo, lo sacaron a rastras y lo llevaron a un hospital.

Ahí empezó la segunda parte del infierno. Pérdida total del ojo izquierdo. Daño neurológico en la cara. Sensibilidad borrada. Miedo perpetuo. Y la rabia muda de saberse mutilado por el Estado. Santiago no volverá a ver con ese ojo, pero recuerda bien la noche en que lo apagaron.

5 de mayo de 2021 – Medellín – Intento de homicidio: Jonathan Velázquez Aguiar

Jonathan tiene 18 años. Una discapacidad que le impide siquiera pensar en agredir a alguien. Estaba en casa, con su mamá, cuando las motos del ESMAD llegaron al barrio como si fueran a entrar a una guerra. Redadas, gritos, golpes. A su madre la tumbaron al piso, la patearon con las caderas, le dieron con las rodillas. Él salió, instintivamente, a defenderla.

No insultó. No golpeó. Solo quiso proteger. Pero lo arrastraron por el cuello, lo tiraron al piso, intentaron ahorcarlo. Le partieron la nariz. Le dejaron marcas en la garganta que no se van. Su madre gritaba mientras la golpeaban por intentar salvar a su hijo.

Ese día Jonathan entendió que no hacía falta portar un arma para que lo condenaran. Solo bastaba estar vivo, ser joven, estar ahí.

5 de mayo de 2021 – Cali – Montajes judiciales

Dayro Hidalgo García no estaba en la calle. No ese día. Es líder de la Comuna 13, músico, formador, gestor cultural. Habla de paz, enseña a rimar la rabia. No tira piedras. Pero el 5 de mayo se vio en un cartel de la Policía Nacional. Su rostro, recortado, como si fuera buscado por secuestro o asesinato. Decía: “Ayúdanos a identificarlos. Gracias a usted los capturaremos. Absoluta reserva”.

¿Su crimen? Promover el turismo comunitario. Hacer talleres con niños. Haber estado en las calles el 28 de abril, cuando la ciudad entera gritaba por justicia. El cartel lo puso en la mira, lo convirtió en blanco.

Dayro denunció. Porque quedarse callado también es morir. Porque a veces, resistir es escribir su nombre en la historia antes de que otros lo borren.

5 de mayo de 2021 – Barrancabermeja – Escuadrones de la muerte

En Barrancabermeja, la historia se repite como un eco maldito. La Corporación CREDHOS denunció que empresarios de la zona pactaron con paramilitares un acuerdo de sangre: matar a los jóvenes de la Primera Línea, a quienes protestaran en el sector de Obras Públicas. Un pacto sellado en El Centro, el corregimiento donde duermen los que mandan.

Volvieron los escuadrones de la muerte. Esta vez sin brazaletes, pero con la misma misión: limpiar la ciudad de rebeldes. No hay lista pública, pero sí objetivos definidos. La vida de los jóvenes tiene precio. El mensaje es claro: quien se levanta, cae.

6 de mayo de 2021: 6 de mayo de 2021 – Cali: La Luna y la Portada al Mar

El 6 de mayo de 2021, durante el Paro Nacional, Cali volvió a ser escenario de ataques armados contra la protesta social. A la 1:15 p.m., en el sector conocido como La Luna, al sur de la ciudad, hombres vestidos de civil llegaron en dos vehículos —una camioneta blanca y un Chevrolet Spark negro, modelo reciente— y dispararon de forma indiscriminada contra manifestantes que se encontraban en ese punto. Entre ellos estaba una comisión de la Minga indígena del norte del Cauca, que fue hostigada sin que ninguna autoridad interviniera. Una persona resultó herida por arma de fuego.

La situación fue registrada por testigos y organizaciones como la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN), que alertaron sobre la gravedad del hecho y denunciaron que la presencia de civiles armados actuando en coordinación o bajo protección de la fuerza pública se estaba volviendo recurrente.

Dos horas más tarde, hacia las tres de la tarde, se reportó otro ataque armado en la Portada al Mar, otro de los puntos de concentración de la protesta en Cali. Nuevamente, civiles armados dispararon contra manifestantes sin que se hiciera presente ninguna respuesta institucional para frenar el ataque.

Ambos hechos ocurrieron en un contexto de creciente estigmatización hacia los pueblos indígenas por parte del Gobierno Nacional, cuyas declaraciones públicas acusaban a la Minga de alterar el orden público. Las agresiones encajan dentro de un patrón sistemático de violencia estatal y paraestatal que busca desarticular la protesta a través del uso letal de la fuerza.

El 6 de mayo no fue una excepción, sino una evidencia más del modelo de represión que se desplegó en las calles de Cali durante las jornadas del paro.

Cali, Popayán, Medellín, Barrancabermeja y Caicedonia llevan cicatrices que no se ven, pero que duelen como si fueran de carne. Las madres caminan con el nombre de sus hijos en la garganta. La impunidad sigue agazapada, sonriente, entre despachos tibios y uniformes impecables. Pero el país que sangró en esos dos días no puede resignarse a callar. ¿Quién disparó en la esquina? ¿Quién dio la orden en la sala de mando? ¿Quién desapareció a los muchachos? ¿Quién limpió los rastros? No habrá paz verdadera sin respuestas. La Comisión de Esclarecimiento tiene que instalarse ya, con urgencia, con poder, con dignidad. Porque si el país olvida lo que pasó el 4, 6 y 5 de mayo, estará condenado a repetirlo. Y los muertos volverán, no para marchar, sino para reclamar justicia.

La montaña se defiende: Mocoa se levanta contra la megaminería de LiberoCobre

En lo alto de la cordillera que se entrelaza con la Amazonía, donde el río suena antes de verse y los abuelos aún hablan con los árboles, la comunidad de Pueblo Viejo, en Mocoa, ha decidido detener el tiempo. Desde el 24 de marzo, mujeres, jóvenes, sabedores indígenas, campesinos y líderes sociales bloquean el paso a LiberoCobre, una multinacional canadiense que insiste en abrirle las entrañas a la montaña en busca de cobre y molibdeno.

La empresa habla de oportunidades. En sus boletines, los geólogos bajan de las cumbres con núcleos de roca como si trajeran oráculos. «Estudiar el subsuelo es prepararnos para decidir con fundamento», proclaman. Pero en las veredas no se escuchan discursos técnicos, sino el clamor de la tierra. “No a la mina, sí al agua”, repiten los carteles escritos a mano, mientras una mujer con los pies en el barro vigila que no pase la retroexcavadora.

Para LiberoCobre, el cobre es el metal del futuro. Para Pueblo Viejo, el futuro es cuidar el agua que brota del Macizo Colombiano y alimenta a medio país. Aquí no hay neutralidad posible: o se está con la vida o se está con el extractivismo.

La historia no es nueva. Desde 2018, la Agencia Nacional de Minería ha entregado títulos sobre estas tierras. En 2022, Corpoamazonía —la autoridad ambiental— impuso una medida preventiva para frenar las operaciones, sustentada en que Mocoa había prohibido este tipo de actividades. Pero la empresa continuó. Según ellos, la medida ya no tiene validez porque el Consejo de Estado anuló el acuerdo del Concejo y sus títulos están vigentes. Mientras los tribunales se cruzan papeles, las perforadoras siguen abriendo caminos.

“El gobierno habla de transición energética y justicia ambiental, pero ¿qué justicia es esta que se impone a punta de motores y promesas de empleo temporal?”, pregunta un líder campesino mientras reparte café caliente entre los manifestantes.

LiberoCobre asegura que el 90 % de sus trabajadores son locales, que ofrecen primer empleo, pasantías, y escuchan a la comunidad. Pero las voces en Pueblo Viejo tienen otra versión: que los talleres son monólogos, que la consulta nunca fue previa ni libre, y que lo que se juega aquí no es una nómina, sino el alma de la montaña.

Thyana Álvarez, gerente de la empresa, señala que “actores políticos y activistas han llegado a agitar el territorio”. Pero lo que realmente agita a Mocoa no son discursos externos, sino el recuerdo de una tragedia reciente: la avalancha de 2017 que cobró más de 300 vidas y cuyo origen también estuvo en la devastación de la cuenca.

Hoy, la gente ha decidido no esperar otro desastre. Quieren que se respete el principio de precaución. Quieren que el gobierno escuche. Quieren que no les hablen de cobre para la vida cuando lo que ven es muerte disfrazada de progreso.

El representante a la Cámara por Putumayo, Andrés Cancimance, propuso que Mocoa sea declarada Zona de Reserva Ambiental Temporal. La solicitud duerme en los escritorios del Ministerio de Ambiente. Mientras tanto, en las montañas, la resistencia no duerme.

Y entonces cabe preguntar, sin retórica y con urgencia:

Si el gobierno del cambio, el que proclama a Colombia como potencia mundial de la vida, lo dice en serio, ¿por qué mantiene a comunidades como Pueblo Viejo en Mocoa, y a Jericó y Támesis en Antioquia, bajo el dominio de extractivistas como AngloGold Ashanti y LiberoCobre?

¿Por qué se sigue excavando donde brota la vida?

Porque desde aquí abajo, entre las piedras y el monte, la vida no se promete, se defiende.

Por Prensa Justicia y Dignidad

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 3M

Esa noche, Colombia se miró al espejo y no se reconoció. La represión se extendió como plaga, ciudad por ciudad, cuerpo por cuerpo. No fue un exceso. Fue una estrategia. No fue caos. Fue orden del poder. Los uniformes se camuflaron en la sombra, y desde la sombra dispararon. Murieron jóvenes. Desaparecieron verdades. Violaron cuerpos. Silenciaron voces. Pero también nacieron resistencias.
Hoy, a tres años de aquella jornada de terror, exigimos la creación inmediata de una Comisión de Esclarecimiento sobre los Crímenes de Estado cometidos durante el estallido social. Porque la memoria no puede depender del olvido, ni la justicia del calendario.

2 de mayo de 2021 – Paso del Comercio Cali- Homicidio de Nicolas Guerrero

La noche anterior al infierno, Juan Nicolás Guerrero García, artista, soñador, pariente del alcalde, encendía velas por los que ya no estaban. Participaba en una vigilia en la 14 de Calima, entre canciones y murmullos de resistencia. Horas después, un proyectil le voló la cabeza. No fue bala perdida: fue bala decidida. Los que disparan desde el poder sabían que estaban matando algo más que a un cuerpo: estaban matando una memoria, un símbolo. Pero fallaron. Porque la madre de Nicolás, Laura Guerrero, parió ese día una lucha.

3 de mayo de 2021 – Glorieta Siloe – la horrible noche

Lo que ocurrió en Siloé esa noche no fue un operativo. Fue una incursión armada. Una emboscada estatal. Un castigo colectivo. Bajaron el ESMAD, el GOES, el Ejército. Entraron con tanquetas, drones, helicópteros y el respaldo de la narrativa del miedo. No entraron a disuadir. Entraron a cazar.

A Harold Rodríguez Mellizo lo alcanzó un láser en la cara. Tenía veinte años. Un francotirador lo vio. Le apuntó. Harold puso la mano por reflejo. El balazo le partió el cuerpo en dos rutas: la carne del brazo y la arteria del cuello. Murió desangrado en la glorieta, entre salchipapas y sueños.

José Emilson Ambuila, negro, alto, corpulento, se agachó para cubrirse. El tirador esperó a que se quedara quieto. Le disparó por la espalda. Dos veces. Uno de los tiros le abrió el cuello como si la vida pudiera desbordarse por una sola herida. Tenía 34 años. Su humanidad quedó tirada en la calle Segunda Oeste, donde antes los niños jugaban.

Kevin Anthony Agudelo recibió el impacto en el pecho. Un francotirador también. Le apuntó al corazón. Kevin se movió apenas, como si el destino le diera una última oportunidad. Pero el balazo supersónico lo alcanzó. Le reventó los pulmones. Lo dejó sin aire. Sin futuro. Sin abrazo.
Esa noche hubo al menos 50 heridos. La mayoría no alcanzó a llegar al hospital. Algunos se quedaron tirados en los callejones. Otros los recogieron vecinos en motos, improvisando ambulancias con miedo. Pero el horror no terminó ahí: esa noche nació un trauma colectivo que sigue sin nombre, sin juez, sin condena.

Los cuerpos fueron elocuentes. Las trayectorias de las balas no mienten. Los disparos llegaron de arriba, de lejos, con puntería quirúrgica. Desde un helicóptero. Desde la sombra. Desde el Estado.

3 de mayo de 2021 en Yumbo, Valle del Cauca – Homicidio de Wenceslao Solís Sánchez

Wenceslao Solís Sánchez caminaba por la comuna 1 con otros vecinos. Vieron saqueos, escucharon disparos. No alcanzó a correr. Lo hirieron y murió poco después en el hospital de Yumbo. No disparaba, no saqueaba, solo estaba ahí. Lo mató el miedo disfrazado de autoridad. Uno más que cayó sin juicio, en un país donde la calle cobra vida.

3 de mayo de 2021 en Cali – Homicidio de Cristian Arturo Hinojosa Murillo

Cristian Hinojosa tenía 26 años. Fue asesinado en la comuna 13 de Cali durante el Paro Nacional. Nadie ha explicado por qué. Era joven, estaba en la calle, en días en que eso bastaba para morir. Su nombre quedó en el eco de los que siguen gritando justicia.

3 de mayo de 2021 – Barranquilla – Abuso policial y allanamientos ilegales

Ese día, en Barranquilla, la Policía llegó con las chaquetas al revés, como si la ley se pudiera esconder. Dispararon a los manifestantes, detuvieron a muchos. Golpearon a quienes defendían derechos, les quitaron sus celulares para borrar las pruebas. Entraron a casas sin orden, buscando culpables en los rincones de la rabia.

3 de mayo de 2021 – Medellín – Detención arbitraria y tortura

En Medellín, a un joven lo levantaron sin razones. Lo desaparecieron por horas, lo llevaron al CTP. Allí, la oscuridad tuvo nombre: tortura. Cuando lo soltaron, ya no era el mismo.

3 de mayo de 2021 – Cali, La Luna – Ataque a defensora de derechos humanos

En La Luna, barrio de lucha, Magaly Pino acompañaba al pueblo. Le dispararon con una Mini Uzi mientras buscaba refugio. Querían silenciar su voz, pero lo que hicieron fue sembrarla más hondo.

3 de mayo de 2021 – Bucaramanga – Detención arbitraria, tortura y montaje judicial

En Piedecuesta, detuvieron al abogado Johan Sebastián Moreno Castro, defensor de derechos humanos. Tenía su credencial visible, pero eso no importó. Lo golpearon, lo esposaron, lo incomunicaron. Su hermana fue maltratada por exigir justicia. Terminó en el hospital. Luego vino el montaje judicial. No fue el único: otros jóvenes fueron heridos y detenidos ese día sin nombre ni razón.

3 de mayo de 2021 – Bogotá – Detención arbitraria y tortura

En Kennedy, Diego Luna Rojas grababa lo que no debía: jóvenes golpeados en los baños del Portal Américas. El ESMAD lo detuvo, lo arrastró, lo golpeó. Le dijeron que si seguía sangrando le traerían un trapero. Lo soltaron por los gritos del barrio. Al día siguiente, una visita oficial confirmó: diez jóvenes fueron torturados allí, esa noche.

3 de mayo de 2021 – Palmira – Violencia sexual

Palmira fue otra herida del paro. Esa noche, once mujeres fueron agredidas sexualmente por agentes del Estado. Dos eran niñas. En algunos casos, las violentaron juntas. El cuerpo de las mujeres también fue campo de batalla.

3 de mayo de 2021 – Cali – Ataque a defensoras de derechos humanos

La noche del 3 de mayo, mientras Cali ardía en La Luna, una misión de verificación caminaba entre el humo. Allí estaban Darnelly Rodríguez y Ana María Burgos. Un policía de civil las atacó: patadas, golpes con el casco, insultos, amenazas de violación y de muerte. Una de ellas quedó con lesiones permanentes. La agresión ocurrió cerca de la Estación Fray Damián. No fueron las únicas: también fueron golpeados Iván López, Herson Aullón y Peter Sepúlveda. Ser defensor también era un delito.
Estos nombres, estos cuerpos, estos relatos no son pasado. Son heridas abiertas que caminan con nosotros. Mientras estos crímenes se mantengan en la impunidad, la horrible noche no habrá cesado. Y no habrá paz verdadera mientras no se digan los nombres de los responsables, mientras los culpables sigan libres y las víctimas sigan enterradas en estadísticas.

Por eso escribimos.
Por eso marchamos. Por eso seguimos.
Porque lo que se nombra, existe.
Y lo que existe, resiste.

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 2M

Por las calles del país bajaban los gritos. Desde Popayán, la juventud, los pueblos y las manos trabajadoras marchaban no solo contra una reforma, sino contra una historia larga de desprecio. Hoy, tres años después, seguimos preguntando: ¿Dónde está la verdad de los días que nos rompieron el alma?

Señor Presidente Gustavo Petro: Usted llegó a la Casa de Nariño de la mano de las víctimas del Paro Nacional. Su proyecto político se levantó sobre la dignidad de los y las jóvenes que pusieron el cuerpo en las calles, de las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, de los barrios gaseados, de los pueblos que resisten. Usted prometió una Comisión de Esclarecimiento para los hechos del estallido social. ¡Cumpla!
No se puede hablar de un segundo estallido social por las reformas, si el primero quedó sepultado bajo el olvido y la impunidad.

2 de mayo de 2021 – Popayán: Los infiltrados

La mañana apenas abría los ojos cuando los abogados de la Corporación Justicia y Dignidad, acompañados por la Defensoría del Pueblo, llegaron a la URI de la Fiscalía en Popayán. Querían saber por los detenidos del primero de mayo. Les dijeron que los habían liberado con comparendo. Nada por escrito. Nadie daba la cara.
Cuando salieron, vieron lo que no deberían: una camioneta blanca con platón. Bajaron militares armados, dos hombres de civil encapuchados, radios en mano. Hablaron entre ellos. Luego se fueron rumbo a los barrios La Esmeralda y El Chino. Nadie sabía qué hacían. Nadie respondía.

2 de mayo – Popayán: Incursión armada policial en el barrio La Paz y barrios de la comuna 7

El 2 de mayo de 2021, Popayán volvió a sentir el eco amargo del abuso estatal. Desde las primeras horas de la tarde, estudiantes, campesinos, jóvenes de barrios populares e indígenas salieron a las calles en una jornada más del paro nacional. Caminaron con cantos, pancartas, arengas, talleres pedagógicos y ollas comunitarias de agua de panela. Se concentraron en distintos puntos de la ciudad: el norte, el centro histórico, el Campanario, el Centro Deportivo Universitario. La protesta fue pacífica hasta que la irracionalidad del Estado se impuso. La Policía Nacional y el ESMAD, sin provocación alguna, desataron una ofensiva desproporcionada. Avanzaron con gases, bolillos y disparos. A los manifestantes no los escucharon: los reprimieron.
Ya entrada la noche, cerca de las diez, la represión se volvió más violenta y más brutal. La comuna 7 fue blanco del terror: los barrios La Paz, El Mirador y otros aledaños fueron gaseados sin clemencia. Motorizados y tanquetas irrumpieron en las calles, y también en las casas. Entraron sin órdenes, sin justificación. Golpearon a sus habitantes, los insultaron, los amenazaron, los obligaron a salir a la fuerza. Usaron armas de fuego. Tiraron piedras. Dispararon gases contra las viviendas. En medio del humo, los gritos y el miedo, cayeron varios.
Teresa Rengifo, de 92 años, inhaló el gas lacrimógeno que lanzaron en su cuadra. Su cuerpo frágil no resistió. La asfixia la tumbó en el piso con un cuadro agudo de dificultad respiratoria. Juan Carlos Muñoz, periodista, documentaba lo que pasaba cuando dos policías lo agredieron: bofetadas, patadas, empujones. Juan Pablo Díaz recibió el impacto de un gas lacrimógeno en la mano derecha. John Ortiz fue herido de bala en la espalda por la misma fuerza pública que debería protegerlo. Luis Santiago Latorre fue amenazado con un cuchillo por un uniformado, y luego lo golpearon sin piedad en la cabeza y el cuerpo. A Esteban Erazo le reventaron el cráneo con piedras: armas no convencionales lanzadas por el ESMAD. No fue una casualidad: fue una política.
Los ataques no distinguieron credenciales. Kevin Acosta, veedor ciudadano, fue empujado, amenazado y señalado. Víctor Ruiz, edil, fue obligado a cruzar una línea de fuego mientras los gases estallaban a su alrededor. Lo apuntaron. Joner Idrobo, defensor de derechos humanos, fue ultrajado por la policía. Andrés Felipe Velasco, concejal de Popayán, llegó con cuatro personas más a ejercer labores humanitarias. La bienvenida fueron los disparos.
Esa noche también hubo detenciones arbitrarias. Cristian Alexander Zambrano, Carlos González, Javier Mauricio Salazar Loaiza, Jhorman Steven Castañeda Ortiz, Franz Giancarlo Alegría Botero, Edison Arley Casamachín y Jhonier Segura Trujillo fueron conducidos sin claridad sobre su paradero. No hubo información oficial, ni garantía de defensa, ni acceso a sus familiares o abogados. Nadie supo a tiempo dónde estaban.
La jornada dejó heridas abiertas. No solo en los cuerpos, sino en la dignidad. Hubo ataques deliberados a defensores, brigadistas, periodistas. Agentes sin identificación actuaron con libertad. Se desconocieron los centros de protección para personas detenidas. Se negaron auxilios médicos urgentes, como en la clínica Santa Gracia, donde un médico incumplió su juramento hipocrático y la ley colombiana al negar atención de urgencias. En zonas rurales y urbanas, la Policía y el Ejército actuaron como uno solo. En La Paz, agentes irrumpieron en una casa con un menor y un adulto mayor adentro. Amedrentaron. Amenazaron. Destruyeron.
En Popayán, aquel 2 de mayo no solo reprimieron una marcha: atacaron a un pueblo. Pero los nombres de quienes resistieron y fueron violentados, los nombres de los que sobrevivieron y de los que aún esperan justicia, siguen vivos. En las paredes, en los gritos, en los relatos. Como cicatrices que no se borran, como memoria que no se rinde.

2 de mayo de 2021- Popayán- lesión ocular, lesión en una pierna de los manifestantes e intento de judicialización

El 2 de mayo de 2021, Nelson Fuentes salió a manifestarse pensando que la violencia había cesado tras el retiro del ESMAD. Sin embargo, al llegar a la intersección de dos calles, un disparo de un agente del ESMAD le impactó en el rostro, dejándolo sin visión en su ojo derecho. A las seis horas, cuando fue ingresado en urgencias, un policía vestido de civil y sin identificación apareció en su habitación, identificándose como «Flores», parte de la fuerza pública. La actitud del hospital fue igualmente despectiva; la médica que lo atendió sugirió que lo sacarían porque «estaba bien» del resto del cuerpo.
La Defensoría del Pueblo intervino, convocando audiencias para mayo, pero la fiscalía desvió el caso, pidiendo que la denuncia se hiciera por internet y afirmando que la policía realizaba una «investigación interna». No hubo justicia, solo más obstáculos para las víctimas. El hermano de Nelson, también herido, y la hermana que fue testigo, junto con la médica que lo atendió, vieron cómo se intentaba ocultar la verdad detrás de la represión del 2 de mayo.
Palmira – 21 de mayo: Camilo Alegría, víctima de desaparición forzada
Desde el 2 de mayo no se supo más de Camilo Alegría. Estaba en la primera línea del peaje CIAT. Su nombre se sumó a una lista negra de detenidos que desaparecieron entre las garras del Estado. Las familias recorrían fiscalías, hospitales, estaciones de policía. Nadie respondía. Nadie sabía nada.

2 de mayo de 2021 – Homicidios en Antioquia

El 2 de mayo de 2021, en el marco de las movilizaciones contra la reforma tributaria, se registraron dos asesinatos en Antioquia. El primero ocurrió en San Luis, donde Juan David García, líder de la protesta, comerciante y referente de Colombia Humana, fue asesinado por paramilitares. Juan se había destacado como voz de la resistencia en su comunidad. El segundo homicidio se dio en Medellín, donde un joven con discapacidad perdió la vida, aparentemente debido a la inhalación de gases lacrimógenos durante las manifestaciones. La represión no solo dejó víctimas físicas, sino también un marcado dolor en la resistencia popular.
2 de mayo de 2021 – Toda Colombia – Montajes Judiciales
El 2 de mayo de 2021, las organizaciones de derechos humanos alzaron su voz frente a una práctica sistemática de la represión estatal: los montajes judiciales. Estas invenciones, que presentaban a los manifestantes como guerrilleros, terroristas o vándalos, buscaban criminalizar la protesta y silenciar a quienes ejercían su derecho a la movilización. La criminalización de la oposición política y social se extendió más allá de la detención, convirtiéndose en una herramienta de persecución constante. Según los informes de DDHH, los detenidos eran sometidos a torturas y tratos inhumanos, forzados a firmar actas de buen trato bajo amenazas. La intimidación no terminaba con la privación de libertad; seguían los seguimientos y amenazas, perpetuando un círculo de violencia y miedo. En medio de todo esto, la Campaña Defender la Libertad es Asunto de Todos documentó 20 allanamientos a organizaciones sociales, de los cuales 8 fueron declarados ilegales, incluidas las detenciones arbitrarias asociadas.
2 de mayo de 2021 – Cali – Montaje Judicial de Deivy Alexander Ovalle
En Cali, en el barrio San Cayetano, Deivy Alexander Ovalle Cabrera fue detenido por miembros de la Policía Nacional sin que se informara de su paradero. En un giro oscuro de los hechos, Deivy fue reportado como desaparecido. Su captura no solo marcó un acto arbitrario de represión, sino que también encendió las alarmas de los defensores de derechos humanos, quienes denunciaron que se trataba de un montaje judicial más, en el contexto de la criminalización de la protesta social.

2 de mayo de 2021 – Armenia – Montajes Judiciales

En Armenia, Quindío, durante las manifestaciones cercanas a la alcaldía, se produjo un enfrentamiento entre la Policía y los manifestantes. En medio del caos, un policía fue apuñalado. En un giro premeditado de los hechos, dos jóvenes, supuestos integrantes de un grupo de “barras bravas” del equipo local, fueron detenidos bajo la acusación de la agresión. Sin embargo, los abogados de la primera línea jurídica presentaron videos que desmentían la acusación: en las imágenes se veía claramente a los agresores con tatuajes grandes en la espalda, mientras que los jóvenes detenidos no poseían tales marcas. A pesar de esta evidencia, la Fiscalía legalizó la medida de aseguramiento, privando de libertad a los jóvenes mientras aguardaban un fallo de segunda instancia por tentativa de homicidio. Este caso evidenció cómo la persecución judicial se utiliza para forjar culpables donde no los hay, dentro de una estrategia que apunta a criminalizar la protesta social y deslegitimar a quienes se oponen al régimen.

2 de mayo de 2021 – Bucaramanga – Ataque a defensor de derechos humanos

El 2 de mayo de 2021, la crisis de derechos humanos en Colombia se profundizó con el ataque a Leonardo Jaimes, abogado y defensor de derechos humanos, miembro del Equipo Jurídico Pueblos. Durante una jornada de protesta en Lebrija, Santander, donde los manifestantes se dirigían al aeropuerto Palonegro, el ESMAD arremetió brutalmente contra la movilización. Sin identificar a los agentes, lanzaron gases lacrimógenos, granadas aturdidoras y agua a presión desde tanquetas, hiriendo a varios manifestantes. En medio de la represión, Leonardo Jaimes fue atacado mientras entrevistaba a una joven herida, siendo tirado al suelo, arrastrado y despojado de sus pertenencias por la policía. El ataque se extendió a otra manifestación proveniente de Girón, disuelta de manera violenta en un peaje, con la Personería de Lebrija como testigo mudo. Cuando se cuestionó al Capitán Nirvan Peña, encargado del operativo, éste inventó un falso relato de que el abogado y los manifestantes estaban disparando cócteles molotov. La represión continuó, agrediendo nuevamente a Jaimes y deteniendo al hermano de un herido que acudía a visitarlo. Este ataque reflejó la estigmatización y criminalización del trabajo de los defensores de derechos humanos en medio de las movilizaciones.

2 de mayo de 2021 – Pereira – Conformación de grupos paramilitares para atacar a los manifestantes

En Pereira, Risaralda, las fuerzas de seguridad nacionales actuaron con la complicidad del alcalde de la ciudad, el gobernador de Risaralda y altos mandos de la policía y el ejército, para implementar una estrategia represiva en contra de las protestas sociales. Bajo el discurso de «detener los actos vandálicos», se convocó a la conformación de alianzas público-privadas para garantizar la seguridad en la ciudad. Sin embargo, esta convocatoria fue un claro llamado al paramilitarismo, como lo señalaron múltiples testigos. Un día después de la convocatoria del alcalde Carlos Maya, se registraron disparos contra Lucas Villa y otro manifestante, lo que evidenció la complicidad entre las autoridades locales y los grupos paramilitares. La situación de violencia se agravó con la levantamiento del toque de queda, y un arreglo entre las autoridades municipales y organizaciones paramilitares y criminales permitió la ejecución de violaciones a los derechos humanos y la estigmatización de los manifestantes. Los responsables de esta situación fueron los funcionarios Carlos Maya, Víctor Tamayo y Diego Ramos, quienes dieron la orden de crear estos grupos paramilitares, desatando una ola de represión en la ciudad.

Exigimos Comisión de Esclarecimiento ¡Ya!

Señor presidente Petro: La verdad de lo que ocurrió en 2021 no puede seguir esperando. Usted prometió a las víctimas del estallido social una Comisión de Esclarecimiento. No queremos comités simbólicos, ni informes enterrados en oficinas. Queremos justicia con nombre propio, reconocimiento con rostro humano, memoria viva. No hay transformación social sin justicia para quienes fueron asesinados, mutilados, desaparecidos y criminalizados por protestar.

¡No más impunidad!
¡Comisión de Esclarecimiento Ya!
¡Justicia para las víctimas del Paro Nacional!

Fredy Salinas y Sintraemcali: la dignidad perseguida

En Cali, a las orillas de una ciudad que ya no se reconoce ni a sí misma, hay un hombre que duerme con un ojo abierto. Se llama Fredy Salinas, y no es el tipo de hombre que calla cuando hay injusticia. Lleva una década en la dirección de Sintraemcali, ese sindicato que ha sobrevivido a más atentados que una torre de control en zona de guerra. Hoy es secretario de derechos humanos, asuntos comunitarios y de la mujer. Nada menos.

Fredy denunció corrupción dentro de la empresa EMCALI y también dentro de su sindicato. Pecado doble. Desde entonces carga una diana en la espalda.

Su esposa, Claudia Patricia Urbano Pérez, fue hostigada. Sus hijos, Sebastián y Daniel, ya no pueden vivir en paz. Sebastián, dirigente deportivo que entrenaba niños en Potrero Grande, fue hostigado en la fundación donde trabajaba. Luego lo buscaron en su emprendimiento de mango viche en el Caney. No preguntaron con cortesía: una mujer con casco —rostro oculto, rabia visible— preguntó por Sebastián y por «el hijueputa del papá». Valentina, su novia, fue intimidada en la noche, sola, en un parque. ¿Quién las cuida a ellas?

Daniel, el menor, arquitecto joven, ha dejado de dormir con tranquilidad. Y Fredy, el padre, deambula entre sombras para evitar convertirse en otra cifra. Ante el asedio constante, los hijos de Fredy Salinas se vieron forzados a salir del país. No por aventura, sino por sobrevivencia.

Pero la historia no termina ahí. En Colombia, la protección del Estado es un ajedrez en el que las piezas blancas siempre están manchadas. La Unidad Nacional de Protección (UNP), en un acto digno de novela negra, asignó 14 hombres de seguridad, 7 vehículos, 7 chalecos y 7 medios de comunicación… a nombre del sindicato Sintraemcali. El detalle es que el sindicato jamás vio ni uno solo de esos recursos. No les llegó ni el aire de un motor.

La denuncia por este saqueo, una más entre tantas, llegó hasta la Cancillería. Y fue esa misma denuncia la que provocó que, por orden de políticos bien ubicados (de esos que hablan de paz mientras firman pactos de impunidad), le retiraran de forma unilateral las medidas cautelares otorgadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a la junta directiva de Sintraemcali.

Sí, en el gobierno de Gustavo Petro también se violan derechos humanos. Duele escribirlo. Pero los hechos no se diluyen en ideologías. Mientras se dan discursos en defensa del cambio, los sindicalistas perseguidos por defender una convención colectiva caminan con miedo. A los que sí les prestan atención en la Consejería Presidencial de Derechos Humanos es a los miembros del sindicato patronalista USE, creado por Uribe para exterminar a Sintraemcali. A ellos sí los cuidan. A los que denuncian, no.

Como en las mejores épocas del DAS y las chuzadas, el que levanta la voz termina sin escoltas, sin familia, sin casa. Solo con el respaldo de algunos compañeros y la solidaridad que no se vende, ni se alquila.

Fredy Salinas vive hoy escondido, como un criminal, mientras los verdaderos criminales gozan de contratos, ruedas de prensa y blindajes oficiales.

Y uno se pregunta:

¿Dónde están los derechos humanos cuando se necesitan?

¿Será que la UNP se los llevó todos en los siete vehículos blindados que nunca llegaron?

Por Prensa Justicia y Dignidad.

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 1M

1 de mayo de 2021 – Pereira – Caso de violencia sexual y desaparición forzada
Era el 1 de mayo de 2021 cuando, en la ciudad de Pereira, un acto de violencia sin precedentes marcó la jornada. Una mujer de 28 años fue detenida de forma arbitraria por miembros del ESMAD mientras regresaba a su casa tras haber participado en las manifestaciones del Paro Nacional. Fue brutalmente golpeada, pero el horror no terminó ahí. Fue llevada a un lugar desconocido, donde durante horas sufrió abusos indescriptibles. Fue violada por cuatro agentes del ESMAD con un ensañamiento cruel y descarado, un acto que la marcó para siempre.
Lo peor estaba aún por llegar. Tras esta terrible violencia, la joven fue arrojada a la calle, como un objeto desechado, casi muerta. Durante su secuestro, los agentes encontraron en su mochila objetos comunes entre los manifestantes de la Primera Línea: una capucha, bicarbonato y una muda de ropa. Pero lo que los oficiales encontraron en su documento de identidad, que evidenciaba su ciudadanía extranjera, desató una nueva oleada de agresiones. La joven, marcada por la humillación y el dolor, sufrió una nueva golpiza, más fuerte y con más odio. La violencia física y psicológica fue sistemática. Fue sometida a un trato denigrante por parte de la Policía Nacional y de miembros de la SIJIN, quienes con impunidad continuaron su abuso.
Este caso es solo uno más de tantos que marcaron la represión en ese 1 de mayo. Hoy, exigimos justicia para esta víctima y para todas las mujeres que, como ella, han sido víctimas de violencia sexual y desaparición forzada. ¡Comisión de Esclarecimiento YA! No más impunidad, no más violencia contra las mujeres en Colombia.

1 de mayo de 2021 – Cali – Ejecución extrajudicial de Yinson Andrés Angulo Rodríguez
En la ciudad de Cali, la represión llegó a su punto culminante. Yinson Andrés Angulo Rodríguez, un joven de 23 años, fue ejecutado de forma sumaria por miembros del ESMAD en plena manifestación. En medio de la confusión generada por los gases lacrimógenos y las bombas aturdidoras, los agentes dispararon armas de fuego contra los manifestantes. Yinson, atrapado en el fuego cruzado, fue alcanzado por una bala mortal.
A pesar de los esfuerzos por salvarlo, Yinson llegó sin vida al Hospital Joaquín Paz Borrero. La ejecución de Yinson es un ejemplo claro del uso desproporcionado de la fuerza por parte de la Policía Nacional. Este acto de violencia sin justificación sigue siendo un eco doloroso en la memoria de los caleños. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Medellín – Homicidio de Jefferson Alexis Marín Morales
En Medellín, Jefferson Alexis Marín Morales, de 33 años, se convirtió en una víctima más de la violencia estatal. Durante una protesta en el barrio Kennedy, en la comuna 6 (Doce de Octubre), fue asesinado por un disparo de arma de fuego en medio de un disturbio con la fuerza pública. El reporte del Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia (SISC) no dejó dudas: el joven fue alcanzado por una bala disparada por la Policía Nacional. Las circunstancias exactas del hecho aún están bajo investigación, pero la evidencia de que la policía utilizó la fuerza letal sin justificación es clara.
Este asesinato se suma a una larga lista de hechos de violencia, en los que la policía ha utilizado el fuego de forma indiscriminada. La familia de Jefferson, junto a las organizaciones de derechos humanos, exige justicia y esclarecimiento. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Ibagué – Asesinato de Santiago Murillo Meneses
Santiago Murillo Meneses, un joven de 19 años, se convirtió en una víctima de la represión policial durante el Paro Nacional. A pesar de no estar involucrado en las manifestaciones, Santiago fue asesinado por un disparo de arma de fuego mientras caminaba hacia su casa, en Ibagué. Recibió un disparo en el pecho, presuntamente por parte de un agente de la Policía Nacional, sin mediar provocación alguna.
El testimonio de testigos es desgarrador: Santiago no representaba ninguna amenaza, iba caminando con las manos en los bolsillos cuando fue alcanzado por la bala. El oficial que disparó, el mayor Jorge Mario Molano, fue señalado como el responsable, pero la investigación sigue sin avances.
Este crimen se suma a los casos de brutalidad policial en todo el país y se ha convertido en un símbolo del abuso del poder del Estado. La familia de Santiago, como todas las víctimas, exige justicia. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Cali – Homicidio de Andrés Rodríguez
Andrés Rodríguez también fue víctima de la violencia policial en Cali durante el Paro Nacional. Este joven recibió impactos de bala en medio de las manifestaciones. Las investigaciones siguen para esclarecer las circunstancias exactas de su muerte, pero ya se sabe que las fuerzas policiales estuvieron involucradas en este hecho. Su muerte es una nueva muestra del desmesurado uso de la fuerza durante las protestas.
La familia de Andrés y las organizaciones sociales continúan exigiendo justicia por este asesinato. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Cali – Homicidio de Santiago Moreno

Santiago Moreno, un joven de 23 años, fue asesinado el 1 de mayo de 2021 mientras participaba en una marcha pacífica en Cali. Santiago no estaba involucrado en actos violentos, sino en una protesta pacífica por los derechos de todos. Sin embargo, la respuesta del Estado fue letal. Santiago fue impactado por un disparo en el contexto de una intervención violenta de la Policía Nacional.
Este joven, que tenía una vida por delante y sueños por cumplir, fue una víctima más de la represión brutal que sacudió al país en ese mayo. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Envigado – Amenazas paramilitares
En Envigado, Antioquia, la violencia no solo vino de la Policía Nacional. Ese 1 de mayo, paramilitares amenazaron abiertamente a los manifestantes. Un video grabado en la ciudad mostró a un hombre armado que, en nombre de un patrón, daba órdenes de muerte contra los “vándalos” y “delincuentes”. Las amenazas fueron claras y públicas, poniendo en peligro la vida de quienes se manifestaban por justicia social.
Estas amenazas no son un hecho aislado, sino parte de un patrón de violencia sistemática que se ha intensificado durante las protestas sociales. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Barranquilla – Uso excesivo de la fuerza
En Barranquilla, las manifestaciones fueron brutalmente reprimidas entre el 1 y el 3 de mayo. La Policía utilizó gases lacrimógenos y otras armas de dispersión para responder a los actos de violencia perpetrados por pequeños grupos, pero las víctimas fueron principalmente manifestantes pacíficos, incluyendo a personas adultas y niños de barrios residenciales cercanos. La violencia estatal en Barranquilla es otra de las muestras de la desproporcionada represión durante el Paro Nacional.

1 de mayo de 2021 – Medellín – Lesiones graves a Stiven Loaiza
Stiven Loaiza, un joven de Medellín, fue víctima de una granada de gases lacrimógenos disparada directamente hacia él por miembros de la Policía Nacional y el ESMAD. El impacto le causó lesiones graves en la cabeza, lo que requirió una intervención quirúrgica. Las secuelas del ataque han dejado a Stiven con dolores constantes y problemas para dormir.
Este caso muestra la violencia y la falta de control por parte de las autoridades en el uso de armas de dispersión. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Bogotá – Muerte de Daniel Alejandro Zapata
Daniel Alejandro Zapata, de 20 años, fue golpeado en la cabeza por la Policía mientras se manifestaba cerca de la estación de Transmilenio en Banderas, Bogotá. A pesar de ser trasladado a una clínica, Daniel falleció el 10 de mayo debido a las graves contusiones sufridas en la cabeza. Este asesinato es un claro ejemplo de la brutalidad de la represión y la muerte de un joven que solo buscaba una Colombia más justa.

1 de mayo de 2021 – Uso sistemático y desproporcionado de armas por parte del ESMAD
La violencia estatal alcanzó niveles intolerables con el uso masivo de armas por parte del ESMAD. Gases lacrimógenos vencidos, perdigones, postas de goma, y el uso de vehículos para atropellar manifestantes fueron parte de una estrategia de represión sistemática. La muerte de Braian Niño, quien fue embestido por una tanqueta del ESMAD mientras disparaban gases lacrimógenos, es solo una de las muchas víctimas de esta violencia.

Comisión de Esclarecimiento ¡YA!

Ese 1 de mayo de 2021, la violencia y el horror se desataron en todo el país, con la represión militar y policial como respuesta a una demanda legítima por justicia social. Es urgente que se forme una Comisión de Esclarecimiento que investigue estos casos y ponga fin a la impunidad que sigue reinando en Colombia. Las víctimas merecen justicia.

¡Comisión de Esclarecimiento YA!