Nacimos entre expedientes empolvados y calles de tierra. Éramos una abogada y tres abogados, con más voluntad que recursos, con más miedo que certezas, pero con la rabia suficiente para no rendirnos. Era el 2010, y el país seguía oliendo a pólvora. El suroccidente colombiano, nuestro territorio, era un campo de batalla donde las balas se confundían con el sonido del viento en las montañas. Era la época del esplendor de los falsos positivos, cuando jóvenes eran asesinados y presentados como trofeos de guerra. Las Águilas Negras y las Bacrim sembraban terror con panfletos y masacres, mientras el Estado nos llamaba enemigos solo por exigir justicia. Nos dolía la impunidad como un cuchillo mal enterrado. Veíamos cómo la Ley de Justicia y Paz se convertía en la alfombra bajo la cual barrían los crímenes de los paramilitares, dejando a las víctimas con las manos vacías y la memoria llena de ausencias.
Fue en esos días de incertidumbre que nos agarramos del camino de Eduardo Umaña Mendoza. Su memoria nos iluminó en la tormenta. Justicia y Dignidad se llamó su movimiento cuando aspiró a la Asamblea Constituyente, y Justicia y Dignidad nos llamamos nosotros cuando decidimos dar la pelea desde la región para la región. No queríamos tribunales fríos en Bogotá, queríamos estar ahí, en las veredas, en los barrios, en las cárceles donde encerraban a los que protestaban, en las montañas donde resistían los pueblos indígenas, afrocolombianos y campesinos. Queríamos ser la voz de los que no tienen voz.
El primer caso nos marcó para siempre: las comunidades campesinas del Vergel y Pedregal, en Caloto, Cauca. Campesinos a los que la guerra les arrebató la tierra y la vida como si fueran simples cifras en un informe. Los acompañamos con lo que teníamos, con palabras, con demandas, con nuestra presencia cuando el miedo les cerraba todas las puertas. Y aquí estamos, quince años después, hoy 3 de marzo de 2025, exigiendo en reunión de trabajo ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos un plan de reubicación y retorno para esas mismas familias campesinas que, a pesar de todo, siguen esperando justicia.
El camino ha sido largo y empinado. Nos quisieron callar con amenazas, nos persiguieron, intentaron desaparecernos, nos hirieron, buscaron doblegarnos con la judicialización. Por épocas, fuimos desplazados forzadamente porque los amos de la guerra así lo disponían, pero nuestro trabajo no paraba. Seguíamos, aunque fuera desde la distancia, porque la dignidad no conoce fronteras ni silencios impuestos. En estos años hemos visto cómo las comunidades que acompañamos se levantan, cómo las mujeres se organizan, cómo los jóvenes aprenden que la memoria es un arma más poderosa que el olvido. Nos han querido borrar, pero aquí estamos, tercos, de pie, porque la justicia no es una utopía, es un derecho que no estamos dispuestos a negociar.
Acompañamos víctimas de crímenes de Estado, de la guerra, del despojo. Nos metimos en las entrañas del litigio estratégico, llevando casos a las cortes nacionales e internacionales. Denunciamos, gritamos cuando fue necesario, y construimos cuando fue posible. Defendimos a indígenas, a campesinos, a afrodescendientes, a mujeres, a líderes que hoy estarían muertos si no fuera por la resistencia de sus propias comunidades.
No estuvimos solos. De nuestro andar nacieron hijos: la Casa de Educación Popular La Caracola, el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz, la Guardia Intercultural Humanitaria. Porque la lucha no es de uno, es de todos.
Hoy, cuando la Corporación cumple quince años, miramos atrás y vemos un camino sembrado de nombres, de historias, de vidas que se han cruzado con la nuestra. Miramos adelante y sabemos que queda mucho por hacer, pero aquí seguimos, con la misma terquedad del primer día, con el mismo fuego en el pecho.
A nuestros mentores, Eduardo Umaña Mendoza y el padre Javier Giraldo, cuyo ejemplo sigue iluminando nuestro camino. A quienes han caminado a nuestro lado con compromiso y valentía: Sofía, Juan Esteban, Diana, Deisy, Ginita, Ana Gabriela, Beatriz, Juan, Carlos Mario, Marthica, Sol, Emilse, Albita, Francisco, Sara, Anthoine y Lucía.
A quienes partieron para construir otros escenarios, pero siguen presentes en nuestra lucha y memoria: Alex, Fernando, Homero y Walter.
Y, sobre todo, a las víctimas y comunidades que nos han enseñado que la justicia y la dignidad no se mendigan, se exigen.
Por ellas, por ellos, por nosotras y nosotros, por quienes aún no han llegado, pero heredarán esta lucha.
Feliz cumpleaños, Justicia y Dignidad.

