María Fernanda Cabal: micrófono y oportunismo en el velorio de Miguel Uribe Turbay

En la derecha colombiana la política no se hace con ideas, se hace con cadáveres. No hay tumba que no se explote, ni duelo que no se convierta en espectáculo. El caso de Miguel Uribe Turbay es el ejemplo perfecto: mientras su cuerpo descansa, su nombre sigue trabajando horas extra como franquicia electoral.

Primero apareció María Fernanda Cabal, micrófono en mano —literalmente— para recordarle a la viuda, en pleno velorio, que “no conoce Colombia”. Un acto de compasión tan grande que solo podía salir de la bancada del odio. Cabal, siempre lista para dictar cátedra, no desperdicia ni los entierros: allí donde otros guardan silencio, ella aprovecha para marcar territorio político, aunque el escenario sea un salón funerario y la música de fondo, el llanto de los hijos.

Y luego está Claudia Tarazona, la viuda, que entre lágrimas también se acomodó a la tarima. Porque, ojo, cuando Miguel aún respiraba en la clínica, ella ya estaba haciendo política, dando declaraciones, posando para cámaras, organizando su relato heroico. No faltó quien dijera que quería convertirse en la María Corina Machado criolla, con la bandera de “la viuda valiente” como carta de presentación. El dolor se volvió branding, la tragedia una precampaña.

Pero el espectáculo no estaría completo sin el padre, Miguel Uribe Londoño, convertido en oráculo del dolor rentable. Con declaraciones medidas para la prensa y el libreto listo para los noticieros, el patriarca encontró en la desgracia la oportunidad de mantener vigente un apellido que, de otra manera, ya estaría archivado en la memoria burocrática del uribismo. Donde el hijo quedó inmóvil, el padre se mueve con la fluidez de quien sabe que las lágrimas también son capital político.

Entre el papá opinando, la esposa interpretando su papel de lideresa emergente y las compañeras de bancada midiendo cuál lágrima es más rentable, la derecha demuestra que no sabe diferenciar entre un duelo y una convención partidista. El ataúd dejó de ser símbolo de respeto y se transformó en un set de televisión con rating asegurado.

Lo verdaderamente grotesco es que Miguel, en vida, era apenas un cuadro en construcción; en muerte, se volvió la mina de oro de una colectividad sin imaginación. No importa quién lo use —su papá, su esposa o Cabal—, lo cierto es que todos lo exprimen como si de un mártir hecho a la medida se tratara.

La necropolítica uribista no respeta ni la última morada. Aquí los muertos no descansan en paz: descansan en campaña.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Madrid de Amores protestó por Palestina

Yo amo a Madrid. Lo digo sin miedo. Amo sus calles que huelen a historia, a café recién hecho en Lavapiés, a canciones que brotan en Chueca, a los pasos apurados en Gran Vía. Amo ese Madrid que se abre como un libro en Retiro y que se deja recorrer como una bicicleta vieja por Malasaña. Madrid es ciudad de amor, de abrazos, de esperanzas. Y por eso mismo, porque la amo, la defiendo cuando la quieren reducir a un decorado para los poderosos.

La Vuelta a España llegó este septiembre a su última etapa y, como en las grandes epopeyas, el final no se escribió con aplausos ni podios, sino con voces que gritaron basta. Las calles que deberían estar reservadas para el desfile de campeones, para que los niños viesen pasar a sus ídolos, se llenaron de pancartas, de piedras, de gritos contra un genocidio que no da tregua en Gaza. Se canceló la fiesta, pero nació otra: la de los pueblos que no se callan.

En esas mismas calles pedalearon alguna vez nombres que todavía resuenan como campanas en la memoria del ciclismo: Bahamontes, el Águila de Toledo, que volaba por las cumbres como si fueran su casa; Perico Delgado, que en 1985 conquistó Madrid con una contrarreloj que parecía escrita por Cervantes; Miguel Induráin, que con su paso firme marcó una época; y más allá, los extranjeros que hicieron de España su prueba de fuego: Hinault, Anquetil, Merckx. Todos ellos cabalgaron las carreteras ibéricas con un sueño de gloria. Hoy, en cambio, Madrid fue escenario de otro tipo de hazaña: la de los que se levantan para frenar la muerte de niños y niñas bajo las bombas.

El equipo Israel-Premier Tech fue la chispa. Su presencia en la carrera es una provocación para quienes no aceptan que el deporte se use como propaganda de guerra. No se trata solo de ciclismo, se trata de humanidad. ¿Qué vale más, un maillot o la vida de una criatura que llora en Gaza porque perdió a su madre?

Hoy Madrid habló por todos. La ciudad del amor se vistió de rabia justa y de dignidad. Yo invito al mundo a seguir este ejemplo: que cada carrera, cada estadio, cada concierto, se convierta en altavoz de la paz. Que la bicicleta, que tantas veces nos enseñó que se puede avanzar solo si se pedalea, nos recuerde que no hay camino posible si seguimos tolerando el asesinato de inocentes.

Hoy protestamos para que no sigan matando niños y niñas en Gaza y para recordar el amor en Madrid.

Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad

🇳🇵Nepal: cuando la juventud dijo basta

Nepal, un país encajonado entre las montañas del Himalaya, suele aparecer en los mapas de los turistas que sueñan con llegar al Everest. Pero en septiembre de 2025 apareció en las noticias del mundo por otra razón: una generación cansada de callar, harta de cargar con un sistema político corrupto, salió a las calles y en pocos días tumbó a su primer ministro, incendió edificios públicos y abrió la posibilidad de un futuro distinto.

Todo comenzó con un gesto que para muchos pudo parecer trivial: el bloqueo de redes sociales. El gobierno de K.P. Sharma Oli, un político veterano que había gobernado varias veces Nepal, ordenó cerrar Facebook, YouTube, X (antes Twitter) y otras plataformas porque no se habían registrado bajo sus nuevas reglas. Para la Generación Z nepalí —adolescentes y jóvenes nacidos con un celular en la mano— eso fue como quitarles el aire.

Las calles se llenaron primero de pancartas, después de gritos, más tarde de fuego. La protesta que empezó como defensa de su derecho a expresarse se transformó en un grito contra años de corrupción, desigualdad y falta de futuro.

El país que estalló

En cuestión de días, los enfrentamientos se extendieron por Katmandú y otras ciudades. Jóvenes que nunca habían participado en política se organizaron en Discord, Telegram y foros improvisados. Las imágenes dieron la vuelta al mundo: miles de personas ocupando plazas, policías lanzando gases, columnas de humo negro saliendo de edificios estatales.

La represión fue dura. Organismos internacionales contabilizaron más de 70 muertos y más de mil heridos. Se incendiaron oficinas de partidos políticos, estaciones de policía, casas de líderes acusados de enriquecerse mientras el pueblo sobrevivía con lo mínimo.

El parlamento se disolvió y el primer ministro Oli, debilitado y señalado como símbolo de un sistema agotado, presentó su renuncia y huyó de Katmandú. Con él cayó no sólo un gobierno, sino una forma de ejercer el poder que parecía intocable.

El relevo inesperado

En medio del caos, el país necesitaba una figura que no encendiera más la rabia popular. Fue entonces que apareció el nombre de Sushila Karki. Muchos en Nepal la conocían por haber sido la primera mujer en dirigir la Corte Suprema y por su reputación intachable en la lucha contra la corrupción. Nunca militó en partidos ni fue parte de la maquinaria de favores y lealtades.

Nombrarla primera ministra interina fue una apuesta por la neutralidad, un gesto simbólico hacia la juventud que pedía un cambio real y una señal al mundo de que Nepal no estaba condenado al colapso.

Karki asumió con un mandato claro: calmar la crisis, garantizar elecciones para marzo de 2026 y atender a las víctimas. Prometió compensación económica para las familias de los muertos, atención médica gratuita para los heridos y reconstrucción de los edificios arrasados por las llamas.

El eco de una vieja consigna

Quienes miran a Nepal desde lejos podrían pensar que se trató de un estallido espontáneo. Pero la semilla del descontento lleva años germinando. En 2004 y 2005, cuando el país estaba en plena guerra civil, movimientos sociales nepaleses se unieron a la ola global del Foro Social Mundial y adoptaron el lema “Otro mundo es posible”. Esa frase acompañó marchas contra la monarquía y alentó la movilización que terminó, en 2006, con la caída del rey Gyanendra y el nacimiento de la república en 2008.

Veinte años después, los hijos e hijas de aquella generación volvieron a gritar, aunque con sus propias palabras, que otro Nepal es posible.

Rumores y certezas

Como suele ocurrir en contextos convulsos, aparecieron versiones que buscaban deslegitimar la protesta. Algunos medios insinuaron que detrás estaba la CIA, como parte de un guion repetido de conspiraciones extranjeras. Sin embargo, investigaciones de campo mostraron otra realidad: jóvenes hartos de ser ignorados, organizados en redes digitales, tomando las calles porque sentían que no tenían futuro.

La teoría de la “mano extranjera” sirvió a algunos sectores para negar la profundidad de la crisis. Pero lo cierto es que la rabia acumulada, la censura digital y la represión estatal fueron suficientes para encender la chispa.

El reto que sigue

El cambio no está asegurado. Nepal se encamina a elecciones en 2026 con la promesa de que serán libres y limpias. La pregunta es si las viejas élites se reciclarán bajo nuevos nombres o si de verdad se abrirá espacio para las voces jóvenes, mujeres, campesinos e indígenas que fueron protagonistas de la revuelta.

Hoy, mientras las cicatrices aún duelen y los escombros siguen humeando, Nepal vive una pausa incierta. Pero algo cambió: una generación descubrió su fuerza. Y cuando una juventud descubre que puede hacer caer gobiernos, difícilmente vuelve a callar.

Por Justicia & Dignidad/Periodismo independiente e investigativo

🇨🇱 Chile 11 de septiembre de 1973

Ese día el sol salió, pero no amaneció.

Las radios despertaron con voz de guerra, no con música.

Decían: “Las fuerzas armadas han tomado el control”.

El pueblo entendió: la patria había sido secuestrada.

En La Moneda, Allende se puso un casco, tomó un fusil regalado,

y con voz de padre se despidió de sus hijos:

“Yo no me rendiré… algún día se abrirán las grandes alamedas”.

Su voz entró en las casas humildes como puñal y caricia.

Las madres abrazaban a sus niños,

los escondían bajo la cama,

quemaban libros de Neruda y fotos de compañeros.

El miedo se servía en las mesas en lugar de pan.

A las 11:52, los aviones bajaron del cielo como buitres.

Bombas contra un palacio.

Fuego contra la esperanza.

Santiago lloró humo y escombros.

Allende no huyó.

Decidió morir de pie, con la dignidad como única bandera.

Allí, entre llamas y ruinas, se disparó al corazón del miedo.

Ese balazo aún resuena en la historia.

Esa noche, los estadios se llenaron de cuerpos vivos tratados como despojos.

Víctor Jara cantó con la boca rota,

aunque le habían quebrado las manos.

Cantó hasta que las balas callaron su voz.

El país se volvió silencio,

un silencio a golpes, a gritos apagados,

a puertas golpeadas de madrugada,

a nombres borrados que siguen esperando ser pronunciados.

Chile quedó a oscuras.

Pero bajo esa oscuridad,

un pueblo empezó a guardar en el alma el fuego de la memoria.

Porque ningún fusil mata la ternura,

ninguna bomba borra un sueño,

y ninguna dictadura logra apagar

el llanto que recuerda.

Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad

El destierro de Ana Beatriz

En las montañas de La Plata, Huila, la vida siempre ha sido dura. El viento corre frío entre cafetales y cañadas, y la gente sabe que la tierra es lo único seguro… hasta que vienen y la arrebatan.

El pasado 5 de septiembre, a Ana Beatriz Sánchez —lideresa social, mujer de palabra firme y manos curtidas de comunidad— se la tragó el monte. El frente Hernando González Acosta se la llevó en silencio, como quien corta una rama del árbol más frondoso de la vereda. La noticia corrió de casa en casa, de fogón en fogón, y en cada corredor se escuchó el mismo murmullo: “otra vez nos dejaron sin voz”.

Ocho días después la devolvieron. Con acompañamiento de la Cruz Roja, frente a los ojos cansados de la vereda San Vicente, la dejaron ir. Pero no fue una liberación, fue una condena. Le dijeron que no podía volver a su tierra, que se fuera, que quedarse era arriesgarse. No fueron balas las que la sacaron, sino la amenaza que cae como piedra sobre el pecho: el destierro.

Ana Beatriz regresó con su familia, pero no con su vida. Porque su vida estaba en esas montañas, en los caminos que enseñan a los niños a llegar a la escuela, en las reuniones comunitarias, en la voz que defendía al campesino frente al abandono del Estado y la presión de los fusiles. Hoy está viva, sí, pero arrancada de raíz.

El secretario de Gobierno, Juan Carlos Casallas, rechazó el hecho, lo llamó “un golpe grave a los derechos de quienes defienden a la población civil”. Palabras. Las mismas de siempre. Los caminos siguen vacíos, las casas siguen marcadas, los líderes sociales siguen contando sus días como si fueran prestados.

La comunidad de La Plata quedó con la herida abierta: ¿quién hablará ahora por los que no tienen voz? ¿Qué garantías reales hay para que un líder social pueda quedarse en su tierra sin que lo silencien?

Ana Beatriz es una más en la lista interminable de mujeres y hombres a quienes no les matan el cuerpo, pero sí les arrancan el alma: el derecho de pertenecer a su tierra. Porque el destierro, en Colombia, es otra forma de sepultura.

Por Justicia & Dignidad/Periodismo independiente e investigativo

Huila: los falsos positivos y desapariciones forzadas que la JEP destapa en la era Uribe

No eran solo “falsos positivos”. En los caminos polvorientos del Huila, en las veredas donde la neblina se queda prendida en las montañas, el Ejército no solo disparaba contra supuestos guerrilleros. Durante los años más duros del gobierno de Álvaro Uribe, mataban a jóvenes y campesinos —muchachos que buscaban trabajo en la plaza, jornaleros que apenas podían llenar la olla, hombres arrancados de sus casas al amanecer— y luego los vestían con botas de caucho, les colgaban un fusil oxidado en las manos, y los presentaban como bajas en combate.

La tierra del sur del Huila está llena de esas historias. Los cementerios también. El viejo San Antonio de Padua, en Pitalito, guarda en silencio lo que los noticieros no dijeron: fosas abiertas a toda prisa, cuerpos apilados sin nombre, madres llorando sin tumba dónde rezar. Hace apenas unos días, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) anunció que recuperó 17 cuerpos en ese camposanto. Se pensaba que habría diez o doce, pero la pala destapó once fosas, algunas colectivas, con los restos de quienes desaparecieron entre 1998 y 2012, en Pitalito, San Agustín, Acevedo, Palestina y hasta Santa Rosa, en el Cauca.

Por primera vez, seis exmilitares comparecientes de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) bajaron la mirada y se ensuciaron las manos en esas exhumaciones. No eran solo soldados. Eran hombres que, en otros años, empuñaron el poder de decidir quién vivía y quién moría. Hoy, como parte de sus compromisos restaurativos, ayudaron a desenterrar a los que ellos mismos un día hicieron desaparecer.

La JEP ha documentado que en el Huila hubo asesinatos y desapariciones forzadas cometidos por la Novena Brigada. En total, 32 desapariciones están ya registradas en el subcaso Huila del Caso 03. El año pasado, 35 militares fueron imputados, incluidos generales, por 200 crímenes: entre ellos asesinatos, desapariciones y tentativas de homicidio. Y en una audiencia en Neiva, 74 uniformados aceptaron responsabilidad por 108 hechos: 32 desapariciones forzadas y 8 intentos de homicidio.

Mientras la JEP les pregunta por los cuerpos, la UBPD los encuentra. Con los 17 de ahora, ya son 40 restos recuperados en el cementerio de Pitalito. Cuatro han regresado a casa de sus familias en Huila, Caquetá, Cauca y Cesar; otros tres están por volver. Los demás esperan en osarios, bajo custodia, hasta que la ciencia confirme lo que el corazón de las madres ya sabe.

Las familias, junto a organizaciones sociales, caminaron la Ruta de la Memoria: sembraron rosas, tejieron un telar y escucharon las voces de los buscadores. Porque la memoria no solo se escribe con papeles y expedientes: también con tierra removida, con flores rojas sobre las tumbas, con lágrimas que se convierten en semilla.

La historia del Huila no cabe en los informes fríos ni en las estadísticas de despacho. Está escrita en la tierra removida del cementerio de Pitalito, en las fosas abiertas a la carrera en nombre de la “seguridad democrática”. No eran guerrilleros, eran campesinos, eran jóvenes, eran hijos. Y ahora, poco a poco, el país se entera de lo que siempre supieron sus madres: que los uniformados no solo peleaban una guerra, también enterraban a inocentes en silencio.

Por Justicia & Dignidad

Periodismo independiente e investigativo

Israel ataca con dron al barco Family de la Flotilla Global Sumud rumbo a Gaza con Greta Thunberg a bordo

El humo que se levanta sobre el puerto de Túnez no es solo humo: es un mensaje para el mundo. El Family, uno de los barcos principales de la Flotilla Global Sumud for Gaza, había zarpado de España rumbo a Gaza, cargado no de armas ni soldados, sino de pan, medicinas y dignidad. En su cubierta viajaban seis personas, entre ellas Greta Thunberg, símbolo de la juventud que todavía se atreve a soñar que la vida puede salvarse.

El viaje era sencillo en su propósito: romper el cerco, llevar ayuda, hacer visible lo que el poder quiere ocultar. Pero los sueños son peligrosos para quienes viven de la guerra. Según la Flotilla, un dron israelí descendió sobre el Family y prendió fuego a la cubierta principal y a las bodegas. Túnez niega la agresión. Habla de accidente. Como siempre: las versiones oficiales se redactan en embajadas extranjeras, mientras las cenizas hablan otro idioma.

La escena remite inevitablemente a otras páginas de esta misma historia. El Mavi Marmara, en 2010, atacado por comandos israelíes en aguas internacionales, dejó nueve muertos y un mensaje: nadie puede desafiar el bloqueo sin pagar un precio. Antes de eso, Sabra y Chatila en 1982: centenares de palestinos masacrados bajo la mirada cómplice del ejército israelí. Cada generación de palestinos lleva cicatrices distintas, pero todas dibujan la misma cartografía del horror.

La Flotilla Global Sumud for Gaza eligió el nombre árabe sumud, que significa resistencia, permanecer en pie cuando todo te quiere derribar. Desde los puertos de España hasta las aguas del Mediterráneo, estos barcos pequeños cargan una dignidad más grande que cualquier fragata de guerra. Y es esa dignidad la que incendian con drones, como quien quiere apagar una llama que no se deja sofocar.

Pero lo que ocurre en Gaza no se queda en Gaza. Es el laboratorio de un genocidio transmitido en tiempo real, bajo la indiferencia de gobiernos que callan y de pueblos que miran de reojo. Si el mundo tolera esto, mañana esos mismos métodos de exterminio se aplicarán en otras geografías. Ya se escuchan amenazas de invasión en Venezuela. Ya Milei, en Argentina, entrega la Patagonia en bandeja a Netanyahu bajo el viejo fantasma del Proyecto Andinia. Ya Colombia se asoma al abismo con bases militares extranjeras y un territorio cada vez más disputado.

La humanidad entera está a prueba. Si no se frena el genocidio en Gaza, terminaremos todos a merced de los mismos criminales que convierten los mares en cementerios y las fronteras en paredones. Hoy es Gaza. Mañana puede ser aquí, en nuestras montañas, en nuestros ríos, en nuestros hijos.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Sobre cerdos, pegasos y lechonas. Espionaje en Colombia 2026

En Colombia tenemos el dudoso privilegio de coleccionar presidentes mediocres. Pero Iván Duque se convirtió en la flor y nata de ese estercolero: el peor presidente de la historia reciente y, para colmo, ahora se inaugura como el peor expresidente. Su legado no necesita adornos: bombardeos a campamentos donde dormían niños reclutados, el conteo macabro de ochenta jóvenes asesinados durante el estallido social y la moda siniestra de dejar tuertos a los que se atrevieron a protestar. Sus compinches, Eduardo Zapateiro, ese alumno aplicado de la Escuela de las Américas, y Diego Molano, pistolero con fuero ministerial, completan la tríada de lesa humanidad que tarde o temprano la justicia —o la memoria— pondrá contra las cuerdas.

Pero lo verdaderamente obsceno no está solo en la sangre. Está en la sonrisa congelada de Duque al lado de Benjamin Netanyahu. En la complicidad fotográfica con el genocidio de Gaza. Allí no le tembló la voz para posar, como si la muerte de niños fuera apenas un decorado para sus selfies diplomáticas.

Hoy, sin embargo, no venimos a hablar de cadáveres —aunque inevitablemente asomen—, sino de Pegasus. El software espía comprado en 2021 bajo su gobierno, en un turbio negocio de once millones de dólares en efectivo que volaron, literalmente, de Catam a Tel Aviv. No fue magia ni fueron unicornios: fue el Estado colombiano comprando tecnología para espiar opositores, periodistas y quizá hasta a los mismos que firmaban los cheques.

Lo paradójico es que, tras destaparse el escándalo, Estados Unidos apareció en escena como financista antinarcóticos y la Fiscalía abrió investigaciones que, como siempre, duermen en algún cajón. La novela de Pegasus parecía enterrada hasta que, en 2025, Duque reapareció sonriente en Jerusalén, estrechando la mano de Netanyahu. Oficialmente hablaban de innovación social y de libros. En realidad, más parece un reencuentro de proveedores. Un repaso de manual de espionaje a la criolla.

Porque la derecha uribista ya tiene juguetero nuevo. Y juguete nuevo también. Nadie sabe si es otro Pegasus más sofisticado, o un acuerdo más turbio. Pero todos sabemos para qué sirve: para vigilar, para intimidar, para manipular elecciones. Para preparar el terreno del 2026.

Al final, lo único cierto es que Duque sigue representando el país de papel maché que nos vendieron: un país que exporta muertos, importa espías y, paradójicamente, apenas ahora —en tiempos de Petro y no en los de Duque— logra exportar lechona. La historia, ya se sabe, tiene un humor extraño. Entre Pegasus, Netanyahu, sangre y chicharrones, lo que nos queda es reír para no llorar.

Por Justicia y Dignidad. Periodismo Independiente e Investigativo.

Así no, compañeros indígenas, así no

Primero fue Enrique Yalanda, aquel “gobernador” de utilería del resguardo La María, con el guiño complaciente del alcalde de Piendamó. Su especialidad: cerrar la Panamericana como si fuera su finca privada. Un día amanecía con ganas de bloqueíto y ¡zas!, todo el sur del país paralizado. Eso sí, bien antipetrista, bien anti-CRIC, más alineado con la OPIC, esa organización indígena que Uribe se inventó en los 2000 para hacerle contrapeso a la minga.

Ahora el turno es de los indígenas de Mondomo. Estos, por el contrario, se alinean con el gobierno Petro, con credencial CRIC bajo el brazo y la bandera de la “justa causa”: tierras en el Caquetá. Y como el manual del sur no falla, el método es el mismo: cierre de la Panamericana, esta vez en pleno festival gastronómico de Popayán. Porque claro, ¿qué mejor manera de presionar al gobierno que estrangular el único evento donde la ciudad blanca se maquilla de turismo para ocultar que no tiene industria, ni empleo, ni fábricas?

Pero lo que logran, más allá de la lista de peticiones, es ganarse el odio del caucano de a pie. Ese que no puede llegar al trabajo, que se queda sin vender en la feria, el enfermo que intenta pasar para Cali porque la salud del Cauca es un chiste de mal gusto, o simplemente el ciudadano que se mama de que cada pelea particular se convierta en tragedia colectiva. Y así, de lucha popular no queda nada: suena más a berrinche de finca que a reivindicación histórica.

¿El resultado? Una Popayán aún más racista de lo habitual. Porque cada bloqueo no abre conciencias, sino que alimenta resentimientos. Así no se construye pueblo, compañeros. Al pueblo se le suma en las luchas, porque la unidad es el camino; al pueblo no se le ataca. El enemigo no es el vecino que vende empanadas en la esquina, ni el turista bogotano que llega a probar el aplanchado, el tamalito o la empanada de pipián; tampoco el paisa fascinado con su arepa transformada en carantanta o el salpicón de Baudilia. El enemigo es el modelo que nos condena a sobrevivir en una ciudad sin futuro.

Así no, compañeros indígenas. Así no.

Por Justicia & Dignidad/Periodismo independiente e investigativo

Llegó Uribe a Popayán y estalló el terror

El 3 de septiembre de 2025 Álvaro Uribe Vélez aterrizó en Popayán. Llegó escoltado y sonriente, diciendo que venía por asuntos personales, pero en realidad se reunió con dirigentes políticos, empresarios y seguidores del Centro Democrático en un hotel de la ciudad. Entre canapés y promesas recicladas, lanzó su idea estrella: un segundo Plan Colombia para “liberar al Cauca del narcoterrorismo”, con la vieja receta de fumigaciones, mano dura y alianzas con Estados Unidos.

Al día siguiente, hoy 4 de septiembre, Popayán amaneció tomada por el miedo. En la entrada norte, sobre la Variante y el puente de Bellavista, aparecieron pipas-bomba colgadas con celulares adheridos como sistemas de activación, acompañadas de pancartas del Bloque Occidental Jacobo Arenas de las disidencias de las FARC. El tránsito fue cerrado, la gente atrapada en el caos, las familias resguardadas en sus casas mientras la policía intentaba controlar la escena. El recuerdo de abril y mayo, cuando ya se habían visto artefactos explosivos y mensajes similares en las mismas vías, volvió a hacerse presente.

La coincidencia es demasiado perfecta para creer en el azar: Uribe vino a hablar de guerra y la guerra respondió a su llamado. Su campaña electoral se presenta como cruzada de seguridad, pero cada vez que pisa el Cauca, los fantasmas de la violencia reaparecen con puntualidad. Es casi una coreografía macabra: discursos sobre orden en los salones elegantes y cilindros bomba en los puentes de la ciudad.

Con una dosis amarga de sátira, se podría decir que la estrategia es impecable: mientras el candidato habla de salvar al pueblo, el pueblo se salva como puede de los explosivos. Y al final el mensaje cala: la seguridad no es más que miedo administrado, la democracia se ejerce bajo amenaza y la política se reduce a campaña de terror.

Lo que Popayán está viviendo desnuda una verdad incómoda: las disidencias de las FARC se comportan como el brazo armado del uribismo. Mientras unos hacen campaña con discursos, otros refuerzan el libreto con bombas. Y en medio de esa alianza no declarada queda la ciudad, secuestrada otra vez por la violencia que nunca se fue.

Por Justicia & Dignidad/Periodismo independiente e investigativo