Cartago: donde desaparecer jóvenes es parte del negocio criminal .

En Cartago, al norte del Valle del Cauca, desaparecer jóvenes ya no es una casualidad. Se ha vuelto parte del negocio. En medio de una guerra entre Los Flacos, La Nueva Generación y La Nueva Alianza, las bandas se reparten la vida de adolescentes y jóvenes, como si fueran mercancía: para el reclutamiento forzado, la explotación sexual, el narcotráfico, la extorsión o, según denuncian las madres organizadas, incluso para alimentar redes de tráfico de órganos que operan en la región.

La violencia no es nueva. En los años noventa, Cartago fue escenario de la expansión del Cartel del Norte del Valle. Las cifras de muertos superaban las de cualquier municipio de su tamaño. Pero lo que se vive ahora es distinto. Desde 2022 hasta marzo de 2025, se han reportado al menos 50 desapariciones y más de 70 asesinatos, la mayoría de ellos contra menores de edad. Sin embargo, las organizaciones sociales afirman que las cifras son mayores. Muchas familias no denuncian por miedo o porque saben que no recibirán respuesta.

Cartago se ha convertido en un corredor estratégico para las economías criminales que conectan el Valle del Cauca con el Eje Cafetero y Antioquia. Desde hace al menos tres años, las desapariciones de jóvenes no solo obedecen a las disputas territoriales de estas bandas. También se explican por la existencia de un mercado: algunos muchachos son forzados a trabajar para las bandas, otros son vendidos a redes externas para ser explotados o, como temen sus familias, para el tráfico de órganos.

Las denuncias se han hecho públicas, pero las investigaciones avanzan a paso lento o no avanzan. En Cartago, no solo se teme a las bandas, también a la indiferencia estatal. Las madres saben que muchas de sus denuncias quedan archivadas sin que se busque realmente a sus hijos.

En medio del miedo, ellas no se han quedado quietas. La Asociación de Madres de Cartago, integrada por 20 mujeres, recorre las calles, investiga por su cuenta y se enfrenta al poder criminal en soledad. Buscan a sus hijos entre potreros, cañaduzales y casas abandonadas. Pegan carteles, comparten fotos, organizan vigilias y se atreven a decir lo que muchos callan: que sus hijos están siendo desaparecidos para sostener la economía ilegal que gobierna Cartago.

Desde 2022, las masacres han regresado. Al menos seis asesinatos múltiples han estremecido a la ciudad. En los barrios populares, la violencia es diaria. Los muertos ya no solo caen en las balaceras; se esfuman, desaparecen. La gente sabe quiénes están detrás, pero guarda silencio. Temen ser los próximos.

“Cartago es un lugar estratégico y, en la intención de consolidar un imperio criminal, esta violencia puede empeorar”, advierte Nicolás León, investigador de la Fundación Paz y Reconciliación. La disputa entre las bandas no solo es por el microtráfico, también es por la contratación pública y la administración de préstamos ilegales. Todo lo que produce dinero es motivo de guerra.

Pero en Cartago, no hay guerra limpia. Aquí los muertos son jóvenes, y los desaparecidos, más jóvenes aún.

La pregunta es inevitable: ¿Dónde está el Estado? ¿Qué más tiene que pasar para que las autoridades actúen con la contundencia que merece esta emergencia? Las madres han hecho su parte. Ellas han buscado, han denunciado, han sobrevivido. Pero no deberían hacerlo solas.

La omisión ya no es una opción. El silencio de las instituciones es un crimen más.

Por Sofía López Mera, abogada, periodista,  defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.

Escalada violenta de las disidencias Farc deja un militar muerto y 88 heridos en Cauca

Las explosiones sacudieron la madrugada y dejaron un reguero de escombros, heridos y miedo en las calles del Cauca. En Piendamó, una motocicleta cargada con explosivos detonó cerca de la estación de Policía. Setenta y tres personas quedaron heridas, entre ellas menores de edad, agentes y transeúntes que pasaban por el lugar. Algunos solo sintieron el zumbido que les reventó los oídos, otros fueron trasladados a Popayán con heridas graves.

En Patía, sobre la Panamericana, una escena similar. Una motocicleta sospechosa a un lado de la carretera. El soldado Roque Gutiérrez Romario se acercó a inspeccionarla, pero no alcanzó a dar el aviso. Murió en el acto. Otros dos militares y cuatro civiles fueron alcanzados por la onda explosiva. En Suárez y Cajibío, la guerra llegó desde el cielo. Drones cargados con explosivos cayeron sobre las estaciones de Policía, dejando policías y civiles heridos. En Santander de Quilichao, Corinto, Caldono y Toribío, la violencia se sintió con ráfagas de fusil y hostigamientos.

Las calles de Popayán, Piendamó, Tunía y Morales amanecieron tapizadas con pancartas. Mensajes de guerra colgados en puentes, mercados y postes. Ayer, 26 de marzo, se cumplieron 17 años de la muerte de Manuel Marulanda, alias «Tirofijo», y las disidencias quisieron conmemorar su historia con pólvora y muerte. En el Cauca, la guerra no necesita aniversarios para recordarle a la gente que sigue viva.

Prensa Justicia y Dignidad

 

Protección urgente para el Cementerio San Miguel Arcángel en Corinto

La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) ordenó la protección material y simbólica del Cementerio Católico San Miguel Arcángel, en Corinto, Cauca, tras la solicitud de colectivos de víctimas. Esta medida busca evitar la pérdida de información clave para la identificación de personas desaparecidas y garantizar el derecho a la verdad en una de las regiones más golpeadas por el conflicto armado.

 

Según informes entregados a la JEP, en este cementerio fueron inhumados cuerpos sin identificar, incluidos miembros de la guerrilla de las Farc-EP y personas presuntamente desaparecidas por la misma organización. Hasta el momento, se ha identificado la presencia de al menos ocho cuerpos sin reconocer, algunos con signos de muerte violenta.

 

La orden de protección establece que la Parroquia San Miguel Arcángel, la Alcaldía de Corinto, la Gobernación del Cauca, la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD) y el Instituto Nacional de Medicina Legal deben adoptar medidas inmediatas para preservar los pabellones San Gabriel, San Antonio y San Rafael del cementerio.

 

El deterioro de las instalaciones, la falta de registros adecuados y la manipulación indebida de cuerpos han dificultado los procesos de exhumación e identificación. La urgencia de la medida radica en evitar que el paso del tiempo borre las huellas de la desaparición forzada y deje a las familias sin respuestas.

 

La desaparición forzada ha sido una práctica sistemática en esta región, vinculada al control territorial ejercido por guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y agentes estatales. La protección de estos espacios es fundamental para avanzar en la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas.

 

Prensa Justicia y Dignidad

 

 

214 Lideresas Asesinadas en Colombia: Entre la Indiferencia Estatal y la Impunidad

No son solo cifras, son vidas que defendían derechos

Desde la firma del Acuerdo de Paz en 2016 hasta el 7 de marzo de 2025, 214 lideresas sociales han sido asesinadas en Colombia. Defendían la tierra, la justicia y los derechos humanos, pero el Estado las dejó solas, como siempre. Mientras el país acumula feminicidios políticos, la Unidad Nacional de Protección (UNP) sigue brillando por su corrupción e incompetencia, dejando a las lideresas expuestas a la violencia, con medidas que parecen sacadas de un mal chiste.

Porque, claro, ¿qué mejor protección que un botón de pánico o un celular cuando los sicarios llegan en moto? Y si por alguna razón a la UNP se le ocurre entregar un chaleco antibalas, pues la lideresa ni siquiera puede usarlo, porque ponerse un chaleco en zonas de alto riesgo es básicamente marcarse con un letrero de “aquí estoy, mátenme”.

Pero la desidia no termina ahí. Los analistas de la UNP, expertos en nada, evalúan el riesgo de las lideresas desde una oficina con aire acondicionado y deciden, con su increíble conocimiento en seguridad, que el peligro no es “tan alto”. Mientras tanto, los grupos armados siguen haciendo lo suyo: callar a las mujeres que defienden la vida.

Y aunque existan fallos judiciales que obligan a la UNP a garantizar medidas de protección adecuadas, les importa un carajo cumplirlos. De hecho, su director acumula más de 400 desacatos y no pasa absolutamente nada. Porque en Colombia, si eres una lideresa en riesgo, estás condenada a la suerte o a la muerte.

20 de marzo: Dianys Valderrama Tuberquia, asesinada en su hogar

En Carepa, Antioquia, Dianys Valderrama Tuberquia, una reconocida lideresa comunitaria, fue asesinada dentro de su propia casa con 13 puñaladas. No hubo robo ni signos de ingreso forzado. Las autoridades apuntan a un menor de 14 años, pero la pregunta sigue en el aire: ¿fue un crimen aislado o hay intereses detrás?

16 de marzo: Diandra Natalia Zamora Henao, líder indígena asesinada en Guaviare

Diandra Natalia Zamora Henao, coordinadora de Mujer y Familia de la Asociación de Autoridades Indígenas ASATRIMIG, fue asesinada en Miraflores, Guaviare. No hay detenidos, no hay culpables, no hay respuestas.

14 de marzo: Leidy Hoyos, docente asesinada en un asalto

La profesora Leidy Hoyos fue asesinada junto a su esposo en el sur del Cauca, en medio de un robo. Los delincuentes les quitaron la vida por una motocicleta, dejando a su hija de seis años sin padres.

3 de marzo: Ana Elcy Arteaga Camilo, asesinada en Cauca

La presidenta de la Junta de Acción Comunal de la vereda Pan de Azúcar, Ana Elcy Arteaga Camilo, fue interceptada por sicarios en la vía Panamericana y asesinada mientras iba a recoger a su nieta. Era una lideresa campesina, trabajadora incansable por su comunidad. ¿Medidas de protección? Ninguna.

27 de febrero: Lucero Velásquez, asesinada en su finca en Caldas

Un hombre armado ingresó a la finca de Lucero Velásquez, dirigente comunal, y le disparó. Su esposo e hijo quedaron heridos. Otro crimen en total impunidad.

CERREM Mujeres: una burla para las lideresas

El Comité de Evaluación de Riesgo y Recomendación de Medidas (CERREM) Mujeres debería garantizar protección con un enfoque diferencial. Pero en la práctica, es un trámite burocrático inútil que, en lugar de salvar vidas, las deja aún más vulnerables.

El gobierno repite su misma estrategia absurda: celulares y botones de pánico para mujeres que deben andar solas por trochas y caminos rurales. ¿Protección real? Ninguna.

Porque cuando los sicarios llegan, la lideresa puede llamar al número de emergencia y esperar sentada mientras la policía aparece… si es que aparece. Y cuando la UNP entrega chalecos antibalas, lo hace sin pensar que una mujer con un chaleco antibalas en una zona de conflicto es blanco fácil.

El silencio del gobierno y la impunidad total

Las lideresas están muriendo, el conflicto armado se agudiza y el gobierno sigue mirando para otro lado. Mientras tanto, la UNP sigue acumulando desacatos judiciales, sin consecuencias para su director, y dejando a cientos de mujeres en peligro.

Si la protección en zonas de alto riesgo se tomara en serio, muchas lideresas estarían vivas hoy. Pero en Colombia, defender la vida sigue siendo una sentencia de muerte.

Por: Sofía López Mera , abogada, periodista,  defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.

 

Madres buscadoras en Colombia: Promesas en papel y una realidad de violencia e impunidad

Emilse recuerda el día en que tuvo que irse de Buenos Aires, Cauca. No porque quisiera, sino porque le dejaron claro que no tenía otra opción. “No busque más, dedíquese a hablar contra Petro o váyase”, le dijeron. Sabía que quedarse era una sentencia de muerte. No lo dudó. Huyó con lo puesto, dejando atrás su casa, su comunidad, su lucha por encontrar a su sobrino, reclutado a la fuerza por un grupo armado. Hoy, en una ciudad que no es la suya, la siguen buscando. Le preguntan por ella, la vigilan. Su salud se ha deteriorado, pero su miedo no le permite descansar.

Margot también sabe lo que es perderlo todo. Hace años, en Nariño, los paramilitares del Bloque Libertadores del Sur se llevaron a Raúl, su esposo. “No lo busque”, le advirtieron. Pero Margot no hizo caso. Lo buscó en cada camino, en cada vereda, en cada fosa. Lo encontró muerto. Desde ese día, su vida cambió. Ahora acompaña a otras mujeres que, como ella, no descansan hasta saber la verdad.

Zoraida apenas tiene 60 años, pero su cuerpo parece más viejo. Su columna no aguantó más y dejó de reciclar. Su casa, hecha de costales y piso de tierra, apenas la protege del frío. Lo único que le queda es la búsqueda de Diana, su hija, reclutada forzadamente en los 2000. Nunca volvió a saber de ella.

Mónica llegó al Cauca desde Cali, buscando una vida mejor. Pero la suya se rompió cuando a Laura, su hija, se la llevaron con promesas de trabajo al Naya. Cuando se negó a unirse a los armados, la mataron. Desde entonces, Mónica ruega que las autoridades envíen una misión de búsqueda, pero nadie escucha.

Valery tiene nueve años y todavía le escribe cartas a su mamá desaparecida. Las deja en su almohada, esperando que algún día regrese. Yarlin pregunta cada noche: “¿Dónde está Narly, mi hermana?”

Así se cuentan las historias de dolor de las mujeres del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz. Todas siguen esperando que la Ley 2364 de 2024 sea más que una firma en un papel.

En Colombia, la desaparición forzada sigue siendo una de las violaciones más devastadoras a los derechos humanos. A pesar de los avances normativos, como la aprobación de la Ley 2364 de 2024, las madres buscadoras continúan enfrentando amenazas, violencia y un Estado que no ha garantizado su seguridad ni su derecho a la verdad.

La Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) ha individualizado a 111.640 personas desaparecidas hasta marzo de 2024, pero la Comisión de la Verdad sostiene que entre 1985 y 2016, al menos 210.000 personas fueron víctimas de desaparición forzada. Sin embargo, estas cifras pueden ser mucho mayores debido al subregistro, ya que este crimen se comete en la clandestinidad y con complicidad de diferentes actores.

A pesar del Acuerdo de Paz de 2016, el conflicto armado sigue afectando gravemente a regiones como el suroccidente colombiano, donde el reclutamiento forzado de jóvenes ha aumentado de manera alarmante. Para muchas madres y familiares, la desaparición de sus hijos a manos de grupos armados ilegales solo tiene una consecuencia inmediata: el desplazamiento forzado y el desarraigo. Sin garantías de seguridad, su única opción es huir, dejando atrás sus hogares y su historia.

La aprobación de la Ley 2364 de 2024 fue recibida con esperanza, ya que contempla 22 compromisos divididos en cuatro ejes fundamentales:

1. Reconocimiento de las mujeres buscadoras y prevención de su estigmatización.

2. Protección ante amenazas y ataques.

3. Garantía de derechos fundamentales como educación, vivienda y salud.

4. Medidas contra la impunidad y a favor de la verdad.

Sin embargo, su implementación ha sido prácticamente nula, dejando a las madres buscadoras sin protección, sin recursos y en un estado de vulnerabilidad extrema.

Uno de los mecanismos clave de la ley es el Registro Único de Mujeres Buscadoras, pero este sigue el mismo patrón restrictivo del Registro Único de Víctimas. Sus criterios de inclusión son limitados, ya que solo contempla los casos dentro del conflicto armado, ignorando otras formas de desaparición como las ocurridas en el estallido social de 2021.

Nos preguntamos entonces: ¿serán excluidas las madres que buscan a sus hijos desaparecidos en el contexto de la protesta social? ¿Acaso el Estado pretende seguir negando estos casos con trabas burocráticas?.

Además, el registro impone una carga de prueba enorme sobre las personas que buscan a sus seres queridos, obligándolas a demostrar la desaparición de sus hijos en un país donde los expedientes se pierden, las instituciones encubren y la justicia brilla por su ausencia.

Mientras el Estado tarda en cumplir lo que promete en el papel, las madres buscadoras siguen enfrentando una realidad brutal. Amenazas, asesinatos selectivos, hostigamientos y campañas de desprestigio hacen parte de su día a día. La violencia de género también juega un papel central, pues muchas de estas mujeres son blanco de agresiones sexuales y violencia simbólica para intentar silenciarlas.

El costo de buscar la verdad es alto. Muchas han tenido que huir del país y vivir en el exilio, obligadas a abandonar su lucha o continuarla desde la distancia, lejos de la tierra donde desaparecieron sus hijos.

La Ley 2364 de 2024 fue presentada como un paso histórico en la protección de las buscadoras, pero hasta ahora su implementación ha sido casi inexistente. Mientras tanto, las desapariciones continúan, el reclutamiento forzado no se detiene y las madres que buscan a sus hijos siguen quedándose solas, perseguidas y sin respuestas.

El Estado ha fallado en brindar protección y en garantizar el derecho a la verdad. Las madres buscadoras siguen enfrentándose a un sistema que las ignora, mientras los responsables de las desapariciones continúan en la impunidad.

No queremos pensar que esta ley es solo otra promesa vacía. Pero la realidad de las madres buscadoras en Colombia nos obliga a preguntarnos si la seguridad, la verdad y la justicia seguirán siendo solo palabras en los discursos oficiales, mientras en las calles las madres siguen buscando a sus hijos en medio del miedo y la desesperanza.

Palestina: Un Genocidio que ya ha cobrado Más de 50.000 Vidas.

La Franja de Gaza se desangra ante los ojos del mundo. Más de 50.000 personas han sido asesinadas en una ofensiva militar sin precedentes. La cifra es insoportable, pero sigue aumentando cada día. Sin embargo, la maquinaria de la guerra no se detiene. La impunidad se ha convertido en norma, sostenida por la indiferencia de los gobiernos, la inoperancia de los organismos internacionales y el engranaje del capital, que ha encontrado en la violencia extrema su mejor herramienta de control.

El genocidio ya no se esconde: se transmite en tiempo real. Las redes sociales han convertido la matanza en un espectáculo continuo de muerte y desesperación. Imágenes de cuerpos calcinados, niños mutilados, madres que sostienen los restos de sus hijos cubiertos de polvo y sangre. La repetición de la tragedia ha normalizado el horror. El mundo ve, pero no reacciona. Gaza está siendo exterminada ante millones de espectadores que, anestesiados por la sobrecarga de información, siguen con sus vidas como si nada estuviera ocurriendo.

Este no es solo un ataque militar. Es la consolidación de un modelo de dominio absoluto. Es la demostración de que un genocidio puede ejecutarse a plena luz del día, con el aval de las grandes potencias y sin ninguna consecuencia. La impunidad con la que se ha superado la barrera de los 50.000 muertos confirma lo que muchos temían: las reglas del derecho internacional han sido desmanteladas. No hay límites para la barbarie cuando los perpetradores tienen el respaldo de los centros de poder económico y militar.

Mientras las bombas caen sobre Gaza, el gobierno israelí avanza en su plan de anexión total de Palestina. El ministro Bezalel Smotrich lo ha dicho abiertamente: la construcción de nuevas colonias ilegales en Cisjordania es un paso más hacia la desaparición definitiva de Palestina. Mientras los cadáveres se apilan en las calles, la ocupación avanza. No es una coincidencia, es un proyecto calculado.

El gran capital observa y aprende. Si la comunidad internacional permite que 50.000 personas sean exterminadas sin que nadie detenga la masacre, ¿qué impedirá que este modelo se replique en otros territorios? La historia ya lo ha demostrado: cuando la impunidad es la norma, el horror se expande. Vietnam, Ruanda, Irak, Siria, Yemen. Masacres justificadas, ignoradas o simplemente olvidadas. Gaza es la reciente manifestacion de este patrón, pero no será la última.

Los organismos internacionales han fracasado. La Sala de Cuestiones Preliminares de la Corte Penal Internacional (CPI) emitió una orden de arresto contra el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y su exministro de Defensa, Yoav Gallant, por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Pero esas órdenes nunca se hicieron efectivas. La justicia internacional se ha mostrado incapaz de actuar contra quienes detentan el poder real. No hay arrestos, no hay sanciones, no hay consecuencias. Estados Unidos y la Unión Europea justifican, financian y protegen a Israel, mientras bloquean cualquier intento de castigo efectivo. El derecho internacional se ha convertido en una herramienta de los poderosos, en una farsa que se activa solo cuando conviene.

¿Quiénes son los intocables? Gobiernos que garantizan estabilidad económica, que protegen intereses estratégicos, que sostienen el orden mundial basado en la violencia. El mensaje es claro: la vida de más de 50.000 palestinos no tiene valor en la balanza del poder global. La repetición cíclica de la historia demuestra que el sistema internacional no está diseñado para evitar genocidios, sino para administrarlos según convenga.

Pero en medio de las ruinas, la resistencia persiste. Periodistas, activistas y voluntarios arriesgan su vida para documentar la barbarie, para sostener la memoria de quienes han sido asesinados. Cada testimonio, cada imagen, cada informe que escapa del cerco informativo es un acto de lucha. La memoria es un campo de batalla. La verdad es la última trinchera.

La pregunta es si el mundo está dispuesto a escuchar. Si la sociedad civil, esa que aún conserva algo de humanidad, puede hacer lo que los gobiernos no hacen: reaccionar, movilizarse, exigir un alto al fuego real, demandar sanciones efectivas, romper con la maquinaria de muerte.

Estamos en una era oscura de la humanidad. Gaza es el espejo donde el mundo entero debe mirarse. Lo que allí sucede no es solo una guerra, es un síntoma del mundo que se está construyendo. No hay neutralidad posible. O se está del lado de la vida o se es cómplice de la muerte. La historia aún se está escribiendo. ¿Quiénes seremos cuando se pase lista?

Por: Prensa Justicia y Dignidad.

La estrategia del miedo: el fallo contra Greenpeace y la criminalización de la protesta ambiental

En Dakota del Norte, un jurado ha dictado sentencia: Greenpeace deberá pagar 660 millones de dólares a la empresa Energy Transfer por su presunta responsabilidad en las protestas contra el oleoducto Dakota Access. No es solo un fallo judicial. Es un mensaje. Y como todo mensaje en el que el dinero y el poder están en juego, lo que se dice importa menos que lo que se quiere provocar.

La historia oficial cuenta que Greenpeace actuó como una organización criminal, promoviendo la difamación, el sabotaje y la obstrucción de la construcción del oleoducto. La historia real es otra. Entre 2016 y 2017, la tribu sioux de Standing Rock, junto con activistas ambientales, emprendió una de las mayores protestas indígenas en la historia reciente de Estados Unidos. Se trataba de algo más que un oleoducto: era una lucha por el derecho a existir en una tierra que ya les había sido arrebatada demasiadas veces. Energy Transfer no solo construía una infraestructura de combustibles fósiles; violaba acuerdos históricos, ignoraba consultas previas y ponía en riesgo el acceso al agua potable de miles de personas.

En el centro del caso judicial hay una táctica que se ha vuelto habitual contra quienes desafían el poder de las grandes corporaciones: las demandas SLAPP (Demandas Estratégicas Contra la Participación Pública). Su mecanismo es simple y brutal. Una empresa multimillonaria acusa a una organización o a un individuo de delitos como difamación o conspiración, y la arrastra a un proceso legal extenuante y costoso. No importa si la demanda se sostiene con pruebas o si finalmente es desestimada. Lo que importa es el daño colateral: desgaste financiero, miedo, parálisis. Es una advertencia para el futuro.

Greenpeace no es la primera víctima de esta estrategia, ni será la última. La diferencia es que el monto de la sentencia es tan desproporcionado que roza la fantasía: 660 millones de dólares no es solo una cifra, es un símbolo. Lo que se busca no es justicia, sino escarmiento. Es un intento de dejar en claro que enfrentarse a los intereses de la industria petrolera puede costar más de lo que cualquier organización ambientalista puede pagar.

El otro daño colateral, más peligroso y difícil de medir, es el que se inflige a los pueblos indígenas. Durante siglos han sido despojados de sus tierras, sus derechos y su historia. Ahora, cuando intentan defender lo poco que les queda, se enfrentan a una nueva forma de violencia: la judicialización de su resistencia. El fallo contra Greenpeace no solo afecta a una ONG, sino a todas las comunidades que han visto en el activismo ambiental una herramienta para su supervivencia.

En Estados Unidos existen leyes anti-SLAPP diseñadas para frenar este tipo de demandas abusivas. Pero Dakota del Norte no tiene esas protecciones. ¿Casualidad? Difícil de creer. La ausencia de estas leyes crea un campo de juego desigual en el que las empresas pueden actuar con impunidad y donde la protesta pacífica puede convertirse en una sentencia financiera.

La justicia climática no es solo una batalla contra las emisiones de carbono. Es una lucha contra un modelo económico que privilegia la explotación sobre la vida, la ganancia sobre la dignidad. Es una batalla donde el derecho a la libertad de expresión se enfrenta a un sistema que prefiere el silencio.

El veredicto contra Greenpeace es una advertencia para activistas, periodistas y comunidades indígenas. Pero también es una pregunta para todos los demás: si protestar contra el daño ambiental se convierte en un delito costoso, ¿quién se atreverá a alzar la voz la próxima vez?

 

¡Venga esa mano, país! El asesinato de Bernardo Jaramillo y el crimen de Estado que aún reclama justicia

Un 22 de marzo, como hoy, pero de 1990, a Bernardo Jaramillo Ossa lo mataron a plomo limpio en el Puente Aéreo de Bogotá. Era una mañana cualquiera, de esas en las que la vida sigue como si nada, pero la muerte ya estaba esperando. Iba con su esposa, Mariela Barragán, cuando un muchacho de 16 años se le acercó y, sin titubear, le descargó una ráfaga. Cayó en sus brazos, desangrándose.

«Mi amor… no siento las piernas. Estos hijueputas me mataron. Abrázame y protégeme que me voy a morir.»

Los escoltas del DAS, que estaban ahí para protegerlo, no hicieron nada. Ni un tiro, ni un empujón. Solo miraron. Unos minutos después, Bernardo ya no estaba. Se lo llevó el mismo país al que le había tendido la mano.

El exterminio de la Unión Patriótica no empezó con Bernardo. Jaime Pardo Leal, quien le había dejado el camino abierto, cayó primero. Luego vinieron los demás: líderes, concejales, alcaldes, campesinos, sindicalistas. Uno por uno fueron cayendo. Y cuando ya no quedaban muchos, le tocó el turno a Bernardo.

Había nacido en Manizales, en el seno de una familia de clase media. Desde joven entendió que la política no era un juego limpio. Se metió al sindicalismo en Urabá, luego a la Juventud Comunista y, más tarde, llegó a la UP. No era un tipo de discursos incendiarios, pero tampoco de medias tintas. Sabía que la UP estaba siendo arrasada y, en vez de empuñar un fusil, decidió abrirle la puerta al cambio democrático. Se distanció de las FARC-EP, buscó alianzas internacionales y trató de convencer a un país que no quería ser convencido.

En su campaña presidencial, usó un eslogan que hoy suena a ironía: «¡Venga esa mano, país!» La gente lo repetía en las plazas, en las calles, en las esquinas. Pero el país no le dio la mano. Le dio la espalda.

Desde el principio, todo fue raro. Dijeron que Pablo Escobar había dado la orden, que el muchacho que disparó era un sicario del cartel de Medellín. Pero con los años, las piezas del rompecabezas empezaron a encajar. No fue solo Escobar. Fue el Estado.

En ese entonces, el presidente Virgilio Barco había contratado al espía israelí Rafi Eitan, el mismo que capturó a Eichmann en Argentina. Su misión en Colombia no era cazar nazis, sino borrar a la UP del mapa. No lo hizo con sus propias manos, pero sí con su estrategia: una guerra sucia, un plan de exterminio en el que participaron el Ejército, el DAS, los paramilitares y hasta agentes extranjeros.

Los que dispararon fueron otros, pero los que ordenaron la muerte de Bernardo usaban corbata.

Después de su asesinato, vino el silencio. La campaña de la UP quedó huérfana. Poco después, mataron a Carlos Pizarro Leongómez, otro que hablaba de paz en un país que no la quería. La historia siguió su curso, como siempre, y los muertos se acumularon en las cunetas, en las montañas, en los barrios de invasión.

Treinta y cinco años después, la justicia sigue en deuda. Dijeron que fue un crimen de lesa humanidad, pero las sentencias no traen de vuelta a los muertos. Bernardo Jaramillo sigue ahí, en la memoria de quienes se niegan a olvidar, en la voz de los que todavía creen en el cambio, en la esperanza de un país que algún día, quizás, decida al fin extenderle la mano.

Por: Sofía López Mera, abogada, periodista, defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.

La Brigada XX: las huellas de la impunidad y la lucha por la verdad

Durante la década de 1980, la Brigada XX del Ejército Nacional se convirtió en un oscuro símbolo de la guerra sucia y criminalidad de estado en Colombia. Bajo su mando operaron el Batallón de Inteligencia y Contrainteligencia (BINCI) y otros cuerpos militares que ejecutaron estrategias de terror contra quienes eran considerados enemigos del Estado. Sindicalistas, activistas de derechos humanos y miembros de organizaciones políticas de izquierda como la Unión Patriótica, el M-19 y el EPL fueron detenidos arbitrariamente, torturados, violentados y, en muchos casos, desaparecidos.

Las denuncias sobre estos crímenes llegaron incluso a Estados Unidos, que presionó para el cierre de la Brigada XX en 1998. Pero su rastro de violencia quedó impregnado en los muros de sus instalaciones y en la tierra que hoy es removida en busca de las víctimas que nunca volvieron a casa.

Décadas después, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) ordenó medidas cautelares sobre el terreno donde funcionó la Brigada XX, ahora conocido como el Batallón Escuela de Logística. Allí, un equipo forense de la JEP inició excavaciones en busca de cuerpos desaparecidos.

El primer hallazgo no tardó en llegar: dos fragmentos de hueso. Medicina Legal confirmó que pertenecían a un hombre de entre 20 y 28 años. Pero su identidad sigue oculta; el deterioro de los restos impidió extraer ADN. Aun así, estos pequeños fragmentos óseos son la primera prueba física de que los desaparecidos pueden estar ahí, sepultados en el mismo lugar donde sufrieron sus últimas horas de vida.

Mientras se analizan las capas de tierra en busca de más indicios, la JEP también lucha en otro frente: la preservación de los archivos de inteligencia y contrainteligencia de la Brigada XX. Estos documentos pueden ser la clave para saber quiénes ordenaron, ejecutaron y encubrieron los crímenes. Sin embargo, el riesgo de que sean alterados o destruidos es latente.

Las víctimas y sus familias han esperado décadas para conocer qué pasó con sus seres queridos. Algunos han muerto sin respuesta, otros han resistido con la esperanza de que el Estado, algún día, reconozca su dolor y castigue a los responsables.

La Brigada XX fue cerrada, pero el sistema que permitió su funcionamiento sigue presente en las sombras. La justicia no puede seguir siendo esquiva. La memoria de las víctimas y la dignidad de un país lo exigen.

El archivo de la reforma laboral: una derrota para los derechos de las mujeres trabajadoras en Colombia

El archivo de la reforma laboral en el Congreso no es solo un revés legislativo. Es un golpe certero contra los derechos de las mujeres trabajadoras en Colombia y una práctica misógina que refuerza las desigualdades históricas en el mundo del trabajo. La reforma contenía disposiciones esenciales para la equidad de género, para la protección de las mujeres en sus espacios laborales y para la dignificación del trabajo de cuidado. Con su archivo, se ha ratificado un modelo laboral que perpetúa la discriminación, la precarización y la violencia estructural contra las mujeres.

Y todo esto sucede en marzo, el mes en que el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Un mes en el que se llenan los discursos de palabras vacías sobre igualdad, mientras en la práctica se niegan los derechos más básicos de las mujeres en el mundo laboral.

Una puerta cerrada a la igualdad en el acceso al empleo

En Colombia, las mujeres siguen enfrentando barreras para acceder a empleos dignos. La reforma proponía la eliminación de filtros discriminatorios en los procesos de contratación, reconociendo que muchas veces a las mujeres se les niega la oportunidad laboral por su edad, por su maternidad o por estereotipos de género. También contemplaba la ampliación progresiva de la licencia de paternidad, una medida clave para redistribuir el cuidado de los hijos y disminuir la carga que históricamente recae sobre las mujeres. Sin estas disposiciones, la brecha de género en el acceso al empleo seguirá intacta, manteniendo la exclusión y la dependencia económica de muchas trabajadoras.

Discriminación y violencia laboral: la realidad que no quisieron cambiar

La reforma archivada establecía protecciones fundamentales contra la discriminación de género en el ámbito laboral. Se reconocía la necesidad de implementar licencias para atender dolencias menstruales incapacitantes y para asistir a obligaciones escolares de los hijos, medidas que reflejan una mirada integral sobre la conciliación entre el trabajo y la vida personal. También se prohibía expresamente la asignación de tareas que pusieran en riesgo a las mujeres embarazadas y se promovía la evaluación objetiva del desempeño laboral para erradicar sesgos de género en ascensos y remuneraciones.

Estas disposiciones respondían a una realidad evidente: la precarización y discriminación que sufren miles de mujeres en el país. Su archivo significa la perpetuación de un sistema laboral que invisibiliza las necesidades de las trabajadoras y las deja a merced de arbitrariedades empresariales que limitan su crecimiento profesional y vulneran sus derechos.

El trabajo de cuidado: un sacrificio que sigue sin reconocimiento

Uno de los avances más importantes de la reforma era la formalización progresiva de las madres comunitarias, madres sustitutas y trabajadoras de hogares infantiles. Más de 60 mil mujeres que han dedicado su vida al cuidado de la niñez vulnerable esperaban que este reconocimiento laboral les garantizara estabilidad, derechos y seguridad social. Con el archivo de la reforma, se les condena a seguir en la informalidad, sin garantías ni acceso a una jubilación digna.

Esta es una muestra de cómo el Estado sigue menospreciando el trabajo de cuidado, que es sostenido principalmente por mujeres y que, a pesar de ser esencial para la sociedad, continúa siendo tratado como una labor voluntaria o mal remunerada. Negarse a formalizar a estas trabajadoras es perpetuar la explotación y la desigualdad de género.

El mensaje del Congreso: el retroceso es la norma

El archivo de la reforma laboral envía un mensaje claro: los avances en equidad de género no son prioridad en el país. Las disposiciones que fueron desechadas buscaban garantizar un mínimo de justicia en un sistema que históricamente ha precarizado a las mujeres. Pero quienes votaron en contra prefirieron sostener el statu quo, uno en el que la discriminación, la inseguridad laboral y la invisibilización del trabajo de las mujeres siguen siendo la norma.

Y lo hacen en marzo. En el mes de la mujer. En el mes donde se llenan las calles de frases bonitas, de flores y de homenajes hipócritas, mientras las decisiones reales siguen siendo tomadas por los mismos sectores que ven a las mujeres como mano de obra barata, como trabajadoras de segunda categoría, como ciudadanas sin derechos plenos.

No es coincidencia. Es una muestra más de cómo se nos arrebata lo conquistado, de cómo se nos recuerda que nuestros derechos siempre están en disputa. Pero si algo ha demostrado la historia es que los derechos no se mendigan, se conquistan. Por eso, frente a este atropello, la respuesta no puede ser el silencio. La movilización social y la lucha en las calles serán las herramientas para exigir lo que nos han negado.

Porque en marzo no queremos flores ni discursos vacíos. Queremos derechos, justicia y dignidad. Y no dejaremos de luchar hasta conquistarlos.

Por: Sofía López Mera, abogada y periodista, defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad y del Movimiento de Madres y Mujeres por la Paz.