La Unión Patriótica: un genocidio de Estado y la peligrosa persistencia del discurso estigmatizante

En Colombia, hablar de la Unión Patriótica (UP) es hablar de una de las heridas más profundas de nuestra historia política. Este partido nació en 1985 como fruto de un intento de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC. Lo que debía ser un puente hacia la reconciliación se convirtió, en cambio, en una sentencia de muerte para miles de militantes.

Entre 1984 y 2002, el Observatorio de Memoria y Conflicto documentó 4.153 casos de militantes de la UP asesinados, desaparecidos o secuestrados. A esto se suman más de 2.049 sobrevivientes que sufrieron amenazas, tortura, violencia sexual, desplazamiento forzado y detenciones arbitrarias. En total, 6.201 víctimas en poco menos de dos décadas. Y la violencia continuó incluso después de que, en 2002, se suspendiera la personería jurídica del partido.

No se trató de hechos aislados ni de “excesos” de particulares. Fue un genocidio político planificado y ejecutado desde las más altas esferas del Estado colombiano.

El papel de Virgilio Barco y la sombra de Rafi Eitan

En enero de 2021, el periodista Alberto Donadio reveló en “Los Danieles” información que vincula directamente al expresidente Virgilio Barco (1986-1990) con la decisión de exterminar a la UP. Según su investigación, Barco se reunió dos veces en 1986 con el espía israelí Rafi Eitan, famoso por capturar a Adolf Eichmann y por operaciones letales contra militantes palestinos.

En la segunda reunión, Eitan habría recomendado “eliminar a los miembros de la UP” para neutralizar a la guerrilla. La propuesta incluía que él mismo ejecutara el plan, pero finalmente la misión se dejó en manos del Ejército colombiano. Según Donadio, Barco no mostró objeciones éticas, morales ni legales.

Estas revelaciones coinciden con el rol del entonces ministro de Defensa, general Rafael Samudio Molina, quien públicamente legitimó a los paramilitares y llegó a afirmar, tras un atentado contra una sede de la UP, que “pues sería que tenían explosivos en su sede”.

No fue un clima de violencia espontánea: fue una decisión de Estado.

El Estado colombiano fue condenado

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) condenó a Colombia por el genocidio de la UP, estableciendo que las declaraciones que tildaban al partido de “brazo político de las FARC” o “colaboradores de la guerrilla” no solo eran falsas, sino que fueron parte del patrón de exterminio. Estas afirmaciones, concluyó la Corte, dañaron el honor de las víctimas, legitimaron su persecución y restringieron sus derechos políticos.

El informe de la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) coinciden: el genocidio de la UP fue planificado y ejecutado desde las más altas instancias del Estado, en coordinación con grupos armados ilegales.

El discurso de Álvaro Uribe: la persistencia de la revictimización

El 13 de agosto de 2025, durante el funeral del senador Miguel Uribe Turbay, el expresidente Álvaro Uribe Vélez envió un mensaje —leído por Gabriel Vallejo— en el que afirmó:

“Nuestro partido y las fuerzas democráticas de Colombia nunca apeló a la combinación de las formas de lucha; a diferencia de algunos miembros de la Unión Patriótica, que promovían el secuestro, participaban de órdenes de asesinato, pero se sentían con derecho a imponerse sobre la democracia.”

Esta declaración no es nueva: es la misma narrativa que durante décadas ha servido para justificar el exterminio. Es una afirmación desmentida por la historia, por la justicia y por la evidencia.
Uribe, condenado judicialmente en otros procesos, incurre aquí en una doble falta: desconoce una sentencia internacional y revive un discurso que la Corte IDH identificó como causal de riesgo y legitimación de asesinatos.

No es una opinión inocente. Es un mensaje que estigmatiza, legitima y reabre heridas, justo en un contexto donde la política colombiana necesita memoria y reconciliación, no más odio.

Por qué es grave y peligroso

  1. Contradice la verdad judicial: La Corte IDH y la JEP han establecido que la UP fue víctima de un genocidio de Estado, no de una confrontación “legítima” contra grupos armados.
  2. Reproduce patrones de persecución: Las etiquetas de “brazo político de la guerrilla” fueron antesala de asesinatos selectivos, desapariciones y desplazamientos.
  3. Desconoce la responsabilidad estatal: Nombrar a la UP como grupo criminal es ignorar que la violencia contra sus militantes fue ordenada y ejecutada desde el propio Estado.
  4. Revictimiza: Las familias y sobrevivientes de la UP no solo han sufrido la pérdida de seres queridos; han tenido que cargar con el estigma social que alimenta discursos como el de Uribe.

Memoria contra el olvido

El exterminio de la UP no es un capítulo cerrado. Aún hay víctimas que esperan justicia y reparación.
Las palabras importan, y en Colombia han matado tantas veces como las balas.
Por eso, es deber ciudadano y político recordar que la Unión Patriótica fue un proyecto democrático exterminado por decisión de Estado.

Quien niega o distorsiona esa verdad no solo insulta a las víctimas: pavimenta el camino para que la historia se repita.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

El funeral de Miguel Uribe y el inicio de una campaña política

En un giro digno de una tragicomedia política, el funeral de Miguel Uribe Turbay se transformó en un improvisado mitin electoral. Entre lágrimas y discursos de unidad, algunos no pudieron resistir la tentación de recordar que el país, según ellos, necesita más votos para el Centro Democrático.

Su padre, Miguel Uribe Londoño, y su esposa, Claudia Tarazona, con la infaltable asesoría de Lester Toledo —exasesor de Bukele—, ya parecen tener la mirada puesta en el Senado o la Presidencia. Porque en Colombia ni la muerte detiene la maquinaria electoral: el luto es solo un telón de fondo para discursos estratégicos. Llama la atención que el señor Toledo no se despegó de la familia ni en la Clínica Santafé ni en el funeral de Miguel Uribe, lo que confirma que sus funciones como asesor de campaña no terminaron y que quizá todo lo que pasó obedezca a una campaña más grande.

El propio Álvaro Uribe no perdió la oportunidad: su intervención estuvo cargada de odio, revictimizando a las víctimas del genocidio de la UP y negando la responsabilidad del Estado colombiano, aun cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos ya ha señalado su participación y condenado al Estado.

Mientras tanto, figuras como María Fernanda Cabal, Paloma Valencia y Viky Dávila habían pasado meses atacando a Miguel Uribe por ser el favorito de Uribe y cuestionando sus gastos de campaña. Nada nuevo bajo el sol: críticas, guerras internas y espectáculos mediáticos, “capitalización interna”, como decían algunos periodistas. Lo curioso es que ninguna línea investigativa apunta a ellas sobre el asesinato de Miguel Uribe, a pesar de ser sus rivales políticas más evidentes.

Y mientras tanto, Uscátegui Junior protagoniza otro show mediático, esta vez en el búnker de la Fiscalía, como si estuviera en una telenovela de intrigas judiciales. No muy lejos, los excéntricos Polo Polo, con sus recientes procedimientos estéticos faciales, y el cantante de O Sole Mio, Abelardo de la Espirella, adoptan una ridícula postura militar digna de caricatura, combinada con sus mocasines de peluche, y juran venganza desde sus cuentas de Twitter. Posturas que armonizan perfectamente con la ultraderechista comediante Alejandra Ascarate —a quien, según los rumores, le “cogieron” al esposo con varios kilos de cocaína en unas avionetas— y que en la misma cuenta habla de “exterminar a la plaga de la izquierda”, recordándonos que en este país el absurdo y el odio a veces se dan la mano de manera escandalosamente sincronizada… y cómica.

Aquí está la ironía más cruel: quien haya asesinado a Miguel Uribe probablemente nunca imaginó que su crimen dejaría como legado un escenario donde la derecha pudiera destilar odio y victimizarse sin freno. Lo verdaderamente inhumano no es solo la muerte de un joven, sino la instrumentalización de un enfermo y ahora de un difunto. Solo una derecha con un dirigente como Álvaro Uribe puede dar ese tratamiento de inhumanidad a alguien que ya no puede defenderse.

En este circo político, las lágrimas y los discursos estratégicos se mezclan, recordándonos que en Colombia la política a veces es más cruel que la muerte misma.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

¡Urgente! Grupo armado quiere llevarse de nuevo a Víctor Santiago

Desde el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz y la Guardia Intercultural Humanitaria denunciamos ante la opinión pública nacional e internacional, y ante todas las entidades competentes del Estado colombiano, un grave hecho de reclutamiento forzado, persecución y amenaza contra un menor de edad y su familia.

El 29 de octubre de 2024, Víctor Santiago Mosquera, adolescente de 16 años, fue reclutado forzadamente por un grupo armado en El Bordo, Patía, Cauca, mientras estaba bajo el cuidado de familiares.

Según la información recibida, el menor iba a ser trasladado al Chocó. Sin embargo, al ver que su madre lo estaba buscando y que su caso aparecía en los afiches del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz denunciando su reclutamiento, Víctor Santiago logró escapar y regresar con su madre.

La familia se trasladó a la ciudad de Cali como medida de protección para el menor. No se acudió al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) debido a que los niños y niñas recuperados por el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz y la Guardia Intercultural Humanitaria que han sido entregados a esta entidad han sido maltratados, estigmatizados, sin aplicación de ruta diferencial, y muchos han terminado escapando y regresando a las filas de los grupos armados.

Grave situación actual:

En el día de hoy, 13 de agosto de 2025, integrantes armados del mismo grupo ilegal regresaron a buscar al menor en la dirección Cra 27C #72Y59, barrio Omar Torrijos, en el distrito de Agua Blanca, Cali. Los hombres portaban armas de fuego y armas blancas, y rompieron las ventanas de la vivienda. La llegada de una patrulla motorizada dispersó momentáneamente a los agresores, pero éstos continúan merodeando el sector.

En este momento, Víctor Santiago y su madre están presos del terror, temiendo por su vida e integridad.

Exigimos a todas las entidades del Estado colombiano —Fiscalía General de la Nación, Defensoría del Pueblo, Procuraduría General de la Nación, Policía Nacional, Unidad para las Víctimas y demás organismos competentes— que acudan de manera inmediata en auxilio del menor y su familia, y garanticen medidas de protección efectivas y diferenciales.

Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz

Guardia Intercultural Humanitaria

 

 

Hoy es miércoles de 2025: la misma risa, la misma bala

Hoy es miércoles de 2025. Así lo habría dicho Jaime Garzón en Zoociedad, con esa media sonrisa que era más punzada que chiste. Y lo habría rematado con un guiño:

—Aquí en este país no pasa nada… la misma violencia, la misma intervención gringa, los mismos criminales.

Veintiséis años después de su asesinato, la historia sigue pareciéndose demasiado a sí misma.

“A mí me gustaría no morir, no morir en la historia, pero creo que es un reto muy grande y además, muy ambicioso.”

Se cumplió. Está en la historia colombiana, clavado como faro incómodo, demostrando que sí se puede construir país a partir de la risa y que, en Colombia, apostar por la paz es colgarse una lápida al cuello.

Conoció la política desde adentro y supo salirse a tiempo para reírse de ella desde afuera. Su humor no era maquillaje: era bisturí. En Zoociedad, en Quac, en sus personajes Néstor Elí y Godofredo Cínico Caspa, no imitaba: desnudaba.

El comienzo del fin

En sus últimas semanas, Jaime caminó con la sombra de la muerte siguiéndole el paso. Le advirtieron que lo iban a matar. Lo oyó de amigos, de periodistas, de voces que preferían el susurro. Buscó al propio Carlos Castaño para ganar tiempo. La respuesta fue silencio… o trampa.

Desde el DAS, José Miguel Narváez ya había sembrado la calumnia: que Garzón era amigo de la guerrilla, que se lucraba con secuestros. Castaño mordió el anzuelo. Encargó el crimen a Diego Fernando Murillo, “Don Berna”, y este a los sicarios de La Terraza.

La Brigada XIII del Ejército alimentó el acecho: rutas, horarios, semáforos. La inteligencia se volvió pólvora.

Según exparamilitares como El Alemán y el propio Don Berna, detrás se movían generales con apellidos que todavía pesan: Jorge Enrique Mora Rangel, Harold Bedoya, Rito Alejo del Río, Mauricio Santoyo, y el coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo.

Mora Rangel, educado en la doctrina de la seguridad nacional y luego negociador en La Habana, habría usado el proceso de paz como cortina para blindar su impunidad. Bedoya dejó un prontuario de paramilitarismo y masacres. Santoyo, mano derecha de Álvaro Uribe y condenado en EE.UU. por colaborar con las AUC, aún evade la verdad. Rito Alejo del Río, “el pacificador de Urabá”, fue condenado por el asesinato del líder afrocolombiano Marino López en la Operación Génesis: un operativo conjunto entre Ejército y paramilitares.

Todos ellos —uniformados con medallas que ocultaban manchas de sangre— formaban parte del mismo engranaje: un Estado paralelo donde la inteligencia se convirtió en arma para acallar, los fusiles sirvieron a intereses privados y la risa de Garzón fue declarada objetivo militar.

El día sin carcajadas

Madrugada del 13 de agosto de 1999. Bogotá todavía bostezaba. Jaime se subió a su Cherokee rumbo a Radionet. En un semáforo de Quinta Paredes, una moto se emparejó.

Cinco disparos de revólver calibre .38. Cuatro en la cabeza. Ni una vaina en el piso. Murió al instante.

El silencio como coartada

Meses después, quienes lo mandaron matar mandaron matar también a los que dispararon. Castaño y Don Berna borraron la evidencia con más balas. El expediente se llenó de huecos, falsos testigos y versiones torcidas.

La verdad se filtró a cuentagotas: militares de alto rango, inteligencia estatal, paramilitares. Todos en la misma mesa, todos con la misma firma invisible.

En 2016, el asesinato fue declarado crimen de lesa humanidad. En 2025, el Estado aceptó su culpa. Tarde. Muy tarde.

Jaime, todavía

No lo mataron solo a él: mataron la posibilidad de reírnos del verdugo. Pero hay muertos que no se van. Jaime sigue sentado en la mesa, guiñando un ojo, recordándonos que en Colombia la risa es peligrosa… y que la verdad, cuando se cuenta con humor, duele más que la bala

Masacre del Aracatazo: vínculos con Uribe y Zapateiro

El calor en Chigorodó, aquel 12 de agosto de 1995, no era el de siempre. El aire estaba espeso, pesado, como si algo invisible estuviera por caer sobre el barrio El Bosque. La discoteca El Aracatazo estaba llena: la música, las risas y el licor se mezclaban en un mismo pulso. Era sábado y había fiesta popular.

Nadie imaginaba que quince hombres armados, del recién creado Bloque Bananero de las Autodefensas, entrarían sin aviso, con fusiles que parecían más largos que sus sombras. Se identificaron como “exterminadores de la subversión”. Ordenaron que todos se tiraran al piso, boca abajo. El silencio fue roto sólo por el sonido seco de los cargadores entrando en las armas.

Uno por uno fueron señalando: Héctor Tascón Duque, Luis Alberto Guisao, Antonio Moreno, Julio Alfonso Ríos, Willinton Tascón, Misleida Pérez, Jorge González, Julio Oviedo, Libia Úsuga Barrientos, Luis Aurelio Sánchez, Manuel Ballesta, Francisco Panesso, Rodolfo Ramos, Pedro Úsuga, Leonardo Mosquera, Jorge Julio Cárdenas, Mérida Jiménez, Jorge Zúñiga y Jorge González López.

Los acusaron de ser guerrilleros o colaboradores. En realidad, muchos eran trabajadores bananeros, algunos sindicalistas de Sintrainagro, militantes de la Unión Patriótica, líderes de izquierda que creían en la organización comunitaria. La mayoría hombres, tres mujeres, todos del mismo pueblo.

El primer disparo rompió la noche. Luego vinieron ráfagas largas, cortas, y otra vez largas. Cuando el humo se disipó, dieciocho personas yacían muertas. Otras dos estaban heridas. El piso de la discoteca estaba cubierto de cuerpos y sangre; el olor a pólvora se mezclaba con el de la cerveza derramada. Afuera, los vecinos escuchaban sin poder intervenir.

La masacre fue ordenada por Carlos Castaño y José Hebert Veloza, alias “HH”. La ejecución la dirigió Dalson López Simanca, alias “Mono Pecoso”. Años después, el coronel Carlos Alfonso Velásquez, segundo al mando del Batallón Voltígeros de la XVII Brigada del Ejército, diría que altos mandos militares estuvieron implicados.

En ese tiempo, el Batallón Voltígeros tenía jurisdicción sobre Urabá. Entre sus mandos estaba el entonces capitán Eduardo Enrique Zapateiro Altamiranda, comandante de la Compañía Córdoba. Dos pelotones —uno bajo su mando— estuvieron presentes en la zona aquella noche. Ninguno intervino. La Procuraduría, décadas más tarde, pediría a la Jurisdicción Especial para la Paz que lo citara como testigo para esclarecer el papel del Ejército en la masacre.

Ningún uniformado fue condenado por esta matanza.

En ese tiempo, Álvaro Uribe Vélez era gobernador de Antioquia. Gobernaba una tierra donde los paramilitares crecían a la vista de todos, donde el terror se colaba en los cascos urbanos y las veredas. No hay procesos judiciales que lo vinculen directamente con El Aracatazo, pero la masacre ocurrió bajo su administración, en el corazón de un departamento que ardía en medio de la guerra sucia.

Hoy, casi tres décadas después, los nombres de Héctor, Luis Alberto, Antonio, Julio Alfonso, Willinton, Misleida, Jorge, Julio, Libia, Luis Aurelio, Manuel, Francisco, Rodolfo, Pedro, Leonardo, Jorge Julio, Mérida, Jorge Zúñiga y Jorge González López siguen siendo un acto de resistencia. Decirlos es no olvidar.

Porque la memoria es la única justicia que no se negocia.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

Miguel Uribe Turbay no es quien recibe nuestras condolencias hoy

Por Sofía López Mera/Abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad

El café humeaba sobre la mesa. Yo lo sostenía como quien se aferra a una cuerda en mitad del abismo.

Me había citado para “hablar amistosamente”. Eso dijo.9Pero la palabra amistad se rompió con cada golpe seco de su mano sobre la madera.

Los cubiertos tintineaban.

Su voz era un cuchillo que se me venía encima:

—¿Por qué me dejaste?

Los ojos rojos, el labio tembloroso, las lágrimas espesas como aceite viejo. No era tristeza. Era rabia.

Mis dedos apretaban el vaso hasta dolerme los nudillos.

Frío por fuera, hirviendo por dentro. Imaginaba lanzarlo, cubrirme, correr. Pero estaba atrapada.

Las señoras de la cafetería miraban al suelo. El silencio era un pacto: no ver, no oír, no intervenir.

Tal vez por miedo. Tal vez porque la violencia contra nosotras ya es paisaje.

Cuando me recogió el escolta de la UNP, le conté. Me respondió con un encogimiento de hombros:—Son cosas de pareja y en eso no me meto. Y sentí que otra puerta se cerraba.

Ese mismo día, leí la noticia: el 3 de agosto, en El Plateado, Argelia, mataron a Astrid Viviana Ordoñez Arcos.

La plaza olía a pólvora y a mango maduro bajo el sol. Astrid había sido voz, puente, escudo. Lideresa social. Mujer de palabra firme y pasos decididos. Le dispararon frente a todos. Llamé a un profesor que trabaja en el pueblo. Me contó que había llegado una hora después. Que vio el cuerpo.

—¿Quién fue? —pregunté.

—No se sabe —dijo.

Y ese “no se sabe” sonó a “ya no importa”.

En la noche, el brillo azul del teléfono trajo otro horror. Xiomara Ramírez, en Buenaventura. Desnuda, corriendo por unas gradas con la piel marcada. Él, también desnudo, la seguía. La atrapó por el cabello, la arrastró hacia arriba. Ella pedía ayuda. Nadie llegó.

El hombre, Steven Riascos, la golpeó hasta dejarla inconsciente.

En otro video, una hora antes, se les ve vestidos, discutiendo. Él la carga como quien levanta un costal. El preludio de la brutalidad.

Al amanecer, otra noticia: el sur del Cauca se llenó de otro nombre. Yesica Lorena Yonda. 23 años. Estudiante de enfermería. Oriunda de Silvia, viviendo en El Mango, Argelia, para poder estudiar. Tenía una hija pequeña que ahora la busca en sueños.

La encontraron sin vida el 10 de agosto. La comunidad dice que era alegre, dedicada, solidaria. Ya es una foto en una cartelera, una silla vacía en el salón de clases.

Y como un eco que no se apaga, vuelve 2012. Rosa Elvira Cely. Violada, empalada, asesinada. Y las palabras ruines que salieron de la oficina jurídica de la Alcaldía de Bogotá, entonces bajo Miguel Uribe Turbay:

Que si no hubiera salido con dos compañeros después de clase, no estaríamos lamentando su muerte.

Como si la culpa fuera de ella.

Como si la vida de una mujer dependiera de encerrarse.

Como si el asesino fuera un fantasma sin manos ni rostro.

Eso también mata.

La culpa que nos echan encima.

El silencio que nos cubre como tierra húmeda.

La mirada que se aparta.

La voz que dice “son cosas de pareja” y cierra la puerta.

Por eso hoy no doy condolencias tibias.

Hoy nombro a Astrid, a Xiomara, a Yesica, a Rosa Elvira.

Me nombro a mí.

Y nombro a todas las que no regresaron vivas.

Porque no son cosas de pareja.

Son cosas de muerte.

Y la muerte de una mujer no es un accidente:

Es la marca más oscura de un país que todavía cree que valemos menos.

Genocidio en Gaza: El reflejo más doloroso de nuestro fracaso como humanidad

El 10 de agosto de 2025 debería ser un día para recordar con esperanza, pero se ha convertido en otro capítulo sombrío de una tragedia que desgarra el alma humana: el genocidio silencioso en Gaza. Más de 61.000 vidas palestinas han sido arrebatadas desde octubre de 2023, y con cada bombardeo, con cada niño que muere de hambre, estamos ante un espejo que refleja el fracaso más profundo de nuestra civilización.

Ese día, mientras el Consejo de Seguridad de la ONU se reunía de urgencia para discutir el plan de Israel de tomar el control total de Gaza, no lograron hacer más que expresar su preocupación sin tomar acciones concretas. El veto de Estados Unidos selló el destino de millones de civiles atrapados en un enclave que ya es sinónimo de sufrimiento y muerte.

Y en medio de esta barbarie, cinco periodistas que solo buscaban contar la verdad fueron brutalmente asesinados en un ataque aéreo, incluyendo a Anas al-Sharif, un nombre que debería ser símbolo de valentía y libertad, pero que hoy es una voz silenciada para siempre. Más de 200 periodistas palestinos han caído desde que comenzó esta pesadilla, víctimas de un intento desesperado por apagar la luz de la verdad en medio de las tinieblas.

Los números no alcanzan a expresar el dolor: 100 niños muertos por desnutrición, 210 personas fallecidas por falta de alimentos, y apenas un 14% de la ayuda humanitaria logrando atravesar el bloqueo. Familias desaparecen, hogares son arrasados, y el mundo observa, incapaz o quizás indiferente.

La Corte Penal Internacional (CPI) ha emitido órdenes de arresto contra Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, y Yoav Gallant, exministro de Defensa, por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos en Gaza, incluyendo el uso del hambre como arma de guerra. Sin embargo, pese a estas órdenes, Netanyahu prepara su visita a Argentina en septiembre de 2025. Ya han negociado con el desquiciado de Javier Milei, y la Patagonia, tierra de nuestros hermanos indígenas, se perfila como el próximo escenario de un genocidio sionista, un nuevo capítulo oscuro en la historia del Cono Sur.

Lo más desgarrador, lo más irónico, es que mientras Gaza arde, sectores políticos como el Centro Democrático en Colombia avalan esta tragedia y buscan restablecer relaciones con los responsables de esta masacre. Álvaro Uribe, en videos clandestinos, apoya a estos genocidas, mostrando que entre criminales se entienden.

Este genocidio no es solo una tragedia de Palestina; es un espejo que revela nuestro fracaso colectivo como humanidad. Si permitimos que la injusticia, el odio y la indiferencia triunfen, ¿qué esperanza queda para nosotros? El 10 de agosto no debe ser solo un día para lamentar, sino un llamado urgente a despertar, a luchar por la dignidad, la verdad y la justicia.

Porque cada vida perdida en Gaza es una herida en la conciencia del mundo. Y si no aprendemos de este horror, seremos cómplices del mayor fracaso de nuestra civilización.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

Ataque de grupos armados en La Vega, Cauca

10 de agosto de 2025

En La Vega, Cauca, el amanecer se abre con repique de campanas y pólvora de fiesta. Hoy es día de San Lorenzo Mártir y se cumplen 248 años de la fundación del pueblo. Las calles, empedradas y húmedas por la neblina de la madrugada, se llenan de toldos, música de chirimía y olor a lechona recién salida del horno. En la iglesia, la misa avanza pausada, como suelen avanzar las ceremonias en las montañas, con el murmullo de las señoras que rezan y el vaivén inquieto de los niños que se escapan a corretear entre los bancos.

De pronto, un zumbido extraño corta el aire. No es mariposa, ni abeja, ni helicóptero. Es un dron. Y detrás de ese primero, vienen otros. El zumbido se mezcla con un estallido seco: una explosión que sacude las paredes como si fueran de barro. En un parpadeo, la pólvora de fiesta se confunde con el fuego de guerra. Afuera, ráfagas de fusil cruzan las calles; adentro, los feligreses se tiran al piso, abrazando a sus hijos, apretando escapularios y estampas, como si el metal o el papel pudieran frenar las balas.

En la estación de Policía, a pocas cuadras, los uniformados se parapetan. El estruendo se replica en otros puntos del casco urbano: disparos, explosiones, gritos. Un grupo armado ilegal, del que aún no se sabe el nombre, es el responsable. Después de la firma del Acuerdo de Paz, el mapa se llenó de siglas nuevas y viejas, todas con un mismo objetivo: alimentar la guerra para servir a los intereses de la derecha que se beneficia del miedo y el despojo.

La Vega se convierte en un tablero de ajedrez donde la población civil es la ficha más frágil. Los caminos que ayer fueron rutas de mercado, hoy son corredores de guerra. La Alcaldía, en medio del humo y el miedo, lanza un llamado urgente: que cesen los ataques contra la gente. Pero aquí, las palabras suelen perderse en los mismos senderos por donde se escapan los responsables.

La fiesta patronal queda rota. Las flores para San Lorenzo se marchitan en las manos temblorosas de las mujeres que corren buscando refugio. El padre suspende la misa sin decir amén. Cuando, horas después, callan los fusiles y se disipan los drones, el aniversario 248 de La Vega queda escrito con pólvora y miedo. Hoy, 10 de agosto, lo que debía ser celebración se convierte en otra página de la larga historia de un Cauca que, generación tras generación, aprende a que la guerra interrumpa las campanas.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

La Ley 906 y el efecto boomerang para Uribe

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo.

Durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, se dio uno de los golpes más importantes al sistema judicial colombiano con la sanción de la Ley 906 de 2004, que sustituyó la antigua Ley 600 de 2000. Esta ley, bandera del uribismo, prometía una justicia más rápida y contundente para acabar con la delincuencia que aquejaba al país.

Mientras la Ley 600 permitía que los acusados siguieran libres hasta que la sentencia fuera definitiva, respetando el principio de inocencia, la Ley 906, con ese toque de “mano dura” tan característico de Uribe, abrió la puerta para que la captura se ordenara apenas la sentencia estuviera en firme. Menos garantías para la defensa, más poder para el Estado y mayor rapidez para encerrar a quien se cruzara en el camino.

El caso contra Uribe, en el que se le acusa de fraude procesal y soborno de testigos — y que tuvo como protagonista a la jueza Sandra Heredia, quien lo condenó en primera instancia — es el ejemplo perfecto de esta ley en acción.

Pero aquí viene lo jugoso: Uribe, el mismo que sancionó esta ley para apretar el puño contra los acusados, ahora pide que lo dejen libre mientras su apelación avanza. La Ley 906, esa estrella de su gobierno, dice “no” y le recuerda que las reglas son las reglas, aunque duelan.

¿La moraleja? A veces, las leyes que uno crea para castigar a los demás terminan siendo la jaula donde uno mismo queda atrapado. Uribe quiso la mano dura, y ahora la mano dura le toca a él. ¡Qué ironía, que hasta el más fuerte puede quedar enredado en sus propias redes!

Manuel Cepeda Vargas: Memoria viva y semilla de esperanza

Manuel Cepeda Vargas murió un 9 de agosto de 1994, pero ese día no solo se apagó una vida, se abrió una herida profunda en el corazón de Colombia. Un hombre sencillo, de palabra clara y mirada llena de verdad, que pagó con su vida el coraje de no callar. Lo mataron los sicarios del poder, esos que no soportan a quienes luchan por justicia, por paz, por el derecho a existir.

Manuel no estuvo solo en ese camino, aunque la violencia le arrebató primero a su compañera de vida y lucha, Yira Castro, quien falleció en 1981 víctima de una grave enfermedad. Yira fue una mujer valiente, militante comprometida, periodista y activista incansable que sostuvo con fuerza la memoria y la esperanza en medio de un país hostil. Su partida temprana dejó un vacío imposible de llenar, pero también dejó una semilla que hoy crece fuerte: su hijo, Iván Cepeda Castro.

Iván creció entre historias de lucha y resistencia, con la ausencia de su madre y el martirio de su padre como herencia. Hoy, él es la voz que retumba en el Congreso y en el país, la esperanza encarnada que pelea por justicia y verdad. Cuando Iván vio que la justicia por fin condenó a Álvaro Uribe Vélez, supo que el sacrificio de sus padres y de tantos otros no había sido en vano.

Porque esa condena no es solo un acto jurídico, es un acto de sanación para miles de víctimas en una Colombia rota por el paramilitarismo, el narcotráfico y los falsos positivos. Es un acto que recuerda a Manuel, a Yira y a tantos otros que fueron silenciados, perseguidos y borrados, pero que siguen vivos en la memoria y en la resistencia de quienes no aceptan que la violencia sea la única voz.

Manuel Cepeda dejó en este país una herida abierta, pero también una esperanza enorme. La esperanza de que algún día la justicia y la verdad caminen de la mano, de que los hijos no hereden miedo sino valentía, de que los que lucharon con amor y dignidad no hayan muerto en vano.

Yira, Manuel, Iván, y todos los que siguen su camino, llevan esa llama encendida, una llama que ni el miedo ni la violencia podrán apagar. Porque en la memoria de Manuel Cepeda Vargas está la promesa de un futuro donde la dignidad venza al terror, y donde la justicia sea el abrazo que sane las heridas de este país.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo