¡Urgente! Grupo armado quiere llevarse de nuevo a Víctor Santiago

Desde el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz y la Guardia Intercultural Humanitaria denunciamos ante la opinión pública nacional e internacional, y ante todas las entidades competentes del Estado colombiano, un grave hecho de reclutamiento forzado, persecución y amenaza contra un menor de edad y su familia.

El 29 de octubre de 2024, Víctor Santiago Mosquera, adolescente de 16 años, fue reclutado forzadamente por un grupo armado en El Bordo, Patía, Cauca, mientras estaba bajo el cuidado de familiares.

Según la información recibida, el menor iba a ser trasladado al Chocó. Sin embargo, al ver que su madre lo estaba buscando y que su caso aparecía en los afiches del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz denunciando su reclutamiento, Víctor Santiago logró escapar y regresar con su madre.

La familia se trasladó a la ciudad de Cali como medida de protección para el menor. No se acudió al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) debido a que los niños y niñas recuperados por el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz y la Guardia Intercultural Humanitaria que han sido entregados a esta entidad han sido maltratados, estigmatizados, sin aplicación de ruta diferencial, y muchos han terminado escapando y regresando a las filas de los grupos armados.

Grave situación actual:

En el día de hoy, 13 de agosto de 2025, integrantes armados del mismo grupo ilegal regresaron a buscar al menor en la dirección Cra 27C #72Y59, barrio Omar Torrijos, en el distrito de Agua Blanca, Cali. Los hombres portaban armas de fuego y armas blancas, y rompieron las ventanas de la vivienda. La llegada de una patrulla motorizada dispersó momentáneamente a los agresores, pero éstos continúan merodeando el sector.

En este momento, Víctor Santiago y su madre están presos del terror, temiendo por su vida e integridad.

Exigimos a todas las entidades del Estado colombiano —Fiscalía General de la Nación, Defensoría del Pueblo, Procuraduría General de la Nación, Policía Nacional, Unidad para las Víctimas y demás organismos competentes— que acudan de manera inmediata en auxilio del menor y su familia, y garanticen medidas de protección efectivas y diferenciales.

Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz

Guardia Intercultural Humanitaria

 

 

Genocidio en Gaza: El reflejo más doloroso de nuestro fracaso como humanidad

El 10 de agosto de 2025 debería ser un día para recordar con esperanza, pero se ha convertido en otro capítulo sombrío de una tragedia que desgarra el alma humana: el genocidio silencioso en Gaza. Más de 61.000 vidas palestinas han sido arrebatadas desde octubre de 2023, y con cada bombardeo, con cada niño que muere de hambre, estamos ante un espejo que refleja el fracaso más profundo de nuestra civilización.

Ese día, mientras el Consejo de Seguridad de la ONU se reunía de urgencia para discutir el plan de Israel de tomar el control total de Gaza, no lograron hacer más que expresar su preocupación sin tomar acciones concretas. El veto de Estados Unidos selló el destino de millones de civiles atrapados en un enclave que ya es sinónimo de sufrimiento y muerte.

Y en medio de esta barbarie, cinco periodistas que solo buscaban contar la verdad fueron brutalmente asesinados en un ataque aéreo, incluyendo a Anas al-Sharif, un nombre que debería ser símbolo de valentía y libertad, pero que hoy es una voz silenciada para siempre. Más de 200 periodistas palestinos han caído desde que comenzó esta pesadilla, víctimas de un intento desesperado por apagar la luz de la verdad en medio de las tinieblas.

Los números no alcanzan a expresar el dolor: 100 niños muertos por desnutrición, 210 personas fallecidas por falta de alimentos, y apenas un 14% de la ayuda humanitaria logrando atravesar el bloqueo. Familias desaparecen, hogares son arrasados, y el mundo observa, incapaz o quizás indiferente.

La Corte Penal Internacional (CPI) ha emitido órdenes de arresto contra Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, y Yoav Gallant, exministro de Defensa, por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos en Gaza, incluyendo el uso del hambre como arma de guerra. Sin embargo, pese a estas órdenes, Netanyahu prepara su visita a Argentina en septiembre de 2025. Ya han negociado con el desquiciado de Javier Milei, y la Patagonia, tierra de nuestros hermanos indígenas, se perfila como el próximo escenario de un genocidio sionista, un nuevo capítulo oscuro en la historia del Cono Sur.

Lo más desgarrador, lo más irónico, es que mientras Gaza arde, sectores políticos como el Centro Democrático en Colombia avalan esta tragedia y buscan restablecer relaciones con los responsables de esta masacre. Álvaro Uribe, en videos clandestinos, apoya a estos genocidas, mostrando que entre criminales se entienden.

Este genocidio no es solo una tragedia de Palestina; es un espejo que revela nuestro fracaso colectivo como humanidad. Si permitimos que la injusticia, el odio y la indiferencia triunfen, ¿qué esperanza queda para nosotros? El 10 de agosto no debe ser solo un día para lamentar, sino un llamado urgente a despertar, a luchar por la dignidad, la verdad y la justicia.

Porque cada vida perdida en Gaza es una herida en la conciencia del mundo. Y si no aprendemos de este horror, seremos cómplices del mayor fracaso de nuestra civilización.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

Ataque de grupos armados en La Vega, Cauca

10 de agosto de 2025

En La Vega, Cauca, el amanecer se abre con repique de campanas y pólvora de fiesta. Hoy es día de San Lorenzo Mártir y se cumplen 248 años de la fundación del pueblo. Las calles, empedradas y húmedas por la neblina de la madrugada, se llenan de toldos, música de chirimía y olor a lechona recién salida del horno. En la iglesia, la misa avanza pausada, como suelen avanzar las ceremonias en las montañas, con el murmullo de las señoras que rezan y el vaivén inquieto de los niños que se escapan a corretear entre los bancos.

De pronto, un zumbido extraño corta el aire. No es mariposa, ni abeja, ni helicóptero. Es un dron. Y detrás de ese primero, vienen otros. El zumbido se mezcla con un estallido seco: una explosión que sacude las paredes como si fueran de barro. En un parpadeo, la pólvora de fiesta se confunde con el fuego de guerra. Afuera, ráfagas de fusil cruzan las calles; adentro, los feligreses se tiran al piso, abrazando a sus hijos, apretando escapularios y estampas, como si el metal o el papel pudieran frenar las balas.

En la estación de Policía, a pocas cuadras, los uniformados se parapetan. El estruendo se replica en otros puntos del casco urbano: disparos, explosiones, gritos. Un grupo armado ilegal, del que aún no se sabe el nombre, es el responsable. Después de la firma del Acuerdo de Paz, el mapa se llenó de siglas nuevas y viejas, todas con un mismo objetivo: alimentar la guerra para servir a los intereses de la derecha que se beneficia del miedo y el despojo.

La Vega se convierte en un tablero de ajedrez donde la población civil es la ficha más frágil. Los caminos que ayer fueron rutas de mercado, hoy son corredores de guerra. La Alcaldía, en medio del humo y el miedo, lanza un llamado urgente: que cesen los ataques contra la gente. Pero aquí, las palabras suelen perderse en los mismos senderos por donde se escapan los responsables.

La fiesta patronal queda rota. Las flores para San Lorenzo se marchitan en las manos temblorosas de las mujeres que corren buscando refugio. El padre suspende la misa sin decir amén. Cuando, horas después, callan los fusiles y se disipan los drones, el aniversario 248 de La Vega queda escrito con pólvora y miedo. Hoy, 10 de agosto, lo que debía ser celebración se convierte en otra página de la larga historia de un Cauca que, generación tras generación, aprende a que la guerra interrumpa las campanas.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

Colombia vs Perú: la disputa por Santa Rosa y el riesgo de perder el Amazonas

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

En el mapa, la isla Santa Rosa parece un pedazo de tierra sin importancia, flotando en medio del Amazonas, al frente de Leticia. A simple vista, es solo una mancha verde rodeada de agua café, con casas de madera y techos de zinc. Pero esa mancha hoy es una frontera en disputa. Y lo que está en juego no es solo un islote, sino la llave de Colombia hacia el río más grande del mundo.

En julio de 2025, el Congreso peruano elevó a Santa Rosa a la categoría de distrito. Para Lima, es un acto de “consolidación de la soberanía en una zona crítica de frontera internacional”. Para Bogotá, una anexión unilateral que desconoce que la isla no existía cuando se firmaron los tratados de límites en 1922 y 1929. La respuesta del presidente Gustavo Petro fue simbólica y calculada: trasladar la conmemoración de la Batalla de Boyacá a Leticia, como quien lleva la bandera al lugar donde siente que le están tocando el alma territorial.

Los opositores más acérrimos, en particular el uribismo, se apuraron a decir que esto es una “cortina de humo” para desviar la atención de la reciente condena contra Álvaro Uribe. Pero la geografía, a diferencia de la política, no se inventa con discursos. Aquí hay un problema que viene corriendo —o más bien, fluyendo— desde hace décadas, y que los gobiernos, incluido el de Uribe, dejaron pasar como si el Amazonas fuera un río quieto.

El río que se está yendo

El Amazonas, como todo río, está vivo. Cambia de cauce, erosiona, deposita sedimentos, crea y destruye islas. Lo que hoy es tierra firme, mañana puede ser agua, y viceversa. Santiago R. Duque, limnólogo y coordinador del Grupo de Investigación en Limnología Amazónica de la Universidad Nacional, lo sabe bien: desde 2007 viene advirtiendo que el cauce principal del Amazonas en el trapecio amazónico se está moviendo hacia Perú.

Los números son claros y alarmantes:

  • A inicios de los años 90, el 30% del caudal pasaba por Colombia.
  • En 2019, la cifra cayó al 20%.
  • En junio de 2025, una medición de la UNAL confirmó que el 81% del agua fluye por Perú y solo el 19% por Colombia.
  • Si nada cambia, para 2030 el río dejará de pasar por el país, excepto en temporadas de inundación.

Cuando se firmó el tratado de 1922, el canal profundo del Amazonas corría frente a Leticia, garantizando los 116 kilómetros de acceso fluvial que Colombia había ganado tras décadas de disputas. Hoy ese canal pasa frente a Perú. Y lo que para los mapas sigue siendo frontera, para el agua ya no lo es.

Santa Rosa: hija de los sedimentos

La isla Santa Rosa no existía cuando se fijaron los límites. Surgió después, como otras islas nuevas, por la sedimentación que dejan las aguas que vienen de los Andes. Esa formación natural cambió el equilibrio del cauce: el brazo peruano ganó fuerza, el colombiano se volvió lento y somero. Resultado: Perú tiene más río… y Colombia, menos.

El gobierno colombiano supo esto desde hace al menos 19 años. En 2006, el Invías contrató un estudio que recomendaba obras de encauzamiento en el estrecho de Nazareth para obligar parte del flujo a pasar por los brazos colombianos. Costaban unos 11 mil millones de pesos de entonces. El estudio quedó guardado. El presidente de la época era Álvaro Uribe Vélez. No se hizo nada.

Mientras tanto, Brasil dragaba su tramo del Amazonas para proteger el puerto de Tabatinga. Perú ajustaba su ribera erosionada. Colombia miraba desde la orilla.

No es excusa, no es cortina de humo

Decir que este conflicto es un invento de Petro para tapar otro escándalo es como decir que el deshielo del Ártico es una estrategia publicitaria de Greenpeace. El Amazonas no espera los ciclos de la política: sigue fluyendo hacia donde la gravedad y la sedimentación lo llevan.

Lo que está en juego es que Leticia, la capital más austral de Colombia, podría quedar a dos o tres kilómetros del río. El malecón fluvial sería un muelle seco. La pesca se desplomaría. El turismo se marchitaría. Y el país perdería, en los hechos, su salida al Amazonas. No sería la primera vez que Colombia pierde territorio por descuido: ahí están Panamá y los 75.000 km² de mar en el fallo de La Haya.

Santa Rosa no es un capricho diplomático: es el punto visible de una herida más grande. Y como advierte Duque, la solución no está en pelear banderas, sino en negociar con Perú —y ojalá con Brasil como garante— obras que favorezcan a todos. Porque si el río se va, se va para siempre.

El reloj corre

El 2030 parece lejos, pero en términos fluviales es pasado mañana. El problema no es que Petro hable de Santa Rosa; el problema es que por casi dos décadas nadie hizo nada. Y que cuando se pudo actuar, en 2006, el gobierno de Álvaro Uribe Vélez tuvo la información, los estudios y el tiempo… y decidió dejar que el Amazonas siguiera su curso.

Ahora, ese curso lleva el agua —y la soberanía— hacia otra bandera

Lo mataron por decir NO: Crónica del asesinato de Ruhal Martinez en Villa Colombia, Jamundí

A Ruhal Martinez lo mataron por negarse. Por decir que no. No se prestaba para instrumentalizar a su comunidad. No aceptaba que la guerrilla usara a los campesinos como carne de cañón para sacar al Ejército de la zona. No toleraba que usaran la dignidad del pueblo para encubrir una estrategia de guerra. Por eso lo mataron.

El miércoles 6 de agosto, al amanecer, Ruhal se movilizaba en moto por la vereda El Descanso, zona rural de Jamundí. Dos hombres armados, también en moto, lo interceptaron y le dispararon sin darle oportunidad. Su cuerpo quedó tendido en el camino, cubierto por una sombrilla colocada por los vecinos para protegerlo del sol. Fue una escena desgarradora: silencio, rabia, impotencia.

Ruhal era presidente de la Junta de Acción Comunal del corregimiento de Villa Colombia. Llevaba más de 25 años dedicado a su comunidad. Era un líder respetado, terco, justo. Sabía que la violencia no es un disfraz, y que la paz no se impone con fusiles. Por eso no se dejó doblegar. Denunció que querían usar a la gente para expulsar a la Fuerza Pública, con el mismo libreto que han intentado aplicar en el Cañón del Micay: aparentar movilización social cuando en realidad es una operación armada para el control territorial.

Ruhal sabía que ese guion no venía del pueblo. Venía de estructuras armadas que, aunque se autodenominan disidencias de las FARC, ya no tienen proyecto político de izquierda. Hoy responden a otros intereses. Están al servicio de una agenda contrainsurgente. No combaten al Estado: lo sabotean. No luchan por el pueblo: lo instrumentalizan. Y en esa lógica, ejercen el papel de brazo armado del uribismo. Esa es la verdad incómoda que muchos no se atreven a decir.

No es una hipótesis ni una metáfora. Es una constatación política. Las disidencias del Estado Mayor Central, al mando de Iván Mordisco, actúan como fuerza de choque contra el gobierno de Gustavo Petro. Sabotean los intentos de paz, asesinan líderes sociales que defienden la institucionalidad democrática y generan miedo en las comunidades que no se subordinan. Le están haciendo el trabajo sucio a quienes desde hace décadas han impulsado la guerra para sostener sus privilegios. No hay diferencia entre los paramilitares de ayer y estas estructuras armadas de hoy. Ambas eliminan lo que estorba a sus planes.

Hace un año, asesinaron a Yeri Edwin Gaitán, también presidente de esta misma JAC. Tras su muerte, el 90 % de sus integrantes renunció. Hoy, con la muerte de Raúl, el mensaje es el mismo: o se someten, o los matan. Esa es la democracia que ofrecen los que se visten de insurgencia pero obedecen al uribismo.

Ruhal no tenía escoltas. Tenía dignidad. No quería que su comunidad fuera campo de batalla. No aceptó que la violencia volviera con otro nombre. Su liderazgo era incómodo porque era libre. Lo mataron por eso.

Y lo hicieron sabiendo que la noticia pasaría rápido, que no habría grandes titulares, que nadie sería capturado. Así se construye el silencio: a balazos y con impunidad. Pero este crimen no puede pasar como uno más. Porque no mataron solo a un hombre. Asesinaron una posición ética, una verdad, una resistencia.

Ruhal Martinez debería estar hoy planeando la próxima asamblea con su gente. En vez de eso, sus vecinos lo despidieron con rabia y tristeza, con la certeza de que lo mataron los mismos de siempre, solo que ahora con otro uniforme. Las disidencias de las FARC, hoy, son el brazo armado del uribismo en los territorios. Y el país tiene que empezar a decirlo sin miedo.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

Crimen contra líder social en Valdivia desata desplazamiento forzado de 60 personas en Antioquia

A Fabio Marín lo mataron. No fue una bala perdida. No fue fuego cruzado. Fue un asesinato. Planeado, ejecutado, silenciado. Otro líder social menos en los territorios que el Estado abandonó hace décadas y donde hoy manda el que tenga más armas, más hombres o más miedo que repartir.

Fabio era un campesino que hablaba con firmeza. No se escondía. Desde la Junta de Acción Comunal del corregimiento Tesorito, en Tarazá, defendía lo suyo: el derecho a vivir sin miedo. No pedía mucho: que no los mataran, que los dejaran sembrar, que los escucharan. Eso, en Colombia, es sentencia de muerte.

El 29 de julio lo encontraron muerto entre las veredas La Llana y La Coposa, en Valdivia, Antioquia. El cuerpo tendido, la voz callada. En esa tierra donde el ELN, las disidencias de las FARC y el Clan del Golfo se disputan cada trocha, cada río, cada vida. Y mientras ellos se matan por los corredores del narcotráfico, los líderes sociales siguen cayendo uno a uno.

Indepaz confirmó lo que ya se sabía en las montañas: Fabio era el líder social número 93 asesinado en lo que va del año. Noventa y tres veces ha fallado el Estado. Noventa y tres veces ha callado la institucionalidad. Noventa y tres entierros. Noventa y tres familias rotas.

Más de 60 personas han huido de La Llana. Desplazadas por los mismos de siempre. El Estado no llegó cuando se lo pidió la comunidad, no llegó cuando aparecieron las amenazas, no llegó cuando empezaron los disparos. Solo llega ahora, tarde, para contar los muertos y prometer —otra vez— que esta vez sí va a haber protección.

Pero ya nadie cree. Porque mientras hablan de paz en las capitales, en los pueblos entierran a los líderes. Mientras se firman acuerdos, se rompen cuerpos. Mientras se habla de reconciliación, se asesina la palabra.

Fabio no era guerrillero. No era enemigo de nadie. Era un hombre del común, con botas sucias de barro y manos limpias de crimen. Lo mataron porque hablaba. Porque organizaba. Porque no se arrodillaba.

Y los que lo mataron —con fusil o con omisión— sabían muy bien lo que hacían.

A Fabio lo asesinaron. No nos vengan con eufemismos. No nos pidan calma. No nos pidan silencio.

El país no puede seguir enterrando a sus líderes como si fueran una estadística más. El silencio, también, es cómplice.

Por Prensa Justicia & Dignidad

Willy David y sus perros: una historia real de horror en Colombia

Por el camino polvoriento que lleva al relleno sanitario de Los Cocos, en la vereda La Concordia, el monte crece en silencio. No hay casas cerca, sólo viento y basura. Allí, entre hojarasca seca y bolsas plásticas que el tiempo no ha querido digerir, apareció el cuerpo de Willy David Pérez Quiroz. Estaba tendido como si hubiese caído de espaldas mirando al cielo, con las manos abiertas, como quien ya no puede explicar nada. A su lado, los cuerpos quietos de sus tres perros. Uno de ellos —decía alguien que lo conocía— se llamaba “Negrito”.

A Willy lo mataron el sábado 19 de julio, pero la historia de su muerte no comenzó ese día. Viene de antes, como suelen empezar las tragedias en este país que no olvida las deudas de sangre. Willy tenía 45 años y era líder comunitario en Cartagena. Presidía la Junta de Acción Comunal del sector Zarabanda, en Olaya Herrera, donde se movía entre mingas, siembras urbanas y consejos de vecinos que no sabían a quién más acudir cuando el barrio se llenaba de huecos o de miedo.

Era oriundo de San Onofre, Sucre, un lugar que también conoce de entierros prematuros y promesas de tierra truncadas. En su rostro había siempre un gesto de terquedad noble, esa que da la lucha diaria por un barrio olvidado. Era de los que hablaban claro en las reuniones, de los que alzaban la voz sin necesidad de gritar. De los que nunca dejaron de creer en el poder del pueblo, aunque el Estado mirara para otro lado.

Pero su historia, como la de muchos, fue ensombrecida por un pasado que no era del todo suyo. Hace años, su hermano fue señalado de asesinar a su esposa. Nadie sabe con certeza qué pasó, pero desde entonces a Willy le tocó cargar con un apellido que se volvió maldición en algunos rincones. Las amenazas comenzaron a llegar como cartas sin remitente. Una mirada torcida, un rumor, una advertencia al oído. Hubo un tiempo en que tuvo que irse del barrio. Se volvió un exiliado en su propia ciudad.

El sábado lo hallaron muerto. Con él, sus perros. Alguien dejó una nota, escrita a mano, como se escriben las venganzas en este país de machetes y cicatrices: “Venganza hermana por hermano”. No hubo firma. No hizo falta. El mensaje era claro y cruel: esto no fue un robo ni un accidente. Fue una ejecución.

Lo que duele —y duele hondo— no es sólo la muerte de un hombre bueno. Es también el silencio con que lo mataron. El eco que deja su ausencia en una comunidad que hoy camina despacio, como si el miedo se hubiese vuelto espeso. Los niños ya no juegan en la esquina de Zarabanda. Las reuniones de la Junta se suspendieron. Hay luto, sí. Pero también hay rabia. Porque matar a un líder es cortar el árbol que daba sombra en la plaza.

Y los perros… Ah, los perros. Nadie sabe exactamente por qué los mataron también. Quizás porque eran su sombra. Porque lo acompañaban a todas partes. Porque eran testigos. O tal vez —y esta es una sospecha que no se puede descartar— porque el odio en Colombia ya no distingue ni siquiera entre humanos y animales.

Willy David no saldrá en los noticieros por más de un día. Quizás no le dediquen un minuto en el Congreso ni en el despacho del alcalde. Pero su muerte es un espejo de este país que se desangra en los márgenes. Un país donde aún hay quienes siembran, organizan, reclaman, sueñan. Y también hay quienes los matan por eso.

Queda el monte. Queda el camino polvoriento. Y quedan los tres perros, que ahora duermen junto a su amo, como si fueran parte del mismo destino.

Por Justicia & Dignidad

¡Nos falta una, nos faltan todas!

En Colombia están desapareciendo niñas. Y nadie hace nada.

No es exageración. Es real: niñas de 13 a 16 años que salieron de casa y no volvieron. Tienen nombre, rostro, sueños, una madre que llora, una cama intacta esperando.

María Paula Artunduaga (13 años) — 25 de mayo. San Vicente del Caguán, Caquetá. Subió a un taxi con otra niña y un hombre. No volvió.

Zhaida Dayana Briñez (15 años) — 18 de mayo. Usme, Bogotá. Desapareció sin dejar rastro. Su nombre ni circuló.

Helen María Tejada (14 años) — 30 de mayo. Colegio Villa del Progreso, Usme. Salió con su bolso rosado. Nadie la ha vuelto a ver.

Horiannys Hernández (14 años, venezolana) — 31 de mayo. Fontibón, Bogotá. La vieron caminando por última vez.

Irlanda Méndez Daza (14 años) — 31 de mayo. Aguazul, Casanare. Iba rumbo a Villavicencio. Su madre busca sin descanso.

Isabella Usse (14 años) — 3 de junio. Buenos Aires, Medellín. Brackets, cicatriz en el labio. Se la tragó la ciudad.

Karen Valeria Quevedo (15 años) — 3 de junio. Cáqueza, Cundinamarca. Se bajó de una bodega. Y desapareció.

Nicole Guevara Cadena (16 años) — 5 de junio. Bucaramanga. Salió del colegio. Hay mensajes anónimos que dicen que no volverá.

María José Hernández (13 años) — 3 de junio. Cali. Por fortuna, ya apareció. Su caso recuerda que cada día cuenta.

Mientras las desapariciones crecen, el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz grita. Y no lo escuchan.

El ICBF no es refugio. Muchas adolescentes huyen de sus centros por los tratos que reciben. Las Consejerías de Mujer y Derechos Humanos están desconectadas. La Fiscalía pierde denuncias o no actúa. Los mecanismos de búsqueda se activan tarde —o nunca.

Este país está dejando perder a sus niñas. Está fallando en su deber más básico: proteger la infancia.

Nos falta una. Nos faltan todas. Y no dejaremos de nombrarlas.

Si sabes algo, comunícate: movimientodemadresymujeres@gmail.com, +57 316 8860675

#NosFaltaUna

#NosFaltanTodas

#NiñezEnRiesgo

#ColombiaDespierta

#ICBFReformaYa

 

El sicario tenía 15 años

El siete de junio no fue un día distinto a los demás en Colombia. El sol pegaba duro en el sur, rajando techos y calentando las calles polvorientas donde la infancia juega con lo poco que tiene: piedras, balones desinflados y sueños rotos. Fue una tarde luminosa, sin lluvia, pero cargada de esa electricidad espesa que antecede al estruendo. Y estalló: atentaron contra la vida del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay.

El país se sacudió. Las redes sociales ardieron. La derecha apuntó a la izquierda. La izquierda respondió que era una estrategia de la misma derecha, un autoatentado, un movimiento electoral vil. El nombre de la senadora María Fernanda Cabal salió a relucir, junto con las afirmaciones incendiarias que había hecho contra Uribe Turbay por los excesivos gastos de su campaña y sobre todo desde que el mismísimo Álvaro Uribe Vélez lo designó como cabeza de lista en las elecciones del Senado. Nadie hablaba con certezas. Todos hablaban con rabia.

Algunos sectores de izquierda fueron claros: rechazaron el atentado, pidieron garantías para todos los precandidatos. Fue un gesto sensato, necesario, pero insuficiente. Porque, en medio del griterío político, los más oportunistas hicieron lo de siempre: le echaron la culpa a Petro. Y mientras el senador herido se debatía entre la vida y la muerte, Vicky Dávila, sin rubor, encabezaba los gritos de “¡Fuera Petro!” frente a la clínica. Como si el odio necesitara testigos.

Sí hubo una alocución presidencial. Seria, institucional. El presidente expresó solidaridad con la familia Uribe Turbay, canceló su viaje a Francia y condenó el atentado. Pero no logró calmar el clima enrarecido. Sus palabras, aunque prudentes, no bastaron para enfriar un país incendiado por la sospecha.

Nadie —entre toda esa niebla de discursos, trinos y cámaras— habló del otro protagonista de este drama: un niño de quince años. Un menor de edad que disparó y huyó a pie. Que confesó que le pagaron por hacerlo. Que, según algunas fuentes, ahora está en riesgo de ser asesinado porque ya sabe demasiado.

El sicario era un niño. Y Colombia, otra vez, prefiere matarlo que protegerlo.

Sí, fue un menor de edad el que jaló el gatillo. Un sicario adolescente que confesó haber recibido dinero para hacer el trabajo. Lo hizo a pie, como quien va a la tienda por un encargo. Lo detuvieron corriendo, con el miedo tatuado en los ojos y el cuerpo liviano de quien apenas empieza a crecer. No era un monstruo. Era un niño usado como instrumento. Como lo son hoy cientos, miles, de menores que la guerra, la mafia y la política han reclutado y olvidado.

Colombia ha fallado como nación porque ha abandonado a su infancia. La ha dejado a merced de fusiles, pandillas, clanes y padrinos que los usan, los queman y los tiran. Más de 800 niños y adolescentes están al servicio de las redes del crimen, como soldados sin bandera, como huérfanos de patria.

Este atentado no es solamente un hecho político. Es un síntoma de la descomposición profunda que nos atraviesa. Es el retrato de una sociedad que ya no se inmuta porque un niño mate. Es la evidencia brutal de que estamos exterminando nuestro futuro sin pestañear.

Miguel Uribe Turbay salvó la vida. Pero el país sigue herido. Y el niño que disparó es la herida abierta que nadie quiere mirar.

Nos estamos disparando a nosotros mismos. Y lo más grave no es que el tiro duela. Es que ya no duele.

Por Sofía López, abogada y periodista de la Corporación Justicia e Dignidad del Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz.

¿Dónde está José Francisco Valle? Una crónica para no olvidar en el Día Mundial del Medio Ambiente

Por los caminos de niebla y espanto que descienden desde Cali hacia el Pacífico, por la ruta antigua El Queremal-Buenaventura, desapareció el pasado 1º de mayo el agroecólogo costarricense José Francisco Valle. Hoy se cumplen 36 días de su desaparición. Y aunque hizo varias llamadas antes de esfumarse, en una de ellas dijo algo claro, algo grave, algo que no se puede pasar por alto: estaba siendo extorsionado por miembros de la Policía Nacional.

Lo dijo con su propia voz. Lo escucharon personas cercanas. Lo reportaron. Y sin embargo, desde entonces, nada ha pasado. O peor aún, lo que ha pasado es el silencio.

Este 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, sus amigos y familiares hacen pública esta denuncia, porque mientras los gobiernos hablan de sustentabilidad y verde, ellos buscan a un hombre que sembraba futuro y al que el país le ha dado la espalda. Un hombre que recorría Colombia asesorando proyectos de cacao y agroecología, que se hospedaba en cuartos alquilados y dormía poco para recorrer mucho. Un hombre prudente, generoso, comprometido con la tierra.

Su última ubicación conocida fue una llamada desde la zona rural del municipio de Dagua, en la vía vieja que conecta El Queremal con Buenaventura. Dijo que lo tenían retenido. Que eran policías. Que lo estaban extorsionando. Y luego, el silencio.

Lo extraño es que la Policía afirma saber desde qué vereda se hizo la llamada, pero se niega a dar esa información. ¿Por qué? ¿Qué esconden? ¿Por qué se han tardado más de un mes en hacer algo tan básico como rastrear una llamada? ¿Qué intereses se interponen entre José Francisco y su derecho a aparecer con vida?

La moto en la que viajaba, una XRE-190 roja, placas CPQ81F, tampoco ha sido hallada. Él se hospedaba en la carrera 6 #3-32 de Cali, en un lugar que no figura como hostal, una casa con vecinas que recibieron esa última llamada. Ahora la policía las investiga, pero no avanza en lo esencial: la búsqueda real del desaparecido.

Desde el primer momento, la versión oficial ha sido turbia, contradictoria e inverosímil: que salió el 30 de abril en la noche, que fue el 1º en la mañana, que quizás iba “a ver un charco”… pero todos quienes lo conocían insisten: José Francisco era prudente y nunca se habría arriesgado sin razón, y menos ese día.

Este no es solo un caso de desaparición. Es un caso de violación a los derechos humanos por parte del Estado colombiano. Porque cuando una persona denuncia que está siendo extorsionada por agentes de la fuerza pública, y 36 días después no hay rastro suyo, y la información es ocultada, lo que hay no es una investigación: es encubrimiento.

José Francisco Valle debe aparecer con vida. La sociedad civil exige verdad y acción inmediata. Cualquier información puede dirigirse al número +593 99 900 1377 o al correo huertaschayamansa@gmail.com

Hoy, Día del Medio Ambiente, se alza una voz por la vida. La tierra que él cuidaba hoy lo reclama. Los amigos que lo aman hoy lo buscan. Y Colombia entera tiene la obligación de responder.

¿Dónde está José Francisco Valle?

¿Por qué la policía no quiere decir la verdad?

¿Qué están escondiendo?

Por Prensa Justicia & Dignidad