Netanyahu como modelo: la derecha colombiana y su plan de un genocidio a la colombiana

En Colombia, la derecha no gobierna: imita. Y su espejo favorito es Israel.

Álvaro Uribe vio allí lo que siempre soñó: un Estado que se llama “democracia” mientras encierra, expulsa y bombardea poblaciones enteras. Si Netanyahu combate a Hamas, Uribe combatía a las FARC. Si Israel compra legitimidad a punta de lobbies en el exterior, Colombia compra drones y radares para bendecir la “seguridad democrática”.

La veneración es transversal: Paloma Valencia, María Fernanda Cabal y el Centro Democrático recitan de memoria el catecismo pro-israelí. Cualquier crítica a Tel Aviv se responde con la misma fórmula: “terroristas” de allá, “terroristas” de acá, y mano dura para ambos. Hasta acción judicial metieron contra Petro por expulsar diplomáticos israelíes, como si la Embajada en Bogotá fuera más importante que el Congreso de la República.

El expresidente Iván Duque completó el álbum en agosto de 2025, cuando viajó sonriente a Jerusalén para posar con Netanyahu. Fue la postal perfecta: dos hombres señalados por crímenes de Estado, celebrando “amistades eternas” y rodeados de banqueros como Gabriel Gilinski. En vez de protocolo diplomático, parecía un reencuentro de viejos socios de negocios.

La prensa cómplice no se queda atrás: Vicky Dávila celebró la compra de drones israelíes como si fueran el último iPhone en promoción, sin decir que son las mismas armas que arrasan Gaza. Para ella, el shopping militar en Tel Aviv es “defensa de la democracia”.

Y en el show político, Miguel Polo Polo no falla: jura que Israel es “nuestro hermano mayor” y sueña con que Colombia copie su “modelo de seguridad”. Claro, ese modelo incluye colonias ilegales, bloqueos y bombardeos contra civiles. ¿Será que también quiere muros de separación en el Cauca o la Guajira?

Pero lo más grave no son las fotos ni las frases, sino las promesas:

Paloma Valencia sugirió que comunidades indígenas que protesten se queden sin agua, comida y transferencias. ¿Les suena familiar? Es el manual de Gaza: castigo colectivo hasta la inanición.

María Fernanda Cabal proclamó que “ser de izquierda debería ser ilegal”. Netanyahu estaría orgulloso: ilegalizar partidos y perseguir disidentes es parte del combo.

Abelardo de la Espriella pidió “destripar” a la izquierda. No es simple metáfora: es la versión criolla de las ejecuciones extrajudiciales israelíes.

La similitud es obscena: lo que Netanyahu ejecuta en Palestina con bloqueos, colonias y bombardeos, la derecha colombiana sueña con aplicarlo aquí contra indígenas, sindicalistas y opositores. El uribismo y sus satélites ven en Israel no solo un aliado, sino un modelo: el genocidio como política de seguridad.

Y que nadie se llame a engaño: si esta derecha llega al poder con esas ideas y ese lenguaje, ejecutarán al pie de la letra su propio “apartheid a la colombiana”. Marcarán al enemigo interno como ilegal, le cortarán el agua y la comida, lo desplazarán de sus territorios y, llegado el caso, lo aniquilarán. Lo dicen ellos mismos: criminalizar la izquierda, dejar sin recursos a los pueblos, “destripar” a la oposición.

En resumen: la derecha colombiana idolatra a Israel porque quiere ser Israel. Y si llega al poder, tendremos nuestra propia versión de Gaza en los Andes.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Colombianas retenidas por Israel en la Flotilla Global Sumud: exigencia de libertad inmediata y fin del genocidio en Gaza

En altamar, bajo la noche cerrada, los barcos israelíes cayeron sobre la Flotilla Global Sumud.

A bordo del HIO quedaron retenidas Manuela Bedoya y Luna Barreto, dos colombianas que no llevaban fusiles ni pólvora: cargaban leche en polvo, medicinas, un poco de pan para Gaza.

Son defensoras de la vida, no políticos de escritorio. No son Uribe, que bendijo la impunidad de la Mavi Marmara, ni Duque, que se abrazó con Netanyahu mientras Palestina sangraba.

Desde Colombia se grita lo obvio: si bloquean la ayuda humanitaria, bloqueemos el negocio. La ANDI, que posa de neutral, sostiene vínculos con la misión económica de Israel.

La solidaridad no se tuitea: se camina, se grita, se planta frente a las puertas del poder.

Hoy exigimos la libertad inmediata de Manuela y Luna y el fin del genocidio contra el pueblo palestino.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

A dos días de Gaza: la verdad sobre la Flotilla Sumud y las mentiras de Israel

Los poderosos no disparan solo balas. Disparan también mentiras.

El Ministerio de Defensa de Israel lo hizo de nuevo: tomó fotos de hombres que nada tienen que ver con Hamas y los presentó como terroristas. Uno de ellos ni siquiera es palestino: es George Galloway, un político británico conocido en todo el mundo. Pero la verdad nunca ha sido obstáculo cuando lo que se busca es fabricar excusas para la violencia.

¿Por qué tanta prisa en inventar enemigos?

Porque la Flotilla Sumud está a solo dos días de llegar a Gaza. Lleva medicinas, alimentos y solidaridad para un pueblo cercado por un bloqueo que dura ya 18 años, un bloqueo que convierte la vida cotidiana en una prisión a cielo abierto.

Los barcos militares de España, Italia, Turquía y Grecia, que han acompañado en parte el recorrido, ya anunciaron que se retirarán antes de las 120 millas náuticas, porque “no quieren entrar en aguas israelíes”. Pero esas aguas no son israelíes: son palestinas, reconocidas como tales por más de 155 países en la ONU. Al abandonar antes, esas naves no protegen: dejan sola a la flotilla en el tramo más peligroso, el momento en que Israel puede atacar con total impunidad.

La historia no es nueva. En 2010, la Mavi Marmara también navegaba hacia Gaza. Fue asaltada en altamar, y soldados israelíes asesinaron a nueve personas. ¿Qué pasó después? Se nombró una comisión “investigadora”. ¿Quién la presidió? Álvaro Uribe Vélez, un expresidente colombiano recordado por su propio prontuario de crímenes y silencios. El resultado fue el esperado: se justificó al agresor y la masacre quedó en la impunidad.

Ese precedente es la sombra que hoy pesa sobre la Sumud. Primero la mentira —“son de Hamas”—, después la violencia, luego la coartada escrita por algún otro “investigador” dócil, y al final, el olvido.

Por eso el mundo debe estar alerta. La flotilla Sumud no es un ejército: es un gesto humano. Si la atacan, no solo atacan a quienes viajan en ella, atacan el derecho de todos a romper el cerco del silencio.

Que no nos engañen otra vez.

Que no vuelvan a matar bajo la sombra de la mentira.

No perdamos de vista a la flotilla Sumud.

Y no dejes de hablar de Palestina.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Trump, Netanyahu y Blair: el plan de paz cínico que encubre el genocidio en Gaza y demuestra la impunidad en la ONU

La reciente propuesta de Donald Trump, presentada junto a Benjamin Netanyahu y acompañada por la figura de Tony Blair, es presentada como un “plan histórico” para poner fin a la guerra en Gaza. Sin embargo, basta un mínimo análisis para concluir que se trata de una maniobra cínica, oportunista y ridícula, más cercana a un espectáculo político que a una solución real.

Trump habla de paz, pero lo hace desde la misma lógica imperial que avala guerras preventivas y ocupaciones. Netanyahu, señalado en todo el mundo como responsable de crímenes de guerra y de un genocidio que ya supera los 65.000 asesinatos en Gaza, es recibido en Washington con alfombra roja, aplausos y honores, como si los ríos de sangre fueran un motivo de celebración. Blair, cuyo legado quedó manchado por la ilegal e inmoral invasión a Irak en 2003, se suma al coro como si tuviera alguna credibilidad moral para “verificar la paz”. ¿De qué paz hablan quienes han hecho de la guerra un negocio y de la muerte un espectáculo político?

El plan exige que Hamas se desarme y entregue el control político de Gaza, mientras Israel solo ofrece una retirada escalonada y la “posibilidad” de no anexar Cisjordania. En otras palabras: se pide la rendición incondicional de un pueblo bajo asedio, sin garantías de derechos, justicia ni soberanía. No es un proyecto de paz, sino una imposición colonial maquillada de diplomacia.

El oportunismo es evidente: Trump busca capitalizar políticamente la guerra en un año donde su figura se tambalea en la arena internacional. Netanyahu intenta legitimar su ofensiva brutal con el respaldo de Washington. Blair reaparece para dar una pátina de “seriedad internacional”, como si su historial no estuviera marcado por la complicidad en violaciones de derechos humanos.

Este plan no detendrá la violencia, la profundizará. No busca atender el sufrimiento de la población civil palestina, sino administrarlo bajo nuevas formas de control. No abre el camino hacia la justicia, sino hacia una normalización del genocidio en nombre de la “seguridad de Israel”.El cinismo se profundiza en la propia estructura de Naciones Unidas. Estados Unidos ha ejercido ya seis veces su derecho de veto en el Consejo de Seguridad para bloquear resoluciones que pedían un alto al fuego en Gaza y Palestina, demostrando que ese órgano se ha convertido en una alcahuetería al servicio del poder y no en garante de la paz mundial. Resulta incomprensible que Netanyahu, con una orden de captura de la Corte Penal Internacional al igual que Vladimir Putin, haya tenido tribuna en la ONU. Putin no fue precisamente por esa razón, pero Netanyahu fue recibido como si no existiera la justicia internacional. Noruega ha exigido su captura, mientras que el presidente de Irlanda ha propuesto algo aún más radical: que los países que venden armas y sostienen guerras no tengan derecho a voto en Naciones Unidas, una verdad incómoda que desnuda la hipocresía del sistema multilateral.

La única salida para frenar el genocidio en Gaza no es otra farsa diplomática, sino judicializar a los responsables. Netanyahu debe ser detenido, pero también Donald Trump y Joe Biden deben ser procesados por su participación y complicidad en la maquinaria de exterminio. La ONU debería expulsar a los Estados que sostienen estas políticas criminales, entregar el poder decisorio a la Asamblea General y poner fin al chantaje del Consejo de Seguridad, que se ha revelado como un instrumento de impunidad.

El plan de Trump, Netanyahu y Blair es más que una farsa: es un insulto a las víctimas, una operación de propaganda para encubrir un genocidio en curso. La historia lo juzgará como lo que es: una orquesta de oportunistas cínicos y ridículos que, en lugar de frenar la barbarie, terminarán profundizándola.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

¿Por qué el uribismo defiende tanto a Israel?

En Colombia no sorprende que el uribismo salga en coro a defender a Israel cada vez que se denuncian sus crímenes de guerra. Lo han hecho con Gaza, lo hicieron en la ONU, lo repiten en cada entrevista. Pero ¿de dónde viene esa fidelidad ciega?

Un espejo en el Medio Oriente

Para Álvaro Uribe, Israel es un reflejo de su propio proyecto político: un Estado que se presenta como democracia asediada por “terroristas” y que responde con mano de hierro. Durante sus gobiernos, Colombia compró armamento y tecnología militar israelí: drones, radares, aviones de inteligencia. Se tejieron alianzas de inteligencia, se compartieron manuales de contrainsurgencia.

La narrativa era idéntica: “ellos enfrentan a Hamas, nosotros a las FARC”. En ese espejo, Uribe encontró no solo un aliado estratégico, sino un socio ideológico.

La Flotilla de la Libertad

La madrugada del 31 de mayo de 2010, en aguas internacionales, comandos israelíes abordaron violentamente seis barcos de la llamada Flotilla de la Libertad. Llevaban 10 mil toneladas de ayuda humanitaria hacia Gaza, bloqueada desde 2007. En el Mavi Marmara, el mayor de los barcos, los soldados abrieron fuego: nueve activistas murieron, decenas quedaron heridos.

Los testimonios hablaron de ejecuciones, disparos a quemarropa, golpes brutales. Las imágenes recorrieron el mundo: hombres desarmados recibiendo balas por desafiar un bloqueo que ya para entonces era catalogado por juristas como un castigo colectivo ilegal.

La jugada de la ONU

La indignación internacional obligó a Naciones Unidas a crear una comisión investigadora. Lo increíble vino después: Ban Ki-moon nombró como vicepresidente nada menos que a Álvaro Uribe Vélez, recién salido de la presidencia de Colombia, famoso por los falsos positivos, las chuzadas del DAS y las masacres encubiertas.

El nombramiento fue celebrado por Israel. Denunciado por ONG y defensores de derechos humanos. “Un zorro cuidando el gallinero”, decían. ¿Cómo podía un hombre acusado de encubrir crímenes de Estado en Colombia investigar a un Estado acusado de masacrar civiles en altamar?

El veredicto nefasto

Un año después, en septiembre de 2011, salió el informe de la llamada Comisión Palmer. El resultado fue indignante:

Declaró “legal” el bloqueo marítimo a Gaza, pese a que la comunidad internacional lo señalaba como castigo colectivo.

Admitió que Israel usó “fuerza excesiva e irrazonable”, pero lo relativizó, culpando también a los activistas por “imprudentes”.

Recomendó compensaciones y mejorar relaciones diplomáticas entre Israel y Turquía.

En resumen: un baño de impunidad envuelto en lenguaje diplomático. La masacre quedó relativizada, el bloqueo legitimado. Turquía rechazó el informe. Israel sonrió. Y Uribe cumplió el papel para el que lo habían llamado: blanquear un crimen con sello de Naciones Unidas.

La voz de Uribe

Desde entonces y hasta hoy, Álvaro Uribe no ha dejado de defender a Israel. Condena a Hamas, justifica bombardeos, habla de “democracias atacadas por terroristas” como si se tratara de un libreto repetido. Llama irresponsables a quienes critican a Tel Aviv. Exige reconstruir relaciones diplomáticas con Israel cada vez que se tensan.

Su fidelidad no es gratuita: es ideológica, militar y económica. Israel le vendió armas, le ofreció inteligencia, y sobre todo, le dio un espejo para justificar la doctrina del exterminio con discurso de seguridad.

Dos caras del mismo genocidio

Uribe y Netanyahu son hijos de la misma lógica: la de gobernar con miedo, deshumanizar al enemigo, convertir la seguridad en excusa para la barbarie. Uno en Palestina, otro en Colombia. Ambos con sangre civil en las manos, ambos defendiendo la violencia de Estado como única política.

Por eso el uribismo defiende tanto a Israel: porque al defenderlo, se defiende a sí mismo.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Por qué el mundo celebra el discurso de Petro en la ONU y la derecha se enfurece

El 23 de septiembre, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, un hombre de Colombia habló como si hablara por la tierra entera. Dijo lo que había que decir.

Nombró el genocidio de Gaza sin miedo, como quien llama a la muerte por su nombre para que deje de rondar en silencio. Les dijo a los señores de corbata que en sus manos está la sangre que corre, que las bombas que caen tienen sus marcas de fábrica, que el hambre es el negocio más rentable de sus bancos.

Les recordó que los narcos no viven en las montañas ni en los barrios pobres, sino en las bolsas de valores. Que el gran cartel del mundo lleva traje, viaja en avión privado y redacta las leyes que condenan a los campesinos que siembran coca para sobrevivir. Les dijo que ellos —los que pontifican sobre democracia— son los que financian guerras, destruyen selvas, envenenan ríos, y nos empujan al abismo con su codicia.

La mitad de la humanidad sintió orgullo. Porque alguien habló por los que no tienen voz, por los niños que mueren bajo los escombros, por las mujeres que entierran a sus hijos, por los pueblos que no salen en las noticias. Orgullo porque alguien tuvo la osadía de pararse en el club de los poderosos y gritarles en la cara lo que todos sabemos: que su orden mundial es un cementerio, que su paz es la paz de los sepulcros.

En Colombia, los que viven de la guerra chillaron. Los tibios, que siempre buscan un punto medio entre la vida y la muerte, se escandalizaron. Los radicales, que tienen las manos manchadas de pólvora y cocaína, se rasgaron las vestiduras. Les duele. Les duele porque Petro les mostró el espejo: porque sin guerra se les acaba el negocio, sin sangre se les acaba el poder, sin miedo se les acaba el discurso.

Petro dijo lo que tenía que decir. Lo que Bolívar hubiera dicho si el micrófono lo hubiera esperado. Lo que Galeano hubiera escrito con lágrimas de rabia y tinta de esperanza. Lo que todos los pueblos libres del Sur quisieran gritar.

Ese día, por un instante, el mundo dejó de ser sordo. Y el eco de esas palabras seguirá golpeando los muros de la ONU hasta que los derribe.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Álvaro Leyva y su golpe de Estado en cámara lenta

Álvaro Leyva, exministro de cancillerías y de intrigas, anda en plan libertador. Pero no de países ni de pueblos: libertador de sí mismo. Se ha propuesto tumbar al presidente Gustavo Petro con la única arma que le queda: la papelería. Cartas, denuncias, memorandos, comunicados. Una conspiración de oficina, con más timbre notarial que pólvora.

Leyva acusa a Petro de todo: de estar loco, de ser adicto, de no gobernar. Y cada vez que lo repite, sube el tono, como quien grita para convencerse a sí mismo. Ha llegado incluso a enviar denuncias a Estados Unidos, porque, al parecer, aquí los jueces no lo escuchan lo suficiente. Un golpe de Estado tercerizado, made in Washington.

Lo curioso es que a Leyva nadie lo toca. La Procuraduría lo inhabilita diez años, sí, pero él sigue pontificando como si nada. Se le abren micrófonos, se le dedican portadas, se le trata con la solemnidad de un estadista. Mientras tanto, líderes sociales son asesinados por tener menos audacia que él al hablar.

En Colombia, la impunidad no es un defecto: es un privilegio. Y Leyva lo disfruta. Se disfraza de demócrata, mientras conspira; se dice víctima, mientras maquina. Es, en el fondo, un político clásico: de esos que pierden el poder y deciden incendiar la casa porque ya no tienen la llave.

Así va su golpe: lento, aburrido, en cámara lenta. No habrá tanques en la Plaza de Bolívar, ni generales en la televisión. Habrá cartas. Muchas cartas. Y un país entero mirando con indiferencia cómo un hombre de saco y corbata intenta tumbar un presidente con tinta y rencor.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

¡Viva la U!

En Colombia, la universidad pública ha sido como un barco viejo que navega a duras penas en aguas turbulentas. Desde hace más de treinta años, la Ley 30 de 1992 le marcó el rumbo, pero el viento en sus velas —el presupuesto— nunca alcanzó para sostener el viaje. Año tras año, el Estado aumentaba los recursos apenas con el IPC, ese índice que mide cuánto suben en general los precios en el país. Pero la universidad no vive solo de arroz y panela: necesita laboratorios, bibliotecas, tecnología, investigación, sueldos dignos, infraestructura. Por eso, mientras los costos de la educación subían como la espuma, los aportes del Estado apenas caminaban. Y la deuda con la universidad creció hasta volverse un lastre.

La reforma aprobada en el Senado busca soltar ese ancla. Propone que, en lugar de aumentar la plata con el IPC, se use un nuevo indicador: el Índice de Costos de la Educación Superior (Ices), diseñado por el DANE para medir lo que en realidad cuesta educar. Es decir, ahora el Estado ya no mirará cuánto subió la papa o la gasolina, sino cuánto aumentó el precio de sostener una universidad. Esa sola decisión ya es un giro histórico, porque reconoce que la educación superior es un mundo con reglas propias, distinto al resto de la economía.

Pero no se queda ahí. La reforma también dice que el país debe invertir hasta el 1% del PIB en educación superior pública. Suena frío cuando se dice así, en números, pero en la práctica significa más profesores, más becas, más cupos, más ciencia, más arte. En otras palabras: más futuro. Además, incluye a las instituciones técnicas y tecnológicas que habían estado por fuera de la fiesta, como si fueran hermanas menores que nunca invitaron a la mesa. Ahora ellas también tienen un lugar asegurado en el banquete presupuestal.

Otro detalle importante es la vigilancia. La plata es del pueblo y debe volver al pueblo en forma de educación. Por eso, la reforma abre la puerta a que estudiantes, profesores y comunidades creen veedurías ciudadanas para cuidar que los recursos no se pierdan en el bolsillo de unos pocos. Porque de nada sirve aumentar la olla si alguien se la come a escondidas.

Claro, esto no es todavía la meta. Apenas se ganó un segundo debate en el Senado. Faltan dos más en la Cámara de Representantes para que la reforma se convierta en ley. Y en el camino siempre están los intereses que buscan frenar los cambios. Pero lo aprobado ya marca un paso adelante: por primera vez en décadas, el Estado empieza a reconocer que la universidad no puede seguir parchando con migajas.

Si este cambio llega a puerto, será una bocanada de aire fresco para millones de jóvenes que hoy miran la universidad como un sueño lejano. Será también un alivio para los profesores que enseñan con las uñas, y para las instituciones que resisten con paredes agrietadas. No es una solución mágica, pero sí un comienzo digno.

Al final, esta reforma no es solo cuestión de plata: es un gesto político y cultural. Es la manera de decirle a los hijos de este país que su inteligencia vale, que su curiosidad importa, que la ciencia y el arte no son lujos, sino derechos. Y que un país que le invierte a la educación está sembrando esperanza, no deuda.

Por eso, desde las montañas hasta las ciudades, desde el Caribe hasta el Amazonas, hay que gritar con alegría: ¡Viva la U! ¡Viva la universidad, no la dejes, no la dejes privatizar!

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Paloma Valencia y su receta fascista: hambre y sed para los indígenas

Paloma Valencia parece empeñada en escribir un manual criollo de fascismo. No es exageración: primero propuso partir el Cauca en dos —un Cauca “para indígenas” y otro “con vocación de desarrollo”, dicho en Santander de Quilichao en 2015— como si la dignidad de los pueblos pudiera segmentarse en un mapa a conveniencia de los hacendados. Y ahora, en 2025, remató con la receta más brutal: quitar agua, alimentos y transferencias a los resguardos indígenas que respalden bloqueos. Es decir, sustituir el fusil por la inanición: dejar a miles de familias sin lo básico para vivir, con la firma del Estado como verdugo.

El problema es que estas no son simples frases de campaña. Son propuestas que constituyen violaciones flagrantes de derechos humanos. Se atenta contra el derecho a la vida, a la alimentación, al agua potable, además de vulnerar la igualdad, la participación política y la consulta previa reconocidos a pueblos indígenas por la Constitución y por convenios internacionales como el 169 de la OIT. Hablar de quitar comida y agua como “método de presión” no es política: es violencia institucional, es hambre programada.

Y no se trata solo de desconocimiento, sino de una lógica profundamente clasista y racista: los bloqueos de camioneros o de transportadores no se sancionan con sed ni con hambre; pero si son indígenas, entonces sí se les trata como ciudadanos de segunda, como estorbo a silenciar. Se legitima la idea de que unos tienen “vocación de desarrollo” y otros solo derecho a morirse callados.

El Centro Democrático, con estas banderas, no oculta su sueño: ser tan carniceros como los regímenes que admiran, gobernar a punta de miedo, exclusión y violencia. Y ahí está el peligro: normalizar que desde el Senado se propongan medidas que convierten al Estado en un verdugo contra sus propios pueblos. Porque detrás de cada “propuesta técnica” se esconde un proyecto de país donde el hambre, la sed y la exclusión son herramientas de gobierno.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La era está pariendo un corazón

En Gaza, entre cascotes y humo, nacen niños sin incubadora y madres sin leche.

La muerte es la partera.

Pero en otras tierras, otras manos, otros corazones laten con Gaza.

En Nueva York, en la Asamblea de Naciones,

Francia, Reino Unido, Canadá, Australia, Malta, Luxemburgo, Portugal, Bélgica…

alzan la voz: Palestina existe, Palestina resiste.

En Indonesia, un presidente promete 20.000 soldados para custodiar la paz cuando la guerra se rinda.

En Roma, Italia envía una fragata al Mediterráneo:

no para disparar,

sino para salvar a los barcos de la flotilla Sumud,

esos barcos que llevan pan y medicinas donde solo llegan bombas.

España ofrece su diplomacia como escudo.

Y más: aprueba sanciones contra Israel,

prohíbe el paso de armas en sus puertos y aeropuertos,

levanta la voz en Europa para suspender el pacto con un Estado que multiplica escombros.

En Italia, las calles también se levantan:

un paro general detiene trenes, puertos, fábricas.

El país se paraliza por Palestina.

Los sindicatos proclaman:

“Que el pan llegue a Gaza, que las armas se detengan”.

El humo de las protestas se mezcla con el humo de los bombardeos:

la solidaridad también arde.

Turquía y Egipto abren paso a las voces de sus pueblos,

que juntan trigo, mantas, agua.

Médicos viajan desde Estambul,

campesinos cargan donaciones en El Cairo,

jóvenes en las plazas de Madrid, Buenos Aires, Johannesburgo,

levantan pancartas que son más grandes que los muros.

En Londres, en Nueva York, en Berlín,

los hijos del exilio judío caminan junto a los hijos del exilio palestino.

Las manos se entrelazan.

Las gargantas gritan:

“No en nuestro nombre”.

Las cifras duelen más que el hierro:

65.000 muertos hasta ahora,

y la relatora de la ONU advierte:

si el hambre y el asedio no cesan,

podrían ser 680.000.

Un pueblo entero, borrado del mapa.

Y, sin embargo, el mundo insiste.

La humanidad no quiere ser cómplice de cementerios.

El Papa pide paz,

los sindicatos recogen víveres,

los poetas escriben con sangre y rabia.

Las calles vuelven a ser útero:

pariendo banderas, pariendo voces, pariendo corazones.

La era está pariendo un corazón.

Un corazón que no late en un solo templo,

ni pertenece a un solo dios,

ni habla una sola lengua.

Porque —como afirmó el presidente de Colombia—

el pueblo de Dios no es Israel.

El pueblo de Dios

es la humanidad entera,

que hoy sangra en Gaza,

pero que mañana, si logra salvarla,

habrá parido un corazón capaz de salvarse a sí misma.

 

Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad