Un parapolítico es presidente del Congreso

En Colombia la historia no pasa: se recicla con corbata.
Hoy, el Congreso está presidido por Efraín Cepeda, un veterano conservador que lleva más de tres décadas sentado en el Capitolio, mientras las víctimas siguen esperando verdad y reparación por los pactos que amarraron la política con la guerra.

En octubre de 2025, el exsenador Álvaro Ashton, uno de los hombres que conoció el poder desde dentro, rompió su silencio ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Dijo lo que el país sabía, pero no quería escuchar: que en las regiones el poder no se ganaba en las urnas, sino en los cuarteles de los paramilitares. Que los jefes del Bloque Norte de las AUC no solo desplazaban y asesinaban campesinos, sino que también financiaban campañas, movían contratos y decidían quién podía gobernar.

En su testimonio, Ashton mencionó a políticos y empresarios. Entre ellos, al hoy presidente del Congreso, Efraín Cepeda. Habló de “acuerdos” y “acercamientos políticos” en municipios bajo control paramilitar. Cepeda, por su parte, niega los vínculos. No ha sido condenado, pero las palabras de Ashton nos recuerdan que la parapolítica sigue vigente y preside el Congreso. La noche oscura del paramilitarismo no ha terminado aún.

Años atrás, el exjefe paramilitar Salvatore Mancuso lo había dicho con la frialdad de quien confiesa un secreto público: “El 35 por ciento del Congreso colombiano subió gracias al paramilitarismo.”

Y mientras las cifras se volvían nombres, el país conoció la palabra parapolítica: congresistas, gobernadores, alcaldes, empresarios. La lista fue larga. Y dolorosa.

El Partido Conservador, del cual Cepeda es figura histórica, tuvo varios de sus senadores condenados por vínculos con las AUC. No fueron los únicos, pero sí parte del engranaje que permitió que la guerra tuviera rostro institucional.

El Bloque Norte, bajo el mando de “Jorge 40” —con quien se ha vinculado a Cepeda en versiones ante la JEP—, extendió su dominio desde La Guajira hasta el Magdalena. En sus zonas de influencia, los candidatos que no se alineaban eran amenazados o desaparecidos. Los líderes sociales eran marcados como “enemigos” y las comunidades votaban bajo la sombra de un fusil.

Miles de víctimas aún buscan a sus desaparecidos. En esos mismos territorios, la maquinaria política siguió viva, reciclada, ahora vestida de legalidad.

Efraín Cepeda entró al Congreso a comienzos de los años noventa y desde entonces no ha salido. Ha sido presidente del Senado en varias ocasiones. Un político hábil, curtido en los pactos, sobreviviente de todos los cambios de gobierno. Representa a una clase dirigente que aprendió a navegar entre las ruinas del país y a mantenerse en el poder mientras otros pagaban los costos de la guerra.

Hoy, cuando Ashton habla ante la JEP y menciona los nombres de siempre, las víctimas sienten que el eco vuelve.
“Nosotras sabíamos quién mandaba en los pueblos”, dice una mujer desplazada del Cesar. “Solo que nadie quería escucharlo.”

En sus palabras no hay venganza, sino cansancio: el cansancio de ver que los nombres del pasado se repiten en los cargos del presente.

No hay condena, pero hay memoria.
Y en la memoria del Caribe colombiano, los jefes paramilitares y los caciques políticos fueron parte de la misma estructura: una que mató, despojó y gobernó a punta de miedo.

Por eso, cuando hoy un hombre de ese linaje ocupa la presidencia del Congreso, las víctimas sienten que la historia se burla.
Que el país no aprendió.
Que el horror, si no se nombra, regresa.
Y regresa en forma de parapolítico como presidente del Senado. Qué vergüenza.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Trump, Milei y el Nobel del Cinismo Universal

Alfred Nobel inventó la dinamita. Un día leyó su propio obituario por error —un periodista confundió a su hermano muerto con él— y quedó horrorizado: “El mercader de la muerte ha muerto”. Entonces, para limpiar su conciencia, dejó su fortuna destinada a premiar a quienes trabajaran por la ciencia, la literatura y, curiosamente, la paz.

La paz, nada menos, financiada por la dinamita.

Pero el testamento de don Alfred fue más claro que sus sucesores: el Premio Nobel de la Paz debía concederse a quien “hubiese hecho el mayor o mejor trabajo en favor de la fraternidad entre las naciones y la reducción de los ejércitos”.

Lo que vino después fue una tragicomedia nórdica: el galardón lo entrega un comité nombrado por el Parlamento noruego, un país que pertenece a la OTAN y exporta gas, armas y lecciones de hipócrita moral. Los cinco miembros del actual comité —del Partido Laborista, el Conservador y el ultraderechista Partido del Progreso— podrían reunirse perfectamente en un club de tiro al blanco. Son, literalmente, los guardianes del militarismo europeo decidiendo quién merece el premio “de la paz”.

Los actuales miembros del Comité Noruego del Nobel de la Paz (2024) son:

Jørgen Watne Frydnes – Partido Laborista (Arbeiderpartiet). Aunque se autodefine socialdemócrata, su partido ha apoyado las operaciones militares de la OTAN y la venta de armas a Israel y Arabia Saudita.

Kjersti Fløgstad – Conservadora (Høyre), cercana a la industria energética noruega. Defiende el “liderazgo moral de Occidente” y la participación noruega en alianzas militares.

Asle Toje – Partido del Progreso (Fremskrittspartiet), formación de ultraderecha antiinmigrante y euroescéptica; admirador confeso de Trump y crítico del feminismo.

Kristin Clemet – Conservadora (Høyre), exministra de Educación. Firme defensora de la privatización educativa y del libre mercado, además de promotora del intervencionismo “democrático” en el exterior.

Anne Enger – Partido de Centro (Senterpartiet), ruralista nacionalista, con posiciones tradicionalistas y un pasado de apoyo a políticas antimigratorias.

En conjunto, representan una Noruega que se proclama “neutral” mientras es miembro fundador de la OTAN, proveedor de gas y armas, y custodio de la moralina global.

Y así les ha ido.

En 1973 se lo dieron a Henry Kissinger, cerebro de la guerra de Vietnam y promotor del golpe de Pinochet. Dos miembros del comité renunciaron en protesta; el co-premiado vietnamita, Lê Đức Thọ, lo rechazó. Fue el primer Nobel de la Guerra, aunque no el último.

Después vino Menájem Beguin, responsable de la masacre de Deir Yassin antes de ser primer ministro de Israel; Barack Obama, que recibió el galardón por prometer paz mientras ampliaba la guerra con drones; y Aung San Suu Kyi, símbolo de la democracia en Myanmar, convertida luego en cómplice del genocidio rohingya.

Y, por supuesto, Abiy Ahmed, el “pacificador etíope” que, tras recibir el Nobel, encendió una guerra civil en Tigray.

La historia del Nobel de la Paz parece escrita por Kafka y dirigida por Tarantino.

El premio, que en teoría debía celebrar el desarme y la fraternidad, se ha vuelto el espejo invertido del mundo: mientras más bombas tiras, más posibilidades tienes de ganarlo.

Es como si Iván Duque, Zapateiro y Molano recibieran el Premio Nacional de Derechos Humanos después de bombardear niños reclutados y asesinar jóvenes durante el estallido social.

O como si les dieran el primer y el segundo puesto en garantías laborales a D1 y a Rappi.

Y ahora, la cereza del absurdo: María Corina Machado, figura de la derecha venezolana, que ha pedido públicamente una intervención militar extranjera para “liberar” a su país, es propuesta al Nobel de la Paz.

Sí: la misma que implora a Netanyahu —el carnicero de Gaza— y a Donald Trump —el predicador de muros y caza migrantes— que “salven a Venezuela a punta de misiles”.

A esa lógica delirante habría que seguirle el juego: que le den a Trump el Nobel de la Paz por bombardear lanchas en el Caribe de inocentes pescadores, y a Javier Milei el de Economía por dinamitar su propio Banco Central y regalarle la Patagonia a Netanyahu a cambio de nada.

El mundo, al parecer, se volvió una parodia escrita por un algoritmo y patrocinada por la OTAN.

Quizás habría que cambiarle el nombre.

Ya no es el Premio Nobel de la Paz, sino el Nobel de la Guerra Preventiva, el Nobel del Bombardeo Humanitario, o el Nobel del Cinismo Universal.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Justicia para las Madres de Soacha: la Corte cita a Miguel Polo Polo por ultrajar su homenaje

En Colombia, las madres no se rinden.

Cuando el Estado les arrebató a sus hijos, ellas aprendieron a hablar el idioma de la ausencia.

Les dicen las Madres de Soacha, o MAFAPO, y llevan más de quince años buscando justicia por los jóvenes que el Ejército presentó falsamente como guerrilleros muertos en combate.

Hace unos meses, esas mujeres instalaron frente al Congreso de la República, en la Plaza Rafael Núñez, una obra de memoria:

botas de caucho, pintadas y dispuestas como ofrenda.

Eran las mismas botas que los soldados les ponían a los cuerpos de sus hijos después de asesinarlos, para convertirlos en trofeos de guerra.

Las mismas botas que simbolizan una de las páginas más infames de la historia reciente: los falsos positivos.

La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) reconoció 6.402 víctimas, pero las cifras reales son mucho mayores.

Durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, se exigía a los oficiales del Ejército presentar “bajas en combate” como requisito para ascender.

Cada ascenso pedía 500 muertos.

Y en los cementerios del país reposan más de 25.000 cuerpos sin nombre, enterrados como guerrilleros NN.

Fosas comunes que no son de la guerra, sino de la impunidad.

En medio de ese altar de memoria llegó un congresista de extrema derecha: Miguel Polo Polo.

Llegó sin respeto, con cámaras y micrófono, y empezó a recoger las botas y meterlas en bolsas de basura, entre burlas, calificando el homenaje de “basura guerrillera”.

No eran botas, decía, sino “un montaje”.

Y con su gesto volvió a matar a los hijos de Soacha, esta vez simbólicamente.

El país entero lo vio.

Y el país entero calló demasiado tiempo.

Por ese acto, la Corte Suprema de Justicia citó a Miguel Polo Polo a indagatoria el 10 de octubre, acusado de hostigamiento y discriminación agravada contra las víctimas del conflicto armado.

Pero más allá de los códigos penales, su acción reveló algo más profundo:

el desprecio con que parte del poder mira a los pobres, a los jóvenes, a las madres que no se cansan de buscar.

Las Madres de Soacha no piden venganza.

Piden justicia, verdad y dignidad.

Piden que Colombia deje de enterrar su vergüenza en bolsas negras.

Que los responsables —militares, civiles y políticos— respondan.

Que la historia no se repita.

Porque lo que Polo Polo hizo no fue una simple falta de respeto.

Fue una infamia, un acto de odio contra quienes encarnan la resistencia moral de este país.

Las botas de caucho que él arrojó a la basura no eran basura:

eran testimonio.

Eran la prueba del crimen que el Estado quiso ocultar,

y el recordatorio de que todavía hay madres que caminan con el corazón lleno de nombres.

Un país que permite que se insulte así a sus víctimas es un país que aún no ha aprendido a mirar su propio espejo.

Pero esas madres, con su terquedad sagrada, seguirán alzando las fotos de sus hijos.

Seguirán hablando cuando todos callen.

Seguirán repitiendo la consigna que el poder teme escuchar:

“No más impunidad. No más olvido.”

Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz

El falso cese al fuego: Israel sigue bombardeando Gaza y reprime la solidaridad internacional

Mientras se anuncia con bombos y platillos un supuesto “alto al fuego” entre Israel y Hamas, la realidad sobre el terreno desmiente el discurso oficial. Horas después de firmado el acuerdo de la llamada “primera fase”, se reportaron nuevos ataques israelíes en distintas zonas de Gaza, especialmente en el norte, dejando claro que no existe una verdadera voluntad de detener la agresión.

La población palestina vive entre la esperanza frágil y la desconfianza acumulada por décadas de ocupación y promesas incumplidas. No es la primera vez que Israel utiliza treguas parciales para reacomodar sus fuerzas, mientras sigue asfixiando a la Franja con bloqueos y bombardeos selectivos.

A esto se suma la detención de más de 150 activistas internacionales que integraban una flotilla humanitaria con destino a Gaza. La embarcación fue interceptada ilegalmente en aguas internacionales por las fuerzas israelíes entre el 5 y 6 de octubre. Los activistas —que transportaban ayuda médica y alimentos— denunciaron maltratos, condiciones inhumanas de detención y deportaciones forzadas, en una clara muestra de cómo se castiga la solidaridad con el pueblo palestino.

Ni Estados Unidos ni Israel tienen credibilidad alguna en este proceso. Washington ha sido cómplice histórico del apartheid israelí, y hoy actúa como mediador parcial que respalda a su aliado estratégico. Por su parte, Hamas, lejos de representar una alternativa de liberación, fue originalmente tolerado e instrumentalizado por Israel para dividir al pueblo palestino y justificar su política de exterminio, según reconocen incluso exfuncionarios israelíes.

No hay paz real cuando se sigue bombardeando, bloqueando la ayuda y persiguiendo a quienes defienden la vida.

No hay neutralidad posible frente a un genocidio.

¡Palestina libre, ya!

Paren el genocidio.

¿Quién será el que confía tanto en Colombia? Spoiler: el Tesoro de Estados Unidos

En medio de titulares alarmistas y profetas del desastre económico, esta semana ocurrió algo que debería hacer que más de uno se detuviera a pensar: el Departamento del Tesoro de Estados Unidos compró pesos colombianos.

Sí, así como lo lee. No fue un banco cualquiera ni un especulador anónimo: fue nada menos que el guardián de las finanzas de la potencia mundial.

¿Qué significa eso?

Pongámoslo simple: el Tesoro de Estados Unidos vendió dólares y compró nuestra moneda local. Es como si un amigo multimillonario decidiera guardar parte de su fortuna en “pesitos” porque confía en que aquí no solo no se va a hundir, sino que puede irle bien.

Este tipo de operaciones no se hace por capricho. Estados Unidos no anda comprando pesos de cualquier país todos los días. Cuando lo hace, envía un mensaje claro a los mercados internacionales:

“Confiamos en la estabilidad y el potencial de esta economía”.

Un voto de confianza con efectos reales

Cuando un actor tan grande entra a comprar pesos, la demanda por nuestra moneda sube, lo cual fortalece su valor frente al dólar. En los días siguientes, la tasa de cambio en Colombia mostró una apreciación, y los inversionistas empezaron a mirar con otros ojos lo que antes solo veían con escepticismo.

Además, tener pesos en las arcas del Tesoro estadounidense significa que esa institución podrá realizar operaciones o proyectos en Colombia directamente en moneda local, lo que reduce riesgos y costos para ambos países.

Colombia: ni crisis terminal ni paraíso, pero va bien

Mientras algunos repiten que “la economía está quebrada” casi como un mantra político, los indicadores cuentan otra historia:

La inflación ha bajado progresivamente en 2025, acercándose a las metas del Banco de la República.

La inversión extranjera se ha mantenido sólida, especialmente en sectores energéticos y de tecnología.

El peso ha mostrado resiliencia, recuperando terreno frente al dólar después de dos años de volatilidad.

Y, pese a los pronósticos catastrofistas, el PIB sigue creciendo, aunque moderadamente.

No se trata de pintar un cuadro rosa ni de negar los retos —la pobreza y el desempleo siguen siendo desafíos—, pero este movimiento del Tesoro estadounidense es una señal contundente de que desde afuera también se percibe estabilidad y potencial.

Un gesto que habla más que mil discursos

En política económica hay declaraciones… y hay actos.

Y cuando el país más poderoso del mundo decide poner parte de su dinero en pesos colombianos, ese acto pesa más que cualquier rueda de prensa.

Este hecho revela que el discurso alarmista de la derecha se derrumba: incluso su aliado histórico, Estados Unidos, está apostando por la economía colombiana.

Petro lo está haciendo bien, y el mundo lo reconoce, aunque a algunos les cueste admitirlo.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Las guerras prefabricadas: cómo Israel contribuyó a la creación de Hamás y utilizó el 7 de octubre para justificar el Genocidio en Palestina

En el tablero del poder, no todas las guerras nacen del caos: muchas se diseñan meticulosamente en los despachos de seguridad y geopolítica. A este fenómeno se le puede llamar, en términos doctrinales, guerra prefabricada: cuando una potencia fomenta, financia o tolera la creación de un enemigo que, más adelante, le servirá para justificar políticas de control, expansión o guerra abierta.

El caso de Hamás es uno de los ejemplos más reveladores de este mecanismo en el siglo XXI. A finales de los años 70 y comienzos de los 80, Israel permitió e incluso alentó el crecimiento de grupos islamistas en Gaza como contrapeso a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat, una fuerza laica y nacionalista que representaba una amenaza política real al proyecto de ocupación israelí.

Las propias autoridades israelíes lo reconocieron con el tiempo. Yitzhak Segev, entonces gobernador militar de Gaza, admitió que recibió fondos del gobierno israelí para financiar mezquitas con el objetivo de debilitar a la OLP. Por su parte, Avner Cohen, responsable de Asuntos Religiosos en la administración israelí, fue aún más directo: “Hamás, a mi pesar, es una creación de Israel.”

Incluso Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea, lo recordó públicamente en 2024: “Israel financió la creación de Hamás para debilitar a la Autoridad Palestina.”

Así nació Hamás: primero como una rama social y religiosa de los Hermanos Musulmanes, con clínicas, escuelas y mezquitas. Israel toleró su expansión, cerró los ojos ante sus actividades e incluso otorgó permisos legales que negaba sistemáticamente a las organizaciones seculares. La idea era simple y perversa: fragmentar para dominar.

No es un caso aislado. La historia reciente ofrece ejemplos similares: Estados Unidos financió a los muyahidines afganos, entre ellos Osama bin Laden, para debilitar a la URSS en los años 80. Luego, esos mismos grupos se convirtieron en el pretexto perfecto para la “guerra contra el terrorismo” tras el 11-S. En América Latina, las potencias occidentales respaldaron grupos paramilitares que más tarde justificaron intervenciones militares o políticas de “seguridad interna” represivas.

Volviendo a Gaza, Hamás, una vez consolidado, se transformó en el enemigo ideal. Cada ataque suyo permite justificar bloqueos, bombardeos masivos y proyectos de reconfiguración territorial. Tras el 7 de octubre de 2023, el gobierno israelí desplegó una ofensiva de destrucción total, mientras en despachos de Tel Aviv, Washington y El Cairo se discutían planes económicos y energéticos para la “reconstrucción” de la Franja. La guerra, más que respuesta, se convierte en instrumento.

Las guerras prefabricadas no necesitan conspiraciones totales para funcionar: basta con sembrar, permitir crecer y, llegado el momento, cosechar el enemigo necesario. Hamás fue funcional al proyecto israelí: primero para dividir al pueblo palestino, luego para legitimar políticas coloniales y expansionistas. Y, como toda creación estratégica, terminó escapando parcialmente al control de su creador, pero sin dejar de cumplir su rol en el relato oficial.

Comprender este patrón es clave para desmontar los discursos simplistas que reducen conflictos complejos a “buenos contra malos”. En realidad, muchas guerras contemporáneas se fabrican con cálculo frío mucho antes de que estalle la primera bomba.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Uribe y su hermano, en la mira por los asesinatos de Umaña y Valle

La historia vuelve, como un bumerán que nunca se pierde en el viento. Un juzgado especializado de Medellín ordenó compulsar copias a la Fiscalía para que investigue al expresidente Álvaro Uribe Vélez, a su hermano Santiago Uribe y a un general del Ejército como presuntos determinadores de los asesinatos de Eduardo Umaña Mendoza y Jesús María Valle Jaramillo, dos de los más emblemáticos defensores de derechos humanos de los años noventa. La decisión, contenida en la sentencia condenatoria contra José Miguel Narváez, exsubdirector del DAS, por el secuestro de Piedad Córdoba, reabrió heridas que nunca cicatrizaron.

La compulsa de copias es un mecanismo jurídico por el cual un juez, al encontrar elementos que podrían comprometer penalmente a otras personas no procesadas en el caso principal, remite la información a la Fiscalía para que investigue. No es una condena, pero sí una puerta abierta a procesos judiciales. En este caso, la jueza Claudia Marcela Castro consideró que había motivos suficientes para enviar el expediente a los fiscales y revisar si Uribe y su hermano tuvieron alguna responsabilidad en esos crímenes.

La base de la decisión es un testimonio que Francisco Enrique Villalba Hernández, exparamilitar del Bloque Metro, rindió en 2008. Villalba relató una reunión en 1997 en la finca La Marranera, en San Roque, Antioquia. Allí —según su versión— estaban presentes Carlos Castaño, Salvatore Mancuso, mandos militares y policiales, y también Álvaro y Santiago Uribe Vélez, entonces gobernador y ganadero, respectivamente. En ese encuentro, aseguró, se habló de “callar” a quienes denunciaban la alianza entre paramilitares y militares: Umaña, Valle y también Jaime Garzón. Mencionó incluso una lista escrita en computador que Carlos Castaño habría entregado a Santiago Uribe, con los nombres de quienes “tenían que ser silenciados como fuera”.

Jesús María Valle fue asesinado en su oficina en Medellín en febrero de 1998, tras haber denunciado públicamente la complicidad entre el Ejército y las autodefensas en la masacre de El Aro. Eduardo Umaña, abogado incansable y crítico feroz de las violaciones de derechos humanos, fue asesinado en abril del mismo año en Bogotá por sicarios que se hicieron pasar por periodistas. Ambos crímenes permanecen impunes en sus niveles más altos de responsabilidad.

En su defensa, Álvaro Uribe recurrió a X (antes Twitter) para responder con virulencia. Llamó a la decisión judicial “una compulsa miserable por una declaración fantasiosa, investigada hace años, sobre una reunión inexistente”. Pero en el mismo mensaje citó, palabra por palabra, el testimonio que reposa en una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, un documento que recoge con detalle la violencia paramilitar de aquellos años.

Alguien debería recordarle al señor de las sombras que tiene derecho a guardar silencio y a no autoincriminarse. Pero tal vez sean tantos los muertos que le respiran en la nuca, que es su propia conciencia negra la que no lo deja callar.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Gaza: la reconstrucción como botín económico y energético tras el genocidio

En medio de las ruinas de Gaza, mientras aún se cuentan los cuerpos y las familias buscan sobrevivir a los bombardeos, en despachos de Washington, Tel Aviv y El Cairo se discuten planes que hablan de “reconstrucción”, “modernización” y “nuevos horizontes económicos”. Detrás del lenguaje tecnocrático se esconde una carrera por controlar el territorio, su costa y el gas que yace bajo el mar.

Uno de los documentos más ambiciosos es el plan GREAT (Gaza Reconstitution, Economic Acceleration and Transformation Trust), revelado por The Washington Post el 31 de agosto de 2025. Se trata de un proyecto de 38 páginas impulsado por el entorno de Donald Trump, que propone desplazar temporalmente a la población de Gaza —incluso a todos sus habitantes— con promesas de subsidios y un eventual retorno. En su lugar, se construirían “zonas económicas especiales” y “ciudades inteligentes”, en un esquema de desarrollo inmobiliario que recuerda a los enclaves corporativos de Dubái.

Según El País, el plan contempla emitir certificados digitales de propiedad a las personas desplazadas, mientras el territorio sería administrado por inversionistas extranjeros. Esto permitiría avanzar con megaproyectos sin los “obstáculos” de la población actual, convertida en “beneficiaria” desde la distancia. El ministro de Finanzas israelí ha descrito públicamente la devastación de Gaza como una “oportunidad inmobiliaria histórica”, lo que encaja con esta lógica de vaciamiento y privatización.

Paralelamente, circula la propuesta de crear una Autoridad Internacional de Transición para Gaza (Gaza International Transitional Authority), que excluiría a Hamas y colocaría la gobernanza del territorio bajo supervisión internacional. Esta autoridad gestionaría tanto la reconstrucción como los derechos de propiedad, en un esquema diseñado para facilitar inversiones externas y reducir la capacidad de decisión palestina sobre su propio suelo.

En este tablero, Egipto también juega un rol clave. En marzo de 2025, Al Jazeera informó que El Cairo presentó un plan de reconstrucción por 53 mil millones de dólares, con participación de tecnócratas palestinos y fondos internacionales. Egipto, además, busca integrar el litoral de Gaza a su red energética y de exportación de gas.

Porque sí: bajo el mar de Gaza hay un tesoro energético. El campo Gaza Marine, descubierto en 1999 por British Gas, contiene alrededor de 1 billón de pies cúbicos de gas natural, suficiente para abastecer a los territorios palestinos durante más de una década. Su explotación ha sido bloqueada sistemáticamente por Israel, que controla las aguas y las rutas de exportación. En 2023, Reuters reportó que Israel y la Autoridad Palestina habían llegado a un principio de acuerdo para que Egipto liderara su desarrollo, pero la guerra congeló las negociaciones.

Para Israel, controlar este yacimiento significa evitar que Palestina alcance autonomía energética y, al mismo tiempo, reforzar su posición como exportador regional hacia Europa, en un contexto en el que la Unión Europea busca diversificar sus fuentes tras la crisis energética provocada por la guerra en Ucrania. Para Egipto, el gas palestino es una pieza estratégica que podría potenciar sus plantas de licuefacción y aumentar su peso geopolítico. Para Estados Unidos, este tablero energético refuerza el eje estratégico Israel–Egipto frente a Irán y otros actores regionales.

No es casual que junto a estos planes reaparezca el viejo proyecto del Canal Ben Gurion: una vía marítima artificial alternativa al Canal de Suez, que atravesaría el desierto del Negev y bordearía Gaza. Su costo estimado oscila entre 16 y 55 mil millones de dólares, según This Is Beirut. Controlar la costa de Gaza es indispensable para cualquier trazado, lo que explica por qué la franja no solo es vista como un territorio a “pacificar”, sino como un espacio a reconfigurar geoestratégicamente.

En suma, detrás de la retórica humanitaria de la “reconstrucción” se despliega un mapa de intereses económicos y estratégicos donde inversionistas, gobiernos y corporaciones planean convertir Gaza en un nodo inmobiliario, energético y logístico de alto valor. Para lograrlo, necesitan una población desplazada, una administración dócil y un territorio abierto al capital extranjero. Gaza, devastada por la guerra, es tratada como una página en blanco donde se proyectan canales, puertos, gasoductos y torres inteligentes.

Pero Gaza no es una página en blanco. Es un territorio con historia, con derecho internacional, con familias que no quieren ser borradas. Lo que hoy se presenta como un plan de “reconstrucción” es, en realidad, la institucionalización de un despojo, la expulsión planificada de su población y la justificación económica y política de un genocidio que enriquecerá a Trump, Netanyahu y a sus aliados económicos. El genocidio continúa. La limpieza étnica continúa. Solo cambia el lenguaje: ahora se llama “propuesta de paz”.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Los pescadores de Gaza y la flotilla que rompió el silencio del mar

En la costa de Gaza el agua se ha vuelto frontera. El mar, antaño cuna de peces y canto, ahora solo sabe de hambre. Los pescadores, guardianes del horizonte, ven sus redes vacías, robadas por un cerco invisible que lima su sustento.

Un día se alzó una flotilla de esperanza: la Global Sumud. Velas solidarias surcando el Mediterráneo, más de 450 activistas, entre ellos Greta Thunberg, y también las colombianas Manuela Bedoya y Luna Barreto, convocadas para romper el bloqueo, llevar ayuda, mostrar al mundo lo que ocurre en Gaza, lo que muchos llaman genocidio.

Israel intervino: detuvo barcos, arrestó voces, desvió la ayuda. Pero la trampa tejida por la opresión tuvo una fisura inesperada: mientras los ojos de la marina y los drones estaban fijos en la flotilla, los pescadores palestinos echaron sus redes sin ser acosados. Un puñado de peces, un consuelo para niños hambrientos, un suspiro de libertad.

Y la flotilla no solo trajo redes llenas: trajo focos que alumbran lo que muchos prefieren ignorar. Puso los ojos del mundo en Gaza, en Palestina, en las atrocidades atribuidas a Israel. Movilizó juventudes y pueblos enteros: hubo manifestaciones en Barcelona, Madrid, Roma, Milán, Nápoles, Turín, Génova, Florencia, Pisa, Siena, Berlín, Bruselas, Atenas, París, Estambul, Ankara, Diyarbakır, Mardin, Elazığ, Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires y Montevideo. Huelgas estudiantiles, marchas, concentraciones y gritos que buscaron el eco de las voces oprimidas. Exigieron dignidad. Exigieron justicia.

Greta, Manuela, Luna no solo viajaban en barco; viajaban con el hambre de justicia. Y a veces, un gesto basta: una flotilla, una red pescada, mil ojos abiertos. En ese entreacto, Gaza respiró. Porque la solidaridad es marea que sube cuando todo parece hundirse.

Hablemos de Palestina, gritemos su nombre hasta que el genocidio pare, hasta que ningún poder pueda silenciarla jamás.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

🇮🇱¿Qué es la ANDI y por qué su relación con Israel nos involucra a todas y todos?

Para entender por qué en Colombia también tenemos una responsabilidad frente al genocidio que vive el pueblo palestino, primero hay que mirar quiénes mueven buena parte de la economía nacional y con quiénes hacen negocios. Ahí aparece un nombre clave: ANDI.

1. ¿Qué es la ANDI?

La Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI) es el gremio empresarial más poderoso del país. Fundada en 1944, hoy agrupa a más de 1.500 empresas de sectores como la industria, la banca, la minería, la agroindustria, la tecnología y la seguridad privada.

Sus empresas representan cerca del 50 % del Producto Interno Bruto (PIB) nacional y generan alrededor del 30 % del empleo formal en Colombia. Además, tienen gran influencia política: participan en la redacción de leyes, impulsan tratados comerciales y tienen acceso directo a ministerios y embajadas.

En pocas palabras, cuando la ANDI habla, el Estado escucha. Sus decisiones económicas afectan la vida cotidiana de millones de personas.

2. La relación de la ANDI con Israel

La ANDI ha sido una de las principales promotoras de las relaciones comerciales entre Colombia e Israel, especialmente a través del Tratado de Libre Comercio firmado en 2014 y que entró en vigor en 2020.

Desde entonces, las exportaciones colombianas a Israel (café, flores, frutas y productos industriales) suman aproximadamente 120 millones de dólares anuales. Por su parte, las importaciones desde Israel rondan los 140 millones de dólares, principalmente en tecnología militar, sistemas de vigilancia, maquinaria agrícola y productos químicos.

Empresarios agrupados en la ANDI han participado en misiones comerciales a Israel, organizan foros para fortalecer vínculos y promueven el uso en Colombia de tecnologías desarrolladas allí, sobre todo en seguridad, agricultura y gestión del agua.

3. Por qué esto es un problema

Israel está siendo investigado por la Corte Internacional de Justicia por actos que podrían constituir genocidio en Gaza.

Desde octubre de 2023, se estima que más de 65.000 palestinos han sido asesinados. Algunas relatorías independientes plantean que la cifra real podría superar las 680.000 personas si se tienen en cuenta los efectos indirectos de la guerra, como hambre, sed y enfermedades.

Cerca de 1,9 millones de personas han sido desplazadas forzosamente. Hospitales, escuelas, mezquitas y campos de refugiados han sido bombardeados. El bloqueo impuesto ha provocado una hambruna masiva, y miles de niñas y niños han sido asesinados, mutilados o detenidos ilegalmente.

Mientras esto ocurre, empresas israelíes como Elbit Systems y Rafael Advanced Defense Systems, fabricantes de armas y sistemas de espionaje, siguen vendiendo tecnología a Colombia. Muchas de las compañías que compran o representan estos productos están afiliadas a la ANDI.

Esto significa que parte del dinero colombiano termina alimentando la economía de un Estado que comete crímenes atroces contra un pueblo indefenso.

4. Qué podemos hacer desde Colombia

A veces sentimos que estas decisiones están lejos, en manos de gobiernos y grandes corporaciones. Pero los tratados y los negocios no funcionan sin consumo, sin legitimidad social y sin presión ciudadana. Desde aquí también podemos actuar.

Informarnos y hablar del tema es fundamental para romper el silencio. Podemos apoyar el boicot a empresas que mantengan vínculos con Israel o con la ocupación palestina. Es necesario exigir al Estado colombiano que revise el TLC con Israel y suspenda compras de armamento o tecnología que financien la guerra. También podemos unirnos a protestas y a campañas internacionales como el movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones), que busca aislar económica y políticamente al régimen israelí, como ocurrió con el apartheid sudafricano.

5. No es un tema lejano: es una responsabilidad colectiva

Cuando una empresa colombiana compra tecnología israelí, no está haciendo un acto neutro. Está contribuyendo a fortalecer un sistema que bombardea a civiles, viola derechos humanos y perpetúa el apartheid.

La ANDI representa a grandes empresarios, pero nosotras y nosotros representamos a la ciudadanía, la dignidad y la vida. Cada voz cuenta, cada acto suma. Así como en otras épocas los pueblos del mundo se unieron contra el apartheid en Sudáfrica, hoy también podemos unirnos para exigir el fin del genocidio en Gaza y una Palestina libre.

No miremos hacia otro lado. Informa, actúa, protesta. La historia también se escribe con nuestras decisiones.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo