Donald Trump hostiga a la Corte Penal Internacional mientras Estados Unidos respalda el genocidio en Palestina

La Haya, Países Bajos. La Corte Penal Internacional debería ser un refugio para las víctimas de crímenes atroces, un lugar donde la justicia internacional intente reparar lo que la política y las armas destruyen. Pero desde que la Corte emitió órdenes de arresto contra el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y su exministro de Defensa, Yoav Gallant, la respuesta de Estados Unidos ha sido de hostigamiento abierto. Donald Trump firmó en febrero una orden ejecutiva que permite sancionar a jueces, fiscales, funcionarios e incluso colaboradores externos de la Corte. La intención es clara: intimidar, asfixiar económicamente, aislar a quienes se atrevan a investigar a Israel. La prensa internacional lo ha llamado la reactivación del “Hague Invasion Act”, la ley de 2002 que autorizaba al presidente estadounidense a usar “todos los medios necesarios” para liberar a militares o funcionarios estadounidenses detenidos en Países Bajos. Una amenaza velada de invasión contra un tribunal que busca juzgar lo que no debe quedar impune.

La estrategia de Trump no es sólo retórica. En los últimos meses, jueces de la CPI han visto congeladas sus cuentas, se les ha restringido el acceso a bancos internacionales, algunos han recibido advertencias de que sus familiares podrían ser incluidos en listas negras. La medida alcanza a investigadores que colaboran en la recolección de pruebas de crímenes de guerra. Todo esto, en paralelo con la ofensiva militar israelí que ha dejado a Gaza convertida en un cementerio de niños, de hospitales arrasados, de familias completas sepultadas bajo los escombros. La obstrucción de la justicia internacional se convierte, así, en complicidad activa.

Las cifras estremecen. Autoridades locales palestinas contabilizan ya más de sesenta y cinco mil muertos en Gaza desde octubre de 2023. Pero la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, advierte que el número real puede ser diez veces mayor: hasta seiscientas ochenta mil personas, si se cuentan las muertes indirectas por hambre, enfermedad, falta de medicinas y agua. En ese cálculo, casi cuatrocientos mil serían niños menores de cinco años. Son cifras de exterminio, de un genocidio que avanza a la vista del mundo. Mientras tanto, Washington garantiza el suministro de armas y municiones, bloquea resoluciones en Naciones Unidas y castiga a quienes intentan investigar. El mensaje es inequívoco: Estados Unidos respalda, financia y protege el genocidio.

Frente a esta realidad, no basta hablar de excesos militares o de errores de cálculo. El patrón es sistemático: bombardeos a zonas densamente pobladas, destrucción deliberada de infraestructura civil, hambre usada como arma de guerra, castigo colectivo a millones de personas encerradas en un territorio sin salida. Netanyahu dirige esta maquinaria con discursos que justifican la aniquilación, Gallant la ejecuta con órdenes militares, y Trump se convierte en su aliado indispensable al hostigar a la única institución que podría juzgarlos. Todos ellos son responsables de crímenes de lesa humanidad. El paralelo con Hitler no es retórico: es una advertencia de lo que ocurre cuando se permite que líderes autoritarios decidan quién tiene derecho a vivir y quién no.

La justicia internacional nació después del Holocausto para que el horror no se repitiera. Hoy, setenta y cinco años después, el mundo presencia otro genocidio y Estados Unidos, en lugar de frenarlo, lo sostiene. Donald Trump y sus secuaces son tan responsables como Netanyahu de esta masacre. La historia los juzgará, pero antes deberían juzgarlos los tribunales, por el bien de la humanidad entera.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Feminicidios en el río Cauca

El río Cauca trae voces. En sus aguas viajan nombres que el país olvida demasiado pronto. Samy Lorena Lozano, de Tuluá, apenas 20 años; Alexa Ramírez, aún buscada por su familia; Marian Chica Martínez, 25 años, madre de un niño de cuatro. Todas fueron devoradas por un cauce que se ha vuelto cementerio y testigo de un horror que se repite con nombres distintos, pero con un mismo desenlace: mujeres desaparecidas, mujeres asesinadas.

En Tuluá, el sábado 13 de septiembre de 2025, Samy y Alexa salieron y no regresaron. Seis días después, el viernes 19 de septiembre, el cuerpo de Samy apareció en las aguas del río Cauca, a la altura de Cartago, con heridas de arma de fuego. La noticia estremeció a su barrio, La Balastrera, donde los vecinos hicieron una colecta para que su familia pudiera pagar un sepelio digno. Nadie merece enterrar a su hija de esa forma, pero la pobreza obliga a mendigar hasta para llorar.

Alexa Ramírez, su amiga, sigue desaparecida. Su foto circula por redes sociales y en cadenas de WhatsApp que claman ayuda. Cada mensaje lleva el eco de la incertidumbre: ¿dónde está?, ¿respira?, ¿escucha acaso el nombre que la llama en la madrugada?

En Medellín, el domingo 14 de septiembre de 2025, Marian Chica desapareció en el barrio Enciso. Había decidido separarse, cortar un vínculo que se había vuelto amenaza. Esa tarde, a las 5:20 p. m., su celular envió unos mensajes extraños: decían que estaba en una vereda y que su hijo se hallaba con el padre. Los errores ortográficos hicieron sospechar a su familia. Marian no escribía así. Minutos después, el WhatsApp se conectó por última vez. Desde entonces, silencio.

Una semana más tarde, el domingo 21 de septiembre, su cuerpo apareció dentro de un costal en el río Cauca, a la altura de Bolombolo. La escena que reconstruyen los investigadores habla de un crimen íntimo: la pareja, el hogar, el círculo cercano. Un cuerpo atado, arrastrado, arrojado al agua. Un silencio que ahoga.

El río no miente: está lleno de mujeres. Las estadísticas, los boletines, las notas rápidas de prensa, hablan de “presuntas víctimas”, de “investigaciones en curso”. Pero detrás de esas frases técnicas hay madres que buscan a sus hijas en hospitales y morgues, hermanas que no duermen, niños que se quedan sin voz para preguntar por qué su mamá no vuelve.

En 2023, el Gobierno Nacional declaró la emergencia por violencias basadas en género a través del Plan Nacional de Desarrollo, prometiendo atención inmediata, sistemas de prevención y protocolos de protección. Pero de nada nos sirve esa declaratoria si nos siguen matando, si seguimos flotando en el río Cauca, si los nombres de Samy, Alexa y Marian se convierten en estadísticas mientras el país mira para otro lado. La emergencia existe en el papel; en la vida real, lo único que sigue existiendo es la muerte.

Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad

EPS Indígena AIC: la salud como botín, ni los indígenas se salvan

La Ley 100 de 1993 se presentó como la panacea: modernización, cobertura universal, progreso. Pero lo que trajo fue un negocio, puro negocio. La salud se convirtió en póliza, en trámite, en ventanilla; la vida, reducida a números de carné.

Privatizaron la salud con un disfraz: “aseguramiento”. Detrás, la misma vieja trampa: plata pública en manos privadas. Y no tardaron en aparecer las EPS como bancos de la enfermedad, enriquecidas con cada fila de espera, con cada cita negada, con cada muerte por “no cobertura”.

Ni siquiera las comunidades indígenas se salvaron. La Asociación Indígena del Cauca – AIC EPSI, que debía garantizar salud propia e intercultural, está bajo auditoría forense de la Contraloría General de la República. La revisión detectó 46 hallazgos, de los cuales 33 tienen incidencia fiscal, por un valor de $5.196 millones de pesos. Hallazgos sobre contratos inflados, anticipos sin justificar, facturas dudosas y fallas en la ejecución de programas de salud.

Durante 2024, la AIC EPSI suscribió contratos con asociaciones indígenas por más de $64.509 millones de pesos. Uno solo, de $2.126 millones, destinado a fortalecer el Sistema Indígena de Salud Propio e Intercultural (SISPI), generó un hallazgo fiscal de $850 millones por incumplimiento de actividades pactadas y falta de amortización del anticipo.

La Supersalud, ante estas irregularidades, revocó la autorización de funcionamiento de la AIC EPSI en ocho de los nueve departamentos donde operaba. El resultado: más de 211.000 usuarios perdieron cobertura, entre régimen subsidiado y contributivo, y solo se mantiene parcialmente operativa en Cauca.

Esto no es un caso aislado. Es la consecuencia lógica de un sistema que convirtió la salud en un negocio rentable, y donde la corrupción se cuela incluso en los programas destinados a proteger a los más vulnerables, como los pueblos indígenas.

La salud, en Colombia, nunca fue derecho. Fue botín. Se volvió botín legalizado con la Ley 100. Y lo peor es que todos lo saben: los burócratas que hacen informes, los directivos de EPS, y los enfermos que mueren en pasillos de urgencias. Todos lo saben.

Urge un cambio. No un parche. No una reforma cosmética. No una EPS con plumas indígenas o logos verdes. Urge un modelo público, solidario, intercultural y universal, donde la salud sea un derecho, no un negocio.

Mientras tanto, los indígenas también siguen muriendo en las salas de espera.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, vinculado al narcotráfico a través de Noboa Trading

En Ecuador, el narcotráfico ya no es un rumor de puertos lejanos ni un eco de las guerras de carteles en México o Colombia. Tiene nombre y apellido. Se llama Noboa Trading S.A., la empresa del presidente Daniel Noboa, y sus contenedores de banano han terminado convertidos en vehículos de cocaína hacia Europa y Estados Unidos.

Entre 2020 y 2022, la policía ecuatoriana incautó cerca de 700 kilos de cocaína escondidos en los cargamentos de esta firma. No se trató de un episodio aislado: en años recientes, al menos otros 400 kilos de droga han sido interceptados bajo la misma marca exportadora. Los registros judiciales y los reportajes de investigación coinciden en un punto: el apellido que hoy ocupa la presidencia también aparece en las bodegas de los buques que transportan cocaína a gran escala.

Noboa y su familia poseen más de la mitad de las acciones de la compañía. El presidente no ha asumido responsabilidades. Por el contrario, se ha refugiado en una estrategia conocida en toda América Latina: el argumento de la “contaminación” de contenedores, como si el narcotráfico actuara en soledad, sin cómplices, sin redes, sin protección política.

Pero los números cuentan otra historia. La droga salió de los mismos puertos, de las mismas cadenas logísticas, bajo las mismas razones sociales. El patrón es demasiado nítido para explicarse solo como coincidencia. La empresa ha seguido operando, blindada por el poder presidencial y la indiferencia del norte global.

Y aquí la contradicción se vuelve obscena: a estas empresas jamás se les llama cartel. No se les persigue, no se les descertifica. Nadie coloca a Noboa Trading en las listas negras del Departamento de Estado. Nadie amenaza con sanciones económicas ni exige cabezas políticas. La etiqueta de “narcotráfico” se reserva, cuidadosamente, para gobiernos incómodos, sobre todo los de izquierda. La “guerra contra las drogas” se convierte, entonces, en un instrumento para castigar a quienes desafían la hegemonía, no a quienes inundan de cocaína las calles de Estados Unidos y Europa.

La paradoja es brutal: mientras Washington predica la lucha contra el crimen organizado y presiona a países como México, Colombia o Venezuela, calla cuando la droga viaja en barcos que llevan el apellido de un presidente aliado. Ecuador, desde sus muelles, alimenta el mercado global de cocaína con la venia del poder político.

El mensaje es claro. El cartel no siempre se esconde en la selva, ni se camufla en caravanas clandestinas. A veces está en los directorios de empresas respetables, en sociedades registradas en Panamá, en presidentes que sonríen en las cumbres internacionales. En Ecuador, el cartel está en el norte.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Seis vetos de Estados Unidos que perpetúan el genocidio en Palestina

Desde que comenzó la ofensiva contra Gaza, el Consejo de Seguridad de la ONU ha intentado seis veces aprobar un alto al fuego inmediato. Seis veces, el mundo votó por detener la masacre, abrir corredores humanitarios y liberar a los rehenes. Y seis veces, Estados Unidos levantó la mano para vetar la paz.

Cada veto no es un simple trámite diplomático: es una condena de muerte. Mientras Washington bloquea resoluciones, la maquinaria bélica arrasa con un pueblo entero. Hoy Gaza es un territorio en ruinas, con más de 600.000 asesinados, entre ellos 380.000 niños, cifras que estremecen y que superan cualquier estadística oficial. Son familias enteras borradas, hospitales destruidos, barrios reducidos a polvo.

Los argumentos de EE.UU. son siempre los mismos: “defender a Israel”, “equilibrar el lenguaje contra Hamás”, “no comprometer la seguridad”. Pero en la práctica, cada veto significa prolongar el hambre, impedir la entrada de medicinas y autorizar la continuidad del genocidio.

Las imágenes no dejan lugar a dudas: niños huérfanos caminan solos entre edificios desplomados; madres buscan a sus hijos bajo los escombros; los sobrevivientes no tienen agua, ni electricidad, ni refugio. Todo esto ocurre mientras en Nueva York, con un simple voto negativo, Estados Unidos decide que la guerra siga.

La historia registrará que, cuando la comunidad internacional pidió seis veces detener la barbarie, Estados Unidos eligió seis veces el silencio de los muertos.

Estados Unidos no es solo cómplice: también es responsable del genocidio en Palestina.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Estados Unidos veta alto al fuego en Gaza mientras Francesca Albanese denuncia genocidio y empresas cómplices

El 18 de septiembre de 2025, el Consejo de Seguridad de la ONU votó una resolución que pedía un alto al fuego inmediato, incondicional y permanente en Gaza, además de la liberación de los rehenes retenidos por Hamás. Todos los países apoyaron la resolución, menos Estados Unidos, que usó su poder de veto y bloqueó la medida. Washington justificó su decisión alegando que el texto no condenaba lo suficiente a Hamás ni reafirmaba el “derecho de Israel a defenderse”. Pero, en la práctica, el veto mantiene la guerra abierta, el sufrimiento intacto y la catástrofe humanitaria sin freno.

En paralelo a esa votación, la relatora especial de la ONU para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, no mide palabras. En su más reciente informe del 16 de septiembre denunció que en Gaza se libra un genocidio cuyas cifras estremecen: más de 600.000 personas asesinadas, entre ellas 380.000 niños, una mortandad que desborda cualquier estadística oficial y que reduce a polvo las versiones diplomáticas que apenas reconocen unos 65.000 muertos.

Albanese no se detiene en los números. Señala con nombre y apellido a las empresas que, dice, alimentan la economía de la ocupación y del exterminio: desde gigantes tecnológicos como Google, Microsoft, Amazon, Palantir; hasta corporaciones de armamento como Lockheed Martin, Elbit Systems, Leonardo; pasando por bancos y fondos financieros —BlackRock, Vanguard, Barclays— que invierten y lucran. Incluso compañías de maquinaria como Caterpillar, Hyundai y Volvo aparecen en su lista, acusadas de proveer el hierro que derrumba casas palestinas.

Por este tipo de denuncias, Albanese carga un costo personal: Estados Unidos le prohibió la entrada a su territorio, bloqueó financiamiento y emprendió una campaña de descrédito en su contra, acusándola de “parcialidad”. Aun así, la relatora insiste: mientras la ONU siga despachando desde Nueva York, bajo la sombra de los intereses de Washington, el organismo seguirá atado de manos. Ha sugerido que cambiar la sede de la ONU podría ser la única forma de recobrar independencia frente al poder que hoy condiciona sus decisiones.

Mientras tanto, la barbarie continúa. En las calles deshechas de Gaza, dos niños huérfanos caminan perdidos entre ruinas, buscando a alguien que ya no está. Son la imagen muda de esas cifras que Albanese intenta gritarle al mundo y que el mundo prefiere no escuchar.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Un día en Gaza

17 de septiembre de 2025

Hoy Gaza amaneció con el sol manchado de humo. El cielo no es azul, es gris de ceniza, y el viento no trae canciones, sino el eco de los misiles. Los niños no juegan, corren. Las madres no arrullan, gritan. Los viejos no descansan, tiemblan.

En Gaza el pan es un milagro, el agua una reliquia, el silencio un imposible. Las calles, antes mercados de vida, son ahora corredores de muerte.

Benjamin Netanyahu sonríe en algún despacho blindado, mientras firma con la tinta roja de la sangre ajena. Donald Trump, su socio en la obscenidad, aplaude desde su tribuna envenenada, diciendo que la masacre es justicia. Ellos creen que los cadáveres votan.

Y desde lejos, como siempre, llegan voces cínicas: Iván Duque, el ex presidente de Colombia, repite sermones de plástico, comparando víctimas con carneros, llamando aplaudir la carnicería. Apología del genocidio. Barbarie de salón. Un coro de bárbaros disfrazados de demócratas.

Sesenta y cinco mil muertos ya no caben en los periódicos. Los nombres se deshacen en cifras. Pero en cada cifra hay un rostro, un beso que no se dio, un abrazo que no volverá. Hoy, 17 de septiembre de 2025, otras decenas fueron arrancadas de la tierra. En Gaza City, los tanques entraron como elefantes borrachos, derribando casas, sueños, hospitales.

Israel abrió un pasillo de huida, dicen, una «ruta segura». Pero las rutas seguras en Gaza son cementerios con asfalto. La gente camina con lo que puede cargar: un pan duro, una foto rota, un niño dormido sobre el hambre. Caminan hacia el sur, porque no queda norte. Caminan sin saber si llegarán, porque no hay destino para quien todo lo ha perdido.

El mundo observa, mastica titulares y cambia de canal. La ONU lanza palabras como botellas al mar: “crímenes de guerra, posible genocidio”. Pero nadie detiene la maquinaria. Las bombas caen más rápido que las resoluciones.

Y, sin embargo, Gaza resiste. Los niños dibujan casas que ya no existen. Las mujeres siembran semillas en la arena. Los hombres levantan muros de escombros para ocultar la vergüenza del mundo.

Hoy, en Gaza, el día terminó sin luz, pero con fuego. El genocidio sigue. Los bárbaros de corbata brindan. Y la humanidad, la verdadera, sigue enterrando a sus muertos con la esperanza de que un día, aunque sea lejano, la justicia despierte.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La JEP y los falsos positivos: una sentencia que perpetúa la impunidad

La Jurisdicción Especial para la Paz celebró con solemnidad su sentencia sobre los falsos positivos del Batallón La Popa. Doce militares recibieron sanciones propias por 135 ejecuciones extrajudiciales. Se habló de verdad, de reparación, de garantías de no repetición. Se habló de justicia restaurativa. Pero entre las familias que llevan años buscando, entre las madres que aún sostienen las fotos de sus hijos ejecutados, la sensación que se impone es otra: la de la impunidad disfrazada.

La sentencia no resuelve el caso a caso de cada víctima. No hay nombre por nombre, no hay esclarecimiento de cómo fueron asesinados, de quién dio la orden, de qué manos dispararon. La macro verdad se tragó las historias individuales. Las víctimas quedan reducidas a estadísticas, a una cifra que cabe en un párrafo judicial. Sus derechos individuales a la verdad, a la justicia y a la reparación integral siguen sin cumplirse.

Tampoco hay verdad completa. La sentencia repite lo sabido: que hubo un patrón, que fue sistemático, que la presión por resultados se convirtió en una maquinaria de muerte. Pero la cadena de mando se detiene convenientemente en coroneles y comandantes de batallón. El nombre que flota como fantasma, el del máximo responsable político, Álvaro Uribe Vélez, permanece blindado. Su política de “seguridad democrática” fue la que abonó estos crímenes, y sin embargo él sigue impune, protegido por un muro de silencios y complicidades.

La reparación, además, es un espejismo. La Unidad para las Víctimas no tiene fondos para indemnizar, y los proyectos restaurativos —placas, monumentos, talleres comunitarios— son paliativos simbólicos frente a la magnitud del daño. Las familias lo saben: lo que se ofrece no compensa una vida arrebatada ni resarce décadas de duelo y de pobreza.

La trampa está en el origen. El Acuerdo de Paz se firmó entre el gobierno y las FARC. En esa negociación, los militares fueron incluidos y premiados. Los falsos positivos quedaron metidos en el paquete, como si fueran un efecto colateral del conflicto, cuando en realidad fueron una política abominable de crímenes de lesa humanidad, generalizados y sistemáticos, cometidos contra civiles inocentes.

Por eso, en términos prácticos, estas víctimas nunca fueron consideradas víctimas del conflicto armado. No lo fueron. Fueron víctimas de un Estado que asesinó a sus ciudadanos para inflar estadísticas de guerra. Fueron víctimas de un aparato que convirtió el uniforme en verdugo. Y la JEP, en vez de colocar sus historias en el centro, eligió proteger la arquitectura de la impunidad.

Al final, la sentencia confirma lo que tantas madres intuían desde el principio: la JEP nunca tuvo como centro a las víctimas de los falsos positivos. El centro siempre fue blindar a los responsables y garantizar la impunidad.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

¿A qué Dios le rezan los genocidas?

Marco Rubio y Benjamin Netanyahu se inclinan ante las piedras sagradas.

Cierran los ojos.

Mueven los labios.

Ponen notas en un muro.

¿A qué Dios rezan los genocidas?

¿Al que bendice los misiles?

¿Al que sonríe mientras un niño arde bajo las bombas?

En Gaza ya no hay infancia: hay tumbas pequeñas.

Más de 61.800 palestinos asesinados desde octubre de 2023, entre ellos 18.430 niños y 9.735 mujeres.

Más de 155.000 heridos, cuerpos quebrados, vidas mutiladas.

Las cifras parecen frías, pero cada número es un rostro, una historia, una canción interrumpida.

La Corte Penal Internacional ya habló: órdenes de captura contra Benjamin Netanyahu y Yoav Gallant por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

Se les acusa de usar el hambre como arma, de privar a un pueblo de agua, de comida, de electricidad, de todo lo que sostiene la vida.

Crímenes cometidos a plena luz, en vivo y en directo, transmitidos como espectáculo del horror.

Es una catástrofe civilizatoria: nunca la humanidad había visto un genocidio en tiempo real, con cada bomba retransmitida, con cada cadáver compartido en pantallas.

Es una derrota moral, una herida que nos dice que la barbarie camina entre nosotros con traje y corbata, que reza con manos ensangrentadas, que sonríe frente a las cámaras.

Lo que buscan es imponer el terror: que un pueblo aprenda a vivir arrodillado, que la humanidad se acostumbre a mirar el crimen como paisaje.

Pero hay algo que no han podido ni podrán borrar: la dignidad de un pueblo que resiste.

Palestina resistirá. La humanidad vencerá en contra de los misterios del mal.

Y en Colombia también sabemos de verdugos con sotana política.

Aquí los defensores de la masacre llevan corbata tricolor y se arrodillan ante su patrón eterno: Álvaro Uribe Vélez, el capo que aún mueve alfiles y peones mugrosos para justificar la barbarie.

Los mismos que aplauden a Netanyahu son los que aquí justifican las masacres, los “falsos positivos”, la tierra ensangrentada.

La pregunta sigue abierta:

¿A qué Dios le rezan los genocidas?

Al de los banqueros, al de los ejércitos, al del miedo.

Pero no al Dios de los niños, ni al de la vida, ni al de la humanidad.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Madrid de Amores protestó por Palestina

Yo amo a Madrid. Lo digo sin miedo. Amo sus calles que huelen a historia, a café recién hecho en Lavapiés, a canciones que brotan en Chueca, a los pasos apurados en Gran Vía. Amo ese Madrid que se abre como un libro en Retiro y que se deja recorrer como una bicicleta vieja por Malasaña. Madrid es ciudad de amor, de abrazos, de esperanzas. Y por eso mismo, porque la amo, la defiendo cuando la quieren reducir a un decorado para los poderosos.

La Vuelta a España llegó este septiembre a su última etapa y, como en las grandes epopeyas, el final no se escribió con aplausos ni podios, sino con voces que gritaron basta. Las calles que deberían estar reservadas para el desfile de campeones, para que los niños viesen pasar a sus ídolos, se llenaron de pancartas, de piedras, de gritos contra un genocidio que no da tregua en Gaza. Se canceló la fiesta, pero nació otra: la de los pueblos que no se callan.

En esas mismas calles pedalearon alguna vez nombres que todavía resuenan como campanas en la memoria del ciclismo: Bahamontes, el Águila de Toledo, que volaba por las cumbres como si fueran su casa; Perico Delgado, que en 1985 conquistó Madrid con una contrarreloj que parecía escrita por Cervantes; Miguel Induráin, que con su paso firme marcó una época; y más allá, los extranjeros que hicieron de España su prueba de fuego: Hinault, Anquetil, Merckx. Todos ellos cabalgaron las carreteras ibéricas con un sueño de gloria. Hoy, en cambio, Madrid fue escenario de otro tipo de hazaña: la de los que se levantan para frenar la muerte de niños y niñas bajo las bombas.

El equipo Israel-Premier Tech fue la chispa. Su presencia en la carrera es una provocación para quienes no aceptan que el deporte se use como propaganda de guerra. No se trata solo de ciclismo, se trata de humanidad. ¿Qué vale más, un maillot o la vida de una criatura que llora en Gaza porque perdió a su madre?

Hoy Madrid habló por todos. La ciudad del amor se vistió de rabia justa y de dignidad. Yo invito al mundo a seguir este ejemplo: que cada carrera, cada estadio, cada concierto, se convierta en altavoz de la paz. Que la bicicleta, que tantas veces nos enseñó que se puede avanzar solo si se pedalea, nos recuerde que no hay camino posible si seguimos tolerando el asesinato de inocentes.

Hoy protestamos para que no sigan matando niños y niñas en Gaza y para recordar el amor en Madrid.

Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad