Álvaro Uribe y la falsa renuncia a la prescripción: ¿gesto de justicia o teatro político?

El expresidente Álvaro Uribe Vélez sorprendió con una carta en la que dice que renuncia a la prescripción de su proceso penal. La noticia corrió rápido, como si se tratara de un gesto heroico, casi un acto de valentía. Pero detrás de esa declaración solemne hay más teatro político que realidad jurídica.

¿Qué es la prescripción?

En palabras sencillas: la prescripción es un límite de tiempo que tiene el Estado para investigar y juzgar un delito. Si ese plazo se cumple, el proceso se acaba automáticamente, porque la Constitución protege a las personas de ser perseguidas de manera indefinida.

No es un “premio” ni un “beneficio” que alguien pueda aceptar o rechazar. Es como el vencimiento de una leche: llega la fecha y se vence, quiera o no el consumidor.

Por eso, cuando el plazo se cumple, el juez está obligado a cerrar el caso, aunque el acusado diga: “yo quiero que me sigan juzgando”.

¿Se puede renunciar a eso?

No. La Corte Suprema de Justicia lo ha repetido varias veces: en derecho penal la prescripción es de orden público, es decir, no depende de lo que quieran el acusado, los abogados o la Fiscalía. Una vez llega la fecha, el proceso muere por sí solo.

En cambio, en los temas civiles o de deudas sí se puede renunciar. Si alguien debía plata hace años y legalmente ya no está obligado a pagar, puede decidir hacerlo por su voluntad. Pero en lo penal no funciona así, porque allí no se trata de acuerdos entre particulares, sino de la capacidad del Estado para sancionar delitos.

Entonces, ¿qué hizo Uribe?

En términos jurídicos: nada. Su carta es simbólica. El 16 de octubre de 2025 era la fecha en la que prescribía su proceso, y él anunció que “renunciaba” para que lo siguieran juzgando. El problema es que la ley no le da ese poder: aunque él diga que renuncia, si llega la fecha sin fallo, los jueces tienen que declarar la prescripción.

Lo que sí logra la carta es un efecto político: mostrar a Uribe como un hombre que no se esconde, que quiere enfrentar la justicia, que no busca atajos. Es un movimiento mediático, no legal. Una puesta en escena para ganar puntos en la opinión pública.

El verdadero asunto

En Colombia, estas maniobras no son nuevas. Las élites saben convertir cada trámite judicial en espectáculo político. Lo que debería ser un asunto técnico se transforma en relato: el del perseguido que da la cara, el del líder que no teme ser juzgado.

Pero más allá de la carta, lo que preocupa al país no es si Uribe renuncia a algo a lo que no puede renunciar, sino el ambiente que rodea su regreso a la arena política. Apenas se le levantó la detención domiciliaria, el país volvió a sentir la sombra de los atentados y la violencia. La coincidencia es demasiado evidente.

A qué debería renunciar de verdad

Más que a la prescripción, lo que Uribe debería hacer es renunciar a lo que sí depende de él: a la violencia, al miedo y al terror como herramientas de campaña. Eso es lo que necesita Colombia.

Porque la paz no se construye con cartas teatrales ni con gestos simbólicos, sino con decisiones reales. Y hoy, más que nunca, el país necesita menos espectáculo y más serenidad.

Por Justicia & Dignidad/ Periodismo independiente e investigativo

🎬 Estamos en campaña electoral: Seguridad Democrática 2.0

🎬 Estamos en campaña electoral: Seguridad Democrática 2.0

Escena 1: El regreso del intocable

📍 Bogotá, 19 de agosto de 2025.

El Tribunal Superior de Bogotá revoca provisionalmente la detención domiciliaria de Álvaro Uribe Vélez. La toga habla de “garantías procesales”, pero en la calle se escucha lo de siempre: “es que este país no aprende”.

El capítulo se estrena como quien revive un VHS rayado: mismo protagonista, mismos villanos, mismos aplausos de siempre.

Escena 2: El libertador de X

Uribe, recién desempacado de la justicia, saca su celular y, con el dedo índice convertido en espada digital, anuncia en redes sociales:

«Dedicaré cada minuto de mi libertad para pedir por la libertad de Colombia y recuperar el país en el 2026.»

Un mesías con conexión 5G, convencido de que un trino puede más que un código penal.

Escena 3: El altar electoral

📍 Sabaneta, Antioquia.

Uribe se va de misa con sus feligreses. Estampitas en mano, ojos llorosos y cámaras en “modo devoto”. El púlpito se convierte en tarima electoral.

El eslogan no falla: “el que peca y reza, empata”. Y entre padrenuestros y aplausos, el sermón se convierte en mitin.

Escena 4: El dron que bajó un Black Hawk

📍 Amalfi, Antioquia – 21 de agosto de 2025.

Un dron cargado con explosivos derriba un helicóptero Black Hawk de la Policía en la vereda Los Toros.

El saldo: 12 policías muertos y 4 heridos.

Los escombros caen entre cafetales y trochas, mientras el Frente 36 del EMC (disidencia de las FARC) firma la autoría con pólvora. Petro condena, el gobernador activa hospitales y los noticieros repiten la escena como si fuera tráiler de Netflix.

Escena 5: El camión de Cali

📍 Cali, Valle del Cauca – 21 de agosto de 2025.

Un camión bomba explota frente a la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez, dejando 6 muertos y 42 heridos.

Ironías crueles: ocurre en pleno Día de las Víctimas del Terrorismo. El humo no deja ver la paradoja: mientras se conmemora a las víctimas, se fabrican nuevas.

Escena 6: El arco del sur en llamas

📍 Huila y Caquetá – 22 de agosto de 2025.

Florencia, Caquetá: una explosión en la carrera 12 sacude el centro y destruye al menos siete locales. Solo daños materiales, pero el miedo hace temblar las vitrinas.

La Plata, Huila: en la noche lanzan un artefacto explosivo contra una vivienda del barrio San Isidro. La Policía llega después, como siempre: a recoger los vidrios y a abrir investigaciones que terminan archivadas.

El mapa vuelve a pintarse de rojo y humo.

Epílogo

La narrativa suena como eco ensayado: “oleada terrorista”, “mano dura”, “patria en peligro”. Todo sincronizado con calendario electoral.

📽️ Estamos en campaña electoral: Seguridad Democrática 2.0

Clasificación: violencia explícita, manipulación política y risas nerviosas.

Productor ejecutivo: la ultraderecha criolla.

Guion basado en hechos reales que parecen ficción.

Próximamente… en las urnas.

Álvaro Uribe Culpable: Pero de Crímenes de Lesa Humanidad

En las montañas de Antioquia, el río Cauca baja turbio como si cargara todavía los cuerpos y el humo de las casas incendiadas en La Granja y en El Aro. Veintisiete años después, el eco de esas masacres sigue sonando en las gargantas de los sobrevivientes, en las paredes quemadas, en las trochas vacías. Nadie olvida. La memoria es terco animal que se niega a morir.

La historia oficial, dictada desde el poder, habló de enfrentamientos, de excesos inevitables en tiempos de guerra, de víctimas colaterales. Pero los testimonios que hoy resurgen ante la Jurisdicción Especial para la Paz, sumados a las decisiones de tribunales nacionales e internacionales, dicen otra cosa: que el entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez, no fue un espectador inocente. Fue, al menos, un facilitador consciente de un engranaje criminal que convirtió a Ituango en laboratorio de impunidad.

La Granja y El Aro: heridas abiertas

La Granja, 11 de junio de 1996. Treinta paramilitares entraron al caserío con la calma de quien sabe que nada los detendrá. Ordenaron cerrar tiendas, sacaron a hombres de sus casas, los golpearon, los asesinaron frente a sus hijos. Nadie acudió en auxilio.

El Aro, 22 de octubre de 1997. Ciento cincuenta hombres armados bajaron por las montañas, tenían listas con nombres, direcciones, reses. Quemaron cuarenta y dos de las sesenta casas, robaron ganado, violaron mujeres, degollaron campesinos acusados de colaborar con la guerrilla. Durante una semana, Ituango fue territorio paramilitar a plena luz del día. Un helicóptero de la Gobernación sobrevoló el cielo mientras la barbarie ardía en tierra.

El saldo: más de mil personas desplazadas, decenas de muertos, comunidades enteras despojadas de su vida y su sustento. El horror dejó marcas visibles y un silencio impuesto por el miedo.

La Gobernación en la sombra

Álvaro Uribe Vélez gobernaba Antioquia entre 1995 y 1997. La memoria de las víctimas y las investigaciones judiciales coinciden en un punto: el Estado sabía, y no evitó.

Pedro Juan Moreno, su secretario de Gobierno, fue advertido directamente por Carlos Castaño de la inminencia de El Aro. El Ejército tenía información de inteligencia sobre la incursión paramilitar. Aun así, no hubo operación militar que protegiera a los campesinos. Por el contrario, se promovieron las Convivir, esas supuestas asociaciones de vigilancia civil que, en la práctica, sirvieron de fachada legal al paramilitarismo.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos fue tajante: para ella, las masacres de La Granja y El Aro constituyen crímenes de lesa humanidad y el Estado colombiano es responsable por omisión y complicidad.

Por su parte, la Corte Suprema de Justicia en Colombia afirmó que existían suficientes indicios para investigar a Álvaro Uribe Vélez como gobernador de Antioquia en relación con esas masacres y con el impulso a las Convivir. Además, señaló que, por su gravedad, estos hechos no prescriben. El Tribunal de Justicia y Paz de Medellín incluso compulsó copias para que se avanzara en la investigación penal contra Uribe.

Y aunque el expresidente insiste en que denunció hechos violentos y promovió la “neutralidad activa”, los hechos lo contradicen: en su Antioquia, la neutralidad era un eufemismo de complicidad.

Los hermanos Angulo y la verdad que incomoda

En febrero de 2025, Jaime y Francisco Angulo Osorio, condenados por homicidios en Ituango, comparecieron ante la JEP. Sus palabras fueron un puñal en la memoria oficial: dijeron que la Gobernación de Uribe sabía de la presencia paramilitar y colaboraba en logística, transporte y comida para los hombres armados.

Aseguraron que la creación de las Convivir fue promovida desde la Gobernación, con apoyo militar, para legitimar lo que ya era una estructura de terror. Y narraron cómo el asesinato de Jesús María Valle, defensor de derechos humanos que denunció públicamente la alianza entre Estado y paramilitares, fue decidido en reuniones donde se compartía información obtenida ilegalmente.

Las víctimas miran con recelo a los Angulo: saben que buscan beneficios judiciales. Pero incluso con dudas, su relato encaja con el rompecabezas que durante años armaron tribunales, periodistas y sobrevivientes: que en Ituango el poder político y el paramilitarismo no eran mundos separados, sino vasos comunicantes.

Crímenes de lesa humanidad

¿Por qué hablar de crímenes de lesa humanidad? Porque lo ocurrido en Ituango no fueron hechos aislados, sino ataques sistemáticos y generalizados contra la población civil. Porque las masacres, los desplazamientos, las violencias sexuales y los asesinatos de líderes sociales respondieron a una estrategia de control territorial, apoyada por sectores del Estado.

La responsabilidad de Uribe no se limita a no haber evitado la tragedia. Su gobierno departamental impulsó políticas –como las Convivir– que facilitaron el crecimiento paramilitar. Su administración recibió alertas y no actuó. Un helicóptero de la Gobernación sobrevoló El Aro mientras la gente moría. Y bajo su mandato, el defensor que denunció la complicidad fue asesinado.

Esa cadena de omisiones, decisiones y silencios configuran responsabilidad política y jurídica. Por eso múltiples tribunales recomendaron investigarlo. Por eso hoy, cuando nuevas voces hablan, la justicia vuelve a mirar hacia él.

Memoria contra el olvido

Álvaro Uribe Vélez insiste en que es víctima de persecución política. Pero los muertos de La Granja y El Aro no son invención. Los desplazados que aún deambulan por Medellín o por tierras prestadas no son fantasmas. El río Cauca no arrastra inventos.

En Ituango, la memoria no es un asunto académico. Es la respiración de quienes sobreviven, es el llanto de las viudas, es la rabia de los huérfanos. Ellos saben que la justicia tarda, pero llega.

Por eso hoy se repite en voz baja, pero firme: Álvaro Uribe Vélez debe responder, no solo ante la historia, sino ante los tribunales, por crímenes de lesa humanidad.

Porque en Colombia, la impunidad ha sido política de Estado. Pero en Ituango, la verdad insiste en nacer, aunque la quieran enterrar una y otra vez.

Atentado en Cali: cinco muertos y decenas de heridos en pleno Día de las Víctimas del Terrorismo

Dolorosamente, hoy 21 de agosto de 2025, Día de las Víctimas del Terrorismo, Cali volvió a sentir el estruendo de la pólvora y la muerte. En horas de la tarde, un furgón cargado de explosivos fue abandonado frente a la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez. La detonación se escuchó en toda la ciudad: ventanales quebrados, viviendas sacudidas, cuerpos tendidos en el asfalto. El humo se levantó porque, en Colombia, la violencia no descansa ni siquiera en las fechas de memoria.

Los reportes preliminares hablan de cinco muertos y decenas de heridos. Gente común que pasaba frente a la base, cadetes que apenas estrenaban uniforme, vendedores que buscaban el sustento. Las sirenas llegaron tarde, como siempre. Las familias corrieron a los hospitales en busca de sus hijos. Y en medio de los vidrios rotos, un viejo en bicicleta repetía: “Otra vez nos tocó a nosotros”.

No es la primera vez que Cali arde. La ciudad conoce de sobra la represión y la muerte. Fue aquí, en 2021, donde el estallido social se convirtió en símbolo de resistencia. Miles de jóvenes, estudiantes, obreros y mujeres salieron a las calles a desafiar un modelo uribista del ultraderechista Iván Duque que los condenaba al hambre y al desempleo. Las barricadas de Siloé, Puerto Resistencia y Sameco fueron la chispa que encendió a todo un país. Y fue en Cali donde más se ensañó la derecha con su aparato de represión de Estado: francotiradores, detenciones arbitrarias, tortura, desapariciones, cuerpos arrojados al río.

Por eso el atentado de hoy no es casualidad. Cali se convirtió en la ciudad de la desobediencia y la resistencia, en la capital de la memoria incómoda. La derecha no olvida que en esas calles se desmoronó su relato de orden y progreso. Y no perdona. Hoy, en plena campaña electoral, vuelve a encontrar en el terror una herramienta.

Las autoridades señalan a las disidencias, a Mordisco, que cada vez se hace más obvio que son el brazo armado del uribismo. El presidente Petro lo llamó “reacción terrorista”. Pero más allá de la autoría inmediata, hay que hacerse la pregunta de fondo: ¿a quién beneficia la sangre en vísperas de elecciones del 2026? ¿Quién recoge los frutos del miedo? Estamos en campaña electoral y el uribismo necesita que la gente pida a gritos una Seguridad Democrática 2.0.

El terror siempre ha sido un terreno fértil para la derecha colombiana. Con cada bomba, con cada muerto, vuelve a instalarse el discurso del enemigo interno, de la mano dura, del Estado fuerte que todo lo vigila y todo lo reprime. Las encuestas se mueven con cada explosión; los noticieros afinan su libreto; los candidatos de la guerra recuperan oxígeno.

Hoy, cuando los cuerpos aún no se han enfriado y las familias siguen llorando, ya se oyen las voces que exigen más seguridad y guerra contra el terrorismo. La sangre se convierte en propaganda electoral. Y el círculo se repite.

 

El atentado de Cali no solo golpea a una base aérea. Es un mensaje político: aquí se castiga la rebeldía, aquí se silencia la memoria del estallido. Porque Cali fue la ciudad que se levantó contra el poder en 2021. Y la derecha, esa misma que hoy cabalga sobre los muertos, ni perdona ni olvida. Su venganza es el retorno de la sangrienta Seguridad Democrática.

Por Justicia & Dignidad/ Periodismo independiente e investigativo

Intervención militar de EE.UU. en Venezuela: lo que hay detrás

En el horizonte del Caribe, los pescadores de La Guaira miran cómo se asoman, majestuosos y amenazantes, tres gigantes de acero con banderas estadounidenses. Son destructores de guerra, armados hasta los dientes, enviados con el pretexto de luchar contra el narcotráfico. Sus siluetas cortan el mar y hacen recordar los viejos relatos de invasiones que nunca llegaron con nombre propio, pero siempre con la misma marca: Washington.

El anuncio sonó a tambor de guerra. Miles de marines, buques de misiles, submarinos y aviones de vigilancia fueron desplegados frente a la costa venezolana. La explicación oficial: frenar a “narco-terroristas” que operan en la región. Pero el eco de esas palabras se estrella contra la memoria de los pueblos: ya lo habían dicho antes en Panamá, en Irak, en Afganistán. Las razones cambian, las excusas se reciclan, pero el interés permanece: los recursos.

Porque en Venezuela, bajo la tierra y en la selva, yacen tesoros que codicia medio planeta. Allí está la mayor reserva de petróleo del mundo, gas natural para décadas, minas de oro y diamantes que parecen infinitas, ríos caudalosos que alimentan represas y tierras fértiles capaces de dar de comer a toda una región. También coltán, el “oro azul” indispensable para celulares y satélites. Esa riqueza es, paradójicamente, la condena del país.

Venezuela no solo es un país en crisis: es un cofre desbordado de riquezas que explican el interés extranjero disfrazado de operaciones militares. Bajo su suelo y en su mar reposan más de 303 mil millones de barriles de petróleo, la mayor reserva probada del planeta, además de 195 trillones de pies cúbicos de gas natural, suficientes para abastecer a Sudamérica durante generaciones. En el sur, el Arco Minero del Orinoco concentra oro, diamantes, coltán y bauxita valorados en cerca de 2 billones de dólares, mientras los ríos y tierras fértiles lo hacen un potencial granero regional. Cada cifra es un recordatorio de que lo que hoy se presenta como “lucha antidrogas” es, en realidad, la antesala de una disputa por el control de un botín estratégico.

Por eso los destructores que merodean el Caribe no apuntan a avionetas cargadas de cocaína, sino a los campos petroleros del Orinoco, a las minas de Guayana y al gas dormido bajo las costas orientales. Como ocurrió en Irak, donde los contratos petroleros se repartieron incluso antes de que cesaran los bombardeos, en Venezuela el guion se repite: detrás de los discursos sobre seguridad y democracia se esconde la urgencia de apropiarse de las fuentes energéticas y minerales que sostendrán la economía mundial del futuro. Y en esa codicia radica el verdadero peligro: que la soberanía de un pueblo se vea convertida en mercancía para el apetito de las potencias.

El gobierno venezolano respondió con la movilización de millones de milicianos y la promesa de defender cada palmo de tierra. El discurso oficial habla de soberanía y resistencia; la gente en las calles, en cambio, habla de miedo. Miedo a que la guerra caiga como tormenta sobre un país ya debilitado por la crisis económica, los apagones, el hambre y la migración forzada.

Los barrios populares recuerdan que las invasiones nunca llegan para salvar a los pobres. En Panamá, fueron los niños de los arrabales quienes murieron bajo los bombardeos. En Irak, los mercados y las escuelas fueron arrasados mientras las petroleras hacían fila para repartirse los contratos. Y en Venezuela, la pregunta resuena: ¿qué quedará para el pueblo si llegan los marines?

El Caribe se ha convertido en tablero geopolítico. Estados Unidos mueve piezas para reafirmar su poder en la región y enviar un mensaje a China y Rusia, aliados de Caracas. No es solo una disputa local, es un pulso mundial que se libra en costas tropicales. Y en ese ajedrez, Venezuela no es un jugador: es la ficha.

Pero ninguna guerra queda contenida en sus fronteras. Colombia, vecino inmediato, será arrastrado al huracán. Las bases militares estadounidenses en su territorio lo convierten en retaguardia de la operación. El flujo de refugiados crecerá en las trochas de la frontera, y con ellos también la violencia, el hambre y la desesperación. Lo que se anuncie como una “intervención quirúrgica” pronto se traducirá en caravanas de desplazados, en campesinos que verán sus tierras tomadas por soldados, en comunidades indígenas atrapadas entre dos fuegos.

Las consecuencias serán catastróficas para Venezuela: destrucción de infraestructura, pérdida de vidas, despojo de sus recursos. Y para Colombia, significará hundirse aún más en un conflicto que no es suyo, abrir la puerta a la desestabilización y convertirse en cómplice de un saqueo histórico.

Solo una parte de la sociedad aplaude este despliegue bélico: la criminal derecha colombiana, que pide a gritos la intervención como quien espera un banquete. No ven cadáveres ni ruinas, ven negocios y contratos. Pero el pueblo de a pie ya sabe que lo que se abre no es una promesa de libertad, sino el inicio de un capítulo tenebroso en América Latina.

Por Justicia & Dignidad

Periodismo independiente e investigativo

Una justicia del terror: libertad para Uribe, amenazas para la jueza

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

En Colombia la justicia parece un Frankenstein: un monstruo armado con pedazos de leyes, costuras de favores políticos y tuercas apretadas a medias. Da miedo. Hoy el Tribunal Superior de Bogotá decidió que Álvaro Uribe Vélez, condenado en primera instancia a 12 años de prisión por fraude procesal y soborno, siga en libertad mientras avanza su apelación. La misma toga que le dictó la condena impecable, ajustada a la Ley 906 de 2004, hoy es arrastrada y pisoteada.

Durante el gobierno de Uribe nació la Ley 906 de 2004, presentada como la joya de la corona del “Estado de Opinión” y la mano dura contra la delincuencia. A diferencia de la Ley 600, que garantizaba libertad hasta sentencia definitiva, la 906 permitió que los jueces ordenaran la captura tras una condena en primera instancia. La regla era clara: una vez hay sentencia, hay prisión.

Uribe, creador de ese armazón jurídico, cayó atrapado en su propia trampa. La jueza Sandra Heredia aplicó la ley al pie de la letra: condena en primera instancia, cárcel inmediata. La ironía es brutal: la “mano dura” diseñada por el uribismo se devolvió contra su arquitecto.

Pero el monstruo nunca duerme. En menos de quince días, los hilos del poder movieron la máquina. El Tribunal tildó de “vaga e imprecisa” la decisión de la jueza y le devolvió la libertad al expresidente. Un mismo país, dos caras: la jueza que cumple la ley necesita protección internacional; el expresidente condenado celebra abrazado por su partido y aplaudido por senadores extranjeros.

Sandra Heredia, la jueza 44 Penal del Circuito de Bogotá, hoy vive bajo amenaza. Fasol, el Fondo de Solidaridad con el Poder Judicial, tuvo que pedir a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos medidas cautelares para salvaguardar su vida. Mientras ella camina custodiada por escoltas, Uribe sonríe en los noticieros.

La imagen es tan grotesca como cierta: la justicia en Colombia coja, arrastrando una pierna herida por la presión política. El péndulo no se mueve por la ley sino por el poder. A un lado, la puerta se abre para el expresidente; al otro, se cierra sobre la jueza que osó tocarlo.

¿Quién protege a la justicia de Colombia? Esa es la pregunta que desvela y que aterra. Porque aquí la justicia no es ciega: es un monstruo que camina tambaleante, al servicio de quienes saben manipular sus costuras.

El monstruo con corbatín: Turbay Ayala y el legado de Miguel Uribe Turbay

Por estos días, cuando se menciona el legado de Miguel Uribe Turbay —asesinado el 11 de agosto de 2025 tras un atentado el 7 de junio— sus familiares lo exhiben en la feria electoral de 2026 bajo la bandera del Centro Democrático. Pero ese legado está manchado de sangre y horror. La sombra que proyecta proviene de un árbol de raíces profundamente violentas. Julio César Turbay Ayala fue un presidente de voz nasal, corbatín impecable y modales de salón que, bajo su elegancia, levantó una de las máquinas represivas más oscuras de nuestra historia republicana.

Un mes después de asumir en agosto de 1978, Turbay implementó el Estatuto de Seguridad, una patente de corso que convirtió a los cuarteles en tribunales y a los generales en jueces. Bajo ese régimen se encubrieron torturas, detenciones arbitrarias, violaciones sexuales y consejos de guerra contra estudiantes y sindicalistas, documentados en 1.340 casos de tortura y más de 3.000 detenciones por la Comisión de la Verdad. Gabriel García Márquez huyó del país; otros no tuvieron esa suerte. En el país no hizo falta dictadura formal: Turbay vistió de civil lo que Videla hacía con uniforme, como lo concluyó la Comisión de la Verdad llamándolo una «dictadura disfrazada de democracia».

A ese legado de represión se suma la complicidad criminal. Documentos desclasificados del National Security Archive, publicados el 15 de abril de 2024, muestran que ya en 1977 la DEA vinculaba a Turbay con el narcotráfico. Un memorando del 2 de junio de ese año, dirigido a la primera dama Rosalynn Carter en el contexto político de la campaña de López Michelsen, lo señala como parte de una lista de 36 funcionarios relacionados con el tráfico de cocaína. Se mencionan ministros, jueces, militares —como el general Abraham Varón Valencia y el coronel Humberto Cardona Orozco— y su sobrino Aníbal Turbay Bernal como pieza clave del negocio.

Más oscuro aún fue lo que vino después. En 1980, Turbay nombró como director de la Aeronáutica Civil al joven Álvaro Uribe Vélez. Uribe entró al cargo tras el asesinato de su antecesor, Fernando Uribe Senior, asesinado por el cartel de Medellín por no facilitar pistas y rutas para el narcotráfico . Uribe Vélez permaneció 18 meses como director, periodo en el cual otorgó más de 2.200 licencias para aeronaves —una cifra casi igual a las otorgadas entre 1954 y 1981—, de las cuales al menos unas 200 quedaron en manos del Cartel de Medellín . Según investigaciones de Cuestión Pública, entre 1980 y 1982 se otorgaron 413 registros de propiedad y explotación aérea, incluyendo a figuras como Martha Upegui de Uribe, conocida como la “reina de la cocaína” .

Ese fue el engranaje del aire que permitió a Pablo Escobar, los hermanos Ochoa y Carlos Lehder volar con pistas privadas, hangares propios y flotas de aviones. El ministro Rodrigo Lara Bonilla denunció esta connivencia en 1983, y un año después fue asesinado por orden del Cartel de Medellín .

Este es el peso de la herencia que Miguel Uribe Turbay intentó lavar: un abuelo que administraba bajo corbatín y represión, señalado en archivos de inteligencia como ficha del narcotráfico, y que abrió puertas a actores políticos que facilitaron el ascenso de la mafia. No se trata de reputación familiar, sino del rostro de un país donde las élites vistieron de democracia la persecución, el silencio, los negocios oscuros y los cuerpos que no volvieron a casa.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

📰 Editorial – 17 de agosto La derecha colombiana: un circo con muertos, micrófonos y mocasines de peluche

La política colombiana ya es un mal chiste, pero la de la derecha es una tragicomedia con escenas de horror, mucho cinismo y hasta carcajadas en medio de los muertos. Todo empezó en abril, cuando los cinco precandidatos del Centro Democrático —María Fernanda Cabal, Paloma Valencia, Paola Holguín, Andrés Guerra y Miguel Uribe Turbay— mostraron que la unidad era puro cuento. Se reunieron a puerta cerrada cuatro de ellos, excluyendo al “niño rico” Miguel, porque su estilo de campaña era demasiado lujoso para el manual uribista de la austeridad de mentira. Celos, zancadillas y desplantes: así se cocina la derecha.

Ese mismo mes, Andrés Guerra propuso elegir candidato con encuestas eliminatorias, como si la política fuera un reality barato: en agosto, septiembre y octubre se iba sacando a uno hasta quedar con el finalista. La idea fue tan ridícula que el partido corrió a desmentirla, pero ya el tufillo de improvisación y pelea interna estaba instalado. Y, para completar, apareció Vicky Dávila, que dejó el periodismo para lanzarse como candidata, con un estilo a medio camino entre Trump, Bukele y Milei, convertida en influencer de la ultraderecha con micrófono en una mano y banderita en la otra.

En julio, la tragicomedia tuvo un giro dramático: la condena a Álvaro Uribe por soborno y manipulación de testigos. El partido, fiel a su guion, lloró persecución política y firmó comunicados de solidaridad, mientras el jefe, desde su finca-prisión, sigue moviendo los hilos como ventrílocuo de sus propios precandidatos.

Y entonces llegó agosto con el funeral de Miguel Uribe Turbay, que más que velorio parecía lanzamiento de campaña. La viuda picando ojo, el padre, Miguel Uribe Londoño, cuchicheando chistes con su esposa, y el ataúd convertido en tarima electoral para hablar de 2026. Se le nota a leguas que a Claudia Tarazona, la viuda, le bajaron el pulgar político, mientras el padre del difunto acaricia abiertamente la aspiración al Senado. El muerto era lo de menos, el botín electoral lo de más. Álvaro Uribe, impedido de asistir, mandó su discurso: aprovechó para estigmatizar a las víctimas de la UP y, entre líneas, deslizó el anuncio de un nuevo genocidio.

Ni se había enfriado el cadáver cuando María Fernanda Cabal salió a reclamar votos como si fueran herencia: “Éramos cinco, ahora somos cuatro”. Pero la bendición del patrón no fue para ella, sino para Juan Carlos Pinzón Bueno —de “Bueno” no tiene nada—, sobrino de Jorge Bueno Sierra, narco condenado en Estados Unidos, y santista reciclado. Otra puñalada a Mafe Cabal, que lleva años creyendo que esta vez sí la eligen, sin entender que en el manual ultraconservador las mujeres siempre están en la banca.

De ahí en adelante, las peleas se multiplicaron: Abelardo de la Espriella, lanzado como candidato de la derecha con pose militar y mocasines de peluche; y Vicky Dávila, agarrados por Saab como si fueran adolescentes en chisme de colegio. El papá del difunto, reconvertido en conferencista político de la mano del condenado Uribe, porque aquí las penas se cumplen con reflector y micrófono; y, como si no bastara, el propio Álvaro Uribe organizando conversatorios virtuales con precandidatos presidenciales del uribismo, confundiendo casa por cárcel con home office.

A este circo se sumó Josué Alirio Barrera, entre polémicas por acumulación de tierras y la anulación de su vicepresidencia del Senado por no respetar la cuota de género. Y, claro, la siempre presente María Fernanda Cabal, salpicada por señalamientos de narcotráfico y acaparamiento de tierras: su familia vinculada a Riopaila Castilla, empresa donde fueron incautados 500 kilos de cocaína, además de beneficiarse con la ocupación ilegal de más de 2.000 hectáreas de baldíos a través de ingenios azucareros ligados al Grupo Ardila Lule. Pese a estas denuncias, la senadora sigue campante en el Congreso y en campaña presidencial, confirmando la profunda impunidad y el cinismo de la política colombiana.

El remate es la familia Uribe anunciando venganza. Tomás, el heredero, amenazando con la extradición de Iván Cepeda y Miguel Ángel del Río en un obvio y descarado montaje judicial. Esa es su “venganza” contra quienes han sido víctimas y representantes de víctimas en el proceso judicial que condenó a su padre. La derecha no disimula: anuncia de frente que quiere volver con sangre, miedo y muerte.

En suma, la derecha colombiana está inmersa en una profunda crisis interna y de identidad. Desde agresiones públicas entre precandidatos, estrategias fallidas para lograr unidad, hasta el uso político de un atentado, todo evidencia una fuerza política sin claridad ni cohesión. La figura de Álvaro Uribe sigue siendo central, aunque corroída por procesos judiciales y divisiones internas. Es una derecha despelotada, dividida, pero que se sabe respaldada por la criminalidad, y eso le puede bastar para volver al poder en 2026. Por eso la tragicomedia no es solo para reírse: también genera preocupación. La bandera principal de la derecha es el odio y la muerte; si fueron capaces de usar al difunto como trampolín electoral, es claro que, una vez en el poder, los muertos los pondremos nosotros, el pueblo. El genocidio está anunciado.

Por Justicia & Dignidad 🌹

Periodismo Independiente e Investigativo

 

La Unión Patriótica: un genocidio de Estado y la peligrosa persistencia del discurso estigmatizante

En Colombia, hablar de la Unión Patriótica (UP) es hablar de una de las heridas más profundas de nuestra historia política. Este partido nació en 1985 como fruto de un intento de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC. Lo que debía ser un puente hacia la reconciliación se convirtió, en cambio, en una sentencia de muerte para miles de militantes.

Entre 1984 y 2002, el Observatorio de Memoria y Conflicto documentó 4.153 casos de militantes de la UP asesinados, desaparecidos o secuestrados. A esto se suman más de 2.049 sobrevivientes que sufrieron amenazas, tortura, violencia sexual, desplazamiento forzado y detenciones arbitrarias. En total, 6.201 víctimas en poco menos de dos décadas. Y la violencia continuó incluso después de que, en 2002, se suspendiera la personería jurídica del partido.

No se trató de hechos aislados ni de “excesos” de particulares. Fue un genocidio político planificado y ejecutado desde las más altas esferas del Estado colombiano.

El papel de Virgilio Barco y la sombra de Rafi Eitan

En enero de 2021, el periodista Alberto Donadio reveló en “Los Danieles” información que vincula directamente al expresidente Virgilio Barco (1986-1990) con la decisión de exterminar a la UP. Según su investigación, Barco se reunió dos veces en 1986 con el espía israelí Rafi Eitan, famoso por capturar a Adolf Eichmann y por operaciones letales contra militantes palestinos.

En la segunda reunión, Eitan habría recomendado “eliminar a los miembros de la UP” para neutralizar a la guerrilla. La propuesta incluía que él mismo ejecutara el plan, pero finalmente la misión se dejó en manos del Ejército colombiano. Según Donadio, Barco no mostró objeciones éticas, morales ni legales.

Estas revelaciones coinciden con el rol del entonces ministro de Defensa, general Rafael Samudio Molina, quien públicamente legitimó a los paramilitares y llegó a afirmar, tras un atentado contra una sede de la UP, que “pues sería que tenían explosivos en su sede”.

No fue un clima de violencia espontánea: fue una decisión de Estado.

El Estado colombiano fue condenado

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) condenó a Colombia por el genocidio de la UP, estableciendo que las declaraciones que tildaban al partido de “brazo político de las FARC” o “colaboradores de la guerrilla” no solo eran falsas, sino que fueron parte del patrón de exterminio. Estas afirmaciones, concluyó la Corte, dañaron el honor de las víctimas, legitimaron su persecución y restringieron sus derechos políticos.

El informe de la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) coinciden: el genocidio de la UP fue planificado y ejecutado desde las más altas instancias del Estado, en coordinación con grupos armados ilegales.

El discurso de Álvaro Uribe: la persistencia de la revictimización

El 13 de agosto de 2025, durante el funeral del senador Miguel Uribe Turbay, el expresidente Álvaro Uribe Vélez envió un mensaje —leído por Gabriel Vallejo— en el que afirmó:

“Nuestro partido y las fuerzas democráticas de Colombia nunca apeló a la combinación de las formas de lucha; a diferencia de algunos miembros de la Unión Patriótica, que promovían el secuestro, participaban de órdenes de asesinato, pero se sentían con derecho a imponerse sobre la democracia.”

Esta declaración no es nueva: es la misma narrativa que durante décadas ha servido para justificar el exterminio. Es una afirmación desmentida por la historia, por la justicia y por la evidencia.
Uribe, condenado judicialmente en otros procesos, incurre aquí en una doble falta: desconoce una sentencia internacional y revive un discurso que la Corte IDH identificó como causal de riesgo y legitimación de asesinatos.

No es una opinión inocente. Es un mensaje que estigmatiza, legitima y reabre heridas, justo en un contexto donde la política colombiana necesita memoria y reconciliación, no más odio.

Por qué es grave y peligroso

  1. Contradice la verdad judicial: La Corte IDH y la JEP han establecido que la UP fue víctima de un genocidio de Estado, no de una confrontación “legítima” contra grupos armados.
  2. Reproduce patrones de persecución: Las etiquetas de “brazo político de la guerrilla” fueron antesala de asesinatos selectivos, desapariciones y desplazamientos.
  3. Desconoce la responsabilidad estatal: Nombrar a la UP como grupo criminal es ignorar que la violencia contra sus militantes fue ordenada y ejecutada desde el propio Estado.
  4. Revictimiza: Las familias y sobrevivientes de la UP no solo han sufrido la pérdida de seres queridos; han tenido que cargar con el estigma social que alimenta discursos como el de Uribe.

Memoria contra el olvido

El exterminio de la UP no es un capítulo cerrado. Aún hay víctimas que esperan justicia y reparación.
Las palabras importan, y en Colombia han matado tantas veces como las balas.
Por eso, es deber ciudadano y político recordar que la Unión Patriótica fue un proyecto democrático exterminado por decisión de Estado.

Quien niega o distorsiona esa verdad no solo insulta a las víctimas: pavimenta el camino para que la historia se repita.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

El funeral de Miguel Uribe y el inicio de una campaña política

En un giro digno de una tragicomedia política, el funeral de Miguel Uribe Turbay se transformó en un improvisado mitin electoral. Entre lágrimas y discursos de unidad, algunos no pudieron resistir la tentación de recordar que el país, según ellos, necesita más votos para el Centro Democrático.

Su padre, Miguel Uribe Londoño, y su esposa, Claudia Tarazona, con la infaltable asesoría de Lester Toledo —exasesor de Bukele—, ya parecen tener la mirada puesta en el Senado o la Presidencia. Porque en Colombia ni la muerte detiene la maquinaria electoral: el luto es solo un telón de fondo para discursos estratégicos. Llama la atención que el señor Toledo no se despegó de la familia ni en la Clínica Santafé ni en el funeral de Miguel Uribe, lo que confirma que sus funciones como asesor de campaña no terminaron y que quizá todo lo que pasó obedezca a una campaña más grande.

El propio Álvaro Uribe no perdió la oportunidad: su intervención estuvo cargada de odio, revictimizando a las víctimas del genocidio de la UP y negando la responsabilidad del Estado colombiano, aun cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos ya ha señalado su participación y condenado al Estado.

Mientras tanto, figuras como María Fernanda Cabal, Paloma Valencia y Viky Dávila habían pasado meses atacando a Miguel Uribe por ser el favorito de Uribe y cuestionando sus gastos de campaña. Nada nuevo bajo el sol: críticas, guerras internas y espectáculos mediáticos, “capitalización interna”, como decían algunos periodistas. Lo curioso es que ninguna línea investigativa apunta a ellas sobre el asesinato de Miguel Uribe, a pesar de ser sus rivales políticas más evidentes.

Y mientras tanto, Uscátegui Junior protagoniza otro show mediático, esta vez en el búnker de la Fiscalía, como si estuviera en una telenovela de intrigas judiciales. No muy lejos, los excéntricos Polo Polo, con sus recientes procedimientos estéticos faciales, y el cantante de O Sole Mio, Abelardo de la Espirella, adoptan una ridícula postura militar digna de caricatura, combinada con sus mocasines de peluche, y juran venganza desde sus cuentas de Twitter. Posturas que armonizan perfectamente con la ultraderechista comediante Alejandra Ascarate —a quien, según los rumores, le “cogieron” al esposo con varios kilos de cocaína en unas avionetas— y que en la misma cuenta habla de “exterminar a la plaga de la izquierda”, recordándonos que en este país el absurdo y el odio a veces se dan la mano de manera escandalosamente sincronizada… y cómica.

Aquí está la ironía más cruel: quien haya asesinado a Miguel Uribe probablemente nunca imaginó que su crimen dejaría como legado un escenario donde la derecha pudiera destilar odio y victimizarse sin freno. Lo verdaderamente inhumano no es solo la muerte de un joven, sino la instrumentalización de un enfermo y ahora de un difunto. Solo una derecha con un dirigente como Álvaro Uribe puede dar ese tratamiento de inhumanidad a alguien que ya no puede defenderse.

En este circo político, las lágrimas y los discursos estratégicos se mezclan, recordándonos que en Colombia la política a veces es más cruel que la muerte misma.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo