“Los están matando, Presidente”

26 de junio de 2025

Esta noche asesinaron a Yidwar Mondragón Paredes.

Le dispararon en Poblado Campestre, en Cali, en plena vía a Candelaria. No fue una bala perdida ni un acto aleatorio. Fue un mensaje. Uno más.

Yidwar era vocero del Colectivo Jhonatan Sabogal. Un líder, un joven con discapacidad que se desplazaba en silla de ruedas. Era firmante de paz. Lo metieron a la cárcel con un montaje judicial tan absurdo que nadie —ni siquiera quienes lo conocían de cerca— podía creerlo. ¿Cómo era posible que un joven en esas condiciones, que apenas podía moverse sin ayuda, fuera acusado de terrorismo y violencia? Pero lo fue. Lo encerraron.

Y mientras estuvo tras las rejas, nunca recibió atención médica adecuada. Su salud se deterioraba. Desde el Colectivo Jhonatan Sabogal se denunció una y otra vez que el Estado no hacía nada por garantizarle ni siquiera una consulta. Fue un castigo por pensar diferente, por levantar la voz durante el estallido social.

Cuando por fin recuperó su libertad, sabía que su vida estaba en riesgo. Por eso, el 2 de julio de 2024, solicitó formalmente medidas de protección ante la Unidad Nacional de Protección. El 10 de julio, su solicitud fue radicada ante el Ministerio del Interior. Lo que pidió fue simple: no morir. Pero el Estado no respondió. Nunca lo protegió. Hoy está muerto.

El gobierno de Gustavo Petro —ese que prometió justicia para los presos políticos, verdad para las víctimas del paro, reparación para las familias rotas— les falló. No solo incumplió: abandonó.

Las mesas de diálogo no sirvieron. Las huelgas de hambre fueron ignoradas. La Comisión de la Verdad del Paro Nacional fue una farsa. Y quienes salieron de prisión quedaron solos, marcados, vigilados, vulnerables.

Yidwar es uno más.

Uno más que muere en medio de este desgobierno que se arropa con la bandera de la paz mientras entierra a sus jóvenes en silencio.

Los medios seguirán hablando de Miguel Uribe, de la Constituyente, de encuestas. Pero no hablarán de Yidwar. Porque un joven pobre, en silla de ruedas, asesinado por el abandono estatal, no vende clics.

Ahí están los muertos.

Ahí está Yidwar, como estuvo Diego Fernando.

Ya son siete los jóvenes detenidos políticos asesinados.

Y seguirán contando.

La juventud que se inmoló en las calles para que ustedes fueran gobierno está siendo exterminada.

Y ustedes no solo no hacen nada.

También mienten.

También traicionan.

Los están matando, Presidente.

¿Y usted, qué carajos va a hacer?

Por  – Justicia & Dignidad

Del show al terror: crónica de una derecha desesperada

Por Prensa Justicia & Dignidad

Otra vez el país amanece entre trinos, comunicados de clínica y caras de mármol. Miguel Uribe Turbay —sí, Miguel Uribe Turbay— salió del quirófano de la opinión pública bañado en incienso digital, con rezanderos de fondo, veladoras encendidas y la infaltable esposa, Claudia Tarazona, lanzando besos como si estuviera en campaña para reina nacional o presidenta hemisférica.

Pero mientras las cámaras se agolpaban en la Clínica Santa Fe, allá en los sótanos del Palacio de Justicia, la Fiscalía —¡por fin!— soltaba una bomba real: pidió condena contra Álvaro Uribe Vélez.

Sí, el eterno intocable. El del Ubérrimo. El que llamaba a los fiscales por su nombre de pila.

Y entonces uno se pregunta, como preguntaba Gaitán antes de ser silenciado: ¿quién disparó?

Porque en este país donde los hechos se confunden con efectos especiales, no faltan teorías que parecen sacadas de Netflix pero que, conociendo nuestra historia, no suenan tan descabelladas: ¿un atentado concertado al estilo Trump? ¿Un simulacro de mártir criollo con ambulancia de producción y lágrimas de libreto? ¿Un autoatentado con cálculo electoral de por medio? ¿O acaso fue obra de sus propios compañeros de partido, esos mismos que se sonríen de frente y apuñalan por WhatsApp?

De todo se puede pensar.

Lo único cierto es que la denuncia del abogado Víctor Mosquera contra el presidente Gustavo Petro, dizque por un trino que generó “odio” contra Miguel Uribe Turbay, no es más que el capítulo 92 de la telenovela:

“¡Sálvese quien pueda, que van a condenar al jefe!”

Y mientras tanto, la izquierda… pues bien, bien desunida.

María José Pizarro agarrada con Gustavo Bolívar,

Gustavo Bolívar creyéndole a las encuestas,

Daniel Mendoza delirando con que tiene la última palabra: un día proclama a Roy Barreras como candidato salvador, otro día a Carolina Corcho, pero eso sí, siendo enfático desde ya: Bolívar se quema. Y entre tanto, tuitea en clave mística como si los votos se convocaran por invocación.

Gustavo Petro, mientras tanto, lanza constituyentes con papeletas: sin marco jurídico, sin organización, sin músculo político y, lo más grave, sin ganas reales de disputar el poder.

Al pobre Eduardo Montealegre le toca sustentar ese desvarío jurídico, y ya hasta se le nota que quiere llamar a la doctora Natalia Springer para que lo asesore… como en los buenos —y oscuros— tiempos de la Fiscalía.

Y como si fuera poco, Jorge Robledo y Sergio Fajardo se unen a Carlos Fernando Galán y a la pastora María Luisa Piraquive del Mira, en una coalición que parece una iglesia con sede en Chapinero:

cobrarán diezmos, hablarán de la “familia tradicional”, odiarán a la comunidad LGBTI y, por supuesto, se opondrán al aborto. Todo en nombre de la decencia y la moral bien maquillada.

La política electoral colombiana es un chiste.

Pero no uno bueno. Uno contado por un ventrílocuo triste en un sepelio sin flores.

Porque mientras la derecha juega al drama clínico y a la santidad digital, la izquierda se suicida entre egos, oportunismos y delirios constituyentes.

Lo único claro es que la derecha está desesperada. Porque saben que cuando condenen a Álvaro Uribe Vélez —Dios permita una gota de esperanza en este océano de impunidad—, con él caerán muchas máscaras, y tal vez, solo tal vez, la justicia colombiana se anime a juzgar los crímenes que encarna el Centro Democrático y sus secuaces: narcotráfico, corrupción, crímenes de lesa humanidad.

Y porque si eso fueron capaces de hacerle a su hijo consentido —Miguel Uribe Turbay—,

¿qué no le seguirán haciendo al pueblo colombiano?

El mundo en manos de desquiciados y… ¿una Tercera Guerra Mundial?

El 24 de junio de 2025, Donald J. Trump, expresidente de EE. UU., publicó en Truth Social que Irán e Israel habían acordado un “alto al fuego total y completo”. Según él, comenzaría seis horas después del anuncio: primero Irán, luego Israel, y 24 horas más tarde, se reconocería el fin oficial de la llamada “Guerra de los 12 días”.

Solo había un pequeño problema: era mentira.

Horas más tarde, el canciller iraní Abbas Araghchi desmintió categóricamente el anuncio: “No hay ningún acuerdo de cese al fuego con Israel”. Desde Jerusalén tampoco hubo confirmación. Fuentes del Ministerio de Defensa israelí, citadas por Haaretz, indicaron que no se había pactado nada, y que continuarían respondiendo a cualquier agresión iraní.

Mientras Trump jugaba a la diplomacia desde su red social, la realidad era otra. El 13 de junio, Israel lanzó la operación Rising Lion, atacando más de 100 objetivos militares y nucleares en Irán. Al menos 224 personas murieron. Irán respondió con más de 150 misiles. El 23 de junio, EE. UU. bombardeó instalaciones nucleares iraníes en la operación Midnight Hammer, e Irán contraatacó esa noche a la base aérea estadounidense de Al Udeid en Catar.

Según la Media Luna Roja Iraní, hay más de 450 muertos, incluidos 54 niños. Teherán está parcialmente evacuada y los hospitales están desbordados. En Israel, ciudades como Tel Aviv y Haifa viven bajo alarma constante.

Y mientras tanto, Trump actúa como si hubiera ganado el Premio Nobel de la Paz con una publicación viral. No es la primera vez que el expresidente confunde espectáculo con política exterior, pero esta vez lo hizo en medio de un conflicto que podría escalar regionalmente.

¿Por qué lo hace? Primero, por campaña. Aun fuera del poder, busca posicionarse como el único capaz de detener una guerra. Segundo, porque domina el juego mediático: mientras todos buscan hechos, él fabrica titulares. Tercero, porque sabe que la mentira, si se dice con suficiente fuerza, puede parecer verdad.

El mundo sigue sin tregua. Ni Irán ni Israel han bajado las armas. EE. UU. está directamente involucrado. Catar intenta mediar sin éxito, y la ONU emite llamados a la calma que se pierden entre explosiones.

No estamos, aún, en la Tercera Guerra Mundial. Pero sí en una situación donde el más mínimo error puede encenderla. Y lo preocupante no es solo el conflicto, sino quiénes pretenden dirigirlo.

Hoy el planeta está en manos de líderes que anuncian la paz desde un teléfono mientras la guerra arde. Y aunque Trump no firmó ningún tratado, logró lo suyo: que habláramos de él. Por ahora, el único cese al fuego confirmado es entre la verdad y la política.

Por Justicia & Dignidad

Cómo ganarte la lotería en Colombia: Paso 1: cásate con el subgerente

En la Medellín de Fico Gutiérrez, uribista-utranza y alcalde por obra y gracia de los rezos de la derecha, acaba de ocurrir un milagro más grande que ver a Uribe dando explicaciones: la esposa del subgerente de la Lotería se ganó casi mil millones de pesos con el número cabalístico 1111.

El protagonista de esta historia digna del realismo trágico colombiano es Rubén Callejas, exdiputado de Antioquia y hasta hace poco subgerente comercial de la Lotería de Medellín. Muy romántico él, decidió regalarle a su esposa, Luisa Jaramillo —presentadora de televisión y asesora de la Gobernación— un billete de lotería por el Día de la Madre. Y ¡pum! Le cayó el premio. Dicen que el amor mueve montañas… y cuentas bancarias.

Primero dijeron que el sorteo fue por nombre, como si fuera bingo en asilo. Luego la Procuraduría corrigió y dijo que fue por número. Entre tanta confusión, lo único claro es que no han logrado explicar cómo se mueven 16.000 millones de pesos sin levantar sospechas… aunque lo intentan con devoción institucional.

La Lotería dice que todo fue legal (porque se investigaron a sí mismos y se absolvieron con mucho amor), mientras la Procuraduría abrió indagación para ver si hubo uso de información privilegiada, conflicto de interés o simple descaro. Rubén, fiel al libreto nacional, renunció antes de que las preguntas se pusieran incómodas.

¿Coincidencia o milagro político? Tal vez fue el propio Fico quien hizo el milagrito. O tal vez el número 1111 tiene poderes que solo activan si eres parte del combo divino de la administración.

En fin. Colombia: donde la suerte existe… pero solo para los que firman cheques.

Por Prensa Justicia & Dignidad

Secuestro de 57 militares en El Tambo

En el mágico realismo colombiano, nada sorprende ya: 57 militares fueron secuestrados en El Tambo, Cauca, por un grupo de civiles presionados por las disidencias. Y no, no es la escena de una serie de narcoficción… es lunes en Colombia.

Los uniformados —4 suboficiales y 53 soldados— quedaron retenidos como si fueran invitados forzosos a un paseo ecológico por la selva. ¿El objetivo? Que no puedan mover ni un dedo mientras las disidencias actúan como si fueran el Estado. Y para rematar, la cereza del pastel: ¡escudos humanos! Porque si algo saben hacer las disidencias es poner al pueblo en medio del fuego… literalmente.

El presidente Petro reaccionó pidiendo su liberación inmediata, mientras el ministro de Defensa ofreció recompensas como si fueran tiquetes para un concierto. La Procuraduría, como siempre, pidió «presencia efectiva del Estado», como si ese Estado no llevara siglos en sabático. Spoiler: el Estado en el Cauca es una leyenda urbana con horario restringido.

¿Y los otros responsables? Ay no, de esos no se habla. Ahora caminan con discursos de reconciliación, sombrero campesino y cargo visible. Toman tinto caliente en despachos oficiales, cultivan discursos y cosechan aplausos.

Aquí el silencio no es cobardía, es método. Dinámicas sabias de Caucanistán.

¿El resumen? Soldados secuestrados, el Estado de vacaciones y un gobierno que hace como que no sabe… pero sabe.

Por Amaru Chasqui Periodista Independiente

Las puertas del infierno están abiertas

Por Sofía López – Justicia & Dignidad

Trump y Netanyahu caminan por el mundo como dos profetas del fin, vendiendo paz en frascos llenos de pólvora. Uno con su bronceado de reality show y el otro con su gesto de cinismo bíblico, repiten sin rubor: “la paz nacerá de la fuerza”. Lo dijo Netanyahu, como si lanzar misiles sobre niños en Gaza o atacar Irán con ojivas nucleares fuera un acto de amor profundo. “Primero viene la fuerza, luego la paz”, sentenció, mientras el mundo contenía la respiración.

Pero lo que viene no es paz: es la Tercera Guerra Mundial.

Hoy no se necesita una ideología compleja para prenderle fuego al planeta. Basta un discurso inflamado, una provocación desde un portaaviones, o una firma en un decreto con olor a petróleo y pólvora. Y de eso, Donald Trump tiene experiencia. Después de regresar al poder como un emperador herido, solo necesita un conflicto global para erigirse como el “salvador” de su país. A su lado, Netanyahu ha hecho del crimen de guerra una rutina política. Ambos actúan como si la historia los fuera a absolver, cuando en realidad lo que están haciendo es abrir, otra vez, las puertas del infierno.

El reciente bombardeo a instalaciones nucleares iraníes no fue solo una operación militar: fue una declaración. Irán respondió, como era previsible, amenazando con cerrar el estrecho de Ormuz, un punto crítico por donde fluye el 20 % del petróleo del mundo. La economía global se tambalea con cada misil, y el silencio de las grandes potencias empieza a sonar más fuerte que cualquier explosión.

Desde Gaza hasta Teherán, el mundo vive al borde del colapso. Las sanciones se convierten en balas. Los tratados internacionales se deshacen. La diplomacia se ahoga entre las llamas de discursos vacíos. Y en medio de este delirio, los pueblos observan, impotentes. Nadie frena a Trump cuando amenaza con hacer de la guerra una estrategia electoral. Nadie limita a Netanyahu cuando bombardea hospitales y lo llama “defensa legítima”.

El planeta entero parece haber aceptado que estamos en manos de dos hombres que confunden fuerza con justicia y destrucción con liderazgo. Uno con armas nucleares, el otro con delirios de grandeza, ambos convencidos de que la paz se puede imponer con fuego y miedo.

Esto no es una distopía. Es el mundo en que vivimos. Y no se trata solo de Medio Oriente o de los Estados Unidos. Cada dron, cada misil, cada discurso de odio, nos acerca un poco más al abismo. Lo terrible es que no parece haber nadie con el valor de decirles basta.

Pero hay que decirlo: la paz no nace de la fuerza, sino del límite que los pueblos le ponen a los desquiciados.

Porque la historia no la escriben los que mandan, sino los que caminan.

Y en ese andar, está la esperanza.

Porque incluso frente al apocalipsis, el pueblo aún tiene la llave.

María Fernanda Cabal: la señora del mal

María Fernanda Cabal, esa mezcla criolla entre Margaret Thatcher, villana de Disney y tía furiosa en grupo de WhatsApp, lleva años cumpliendo con una misión sagrada: estar del lado equivocado de la historia con una constancia que ya quisiera tener el clima de Bogotá. Su brújula moral está tan desequilibrada que si apunta al norte, el mundo entero debería correr hacia el sur.

Su salto a la infamia comenzó en 2007, como directora de Asuntos Internacionales de la Fiscalía. Una oficina seria, encargada de la cooperación judicial y la protección de secretos del Estado, terminó pareciendo más bien una ventanilla de chismes de alto riesgo. Desde allí, salieron informes confidenciales rumbo a manos muy equivocadas: estructuras del narcotráfico y el Ministerio de Defensa. Cuando estalló el escándalo, ella no se escondió… ¡se fue a una feria ganadera en Houston! Mientras el país hablaba de la masacre de San José de Apartadó, ella sonreía junto a un cebú premiado. Finalmente, el fiscal Iguarán prefirió pedirle la renuncia antes de que la Fiscalía pareciera una novela de narcos mal escrita.

Desde entonces, Cabal se ha graduado con honores como la reina de la ultraderecha tropical. En el Congreso reparte discursos con chaleco antibalas y rezos al libre mercado. Y claro, adora a Donald Trump. Viajó a su posesión, se fotografió con toda la fauna ultra, y dijo que representa “todo lo que una nación necesita”: muros, militares y fake news. El pequeño detalle de que Trump nos tiene ad portas de la Tercera Guerra Mundial no le quita el sueño. Al contrario: lo celebra.

También idolatra a Javier Milei, el libertario argentino con peinado de tormenta eléctrica. Cabal lo cita como si fuera Aristóteles, propone privatizarlo todo —incluido el oxígeno— y si se descuida, nos cobra por pronunciar vocales.

Ni hablar de su vida privada: su esposo, José Félix Lafaurie, es una enciclopedia de Fedegán, paramilitarismo y frases célebres como “mi mujer se casó por mi plata y me quebré al mes”. Una historia de amor, ganado y parapolítica digna de telenovela.

En materia internacional, Cabal es fan de Israel y de Netanyahu. Defiende cada bomba en Gaza con fervor bíblico, y hasta demandó para que Colombia no deje de venderle carbón a un gobierno acusado de genocidio. ¿Los derechos humanos? Bah, ideología.

El feminismo le produce urticaria. Lo llama “movimiento de feas”, se burla de las cuotas de género, y sugiere que el éxito femenino solo se logra en silencio y con tacones. También ha dicho que los indígenas “adoctrinan” y que los afros, cuando tienen poder, “lo quieren solo para ellos”. Todo esto con la Constitución de adorno en su escritorio.

Sus hijos tampoco se salvan del show. Una usó escoltas del Estado para vender postres, otro se peleó con Miguel Uribe en Twitter mientras evitaba prestar servicio militar. La coherencia familiar brilla por su ausencia, pero el escándalo, nunca.

Y hablando de Miguel Uribe…

Mientras el joven político se debate entre la vida y la muerte  —acompañado de 14 comunicados de la Clínica Santa Fe redactados en realismo mágico— su esposa, Claudia Tarazona, reparte besos por la ventana, entre rumores de si es reina de belleza, candidata presidencial o todo lo anterior. Afuera, el pueblo prende veladoras, mientras el Centro Democrático arde en su propia hoguera de egos.

Y allí, como en toda buena historia de traiciones, aparece María Fernanda Cabal. No con flores, sino con gasolina. Ha sido una de las críticas más feroces de Miguel: no le gusta su estilo, sus gastos ni su historia. Lo ve como un advenedizo que quiere comulgar sin haberse confesado. Cabal no le perdona su paso por el liberalismo ni su falta de cicatrices de guerra ideológica. Para ella, ser uribista es tener sangre, sudor y columnas de Fernando Londoño.

Además, mientras Cabal exige consulta popular abierta para elegir candidato presidencial —con pueblo, tamales y banderas— Miguel propone encuesta interna, como buen tecnócrata. A ojos de Cabal, eso es evadir el juicio sagrado del pueblo uribista. Álvaro Uribe intenta calmar las aguas desde su finca.

En realidad, Cabal odia a Miguel Uribe.  Piensa  que llegó sin machete ni historia. Y en el Cabalverso no hay lugar para los moderados: solo para los fanáticos, los cruzados, los apocalípticos.

Y así termina —por ahora— este capítulo de tragicomedia criolla.

Porque mientras Miguel lucha por su vida en medio de la novela política, hay quien ya prepara el entierro… con discurso, peineta y misal.

Y ella, claro, llega puntual. Porque si el mal tiene una señora… lleva tacones, dice “soy frentera” y se llama María Fernanda Cabal.

Por Prensa Justicia & Dignidad

De la consulta popular a la Asamblea Constituyente: hablemos de herejías

Lo malo de las herejías no es que sean peligrosas, sino que a veces salen blanditas. Como esta que ronda hoy los pasillos del Palacio: una Constituyente a punta de firmas. No es un acto de rebelión, sino un suspiro institucional. Primero vino la consulta popular por decreto —una especie de plebiscito exprés para empujar reformas— que el registrador ya congeló mientras las cortes deciden si eso es democracia o anarquía. Luego vino el plan B: recoger ocho millones de firmas para “respaldar” la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. Sin Congreso, sin ley, sin piso constitucional claro. Un acto de presión más que de convicción, como si juntar firmas bastara para reescribir la Carta.

El año pasado, el nuevo ministro de Justicia —ese Mazarino criollo— ya había soltado su tesis: que Petro puede convocarla por decreto. A palo seco. Como quien se amarra el pantalón y se lanza. Los guardianes del orden respondieron agitando la Constitución como si fuera la Biblia de un país que no lee ni una cosa ni la otra.

¿Puede hacerlo? Los constitucionalistas de manual dicen que no. Y lo dicen con ese tonito doctoral con el que se disfraza el miedo. Citan el artículo 376, que exige ley del Congreso para convocar una Constituyente: con número de delegatarios, límites temáticos, duración, y refrendación popular. Sin eso, nada. Punto. Amén.

Y la Corte Constitucional —ese oráculo que garantiza que todo siga igual— ya ha dejado claro su dogma. En 2003, frenó el referendo refundador de Uribe. En 2010, recortó la iniciativa popular. El mensaje es simple: la Constitución puede cambiarse… pero solo con corbata y pase del Congreso. Es decir, con permiso de quienes no quieren cambiar nada.

Pero hay quienes, como Darwin o Beethoven, prefieren las herejías a los dogmas. Uno de ellos es Eduardo Montealegre: exfiscal, académico, ministro, y ahora teórico de la “herejía constitucional”. Dice que no es ruptura, sino audacia con sustento. ¿El argumento? El Acuerdo de Paz con las FARC, firmado en 2016. Refrendado, reconocido por la ONU y elevado al bloque de constitucionalidad vía artículo 93. Es decir, tiene rango constitucional.

En su página 8 el acuerdo dice que Gobierno y FARC convocarán a todas las fuerzas vivas a un nuevo pacto político. ¿Eso no suena, acaso, a una Constituyente? Montealegre sostiene que, en desarrollo de ese tratado, el presidente puede emitir un decreto con fuerza de ley —lo llama “reglamento constitucional autónomo”— para convocarla. El pueblo refrenda, y listo. No se pasa por el Congreso, ese mausoleo del trámite inútil.

¿Es riesgoso? Por supuesto. ¿Contradice la letra de algunos artículos? Tal vez. Pero como decía Caballero: la Constitución no es una lápida. Es un pacto. Y si no le sirve al país, no sirve para nada.

Los defensores del statu quo, por supuesto, repiten su libreto: que Petro busca perpetuarse, que esto es chavismo, que es un golpe blando. Pero no hay aquí un afán caudillista, sino la necesidad de destrabar reformas pospuestas durante décadas. La paz, la tierra, la salud, la dignidad de los territorios… exigen nuevas reglas de juego.

Y no se diga que esta amenaza de Constituyente es mero capricho. Solo con nombrarla —decreto, consulta, firmas— se logró lo impensable: que el Congreso aprobara una reforma laboral decente. A veces, para que el burro camine, hay que mostrarle el garrote.

¿Servirá esta herejía para sacar adelante las otras reformas? Tal vez. ¿Será viable la Constituyente? Eso lo decidirá la Corte, ese tribunal que hace rato dejó de ser árbitro para convertirse en jugador de la oposición. Pero de que el debate se abrió, se abrió. Y de que el país necesita cambios de fondo, también.

Esto no es un delirio. Es una utopía jurídica, una urgencia política, una apuesta ética. Y sí, una herejía. Pero ya lo sabemos: cualquier herejía es válida si nos libra de cuatro años más de uribismo, o de una derecha fascista disfrazada de centro. Que en Colombia, eso es lo mismo.

Por Sofía López Mera, Abogada y Periodista de la Corporación Justicia & Dignidad .

¡El mundo patas arriba… y Colombia de rodillas!

Mientras el mundo se esfuerza por desaparecer con estilo, Gaza se convierte en el ensayo general de la barbarie. Israel, con precisión quirúrgica, bombardea hospitales, escuelas y cuanta sede humanitaria se cruce. Todo, claro, en nombre de la defensa propia, que en su idioma significa: “usted no tiene derecho a existir”.

Pero esta vez, el horror no se queda del otro lado del muro. Tel Aviv también está en ruinas. Ya no se distingue de Gaza. Los misiles iraníes hicieron polvo los techos de la soberbia. La amenaza nuclear dejó de ser un rumor diplomático: está sobre la mesa. Netanyahu, con la arrogancia de quien se cree el ungido, lo dice sin rubor: “Si cae el pueblo de Dios, caemos todos”. Es decir: si Israel se tambalea, él está dispuesto a llevarse al planeta completo.

¿Dónde están las instituciones llamadas a proteger la humanidad? Ni la ONU, ni la Corte Penal Internacional, ni una sola potencia se atreve a tocarlo. Netanyahu sigue libre, blindado, respaldado por los mismos que predican democracia mientras venden armas. Y sí: la Tercera Guerra Mundial ya no es una advertencia, es una amenaza en tiempo real. Se siente en el aire otro 11 de septiembre, pero esta vez multiplicado por mil. Y nadie lo detiene.

Y como si el horror necesitara expansión territorial, en Argentina ya aterrizan vuelos directos desde Israel a la Patagonia. Colonias “pacíficas”, dicen. Como si no conociéramos la historia. Si se conforman con esa puntica, tal vez haya paz. Pero si no… lo que se avecina es un genocidio silencioso disfrazado de migración, bajo la complicidad de gobiernos que han perdido el alma. Ya nos duelen nuestros hermanos mapuches: que esto no sea la antesala de un exterminio, porque el pueblo ha llegado a invadir tierras sudamericanas.

Y aquí abajo, en el trópico del absurdo, la tragicomedia nacional.

En Colombia, la derecha más rancia ahora anda mística. Rezan por la vida de Miguel Uribe con camándula en mano, rosario al cuello y cálculo electoral en la frente. Porque si vive, será el candidato. Y si no, su esposa asumirá el papel de mártir, o le entregará la candidatura a otro redentor del Centro Democrático. Todo listo, todo medido, todo manipulado.

Mientras tanto, líderes sociales siguen cayendo, el hambre crece en los barrios, y los jóvenes que soñaron con paz hoy solo buscan sobrevivir. Pero la patria está en oración… por un político.

¿Y el pueblo? Votando por quien lo reprime, aplaudiendo al que lo empobrece, y agradeciendo al que lo desprecia. Aquí, la democracia es un mal chiste contado en bucle.

El mundo arde. La amenaza nuclear es real. Y mientras nadie detiene al hombre que puede encender el apocalipsis, nos distraen con vírgenes de yeso, bustos, misas y slogans de campaña.

Y mientras el mundo está patas arriba…

Colombia sigue de rodillas.

Por Sofía Lopez, abogada y periodista de Justicia y Dignidad .

Las dos marchas del silencio

En febrero de 1948, el silencio fue un clamor de los que nunca tienen voz. La Séptima se llenó de pasos lentos, de campesinos bajados de las montañas, de obreros, de mujeres con los niños al hombro, de estudiantes con el cuaderno bajo el brazo. Todos vestidos de negro, enlutados por adelantado. No gritaban. No había pancartas, ni banderas, ni discursos. Solo el rumor de los pies sobre el asfalto. Era el pueblo entero diciéndole al Estado que los estaban matando, que les estaban robando la vida. Jorge Eliécer Gaitán los había convocado a ese silencio cargado de rabia contenida. Sabían que lo que venía era peor. Dos meses después, a Gaitán lo mataron. Y detrás del disparo vino el Bogotazo, la violencia que aún no hemos terminado de enterrar.

Setenta y siete años después, otro grupo bajó por la misma Séptima. Ya no vestían de negro, ni traían los rostros curtidos por el sol y la miseria. Esta vez el uniforme era otro: camisetas blancas, esas mismas que desde el estallido social de 2021 usaron los paramilitares urbanos y la autodenominada «gente de bien» para enfrentar a los jóvenes que pedían educación, salud y dignidad en las calles. No era un silencio de duelo, era un desfile de rabia contra el gobierno. Gritaban “Fuera Petro” mientras desfilaban las banderas planchadas, los escoltas en los bordes, los celulares grabando, los políticos de la derecha moviendo sus redes.

Pero esta vez el cinismo escaló un peldaño más. No solo transformaron la marcha en acto electoral; también atacaron a los periodistas de RTVC que intentaban cubrir los hechos. Los golpearon, los empujaron, los llamaron vendidos. En medio de la turba también expulsaron a Claudia López, quien intentó sumarse al recorrido. La sacaron con la misma violencia con la que antes la aplaudieron, cuando aún les era útil. Y como si la provocación no tuviera límites, ondearon con orgullo las banderas de Israel, mientras el mundo entero contempla el genocidio del pueblo palestino a manos del gobierno de Netanyahu. Así, en nombre de la “paz” y el “silencio”, marcharon del lado del ocupante.

En redes sociales, la rancia dirigencia conservadora dejó al descubierto la verdadera naturaleza de la jornada. María Fernanda Cabal no solo trinó contra el gobierno, llamando a Petro dictador y fracasado, sino que fue más allá: en un video público invitó a la Reserva Activa de las Fuerzas Militares a estar lista, insinuando la posibilidad de un golpe de Estado disfrazado de «restauración institucional». Paloma Valencia agitaba el fantasma del comunismo, llamando a defender la democracia del “autoritarismo populista” de Petro; y Polo Polo, sin matices, pedía a gritos “salvar la patria” de la amenaza de la izquierda.q

La marcha, que se vendió como un acto de paz, fue en realidad un mitin de campaña electoral montado sobre el viejo miedo de los privilegiados. No hubo duelo, hubo marketing. No hubo silencio, hubo ruido de campaña. No hubo pueblo, hubo élite.

En Colombia hasta el silencio tiene dueño, y el duelo tiene estratos. El primero fue del pueblo que sangraba; el segundo, de los que no toleran perder el poder. Y así seguimos, repitiendo el mismo camino por la Séptima, pero cada vez más lejos de la justicia.

Por Sofía López — Abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad