Los huesos que lloran bajo la tierra

Potrerito no figura en los titulares internacionales. Pero si la tierra hablara, contaría una historia de guerra que nunca se fue. Fue la lluvia quien la empezó a contar: el domingo 4 de mayo, un aguacero fuerte hizo ceder la tierra en una trocha entre tres fincas de la vereda Gato de Monte, en el corregimiento de Potrerito, Jamundí. La comunidad, acostumbrada a abrirse paso entre el barro, llegó al día siguiente con palas para despejar el camino.

Lo que hallaron fue el espanto: cráneos, huesos, restos con botas puestas, ropa todavía adherida al cuerpo como testigo mudo de lo que pasó. Lo demás fue silencio y una pregunta que golpea como la lluvia en el techo de zinc: ¿de quién son esos huesos?

Las autoridades aún no lo saben. Se presume que tienen entre 20 y 12 años bajo tierra. Tal vez fueron víctimas del Bloque Calima, que convirtió el sur del Valle en un territorio de control paramilitar; o de las BACRIM que heredaron el negocio y la violencia. Quizás sean falsos positivos de la época de Uribe, cuando jóvenes eran arrancados de sus barrios para inflar cifras de combate. Quizás cayeron en los enfrentamientos entre el Ejército y las FARC antes del diálogo, cuando el entonces ministro Santos decía: “hay que arreciar y arreciar”, pensando más en fórmulas para escalar la guerra que en premios Nobel de Paz.

Quizás son víctimas de la Jaime Martínez, la disidencia que ahora manda en las montañas de Jamundí, o de la Segunda Marquetalia, que llegó primero, bajando por Buenos Aires como sombra de un pasado que nunca se fue.

Lo cierto es que esos huesos —como tantos en Colombia— son de personas que alguien sigue buscando. Madres, esposas, hermanas que rezan sin tumba y sin respuestas. Mujeres que se han cansado de esperar, pero que no han renunciado.

Los organismos internacionales han sido alertados: la ONU, el MAPP-OEA, la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas. Harán su trabajo. Tomarán muestras, pondrán banderas blancas, cruzarán listas. Pero allá, en la vereda Gato de Monte, lo que hay es dolor sin nombre. Cuerpos sin voz. Y una comunidad que convive con la muerte como si fuera un árbol más del monte.

Porque lo que pasó en Potrerito no es un hecho aislado: es un eco más de una guerra que nadie ha podido parar. Una guerra que ha enterrado a los suyos a escondidas, mientras la historia oficial habla de paz y reconciliación. Allá, donde la lluvia revela verdades, el conflicto sigue oliendo a tierra removida.

Por Sofía López Mera, abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Días 4M , 5M y 6M

El 4 y 5 de mayo del 2021 no fueron días comunes: fueron días de plomo. Mientras en los noticieros hablaban de “restablecer el orden”, en las calles el orden lo imponían los fusiles. En Popayán, los estudiantes corrieron de la Universidad del Cauca a los hospitales; en Medellín, los jóvenes fueron cazados entre las lomas; en Barrancabermeja, los barrios populares retumbaron con ráfagas que no venían de las películas; y en Caicedonia, el pueblo chico fue testigo del terror grande. No hubo distinción entre el que gritaba y el que grababa, entre el que marchaba y el que miraba. Fueron días de exterminio selectivo, disfrazado de “operativo policial”. Días en que la democracia se tiñó de sangre joven. Por eso, exigimos una Comisión de Esclarecimiento Ya. No para que la verdad duerma en oficinas alfombradas, sino para que grite, para que acuse, para que repare.

3 y 4 de mayo de 2021 – Popayán: Violencia policial, persecución y terror

La tarde del 3 de mayo en Popayán fue de resistencia pacífica. Desde Campanario hasta la Esmeralda, la juventud se tomó las calles con arte, cantos y dignidad. Pero hacia las 11 de la noche, la noche se tornó infierno: el ESMAD y la Policía arremetieron con bombas, granadas de aturdimiento y persecución desmedida contra manifestantes y habitantes de los barrios La Chirimía, Guayabal, El Pajonal y La Esmeralda.

Quienes huían eran perseguidos a bordo de motocicletas, detenidos arbitrariamente y conducidos a la URI, que operaba como un centro de represión. Allí, la fuerza pública organizó un cerco que transformó ese lugar en una trinchera de impunidad y abuso.

4 de mayo de 2021 – Comunicado ONU y masacres urbanas

Desde Ginebra, la portavoz de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU expresó su alarma: Colombia se desangraba bajo el uso desproporcionado de la fuerza.

4 de mayo de 2021 – Cali: Muerte bajo las armas del Estado

  • César Augusto Barient murió por complicaciones respiratorias tras inhalar gases lacrimógenos en Medellín. Un técnico, no un manifestante. La nube tóxica, lanzada sin criterio, lo envolvió. La policía llamó ambulancia, pero él no quiso hospitalización por temor al COVID. Falleció días después. Su madre denunció la violencia policial como causa directa.
  • Javier Alonso Uribe Díaz, reciclador, cayó abatido por una bala mientras buscaba a su sobrino en medio de disturbios en Los Lagos. Su cuerpo yació por más de 10 horas en el suelo. El Estado no llegó. El pueblo lloró.
  • José Yesit Acevedo Santamaría, taxista, asesinado en el caos. Las versiones se contradicen: un retén, un barrio agitado, un disparo impune. Otra vida silenciada.

4 de mayo de 2021 –  La Virginia, Risaralda – Golpe y río: asesinato de Brahian Gabriel Rojas

Brahian no marchaba. Solo pasaba por el puente. El ESMAD lo golpeó brutalmente, lo llevó al borde del río Cauca. Su cuerpo fue hallado flotando. Golpeado. Muerto. La versión oficial no explica su destino.

4 de mayo de 2021 – Cali – Incursión armada policial en Siloé

La noche del 4 de mayo, Siloé volvió a ser campo de batalla. La policía gaseó el barrio entero. Hubo enfrentamientos y varios heridos. Silencio oficial. Ruido de disparos. Rostros cubiertos de miedo.

4 de mayo de 2021 – Miranda, Cauca: Infiltración militar

En el municipio de Miranda, Cauca, miembros del Ejército Nacional fueron sorprendidos por la comunidad vestidos de civil y portando armas de fuego. Su objetivo: infiltrar las protestas pacíficas que se desarrollaban sobre la vía que comunica con Cali, Valle del Cauca. La comunidad denunció esta acción como una estrategia encubierta para generar violencia en el marco de la movilización social.

5 de mayo de 2021 – Pereira, Risaralda: El asesinato de Lucas Villa

Eran las 7:30 de la noche en el Viaducto César Gaviria. Un grupo de jóvenes estudiantes de la Universidad Tecnológica de Pereira protestaba de forma pacífica cuando fueron atacados a tiros por sujetos vestidos de civil que se movilizaban en motocicleta. Lucas Villa, activista estudiantil de 37 años, fue alcanzado por ocho disparos y falleció el 10 de mayo. Otros dos jóvenes, Andrés Felipe y Javier Darío, también resultaron heridos.

Minutos antes del atentado, las luces del alumbrado público fueron apagadas y las cámaras de seguridad no captaron registros. Testigos relataron la presencia de drones en el área. Una camioneta se había acercado poco antes para entregar agua y víveres a los manifestantes. Lucas, con su voz inconfundible, gritaba “¡el ignorante, el terco, el dormido, despierte!”, cuando un punto láser apareció sobre su camisa turquesa, seguido por el sonido de una moto de alto cilindraje. Luego vinieron los disparos. En el hospital se denunció abandono médico y presunta negligencia por parte del personal de turno. Lucas era estudiante de Ciencias del Deporte y Recreación, reconocido por su liderazgo entre los círculos estudiantiles.

5 de mayo de 2021 – Caicedonia, Valle del Cauca: Homicidio de Pedro Benito Suárez Ariza

Pedro Benito Suárez Ariza transitaba en motocicleta por una zona rural de Caicedonia, donde un grupo de manifestantes mantenía un bloqueo. Según versiones oficiales recogidas por Caracol Radio, Suárez pidió que le permitieran el paso. Ante la negativa, sacó un arma y disparó contra uno de los jóvenes. En respuesta, fue agredido por la comunidad con piedras y palos, y falleció en el lugar. Las autoridades calificaron el hecho como un acto de intolerancia en el contexto del paro nacional.

5 de mayo de 2021 – Caicedonia, Valle del Cauca: Homicidio de Alberto Cuartas Herrán

En el mismo contexto de bloqueo en Caicedonia, Alberto Cuartas Herrán se encontraba entre los manifestantes cuando fue atacado por Pedro Benito Suárez Ariza, quien disparó en su contra y en contra de otra persona. Cuartas recibió un disparo en la cabeza. Fue trasladado al Hospital Santander del municipio, donde falleció minutos después. Según el medio El Tabloide, el hecho ocurrió en una zona rural del municipio. Nuevamente, las autoridades lo clasificaron como un hecho de intolerancia en el marco del paro.

5 de mayo de 2021 – Medellín – Lesión ocular

Santiago Vélez Piedrahita salió con la marcha desde el Parque de los Deseos. Era una manifestación tranquila, sin piedras ni gritos de guerra. Cruzaron la ciudad, regresaron al punto de partida ya entrada la medianoche. Frente a la Casa de Justicia, como si el nombre fuera una ironía, apareció el ESMAD. Sin previo aviso, sin provocación, atacaron.

Santiago levantó los brazos. No gritó, no corrió. Solo se detuvo, como queriendo decir: «Estoy aquí, en paz». Pero un cilindro de gas le voló la mitad del rostro. Venía encendido, con llama en la cola. Lo tumbó al suelo. El humo lo envolvía y la multitud huyó. Dos jóvenes, sin pensarlo, lo sacaron a rastras y lo llevaron a un hospital.

Ahí empezó la segunda parte del infierno. Pérdida total del ojo izquierdo. Daño neurológico en la cara. Sensibilidad borrada. Miedo perpetuo. Y la rabia muda de saberse mutilado por el Estado. Santiago no volverá a ver con ese ojo, pero recuerda bien la noche en que lo apagaron.

5 de mayo de 2021 – Medellín – Intento de homicidio: Jonathan Velázquez Aguiar

Jonathan tiene 18 años. Una discapacidad que le impide siquiera pensar en agredir a alguien. Estaba en casa, con su mamá, cuando las motos del ESMAD llegaron al barrio como si fueran a entrar a una guerra. Redadas, gritos, golpes. A su madre la tumbaron al piso, la patearon con las caderas, le dieron con las rodillas. Él salió, instintivamente, a defenderla.

No insultó. No golpeó. Solo quiso proteger. Pero lo arrastraron por el cuello, lo tiraron al piso, intentaron ahorcarlo. Le partieron la nariz. Le dejaron marcas en la garganta que no se van. Su madre gritaba mientras la golpeaban por intentar salvar a su hijo.

Ese día Jonathan entendió que no hacía falta portar un arma para que lo condenaran. Solo bastaba estar vivo, ser joven, estar ahí.

5 de mayo de 2021 – Cali – Montajes judiciales

Dayro Hidalgo García no estaba en la calle. No ese día. Es líder de la Comuna 13, músico, formador, gestor cultural. Habla de paz, enseña a rimar la rabia. No tira piedras. Pero el 5 de mayo se vio en un cartel de la Policía Nacional. Su rostro, recortado, como si fuera buscado por secuestro o asesinato. Decía: “Ayúdanos a identificarlos. Gracias a usted los capturaremos. Absoluta reserva”.

¿Su crimen? Promover el turismo comunitario. Hacer talleres con niños. Haber estado en las calles el 28 de abril, cuando la ciudad entera gritaba por justicia. El cartel lo puso en la mira, lo convirtió en blanco.

Dayro denunció. Porque quedarse callado también es morir. Porque a veces, resistir es escribir su nombre en la historia antes de que otros lo borren.

5 de mayo de 2021 – Barrancabermeja – Escuadrones de la muerte

En Barrancabermeja, la historia se repite como un eco maldito. La Corporación CREDHOS denunció que empresarios de la zona pactaron con paramilitares un acuerdo de sangre: matar a los jóvenes de la Primera Línea, a quienes protestaran en el sector de Obras Públicas. Un pacto sellado en El Centro, el corregimiento donde duermen los que mandan.

Volvieron los escuadrones de la muerte. Esta vez sin brazaletes, pero con la misma misión: limpiar la ciudad de rebeldes. No hay lista pública, pero sí objetivos definidos. La vida de los jóvenes tiene precio. El mensaje es claro: quien se levanta, cae.

6 de mayo de 2021: 6 de mayo de 2021 – Cali: La Luna y la Portada al Mar

El 6 de mayo de 2021, durante el Paro Nacional, Cali volvió a ser escenario de ataques armados contra la protesta social. A la 1:15 p.m., en el sector conocido como La Luna, al sur de la ciudad, hombres vestidos de civil llegaron en dos vehículos —una camioneta blanca y un Chevrolet Spark negro, modelo reciente— y dispararon de forma indiscriminada contra manifestantes que se encontraban en ese punto. Entre ellos estaba una comisión de la Minga indígena del norte del Cauca, que fue hostigada sin que ninguna autoridad interviniera. Una persona resultó herida por arma de fuego.

La situación fue registrada por testigos y organizaciones como la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN), que alertaron sobre la gravedad del hecho y denunciaron que la presencia de civiles armados actuando en coordinación o bajo protección de la fuerza pública se estaba volviendo recurrente.

Dos horas más tarde, hacia las tres de la tarde, se reportó otro ataque armado en la Portada al Mar, otro de los puntos de concentración de la protesta en Cali. Nuevamente, civiles armados dispararon contra manifestantes sin que se hiciera presente ninguna respuesta institucional para frenar el ataque.

Ambos hechos ocurrieron en un contexto de creciente estigmatización hacia los pueblos indígenas por parte del Gobierno Nacional, cuyas declaraciones públicas acusaban a la Minga de alterar el orden público. Las agresiones encajan dentro de un patrón sistemático de violencia estatal y paraestatal que busca desarticular la protesta a través del uso letal de la fuerza.

El 6 de mayo no fue una excepción, sino una evidencia más del modelo de represión que se desplegó en las calles de Cali durante las jornadas del paro.

Cali, Popayán, Medellín, Barrancabermeja y Caicedonia llevan cicatrices que no se ven, pero que duelen como si fueran de carne. Las madres caminan con el nombre de sus hijos en la garganta. La impunidad sigue agazapada, sonriente, entre despachos tibios y uniformes impecables. Pero el país que sangró en esos dos días no puede resignarse a callar. ¿Quién disparó en la esquina? ¿Quién dio la orden en la sala de mando? ¿Quién desapareció a los muchachos? ¿Quién limpió los rastros? No habrá paz verdadera sin respuestas. La Comisión de Esclarecimiento tiene que instalarse ya, con urgencia, con poder, con dignidad. Porque si el país olvida lo que pasó el 4, 6 y 5 de mayo, estará condenado a repetirlo. Y los muertos volverán, no para marchar, sino para reclamar justicia.

La montaña se defiende: Mocoa se levanta contra la megaminería de LiberoCobre

En lo alto de la cordillera que se entrelaza con la Amazonía, donde el río suena antes de verse y los abuelos aún hablan con los árboles, la comunidad de Pueblo Viejo, en Mocoa, ha decidido detener el tiempo. Desde el 24 de marzo, mujeres, jóvenes, sabedores indígenas, campesinos y líderes sociales bloquean el paso a LiberoCobre, una multinacional canadiense que insiste en abrirle las entrañas a la montaña en busca de cobre y molibdeno.

La empresa habla de oportunidades. En sus boletines, los geólogos bajan de las cumbres con núcleos de roca como si trajeran oráculos. «Estudiar el subsuelo es prepararnos para decidir con fundamento», proclaman. Pero en las veredas no se escuchan discursos técnicos, sino el clamor de la tierra. “No a la mina, sí al agua”, repiten los carteles escritos a mano, mientras una mujer con los pies en el barro vigila que no pase la retroexcavadora.

Para LiberoCobre, el cobre es el metal del futuro. Para Pueblo Viejo, el futuro es cuidar el agua que brota del Macizo Colombiano y alimenta a medio país. Aquí no hay neutralidad posible: o se está con la vida o se está con el extractivismo.

La historia no es nueva. Desde 2018, la Agencia Nacional de Minería ha entregado títulos sobre estas tierras. En 2022, Corpoamazonía —la autoridad ambiental— impuso una medida preventiva para frenar las operaciones, sustentada en que Mocoa había prohibido este tipo de actividades. Pero la empresa continuó. Según ellos, la medida ya no tiene validez porque el Consejo de Estado anuló el acuerdo del Concejo y sus títulos están vigentes. Mientras los tribunales se cruzan papeles, las perforadoras siguen abriendo caminos.

“El gobierno habla de transición energética y justicia ambiental, pero ¿qué justicia es esta que se impone a punta de motores y promesas de empleo temporal?”, pregunta un líder campesino mientras reparte café caliente entre los manifestantes.

LiberoCobre asegura que el 90 % de sus trabajadores son locales, que ofrecen primer empleo, pasantías, y escuchan a la comunidad. Pero las voces en Pueblo Viejo tienen otra versión: que los talleres son monólogos, que la consulta nunca fue previa ni libre, y que lo que se juega aquí no es una nómina, sino el alma de la montaña.

Thyana Álvarez, gerente de la empresa, señala que “actores políticos y activistas han llegado a agitar el territorio”. Pero lo que realmente agita a Mocoa no son discursos externos, sino el recuerdo de una tragedia reciente: la avalancha de 2017 que cobró más de 300 vidas y cuyo origen también estuvo en la devastación de la cuenca.

Hoy, la gente ha decidido no esperar otro desastre. Quieren que se respete el principio de precaución. Quieren que el gobierno escuche. Quieren que no les hablen de cobre para la vida cuando lo que ven es muerte disfrazada de progreso.

El representante a la Cámara por Putumayo, Andrés Cancimance, propuso que Mocoa sea declarada Zona de Reserva Ambiental Temporal. La solicitud duerme en los escritorios del Ministerio de Ambiente. Mientras tanto, en las montañas, la resistencia no duerme.

Y entonces cabe preguntar, sin retórica y con urgencia:

Si el gobierno del cambio, el que proclama a Colombia como potencia mundial de la vida, lo dice en serio, ¿por qué mantiene a comunidades como Pueblo Viejo en Mocoa, y a Jericó y Támesis en Antioquia, bajo el dominio de extractivistas como AngloGold Ashanti y LiberoCobre?

¿Por qué se sigue excavando donde brota la vida?

Porque desde aquí abajo, entre las piedras y el monte, la vida no se promete, se defiende.

Por Prensa Justicia y Dignidad

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 3M

Esa noche, Colombia se miró al espejo y no se reconoció. La represión se extendió como plaga, ciudad por ciudad, cuerpo por cuerpo. No fue un exceso. Fue una estrategia. No fue caos. Fue orden del poder. Los uniformes se camuflaron en la sombra, y desde la sombra dispararon. Murieron jóvenes. Desaparecieron verdades. Violaron cuerpos. Silenciaron voces. Pero también nacieron resistencias.
Hoy, a tres años de aquella jornada de terror, exigimos la creación inmediata de una Comisión de Esclarecimiento sobre los Crímenes de Estado cometidos durante el estallido social. Porque la memoria no puede depender del olvido, ni la justicia del calendario.

2 de mayo de 2021 – Paso del Comercio Cali- Homicidio de Nicolas Guerrero

La noche anterior al infierno, Juan Nicolás Guerrero García, artista, soñador, pariente del alcalde, encendía velas por los que ya no estaban. Participaba en una vigilia en la 14 de Calima, entre canciones y murmullos de resistencia. Horas después, un proyectil le voló la cabeza. No fue bala perdida: fue bala decidida. Los que disparan desde el poder sabían que estaban matando algo más que a un cuerpo: estaban matando una memoria, un símbolo. Pero fallaron. Porque la madre de Nicolás, Laura Guerrero, parió ese día una lucha.

3 de mayo de 2021 – Glorieta Siloe – la horrible noche

Lo que ocurrió en Siloé esa noche no fue un operativo. Fue una incursión armada. Una emboscada estatal. Un castigo colectivo. Bajaron el ESMAD, el GOES, el Ejército. Entraron con tanquetas, drones, helicópteros y el respaldo de la narrativa del miedo. No entraron a disuadir. Entraron a cazar.

A Harold Rodríguez Mellizo lo alcanzó un láser en la cara. Tenía veinte años. Un francotirador lo vio. Le apuntó. Harold puso la mano por reflejo. El balazo le partió el cuerpo en dos rutas: la carne del brazo y la arteria del cuello. Murió desangrado en la glorieta, entre salchipapas y sueños.

José Emilson Ambuila, negro, alto, corpulento, se agachó para cubrirse. El tirador esperó a que se quedara quieto. Le disparó por la espalda. Dos veces. Uno de los tiros le abrió el cuello como si la vida pudiera desbordarse por una sola herida. Tenía 34 años. Su humanidad quedó tirada en la calle Segunda Oeste, donde antes los niños jugaban.

Kevin Anthony Agudelo recibió el impacto en el pecho. Un francotirador también. Le apuntó al corazón. Kevin se movió apenas, como si el destino le diera una última oportunidad. Pero el balazo supersónico lo alcanzó. Le reventó los pulmones. Lo dejó sin aire. Sin futuro. Sin abrazo.
Esa noche hubo al menos 50 heridos. La mayoría no alcanzó a llegar al hospital. Algunos se quedaron tirados en los callejones. Otros los recogieron vecinos en motos, improvisando ambulancias con miedo. Pero el horror no terminó ahí: esa noche nació un trauma colectivo que sigue sin nombre, sin juez, sin condena.

Los cuerpos fueron elocuentes. Las trayectorias de las balas no mienten. Los disparos llegaron de arriba, de lejos, con puntería quirúrgica. Desde un helicóptero. Desde la sombra. Desde el Estado.

3 de mayo de 2021 en Yumbo, Valle del Cauca – Homicidio de Wenceslao Solís Sánchez

Wenceslao Solís Sánchez caminaba por la comuna 1 con otros vecinos. Vieron saqueos, escucharon disparos. No alcanzó a correr. Lo hirieron y murió poco después en el hospital de Yumbo. No disparaba, no saqueaba, solo estaba ahí. Lo mató el miedo disfrazado de autoridad. Uno más que cayó sin juicio, en un país donde la calle cobra vida.

3 de mayo de 2021 en Cali – Homicidio de Cristian Arturo Hinojosa Murillo

Cristian Hinojosa tenía 26 años. Fue asesinado en la comuna 13 de Cali durante el Paro Nacional. Nadie ha explicado por qué. Era joven, estaba en la calle, en días en que eso bastaba para morir. Su nombre quedó en el eco de los que siguen gritando justicia.

3 de mayo de 2021 – Barranquilla – Abuso policial y allanamientos ilegales

Ese día, en Barranquilla, la Policía llegó con las chaquetas al revés, como si la ley se pudiera esconder. Dispararon a los manifestantes, detuvieron a muchos. Golpearon a quienes defendían derechos, les quitaron sus celulares para borrar las pruebas. Entraron a casas sin orden, buscando culpables en los rincones de la rabia.

3 de mayo de 2021 – Medellín – Detención arbitraria y tortura

En Medellín, a un joven lo levantaron sin razones. Lo desaparecieron por horas, lo llevaron al CTP. Allí, la oscuridad tuvo nombre: tortura. Cuando lo soltaron, ya no era el mismo.

3 de mayo de 2021 – Cali, La Luna – Ataque a defensora de derechos humanos

En La Luna, barrio de lucha, Magaly Pino acompañaba al pueblo. Le dispararon con una Mini Uzi mientras buscaba refugio. Querían silenciar su voz, pero lo que hicieron fue sembrarla más hondo.

3 de mayo de 2021 – Bucaramanga – Detención arbitraria, tortura y montaje judicial

En Piedecuesta, detuvieron al abogado Johan Sebastián Moreno Castro, defensor de derechos humanos. Tenía su credencial visible, pero eso no importó. Lo golpearon, lo esposaron, lo incomunicaron. Su hermana fue maltratada por exigir justicia. Terminó en el hospital. Luego vino el montaje judicial. No fue el único: otros jóvenes fueron heridos y detenidos ese día sin nombre ni razón.

3 de mayo de 2021 – Bogotá – Detención arbitraria y tortura

En Kennedy, Diego Luna Rojas grababa lo que no debía: jóvenes golpeados en los baños del Portal Américas. El ESMAD lo detuvo, lo arrastró, lo golpeó. Le dijeron que si seguía sangrando le traerían un trapero. Lo soltaron por los gritos del barrio. Al día siguiente, una visita oficial confirmó: diez jóvenes fueron torturados allí, esa noche.

3 de mayo de 2021 – Palmira – Violencia sexual

Palmira fue otra herida del paro. Esa noche, once mujeres fueron agredidas sexualmente por agentes del Estado. Dos eran niñas. En algunos casos, las violentaron juntas. El cuerpo de las mujeres también fue campo de batalla.

3 de mayo de 2021 – Cali – Ataque a defensoras de derechos humanos

La noche del 3 de mayo, mientras Cali ardía en La Luna, una misión de verificación caminaba entre el humo. Allí estaban Darnelly Rodríguez y Ana María Burgos. Un policía de civil las atacó: patadas, golpes con el casco, insultos, amenazas de violación y de muerte. Una de ellas quedó con lesiones permanentes. La agresión ocurrió cerca de la Estación Fray Damián. No fueron las únicas: también fueron golpeados Iván López, Herson Aullón y Peter Sepúlveda. Ser defensor también era un delito.
Estos nombres, estos cuerpos, estos relatos no son pasado. Son heridas abiertas que caminan con nosotros. Mientras estos crímenes se mantengan en la impunidad, la horrible noche no habrá cesado. Y no habrá paz verdadera mientras no se digan los nombres de los responsables, mientras los culpables sigan libres y las víctimas sigan enterradas en estadísticas.

Por eso escribimos.
Por eso marchamos. Por eso seguimos.
Porque lo que se nombra, existe.
Y lo que existe, resiste.

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 2M

Por las calles del país bajaban los gritos. Desde Popayán, la juventud, los pueblos y las manos trabajadoras marchaban no solo contra una reforma, sino contra una historia larga de desprecio. Hoy, tres años después, seguimos preguntando: ¿Dónde está la verdad de los días que nos rompieron el alma?

Señor Presidente Gustavo Petro: Usted llegó a la Casa de Nariño de la mano de las víctimas del Paro Nacional. Su proyecto político se levantó sobre la dignidad de los y las jóvenes que pusieron el cuerpo en las calles, de las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, de los barrios gaseados, de los pueblos que resisten. Usted prometió una Comisión de Esclarecimiento para los hechos del estallido social. ¡Cumpla!
No se puede hablar de un segundo estallido social por las reformas, si el primero quedó sepultado bajo el olvido y la impunidad.

2 de mayo de 2021 – Popayán: Los infiltrados

La mañana apenas abría los ojos cuando los abogados de la Corporación Justicia y Dignidad, acompañados por la Defensoría del Pueblo, llegaron a la URI de la Fiscalía en Popayán. Querían saber por los detenidos del primero de mayo. Les dijeron que los habían liberado con comparendo. Nada por escrito. Nadie daba la cara.
Cuando salieron, vieron lo que no deberían: una camioneta blanca con platón. Bajaron militares armados, dos hombres de civil encapuchados, radios en mano. Hablaron entre ellos. Luego se fueron rumbo a los barrios La Esmeralda y El Chino. Nadie sabía qué hacían. Nadie respondía.

2 de mayo – Popayán: Incursión armada policial en el barrio La Paz y barrios de la comuna 7

El 2 de mayo de 2021, Popayán volvió a sentir el eco amargo del abuso estatal. Desde las primeras horas de la tarde, estudiantes, campesinos, jóvenes de barrios populares e indígenas salieron a las calles en una jornada más del paro nacional. Caminaron con cantos, pancartas, arengas, talleres pedagógicos y ollas comunitarias de agua de panela. Se concentraron en distintos puntos de la ciudad: el norte, el centro histórico, el Campanario, el Centro Deportivo Universitario. La protesta fue pacífica hasta que la irracionalidad del Estado se impuso. La Policía Nacional y el ESMAD, sin provocación alguna, desataron una ofensiva desproporcionada. Avanzaron con gases, bolillos y disparos. A los manifestantes no los escucharon: los reprimieron.
Ya entrada la noche, cerca de las diez, la represión se volvió más violenta y más brutal. La comuna 7 fue blanco del terror: los barrios La Paz, El Mirador y otros aledaños fueron gaseados sin clemencia. Motorizados y tanquetas irrumpieron en las calles, y también en las casas. Entraron sin órdenes, sin justificación. Golpearon a sus habitantes, los insultaron, los amenazaron, los obligaron a salir a la fuerza. Usaron armas de fuego. Tiraron piedras. Dispararon gases contra las viviendas. En medio del humo, los gritos y el miedo, cayeron varios.
Teresa Rengifo, de 92 años, inhaló el gas lacrimógeno que lanzaron en su cuadra. Su cuerpo frágil no resistió. La asfixia la tumbó en el piso con un cuadro agudo de dificultad respiratoria. Juan Carlos Muñoz, periodista, documentaba lo que pasaba cuando dos policías lo agredieron: bofetadas, patadas, empujones. Juan Pablo Díaz recibió el impacto de un gas lacrimógeno en la mano derecha. John Ortiz fue herido de bala en la espalda por la misma fuerza pública que debería protegerlo. Luis Santiago Latorre fue amenazado con un cuchillo por un uniformado, y luego lo golpearon sin piedad en la cabeza y el cuerpo. A Esteban Erazo le reventaron el cráneo con piedras: armas no convencionales lanzadas por el ESMAD. No fue una casualidad: fue una política.
Los ataques no distinguieron credenciales. Kevin Acosta, veedor ciudadano, fue empujado, amenazado y señalado. Víctor Ruiz, edil, fue obligado a cruzar una línea de fuego mientras los gases estallaban a su alrededor. Lo apuntaron. Joner Idrobo, defensor de derechos humanos, fue ultrajado por la policía. Andrés Felipe Velasco, concejal de Popayán, llegó con cuatro personas más a ejercer labores humanitarias. La bienvenida fueron los disparos.
Esa noche también hubo detenciones arbitrarias. Cristian Alexander Zambrano, Carlos González, Javier Mauricio Salazar Loaiza, Jhorman Steven Castañeda Ortiz, Franz Giancarlo Alegría Botero, Edison Arley Casamachín y Jhonier Segura Trujillo fueron conducidos sin claridad sobre su paradero. No hubo información oficial, ni garantía de defensa, ni acceso a sus familiares o abogados. Nadie supo a tiempo dónde estaban.
La jornada dejó heridas abiertas. No solo en los cuerpos, sino en la dignidad. Hubo ataques deliberados a defensores, brigadistas, periodistas. Agentes sin identificación actuaron con libertad. Se desconocieron los centros de protección para personas detenidas. Se negaron auxilios médicos urgentes, como en la clínica Santa Gracia, donde un médico incumplió su juramento hipocrático y la ley colombiana al negar atención de urgencias. En zonas rurales y urbanas, la Policía y el Ejército actuaron como uno solo. En La Paz, agentes irrumpieron en una casa con un menor y un adulto mayor adentro. Amedrentaron. Amenazaron. Destruyeron.
En Popayán, aquel 2 de mayo no solo reprimieron una marcha: atacaron a un pueblo. Pero los nombres de quienes resistieron y fueron violentados, los nombres de los que sobrevivieron y de los que aún esperan justicia, siguen vivos. En las paredes, en los gritos, en los relatos. Como cicatrices que no se borran, como memoria que no se rinde.

2 de mayo de 2021- Popayán- lesión ocular, lesión en una pierna de los manifestantes e intento de judicialización

El 2 de mayo de 2021, Nelson Fuentes salió a manifestarse pensando que la violencia había cesado tras el retiro del ESMAD. Sin embargo, al llegar a la intersección de dos calles, un disparo de un agente del ESMAD le impactó en el rostro, dejándolo sin visión en su ojo derecho. A las seis horas, cuando fue ingresado en urgencias, un policía vestido de civil y sin identificación apareció en su habitación, identificándose como «Flores», parte de la fuerza pública. La actitud del hospital fue igualmente despectiva; la médica que lo atendió sugirió que lo sacarían porque «estaba bien» del resto del cuerpo.
La Defensoría del Pueblo intervino, convocando audiencias para mayo, pero la fiscalía desvió el caso, pidiendo que la denuncia se hiciera por internet y afirmando que la policía realizaba una «investigación interna». No hubo justicia, solo más obstáculos para las víctimas. El hermano de Nelson, también herido, y la hermana que fue testigo, junto con la médica que lo atendió, vieron cómo se intentaba ocultar la verdad detrás de la represión del 2 de mayo.
Palmira – 21 de mayo: Camilo Alegría, víctima de desaparición forzada
Desde el 2 de mayo no se supo más de Camilo Alegría. Estaba en la primera línea del peaje CIAT. Su nombre se sumó a una lista negra de detenidos que desaparecieron entre las garras del Estado. Las familias recorrían fiscalías, hospitales, estaciones de policía. Nadie respondía. Nadie sabía nada.

2 de mayo de 2021 – Homicidios en Antioquia

El 2 de mayo de 2021, en el marco de las movilizaciones contra la reforma tributaria, se registraron dos asesinatos en Antioquia. El primero ocurrió en San Luis, donde Juan David García, líder de la protesta, comerciante y referente de Colombia Humana, fue asesinado por paramilitares. Juan se había destacado como voz de la resistencia en su comunidad. El segundo homicidio se dio en Medellín, donde un joven con discapacidad perdió la vida, aparentemente debido a la inhalación de gases lacrimógenos durante las manifestaciones. La represión no solo dejó víctimas físicas, sino también un marcado dolor en la resistencia popular.
2 de mayo de 2021 – Toda Colombia – Montajes Judiciales
El 2 de mayo de 2021, las organizaciones de derechos humanos alzaron su voz frente a una práctica sistemática de la represión estatal: los montajes judiciales. Estas invenciones, que presentaban a los manifestantes como guerrilleros, terroristas o vándalos, buscaban criminalizar la protesta y silenciar a quienes ejercían su derecho a la movilización. La criminalización de la oposición política y social se extendió más allá de la detención, convirtiéndose en una herramienta de persecución constante. Según los informes de DDHH, los detenidos eran sometidos a torturas y tratos inhumanos, forzados a firmar actas de buen trato bajo amenazas. La intimidación no terminaba con la privación de libertad; seguían los seguimientos y amenazas, perpetuando un círculo de violencia y miedo. En medio de todo esto, la Campaña Defender la Libertad es Asunto de Todos documentó 20 allanamientos a organizaciones sociales, de los cuales 8 fueron declarados ilegales, incluidas las detenciones arbitrarias asociadas.
2 de mayo de 2021 – Cali – Montaje Judicial de Deivy Alexander Ovalle
En Cali, en el barrio San Cayetano, Deivy Alexander Ovalle Cabrera fue detenido por miembros de la Policía Nacional sin que se informara de su paradero. En un giro oscuro de los hechos, Deivy fue reportado como desaparecido. Su captura no solo marcó un acto arbitrario de represión, sino que también encendió las alarmas de los defensores de derechos humanos, quienes denunciaron que se trataba de un montaje judicial más, en el contexto de la criminalización de la protesta social.

2 de mayo de 2021 – Armenia – Montajes Judiciales

En Armenia, Quindío, durante las manifestaciones cercanas a la alcaldía, se produjo un enfrentamiento entre la Policía y los manifestantes. En medio del caos, un policía fue apuñalado. En un giro premeditado de los hechos, dos jóvenes, supuestos integrantes de un grupo de “barras bravas” del equipo local, fueron detenidos bajo la acusación de la agresión. Sin embargo, los abogados de la primera línea jurídica presentaron videos que desmentían la acusación: en las imágenes se veía claramente a los agresores con tatuajes grandes en la espalda, mientras que los jóvenes detenidos no poseían tales marcas. A pesar de esta evidencia, la Fiscalía legalizó la medida de aseguramiento, privando de libertad a los jóvenes mientras aguardaban un fallo de segunda instancia por tentativa de homicidio. Este caso evidenció cómo la persecución judicial se utiliza para forjar culpables donde no los hay, dentro de una estrategia que apunta a criminalizar la protesta social y deslegitimar a quienes se oponen al régimen.

2 de mayo de 2021 – Bucaramanga – Ataque a defensor de derechos humanos

El 2 de mayo de 2021, la crisis de derechos humanos en Colombia se profundizó con el ataque a Leonardo Jaimes, abogado y defensor de derechos humanos, miembro del Equipo Jurídico Pueblos. Durante una jornada de protesta en Lebrija, Santander, donde los manifestantes se dirigían al aeropuerto Palonegro, el ESMAD arremetió brutalmente contra la movilización. Sin identificar a los agentes, lanzaron gases lacrimógenos, granadas aturdidoras y agua a presión desde tanquetas, hiriendo a varios manifestantes. En medio de la represión, Leonardo Jaimes fue atacado mientras entrevistaba a una joven herida, siendo tirado al suelo, arrastrado y despojado de sus pertenencias por la policía. El ataque se extendió a otra manifestación proveniente de Girón, disuelta de manera violenta en un peaje, con la Personería de Lebrija como testigo mudo. Cuando se cuestionó al Capitán Nirvan Peña, encargado del operativo, éste inventó un falso relato de que el abogado y los manifestantes estaban disparando cócteles molotov. La represión continuó, agrediendo nuevamente a Jaimes y deteniendo al hermano de un herido que acudía a visitarlo. Este ataque reflejó la estigmatización y criminalización del trabajo de los defensores de derechos humanos en medio de las movilizaciones.

2 de mayo de 2021 – Pereira – Conformación de grupos paramilitares para atacar a los manifestantes

En Pereira, Risaralda, las fuerzas de seguridad nacionales actuaron con la complicidad del alcalde de la ciudad, el gobernador de Risaralda y altos mandos de la policía y el ejército, para implementar una estrategia represiva en contra de las protestas sociales. Bajo el discurso de «detener los actos vandálicos», se convocó a la conformación de alianzas público-privadas para garantizar la seguridad en la ciudad. Sin embargo, esta convocatoria fue un claro llamado al paramilitarismo, como lo señalaron múltiples testigos. Un día después de la convocatoria del alcalde Carlos Maya, se registraron disparos contra Lucas Villa y otro manifestante, lo que evidenció la complicidad entre las autoridades locales y los grupos paramilitares. La situación de violencia se agravó con la levantamiento del toque de queda, y un arreglo entre las autoridades municipales y organizaciones paramilitares y criminales permitió la ejecución de violaciones a los derechos humanos y la estigmatización de los manifestantes. Los responsables de esta situación fueron los funcionarios Carlos Maya, Víctor Tamayo y Diego Ramos, quienes dieron la orden de crear estos grupos paramilitares, desatando una ola de represión en la ciudad.

Exigimos Comisión de Esclarecimiento ¡Ya!

Señor presidente Petro: La verdad de lo que ocurrió en 2021 no puede seguir esperando. Usted prometió a las víctimas del estallido social una Comisión de Esclarecimiento. No queremos comités simbólicos, ni informes enterrados en oficinas. Queremos justicia con nombre propio, reconocimiento con rostro humano, memoria viva. No hay transformación social sin justicia para quienes fueron asesinados, mutilados, desaparecidos y criminalizados por protestar.

¡No más impunidad!
¡Comisión de Esclarecimiento Ya!
¡Justicia para las víctimas del Paro Nacional!

Fredy Salinas y Sintraemcali: la dignidad perseguida

En Cali, a las orillas de una ciudad que ya no se reconoce ni a sí misma, hay un hombre que duerme con un ojo abierto. Se llama Fredy Salinas, y no es el tipo de hombre que calla cuando hay injusticia. Lleva una década en la dirección de Sintraemcali, ese sindicato que ha sobrevivido a más atentados que una torre de control en zona de guerra. Hoy es secretario de derechos humanos, asuntos comunitarios y de la mujer. Nada menos.

Fredy denunció corrupción dentro de la empresa EMCALI y también dentro de su sindicato. Pecado doble. Desde entonces carga una diana en la espalda.

Su esposa, Claudia Patricia Urbano Pérez, fue hostigada. Sus hijos, Sebastián y Daniel, ya no pueden vivir en paz. Sebastián, dirigente deportivo que entrenaba niños en Potrero Grande, fue hostigado en la fundación donde trabajaba. Luego lo buscaron en su emprendimiento de mango viche en el Caney. No preguntaron con cortesía: una mujer con casco —rostro oculto, rabia visible— preguntó por Sebastián y por «el hijueputa del papá». Valentina, su novia, fue intimidada en la noche, sola, en un parque. ¿Quién las cuida a ellas?

Daniel, el menor, arquitecto joven, ha dejado de dormir con tranquilidad. Y Fredy, el padre, deambula entre sombras para evitar convertirse en otra cifra. Ante el asedio constante, los hijos de Fredy Salinas se vieron forzados a salir del país. No por aventura, sino por sobrevivencia.

Pero la historia no termina ahí. En Colombia, la protección del Estado es un ajedrez en el que las piezas blancas siempre están manchadas. La Unidad Nacional de Protección (UNP), en un acto digno de novela negra, asignó 14 hombres de seguridad, 7 vehículos, 7 chalecos y 7 medios de comunicación… a nombre del sindicato Sintraemcali. El detalle es que el sindicato jamás vio ni uno solo de esos recursos. No les llegó ni el aire de un motor.

La denuncia por este saqueo, una más entre tantas, llegó hasta la Cancillería. Y fue esa misma denuncia la que provocó que, por orden de políticos bien ubicados (de esos que hablan de paz mientras firman pactos de impunidad), le retiraran de forma unilateral las medidas cautelares otorgadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a la junta directiva de Sintraemcali.

Sí, en el gobierno de Gustavo Petro también se violan derechos humanos. Duele escribirlo. Pero los hechos no se diluyen en ideologías. Mientras se dan discursos en defensa del cambio, los sindicalistas perseguidos por defender una convención colectiva caminan con miedo. A los que sí les prestan atención en la Consejería Presidencial de Derechos Humanos es a los miembros del sindicato patronalista USE, creado por Uribe para exterminar a Sintraemcali. A ellos sí los cuidan. A los que denuncian, no.

Como en las mejores épocas del DAS y las chuzadas, el que levanta la voz termina sin escoltas, sin familia, sin casa. Solo con el respaldo de algunos compañeros y la solidaridad que no se vende, ni se alquila.

Fredy Salinas vive hoy escondido, como un criminal, mientras los verdaderos criminales gozan de contratos, ruedas de prensa y blindajes oficiales.

Y uno se pregunta:

¿Dónde están los derechos humanos cuando se necesitan?

¿Será que la UNP se los llevó todos en los siete vehículos blindados que nunca llegaron?

Por Prensa Justicia y Dignidad.

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 1M

1 de mayo de 2021 – Pereira – Caso de violencia sexual y desaparición forzada
Era el 1 de mayo de 2021 cuando, en la ciudad de Pereira, un acto de violencia sin precedentes marcó la jornada. Una mujer de 28 años fue detenida de forma arbitraria por miembros del ESMAD mientras regresaba a su casa tras haber participado en las manifestaciones del Paro Nacional. Fue brutalmente golpeada, pero el horror no terminó ahí. Fue llevada a un lugar desconocido, donde durante horas sufrió abusos indescriptibles. Fue violada por cuatro agentes del ESMAD con un ensañamiento cruel y descarado, un acto que la marcó para siempre.
Lo peor estaba aún por llegar. Tras esta terrible violencia, la joven fue arrojada a la calle, como un objeto desechado, casi muerta. Durante su secuestro, los agentes encontraron en su mochila objetos comunes entre los manifestantes de la Primera Línea: una capucha, bicarbonato y una muda de ropa. Pero lo que los oficiales encontraron en su documento de identidad, que evidenciaba su ciudadanía extranjera, desató una nueva oleada de agresiones. La joven, marcada por la humillación y el dolor, sufrió una nueva golpiza, más fuerte y con más odio. La violencia física y psicológica fue sistemática. Fue sometida a un trato denigrante por parte de la Policía Nacional y de miembros de la SIJIN, quienes con impunidad continuaron su abuso.
Este caso es solo uno más de tantos que marcaron la represión en ese 1 de mayo. Hoy, exigimos justicia para esta víctima y para todas las mujeres que, como ella, han sido víctimas de violencia sexual y desaparición forzada. ¡Comisión de Esclarecimiento YA! No más impunidad, no más violencia contra las mujeres en Colombia.

1 de mayo de 2021 – Cali – Ejecución extrajudicial de Yinson Andrés Angulo Rodríguez
En la ciudad de Cali, la represión llegó a su punto culminante. Yinson Andrés Angulo Rodríguez, un joven de 23 años, fue ejecutado de forma sumaria por miembros del ESMAD en plena manifestación. En medio de la confusión generada por los gases lacrimógenos y las bombas aturdidoras, los agentes dispararon armas de fuego contra los manifestantes. Yinson, atrapado en el fuego cruzado, fue alcanzado por una bala mortal.
A pesar de los esfuerzos por salvarlo, Yinson llegó sin vida al Hospital Joaquín Paz Borrero. La ejecución de Yinson es un ejemplo claro del uso desproporcionado de la fuerza por parte de la Policía Nacional. Este acto de violencia sin justificación sigue siendo un eco doloroso en la memoria de los caleños. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Medellín – Homicidio de Jefferson Alexis Marín Morales
En Medellín, Jefferson Alexis Marín Morales, de 33 años, se convirtió en una víctima más de la violencia estatal. Durante una protesta en el barrio Kennedy, en la comuna 6 (Doce de Octubre), fue asesinado por un disparo de arma de fuego en medio de un disturbio con la fuerza pública. El reporte del Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia (SISC) no dejó dudas: el joven fue alcanzado por una bala disparada por la Policía Nacional. Las circunstancias exactas del hecho aún están bajo investigación, pero la evidencia de que la policía utilizó la fuerza letal sin justificación es clara.
Este asesinato se suma a una larga lista de hechos de violencia, en los que la policía ha utilizado el fuego de forma indiscriminada. La familia de Jefferson, junto a las organizaciones de derechos humanos, exige justicia y esclarecimiento. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Ibagué – Asesinato de Santiago Murillo Meneses
Santiago Murillo Meneses, un joven de 19 años, se convirtió en una víctima de la represión policial durante el Paro Nacional. A pesar de no estar involucrado en las manifestaciones, Santiago fue asesinado por un disparo de arma de fuego mientras caminaba hacia su casa, en Ibagué. Recibió un disparo en el pecho, presuntamente por parte de un agente de la Policía Nacional, sin mediar provocación alguna.
El testimonio de testigos es desgarrador: Santiago no representaba ninguna amenaza, iba caminando con las manos en los bolsillos cuando fue alcanzado por la bala. El oficial que disparó, el mayor Jorge Mario Molano, fue señalado como el responsable, pero la investigación sigue sin avances.
Este crimen se suma a los casos de brutalidad policial en todo el país y se ha convertido en un símbolo del abuso del poder del Estado. La familia de Santiago, como todas las víctimas, exige justicia. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Cali – Homicidio de Andrés Rodríguez
Andrés Rodríguez también fue víctima de la violencia policial en Cali durante el Paro Nacional. Este joven recibió impactos de bala en medio de las manifestaciones. Las investigaciones siguen para esclarecer las circunstancias exactas de su muerte, pero ya se sabe que las fuerzas policiales estuvieron involucradas en este hecho. Su muerte es una nueva muestra del desmesurado uso de la fuerza durante las protestas.
La familia de Andrés y las organizaciones sociales continúan exigiendo justicia por este asesinato. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Cali – Homicidio de Santiago Moreno

Santiago Moreno, un joven de 23 años, fue asesinado el 1 de mayo de 2021 mientras participaba en una marcha pacífica en Cali. Santiago no estaba involucrado en actos violentos, sino en una protesta pacífica por los derechos de todos. Sin embargo, la respuesta del Estado fue letal. Santiago fue impactado por un disparo en el contexto de una intervención violenta de la Policía Nacional.
Este joven, que tenía una vida por delante y sueños por cumplir, fue una víctima más de la represión brutal que sacudió al país en ese mayo. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Envigado – Amenazas paramilitares
En Envigado, Antioquia, la violencia no solo vino de la Policía Nacional. Ese 1 de mayo, paramilitares amenazaron abiertamente a los manifestantes. Un video grabado en la ciudad mostró a un hombre armado que, en nombre de un patrón, daba órdenes de muerte contra los “vándalos” y “delincuentes”. Las amenazas fueron claras y públicas, poniendo en peligro la vida de quienes se manifestaban por justicia social.
Estas amenazas no son un hecho aislado, sino parte de un patrón de violencia sistemática que se ha intensificado durante las protestas sociales. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Barranquilla – Uso excesivo de la fuerza
En Barranquilla, las manifestaciones fueron brutalmente reprimidas entre el 1 y el 3 de mayo. La Policía utilizó gases lacrimógenos y otras armas de dispersión para responder a los actos de violencia perpetrados por pequeños grupos, pero las víctimas fueron principalmente manifestantes pacíficos, incluyendo a personas adultas y niños de barrios residenciales cercanos. La violencia estatal en Barranquilla es otra de las muestras de la desproporcionada represión durante el Paro Nacional.

1 de mayo de 2021 – Medellín – Lesiones graves a Stiven Loaiza
Stiven Loaiza, un joven de Medellín, fue víctima de una granada de gases lacrimógenos disparada directamente hacia él por miembros de la Policía Nacional y el ESMAD. El impacto le causó lesiones graves en la cabeza, lo que requirió una intervención quirúrgica. Las secuelas del ataque han dejado a Stiven con dolores constantes y problemas para dormir.
Este caso muestra la violencia y la falta de control por parte de las autoridades en el uso de armas de dispersión. ¡Comisión de Esclarecimiento YA!

1 de mayo de 2021 – Bogotá – Muerte de Daniel Alejandro Zapata
Daniel Alejandro Zapata, de 20 años, fue golpeado en la cabeza por la Policía mientras se manifestaba cerca de la estación de Transmilenio en Banderas, Bogotá. A pesar de ser trasladado a una clínica, Daniel falleció el 10 de mayo debido a las graves contusiones sufridas en la cabeza. Este asesinato es un claro ejemplo de la brutalidad de la represión y la muerte de un joven que solo buscaba una Colombia más justa.

1 de mayo de 2021 – Uso sistemático y desproporcionado de armas por parte del ESMAD
La violencia estatal alcanzó niveles intolerables con el uso masivo de armas por parte del ESMAD. Gases lacrimógenos vencidos, perdigones, postas de goma, y el uso de vehículos para atropellar manifestantes fueron parte de una estrategia de represión sistemática. La muerte de Braian Niño, quien fue embestido por una tanqueta del ESMAD mientras disparaban gases lacrimógenos, es solo una de las muchas víctimas de esta violencia.

Comisión de Esclarecimiento ¡YA!

Ese 1 de mayo de 2021, la violencia y el horror se desataron en todo el país, con la represión militar y policial como respuesta a una demanda legítima por justicia social. Es urgente que se forme una Comisión de Esclarecimiento que investigue estos casos y ponga fin a la impunidad que sigue reinando en Colombia. Las víctimas merecen justicia.

¡Comisión de Esclarecimiento YA!

 

Ungidos para violentar: abusos sexuales en el nombre de Dios

En Colombia, donde el púlpito se convierte en trinchera del poder y la Biblia en escudo del agresor, las iglesias evangélicas son, a veces, templos del silencio. Tres historias recientes, donde pastores abusaron sexualmente de niñas y mujeres, revelan una estructura patriarcal, violenta y cómplice, en la que la fe se usa para someter. En estos relatos no hay milagros, pero sí cuerpos rotos, comunidades indignadas y un Estado ausente.

Primera historia: La niña que corrió envuelta en sábanas
Martes, 29 de abril de 2025. Vereda San Andrés, Chinchiná, Caldas.
La cámara de seguridad graba una escena que quiebra el alma: una niña de 13 años sale corriendo de una casa rural. Está descalza, cubierta apenas por sábanas. Corre con el miedo clavado en la espalda. Tras ella, un hombre con camisa blanca, identificado como José Ramírez, pastor de la Iglesia Ministerio Apostólico del Reino. También es su padrastro.

Según los vecinos, el pastor intentó abusar sexualmente de la menor. La niña logró escapar, pidió ayuda a un vecino y fue llevada al hospital. La comunidad reaccionó antes que la policía: golpearon al hombre, lo insultaron, lo redujeron.

El video de su captura muestra a Ramírez ensangrentado, escoltado por uniformados, mientras una turba —hombres, mujeres, jóvenes— le gritan lo que tal vez la niña aún no puede decir. La justicia llegó primero por mano propia.

Segunda historia: El pastor que “aconsejaba” a niñas en Medellín
Martín Emilio Vélez Correa dirigía una iglesia evangélica en el noroccidente de Medellín. Predicaba sobre el amor de Dios, ofrecía asesoría espiritual a niñas de 13 y 15 años. Las llamaba a “sesiones privadas”, les decía que eran especiales, elegidas.
Durante más de una década, según la Fiscalía, abusó sexualmente de tres menores. Tocamientos, acceso carnal, manipulación religiosa. Lo hizo bajo el amparo de su investidura: el pastor, el ungido, el hombre de Dios. En 2024, tras años de impunidad, fue detenido y judicializado.
Negó los cargos, como todos. Pero los testimonios de las víctimas eran claros. Lo que la comunidad llamaba guía espiritual era, en realidad, violencia sexual.

Tercera historia: 14 años de abusos, silencio y condena
Francisco Jacomó fue durante 14 años el pastor principal del Centro Cristiano de Alabanza El Shaddai. Su doctrina mezclaba la obediencia con el miedo, la sumisión con el deseo camuflado de divinidad.
A las mujeres que abusaba las llamaba “elegidas”. Les decía que los besos eran prueba de Dios, que los tocamientos eran necesarios para tallar su carácter cristiano. Durante años, manipuló textos bíblicos, impuso silencio, usó la culpa como herramienta de control.

Abusó de mujeres y niñas, incluyendo a dos hijas menores de una feligresa. En 2019, algunas víctimas decidieron hablar. Fueron revictimizadas por el sistema judicial. “Eso le pasa a una niña, no a una adulta”, dijo una fiscal.
En 2024, Jacomó fue condenado a 25 años de cárcel por acceso carnal violento y acoso sexual. El juicio abrió la puerta para investigar otros casos aún ocultos en la comunidad.

Estas no son historias aisladas. Son expresiones de un patrón: el machismo institucionalizado en muchas iglesias evangélicas. Pastores con poder absoluto, sin control, sin rendición de cuentas. Mujeres y niñas convertidas en cuerpos sacrificables. Comunidades que prefieren no ver. Estados que llegan tarde o no llegan.
Las iglesias evangélicas en Colombia, lejos de ser refugios espirituales, han sido espacios donde se reproduce y encubre la violencia patriarcal. Casos como los de los pastores José Ramírez, Martín Emilio Vélez y Francisco Jacomó reflejan un patrón de abuso sexual sistemático por parte de líderes religiosos, aprovechando el silencio impuesto por la fe y la manipulación emocional.

En muchas zonas rurales, los pastores han asumido roles de poder absoluto, sustituyendo al Estado y controlando la vida íntima de los fieles, con un enfoque de sumisión femenina y castigos «espirituales». La teología patriarcal coloca a las mujeres en una posición de inferioridad, justificando el abuso como «voluntad divina» o «prueba de fe».
Cuando las víctimas intentan denunciar, son revictimizadas y acusadas de mentir, enfrentando una justicia lenta y muchas veces cómplice. La presión social dentro de las iglesias refuerza el miedo al ostracismo. El Estado, por su parte, ha dejado de intervenir, permitiendo que estas iglesias operen sin regulación ni protección para las mujeres y niñas.

Estas iglesias también se oponen a leyes de protección y promueven campañas que fortalecen la cultura de la violación. En lugar de ser aliadas en la lucha contra la violencia de género, muchas son barreras para erradicarla.
La violencia patriarcal en estas iglesias no es aislada, sino un sistema misógino que opera con total impunidad y en complicidad con un Estado indiferente. Las víctimas necesitan justicia, no solo oración. Esto solo será posible si se rompe el pacto de silencio, se regula a las iglesias y se da voz a las sobrevivientes.

Por: Sofía López, abogada , periodista y defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 30A

El 30 de abril de 2021 no fue un día: fue una cicatriz. Las ciudades no amanecieron. Se estremecieron. Las calles fueron campos de batalla. Los jóvenes no marchaban: resistían. Las madres no lloraban: gritaban. Las casas no eran refugio: eran trinchera. Ese día, el Estado no disparó al aire, disparó al alma de un pueblo que ya no quería callar. Y desde entonces, la memoria pide justicia como un niño perdido que grita por su madre.

Ese día, el expresidente Álvaro Uribe Vélez pronunció un tuit que actuó como sentencia: una declaración pública que activó el brazo armado de la represión estatal, legitimando el uso letal de la fuerza. Lo que siguió fue una cadena de asesinatos, torturas, detenciones arbitrarias, violencia sexual, agresiones a la prensa y un mensaje claro desde el poder: cualquier forma de disidencia sería castigada con sangre.

Este relato documenta lo que ocurrió el 30 de abril de 2021, en Cali, en Pasto, en Armenia, en La Virginia, en cada punto de resistencia donde la juventud soñó con un país distinto y el Estado respondió con represión. Porque la memoria es una forma de justicia, y el olvido, una segunda muerte.

30 de abril de 2021 — Puerto Resistencia, Cali: la orden del señor de las sombras
A veces la muerte no llega con capucha ni con uniforme. Llega con un tuit. Ese día, Álvaro Uribe habló como quien enciende una chispa en medio del gas. No fue un mensaje: fue una orden. Fue como si el diablo diera permiso para matar. Y lo obedecieron.

Ese día, desde las alturas del poder, el expresidente Álvaro Uribe Vélez lanzó una orden: “Apoyemos el derecho de soldados y policías de utilizar sus armas para defender su integridad y para defender a las personas y bienes de la acción criminal del terrorismo vandálico”. Era un llamado a disparar, una carta blanca a la represión.

La ciudad de Cali se llenó de uniformes. Llegó el ministro de Defensa, Diego Molano, y en el cruce de la autopista Simón Bolívar con carrera 46 ya se sentía la presión del Estado contra la gente que bloqueaba las vías en rechazo a la reforma tributaria.

30 de abril de 2021 — Puerto Resistencia, Cali: la tercera muerte
Puerto Rellena ya era Puerto Resistencia. En tres días de paro, tres jóvenes habían sido asesinados en ese punto neurálgico del oriente caleño.
Esa noche fue asesinado Kevin Yair González. Su hermano Dorian lo supo por un habitante de calle que rondaba el barrio. Su moto estaba parqueada, pero él no estaba. En el Hospital Carlos Carmona llegó la confirmación: “Aquí trajeron a un muchacho cargado entre 10 o 20 personas… llegó muerto”.
“Nada de nervios, cucho, no pasa nada. Voy con unos compañeros”, dijo Kevin antes de salir. Tenía 23 años, trabajaba y estudiaba Contaduría. Quería graduarse en diciembre. Esa noche, los gases lacrimógenos ardían incluso en la puerta del hospital. El médico solo dejó verlo: estaba cubierto por una sábana, pero Dorian lo reconoció por las botas que le había regalado.

30 de abril de 2021 — Calipso, Cali : tres asesinatos en una tarde
Mientras en Puerto Resistencia caía Kevin, en Calipso también se desataba el horror. Edwin Villa Escobar, Einer Alexander Lasso Chará y Rosemberg Duglas fueron asesinados por las fuerzas estatales.
En la carrera 9 con avenida Simón Bolívar, la Policía y el GOES dispararon armas de fuego contra la población. Los videos captaron el uso de rifles CTAR-21. Decenas de heridos. Gases desde la mañana, balas por la tarde.

• Edwin Villa Escobar, de 38 años, preparaba un sancocho cuando le dispararon. Una bala le entró por la oreja izquierda.
• Einer Lasso, pensionado de la Policía, no participaba en la protesta. Estaba observando lo que pasaba desde la calle 41 con carrera 29 cuando le dispararon. Lo robaron mientras agonizaba. Las autoridades lo dejaron tirado por horas.
• Rosemberg Duglas murió tras recibir un disparo en la cara con un cartucho de gas lacrimógeno. Tenia 22 años.

30 de abril de 2021, Cali — El horror se documenta
También ese día, un oficial del ESMAD fue grabado mientras perseguía a un joven, lo tiraba al suelo y le disparaba a quemarropa con munición de dispersión. No logró matarlo. Pero la intención quedó filmada.

El 30A fue una jornada de sangre en Cali. Una jornada en la que se ejecutaron asesinatos selectivos, castigos ejemplarizantes y violencias dirigidas. Todo bajo el amparo de la doctrina del “enemigo interno”. Todo tras el tuit de un expresidente que ya jugaba con la muerte como quien lanza dados sobre la vida de su pueblo.

30 de abril de 2021 — La Virginia, Risaralda: asfixia por gas lacrimógenoEvelio de Jesús Flórez, de 86 años, no estaba protestando. Estaba en su casa, en La Virginia, Risaralda, cuando un cartucho de gas lacrimógeno disparado por el ESMAD cayó en su vivienda. El humo tóxico se expandió. Evelio murió por asfixia, sin posibilidad de defensa. Era un adulto mayor, otro cuerpo frágil que no resistió la brutalidad del Estado.

30 de abril de 2021 — Paso del Comercio, Cali: el crimen de María Jovita
María Jovita Osorio, de 73 años, también murió ese día. Su casa, en el barrio Paso del Comercio, fue invadida por los gases lanzados durante los enfrentamientos entre el ESMAD y manifestantes la noche anterior. Uno de los cartuchos de gas lacrimógeno estalló en su patio. El humo llenó el hogar y María Jovita, asustada, no sabía si salir. No podía respirar.
Pidió ayuda. La llevaron a la Clínica Rafael Uribe. A las 2:30 de la madrugada sufrió un primer paro cardíaco. A las 4:30, el segundo. Murió a las 5:00 a.m. del 30 de abril. Era una mujer querida, cuidadora de niños, trabajadora con el ICBF. Una vida dedicada a la infancia, arrancada por la violencia de Estado.

30 de abril de 2021 — Universidad de Nariño: represión contra estudiantes
En Pasto, estudiantes que se manifestaban pacíficamente en las inmediaciones de la sede VIPRI de la Universidad de Nariño fueron reprimidos con gases lacrimógenos y chorros de agua lanzados desde tanquetas de la Policía. La protesta pacífica fue respondida con violencia, como en tantas otras ciudades.

30 de abril de 2021 — Armenia: agresión a periodista de medio alternativo
En Armenia, un periodista del medio alternativo La Caja de Pandora fue agredido por miembros de la Policía Nacional mientras ejercía su labor informativa. La Policía le arrebató violentamente su carné de identificación y lo amenazó con frases como: “Si sigue así lo vamos a matar a este hijueputa”. La libertad de prensa fue también una de las víctimas del estallido social.

30 de abril de 2021 – Barrio Julio Rincón, Cali, lesiones al cuerpo
Angely Vivas Restrepo no marchaba. Solo miraba pasar la manifestación pacífica cerca de Calipso, cuando un disparo de la Policía Nacional le atravesó la pierna izquierda. Su familia cuenta que no hacía más que observar. Pero en Colombia, ser joven, estar en la calle y mirar, también puede costar sangre.

30 de abril de 2021 – Cali detenciones arbitrarias
Ese día, en varios puntos de la ciudad, la Policía Nacional actuó como si protestar fuera un delito. En el barrio Las Américas, detuvieron arbitrariamente a manifestantes, entre ellos Juan David Escobar Rodríguez, hijo del presidente de ASONAL Judicial, y Alfredo Mondragón, líder social y hoy congresista. Fueron llevados sin orden judicial al coliseo del barrio, donde permanecieron retenidos sin justificación legal.
En Sameco, mientras documentaban hacia dónde trasladaban a los detenidos, los defensores de derechos humanos Daniela Caicedo y José Cuello también fueron capturados. A José, un agente intentó asfixiarlo dentro de la patrulla. Les robaron sus chalecos y carnés. En el centro de traslado, una mujer herida en la cabeza fue atendida por otras defensoras; también estaban allí un trabajador de la empresa Rómulo y otra ciudadana, impactados en las piernas por gases del ESMAD.

30 de Abril de 2021 – Cali detenidos por protestar

En las estaciones de Policía, la legalidad se convirtió en trampa: 94 personas fueron conducidas desde los puntos de concentración. Muchas salieron golpeadas, otras no salieron. Un total de 105 personas resultaron heridas por disparos, gases, granadas aturdidoras y recalzadas lanzadas por el ESMAD, el GOES y la Policía Nacional. Seis perdieron la vista.
Y en medio del caos, tres nombres empezaron a sonar en las bocas de las madres y en las paredes de las ciudades: José Miguel Obando, Diego Alejandro Bolaños y Jhon Haner Muñoz Bolaños. Desaparecidos.
30 de abril de 2021 — Colombia: recompensas para perseguir manifestantes
Ese mismo día, Caracol Radio informó que la Policía Nacional ofrecía recompensas millonarias a quienes denunciaran a supuestos vándalos durante las marchas. Se trataba de una política oficial que incentivaba la estigmatización, el señalamiento y posibles represalias contra líderes sociales, manifestantes y defensores de derechos humanos.

30 de abril de 2021 — Valle del Cauca: violencia sexual como arma de represión
La violencia sexual contra mujeres y personas LGBTIQ+ fue una de las prácticas más crueles y sistemáticas ejercidas por la Policía y el ESMAD. En el Valle del Cauca se denunciaron varios casos:
• Dos mujeres detenidas por el ESMAD fueron agredidas sexual y psicológicamente. Una de ellas sufrió acceso carnal violento.
• Otra denunciante fue abusada sexualmente en el sitio de detención.
Estas prácticas fueron utilizadas como mecanismos de humillación, tortura, castigo y terror, dirigidas especialmente por razones de género y orientación sexual.

30 de abril de 2021 – Cali, detenidos seguimientos y hostigamientos
Tras finalizar una rueda de prensa en la Gobernación del Valle, una caravana de defensores de derechos humanos —conformada por vehículos de la UNP y un carro particular— fue interceptada por hombres armados cerca del colegio Santa Librada. Lanzaron una piedra e impactaron con arma de fuego una de las camionetas del Comité de Solidaridad con Presos Políticos. Durante la retirada, se escucharon al menos seis disparos más. Horas después, Darnelly Rodríguez, de la Red de DDHH Francisco Isaías Cifuentes, recibió llamadas intimidantes por WhatsApp de desconocidos.

30 de abril de 2021: Golpes, gases y plomo — las heridas de la represión en Cali
El 30 de abril de 2021, Cali no despertó: se estremeció bajo el peso de los escuadrones de la muerte.
Desde la madrugada, la Fuerza Pública tomó la ciudad como se toma una plaza enemiga. En todos los puntos de concentración se sintió la violencia estatal como lluvia ácida: disparos, bombas aturdidoras, chorros de agua mezclados con químicos, gases directos al rostro.

Al menos 105 personas fueron heridas ese día. En los barrios del oriente, las madres sacaban a sus hijos a rastras para evitar que fueran alcanzados por las balas. En el sur, los jóvenes improvisaban escudos con tapas de olla. Testimonios recogidos en las zonas de resistencia narran cuerpos con fracturas expuestas, quemaduras, ojos vaciados por los proyectiles.
La ciudad sangraba por todas sus venas.

30 de abril de 2021: Detenidos por protestar — la otra cara del miedo
La represión no se quedó en la calle, 94 personas fueron detenidas arbitrariamente ese 30 de abril. La mayoría jóvenes, muchos de ellos estudiantes, artistas, trabajadores informales. Los atraparon en redadas sin orden judicial, sin informar a sus familias, sin respetar derechos.

Los llevaron a estaciones de policía como Fray Damián, La Flora y El Lido, donde los recibieron con insultos y golpes. Las denuncias de tortura son numerosas: patadas en el abdomen, golpes en los genitales, amenazas de desaparición, burlas sobre su pertenencia a los movimientos sociales. Algunos fueron obligados a firmar documentos que no entendían. A otros los mantuvieron incomunicados por más de 24 horas.
El miedo se instaló en las estaciones como una orden no escrita.

30 de abril de 2021: José Miguel, Ego Alejandro y John Hanner — los que no volvieron

Ese 30 de abril, tres jóvenes desaparecieron en medio del caos. José Miguel Obando, Diego Alejandro Bolaños y John Hanner Muñoz Bolaños salieron de sus casas con la certeza de la protesta justa y no regresaron más.
Sus nombres fueron multiplicándose en redes, sus rostros pegados en postes, murales, pancartas. José Miguel fue visto por última vez corriendo por la Loma de la Cruz. A Diego Alejandro lo separaron del grupo de manifestantes en el sector de El Calvario. A John Hanner lo vieron subir a un camión de la Policía y después el silencio.
Hasta hoy, sus paraderos siguen siendo desconocidos. Las autoridades no dan respuestas. Las madres siguen buscando. La ciudad, en silencio, no los olvida.

Colombia ardía. Gritaba. Moría. Y resistía.

Las balas no eran extravíos. Eran órdenes. El señor de las sombras habló, y la muerte obedeció. Por eso exigimos:

¡Comisión de Esclarecimiento de la Verdad sobre la Represión Estatal, YA!

¡Justicia para Kevin Agudelo, Marcelo Agredo, Miguel Ángel Barbosa, Edwin Villa, Einer Alexander Lasso, Rosemberg Rodríguez, María Jovita Osorio, Evelio de Jesús Flórez, José Miguel Obando, Diego Alejandro Bolaños y John Hanner Muñoz Bolaños!

Salieron de sus casas con la certeza de que protestar era justo, con la convicción de que alzar la voz por la dignidad no debía costar la vida. Salieron con el rostro descubierto y el corazón firme. No regresaron.

Hoy sus nombres son bandera. Son memoria viva en las calles, en los muros, en la garganta de quienes no olvidan. Justicia para ellos no es una palabra, es una urgencia. Es un deber. Es un grito que no se apaga.

¡Nunca más el poder convertido en pólvora contra el pueblo!

Bitácora del Horror: Comisión de Esclarecimiento ¡Ya! – Día 29A

Los primeros caídos del Paro Nacional – 28 de abril de 2021

La mañana del 28 de abril de 2021 comenzó con gritos, arengas y esperanza. Era el primer día del Paro Nacional convocado por sindicatos, pueblos indígenas, jóvenes, mujeres, campesinos, y un país entero hastiado del abandono, de la reforma tributaria y de la indolencia. El pueblo salió a las calles con cacerolas, pancartas, tambores y megáfonos. El Estado respondió con fusiles, gases, detenciones y muerte.
Siete personas fueron asesinadas ese primer día. Todos jóvenes. Todos civiles. Todos silenciados a balazos por las fuerzas del orden o por civiles armados bajo su protección. Sus nombres deben ser pronunciados como un rezo laico. Son el comienzo de esta bitácora del horror:

• Marcelo Agredo Ichima, 17 años, asesinado por un policía uniformado en Cali tras patearlo y salir corriendo.
• Jeisson García, 13 años, asesinado por el ESMAD en Cali.
• Cristian Alexis Moncayo Machado, sin información de edad, asesinado en Cali por el ESMAD.
• Pol Stiven Sevillano Perea, 18 años, asesinado por civiles armados en Cali.
• Charlie Parra Banguera, 22 años, asesinado por el ESMAD en Cali.
• Michel David Reyes Pérez, asesinado en Bogotá por civiles armados.
• Brian Gabriel Rojas López, asesinado en La Virginia, Risaralda, por el ESMAD.

Sus vidas, truncadas al inicio del estallido social, encendieron la mecha de la indignación. Esta es la bitácora de lo que ocurrió después.

29 de abril de 2021 — Puerto Resistencia, Cali: La bala que apagó el sueño de Miguel Ángel

En el corazón de Puerto Resistencia, cayó Miguel Ángel Pinto Mona. Tenía 23 años, había nacido y crecido en el barrio Comuneros 1, en el oriente de Cali. Ese jueves no salió a marchar. Se quedó en su barrio, vio a sus amigos, almorzó donde su madre. Solo en la tarde decidió acercarse al punto de resistencia más cercano. Y no volvió.
Miguel trabajaba vendiendo zapatillas en el centro, pero ese día, como muchos otros jóvenes, estaba sin empleo por el paro. Fue impactado por una bala disparada durante la violenta retoma de la zona por parte de la Policía y el ESMAD. Cayó herido en el abdomen. Lo subieron como pudieron a una moto y lo trasladaron a la clínica Valle del Lili. Su padre, Luis Eduardo, lo vio por última vez cuando lo bajaban en una camilla. Minutos después le informaron que había muerto.

Miguel no era vándalo. Era un joven trabajador que soñaba con estudiar una carrera profesional. Su nombre quedó escrito con sangre en el asfalto de una ciudad que ardía. Y con fuego en la memoria de quienes no olvidan que la represión también mató sueños.

29 de abril de 2021 — Agua Blanca Cali: la detención de Isabela y Ariel

Ese mismo día, la juventud siguió siendo blanco. Isabela López y Ariel Lombana fueron detenidos de forma arbitraria mientras ejercían su derecho a la protesta. Los condujeron a la estación de Policía de Agua Blanca. Allí, Isabela fue víctima de malos tratos a manos de los uniformados. Su cuerpo lo recuerda, su dignidad no lo olvida. Ninguno de los dos debió estar ahí. Pero ese 29 de abril, la ley fue usada como garrote.

29 de abril de 2021 —Calle Quinta Cali: una granada contra el rostro

En la calle Quinta, una granada de gas lacrimógeno disparada a quemarropa por la fuerza pública impactó en el ojo de un joven. Un disparo directo al rostro. Otro intento por cegar la protesta, por acallar lo que incomoda. El muchacho sobrevivió, pero perdió parte de su visión. La ciudad, en cambio, ganó otra verdad irrefutable.
29 de abril de 2021 – Clínicas de urgencia Cali: doce cuerpos heridos por la represión
Ese día, 12 personas fueron trasladadas a centros asistenciales con lesiones graves. Algunas heridas físicas, otras más profundas, invisibles, que habitan ahora los cuerpos como cicatrices del miedo y del coraje. Cada ingreso a urgencias era la consecuencia directa de una orden de represión. Cada herida, una prueba que sigue esperando justicia.

29 de abril de 2021 – Desaparición de Michael David Lora Cali: el niño que no volvió

Y en medio del caos, un niño desapareció. Michael David Flora, de 16 años, de nacionalidad venezolana, fue arrestado junto a su madre. Lo separaron de ella. Dijeron que lo enviarían a un “hogar de paz”. Pero cuando su madre llegó a buscarlo, no estaba. Nadie dio razón. Nadie respondió. Otro nombre, otra sombra más, en la lista de desapariciones que aún no termina de escribirse.

29 de abril de 2021 – Asesinato de Dadimir Daza Correa -Yumbo, Valle del Cauca

El 29 de abril de 2021, durante el Paro Nacional, Dadimir Daza Correa fue asesinado en Yumbo, Valle del Cauca, por un disparo en el abdomen en medio de los enfrentamientos entre el ESMAD y los manifestantes. En el barrio La Estancia, donde la gente alzó su voz contra el abuso del poder, la represión del Estado cegó una vida más.
Dadimir no era un líder de grandes discursos, sino un hombre de trabajo, de aquellos que construyen la vida con esfuerzo y solidaridad. Su muerte es el reflejo de la violencia sistemática contra quienes luchan por la dignidad. Hoy, su nombre se suma a la memoria de las víctimas de crímenes de Estado, exigiendo justicia, reparación y garantías de no repetición.

29 de abril de 2021 — Yumbo: Los derechos humanos no valen nada

En la tarde, cerca de la fábrica Texaco de Yumbo, una lluvia de disparos del ESMAD y la Policía sacudió el sector. Rodrigo Becerra y su hijo, en misión humanitaria, fueron increpados por reclamar por un detenido. La respuesta: amenazas e insultos. “Los símbolos de los derechos humanos nos valen ni una madre”, gritó un agente.

29 de abril de 2021 — Medellín: Atacar a quienes cuidan

En Medellín, cinco defensores de derechos humanos fueron rodeados por policías y civiles armados con palos y varillas. Sufrieron golpes, robos, descargas eléctricas y amenazas. Una defensora fue herida en el rostro por un gas disparado directo. Caminó sangrando en busca de ayuda. La policía la llevó a un CAI, pero allí no hicieron nada. Fue una ambulancia la que la llevó al hospital San Ignacio, donde le dijeron que perdería la vista. Policía y Distrito prometieron investigar.

Epílogo: Por qué gritamos Comisión de Esclarecimiento ¡Ya!

Lo que ocurrió el 29 de abril no fue un hecho aislado, ni una reacción excesiva. Fue una operación sistemática. Coordinada. Tolerada desde los más altos niveles del poder. Lo que vimos fue la expresión de una doctrina: aplastar la protesta, intimidar la resistencia, imponer el silencio.

Por eso gritamos Comisión de Esclarecimiento ¡Ya!
Porque el país necesita saber quién dio la orden.
Quién disparó.
Quién desapareció.
Y quién se benefició del miedo.