Yeimer Piamba, hallado decapitado en El Patía, Cauca: el crimen que no conmueve a los medios

A Yeimer Andrés Piamba Buitrón lo arrancaron del mundo como si su existencia no valiera nada. Tenía 30 años, una familia que lo esperaba, y un lugar en el tejido del pueblo. El 25 de junio salió de su casa en El Patía, Cauca, y el viento lo engulló. Solo el silencio volvió. Y ese silencio, que pesa más que un disparo, se convirtió en la angustia de su gente.

Una semana después, la tierra habló.

Allí, en el corregimiento de Piedra Sentada, unas ropas tiradas en medio del monte alertaron a la comunidad. Cavar fue un acto de amor y de espanto. El cuerpo estaba ahí. Desnudo. Decapitado. Sin nombre, sin rostro, sin alma aparente. Pero su familia lo reconoció, y al reconocerlo, le devolvió la dignidad que los criminales quisieron arrebatarle.

Su cabeza no apareció. Y eso lo dice todo. Decapitar es borrar. Es una forma de decir “no existes”. Pero no pudieron. Porque en la memoria del pueblo, Yeimer tiene rostro, nombre y corazón.

Esto no es noticia en los grandes medios de comunicación. Porque la barbarie se normalizó. Porque solo duelen las víctimas con apellidos y abolengo. Porque, como dijo Galeno, “los pobres valen menos que la bala que los mata”.

Prensa Justicia & Dignidad

Julio de 2025

Ocho líderes asesinados en Guaviare: crimen ordenado por disidencias de las FARC

La selva no olvida. Guaviare tiene la piel surcada por el miedo y la memoria. En Calamar, un municipio perdido entre la espesura, la tierra parió ocho cuerpos. Ocho líderes. Ocho nombres que no debieron ser enterrados así, sin despedida, sin justicia, sin protección.

Jesús Valero, Carlos Valero, Marivel Silva, Isaid Gómez, Maryuri Hernández, Óscar Hernández, James Caicedo y Nixon Peñaloza Chacón. Eran pastores, lideresas, dirigentes comunitarios. Eran la voz de los que no tienen voz, y por eso les silenciaron.

Los citaron el 4 de abril. Una llamada, un mensaje, una orden. El Frente Primero «Armando Ríos» de las disidencias de las FARC los convocó, con la excusa de evitar que el ELN sembrara raíces en la región. Fue una trampa. No era una reunión. Era una sentencia.

Las mujeres que los acompañaban fueron devueltas. A ellos los desaparecieron. Los llevaron a un predio abandonado. Allí, según la Fiscalía, ejecutaron las órdenes de alias Iván Mordisco. La selva lo encubrió todo, como tantas veces. Hasta ahora.

Los cuerpos fueron hallados a finales de junio, tras una búsqueda empujada por la terquedad de las familias, de las iglesias y de los dolientes. Cuarenta días sin saber nada. Cuarenta días de silencio estatal.

Hoy el presidente Petro condena el crimen. La Defensoría habla de crisis humanitaria. La Fiscalía identifica a los autores. Pero los hechos hablan más alto: en Calamar no manda la ley, manda el miedo. Los cultos religiosos deben hacerse antes de las seis. La vida vale menos que una sospecha.

¿Dónde estaba el Estado? ¿Dónde estaban los esquemas de protección, los planes de prevención, las alertas tempranas? La verdad es que en Guaviare, como en tantos otros rincones de Colombia, los líderes caminan descalzos, sin blindaje, en territorio ajeno.

Ocho cuerpos. Ocho historias. Ocho fuegos apagados por la guerra sin fin. Que no se diga que no lo sabíamos. Que no se diga que fue por error. Esto fue un crimen político. Fue un mensaje de poder. Y también fue un fracaso del Estado.

Porque mientras no se garanticen la vida, la fe y la palabra, la paz seguirá siendo una promesa incumplida que se pudre en una fosa común.

Y sin embargo, todavía hay románticos de la revolución que se niegan a ver lo que estos grupos criminales son hoy: máquinas de exterminio al servicio de intereses oscuros. Su modus operandi no tiene nada que envidiarle al de los paramilitares de la época de Pastrana y Uribe. Asesinan, desaparecen y aterrorizan con una sola intención: borrar al movimiento social y popular del mapa, cumplir el viejo sueño de la criminal derecha colombiana, ahora con otros disfraces y los mismos fusiles.

Prensa Justicia & Dignidad

Julio de 2025

El plan para tumbar a Petro y dejar una presidenta títere

En 1947, en la plaza helada de Chocontá, Jorge Leyva Urdaneta, ministro de Trabajo del presidente Laureano Gómez, pidió abiertamente matar al jefe del liberalismo. Lo dijo con voz de púlpito y tono de sentencia: que así como en Italia fue necesario matar a Matteotti, en Colombia había que hacer lo mismo con Jorge Eliécer Gaitán. Un año después, el 9 de abril del 48, Gaitán fue asesinado a las puertas de su oficina. Y el país entró en una guerra sin final claro. La historia, en Colombia, no se repite como farsa: se hereda como misión de clase.

Cincuenta años después, su hijo, Álvaro Leyva Durán, tejía otra conspiración. Esta vez con traje de paz y modales de diplomático. Pero en realidad se sentaba no con insurgentes, sino con Carlos Castaño, el jefe de las AUC. Lo dice Castaño en su libro Mi confesión, y lo confirma el informe El cascarón y la semilla: Leyva proponía un golpe contra Samper a través de una Constituyente. Dicen que Álvaro Gómez se negó a prestarse al juego. Dicen que por eso lo mataron. Dicen.

Hoy, a sus 82 años, Leyva reaparece, ya fuera de la Cancillería, pero todavía con ambición de titiritero. Los audios que han salido a la luz no dejan lugar a interpretaciones. No insinúa: trama. Habla de alianzas con el Clan del Golfo, con el ELN, con periodistas como Vicky Dávila, con políticos de vieja escuela. Nombra a Miguel Uribe Turbay como ficha débil, sin representación, y días después, le disparan. En los mismos audios sugiere que Francia Márquez, la vicepresidenta, sabía del plan. Que el atentado la favorecía. Que si caía Petro, ella sería presidenta. Presidenta sí, pero manejada por la derecha. Títere, no símbolo.

Desde que Gustavo Petro fue elegido presidente, una parte del empresariado, de la clase política tradicional y del poder judicial se ha dedicado a bloquear su mandato. No con bayonetas, sino con micrófonos, sentencias y portadas. Las cortes han tumbado decretos. Los medios han difundido falsedades. No es un golpe militar: es un golpe blando. Se ejecuta paso a paso, por dentro, como termita institucional.

El punto más alto de esta arremetida fue el atentado contra Miguel Uribe, seguido de la decisión del presidente del Congreso, Efraín Cepeda, de declarar sesión permanente y reunirse con las Fuerzas Armadas. Un movimiento que olía a antesala de ruptura. A reedición elegante del viejo zarpazo.

Y entonces, los audios. Leyva habla con seguridad. Como quien lleva tiempo planeando. No aclara si coordinó con congresistas, con Cepeda, con empresarios o con magistrados. Pero sí deja en evidencia que armó una red, una conjura con rostro de transición y cuerpo de golpe.

Lo más grave es la desconfianza que sembró. No solo en el gabinete, también entre la ciudadanía que apoya el gobierno. Y eso también hace parte del golpe blando: dividir, aislar, deslegitimar. En otros países lo han hecho así. Aquí lo están intentando.

Por eso, lo mínimo que debe exigirse es que las personas mencionadas en los audios hablen. ¿Qué sabían? ¿Qué pactaron? ¿Por qué no lo denunciaron? La Fiscalía tiene el deber de investigar y judicializar. El pueblo tiene derecho a saber quién conspira contra su voluntad.

Petro, al incluir a Leyva en su gabinete, creyó tal vez que reconciliarse con el pasado era necesario para construir el futuro. Pero el pasado no se reconcilia si nunca pidió perdón. Y mucho menos si sigue conspirando.

Señalar a Leyva padre y a Leyva hijo no es revancha: es hacer memoria. Es entender que la antidemocracia en Colombia no es un error: es un legado de familia.

Prensa Justicia & Dignidad

La metamorfosis de Francia Márquez

¿Quién lo diría? La hija del agua, la defensora del Pacífico, la mujer que fue perseguida por defender la vida… hoy convertida en la jugada maestra del ajedrez de las élites. ¡Y qué jaque tan fino!

Francia Márquez, aquella lideresa que hablaba de ancestras, trenzas y dignidad, terminó convertida —según audios filtrados por El País de España— en la mejor opción para reemplazar a Gustavo Petro en un golpe de Estado de salón. Una jugada orquestada desde la comodidad diplomática de Washington, con bendición de Trump, incienso de Vargas Lleras y discretos aplausos de Cambio Radical. El Pacífico, al servicio del Atlántico Norte.

El excanciller Álvaro Leyva —quien empezó como símbolo de la paz total y terminó como emisario del Tea Party, junto a Vicky Dávila y el clan Géneco— viajó a EE.UU. para ofrecer una alternativa “moderada” a Petro. ¿Y a quién propuso como nueva presidenta? Adivinen. Sí, a la “niña de la tierrita”: Francia Márquez. En los audios se escucha decir que ella ya está “en la jugada”, que estaba al tanto, que ya estaba lista. ¿Y Petro? “Drogadicto”. Ahora entendemos por qué tanta carta de ocho páginas contra el presidente: eran los ensayos del golpe. Y los actores clave: ELN, Clan del Golfo, gremios. Una alianza que haría sonrojar hasta a Uribe y Mancuso.

En el Cauca, la fórmula es clara: Francia Márquez + Temístocles Ortega + Vargas Lleras. Es decir, Francia siempre ha representado los intereses de Cambio Radical, la derecha pura y dura del país. Temístocles Ortega —cacique regional, barón de Cambio Radical y padrino de múltiples candidaturas— ha sido uno de los principales impulsores de la carrera de Francia. No lo decimos por chisme: la vicepresidenta ha respaldado públicamente a candidatos de Cambio Radical como Elber González, mientras desconoce históricamente a los consejos comunitarios que la vieron nacer. La niña rebelde terminó sirviéndole el almuerzo a Vargas Lleras.

Y por eso, en el Cauca, Francia Márquez no es profeta en su tierra. Todo lo contrario. En muchos actos públicos ha sido abucheada por comunidades que conocen su trayectoria. Porque no representa al movimiento social, nunca respaldó ni a la Colombia Humana ni al Pacto Histórico, y siempre prefirió aliarse con la maquinaria tradicional. En las pasadas elecciones regionales, apoyó al actual gobernador del Cauca —también cercano a Temístocles— en lugar del candidato del Pacto. El resultado es claro: el pueblo no la reconoce como una de las suyas.

En Suárez, su propio municipio, el abandono es total. No hay agua potable ni servicios públicos esenciales. La vicepresidencia no se ha traducido en obras concretas para su comunidad ni para su consejo comunitario. La sienten lejana, desconectada, dedicada a sus aspiraciones de poder, pero ausente del territorio. Dicen que ni siquiera lograría un voto en una elección local. Y duele. Porque cuando una lideresa de base se vende al mejor puesto, termina sin base ni liderazgo.

¿Y qué hizo en el Ministerio de la Igualdad? Nada… pero con presupuesto. O mejor: no ejecutó recursos, abandonó programas estratégicos como Jóvenes en Paz. ¿Recuerdan al uribista de Utransa que dirigió la campaña del NO al plebiscito por la paz? Pues él fue gerente del programa. Ahora entendemos cómo terminó ahí: con una uribista al mando de su equipo, ¿cómo no se iban a hundir los programas?

Eso sí, en redes nunca dejó de sonar bonito.

La historia de Francia Márquez, de lideresa afrodescendiente a ficha útil del establecimiento, es la prueba más dolorosa de que el poder no transforma a todos: a algunos simplemente los revela. Aquí estamos, viendo cómo la dignidad se volvió caricatura. Y los pueblos que la creyeron, la resisten. Francia Márquez traicionó a su pueblo y al movimiento social.

Por Prensa Justicia & Dignidad

Crónica de la cordura patriarcal

Crónica de la cordura patriarcal

Por: Prensa Justicia & Dignidad

ATENCIÓN: si una mujer alza la voz, está loca.
Si denuncia un abuso, es histérica.
Si exige respeto, una exagerada.
Pero si un hombre toma un hacha, mata a su hermana, quema la casa y deja tres niños huérfanos, entonces… “pobrecito, estaba mal de la cabeza”.

Y así seguimos: entre diagnósticos convenientes y silencios cómplices.

Este 28 de junio, mientras algunas celebraban el Orgullo de ser libres y diversas, en la vereda Valle Nuevo del resguardo Honduras, municipio de Morales, Cauca, dos mujeres fueron asesinadas con un hacha. El presunto responsable: un joven de 25 años.
Después de matarlas, incendió la casa con sus cuerpos adentro.

Uno de los cuerpos quedó totalmente calcinado.
Del otro, solo quedaron las quemaduras.
Tres niños presenciaron el horror.
Tres niños que lograron salir corriendo de las llamas.
Tres niños que ahora son huérfanos.
Pero el diagnóstico oficial no hablará de eso.
Hablará de “trastornos mentales”.

¿Y saben qué más tenía este joven, además de un arma homicida y fósforos?
Impunidad patriarcal.

Sí, esa impunidad que diagnostica locura cuando él mata, pero llama “exageración” a cualquier intento nuestro por defender la vida.
Porque claro, si lo hace él, está enfermo.
Pero si lo denuncia ella, está loca.
Y ni se te ocurra llorar, protestar o hacer plantón.
“Ahí están las locas feministas otra vez”.
Las mismas que intentan salvar a las que ya nadie escucha.

Ya basta.
No es una locura defenderse.
No es una enfermedad gritar “¡no me mates!”.
No estamos trastornadas por exigir vivir.

Lo trastornado es este sistema que prefiere proteger al agresor con excusas clínicas, mientras nosotras cargamos el peso de la culpa, el juicio social y los féretros de nuestras hermanas.

Hoy, tres niños —una niña de 7 años y dos mellizos de 1 y 2— quedaron huérfanos.
Y nadie va a decir que su infancia fue incendiada por el machismo.
Solo hablarán del desequilibrio mental del agresor.
A ver si así suena más digerible.

Pero no.
Esto no es una tragedia aislada.
Es un síntoma.
Y como toda enfermedad crónica, solo se cura con verdad.

No somos locas.
Locura es normalizar esto.
Locura es silenciarlo.
Locura es seguir justificando lo injustificable.

Ya no más.
Ni una menos.
Ni una silenciada.

28 de junio: Crónica de una rabia que se volvió orgullo

No hay nada más peligroso que una costumbre rota. Y en la madrugada del 28 de junio de 1969, en un rincón maloliente del Greenwich Village de Nueva York, se rompió una de las más antiguas: que los diferentes agachen la cabeza.

El Stonewall Inn era un refugio. Sucio, oscuro, clandestino. Allí se escondían quienes el mundo empujaba a la orilla: maricas, lesbianas, travestis, negras, pobres, latinas. Gente sin patria, sin permiso, sin tregua. Gente que, para bailar, tenía que mirar la puerta. Que, para besarse, tenía que mirar al suelo.

Y como siempre, la policía llegó.

Dicen que eran las dos de la mañana.

Dicen que no era la primera redada, ni la peor.

Dicen que una muchacha trans fue la primera en empujar al primer policía.

Dicen muchas cosas.

Pero lo que nadie discute es que esa noche se encendió algo que ya no se pudo apagar.

Los clientes no huyeron.

No se escondieron.

No pidieron disculpas por existir.

Se defendieron.

La policía —acostumbrada a imponer, no a explicar— se vio rodeada. Botellas, ladrillos, tacones.

Furia acumulada en años de insultos, golpizas, humillaciones.

Furia que no pedía perdón ni permiso.

Marsha P. Johnson, negra, trans, pobre.

Sylvia Rivera, latina, trans, desobediente.

No eran dirigentes, ni mártires de profesión.

Eran cuerpos expulsados de todas partes, que decidieron no irse más.

Lo que vino fueron seis días de resistencia en las calles. Las noticias trataron de ocultarlo. La policía de minimizarlo. El poder de olvidarlo.

Pero no se puede enterrar lo que ya se sembró.

Un año después, las calles de Nueva York se llenaron de cuerpos que marchaban por primera vez sin vergüenza. Sin miedo. Y sobre todo, sin permiso.

No era una fiesta. Era una caminata hacia la dignidad.

El Orgullo, ese día, no fue un eslogan ni una moda. Fue el nombre que se le dio a la rabia cuando se organiza, al dolor cuando se reconoce, a la diferencia cuando se abraza.

De ahí en adelante, cada 28 de junio es memoria viva.

De quienes se atrevieron a decir que no.

De quienes murieron por decir que sí.

De quienes todavía hoy, en tantas partes del mundo, son castigados por amar.

Stonewall no fue un milagro. Fue consecuencia.

De la rabia. De la exclusión. De la soledad.

Pero también de la ternura.

De las redes que se tejen en los márgenes.

De los abrazos que salvan más que las leyes.

Stonewall no fue el final. Fue el principio.

Y aún caminamos.

Por Sofía López Mera – Justicia & Dignidad

Cali 28 de junio 2025

Asesinaron a la lideresa campesina Angie Leandra Henao

La lista de lideresas continúa en Colombia, pero en el Cauca se intensifica. Y en el norte del Cauca ya es costumbre.

A Angie Leandra Henao la mataron el viernes 27 de junio de 2025 en la vereda El Silencio, municipio de Corinto, Cauca. Eran las 2:30 de la tarde. Estaba en su casa con sus tres hijos cuando llegaron hombres fuertemente armados. No preguntaron. No gritaron. Solo dispararon. En repetidas ocasiones. Frente a sus hijos. Y se fueron, como si se pudieran borrar así nomás las huellas de un crimen político.

Angie era madre, campesina, lideresa veredal e integrante activa de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC). Su muerte no fue un accidente ni un daño colateral: fue un mensaje. En el Cauca, ser mujer y liderar procesos comunitarios es ponerse una diana en la espalda. La tierra que se siembra también se defiende, y esa defensa molesta.

Desde la firma del Acuerdo de Paz en 2016, 221 lideresas sociales han sido asesinadas en Colombia. Muchas de ellas eran defensoras de la tierra, constructoras de paz, guardianas del agua, de la palabra y de la vida. Esta cifra no es una coincidencia ni una estadística: es un grito de alerta. Un mapa del miedo. Y ese mapa tiene un epicentro: el Cauca.

En el norte del departamento, se ha vuelto rutina contar lideresas asesinadas. En cada vereda, en cada consejo comunitario, hay una historia interrumpida. La violencia no distingue edades ni trayectorias. A las que más construyen, a esas son a las que buscan. Lo que está ocurriendo es un patrón de exterminio político. Las matan por lo que representan: autonomía, organización, poder desde abajo.

Los actores armados —sean disidencias, narcos o estructuras mixtas— saben que matar a una lideresa no solo elimina a una mujer. Golpean a toda la comunidad. Siembran miedo. Debilitan los procesos. Y abren espacio para el control territorial que necesitan. La muerte de Angie no es solo una tragedia. Es un síntoma de una enfermedad vieja: la indiferencia del Estado.

La ANUC, organización histórica del campesinado colombiano, ha exigido protección y garantías. También ha hecho lo que el Estado no hace: sostener la memoria, denunciar y acompañar a las familias. Pero no puede sola. Ni la ANUC, ni las comunidades, ni los movimientos de mujeres pueden cargar solas con esta guerra silenciosa.

El país no puede seguir naturalizando estos crímenes. Las mujeres campesinas no son cifras. Son columna vertebral de sus territorios. Y cada una que cae deja un hueco que no se llena con comunicados.

Angie Leandra no murió: la asesinaron. Y si no se hace justicia, el mensaje que queda es claro: en Colombia, ser mujer y liderar te puede costar la vida.

¡La vida campesina se respeta!

Por Prensa Justicia & Dignidad

“Los están matando, Presidente”

26 de junio de 2025

Esta noche asesinaron a Yidwar Mondragón Paredes.

Le dispararon en Poblado Campestre, en Cali, en plena vía a Candelaria. No fue una bala perdida ni un acto aleatorio. Fue un mensaje. Uno más.

Yidwar era vocero del Colectivo Jhonatan Sabogal. Un líder, un joven con discapacidad que se desplazaba en silla de ruedas. Era firmante de paz. Lo metieron a la cárcel con un montaje judicial tan absurdo que nadie —ni siquiera quienes lo conocían de cerca— podía creerlo. ¿Cómo era posible que un joven en esas condiciones, que apenas podía moverse sin ayuda, fuera acusado de terrorismo y violencia? Pero lo fue. Lo encerraron.

Y mientras estuvo tras las rejas, nunca recibió atención médica adecuada. Su salud se deterioraba. Desde el Colectivo Jhonatan Sabogal se denunció una y otra vez que el Estado no hacía nada por garantizarle ni siquiera una consulta. Fue un castigo por pensar diferente, por levantar la voz durante el estallido social.

Cuando por fin recuperó su libertad, sabía que su vida estaba en riesgo. Por eso, el 2 de julio de 2024, solicitó formalmente medidas de protección ante la Unidad Nacional de Protección. El 10 de julio, su solicitud fue radicada ante el Ministerio del Interior. Lo que pidió fue simple: no morir. Pero el Estado no respondió. Nunca lo protegió. Hoy está muerto.

El gobierno de Gustavo Petro —ese que prometió justicia para los presos políticos, verdad para las víctimas del paro, reparación para las familias rotas— les falló. No solo incumplió: abandonó.

Las mesas de diálogo no sirvieron. Las huelgas de hambre fueron ignoradas. La Comisión de la Verdad del Paro Nacional fue una farsa. Y quienes salieron de prisión quedaron solos, marcados, vigilados, vulnerables.

Yidwar es uno más.

Uno más que muere en medio de este desgobierno que se arropa con la bandera de la paz mientras entierra a sus jóvenes en silencio.

Los medios seguirán hablando de Miguel Uribe, de la Constituyente, de encuestas. Pero no hablarán de Yidwar. Porque un joven pobre, en silla de ruedas, asesinado por el abandono estatal, no vende clics.

Ahí están los muertos.

Ahí está Yidwar, como estuvo Diego Fernando.

Ya son siete los jóvenes detenidos políticos asesinados.

Y seguirán contando.

La juventud que se inmoló en las calles para que ustedes fueran gobierno está siendo exterminada.

Y ustedes no solo no hacen nada.

También mienten.

También traicionan.

Los están matando, Presidente.

¿Y usted, qué carajos va a hacer?

Por  – Justicia & Dignidad

El mundo en manos de desquiciados y… ¿una Tercera Guerra Mundial?

El 24 de junio de 2025, Donald J. Trump, expresidente de EE. UU., publicó en Truth Social que Irán e Israel habían acordado un “alto al fuego total y completo”. Según él, comenzaría seis horas después del anuncio: primero Irán, luego Israel, y 24 horas más tarde, se reconocería el fin oficial de la llamada “Guerra de los 12 días”.

Solo había un pequeño problema: era mentira.

Horas más tarde, el canciller iraní Abbas Araghchi desmintió categóricamente el anuncio: “No hay ningún acuerdo de cese al fuego con Israel”. Desde Jerusalén tampoco hubo confirmación. Fuentes del Ministerio de Defensa israelí, citadas por Haaretz, indicaron que no se había pactado nada, y que continuarían respondiendo a cualquier agresión iraní.

Mientras Trump jugaba a la diplomacia desde su red social, la realidad era otra. El 13 de junio, Israel lanzó la operación Rising Lion, atacando más de 100 objetivos militares y nucleares en Irán. Al menos 224 personas murieron. Irán respondió con más de 150 misiles. El 23 de junio, EE. UU. bombardeó instalaciones nucleares iraníes en la operación Midnight Hammer, e Irán contraatacó esa noche a la base aérea estadounidense de Al Udeid en Catar.

Según la Media Luna Roja Iraní, hay más de 450 muertos, incluidos 54 niños. Teherán está parcialmente evacuada y los hospitales están desbordados. En Israel, ciudades como Tel Aviv y Haifa viven bajo alarma constante.

Y mientras tanto, Trump actúa como si hubiera ganado el Premio Nobel de la Paz con una publicación viral. No es la primera vez que el expresidente confunde espectáculo con política exterior, pero esta vez lo hizo en medio de un conflicto que podría escalar regionalmente.

¿Por qué lo hace? Primero, por campaña. Aun fuera del poder, busca posicionarse como el único capaz de detener una guerra. Segundo, porque domina el juego mediático: mientras todos buscan hechos, él fabrica titulares. Tercero, porque sabe que la mentira, si se dice con suficiente fuerza, puede parecer verdad.

El mundo sigue sin tregua. Ni Irán ni Israel han bajado las armas. EE. UU. está directamente involucrado. Catar intenta mediar sin éxito, y la ONU emite llamados a la calma que se pierden entre explosiones.

No estamos, aún, en la Tercera Guerra Mundial. Pero sí en una situación donde el más mínimo error puede encenderla. Y lo preocupante no es solo el conflicto, sino quiénes pretenden dirigirlo.

Hoy el planeta está en manos de líderes que anuncian la paz desde un teléfono mientras la guerra arde. Y aunque Trump no firmó ningún tratado, logró lo suyo: que habláramos de él. Por ahora, el único cese al fuego confirmado es entre la verdad y la política.

Por Justicia & Dignidad

Secuestro de 57 militares en El Tambo

En el mágico realismo colombiano, nada sorprende ya: 57 militares fueron secuestrados en El Tambo, Cauca, por un grupo de civiles presionados por las disidencias. Y no, no es la escena de una serie de narcoficción… es lunes en Colombia.

Los uniformados —4 suboficiales y 53 soldados— quedaron retenidos como si fueran invitados forzosos a un paseo ecológico por la selva. ¿El objetivo? Que no puedan mover ni un dedo mientras las disidencias actúan como si fueran el Estado. Y para rematar, la cereza del pastel: ¡escudos humanos! Porque si algo saben hacer las disidencias es poner al pueblo en medio del fuego… literalmente.

El presidente Petro reaccionó pidiendo su liberación inmediata, mientras el ministro de Defensa ofreció recompensas como si fueran tiquetes para un concierto. La Procuraduría, como siempre, pidió «presencia efectiva del Estado», como si ese Estado no llevara siglos en sabático. Spoiler: el Estado en el Cauca es una leyenda urbana con horario restringido.

¿Y los otros responsables? Ay no, de esos no se habla. Ahora caminan con discursos de reconciliación, sombrero campesino y cargo visible. Toman tinto caliente en despachos oficiales, cultivan discursos y cosechan aplausos.

Aquí el silencio no es cobardía, es método. Dinámicas sabias de Caucanistán.

¿El resumen? Soldados secuestrados, el Estado de vacaciones y un gobierno que hace como que no sabe… pero sabe.

Por Amaru Chasqui Periodista Independiente