Las mujeres del Putumayo caminan con el alma rota

Crónica de guerra, silencio e impunidad

Por alguna trocha del Putumayo aún debe estar el eco de ese grito que nunca se escuchó.

“¡No! ¡No me toquen! ¡No soy guerrillera!”

Pero el fusil no pide permiso.

Ni la puñaleta.

Ni las manos sucias de odio que arrancan la dignidad como si fuera ropa vieja.

Era octubre de 2004. Las mujeres se bajaban de las canoas con las manos cargadas de dulces para los hijos, víveres, historias de mercado, risas pequeñas. No sabían —cómo iban a saber— que el caserío Arizona ya no era un pueblo, sino una trampa. Que allí no mandaba la ley, sino el miedo.

Un sargento del Ejército llamado Juan Pablo Sierra Daza, alias Motosierra, alias El Boquinche, llegó con paramilitares a su lado. Hablaba duro, con rabia. Mostraba una lista de nombres que nadie debía leer. Y señalaba a quien respirara distinto.

En la semana del 24 de octubre de 2004, fueron violadas siete mujeres, y una mujer y un menor de edad fueron ejecutados extrajudicialmente, luego de haber sido señalados —sin pruebas, sin proceso, sin juicio— de pertenecer a la guerrilla.

No eran guerrilleras.

Eran campesinas.

Lo que ocurrió allí fue una operación encubierta para sembrar terror en la comunidad, para “limpiar el territorio”, para dejarlo libre a favor del control paramilitar, con el Ejército como socio operativo.

Una de ellas fue obligada a caminar como escudo humano durante un combate. A otra le apuntaron entre las piernas. A otra la hicieron confesar entre golpes que era guerrillera, para luego vestirla de camuflado. A todas las encerraron, las desnudaron, las torturaron, les pasaron la puñaleta entre el cuerpo, las insultaron, las quebraron.

Mientras tanto, el niño en brazos de una madre ejecutada fue devuelto como un paquete más.

Y el terror seguía su curso.

El sargento Sierra Daza reconoció algunas ejecuciones extrajudiciales por las que ya ha sido condenado por la justicia ordinaria. Pero negó absolutamente cualquier hecho de violencia sexual. Y aunque las víctimas han relatado estos hechos con todo el dolor del mundo, la JEP titubea.

Porque «en algo confesó», dicen.

Y así, la puerta de la impunidad sigue abierta de par en par.

No será expulsado.

Porque aún puede “contribuir a la verdad”.

¿A qué verdad? ¿A cuál justicia?

Lo cierto es que en este proceso, las mujeres víctimas fueron expuestas de nuevo, obligadas a revivir el horror ante el agresor que las mira, las niega, y las vuelve a matar con cada palabra. Y también fue señalada la organización que las acompaña, Corporación Justicia y Dignidad, por parte del propio compareciente.

Nosotras. Las que nunca dejamos de creerles a las mujeres víctimas.

Como si eso no fuera suficiente, la vía de solución amistosa ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos está paralizada, porque la JEP no remite la información necesaria a la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado.

El Estado calla.

La JEP calla.

Y la impunidad grita.

La violencia sexual en el Putumayo no fue un hecho aislado. Fue una práctica repetida, sistemática, planificada.

Las cifras lo confirman.

El horror lo respalda.

Según informes del Centro Nacional de Memoria Histórica y de organizaciones de víctimas, la violencia sexual fue parte estructural del control territorial en el Putumayo. En lugares como El Placer, Puerto Caicedo y La Dorada, se documentaron violaciones sistemáticas a mujeres, niñas y adolescentes, usadas como objetos, trofeos o castigos.

El Centro Nacional de Memoria Histórica lo calificó como una práctica generalizada, con la mayor tasa de violencia sexual del país: 245 víctimas por cada 100 000 habitantes.

En los entrenamientos y consignas de guerra se enseñaba sin disimulo:

“Sube, sube guerrillero, que en la cima yo te espero. A tus mujeres violaremos y a tus hijas mataremos.”

Hoy, muchas de esas mujeres caminan con el alma rota… y aún así siguen caminando.

Porque si no lo hacen ellas, nadie contará que la guerra en Colombia no solo mata.

También viola.

Y calla.

Por Prensa Justicia & Dignidad

¿Otra vez fraude? La empresa que puede robarse las elecciones de 2026

Otra vez Thomas Greg & Sons manejará las elecciones. Y otra vez se encienden las alarmas. ¿Por qué? Porque seguimos entregando la democracia del país a una empresa privada, sin que existan las mínimas garantías de transparencia que cualquier sistema electoral necesita.

El presidente ha mostrado su desconfianza públicamente, y tiene razones de peso. Desde hace años se viene exigiendo que se permita auditar el código fuente del software que cuenta los votos. Eso no es pedir un favor, es un derecho básico de cualquier democracia: saber cómo se cuentan los votos. Y no lo han permitido. Ningún partido, ni del gobierno ni de la oposición, ha podido revisar ese código. Todo se queda en manos de una sola empresa, cerrada como una caja negra.

¿Quién garantiza entonces que el sistema no puede ser manipulado? Nadie. ¿Y por qué la Registraduría no incluye esa exigencia básica en un contrato de 2.1 billones de pesos? Nadie responde. Es más grave aún si recordamos que el Consejo de Estado, en el año 2012, ya había ordenado que se permitiera la auditoría al software y que se avanzara hacia el voto electrónico. Más de una década después, nada ha cambiado.

En las elecciones pasadas, fueron millones los que votaron por Gustavo Petro. Esa fuerza popular, esa ola de esperanza por el cambio, fue tan contundente que ni siquiera el sistema que intentó hacer fraude pudo contra ella. Era evidente que el pueblo quería otra cosa. Los votos del supuesto difunto Hernández, ese personaje ignorante, patético y sin programa más allá del insulto y la violencia, fueron inflados descaradamente. Pero ni así pudieron. Porque el pueblo no es tonto, el pueblo no vota por un tipo tan básico y bélico. Solo la derecha criminal, esa minoría que todos conocemos, podía apoyar una figura tan nefasta. Y aún así, perdieron. Porque la esperanza fue más fuerte que la trampa.

¿Y qué pasa mientras tanto? Que en el papel —en los famosos formularios E-14 y E-24— todo se puede acomodar. Ahí, en la tinta y los tachones, en las actas donde desaparecen votos o se inflan cifras, es donde se consuma el fraude. Y eso no es nuevo. Ya lo hemos visto. Hay pruebas claras, compartidas por miles de ciudadanos en redes sociales, donde se comparan fotos del E-14 original (lo que se contó en mesa) con el que aparece digitalizado en el sistema de la Registraduría. Los ejemplos abundan: a un candidato le aparecen 43 votos en el papel físico, pero 143 en el digital. ¿Qué pasó? Le agregaron un “1” con otro lapicero. O transforman un “3” en un “8” con un simple trazo. A otros les borran votos, les suman al rival o alteran las cifras descaradamente. Así manipulan la voluntad del pueblo. Y cuando alguien reclama, lo tratan de loco, de mentiroso o simplemente le dicen que ya pasó el tiempo para impugnar. Así funciona la trampa, mientras el software sigue blindado y el papel sigue siendo frágil.

Por eso la derecha está alborotada. Porque con esta empresa de nuevo a cargo, sienten que ya tienen el camino pavimentado. Porque saben que si el sistema sigue opaco, la manipulación sigue siendo posible. Y con eso, vuelven ellos… y con ellos, vuelve la muerte como única opción para los pobres. Vuelve el control a sangre y fuego. Vuelve el país del miedo y del silencio.

Lo lógico, lo democrático, lo justo, sería que todos los partidos —TODOS— estuvieran exigiendo transparencia. Que dejaran de repetir bobadas como que “nos vamos a robar las elecciones”, y se sumaran a una causa común: que el sistema de conteo de votos sea auditable por todos. Porque eso nos protege a todos, gane quien gane. Porque sin confianza en las reglas, la democracia se vuelve una farsa.

Este no es un capricho del presidente. Es una advertencia. No se puede construir paz ni democracia real mientras las elecciones sigan siendo manejadas como un negocio cerrado y turbio. Y si no lo entendemos ahora, en 2026 no solo se juega un resultado electoral: se juega la vida de millones.

Por Prensa Justicia & Dignidad

 

 

Uribe en el banquillo: entre videos porno, súplicas y enanos bailarines

Colombia, 2025. El país donde el presidente más intocable del siglo XXI ahora es protagonista de una tragicomedia judicial que ni Gabo habría osado escribir: el juicio contra Álvaro Uribe Vélez. El hombre de los falsos positivos, el puño de hierro y las miradas de sospecha. El mismo que decía “mano firme, corazón grande” ahora desfila cabizbajo por Paloquemao, repitiendo que es solo un viejito de 73 años… pero con un prontuario que haría temblar a Don Corleone.

Todo empezó con solemnidad hasta que… ¡pum! El papelón. La Fiscalía proyectó por error un video. En pantalla apareció un enano bailando champeta con una botella en la cabeza. Medio estrado tragó saliva. Acto seguido, otro archivo: porno explícito. El país se paralizó entre el bochorno, la risa nerviosa y la sospecha de que estábamos viendo un sketch de Capusotto.

Uribe, estoico, alcanzó a decir:

— “Qué vergüenza, señora jueza…”

Y no era para menos: el video venía en la carpeta de evidencias enviada por su exabogado Diego Cadena, que al parecer tampoco sabía usar carpetas comprimidas. Según testigos, Jaime Granados, su defensor estrella, vomitó en una matera y Cadena ofreció “buscar un enano más serio para reparar el daño”.

Pero el show apenas comenzaba. En febrero, el Tribunal Superior de Bogotá aceptó como prueba las interceptaciones entre Uribe y Cadena. Como Cadena aún no era abogado formalmente en ese momento, el secreto profesional se fue al carajo. En los audios, Uribe raja con todo de su combo jurídico:

— “Eso no lo maneja ni Granados… ni Lombana, con tristeza lo digo.”

Luego publicó una disculpa en X, echándole la culpa a la “angustia”. ¿Quién no ha pelado el cobre en una llamada y luego pedido perdón?

Pero es que ese tipo de cliente es el terror de cualquier abogado penalista. Sobrador, ansioso, parlanchín. No se deja asesorar, da órdenes, y luego se queja de que lo están hundiendo. Por eso el meme más compartido en los chats jurídicos dice: “Si Uribe lo contrata, finge un infarto o tírese por la ventana. Salve su tarjeta profesional”.

Y si la comedia no era suficiente, llegó el momento tenebroso. En plena audiencia, mientras testificaba Carlos Eduardo López Callejas —más conocido como ‘Caliche’—, Uribe se pasó un dedo por el cuello. Una señal que en cualquier barrio del mundo significa “te vas a morir”. Las redes estallaron: ¡Uribe está amenazando al testigo! El escalofrío quedó. Si no fue amenaza, fue casting para el papel de padrino.

Además, Uribe llegó ansioso a todas las audiencias. Respiraba agitado, tragaba en seco, y la valeriana claramente no le estaba funcionando. Se le notaba la nostalgia por su finca, sus caballos, y por los tiempos en que podía llamar a alguien de la Corte con un guiño, soborno y asunto resuelto.

El colmo de lo absurdo fue cuando pidió interrogar directamente a Iván Velásquez, exmagistrado auxiliar y exministro de Defensa. El verdugo judicial de su vida. Lo que siguió fue una cadena de preguntas tan mal formuladas que ni los jueces, ni los abogados, ni Google entendieron qué quería decir. Velásquez no respondió. Solo se rió, con la tranquilidad de que la justicia tarda pero llega.

Y como final de telenovela, el 7 de julio, Uribe se puso sentimental:

— “Yo soy muy viejo, señora jueza… 73 años. En mi alma yo quiero que me absuelva.”

Silencio en la sala. Alguien tiró un esfero. La jueza lo miró con miedo notorio. Escribió algo en su libreta. Seguro su diario de emociones, porque tener la desgracia de juzgar a Uribe es saber que algo no tan bueno puede pasarle.

Conclusiones:

Uno: Ser abogado de Uribe no es ejercer el derecho, es una práctica parecida a la tortura. De clientes así, líbranos, Señor.

Dos: Gracias, Iván Cepeda. No olvidamos que este milagro jurídico no cayó del cielo. Fue lucha, terquedad y dignidad de una víctima de Estado que logró sentar al intocable.

Tres: La derecha ya huele a polvora. Editoriales llorones, cadenas de WhatsApp, amenazas a la jueza, atentados con “autor desconocido”… y por ahí el anuncio macabro de Álvaro Leyva: “Petro se puede morir”. Todo huele a golpe de Estado, y no tan blando como lo pintan. Como si la novela se pusiera más negra.

Reímos para no llorar. Y escribimos para no olvidar.

Y mientras tanto, en alguna finca paisa, alguien ya debe estar buscando un enano más serio. Para el próximo acto.

Por Prensa Justicia & Dignidad

Petro se puede morir: La Alarma que Desató Leyva

Las alarmas se encendieron esta semana tras una entrevista escalofriante del excanciller Álvaro Leyva. Desde su suspensión por faltas gravísimas, reapareció públicamente con una declaración que ha generado repudio y temor: “Petro se puede morir”, dijo, agregando que Francia Márquez, como sucesora constitucional, “haría bien las cosas”.

La frase no fue casual. En medio de un clima político cada vez más enrarecido, este tipo de afirmaciones despiertan sospechas sobre los movimientos soterrados de sectores del poder que no toleran el avance del cambio democrático. Leyva, un político curtido en las élites, no improvisa. Lanzar la palabra “muerte” junto al elogio a la vicepresidenta no es solo temerario: es profundamente siniestro.

A esto se suma un hecho gravísimo que pasó casi desapercibido: el pasado fin de semana, el avión presidencial no pudo aterrizar en Bogotá por una alerta de misil tierra-aire. La ruta fue desviada a Pereira y el presidente tuvo que regresar a la capital en un avión militar de guerra, no en el presidencial. Se trató de una alerta real de atentado. Y no ha habido una explicación pública clara sobre quién estaba detrás.

El contexto es aún más preocupante: se avecina una posible condena contra Álvaro Uribe Vélez, un hecho que reconfiguraría el panorama judicial y político del país. La derecha extrema sabe que, si cae Uribe, también cae su narrativa. Y ya ha demostrado que haría lo que fuera por volver al poder.

Las declaraciones de Leyva, el atentado frustrado contra el presidente, y los tiempos judiciales que se avecinan, apuntan a una estrategia coordinada de desestabilización. No se trata de una teoría: los hechos hablan por sí solos.

La ciudadanía, los movimientos sociales y los sectores democráticos deben mantenerse en alerta máxima. Lo que estamos viviendo no es una disputa política normal. Es el desarrollo meticuloso de un golpe de Estado en marcha, disfrazado de institucionalidad, legalidad y discursos venenosos lanzados con total impunidad.

Que el mundo lo sepa. Que el pueblo despierte. Que Dios nos ampare.

Por Prensa Justicia & Dignidad

Que no se repita la historia

En diciembre de 2022, Perú fue testigo de un golpe blando que disfrazó la caída de Pedro Castillo como defensa del orden constitucional. La escena fue tan pulcra que hasta parecía legal. La vicepresidenta Dina Boluarte asumió el cargo en nombre de la institucionalidad y, en poco tiempo, se convirtió en la primera mujer presidenta del país. Pero no lo hizo como símbolo de cambio, sino como garante del continuismo, sin pueblo y con represión.

El precio fue altísimo.

Más de 60 personas asesinadas en protestas, la mayoría indígenas, campesinas, jóvenes del sur. 1.300 personas heridas, muchas con traumas irreversibles. Más de 800 detenidas arbitrariamente. Organismos internacionales como la CIDH, Amnistía Internacional y la ONU documentaron ejecuciones extrajudiciales, uso desproporcionado de la fuerza y racismo institucional. Mientras esto ocurría, Boluarte sostenía, en su primera alocución como presidenta, que velaría “por los nadies, los excluidos, los ajenos”.

Las mismas palabras que ha usado Francia Márquez desde que era precandidata presidencial en Colombia, como reivindicación de los pueblos negados: comunidades negras, indígenas, rurales, empobrecidas.

Pero en Perú, esos “nadies” fueron reprimidos y asesinados.

También prometió enfrentar la corrupción “en todas sus escabrosas dimensiones”, cuando el presidente Pedro Castillo —acusado de corrupción sin juicio ni garantías— era derrocado entre maniobras del Congreso, el empresariado y las élites limeñas.

Hoy, en Colombia, los ecos de ese libreto no solo resuenan… se están ejecutando. La reciente investigación del diario El País de España lo confirmó: los audios filtrados revelan que el excanciller Álvaro Leyva —hoy sancionado y suspendido— afirmó que Francia Márquez estaba al tanto de todo. La operación para desestabilizar al presidente Petro ya no es conjetura: estamos en la segunda fase del golpe blando. Estados Unidos ha empezado a cancelar visas a altos funcionarios colombianos, llamar a consultas a sus embajadores en EE. UU. y Europa, y aplicar sanciones políticas disfrazadas de medidas diplomáticas. Es el mismo guion que ya vimos ejecutarse en Bolivia, Perú y Paraguay: una fórmula de presión, aislamiento y “transición ordenada” que siempre termina traicionando la voluntad popular.

¿Quieren convertir a Francia Márquez en la “Dina Boluarte” de Colombia? ¿Quieren usar su rostro para legitimar una transición sin pueblo, impuesta desde los despachos internacionales y las élites nacionales?

Francia no es Dina.

Colombia no es Perú.

Pero si no aprendemos de la historia, la historia se repite… y esta vez con rostro de mujer, pero sin justicia para el pueblo.

Que no se repita la historia.

Porque las mujeres no estamos para ser fichas, ni transiciones, ni excusas.

Estamos para gobernar con el pueblo, no contra él.

Y no vamos a callar mientras se ejecuta otro golpe con disfraz de legalidad e institucionalidad.

Por prensa Justicia & Dignidad

Hospital de Papel

De la prestigiosa Clínica Santa Fe… al hospital de papel sin recursos, porque las EPS ya se robaron hasta los electrodos.

En Colombia ya no sabemos si estamos viendo una campaña política, una serie de Netflix o una dramatización del Canal RCN. La escena: Claudia Tarazona con la mano en el pecho de Miguel Uribe, en una UCI que parece más un set que una sala estéril.

El gesto es potente, sí. Mano al corazón, anillos relucientes, pulsera de bandera nacional, lágrimas invisibles y una cámara oportunamente ubicada. Pero detrás de la imagen, el amor se convierte en una amenaza microscópica: bacterias, virus y todo el catálogo del manual de infecciones hospitalarias. Porque en una UCI, los anillos no sanan, las pulseras no curan, y las manos sin guantes no acompañan… contaminan.

Luego están los cables, claro. Electrodos con pinzas metálicas como si hubiéramos retrocedido veinte años. En clínicas de alta complejidad como la Santa Fe, eso ya no se usa. Lo estándar hoy son electrodos adhesivos desechables, por seguridad, comodidad y precisión. Pero bueno, parece que para la foto valía más la estética retro que la tecnología real.

Y hablando de estética, ¿quién tomó la foto? ¿Dónde están las normas de bioseguridad, de privacidad, de dignidad del paciente? ¿Se firmó un consentimiento? ¿Se desinfectó el lente? ¿O simplemente alguien dijo: «rápido, tráiganme la cámara y los electrodos del 2003»?

Convertir la cama de un paciente crítico en una vitrina electoral no solo es cuestionable, es peligroso. Ni siquiera le dieron tiempo de recuperar el hemisferio izquierdo, y ya están usándolo como ícono del sacrificio.

Si esto fue una escena espontánea, rompieron todos los protocolos médicos.

Si fue una puesta en escena, pues háganla bien…

No nos crean tan ingenuos. Ni tan anestesiados.

Por Amaru Chasqui, periodista independiente

No es crisis diplomática, es golpe de Estado: Plan B

A ver, digámoslo sin rodeos: los pillaron. La operación para tumbar a un presidente elegido ya no es delirio ni conspiración. Tiene nombres, fechas, audios, renuncias incómodas y una banda sonora armada en tiempo real. Y cuando todo sale a la luz, el imperio y su tropa local se indignan, convocan embajadores y publican comunicados solemnes. Teatro puro.

El excanciller Álvaro Leyva admite en audios que fue a EE. UU. a buscar apoyo para reemplazar a Petro por Francia Márquez. Se reunió con congresistas republicanos como Díaz-Balart y Giménez; Vicky Dávila aparece como pieza clave. También se menciona el uso del ELN y el Clan del Golfo. No es ficción, es un libreto sin tanques, pero con patrocinadores.

En paralelo, congresistas de derecha desfilaban por Washington. Cabal, Uribe Turbay y otros se reunían con esos mismos halcones. En febrero, Dávila pedía vigilar las elecciones de 2026; en mayo, Uribe posaba feliz en oficinas republicanas. Lo que parecía diplomacia, hoy huele a conspiración con pasaporte.

Cuando salieron los audios y se conectaron los puntos, el plan se les vino abajo. Entonces llegó la reacción de manual: Estados Unidos llamó a consultas a su embajador, acusó a Petro de exagerado y lanzó su batería clásica de sanciones simbólicas y amenazas. Incluido el viejo truco del castigo silencioso: quitarle a ciertos funcionarios el acceso a la “vida norteamericana”. Es decir, les revocan visas, les congelan cuentas, les cierran las puertas de universidades, eventos y pasillos de poder. No los tumban con tanques, pero sí con restricciones para entrar a Whole Foods, Harvard o Miami. La democracia, al parecer, se defiende también desde la aduana.

Mientras tanto, en Colombia el show de distracción continuaba: Miguel Uribe hospitalizado con su narrativa de mártir, su esposa transmitiendo desde la clínica como si fuera influencer de guerra. La canciller Sarabia renuncia justo en el peor momento; tan oportuna que parece sugerida, no voluntaria.

Y cuando el libreto ya sonaba predecible, apareció Martha Lucía Ramírez firmando una carta a nombre de exministros sin consultarlos. Aunque algunos la desmintieron, la carta ya estaba en Washington, cumpliendo su propósito: presentar a Petro como un peligro inminente.

Anoche tocó la pieza de “escalada terrorista”: Cabal tuiteó que Colombia “revive sus épocas más oscuras”. Que el ELN, las FARC y bandas actúan con impunidad mientras Petro se inventa enemigos. Qué casualidad que en el día de ayer  ocurrieran atentados y bloqueos en Buenaventura-Loboguerrero, y más casualidad aún que Paloma Valencia tuviera todos los detalles minuto a minuto, como si los hubiera coordinado por walkie-talkie. Cilindro por cilindro, camión por camión, peaje por peaje. ¿Premonición o línea directa?

Y justo al calor de los audios, los atentados y las renuncias, Estados Unidos subió el tono. Además de llamar al embajador, ahora se habla de sanciones económicas, aranceles, suspensiones de cooperación y más “castigos ejemplares”. Si no tumbaron al presidente en la sombra, lo intentarán por el bolsillo. No lograron imponer un cambio desde dentro, así que ahora juegan a sofocar desde afuera.

Así, lo que llaman crisis diplomática es solo el Plan B del golpe. Las sanciones, los trinos, los atentados, las renuncias estratégicas y las cartas improvisadas no son hechos aislados: son escenas del mismo show. Lo que no lograron entre bastidores, lo intentan ahora con chantaje, titulares escandalosos y presión económica.

El golpe no fracasó. Solo cambió de método. Ya no necesita militares ni cañones: basta con senadores conectados, periodistas obedientes, embajadas indignadas, visas suspendidas y terrorismo de ocasión. La democracia se erosiona entre trinos, audios y columnas en inglés.

No fue Petro quien rompió las reglas: fue quien se atrevió a mostrar que el juego estaba amañado. Y por eso lo quieren castigar.

Señor Rubio, nadie se va a retractar. Esto no es un malentendido diplomático ni un conflicto de palabras. Es otro capítulo del golpe que la derecha viene urdiendo desde el primer día del mandato de Petro. Los cañones fueron reemplazados por trajes, columnas, sanciones… y radios de corto alcance.

Por Prensa Justicia & Dignidad

¿El páramo de Santurbán no hace parte de Colombia, potencia mundial de la vida?

Santurbán es mucho más que una montaña. Es un páramo, una fábrica natural de agua, un ecosistema que alimenta a más de 2.5 millones de personas en Bucaramanga, Cúcuta y decenas de municipios rurales. De allí fluye el agua que se bebe, que se cultiva, que sostiene la vida. Cuidarlo no es una causa ambientalista: es una obligación constitucional, un acto mínimo de justicia con la tierra y con quienes viven de ella.

En 2014, el gobierno Santos delimitó el páramo, pero lo hizo mal. No consultó a las comunidades, no sustentó científicamente su decisión y dejó por fuera zonas clave, todo para proteger intereses mineros. Por eso, en 2017, la Corte Constitucional tumbó esa delimitación mediante la sentencia T-361 y ordenó hacer una nueva. Participativa. Ambiental. Justa. Porque el derecho al agua y al ambiente sano no se negocia.

Sin embargo, el gobierno de Iván Duque aprovechó el vacío para maniobrar. En 2021, firmó un acuerdo con el municipio de Vetas que permitió extraer más de 800 hectáreas del área protegida, bajo la promesa de reconocer la minería ancestral. Pero detrás de ese pacto se escondía otra intención: facilitar la entrada de 12 títulos mineros, muchos de ellos en manos de multinacionales y empresas extranjeras. Se legalizó la destrucción, con rostro de concertación.

Con la llegada del gobierno Petro se esperaba un cambio. La promesa era clara: el agua por encima del oro. Pero la realidad ha sido otra. En casi dos años, el Ministerio de Ambiente no ha cumplido el mandato de la Corte. De 31 mesas de concertación solo se realizaron 6. La delimitación sigue sin definirse. La protección del páramo, sin garantías.

Peor aún, en mayo de 2025, la ministra Lena Estrada presentó un concepto técnico que reproduce el acuerdo firmado durante el gobierno Duque. En lugar de corregir el rumbo, lo consolidó. En lugar de proteger el agua, validó el recorte. En lugar de escuchar a las comunidades, impuso una visión extractivista. La reacción fue inmediata. Las comunidades de Vetas pidieron que se inhabilite del proceso. El sindicato del Acueducto de Bucaramanga la acusó de traicionar la defensa del agua. Y el Tribunal Administrativo de Santander abrió un incidente de desacato por no cumplir con la sentencia de 2017.

Hoy, lo que está en juego no es solo un pedazo de páramo. Es la coherencia de un país que se declara potencia mundial de la vida mientras permite que los intereses mineros avancen sobre sus ecosistemas más frágiles. Santurbán no puede seguir siendo negociado a puerta cerrada. La vida no se tramita. El agua no se vende. El páramo no se entrega.

Por Prensa Justicia & Dignidad

El golpe de Estado en marcha

Washington, Bogotá, Madrid. Las piezas, por separado, podrían parecer inofensivas: una gira parlamentaria aquí, una denuncia mediática allá, un viaje de congresistas a Washington, un parte médico. Pero cuando esas piezas se conectan —como acaba de mostrar el diario El País de España en un explosivo reportaje— el panorama que se dibuja es inquietante: en Colombia, se habría gestado una operación política transnacional para derrocar a un presidente elegido democráticamente.

El 29 de junio de 2025, el diario El País de España reveló audios donde el excanciller Álvaro Leyva admite haber buscado apoyo en Estados Unidos para remover a Gustavo Petro y reemplazarlo por Francia Márquez. En la trama aparecen los congresistas republicanos Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez, con quienes se habría reunido, y la periodista Vicky Dávila, mencionada como pieza clave en la narrativa contra el Gobierno. También se alude al uso del ELN y el Clan del Golfo para generar presión territorial. Todo apunta a un intento de golpe de Estado

En paralelo, congresistas de derecha colombianos desfilaron por Washington. María Fernanda Cabal y Miguel Uribe Turbay sostuvieron encuentros con figuras del Partido Republicano, como Mario Díaz-Balart, Carlos Giménez y María Elvira Salazar. Dijeron estar preocupados por la democracia y la inversión extranjera, pero las coincidencias de fechas y actores empiezan a levantar sospechas.

Las visitas que hoy cobran otro sentido

En febrero de 2025, la periodista y precandidata presidencial Vicky Dávila viajó a Estados Unidos y se reunió con varios congresistas republicanos. En sus propias palabras, les pidió “vigilar las elecciones de 2026” y expresó que “Petro no es Colombia”. Fue recibida con entusiasmo por Salazar, Díaz-Balart y Rick Scott, todos conocidos por sus posturas duras frente a gobiernos de izquierda en América Latina.

En marzo, el presidente del Congreso, Efraín Cepeda, encabezó una delegación que también se reunió con parlamentarios de EE. UU. y la OEA. Aunque presentaron la visita como institucional, el propio Petro acusó injerencia. Cepeda respondió acusando al presidente de “aislar al Congreso”.

En mayo, Miguel Uribe Turbay fue fotografiado con congresistas republicanos en Washington. Lo que parecía un viaje político más, hoy se ve bajo otra luz. Algunos de esos mismos congresistas aparecen mencionados en la denuncia que El País expone como parte de una supuesta conspiración.

La carta del Congreso colombiano al Capitolio

Ante la gravedad de lo revelado, congresistas colombianos enviaron una carta formal al Comité de Ética de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, solicitando una investigación contra Díaz-Balart, Salazar y Giménez. Los acusan de una presunta injerencia indebida en asuntos internos de Colombia, lo que violaría la Carta de la OEA y los principios del derecho internacional.

La carta menciona como fuente el artículo de El País y advierte que, de confirmarse los hechos, se estarían sentando precedentes peligrosos para las relaciones bilaterales y la estabilidad democrática regional.

La política como espectáculo: el caso Miguel Uribe

Y como si esto fuera poco, se ha desarrollado en paralelo un extraño espectáculo mediático: Miguel Uribe Turbay, internado en la Clínica Santa Fe y sometido —según su equipo— a delicadas intervenciones quirúrgicas, ha estado en el centro de una narrativa de dramatismo público. No por su estado de salud, sino por las imágenes que su esposa, Claudia Tarazona, ha difundido.

En redes se le ve tomándose selfies desde la ventana de la clínica, tirando besos, y visitándolo sin guantes ni protocolos sanitarios, incluso posando sobre el cuerpo del senador. Mientras medios uribistas elevan la historia al nivel de “milagro médico”, otros sectores la interpretan como un intento de construir una narrativa de martirio político. Todo esto, mientras el país se sacude por escándalos de fondo que podrían comprometer a quienes impulsan esa imagen.

¿Democracia o golpe de Estado?

La suma de todos estos eventos configura algo más profundo que una coyuntura. Lo que está en juego es el futuro del pacto democrático colombiano. La democracia no se rompe solo con tanques. También se erosiona con discursos de miedo, cartas enviadas al extranjero, maniobras silenciosas y gestos simbólicos que, aunque aparentemente inofensivos, buscan preparar el terreno para lo impensable.

Colombia se asoma, una vez más, al abismo de su propia historia.

Y los titiriteros —desde Washington, los medios o las redes sociales— parecen listos para jalar los hilos.

Por Prensa Justicia & Dignidad

Sarmiento, Odebrecht y el país de los vivos

En Colombia, ese país mágico donde las leyes tienen la elasticidad de un chicle masticado, ocurrió el milagro empresarial del siglo: a Luis Carlos Sarmiento Ángulo, el hombre más rico del país, le dieron un contrato de un billón de pesos para construir una carretera.

La idea era sencilla: construir la famosa Ruta del Sol II, un proyecto vial para conectar al país y mejorar la infraestructura. Pero en lugar de hacer lo que cualquier contratista serio haría —construir la bendita carretera—, el señor Sarmiento (a través de su empresa Corficolombiana, en alianza con los brasileños de Odebrecht) optó por otro camino:

1. Recibió el billón.

2. No hizo la obra.

3. No devolvió la plata.

4. Y ahora exige indemnización.

Sí, así como lo lees. Después de que el contrato se cayó por corrupción —porque Odebrecht pagó sobornos para quedarse con la licitación—, el Tribunal de Arbitramento en Colombia dijo: “Uy sí, pobrecito el consorcio, hay que pagarle lo que invirtió”.
Y adivina qué: ese consorcio es Sarmiento + Odebrecht.

En resumen: le dieron un billón, no hizo la carretera, se destapó el escándalo de corrupción, y ahora se va con otro cheque como premio de consolación. Como diría cualquier mamá sensata: esto solo pasa en esta casa.

Mientras Miguel Uribe se lanza al estrellato como actor de reparto en la serie “Golpe de Estado no tan blando”, y nuestro presidente Gustavo Petro tiene que pelear no solo contra la oposición sino contra el fuego amigo,
Sarmiento Ángulo está de fiesta.

Colombia: el país de los absurdos.

Prensa Justicia & Dignidad