En Colombia, país de realismo mágico y de guerras que parecen escritas por un notario borracho, hubo una vez unos computadores capaces de sobrevivir a lo que ningún ser vivo logró: un bombardeo de alta precisión sobre la selva ecuatoriana, la madrugada del 1 de marzo de 2008. Allí, entre árboles astillados, cráteres humeantes y cuerpos calcinados, cayó Raúl Reyes, el jefe negociador de las FARC. Y allí, entre el fuego y la metralla, sobrevivieron —según la versión oficial— tres laptops, varios discos duros, USB, cámaras y hasta un DVD. Todos en perfecto estado. Milagros de la tecnología militar colombiana: bombas inteligentes que destruyen todo, menos lo que hace falta para un escándalo.
Porque lo cierto es que el campamento fue reducido a cenizas con munición capaz de derretir estructuras metálicas. Pero, según el Ejército, los computadores estaban “calientes” y “funcionales”. En un país serio eso habría bastado para levantar sospechas. En Colombia, en cambio, bastó para escribir titulares. La física decía una cosa; el Ministerio de Defensa, otra. Y ganó el Ministerio, como casi siempre.
El verdadero espectáculo vino después, cuando los expertos informáticos revisaron el contenido de los equipos rescatados. Allí encontraron el segundo milagro: archivos creados, abiertos o modificados después de muerto Raúl Reyes. Fechas posteriores al bombardeo, metadatos imposibles, documentos con edición fresca y huellas digitales de quienes jamás estuvieron en la selva ecuatoriana. Interpol, prudente y diplomática, afirmó que no podía certificar autenticidad alguna; apenas que los archivos que le entregaron no tenían virus. Gran consuelo para la ciencia forense.
A pesar de esas inconsistencias, el gobierno de entonces —comandado por el señor de las sombras, Álvaro Uribe Vélez— convirtió esos equipos en una especie de oráculo portátil. Cada polémica, cada sospecha, cada acusación política tenía su respuesta en los “computadores de Reyes”. Eran como el Aleph borgiano: en ellos cabía todo lo que se quisiera imputar. Bastaba con buscar un poco y aparecía, por arte de inteligencia, el enemigo político de turno.
Sin embargo, incluso si uno quisiera concederles el beneficio de la duda a esos archivos resucitados, lo cierto es que no contenían ninguna revelación extraordinaria. El gran hallazgo que cacareaban algunos congresistas era apenas esto: que Iván Cepeda, y varias organizaciones de derechos humanos, convocaban marchas por la paz y denunciaban violaciones de derechos humanos. Todo muy escandaloso para quienes han hecho de la guerra su negocio político.
Años después, la Corte Suprema de Justicia zanjó la discusión: aquel material no tenía validez alguna. No hubo cadena de custodia, hubo manipulación, hubo irregularidades y hubo, sobre todo, un uso político indisimulado. En otras palabras: montaje judicial.
Para completar la ironía, ese tan citado, tan manoseado, tan manipulado “refrito” contra Iván Cepeda no sirvió para nada. No solo no abrió procesos serios, sino que hoy, en 2025, Cepeda no tiene ninguna investigación vigente. Ni una. El tiempo, que es menos estridente pero más honesto que los noticieros, terminó diciendo la verdad: los computadores de Raúl Reyes no revelaban un complot; revelaban la desesperación del poder por fabricar enemigos.
En contraste, la “pobre víctima” que vende el uribismo tiene más expedientes que un narco de serie. Álvaro Uribe acumula más de 186 procesos, 28 investigaciones en la Corte Suprema y un juicio por soborno y fraude procesal, además de señalamientos por homicidios, masacres, concierto para delinquir y lavado de activos, entre otros delitos. Su hermano fue condenado por paramilitarismo; su primo, por parapolítica; y su cuñada y su sobrina, por nexos con el cartel de Sinaloa. No es mala suerte: es un patrón.
Y así cerramos otro capítulo del folclor político nacional: el milagro de los computadores indestructibles, la fábula tecnológica del uribismo, el montaje que quiso pasar por verdad. Porque en Colombia no siempre gana la justicia, pero a veces la mentira se cansa.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo
