El presidente Gustavo Petro advirtió en su discurso ante la ONU que el cambio climático no solo traería huracanes y sequías, sino también guerras y desplazamientos forzados. Dijo que los pueblos serían expulsados por el fuego o por el hambre, y que las futuras guerras ya no serían por religión ni por ideologías, sino por agua, tierra y energía. Nigeria es hoy una confirmación de aquellas palabras.
Los medios internacionales insisten en contarlo como un conflicto religioso: cristianos contra musulmanes. Las cifras se repiten, los titulares se copian, y la narrativa se acomoda al guion de siempre: el fanatismo africano, el caos africano, la barbarie africana. Pero debajo de esa superficie sangrienta hay otra historia, más vieja, más conocida y más conveniente para algunos.
En el norte de Nigeria, el desierto avanza. Las comunidades campesinas pierden sus tierras por la sequía, los pastores fulani —musulmanes en su mayoría— se ven obligados a desplazarse hacia el sur, donde viven agricultores cristianos. De esa tensión por el territorio, el agua y la supervivencia, nacen los choques. El cambio climático los empuja, pero los intereses internacionales los aprovechan.
En ese contexto apareció Boko Haram, una milicia extremista que dice luchar contra Occidente, pero que en realidad ha servido para justificar la militarización del país. Bajo el pretexto de combatir al terrorismo islámico, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña han desplegado bases militares y programas de “cooperación” en toda la región del Sahel. Dicen venir a traer seguridad, pero sus ojos miran más abajo: hacia el subsuelo.
Porque Nigeria no es pobre.
Es uno de los países más ricos del continente.
Bajo su tierra se esconde una de las mayores reservas de petróleo y gas del planeta, además de oro, litio, estaño, coltán, uranio y minerales raros que hoy son esenciales para la industria tecnológica y la transición energética mundial. Las grandes compañías extranjeras —Shell, Chevron, ExxonMobil— se han beneficiado durante décadas de esos recursos, dejando tras de sí contaminación, pobreza y despojo.
En los últimos años, con la demanda creciente de litio y gas natural, el interés geopolítico sobre Nigeria se multiplicó. Y como suele ocurrir, cuando una potencia codicia una riqueza, primero envía sus discursos humanitarios. Donald Trump, habló de “persecución a los cristianos” en Nigeria y sugirió que Estados Unidos debe intervenir. Pero detrás de esas palabras no había compasión, sino una excusa perfecta para ampliar el control sobre la región energética más estratégica de África occidental.
Así se fabrica el relato: se convierte un conflicto social y climático en una guerra de religiones, se exageran cifras de asesinatos selectivos, se siembran miedos y se justifica la presencia militar extranjera. La maquinaria mediática prepara el terreno para la intervención económica. Y mientras tanto, el pueblo nigeriano, víctima del hambre y de la codicia, huye entre incendios, sin saber si la próxima bala vendrá del cielo o del desierto.
Nigeria no está en guerra consigo misma.
Nigeria está siendo desgarrada por la codicia global.
Sus fronteras arden entre la desesperación climática y la ambición petrolera, mientras los poderosos del norte del mundo siguen usando a África como el espejo donde proyectan sus negocios.
Los pobres de Nigeria—los campesinos, los pescadores, los niños desplazados— no mueren por religión. Mueren por el precio del petróleo, por el valor del litio, por los sueños de otros.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo
