Honduras y Colombia: la derecha narcotraficante camino al poder

Donald Trump, que gobierna como quien maneja un programa de telerrealidad, acaba de hacer uno de esos gestos que solo sorprenden a los ingenuos: indultó al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico y por sus vínculos con Joaquín “El Chapo” Guzmán. No fue una condena simbólica. La justicia estadounidense concluyó que, bajo su mandato, Honduras funcionó como un narcoestado, donde la política y la economía giraban al ritmo de la cocaína que pasaba de Colombia y Venezuela hacia México.

Lo lógico habría sido que Hernández terminara sus días en una celda norteamericana, como tantos otros capos. Pero Trump decidió convertirlo en mártir, héroe y ficha electoral. ¿Por qué? Porque en Honduras hay elecciones, y Trump quiere que gane el candidato del Partido Nacional, la derecha tradicional. Indultar a su expresidente condenado es, en lenguaje simple, una forma de decirles a los hondureños:

—Este es mi hombre. Este es mi equipo. Este es el lado correcto. Tomen nota.

La obscenidad es evidente: un expresidente condenado por narcotráfico convertido en instrumento de campaña por la potencia que dice librar la guerra contra las drogas. Nada que América Latina no conozca: el doble rasero moral de Washington es tan estable como su dólar.

Pero lo verdaderamente importante no es Honduras.

Es Colombia.

Lo que está probando Trump en Tegucigalpa es el libreto que piensa usar en Bogotá. Porque Trump tiene muy claro que en América Latina no necesita aliados democráticos, sino aliados obedientes. Y ha encontrado en la derecha colombiana —o en buena parte de ella— un aliado histórico, disciplinado y estratégicamente útil. No porque sean santos. No porque representen la pulcritud institucional. Sino porque, desde la Guerra Fría, han sido el socio que nunca protesta cuando los intereses de Washington están en juego.

En Honduras, Trump indulta a un expresidente acusado de aliarse con El Chapo para fortalecer al candidato de la derecha.

En Colombia, no necesita indultar a nadie: basta con bendecir a sus candidatos preferidos, presentarlos como garantes del orden y venderlos como el dique contra el “comunismo”, esa palabra que en el continente sirve para justificar cualquier cosa.

La jugada es la misma:

Reforzar a la derecha tradicional, aunque esté salpicada por décadas de narcotráfico, escándalos, narcopolítica y alianzas turbias.

Debilitar a cualquier opción que no sea funcional para los intereses del poder estadounidense, cuyo verdadero interés parece ser mantener intacta la economía del narcotráfico.

Presentar la seguridad y la lucha contra las drogas como excusa, mientras se apoya políticamente a quienes se han beneficiado del narcotráfico y han construido narcoestados.

En palabras simples:

Honduras es el laboratorio y Colombia también será el objetivo.

Por eso la derecha colombiana tiene comunicación tan fluida con Donald Trump: porque es la eterna aliada del narcotráfico. Trump no está apostando por la democracia en la región. Está apostando por quienes garantizan su agenda y sus lucrativos negocios, aunque vengan escoltados por sombras, capos o prontuarios. Si el indulto de Hernández sirve para mover votos en Honduras, la lección estará lista para replicarse en 2026 en Colombia: bendecir, proteger y exaltar a la derecha, incluso si huele a gasolina y cocaína.

No es una historia nueva.

Es simplemente el viejo libreto del imperio, repetido con actores distintos.

Y, como siempre, son los pueblos los que terminan pagando la cuenta.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La rebelión de las mujeres Lamistas: de la marcha de 1927 al juicio simbólico contra el busto de Valencia en 2025

En 1927, cuando Colombia todavía no entendía que las mujeres podían ser sujeto político, un rumor comenzó a trepar por las montañas del Cauca. No venía de las élites ni de los púlpitos, sino de los patios de tierra donde se reunían —casi a escondidas— indígenas, campesinas y artesanas. Allí, entre fogones, arrullos y silencios largos, un nombre se repetía con la fuerza de una contraseña: Manuel Quintín Lame. El líder indígena denunciaba lo que todos sabían pero casi nadie se atrevía a pronunciar: que la tierra les había sido arrebatada, que la servidumbre indígena seguía aunque la maquillaran de modernidad, que los terratenientes mandaban más que el Estado y que para muchos el indígena no era ciudadano, sino estorbo.

El poder respondió con persecución, golpes y cárcel. Y mientras los hombres quedaban atrapados en los oficios obligados de las haciendas, fueron las mujeres las primeras en levantarse. Ese año, catorce mil Mujeres Lamistas —llamadas así no por un territorio, sino por el apellido de Lame que se volvió raíz, escuela y memoria— caminaron hasta Popayán. Fue un río de ruanas y trenzas, de faldas largas y bastones ancestrales, que descendió por los caminos viejos para exigir el fin del despojo territorial, el reconocimiento político de los pueblos indígenas, la libertad de Lame y respeto por la vida y el gobierno propio. Nada de eso entró en los periódicos, pero la memoria oral —esa que no se pierde aunque la quieran borrar— recuerda que sin ellas, Lame habría sido tragado por la infamia del olvido.

Casi cien años después, esa raíz volvió a abrirse paso. El 25 de noviembre de 2025, Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, Popayán despertó con su silencio blanco de siempre, pero no era un día más. Las descendientes Lamistas caminaron juntas de nuevo, acompañadas por artistas, activistas feministas y une líder de la comunidad LGBTI. No iban a protestar: iban a hacer memoria. En el marco del Salón Nacional de Artistas realizaron un acto político, espiritual y profundamente simbólico. Tomaron el busto del expresidente Guillermo León Valencia, figura de la casta terrateniente que persiguió a Lame, lo arrancaron y lo arrastraron por las mismas calles donde, según la memoria indígena, Lame fue arrastrado y golpeado hace más de un siglo.

El gesto no fue violencia: fue una inversión histórica. Si al líder indígena lo humillaron arrastrándolo, ellas arrastraron el símbolo de quienes permitieron esa humillación. Frente a una de las casas de la familia Valencia realizaron un juicio espiritual. Hablaron del daño territorial y político acumulado, de la necesidad de resarcir simbólicamente la infamia contra Lame, de la urgencia de reconocer la agresión colonial y de exigir memoria, dignidad y no repetición.

Pero en Colombia la infamia nunca duerme. Pocos días después, la senadora Paloma Valencia aseguró que aquel acto había sido obra de “un hombre”: un supuesto gestor de paz del gobierno Petro. Las autoridades locales repitieron la versión sin revisar videos ni escuchar a las mujeres. Otra vez lo mismo: cuando las mujeres actúan, inventan un hombre; cuando hacen historia, se la entregan a otro. Las lamistas de hoy lo sintieron como un borramiento hondo. Cien años después, seguían llamándolas nadie.

Pero aunque intenten desconocerlas, ellas siguen ahí: las de antes, las de ahora, las que cargan la memoria como un fuego que no se apaga.

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Entre la payasería y la presión psicológica del viejito anaranjado

Donald Trump, ese viejito anaranjado que confunde la política exterior con un mitin de campaña y el derecho internacional con un contrato de hotel, volvió a inflar el pecho para anunciar que “cerrará el espacio aéreo sobre Venezuela y sus alrededores”. Lo dijo con la solemnidad ridícula del que cree que el planeta es un tablero de Monopoly y él, el dueño del banco.

Pero la medida, si se le puede llamar medida, es legalmente absurda: ningún presidente de Estados Unidos puede cerrar el espacio aéreo de otro país, así como tampoco puede clausurar el Nevado del Ruiz o decretar que el Amazonas cierre los domingos. El único poder real que tiene es ordenar que sus propios aviones—militares, comerciales o privados—eviten determinada zona. Punto. El cielo de Venezuela solo lo puede cerrar Venezuela. O, en un escenario extremo, una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Todo lo demás es teatro, presión, pose de macho alfa en decadencia.

Y mientras tanto, aquí al lado, la derecha criolla recoge esas fanfarronadas como si fueran evangelio recién revelado. Entra entonces nuestra sacerdotisa del apocalipsis tropical, María Fernanda Cabal, que con su habitual mezcla de ignorancia militante y entusiasmo miliciano declara que “a Venezuela llegará la democracia y a Colombia la paz”. Y nos advierte, con tono de telenovela mala, que “estamos advertidos”. Como si su misión fuera asustarnos para salvarnos.

Cabal —que no estudia antes de hablar, y cuando estudia es peor— parece convencida de que las relaciones internacionales funcionan a punta de frases huecas y amenazas vagas. Y así pretende ser presidenta: gobernando el país como si fuera un corrillo de WhatsApp lleno de advertencias religiosas.

Entre el teatro geopolítico del viejito anaranjado y los delirios mesiánicos de Cabal, la región termina pareciendo un circo donde todos improvisan y nadie entiende el libreto.

 

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LA TELARAÑA JURÍDICA Y LA TENAZA POLÍTICA: EL GOLPE DE ESTADO EN EJECUCIÓN

Eduardo Umaña Mendoza explicó hace tres décadas que en Colombia operaban dos mecanismos silenciosos de control estatal en la época de la justicia sin rostro —sin rostro de justicia—: la telaraña jurídica y la tenaza política. La telaraña atrapaba opositores mediante procesos sin pruebas; la tenaza utilizaba las instituciones del Estado para cercar cualquier intento de transformación social. Lo que Umaña denunció en los años noventa fue la antesala de lo que hoy vivimos: no un intento de golpe de Estado, sino un golpe de Estado en curso, ejecutado sin tanques ni militares, sino con sanciones administrativas, decisiones judiciales, presiones internacionales y maniobras institucionales que, en conjunto, buscan estrangular al gobierno y anular políticamente al proyecto progresista.

Hoy el objetivo ya no es encarcelar al presidente: es neutralizarlo, despojarlo de capacidad de acción y bloquear cualquier vía democrática que permita que su fuerza política compita en 2026. Por eso decimos que el golpe no es una amenaza: es un proceso en ejecución.

La ciudadanía asiste a un fenómeno complejo, que conviene explicar con claridad. Varias instituciones que, en teoría, deberían operar con autonomía, están funcionando como un dispositivo articulado de cerco político. El Consejo Nacional Electoral, por ejemplo, impone sanciones administrativas contra la campaña del presidente y contra el Pacto Histórico que no son meros trámites: afectan la financiación, ponen en riesgo la personería jurídica, dificultan la inscripción de candidatos y golpean la capacidad real de reorganizar un proyecto político. A esto se suma la apertura simultánea de investigaciones por órganos de control que no buscan claridad jurídica, sino desgaste político y mediático. Los tribunales, con fallos exprés, tumban reformas estructurales, restringen comunicados oficiales, bloquean la interlocución institucional del presidente y convierten cualquier acción de gobierno en un posible proceso disciplinario. Y en paralelo, los grandes conglomerados mediáticos y económicos instalan una narrativa permanente de ilegitimidad que habilita la remoción simbólica —y práctica— del presidente sin necesidad de pruebas.

La suma de todos estos elementos no produce debate democrático: produce un cerco coordinado. Esa es la telaraña: una red que aprieta, que parece dispersa, pero que funciona al unísono para dejar sin oxígeno al Ejecutivo y a su base política.

Por eso debemos decirlo sin eufemismos: el golpe de Estado ya no es una advertencia, es un hecho. Los golpes de Estado del siglo XXI no requieren soldados en la Casa de Nariño; se ejecutan mediante acciones “legales”, “administrativas”, “disciplinarias” o “internacionales” que aparentan formalidad, pero cuyo propósito es político. En Colombia opera así: se produce una inhabilitación política desde el exterior —como la inclusión en la Lista Clinton— sin una sola prueba judicial; se convierte una sanción financiera en un arma política global; se lanzan acusaciones públicas, como las de Donald Trump, sin evidencia, pero con efectos reales sobre el riesgo de captura extraterritorial del presidente; se paraliza la reorganización del proyecto progresista mediante sanciones del CNE; y se desgasta al gobierno con una presión judicial y mediática que impide que la izquierda llegue con garantías al proceso electoral de 2026.

El efecto es devastador: un presidente sin piso internacional, una izquierda sin piso jurídico, una personería jurídica en vilo, una coalición progresista dividida por riesgos de doble militancia, candidatos sin claridad sobre dónde inscribirse y un aparato electoral controlado por la Registraduría y el CNE, en coordinación con empresas privadas encargadas de la logística electoral como Thomas Greg & Sons. Esto configura un proceso electoral sin garantías, y por tanto, configura un golpe de Estado ya en ejecución.

Una democracia sin opciones democráticas deja de ser democracia. La sanción del CNE contra el Pacto Histórico no es un acto administrativo: es una tenaza política que cierra rutas, vacía derechos y bloquea cualquier competencia real. Cuando se sanciona a un movimiento, se bloquea su financiación, se amenaza su personería, se restringen las comunicaciones del presidente, se judicializa su liderazgo y se cercan todas sus opciones administrativas, no estamos ante una regulación electoral, sino ante el cierre de las vías democráticas, es decir, ante la sustitución de la voluntad popular.

Y cuando las vías democráticas se cierran desde arriba, la sociedad queda empujada hacia una sola salida: la calle. La movilización social. Los pueblos solo recurren a ese camino cuando las instituciones dejan de ser garantes y se convierten en instrumentos de persecución. Hoy están llevando al país al límite. Cuando un gobierno elegido no puede gobernar, cuando un movimiento político no puede reorganizarse y cuando la institucionalidad opera como tenaza en vez de garantía, lo que sigue no es retórico: es inevitable. Un estallido social. No un estallido emocional ni espontáneo, sino uno provocado por el cierre sistemático de las rutas de participación.

Por eso la discusión ya no es solo electoral. Lo que está en juego es el derecho fundamental a elegir y ser elegido. Si las instituciones continúan bloqueando todas las rutas, la salida será la misma que han adoptado los pueblos cuando el Estado abandona la democracia: una Asamblea Constituyente desde abajo, nacida de la movilización social y orientada a recuperar la soberanía, el control democrático, las reglas del juego y la arquitectura institucional. No como capricho, sino como mecanismo de defensa colectiva.

La telaraña se rompe desde abajo. Porque ninguno de estos entramados, por fino que sea, resiste cuando la sociedad decide moverse. El golpe de Estado ya no es una hipótesis: es un proceso en cámara lenta, pero en ejecución. La pregunta ya no es si habrá reacción popular, sino cómo se canalizará. Y esa canalización apunta hacia un nuevo momento constituyente que devuelva el poder a donde siempre debió estar: en la gente. Porque la ultraderecha colombiana incluso se apropió de lo más sagrado: la voluntad popular expresada en las urnas.

 

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Colombia 2026: El Circo Electoral

Arrancó la cuenta atrás para las elecciones de 2026 y lo que tenemos no es una democracia vigorosa, sino un espectáculo que haría sonrojar a cualquier circo ambulante europeo. Aquí no hay carpa, pero sí un escenario gigante lleno de trucos, ruletas caprichosas, saltos mortales sin red y un público que no sabe si reír por costumbre o llorar por agotamiento. Colombia vive un proceso electoral que parece escrito por un dramaturgo desesperado: nadie sabe quién puede competir, bajo qué reglas, con qué partidos ni con qué sanciones. Es como ver un reality show producido por Kafka y dirigido por un Registrador con micrófonos abiertos.

Para empezar, el Consejo Nacional Electoral decidió estrenar protagonismo sancionando —por primera vez en la historia— a una campaña presidencial. Y sorpresa: resultó ser la de la izquierda. El caso contra Petro, que llevaba siglos archivado en algún cajón con polvo de dinosaurio, salió a relucir justo ahora, como esos exnovios que reaparecen por puro ocio espiritual. El CNE determinó que hubo aportes indebidos de la USO y FECODE y que se pasaron de los topes. Hasta ahí, suena a trámite. Pero la ironía se vuelve insulto cuando se compara con los grandes silencios institucionales: la campaña de Duque —sí, la del “Ñeñe” Hernández— tuvo escándalo de narcotráfico y apenas logró un bostezo del CNE. Y la de Santos y Zuluaga, aceitada con los millones internacionales de Odebrecht, terminó archivada como si fuera un volante viejo de supermercado. Pero cuando se trata de la izquierda, la institución se despierta, toma café, se activa, marca con resaltador, investiga con pasión y sanciona con una energía que no se ha visto nunca. No hace falta ser politólogo para notar el sesgo: aquí la ley se aplica con lupa a unos y con pañuelo a otros.

Mientras la izquierda intenta atravesar este lodazal jurídico, también intenta unirse… pero es como armar un mueble de IKEA sin tornillos, sin piezas y con el catálogo en mandarín. El CNE dio personería jurídica al Pacto Histórico, pero dejó por fuera a los movimientos más representativos del progresismo: Colombia Humana y Progresistas. Un acto tan absurdo que convierte la unidad en un rompecabezas al que le faltan las piezas centrales. Además, hay demandas intentando tumbar incluso esa personería parcial. En resumen: la izquierda quiere correr, pero la institucionalidad la amarra de un tobillo y le dice: “corre más fuerte, mi amor”.

La derecha, por su parte, tiene todo para tener el camino fácil: empresarios alineados, medios generosos, padrinos de siempre y una institucionalidad que la acaricia. Pero, como buen elenco de telenovela, se odian entre sí. Son tantas derechas que no caben en el mismo debate: uribistas, godos, tecnócratas, cristianos, empresarios, liberales reciclados… todos creen que son el elegido, todos quieren el micrófono, todos sospechan del otro. Es un zoológico político donde cada animal cree ser el león. Algunos se llaman a sí mismos tigres o panteras; hay hasta palomas, pero no precisamente de la paz. Hay sobrinos de narcotraficantes convertidos en candidatos presidenciales, periodistas recalcitrantes, abogados de capos, compradores de votos con auxilios y hasta delfines que nadan en mares turbios. En fin: un zoológico completo.

Mientras ellos pelean, el país entero vive un terremoto emocional. Cada semana cambia algo: una bomba, una masacre, una reforma que no pasa, un escándalo nuevo, un fallo contradictorio. El pobre Petro sin equipo jurídico y con amenaza de extradición; la fiscal, como bella durmiente, dejando pasar delitos contra el orden constitucional sin siquiera pestañear. La Corte Suprema, corrompida al extremo, con una magistrada calladita haciéndoles el juego a los gringos; el Consejo de Estado lleno de nulidades y la Corte Constitucional cuidando los intereses de la derecha, menos la Constitución. La política se volvió un deporte extremo y entenderla exige más habilidades que comprender el hinduismo sin guía espiritual. No es que seamos ignorantes: es que Colombia funciona con reglas cambiantes, instituciones fragmentadas y decisiones que parecen mensajes en clave.

Ante tanto caos, lo más sano es vivir al día, respirar profundo, escuchar mantras a Ganesha para superar los obstáculos y, sobre todo, mantener la movilización social viva. Si no nos movilizamos, nos come el tigre, y somos tan de malas que hasta podría llevar el apellido de la Espirella. Porque mientras ellos juegan a recuperar el poder —y tienen todo a su favor— solo el pueblo organizado puede exigir una democracia real, condiciones claras y, si es necesario, una Constituyente que deje de convertirnos en espectadores de un circo que no pedimos, pero que igual nos toca ver hasta el final.

 

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Los 12 Apóstoles: la sombra que persigue a los Uribe Vélez

En las montañas del norte de Antioquia, la muerte caminó con la naturalidad de un vecino más. Iba por las trochas, entraba a las fondas, se sentaba en la mesa de los ganaderos y saludaba a los curas. Tenía un nombre que parecía sacado de una procesión —Las Autodefensas del Norte Lechero— y luego adoptó otro, más solemne, casi bíblico: Los 12 Apóstoles. Pero en esas tierras todos sabían que no eran santos: eran el brazo armado de un proyecto de región que pretendía arrancar de raíz todo lo que oliera a contradicción. Como siempre, lo llamaron “limpieza social”.

Cuentan los que sobrevivieron que el grupo nació a finales de los 80 y se consolidó una madrugada de 1992, cuando un panfleto empezó a rodar por Yarumal anunciando la llegada de hombres “dispuestos a devolver la tranquilidad”. La tranquilidad, ya se sabe, para ellos era que nadie protestara, que nadie pensara distinto, que nadie estorbara. Y los que estorbaban iban cayendo como caen los árboles enfermos en invierno: uno detrás del otro. En esos primeros años, mientras el país vivía en la ficción de que el paramilitarismo era una defensa espontánea de campesinos asustados, en Antioquia se cocinaba algo muy distinto: un grupo armado financiado por ganaderos, coordinado por policías y bendecido —literalmente— por un sacerdote.

El padre Gonzalo Palacios, párroco de Yarumal, fue señalado por múltiples testigos como el “inteligencia” del grupo. No cargaba fusil, pero cargaba listas. Señalaba. Aconsejaba. Decidía quién tenía “mala conducta”, quién era “rojito”, quién “estorbaba”. El confesionario se volvió oficina de guerra; la sacristía, centro de mando. Esto lo dijo la gente que vio, la gente que enterró a los suyos en veredas donde la tierra todavía huele a pólvora y miedo.

Y arriba, en la cúspide de esa estructura que mezclaba fe, ganado y plomo, había un comandante, y ese era ni más ni menos que Santiago Uribe Vélez, hermano menor de Álvaro Uribe Vélez y dueño de la finca La Carolina. Según la JEP y los tribunales, allí, entre cercas de alambre y corrales perfumados de estiércol, funcionó el cuartel de los 12 Apóstoles. Era el punto de reunión de policías, ganaderos y sicarios. Centro de operaciones y entrenamientos. Ahí se repartían armas, listas, recompensas y desayunos.

Los números duelen: el grupo dejó más de 500 asesinatos. Más de 500 vidas cortadas con el mismo patrón: jóvenes, trabajadores, disidentes, pobres —la gente que nunca ha contado para el poder.

En Yarumal mataron 181.

En Valdivia, 134.

En Santa Rosa de Osos, casi un centenar.

Cada cuerpo fue un mensaje: aquí mandamos nosotros.

Los crímenes no fueron excesos; fueron política. No fueron errores de unos cuantos; fueron método. No fueron simples homicidios; fueron crímenes de lesa humanidad, porque fueron sistemáticos, dirigidos contra población civil, ejecutados por una organización con mando, estructura y continuidad. Un Estado paralelo con uniforme, sotana y apellido.

Y aquí hay que decir lo que durante décadas el país prefirió callar: este proyecto de muerte no surgió en un vacío político. Creció bajo la sombra de una familia que ascendió al poder mientras Antioquia ardía.

Cuando los 12 Apóstoles operaban en el norte antioqueño, Álvaro Uribe Vélez era alcalde de Medellín, luego senador, luego gobernador del departamento. Sus decisiones de seguridad, sus alianzas políticas, sus silencios estratégicos y su forma de entender el “orden” crearon el clima perfecto para que grupos como este florecieran.

No hay —aún— sentencia contra él. Pero no hace falta una sentencia para saber que los crímenes ocurrieron bajo su proyecto de región, bajo su lógica de enemigo interno, bajo su idea de “seguridad”, que siempre terminó desembocando en sangre.

Las víctimas lo saben. Los testigos lo dijeron. La historia lo confirma.

Por eso la condena a Santiago Uribe —aunque falte ver qué hará la siempre impredecible y, a veces, complaciente Corte Suprema de Justicia— tiene un valor histórico. No porque devuelva la vida a quienes perdimos, sino porque rompe el mito de la familia intocable. Porque deja constancia judicial de que, al menos una vez, el país se atrevió a mirar de frente la estructura criminal que se escondía en la finca, en la sacristía y en la política.

Porque esta sentencia no es solo contra un hombre: es la memoria que siempre vuelve, el territorio que habla, las madres que siguen buscando y la verdad que no se pudre, aunque la entierren.

Y, sobre todo, porque el país tenía que saberlo:

los 12 Apóstoles no fueron la desviación moral de un hermano descarriado; fueron la expresión más pura del talante criminal de un proyecto político que gobernó Antioquia… y luego gobernó Colombia.

 

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Del Brasil que condena a Bolsonaro al Colombia que premia la conspiración

En Brasil acaban de demostrar que la democracia, cuando se respeta, se defiende con firmeza. Allá, a Jair Bolsonaro lo llevaron a los tribunales, lo investigaron con rigor, le probaron la conspiración para desconocer los resultados electorales y lo condenaron a más de dos décadas de prisión por intentar un golpe de Estado. En Brasil, las instituciones funcionan incluso cuando el acusado es un expresidente; incluso cuando es popular; incluso cuando amenaza con incendiar al país. En Colombia, en cambio, quienes llevan dos años preparando, insinuando y promoviendo un golpe de Estado blando viajan muy tranquilos a Washington, regresan sonrientes, convocan ruedas de prensa, piden sanciones contra su propio país y se pasean por los canales de televisión celebrados como estadistas. Y nadie —absolutamente nadie— los investiga.

La escena es casi grotesca. Mientras en Brasil los responsables del asalto al orden constitucional son tratados como criminales, en Colombia quienes piden intervención extranjera son tratados como analistas. Allá, conspirar contra la institucionalidad es un delito gravísimo; aquí es una estrategia de campaña. Allá, el Estado persigue a quienes intentan tumbar al gobierno de turno; aquí, el Estado se hace el de las gafas cada vez que un político colombiano se sube a un avión con destino a Miami o Washington para pedir, con el eufemismo diplomático de rigor, que “tomen medidas” contra Colombia.

Los nombres son conocidos. Las acciones también. María Fernanda Cabal ha viajado en repetidas ocasiones para reunirse con Marco Rubio, Ted Cruz, Díaz-Balart y María Elvira Salazar. No va a fortalecer relaciones bilaterales —no es su función— sino a pedir abiertamente que Estados Unidos intervenga en la política interna colombiana, frene reformas, presione al Gobierno, sancione al Presidente y, en el mejor de sus mundos, desestabilice al país. Miguel Uribe Londoño ha hecho lo mismo: ha pedido sanciones, ha promovido la narrativa de listas Clinton inventadas y ha llegado a prometer un “ministerio de la guerra” si algún día llega a la Presidencia, copiando al copetudo Donald Trump. Paloma Valencia se ha sumado a esa diplomacia paralela, difundiendo teorías sin pruebas sobre fraude electoral y sugiriendo que la comunidad internacional debe “vigilar” al gobierno colombiano.

Álvaro Uribe, más discreto, no necesita viajar: tiene la conspiración servida en su propia mesa. El senador ultraconservador Bernie Moreno —primo de su esposa— es un enlace perfecto con el trumpismo. Los alcaldes Alejandro Eder, Federico Gutiérrez y Andrés Julián Rendón también han desfilado por Washington con libretos políticos hechos para deslegitimar al Gobierno en foros republicanos donde la palabra “intervención” no se pronuncia, pero se entiende. Vicky Davila y Juan Carlos Pinzón entran y salen de esa misma gira, y Efraín Cepeda y Katherine Miranda tampoco se quedan atrás, todos preparando el terreno para hacerse al poder en 2026. Y qué no decir de Álvaro Leyva, con sus ridículas cartas y denuncias en Estados Unidos.

El lobby y el cabildeo en Washington han tenido sus frutos: primero la descertificación de Colombia; luego los aranceles que impusieron a productos colombianos; después, la inclusión del presidente Petro, del exembajador Benedetti y de sus familias en la lista Clinton; y más adelante, el montaje judicial que ya cocinan alrededor del caso Calarcá. La meta, según voces del propio uribismo, es la extradición de los “ideólogos políticos del narcotráfico”, categoría que ellos mismos inventan para justificar su narrativa de golpe blando. Es decir: montarle un expediente a Petro con falsas pruebas para que los gringos pidan su extradición.

En una democracia medianamente seria —y no se diga en un Brasil que ya aprendió la lección a golpes— estas conductas tendrían nombre penal propio; es decir, son delitos graves contra el orden constitucional: traición a la patria, sedición diplomática, intervención extranjera indebida, perturbación del proceso electoral, concierto para delinquir con fines políticos. En cualquier código penal sensato, pedir que una potencia extranjera actúe contra el propio gobierno es un atentado contra la soberanía. Pero en Colombia no solo no es delito: es estrategia de oposición. Marca de identidad. Motivo de aplauso en ciertos círculos.

Lo grave no es que lo hagan. Lo grave es que no pase nada. Que no haya investigaciones. Que los abogados del Estado no denuncien. Que la Fiscalía no actúe, no cite, no pregunte. Que los guardianes de la Constitución prefieran mirar al techo mientras los golpistas criollos se pasean pidiendo intervención extranjera con absoluta tranquilidad.

Brasil entendió que la democracia muere si no se defiende. Colombia, en cambio, parece convencida de que la democracia es tan fuerte que hasta aguanta a quienes trabajan para derribarla desde el extranjero. Y así, mientras Bolsonaro enfrenta décadas de cárcel, nuestros aprendices de golpistas siguen muy campantes, tomando café en el Nogal, conspirando a la vista de todos. Aquí no pasa nada. Y esa —quizá— es la verdadera tragedia.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

25N: La condena a Santiago Uribe revive la verdad sobre las mujeres que mataron los Doce Apóstoles

En las montañas del norte de Antioquia —esas donde el viento todavía arrastra el eco de los fusiles—, la violencia nunca necesitó esconderse. Caminaba a caballo, se persignaba en misa y daba órdenes con la naturalidad de quien sabe que el Estado le sirve de escolta. Allá, donde la vida campesina transcurre entre surcos y aguaceros, las mujeres aprendieron a hablar bajito para no provocar la furia de los hombres armados. Pero aun así, los Doce Apóstoles fueron tras ellas.

En la vereda La Solita, Campamento, el 5 de junio de 1990, la muerte entró buscando mujeres y niñas. Marta María López Gaviria cayó junto con sus pequeñas: Ana Yoli, de 12 años, y Marta Milena, de 7. Las mataron a quemarropa, como si la niñez fuera enemiga y la maternidad una amenaza. Las otras víctimas de esa madrugada —una hermana, un vecino, un compañero de lucha— completaron el parte de guerra que este grupo paramilitar dejó sobre la tierra oscura del norte antioqueño.

Y no fue un grupo cualquiera. Fue uno fundado, financiado y protegido por Santiago Uribe Vélez, hoy condenado por paramilitarismo. El mismo hombre que durante décadas se movió entre fincas y oficinas estatales como si la ley fuera una brisa que no lo tocaba. El mismo cuyo prontuario estaba escondido a simple vista, mientras jueces, fiscales y generales hacían fila para rendirle honores a su apellido.

Hoy, 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la condena de Santiago Uribe no es solo un hecho judicial: es un acto político de memoria y de dignidad para las mujeres que los Doce Apóstoles quisieron borrar.

Porque los matones de ese grupo no solo asesinaron campesinos etiquetados como “militantes” o “colaboradores”. También asesinaron mujeres. También asesinaron niñas. Y lo hicieron con la frialdad que da la certeza de impunidad. Durante años, las madres y hermanas de las víctimas hablaron solas, con sus testimonios archivados, sus expedientes quemados y sus denuncias ridiculizadas por las mismas instituciones llamadas a protegerlas.

Pero hoy algo cambia. Por primera vez, uno de los hombres que se creyó dueño de la vida y la muerte en Antioquia recibe una condena ante los ojos del país. No es suficiente, no repara, no resucita. Pero es una grieta profunda en el muro de silencio que ellos levantaron. Una grieta por donde se cuela la verdad que siempre ha estado ahí, esperando que alguien la escuche.

Las mujeres de La Solita, de Yarumal, de Belmira, de los caminos donde los Doce Apóstoles dejaron su marca, saben que esta justicia llega tarde. Sin embargo, sienten algo que no se había sentido en treinta años: que los asesinos empiezan a callar. Que el país, al fin, les reconoce el nombre de sus muertas y el derecho a no ser barridas de la historia.

Hoy, cuando recordamos a todas las mujeres víctimas de violencia, vale repetirlo con fuerza:

Ni la sotana, ni el fusil, ni el apellido pueden blindar a un criminal.

Y las mujeres asesinadas por los Doce Apóstoles merecen una memoria que nadie pueda volver a silenciar.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Petro sin abogados, la fiscalía dormida y el escándalo de Mordisco

Colombia amaneció con un nuevo escándalo, tan útil políticamente como inverosímil en los hechos: ahora resulta que Iván Mordisco —el mismo que “estaba muerto”, según Iván Duque— habría financiado la campaña de Gustavo Petro. Sí, Mordisco, el que supuestamente cayó en un bombardeo mientras el entonces presidente celebraba su “operación impecable”, se robaba la recompensa y posaba de héroe. Ese mismo que meses después reapareció vivito, armado y burlándose del Estado colombiano.

Pues bien: ahora dicen que financió la campaña del gobierno que más lo ha enfrentado. Sí, señores: estas son las fantasías de Ricardo Calderón y Caracol Noticias.

Y, sin embargo, la historia aparece justo en el momento más conveniente: cuando en Washington se cocina un expediente político contra Petro, su familia y su minsitro Benedetti, quienes ya fueron incluidos en la Lista Clinton, una decisión con más ingredientes geopolíticos que jurídicos.

La pregunta no es por qué aparece el escándalo.

La pregunta es por qué aparece ahora.

Basta mirar el peregrinaje internacional de la derecha colombiana. En estos meses, Washington ha recibido más políticos nuestros que la carrera Séptima:

— Álvaro Uribe

— Paloma Valencia

— María Fernanda Cabal

— Miguel Uribe Londoño

— Katherine Miranda

— Juan Carlos Pinzón

— Vicky Dávila

— Efraín Cepeda

— el excanciller Álvaro Leyva

— y los inútiles alcaldes Alejo Éder y Federico Gutiérrez, siempre listos para saludar cámaras y estrechar manos republicanas.

Todos visitando a los mismos senadores ultraconservadores de siempre: Díaz-Balart, Marco Rubio, Carlos Giménez, María Elvira Salazar y Berni Moreno, el senador republicano primo de la esposa de Uribe. Sí: Uribe tiene un senador ultraconservador de cabecera, y es de su familia.

Todos repitiendo el mismo estribillo:

“Ayúdennos a presionar al gobierno Petro.”

Y entre tanto, Tomás Uribe —el hijo de Álvaro Uribe— ya nos anunció el final de las historias que fabrica Caracol, o al menos lo que buscan: la extradición de los que él llama “ideólogos del narcotráfico”, es decir, la extradición del presidente Petro. Ahí se entiende el montaje.

Es imposible no notar la sincronía:

Visitas → alarmas → titulares → “informes exclusivos” → presiones “antinarcóticos” → Lista Clinton → escándalo local → y, como colofón, el cuento de Mordisco financiando campañas.

Pero el pueblo sabe que Petro no fue financiado por Mordisco, y también sabe que el gobierno ha depurado a las Fuerzas Militares. El pueblo sabe que Caracol y Ricardo Calderón mienten.

Lo realmente inquietante es otra cosa: la Presidencia no tiene un equipo jurídico sólido para enfrentar esta guerra jurídica y diplomática. ¿Dónde están los abogados del Estado? ¿Quiénes son? ¿Por qué no aparecen? El presidente está judicialmente solo. Su única defensa es su palabra en X. Mientras llueven montajes, presiones internacionales y campañas mediáticas coordinadas, el gobierno aparece sin defensa, sin estrategia y, muchas veces, sin respuesta.

La Fiscalía General, por su parte, parece instalada en un letargo propio de la Bella Durmiente. Ante una posible operación internacional contra la estabilidad institucional del país, reacciona como si estuviera revisando un trámite de multas de tránsito. Tanto así que un gobernador —Andrés Julián Rendón— insinuó que habría que meter a la fiscal en la Lista Clinton. Una ligereza peligrosa que evidencia el nivel de degradación del debate público. ¿Será que así la fiscal Luz Adriana Camargo se mosquea?

Mientras políticos, lobistas y periodistas viajan a Washington para presionar sanciones contra su propio país, aquí no se habla de traición a la patria, sedición, concierto para delinquir, constreñimiento al sufragante u obstrucción a la justicia. Nada. Silencio institucional absoluto. No hay investigaciones ni abogados; solo escándalo y silencio.

Y lo peor: todo esto ocurre mientras algunos sectores preparan su camino al poder en 2026, a como dé lugar.

Lo que se está jugando no es un escándalo más.

Es la salud de la democracia.

Y Colombia parece dispuesta a dormirse justo cuando más debería estar despierta.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

El absurdo invento de Caracol: Iván Mordisco como financiador de Petro

Caracol vuelve a la carga con su género literario favorito: la fábula política. Esta vez su protagonista es Iván Mordisco, convertido —según las nuevas mitologías del noticiero— en contador de campañas, estratega electoral y, para rematar, supuesto financiador del gobierno que más ha enfrentado. Una obra de fantasía que haría sonrojar incluso a Walt Disney.

Porque creer que Mordisco —el mismo que ha sembrado pueblos de miedo, volado estaciones de Policía, asesinado firmantes de paz y dinamitado cada intento de diálogo— trabaja secretamente para favorecer al gobierno de Petro es como creer que los tiburones apoyan a los surfistas o que los lobos velan por la oveja negra. Una ridiculez útil, eso sí, para ciertos oídos.

Pero el detalle no está en la fábula, sino en el momento elegido para publicarla.

Justo ahora, cuando en Washington se cocina —a fuego lento y con la sazón ya conocida— un intento de armarle a Gustavo Petro un expediente por narcotráfico. Y justo ahora, cuando la derecha colombiana desfila con devoción casi litúrgica por los pasillos del Capitolio:

Álvaro Uribe, María Fernanda Cabal, Miguel Uribe Londoño, Katherine Miranda, Juan Carlos Pinzón, Vicky Dávila, Iván Duque… Todos haciendo fila, todos cabildeando, todos susurrando lo mismo al oído estadounidense:

“Ayúdennos a tumbar al gobierno.”

Ahí sí la historia empieza a tener sentido.

No el cuento de Caracol, sino la necesidad política que lo sostiene.

¿Y qué vendrá después?

Nada extraño sería ver, cualquier día de estos, un video de Mordisco diciendo la barbaridad que el guion exija: que financió la campaña, que dirigió la estrategia, o que escribía los discursos si hace falta. En Colombia no sería la primera vez que un narco o un grupo armado dice lo que se necesita para recibir indulgencias. La historia está llena de “testimonios” oportunos, convenientes y debidamente recompensados.

Y para la DEA, un Mordisco “colaborador” sería un regalo perfecto: otro insumo para presionar al gobierno, otra ficha para los políticos estadounidenses que viven del miedo latinoamericano, otro favor para el eterno uribismo, que jamás ha dejado de considerar la geopolítica como su tablero electoral.

Porque, si algo sí es evidente, es esto:

todo lo que hace Mordisco —cada ataque, cada masacre, cada explosión— jamás ha beneficiado al gobierno.

Siempre, invariablemente, ha sido combustible para la narrativa de la derecha. Desde los tiempos de Álvaro Uribe, el terror ha sido la materia prima de su proyecto político.

Así que, en la lista de posibilidades, la única que suena razonable es la más obvia:

que Mordisco termine siendo útil —una vez más— para quienes viven del miedo; que preste su nombre, su voz o su silencio para apuntalar el expediente político que hoy se teje en Washington.

La fábula de Caracol es perfecta para la campaña electoral de la derecha, justo cuando entre ampones intentan recomponer su unidad para hacerse al poder en 2026.

La realidad, como siempre en Colombia, es bastante menos ingenua:

todos sabemos que Mordisco y sus secuaces han actuado como el brazo armado de la derecha, no como sus supuestos “perritos” al servicio del gobierno.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo