Trump queda fascinado con Mamdani

Nunca en la historia reciente se había visto algo así: Donald Trump, el hombre que convierte cualquier espacio en un altar a sí mismo, quedó opacado dentro de su propio Despacho Oval. Y no por un multimillonario, ni por un general condecorado, ni por Oprah, sino por un joven alcalde electo de Queens, socialista democrático, calmado, elegante y peligrosamente carismático: Zohran Kwame Mamdani.

Lo más impresionante no fue que Trump lo recibiera. Lo impresionante fue que Trump salió de esa reunión… fascinado. Desorientado. Reculando. Y hasta queriendo vestirse como él.

Desde que Mamdani puso un pie en la Casa Blanca, Trump se volvió rarísimo. Se acomodó la corbata cinco veces, se retocó el copete como si estuviera por grabar un comercial de shampoo y hasta preguntó si era cierto eso de que Mamdani siempre llegaba con la vibra de “profesor buena onda que te cambia la vida”. Parecía un adolescente esperando al crush. Y cuando Mamdani por fin entró, Trump se quedó mirándolo como si hubiera visto a Elvis reencarnado… pero con WiFi y conciencia social.

La reunión empezó tensa, claro. Durante la campaña Trump había dicho que Mamdani era comunista, radical, extremista, y hasta sugirió —sin decirlo exactamente, porque la difamación tiene abogados— que el tipo podría estar metido en cosas “peligrosas”. Pero apenas se vieron, Mamdani le habló con una serenidad tan científica que Trump empezó a derretirse. De verdad, parecía gelatina patriótica.

Y ahí vino el primer momento histórico: un periodista le preguntó a Mamdani, frente a Trump, si consideraba que el expresidente era un fascista. Trump, en su eterno estilo de macho alfa, dijo:

—“Está bien, puedes decirlo.”

Y Mamdani, sin pestañear, dijo:

—“Sí.”

Trump no explotó. No gritó. No mandó un tuit. No pidió construir un muro alrededor de Queens. Solo asintió, como si le hubieran dicho que tenía un poquito de colesterol alto. Mamdani lo llamó fascista en su cara y él respondió como quien recibe diagnóstico médico: “Bueno, sí, es posible”.

De ahí para adelante, Trump cayó rendido. Cuando Mamdani empezó a hablar de asequibilidad, vivienda, derechos de trabajadores y cooperación federal, Trump pasó de su típico tono mandón a un susurro obediente. Cada frase que Mamdani decía sonaba como si le estuviera reprogramando el cerebro.

Alguien en la sala asegura que Trump, en un momento, dijo:

—“Estoy seguro de que podemos trabajar en algo juntos.”

Con esa voz que usan los estudiantes cuando el profesor les explica que si no entregan la tarea, pierden el semestre.

Y por si fuera poco, llegó la escena más absurda del día. Un periodista gritó:

—“¿Es cierto que Mamdani es yihadista?”

Trump, el mismo Trump que había coqueteado con ese rumor durante la campaña, respondió indignado:

—“¡No! Para nada, para nada. Él es un buen tipo. Excelente tipo. Nada de eso.”

Ese fue el instante en que quedó claro que Trump estaba oficialmente… encantado. Mamdani podría haberle dicho que también era astrólogo y Trump habría preguntado su signo lunar.

El resto fue un espectáculo digno de documental. Al terminar la reunión, Trump declaró que Mamdani era “muy capaz”, “excelente” y que los neoyorquinos estaban “en buenas manos”. En lenguaje trumpiano, eso es básicamente una serenata.

Horas después, un asesor de la Casa Blanca confesó —en anonimato, porque todavía tiene dignidad— que Trump preguntó dónde compraba su ropa Mamdani. Que si era un diseñador pequeño. Que si los busos cuello tortuga se conseguían “en Nueva York o por internet”. Y que pidió sugerencias para “refrescar un poco la imagen”.

El trumpismo está pasando por su peor pesadilla: su líder quiere parecerse a un socialista joven de Queens.

Mientras tanto, Mamdani salió tranquilo, con esa sonrisa de quien no entiende por qué un magnate septuagenario lo observa como si fuera influencer de moda. Habló de políticas públicas, de cooperación, de garantizarle a Nueva York una vida más barata y más segura. Como si nada.

Trump salió pensando en busos cuello tortuga.

Mamdani salió pensando en gobernar.

Y la Nación entera salió pensando en lo impensable:

¿qué carajos le hizo Mamdani a Trump para dejarlo así de reculado, encantado y confundido?

 

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La Paloma de la guerra… de la guerra jurídica

En Colombia —esa república barroca donde todo se repite como un bolero mal cantado— la derecha siempre ha tenido una vocación incansable por la guerra. No cualquiera: la guerra útil, rentable, esa que se libra sin despeinarse. Primero fue la guerra sucia, con sus discretos fusiles y sus escuadrones sin firma. Pero cuando las urnas dejaron de obedecerles, encontraron un juguete nuevo, más limpio y menos ruidoso: la guerra jurídica. Y en esa cruzada resplandece, como un querubín cabreado, Paloma Valencia, siempre vestida de blanco nuclear, siempre con gesto de heroína bíblica, siempre lista para demandar a alguien que no vote como ella quisiera.

En el Congreso no legisla gran cosa —ni falta que le hace—; tampoco convence, ni articula país. Lo suyo no es crear, sino anular. No propone: demanda. Y en un país donde media elección puede desaparecer con un auto, semejante habilidad es equivalente al arte de gobernar sin cargo oficial. Paloma no necesita ministerios: le basta una impresora, un abogado diligente y un Consejo de Estado con vocación de arcabuz.

Porque las demandas de la senadora no son instrumentos de control político: son proyectiles, pequeños misiles de toga y membrete contra la democracia. Y el alto tribunal, convertido a estas alturas en su batería de artillería, las admite con la devoción con que se admiten las estampitas religiosas en Semana Santa.

Ahí están, en fila, los obuses jurídicos.

Primero, la demanda contra la personería del Pacto Histórico. Un movimiento quirúrgico, estratégico: si se tumba la personería, la izquierda no podrá unirse. Una coalición sin personería es como un barco sin casco: se hunde por cualquier lado. Cualquier candidato progresista podría terminar inhabilitado por doble militancia; cualquier alianza podría nacer muerta. La Paloma, con un solo documento, dejó al movimiento más votado del país caminando en puntas de pie, tratando de no rozar ninguna arista legal.

Pero no satisfecha, siguió con el partido Progresistas, como quien remata la faena por deporte. Otra demanda, otra incertidumbre, otro frente debilitado. Lo que en otras latitudes sería un proyecto político, aquí se vive como un trámite disciplinario perpetuo

Después vino la demanda contra la reforma pensional, no por tecnicismos constitucionales —eso es accesorio— sino porque la palabra “solidaridad” provoca alergia entre quienes conciben el país como un gran CDT. A eso siguió la demanda contra el decreto de salud, por si acaso al gobierno se le ocurre gobernar sin solicitar permiso al sector financiero, o a las clinicas privadas

Y, claro, la Universidad Nacional. Cuando el Consejo de Estado anuló la elección de su rector, la Paloma celebró como si hubiera derribado una fortaleza enemiga. De inmediato pidió intervención preventiva, no fuera que a la academia se le ocurriera gobernarse sin su tutoría involuntaria.

Mientras la derecha pierde elecciones, Paloma gana autos admisorios. En Colombia eso equivale a una curul invisible: un poder que no pasa por el voto, sino por los expedientes.

Porque lo que ha logrado con su guerra jurídica es sencillo y eficaz: que la izquierda no pueda organizarse sin sentir que está pisando un campo minado. Hoy cualquier candidato progresista se pregunta si al inscribirse despierta una demanda, si al unirse activa una sanción, si al ganar la elección lo anulan por deporte. La democracia, en su versión Paloma, se vive como una carrera de obstáculos legales.

Mientras tanto, la derecha disfruta de una estabilidad de relojería: sus alianzas jamás se cuestionan, sus movimientos internos jamás se interpretan como doble militancia, sus partidos jamás entran en esos laberintos kafkianos. No por inocencia, sino porque nadie los demanda con la rigurosa devoción con la que la senadora demanda a la izquierda. La Paloma vuela hacia un solo lado. Nunca contra los clanes, los parapolíticos, los carteles electorales. La ley, en su cruzada, es arma, pero nunca ética.

En el centro de este campo de batalla está Iván Cepeda, uno de los pocos políticos que todavía generan respeto transversal. Y precisamente por eso es un objetivo. Que si puede estar en el Frente Amplio, que si no; que si apoyar a alguien es militancia simultánea; que si su sola existencia es causal disciplinaria. La misión parece obvia: mantenerlo más ocupado defendiéndose que construyendo un proyecto democrático.

La ironía mayor es que la derecha no se une no por exceso de ideas, sino por exceso de intereses. Son como una cofradía de piratas: todos quieren ser capitán y ninguno quiere repartir botín. Demasiados caciques, demasiados feudos, demasiados apetitos. La izquierda, que al menos intenta discutir programas, vive bajo la tormenta perfecta de la inseguridad jurídica fabricada por Paloma y ejecutada con entusiasmo por los magistrados.

Al final, la democracia según la Paloma no se juega en las urnas, sino en los estrados. El poder no se disputa en plazas públicas, sino en autos admisorios. La institucionalidad no se construye: se bloquea. La política no se debate: se proscribe. Es el país de las demandas como forma de gobierno, el país donde votar es un acto casi decorativo, porque la última palabra no la tiene el ciudadano sino el expediente.

Y como si todo esto fuera poco, Paloma libra esta guerra mientras hace campaña presidencial. Una campaña invisible, fantasmal, sostenida por un lema —“Colombia tiene power”— que parecía sacado de un comercial noventero. Su intención de voto es tan baja que ni siquiera aparece en las encuestas. Y para rematar, su propio partido no la ve como opción. Uribe, con su olfato quirúrgico y su misoginia bien documentada, jamás la nombrará candidata.

La guerra jurídica, entonces, no le sirve para llegar al poder.

Pero sí está logrando algo: erosionar la democracia y esto a la postre nos llevará a un estallidos social pidiendo Constituyente y la derecha colombiana y nuestra palomita de la guerra quien sabe que demanda se inventaran para torpedear la voluntad popular.

 

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Víctimas del estallido social piden ser escuchadas en el proceso de esclarecimiento

En la Ladera de Cali, donde las calles parecen trepar con la misma dificultad con la que la gente ha debido cargar sus duelos, ayer ocurrió algo que pocas veces se ve: habló una víctima. No una funcionaria de ONG, no una experta convocada por la academia, no una oradora profesional de voz entrenada. Habló una mujer de 29 años, hermana de un joven asesinado durante el estallido social, y su palabra —sencilla, directa, sin adornos— partió en dos el aire de la inauguración de la Universidad de la Ladera. Ella no pidió permisos ni favores; solo gestionó que las víctimas tuvieran un pequeño espacio en el acto, y cuando lo tuvo, se plantó frente al Presidente, lo llamó por su nombre completo —Gustavo Petro Urrego— y lo miró a los ojos como quien convoca a otro ser humano a responder. Con esa transparencia que deja la muerte en quienes sobreviven, le dijo que las víctimas deben ser escuchadas, que sus derechos no pueden seguir esperando, que el Estado debe acompañarlas y no abandonarlas.

Nombró, uno a uno, a los jóvenes asesinados en la Ladera. Entre ellos estaba Daniel, su hermano, muerto en el Dollar City de Siloé. “Tendría veinte años hoy. Sería un estudiante más en esta universidad que usted inaugura”, dijo. Pero no: está muerto. Y con él, más de ochenta muchachos del estallido. Ochenta vidas que no alcanzaron a hacerse adultas porque alguien, en algún nivel del poder, dio una orden que todavía nadie reconoce. Ella lo recordó con una serenidad que dolía más que cualquier grito. Y recordó, sobre todo, algo que parece haberse perdido entre tecnicismos y trámites: la promesa hecha a las víctimas fue una Comisión de Esclarecimiento de la Verdad. No una comisión de expertos, no un panel tecnocrático, no un nuevo fortín burocrático donde los cargos se reparten entre quienes jamás han enterrado un hijo.

La Constitución no prohíbe una comisión de la verdad. Tampoco lo hacen las leyes, ni los tratados internacionales. Nadie ha escrito en ninguna parte que las víctimas del estallido social no puedan saber qué pasó, quién dio la orden, por qué se atentó contra la juventud con saña, por qué se cometieron crímenes de lesa humanidad y por qué todo sigue en impunidad.

Pero los espacios que deberían ser de ellas fueron ocupados por organizaciones sociales que, con la familiaridad de quien ya conoce el juego institucional, se nombraron a sí mismas en la llamada comisión de expertos. De nuevo dejaron por fuera a las víctimas. No las consultaron. No las miraron.

Y mientras tanto, la Unidad de Derechos Humanos mantiene sus casos congelados, sin avances y sin justicia. Es un contrasentido feroz: ya hay más de sesenta jóvenes condenados por haber protestado, pero ni un solo responsable estatal ha sido llevado a juicio por los asesinatos. Esa disparidad fue lo que ella llevó ayer al escenario. Y entregó al Presidente una carta abierta en la que pide que las víctimas sean realmente escuchadas y no usurpadas.

Ayer habló una víctima. Por fin. No fue el discurso ventijuliero de una ONG ni la voz del académico con doctorados que convierte el dolor en teoría. Fue la verdad desnuda. Falta saber si el Presidente la escuchó de verdad.

 

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La derecha revela su hoja de ruta autoritaria

En otros tiempos —cuando todavía existía un mínimo pudor democrático— la derecha colombiana disfrazaba sus impulsos más sombríos detrás de palabras rimbombantes: “seguridad democrática”, “orden”, “institucionalidad”, “Estado fuerte”. Eran eufemismos: un lenguaje de salón para justificar lo injustificable. Pero ahora ya ni eso. En la campaña actual la ultraderecha ha decidido sincerarse: no prometen, confiesan. Y en esa sinceridad brutal aparece el verdadero programa: un proyecto de poder sustentado en violaciones sistemáticas a los derechos humanos, anunciado sin maquillaje y defendido con el entusiasmo de inquisidores con Twitter.

Ahí está Paloma Valencia proponiendo —sin rubor— cortar agua, comida y recursos a comunidades indígenas que protesten, como si el derecho a la alimentación fuera una propina que el Estado da o quita según su humor. El bloqueo de vías, para ella, se combate con hambre: una estrategia que haría sonrojar hasta al más torpe comandante del viejo Estado de Sitio. Es normalizar el castigo colectivo —prohibido por el derecho internacional— como receta de orden público.

Pero Paloma no está sola en esta feria de horrores. Abelardo de la Espriella, siempre dispuesto a jugar al caudillo tropical, propone retirar a Colombia de la ONU, la OEA y la CIDH y remata con retórica de guerra: “destripar a la izquierda”, “dar de baja” al que no se someta. A este paso su programa se resume en dos frases: salir del sistema internacional para que nadie registre lo que se hace adentro, y después actuar con impunidad.

Miguel Uribe Londoño aporta su cuota: no contento con la retórica beligerante, ha sugerido transformar el Ministerio de Defensa en un Ministerio de Guerra. No es mero maquillaje semántico; es un diagnóstico: no defender, sino declarar la guerra. El nombre lo dice todo: legislando el belicismo, institucionalizando la ofensiva como política de Estado.

María Fernanda Cabal, por su parte, no se queda atrás: afirmar que “ser de izquierda debería ser ilegal”, recomendar exorcismos ideológicos y promover la expulsión política de sectores enteros de la vida urbana son manifestaciones que nadie medianamente democrático debería tomar a la ligera. Pedir la criminalización de la pluralidad es abrazar el peor angelito autoritario.

Y lo grotesco de este desfile no es sólo retórico: es jurídico y moral. Ninguno de esos predicadores de la ley parece haber leído el artículo 22 de la Constitución, ese simple mandato republicano que dice, con claridad, que la paz es obligatorio derecho y deber de todos los colombianos. ¿Cómo proponen quienes desconocen ese artículo que el país avance hacia la convivencia? ¿Con hambre, exclusión, expulsiones y ministerios de guerra?

Sacar a Colombia de organismos internacionales no es una ocurrencia administrativa; es la llave maestra para blindar acciones que, sin escrutinio, pueden derivar en atropellos. El desdén por comunidades étnicas, la criminalización de la protesta y la retórica de exterminio configuran una ecuación que no necesita ser resuelta con fórmulas: ya tiene nombre: riesgo de autoritarismo.

En Colombia las derechas no tienen ideología; tienen fusiles. Hoy, además de fusiles, tienen sinceridad. Y esa sinceridad resulta más peligrosa que mil mentiras elegantes: porque ya no intentan seducir; amenazan. No es campaña. Es advertencia. Y mientras la izquierda tropieza con trampas institucionales y litigios que buscan impedir su unión, quienes proclaman la guerra afinan la maquinaria para cuando el poder les caiga en las manos. Más vale prestar atención: cuando la democracia se queda sin vigilantías, la paz constitucional —la del artículo 22— es la primera en el mercado de remates.

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Popayán te espera: llegan los Primeros Juegos Campesinos

En Popayán, esa ciudad blanca, grisecita también por las lluvias de fin de año, clasista por los Valencia, los Mosquera y los Arboleda, pero con historia de movimientos sociales y populares, donde las mañanas huelen a leña y a campo, están llegando desde todos los puntos del mapa 700 campesinas y campesinos. No vienen a reclamar ni a marchar. Vienen a algo más antiguo y más profundo: a jugar. A medirse con el otro como se hace en el campo, con la misma seriedad con que se siembra, se ordeña o se levanta la cosecha.

Los I Juegos de la Agenda Nacional Campesina pueden sonar, en el papel, a iniciativa del Ministerio del Deporte. Pero basta ver bajarse de los buses a las delegaciones de Anuc Nacional, Mesa de Derechos Humanos Suroccidente, Pupsoc, Juntanza Nacional Campesina, Baluarte, Acit, Fensuagro, Asomucaice, Asopalcor, Asocam y Redpescacol, para entender que este encuentro tiene alma propia. Es el intento —quizá tardío— de reconocer que detrás de cada vereda hay un país que ha vivido resistiendo, produciendo, cuidando.

Del 20 al 24 de noviembre, Popayán será testigo de competencias que no existen en ningún manual olímpico: rajaleña, rana, minitejo, carrera de buguis, penaltis con palos de coca o café, fuerza con cuerda y lanzamientos de aros. Pruebas nacidas del trabajo, del día a día rural, de los brazos que cargan bultos y de los pies que recorren trochas. Junto a ellas, deportes más conocidos como fútbol, fútbol de salón y atletismo en 1.000 y 2.000 metros, donde nadie corre por récords sino por orgullo de territorio.

El Ministerio del Deporte ha puesto sobre la mesa 1.000 millones de pesos para que las delegaciones viajen, coman, duerman y compitan con dignidad. Plata que, en términos campesinos, alcanza para asegurar que la fiesta no se caiga y que la palabra empeñada se cumpla.

Pero más allá de los recursos, en Popayán está ocurriendo otra cosa: un país que casi nunca mira a su campesinado, por unos días lo reconoce. Aquí se encuentran la mujer de Asopalcor que ha vivido entre el café y la violencia; el joven de la Juntanza Nacional Campesina que aprendió a correr en bajadas de lodo; el pescador de Redpescacol que llega desde costas distantes; y el viejo dirigente del Baluarte Campesino que ha visto repetir la historia demasiadas veces.

El Gobierno habla de paz, inclusión e identidad campesina. Palabras grandes, sí. Pero lo que realmente sucede en Popayán es más sencillo: Colombia, por fin, celebra a quienes la alimentan.

Y eso, en este país, ya es un triunfo.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

¿En qué se diferencia un bombardeo de Estados Unidos de uno colombiano?

No hay diferencia real entre los bombardeos que Donald Trump ordenó contra lanchas de pescadores en el Caribe y los bombardeos que el gobierno colombiano ha ejecutado en el Guaviare, Arauca o el Amazonas. Cambian el idioma, las coordenadas y la excusa oficial, pero la escena es la misma: proyectiles lanzados desde la comodidad de un dron contra seres humanos que, muchas veces, no pueden distinguirse del enemigo imaginado.

En el Caribe, la operación estadounidense —esa cruzada infinita disfrazada de “guerra contra el narcotráfico”— ya deja más de 80 pescadores muertos. En Colombia, los bombardeos “quirúrgicos” han terminado con la vida de al menos 12 menores, y hay reportes que los elevan a 17. Mientras Estados Unidos asegura que todos eran criminales, y el gobierno colombiano dice que todos eran “jóvenes combatientes”, lo evidente es lo otro: cadáveres sin nombre, familias sin verdad y justificaciones cada vez más mecánicas.

Aquí es donde entra el Derecho Internacional Humanitario —el DIH— que, aunque parezca un invento para incomodar ministros, en realidad existe para impedir exactamente esto.

Primero, el principio de distinción. Este obliga a diferenciar entre combatientes y civiles. Un pescador en una lancha dañada es un civil. Un niño reclutado forzosamente también lo es. Bombardear sin certeza viola este principio básico, contemplado en los Protocolos Adicionales de Ginebra.

Segundo, el principio de proporcionalidad, que prohíbe usar fuerza excesiva frente a un objetivo presuntamente militar si eso puede causar daños mayores a civiles. Lanzar misiles desde un avión contra embarcaciones pequeñas —o contra campamentos donde hay menores mezclados con adultos— es, en el mejor de los casos, desproporcionado.

Tercero, el principio de precaución, que obliga a verificar la naturaleza del objetivo y tomar todas las medidas posibles para evitar víctimas civiles. Es imposible cumplir con este estándar cuando se dispara desde miles de metros contra siluetas indistinguibles en el mar o en la selva.

Y cuarto, la protección reforzada de los niños, establecida tanto en el DIH como en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos. La Convención sobre los Derechos del Niño es explícita: los menores reclutados deben ser retirados, protegidos y reintegrados, no bombardeados.

Todo esto se viola cuando un Estado —estadounidense o colombiano— decide que es más simple mostrar “resultados operacionales” que asumir responsabilidades frente a su propia incapacidad de prevenir el reclutamiento o de identificar objetivos reales.

Pero el problema no es sólo jurídico; es moral. ¿Por qué indignan más los pescadores muertos por órdenes de Trump que los niños colombianos asesinados en una selva que casi nadie mira? Quizá porque la violencia imperial tiene cámaras internacionales, mientras que la violencia doméstica se esconde detrás de la costumbre. O porque en Colombia, con cinismo perfecto, muchos creen que un menor reclutado deja de ser víctima para convertirse en “parte de la guerra”.

Eso permite barbaridades como sostener —lo dirán los machirulos guerreristas de izquierda— que “no todo reclutamiento es forzado”, como si un niño empujado por el hambre y el abandono estatal estuviera haciendo una elección libre.

Pero la verdad es simple: ni a los pescadores se les bombardea, ni a los niños reclutados se les bombardea. Ni con bandera estadounidense ni con bandera colombiana.

Y claro, para rematar con ironía, tenemos un ministro de Defensa militar, defendido en el Congreso por el uribismo. Un detalle menor, dirán algunos. Pero ya eso, si se mira bien, lo dice todo.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Reclutamiento forzado en Colombia: lo que nadie cuenta

El debate nacional sobre el reclutamiento forzado se reabrió con fuerza tras los recientes bombardeos ordenados por el gobierno Petro, donde murieron menores de edad que habían sido vinculados a grupos armados. La discusión pública se ha enfocado en la responsabilidad del Gobierno. Pero abrir este debate obliga a ir más allá: obliga a mirar lo que está ocurriendo en las regiones, a revisar lo que el Estado conoce —o decide no conocer— y a enfrentar la dimensión real de un fenómeno que se ha desbordado en silencio.

Un ejemplo ilustrativo es el Cauca. Allí, la Fiscalía lleva 709 investigaciones activas por reclutamiento forzado. Esta cifra, sin contexto, podría malinterpretarse como si se tratara de 709 niños reclutados. Pero la realidad es más grave. Una sola investigación puede corresponder a un reclutamiento masivo: existen procesos que agrupan entre 36 y 40 menores víctimas en el mismo hecho, o expedientes iniciados por deserciones simultáneas de 8, 10 o incluso 12 estudiantes de una institución educativa. Es decir, si se analizan los patrones y los expedientes colectivos, el número real de víctimas denunciadas en el departamento puede acercarse a los 1.000 niños y adolescentes afectados.

Y aun así, esta cifra es engañosa, porque está construida solo con lo que llega a los despachos judiciales. ¿Qué pasa con las familias que no denuncian por miedo? ¿Con las comunidades bajo control armado que no pueden hablar? ¿Con los docentes que callan porque son amenazados? ¿Con las madres que no acuden a las instituciones porque ya intentaron antes y nadie actuó? El subregistro es profundo, estructural y casi imposible de calcular.

Lo más preocupante es que estas cifras existen únicamente porque la Fiscalía Seccional del Cauca ha decidido tomarse el fenómeno en serio: documenta, sistematiza, prioriza y abre líneas de investigación. Es la excepción en el país. En la mayoría de departamentos, las fiscalías no cuentan con bases de datos actualizadas, no identifican patrones, no cruzan información y no realizan seguimiento sistemático. En otras palabras: si no hay cifras en el resto del país no es porque no haya reclutamiento, sino porque no hay institucionalidad mirando.

Mientras el país debate sobre los bombardeos, el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz ha encendido otra alarma que revela el abandono estatal desde otro ángulo. Las mujeres del movimiento han documentado casos de niños y adolescentes que, tras ser rescatados, fugados o desvinculados de los grupos armados, son entregados al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Sin embargo, lejos de encontrar protección, muchos de ellos sufren maltratos, ausencia de rutas diferenciales, negligencia institucional y falta de acompañamiento psicosocial especializado.

Las madres denuncian que varios menores se han escapado de los hogares del ICBF, no porque quieran regresar a la guerra, sino porque allí tampoco encuentran seguridad, cuidado ni una atención adaptada a su condición de víctimas de reclutamiento. El resultado es una tragedia silenciosa: adolescentes que terminaron siendo víctimas de dos guerras —la de los grupos armados y la del abandono institucional— y que, al no encontrar un refugio en el Estado, terminan regresando forzadamente a las estructuras armadas de donde salieron.

Este vacío institucional se agrava en las escuelas. Docentes y estudiantes han advertido que mayores de edad de las mismas instituciones educativas están reclutando a menores. Aun así, no hay presencia efectiva del Ministerio de Educación, que sigue sin implementar rutas de protección ni actuar territorialmente. La Policía de Infancia no patrulla las zonas rurales, la Defensoría alerta pero no acompaña, las personerías están desbordadas, el ICBF falla en protección y la Procuraduría no sanciona las omisiones estatales que permiten que el reclutamiento avance sin freno. En muchas regiones del país, niños y niñas están quedando completamente solos frente a este flagelo.

Por eso, es urgente insistir en que el debate no puede quedarse atrapado en los bombardeos. Colombia abrió la conversación por los niños y niñas muertos en esos operativos. Ahora tiene que abrirla por los menores que siguen vivos, escondidos, silenciados y en riesgo. Por los que fueron reclutados y nadie busca. Por los que escapan y nadie cuida. Por los que regresan a la guerra sin que nadie pregunte por qué.

Porque detrás de cada cifra hay un niño o niña. Y detrás , un Estado que no llegó.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

¿Qué pasaría si Petro implementara la propuesta de Abelardo de la Espriella?

Si algo caracteriza a Colombia es esa capacidad casi poética de indignarse por encargo. Por estos días, Abelardo de la Espriella —tribuno de las buenas costumbres ajenas y operador alegre de fortunas que aparecen y desaparecen con la misma gracia con que un mago saca conejos— decidió iluminar al país con una propuesta digna de sobremesa entre capos: legalicemos el 10% del dinero ilegal, entreguemos el 90% al Estado, demos tres años de cárcel a los delincuentes y eliminemos la extradición. Una lavadora industrial de activos, pero con factura. Y como es Abelardo, los guardianes del orden moral han decidido ponerse de perfil: nadie grita, nadie se escandaliza, nadie exige la renuncia de nadie. Al contrario, lo celebran como si hubiera descubierto la vacuna contra la corrupción. Aquí nadie recuerda —o prefiere no recordar— DMG, las pirámides financieras, los paramilitares adoptivos ni las contabilidades esotéricas. Pero ahora sí, súbitamente, Abelardo es apóstol fiscal.

Lo divertido —si se puede llamar así a esta tragicomedia— es imaginar qué pasaría si Gustavo Petro propusiera exactamente lo mismo. Basta un segundo para escuchar los gritos: Semana sacaría 20 portadas simultáneas (“¡Chávez reencarnó!”, “Petro legaliza a Pablo Escobar”, “Se acabó la República”). Vicky Dávila transmitiría en un solo suspiro tres horas de indignación patriótica. La W pondría panelistas de ceja crispada denunciando la inminente entrega del país al crimen. Y en cafeterías y chats familiares se repetiría el mantra habitual: Petro está destruyendo la patria. Porque en Colombia, lo que escandaliza no es la propuesta sino quién la firma.

Mientras Petro lleva dos años buscando un marco jurídico serio para la Paz Total —un marco que permita el sometimiento real de estructuras criminales, con verdad para las víctimas y penas que no sean simbólicas—, el Congreso y la Fiscalía se han empeñado en bloquearlo. Ni una ley, ni un procedimiento, ni un articulito que permita pacificar territorios. Pero aparece Abelardo, que no tiene víctimas a las cuales responder ni una guerra que terminar, ofreciendo un modelo de blanqueo masivo con beneficios carcelarios… y la derecha lo celebra como si hubiera traído la tabla de la ley. Su propuesta es, en esencia, un lavado de activos con recibo oficial: los narcos entregan lo que quieran llamar “90%”, esconden el resto donde siempre, y salen a disfrutar de tres años en una cárcel que probablemente tendrá spa. Y además sin extradición, para completar el paquete premium.

Por supuesto, nadie como Abelardo para administrar fortunas “arrepentidas”. Si pudo revolcarse en el caso DMG sin despeinarse, ¿qué no haría con los patrimonios de los grandes capos? No sería raro que parte de ese 90% terminara misteriosamente en consultorías mágicas o fundaciones familiares de súbito altruismo. Colombia, siguiendo su lógica, debería entregarle su economía directamente a Capone: al menos ese tenía estilo.

En el fondo, lo que queda en evidencia es la obscena incoherencia de la extrema derecha. Si Petro quiere un marco para la paz, es dictadura. Si Abelardo propone un blanqueo masivo, es innovación. Aquí la ética no depende del contenido sino del color político del mensajero. Y así seguimos: un país donde los santos son bandidos, los bandidos son próceres y quienes intentan arreglar el desastre son los únicos acusados de empeorarlo. Un país donde lo grotesco ya es simplemente lo normal.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Detrás de un maléfico hombre, Álvaro Uribe, hay una maléfica mujer, Lina Moreno, y una familia que cree que Colombia es su finca

En la Nación del Sagrado Corazón, donde los rumores tienen cédula y los chismes pagan impuestos, existe una verdad casi ancestral: detrás de cada gran villano siempre hay una gran villana. Y sí, hablamos del personaje central del drama político colombiano, Álvaro Uribe Vélez, y de su esposa, Lina Moreno Mejía, que aparenta no matar ni una mosca, aunque muchos en los pasillos del poder aseguran que detrás de esa silueta discreta se mueven sombras más densas que las montañas antioqueñas al atardecer.

A veces, incluso, no es solo la pareja: es toda la familia la que ya se siente dueña del país, como si Colombia fuera pastel de boda repartido entre ellos. Ahí está el hermano, Carlos Enrique Moreno Mejía, figura central del universo farmacéutico y cabeza del poderoso conglomerado de Audifarma, sobre quien recaen señalamientos públicos de manipular el acceso a medicamentos, esconderlos o retrasarlos cuando el gobierno no les es afín, poniendo en jaque la salud nacional como si manejara las llaves del reino.

Y están los primos del norte, Luis Alberto Moreno y Bernie Moreno, moviendo fichas desde Estados Unidos. Ambos son señalados por sectores políticos y sociales de conspirar abiertamente contra el gobierno de Gustavo Petro. Con un gobierno progresista, no pueden mandar como cuando el país era tratado como herencia familiar, y por eso —según múltiples voces críticas— hacen de todo para sabotear al gobierno, atacar al pueblo colombiano y preparar el terreno para el regreso del uribismo en 2026.

Uribe es famoso, poderoso, protagonista de todos los cuentos de terror que empiezan por “érase una vez, en Antioquia”. Ha sido señalado de fomentar el paramilitarismo, de tener cercanías con el cartel de Medellín durante su paso por la Aerocivil, de cargar con la sombra de los falsos positivos, y en Estados Unidos aparece mencionado como “narcotraficante número 82” en un informe que ha circulado por años en el debate público. Donde él pasa, las sombras lo siguen como clientes fieles.

Pero pocos hablan del personaje realmente enigmático: su Señora.

Lina Moreno no aparece en cámaras sino en susurros.

No da discursos sino órdenes silenciosas.

No firma leyes sino influencias.

Y como repiten las abuelas del país:

“Cuando el marido es malvado, la esposa no está tejiendo bufandas.”

A lo largo de los años se ha visto envuelta en tropiezos laborales, disputas discretas y esa habilidad casi sobrenatural de estar cerca del poder sin aparecer nunca en el acta. Y alrededor de ella se mueven los personajes que completan este cuadro familiar.

Está Carlos Enrique Moreno Mejía, señalado por críticos y denunciantes de manipular la distribución de medicamentos como si fueran piezas de un ajedrez privado que puede inclinar la salud pública.

Está Luis Alberto Moreno, el primo que ha navegado durante décadas por las élites financieras y diplomáticas del continente, influyendo en decisiones que afectan el destino de países enteros, siempre desde la altura cómoda que da pertenecer a un clan acostumbrado a ordenar y decidir.

Y está Bernie Moreno, el primo que, desde Estados Unidos, dedica tiempo y micrófonos a despotricar contra el gobierno de Petro, repitiendo el libreto trumpista, atacando toda política social y promoviendo la narrativa de que Colombia vive en un supuesto caos. Una estrategia que, según sus críticos, busca debilitar al gobierno progresista y justificar la intervención política —directa o indirecta— del uribismo en el escenario internacional.

Todos ellos comparten una obsesión que atraviesa generaciones: el poder.

En la Nación del Sagrado corazón, cualquier reunión de este clan se interpreta como conspiración. Y cuando ellos se juntan, hasta los volcanes tiemblan.

Se dice que mueven fichas, que hacen llamadas al norte, que preparan el “regreso del orden”. No sabemos si es cierto, pero aquí, todo lo que suena, retumba.

Porque la democracia en este país es ese perro callejero que todos dicen amar pero nadie alimenta. Y cuando un clan como este decide volver al poder, la democracia no es el plato fuerte: es el mantel.

Por eso, cuando se mira con detenimiento, no sorprende la conclusión inevitable:

detrás de un maléfico hombre no solo hay una maléfica mujer como Lina Moreno, sino un hermano, dos primos, y quién sabe cuántos más, operando en las sombras de una historia que Colombia conoce demasiado bien.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La paz es el camino, presidente Petro

Desde el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz levantamos nuestra voz con dolor, pero también con la convicción inquebrantable de que Colombia merece un futuro distinto para sus hijos e hijas.

El reciente bombardeo en el Guaviare dejó dos efectos profundamente graves: la muerte de siete menores de edad y la oleada terrorista que azotó al Cauca en los días posteriores. Dos heridas abiertas que nos confrontan, una vez más, con la urgencia de replantear la estrategia de seguridad del país.

En una nación donde más de dos mil niños y niñas han sido reclutados forzosamente, donde no existe una política pública eficaz para prevenir ese reclutamiento ni un sistema sólido para buscar y recuperar a los menores que siguen en manos de grupos armados, no hay garantías éticas ni operativas para ejecutar bombardeos.

Los niños y niñas seguirán siendo usados como escudos humanos mientras no exista una política de Estado que los proteja antes, durante y después de la guerra.

A esto se suma una realidad que conocemos de cerca: la retaliación armada siempre cae sobre el Cauca, un territorio que ha sido nuestro epicentro de dolor y resistencia. Allí, las disidencias de las FARC circulan con absoluta libertad, con armas largas, con poder territorial y con la capacidad de paralizar la vida de todo un departamento.

Ellos sí bombardean: estaciones de policía, viviendas, ambulancias, la vía Panamericana. Ellos bloquean, incendian, dinamitan y sumen al suroccidente en el caos, sin que el país entero alcance a dimensionar lo que vivimos.

Por eso afirmamos con claridad que los bombardeos no son la solución. Nunca lo fueron. Nunca lo serán.

La verdadera salida —la única salida digna para un país que ha perdido generaciones enteras de sus hijos e hijas— es una justicia que investigue sin miedo y sin sesgos la relación evidente entre estructuras armadas, sectores del uribismo y redes del narcotráfico.

Solo desmontando esa maquinaria político-criminal podrá Colombia frenar las guerras regionales que desangran a nuestras comunidades.

A la par, insistimos: la paz debe ser una estrategia de Estado.

Diálogo donde sea posible.

Sometimiento judicial para quienes no quieran dialogar.

Inversión social profunda en territorios olvidados.

Protección real para los niños y niñas antes de que caigan en manos de los fusiles.

Señalamos también la hipocresía de la derecha, que celebró bombardeos durante el gobierno de Iván Duque —incluso cuando hubo menores muertos— y hoy se escandaliza por los operativos ordenados por Petro.

Ellos no están pensando en los niños y niñas. Están pensando en el poder, en el 2026 y en el rédito político que obtienen del dolor ajeno.

Por eso, señor presidente, desde nuestra voz de madres y mujeres que han puesto el cuerpo, la vida y el corazón en esta lucha, le pedimos con respeto y firmeza:

no se deje presionar por los discursos de guerra.

No permita que quienes han vivido de la violencia definan el rumbo del país.

Colombia está cansada de enterrar a sus hijos e hijas.

Nosotras también.

Y desde este movimiento, que abraza a las víctimas, que llora a los niños y niñas, y que acompaña al Cauca y a todas las regiones golpeadas, afirmamos:

La paz es —y debe ser— el único camino.

MOVIMIENTO NACIONAL DE MADRES Y MUJERES POR LA PAZ