Nepal, un país encajonado entre las montañas del Himalaya, suele aparecer en los mapas de los turistas que sueñan con llegar al Everest. Pero en septiembre de 2025 apareció en las noticias del mundo por otra razón: una generación cansada de callar, harta de cargar con un sistema político corrupto, salió a las calles y en pocos días tumbó a su primer ministro, incendió edificios públicos y abrió la posibilidad de un futuro distinto.
Todo comenzó con un gesto que para muchos pudo parecer trivial: el bloqueo de redes sociales. El gobierno de K.P. Sharma Oli, un político veterano que había gobernado varias veces Nepal, ordenó cerrar Facebook, YouTube, X (antes Twitter) y otras plataformas porque no se habían registrado bajo sus nuevas reglas. Para la Generación Z nepalí —adolescentes y jóvenes nacidos con un celular en la mano— eso fue como quitarles el aire.
Las calles se llenaron primero de pancartas, después de gritos, más tarde de fuego. La protesta que empezó como defensa de su derecho a expresarse se transformó en un grito contra años de corrupción, desigualdad y falta de futuro.
El país que estalló
En cuestión de días, los enfrentamientos se extendieron por Katmandú y otras ciudades. Jóvenes que nunca habían participado en política se organizaron en Discord, Telegram y foros improvisados. Las imágenes dieron la vuelta al mundo: miles de personas ocupando plazas, policías lanzando gases, columnas de humo negro saliendo de edificios estatales.
La represión fue dura. Organismos internacionales contabilizaron más de 70 muertos y más de mil heridos. Se incendiaron oficinas de partidos políticos, estaciones de policía, casas de líderes acusados de enriquecerse mientras el pueblo sobrevivía con lo mínimo.
El parlamento se disolvió y el primer ministro Oli, debilitado y señalado como símbolo de un sistema agotado, presentó su renuncia y huyó de Katmandú. Con él cayó no sólo un gobierno, sino una forma de ejercer el poder que parecía intocable.
El relevo inesperado
En medio del caos, el país necesitaba una figura que no encendiera más la rabia popular. Fue entonces que apareció el nombre de Sushila Karki. Muchos en Nepal la conocían por haber sido la primera mujer en dirigir la Corte Suprema y por su reputación intachable en la lucha contra la corrupción. Nunca militó en partidos ni fue parte de la maquinaria de favores y lealtades.
Nombrarla primera ministra interina fue una apuesta por la neutralidad, un gesto simbólico hacia la juventud que pedía un cambio real y una señal al mundo de que Nepal no estaba condenado al colapso.
Karki asumió con un mandato claro: calmar la crisis, garantizar elecciones para marzo de 2026 y atender a las víctimas. Prometió compensación económica para las familias de los muertos, atención médica gratuita para los heridos y reconstrucción de los edificios arrasados por las llamas.
El eco de una vieja consigna
Quienes miran a Nepal desde lejos podrían pensar que se trató de un estallido espontáneo. Pero la semilla del descontento lleva años germinando. En 2004 y 2005, cuando el país estaba en plena guerra civil, movimientos sociales nepaleses se unieron a la ola global del Foro Social Mundial y adoptaron el lema “Otro mundo es posible”. Esa frase acompañó marchas contra la monarquía y alentó la movilización que terminó, en 2006, con la caída del rey Gyanendra y el nacimiento de la república en 2008.
Veinte años después, los hijos e hijas de aquella generación volvieron a gritar, aunque con sus propias palabras, que otro Nepal es posible.
Rumores y certezas
Como suele ocurrir en contextos convulsos, aparecieron versiones que buscaban deslegitimar la protesta. Algunos medios insinuaron que detrás estaba la CIA, como parte de un guion repetido de conspiraciones extranjeras. Sin embargo, investigaciones de campo mostraron otra realidad: jóvenes hartos de ser ignorados, organizados en redes digitales, tomando las calles porque sentían que no tenían futuro.
La teoría de la “mano extranjera” sirvió a algunos sectores para negar la profundidad de la crisis. Pero lo cierto es que la rabia acumulada, la censura digital y la represión estatal fueron suficientes para encender la chispa.
El reto que sigue
El cambio no está asegurado. Nepal se encamina a elecciones en 2026 con la promesa de que serán libres y limpias. La pregunta es si las viejas élites se reciclarán bajo nuevos nombres o si de verdad se abrirá espacio para las voces jóvenes, mujeres, campesinos e indígenas que fueron protagonistas de la revuelta.
Hoy, mientras las cicatrices aún duelen y los escombros siguen humeando, Nepal vive una pausa incierta. Pero algo cambió: una generación descubrió su fuerza. Y cuando una juventud descubre que puede hacer caer gobiernos, difícilmente vuelve a callar.
Por Justicia & Dignidad/Periodismo independiente e investigativo
