Cayó Visbal. ¿Lafaurie, el esposo de Cabal, para cuándo?

Cayó Jorge Visbal Martelo.

No cayó de sorpresa. Cayó cuando ya no había dónde esconder la evidencia.

El ex presidente de la Federación Nacional de Ganaderos (Fedegán) y exembajador de Colombia en Canadá durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez fue capturado el pasado 6 de enero, luego de que la Corte Suprema de Justicia ratificara su condena a nueve años de prisión por financiar y hacer parte de las estructuras políticas del paramilitarismo, bajo el mando de Carlos Castaño Gil.

La sentencia no deja lugar a dudas. Según los jueces, Visbal Martelo —quien públicamente integraba comisiones de paz— asistía en privado a reuniones de promoción de los paramilitares, no como delegado institucional ni acompañado por otros miembros del Consejo, sino a solas, en fincas ubicadas en Tierralta, Córdoba, donde era visto compartiendo con Carlos Castaño, incluso ingiriendo bebidas alcohólicas con el máximo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

La justicia también estableció que Visbal acudía directamente a los jefes paramilitares para solicitar su presencia en zonas ganaderas con fuerte predominio guerrillero, promoviendo la idea de que las AUC garantizaran “seguridad” allí donde el Estado no llegaba o no quería llegar. No fue solo interlocución: impulsó la financiación de las AUC mediante el pago de los llamados “impuestos” que exigía la organización armada y formó parte del conocido “grupo de los doce”, un círculo de apoyo civil con el que los paramilitares estructuraban su proyecto político de copamiento del Congreso y de autoridades territoriales, como alcaldías y gobernaciones.

Visbal presidió Fedegán entre 1998 y 2005, los años más violentos del paramilitarismo, los del desplazamiento masivo, las masacres rurales y el despojo sistemático de tierras. Luego ocupó cargos diplomáticos: embajador de Colombia en Canadá entre 2004 y 2006, y embajador en Perú entre 2010 y 2012. La carrera pública avanzaba mientras el campo ardía.

Cuando Visbal cayó, no lo hizo solo. Cayó dejando una estela.

Durante esos mismos años, José Félix Lafaurie era Secretario General de Fedegán, el segundo hombre en la estructura del gremio, el encargado de la operación política y administrativa cotidiana. No un actor marginal. No un técnico distante. El núcleo del poder.

Hoy Visbal está condenado. Lafaurie sigue intacto. No porque la historia no los conecte, sino porque en Colombia la justicia camina con distinta velocidad cuando se acerca a las élites económicas.

Visbal intentó acogerse a la Jurisdicción Especial para la Paz. Dijo que quería aportar verdad. La JEP lo rechazó. No entregó verdad sustancial, no explicó las relaciones, no iluminó las responsabilidades estructurales. La reconciliación exige algo más que silencios bien administrados.

En su defensa apareció Abelardo De La Espriella, hoy precandidato presidencial, figura recurrente del uribismo, defensor habitual de políticos, militares y empresarios señalados por vínculos con estructuras criminales. No fue una coincidencia: fue coherencia de proyecto. En Colombia, el paramilitarismo no solo tuvo fusiles; tuvo abogados, micrófonos y tribunas políticas.

Exjefes paramilitares como Salvatore Mancuso han señalado reiteradamente la relación entre sectores ganaderos, Fedegán y el proyecto paramilitar. Periodistas, organizaciones de víctimas y procesos de justicia transicional han documentado cómo el terror reorganizó el territorio y favoreció la expansión de la gran ganadería. No todos los ganaderos empuñaron armas, pero muchos se beneficiaron del orden impuesto por quienes sí lo hicieron.

Nada de esto ocurrió al margen del poder político. El uribismo fue el paraguas institucional bajo el cual numerosos funcionarios, diplomáticos y dirigentes gremiales avanzaron mientras la criminalidad se normalizaba. No fue una desviación: fue un modelo. Seguridad, control territorial, silencios selectivos y ascenso político.

Ya como presidente de Fedegán, Lafaurie se convirtió en uno de los principales opositores a la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, defendiendo grandes propietarios, cuestionando reclamantes y desacreditando procesos judiciales. Siempre desde la trinchera. Nunca desde la duda.

Visbal es el caso cerrado. Lafaurie es la pregunta abierta.

Porque Visbal no fue una anomalía: fue parte de una estructura. Y cuando una pieza cae, la historia exige mirar el resto del engranaje.

Cayó Visbal.

¿Y la continuidad del poder gremial?

¿Y las responsabilidades que no prescriben en la memoria del campo arrasado?

La justicia ya habló en un caso. La verdad aún espera en los otros.

Esta es la criminalidad política de la derecha colombiana: la que quiere volver al poder en 2026, reciclada, indignada, negándolo todo, pero arrastrando la misma historia.

¿Lafaurie, el esposo de Cabal, para cuándo?

 

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La ICE de Donald Trump asesinó a una poeta

En una mañana gélida, de esas que parecen congelar incluso el aliento de los sueños, Renée Nicole Macklin Good, poeta, madre y ciudadana estadounidense de 37 años, fue asesinada por un agente del ICE mientras se encontraba dentro de su propio vehículo. No era el objetivo de ninguna redada. No tenía antecedentes penales. No portaba armas. Tenía hijos, versos y una vida común, esa que el poder suele considerar prescindible.

Renée había nacido en Colorado Springs, una ciudad de colinas abiertas y cielos largos. En sus redes sociales se describía con una ironía suave: “poeta, escritora, esposa, madre y guitarrista mediocre”. Estudió escritura creativa en la Old Dominion University y en 2020 recibió un premio de poesía. Sus amigos la recuerdan como una mujer generosa: té caliente, galletas recién hechas y conversación honesta para quien tocara su puerta.

Era madre de tres hijos: una adolescente de 15 años y dos niños de 12 y 6. El menor había perdido a su padre en 2023, y Renée —como tantas mujeres— sostuvo el duelo ajeno con el propio cuerpo, con palabras, con presencia. Criar, leer, escribir: resistir.

El 7 de enero, después de dejar a su hijo menor en la escuela, Renée regresaba a casa junto a su pareja cuando, en una calle nevada de Minneapolis, agentes del ICE ejecutaban una operación migratoria masiva. Ella no era buscada. No figuraba en ninguna lista. Quedó atrapada en un cerco que no la incluía, salvo como daño colateral.

Los videos conocidos muestran una escena devastadora: gritos, confusión, armas desenfundadas. Renée intenta alejarse. No se sabe si por miedo, por desconcierto, por puro instinto de supervivencia. Entonces un agente dispara contra su camioneta. Tres veces. Una bala impacta en su cabeza. Minutos después, Renée muere en el hospital.

La reacción fue inmediata y conocida. El Departamento de Seguridad Nacional y el propio Donald Trump afirmaron que la mujer intentó atropellar a los agentes. La narrativa de siempre: deshumanizar a la víctima, justificar la violencia, clausurar las preguntas incómodas. La más elemental de todas sigue sin respuesta: ¿por qué una poeta fue asesinada por un agente federal en su propio país?

No se trata de ideología. No es una disputa entre derechas e izquierdas. Es algo más crudo y más antiguo: violencia institucional, ejercida en nombre de la “seguridad”, administrada como procedimiento, ejecutada con balas. Un sistema que dispara primero y explica después. Un Estado que convierte la vida en riesgo aceptable.

Renée Nicole Macklin Good no era una amenaza. Era una mujer que escribía. Y precisamente por eso su muerte importa. Vivirá en sus versos, pero también en la memoria de quienes se niegan a aceptar que la justicia pueda vestirse de uniforme, apuntar y matar sin consecuencias.

Porque cuando el Estado asesina a una poeta, no solo se apaga una vida: se dispara contra la palabra misma.

 

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Siete días de enero y Trump ya quemó el mundo

Siete días han pasado de enero y el mundo ya parece una mezcla rara entre una película de Tarantino, una serie de Black Mirror, el Titanic y una mala secuela de Hollywood dirigida por el algoritmo. Apenas alcanzamos a guardar el arbolito de Navidad cuando Donald Trump decidió que el año nuevo venía con invasión incluida: algo así como empezar dieta un lunes y romperla el martes con chicharrón, arepa y gaseosa grande.

En una sola semana, Trump invadió Venezuela, se llevó a Nicolás Maduro como si fuera un electrodoméstico decomisado. Maduro llegó a Nueva York con un gorrito estilo Mickey Mouse, saludando en inglés muy educado y tomándose fotos con agentes de la DEA, como si fuera paseo escolar con escolta armada. Mandaron a freír espárragos a María Corina Machado (sí, la ningunearon) y, en un giro digno de telenovela de las nueve, dejaron en el poder al chavismo puro y duro, ahora encabezado por Delcy Rodríguez: el de Chávez, el que dice ser de Bolívar, el que supuestamente iban a erradicar.

Para completar el cuadro, el actor Fernando Carrillo confesó que la ahora presidenta de Venezuela fue su gran amor. Normal: ahora todos quieren con Delcy, incluso los que juraban odiarla hasta ayer.

La derecha colombiana quedó gringa y sin libreto. Pedían a María Corina y les salió chavismo reciclado. No les quedó más remedio que borrar tuits, fingir demencia digital y empezar a ensayar mensajes tibios a favor del nuevo chavismo “globalizado”. María Corina, lejos de rendirse, le promete a Trump el Premio Nobel de la Paz; pero no por pacifista, sino por arrastrada. La Academia responde que no se puede. Trump refunfuña, dice que ese premio es suyo por derecho divino, que él es el enviado de Dios sobre la Tierra para traer la paz y remata aclarando que en Venezuela no habrá elecciones pronto: es decir, la democracia jamás le interesó y Delcy se eternizará en el poder. A Edmundo Castillo ni lo nombran. Al final, para cerrar el sainete, reconocen como válidas las elecciones que dieron a Maduro como presidente y, como si no fuera suficiente, la justicia gringa declara que el cartel de los soles no existe.

De paso, Trump dice que vio a los venezolanos y le parecieron gente fea —seguro vio a Capriles, a Leopoldo López o a la Tintori—, acusa de narcotraficante a Gustavo Petro, amenaza con bombardear Bogotá y con llevárselo detenido a Estados Unidos.

Petro, que no es precisamente extra en esta película, responde con espada, Bolívar y retórica de plaza pública. Y las plazas se llenan, porque en Colombia, cuando el presidente está en aprietos externos, la gente sale como si fuera final del Mundial o velatón por la dignidad. Jugada maestra.

Mientras tanto, en Estados Unidos, el caos interno hace cameo: una mujer asesinada en Minneapolis por un agente de ICE, protestas, rabia y un país que se cae a pedazos mientras intenta salvar al mundo, como ese tío borracho que quiere dar consejos de vida en plena fiesta familiar.

Y entonces, en medio de este sainete, Trump y Petro hablan por teléfono, se tratan con cariño y se citan en la Casa Blanca, como si después de agarrarse a madrazos por WhatsApp uno dijera: “Bueno, mañana hablamos con tintico”. Se prometen verse en persona. Capaz y es una trampa; todo es posible.

La derecha colombiana, que tanto pedía diplomacia, estalla de rabia: a Álvaro Uribe le da dolor de estómago, Abelardo de la Espriella no sabe qué show montar, Paloma Valencia se inventa entrevistas con un señor de sombrero y poco falta para que digan que Colombia está arrodillada al imperio gringo… y terminen declarándose comunistas, rojos, bolivarianos y chavistas para hacer oposición. Nace incluso un nuevo cartel en Colombia: el cartel de los solos, liderado por Vicky Dávila, que llama infame a Petro por desescalar el conflicto diplomático con Trump.

Por si faltaba algo, Trump amenaza a Groenlandia y la derecha europea, encabezada por Giorgia Meloni, sale a protestar.

Siete días han pasado de enero.

Si esto es el comienzo, no quiero imaginar qué viene.

Un enero distópico siempre anuncia un febrero peor.

 

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Cuando el mundo calla, el verdugo avanza

En 1938, cuando Adolf Hitler anexó Austria en el Anschluss, las potencias europeas y Estados Unidos eligieron no intervenir. No fue desconocimiento: fue conveniencia. Se habló de evitar una guerra, de no provocar, de ganar tiempo. Ese mutismo fue leído como autorización. Hitler entendió que podía avanzar sin consecuencias. Un año después vino Checoslovaquia; luego Polonia; después, el mundo entero en llamas.

Las consecuencias fueron devastadoras. La Segunda Guerra Mundial dejó entre 70 y 85 millones de personas muertas, en su mayoría civiles. Ciudades arrasadas, genocidios industrializados, continentes traumatizados. El silencio no evitó la guerra: la hizo posible.

Hoy, la escena se repite con otros nombres y la misma impunidad. Benjamin Netanyahu conduce una devastación sostenida sobre Gaza con respaldo militar, financiero y político de Estados Unidos. A comienzos de 2025, más de 70.000 palestinos han sido asesinados, y las proyecciones —incluida la advertencia de la relatora franco-albanesa— elevan la cifra potencial hasta 680.000 víctimas. La mayoría son mujeres, niños y población civil. Millones han sido desplazados. No se trata solo de muerte: se trata de expulsión, de limpieza territorial.

Como lo advirtió Gustavo Petro, Palestina es hoy el experimento: lo que se prueba allí puede replicarse mañana en otros pueblos del mundo. El mundo emite comunicados tibios, pide “moderación”, habla de “complejidades”. Y calla ante lo esencial. Ese silencio vuelve a operar como permiso.

Donald Trump entendió esta lógica y la perfeccionó: fuerza sin pudor, desprecio por el derecho internacional, transacciones presentadas como destino. Bajo su gobierno, Estados Unidos bombardeó o atacó directamente Siria, Afganistán, Irak, Yemen, Somalia y Libia, y sostuvo operaciones militares y ataques indirectos en Nigeria. Cuando el poder se sabe impune, avanza. Primero bombardea, luego explica. Primero arrasa, luego nombra.

La imagen del poder caminando entre ruinas no es metáfora: es método. Arriba, trajes; abajo, ciudades pulverizadas. La muerte convertida en paisaje administrable.

El botín tampoco es abstracto. Venezuela está marcada por su petróleo y su gas: sanciones, asfixia económica y amenaza permanente. Luego aparece Groenlandia, codiciada por sus minerales estratégicos, tierras raras y su ubicación clave en el control del Ártico. Y después Colombia: agua dulce, biodiversidad, territorios militarizados, energía y mano de obra barata. El orden del saqueo siempre avanza del silencio a la ocupación.

¿Qué falta? Decisión política global. Romper la sumisión. Desconocer el secuestro del derecho internacional por el Consejo de Seguridad de la ONU, dominado por vetos imperiales, y otorgar fuerza jurídica vinculante a la Asamblea General de la ONU, donde participan democráticamente todos los países del mundo. Pero al planeta le falta valentía y le sobra obediencia frente a las potencias.

La historia enseña una lección simple y brutal: cuando el mundo calla, el verdugo entiende. Y actúa. Callar ante la anexión fue abrir la puerta a la guerra. Callar ante el genocidio es empujarla otra vez. Porque el silencio no es neutral: es una decisión política. Y sus consecuencias siempre caen sobre los mismos cuerpos.

 

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La derecha quedó gringa

La derecha soñó con una intervención de Estados Unidos que barriera al chavismo y despertó con resaca: el chavismo sigue intacto y la oposición quedó mirando el techo. No quedó María Corina Machado, no quedó ningún héroe exportable; quedó el mismo aparato de siempre, ahora con traje de administrador.

El episodio fue raro desde el inicio. Nicolás Maduro apareció en Nueva York, tranquilo, saludando en inglés y deseando feliz año, no como víctima de una agresión. Al mismo tiempo, Delcy Rodríguez estaba en Moscú, conversando —¿de qué?— mientras en Caracas todo seguía en “normalidad”. Muy poco épico para una guerra y demasiado ordenado para no oler pactos comerciales debajo de la mesa.

Ni China ni Rusia enviaron mensajes contundentes. Silencio diplomático, tono bajo, nadie rasgándose las vestiduras. Y eso dice más que mil comunicados: cuando el negocio manda, el ruido estorba. Celebran algunos el “secuestro”, pero olvidan el detalle incómodo: queda el chavismo, con Delcy al frente y su entorno —Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López— llamando a la calma, no a la protesta permanente.

Washington, por su parte, no habló de elecciones ni de alternancia. Habló de administrar. Porque, si se hila fino, lo que importa es el petróleo; y ese negocio no camina con guerra civil entre oposición y chavismo. Resultado: la oposición fue descartada y la “democracia” quedó para después. A María Corina le dijeron “gracias por participar”; Edmundo Castillo ni apareció en el guion.

El remate fue cómico: la derecha regional borrando tuits a la carrera —Paloma Valencia incluida— y la prensa sin saber qué decir. Donald Trump dicta, el comercio manda, el chavismo administra… y la derecha, confundida, aprende una lección vieja: cuando manda el negocio, la ideología hace fila.

 

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La justicia en helicóptero: colonialismo, derecho internacional y Venezuela

Desde que comenzaron a circular versiones sobre una supuesta incursión militar de Estados Unidos en Venezuela y la “captura” de Nicolás Maduro, el debate se llenó de gritos, aplausos prematuros y celebraciones irresponsables. Pero conviene hacer lo que casi nadie quiere hacer en medio del ruido: confrontar los hechos para determinar si se ajustan o no al derecho internacional, con política real y con algo que hoy escasea más que el petróleo: sentido histórico. Lo primero que hay que decir, sin rodeos, es que lo ocurrido el 3 de enero de 2026 en Venezuela no se ajusta al derecho internacional. No hubo captura confirmada, no hubo operación reconocida, no hubo transición alguna. Lo que sí hubo fue una avalancha de propaganda, especulación y deseo disfrazado de noticia.

Y aun así, el ejercicio sirve, porque revela algo más profundo. Si una captura de Nicolás Maduro de ese tipo hubiese ocurrido sin autorización expresa del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, sin un proceso formal de extradición y mediante el uso de la fuerza en territorio soberano, estaríamos ante un problema jurídico mayúsculo. No importa cuánto odio despierte Maduro ni cuántos crímenes se le atribuyan: la soberanía estatal no es una opinión, es un principio fundante del orden internacional. La Carta de la ONU prohíbe el uso unilateral de la fuerza. El derecho internacional no autoriza la “justicia por comando”. Incluso los criminales tienen procedimiento, porque cuando el procedimiento se rompe, lo que cae no es solo un gobierno, sino la norma que protege —o debería proteger— a todos.

Pero hay algo todavía más grave que la fantasía de la captura: el saqueo abierto. En ninguna parte del derecho internacional existe una figura que permita a una potencia apropiarse de los recursos naturales de otro país, administrar su petróleo, “custodiarlo” o gestionarlo mientras llega un gobierno más conveniente. Eso no se llama transición: se llama colonialismo puro y duro, con helicópteros o sin ellos. La apropiación de recursos naturales mediante amenaza o uso de la fuerza constituye una violación del derecho internacional humanitario, del principio de autodeterminación de los pueblos y del derecho permanente de los Estados sobre sus riquezas naturales. Dicho sin eufemismos: son crímenes internacionales.

Desde la política real, además, no hay justicia sino poder. No jueces, no tribunales, no debido proceso: decisión geopolítica desnuda. Gana el más fuerte, no el mejor argumento jurídico. Estados Unidos no actúa como garante del derecho, sino como potencia que impone hechos consumados. Llamar a eso “liberación” es propaganda; confundirlo con justicia, una ingenuidad peligrosa.

En el plano moral aparece la trampa más cómoda: como Maduro es un dictador, entonces cualquier cosa está bien. Falso. Como cayó —o como se desea que caiga— entonces fue correcto. Falacia. La ilegitimidad de un régimen no convierte automáticamente en legítima una intervención armada ni un saqueo económico. Un criminal puede caer, sí, pero el método puede seguir siendo ilegal, inmoral y profundamente destructivo. Celebrar el resultado imaginado sin mirar el camino es la forma más rápida de justificar cualquier barbaridad futura.

Y aquí está lo verdaderamente inquietante: el precedente. Si hoy se normaliza la idea de que una potencia puede intervenir, capturar, administrar recursos y rediseñar países a su antojo, mañana cualquiera podrá hacerlo. Se rompe la arquitectura mínima del orden internacional construida tras la Segunda Guerra Mundial precisamente para evitar esto. La ley del más fuerte vuelve a mandar, y lo hace sin vergüenza.

Más grave aún es el silencio. La Organización de los Estados Americanos calla. La ONU calla. La Corte Penal Internacional calla. El derecho internacional, creado para frenar el horror, hoy parece no servir para nada cuando el infractor es el poderoso. No es que las normas no existan: es que no se aplican.

Por eso resulta tan alarmante que los candidatos presidenciales de la derecha colombiana, y el mismísimo Álvaro Uribe Vélez, hayan salido a felicitar con entusiasmo a Donald Trump. No solo están en un error jurídico y político monumental; representan un peligro real para la democracia colombiana. Porque quien aplaude el colonialismo ajeno hoy, justificará el autoritarismo propio mañana. Quien celebra la violación del derecho internacional cuando le conviene, terminará celebrando la violación de la Constitución en casa. Duele decirlo, pero hay que decirlo: no están defendiendo la democracia, están enseñando —con sonrisa y aplausos— cómo destruirla.

 

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Dejaron viendo un chispero a María Corina Machado

Durante meses, María Corina Machado fue presentada como el rostro exportable de la “libertad” venezolana: bien peinada, bien traducida, bien aplaudida. La pasearon por foros internacionales, la subieron al decorado del Nobel —ese teatro donde la paz suele aplaudirse antes de las guerras— y la envolvieron en un espectáculo de salvación democrática que pedía, sin sonrojo, invasión extranjera como método de liberación. Todo muy serio, muy solemne. Hasta que el poder real habló. Y la dejó viendo un chispero.

El mensaje vino de Donald Trump. No hubo mención, ni llamada, ni palmada en la espalda. Trump fue explícito: no ha hablado con Machado y ella no lidera porque “no tiene el apoyo de todos”. En una frase, Washington resolvió que la figura cuidadosamente inflada no servía para gobernar. El show terminó. Se apagaron las luces. El Nobel, al parecer, no gobierna.

Queda la pregunta —maliciosa, inevitable— de si Trump nunca superó que el Premio Nobel de la Paz (o de la guerra, como mejor debería llamarse) se lo dieran a Machado. ¿Fue ese el desquite? ¿Dejarla subir al escenario para luego recordarle que los premios no mandan y que el poder no se entrega con diplomas sino con acuerdos?

Mientras Machado pedía intervención militar en nombre de la libertad —esa libertad que siempre llega en bombardero— Trump anunciaba otra cosa: Estados Unidos administrará Venezuela, llevará petroleras estadounidenses, controlará el petróleo y definirá la transición. No habló de democracia ni de elecciones. Habló de administración, de control y de fuerza. Venezuela, en su relato, dejó de ser país y pasó a ser inventario.

Entonces apareció el nombre verdadero del poder. Trump confirmó conversaciones previas entre su secretario de Estado, Marco Rubio, y la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Según él, ella habría dicho: “haremos lo que necesiten”. No fue diplomacia. Fue subordinación con modales. Trump incluso sostuvo que, al haber sido electa vicepresidenta bajo el mandato de Nicolás Maduro, es ahora quien gobierna. La transición, en su voz, no nace del voto ni del consenso interno, sino del aval de Washington.

Ahí se cayó la máscara. La transición no era con la oposición “democrática”, ni con el rostro pulido para Europa. Era sin Maduro, pero con el chavismo en el poder. Una salida pactada desde adentro, con petróleo de por medio y continuidad institucional garantizada. Exactamente lo que meses atrás se rumoreó: una negociación de Delcy Rodríguez y su hermano Jorge para una transición sin Maduro, pero sin ruptura del régimen. Cambiar el conductor, no el vehículo.

María Corina Machado fue útil mientras sirvió para legitimar el discurso de invasión, pedir sanciones y aplaudir la fuerza extranjera como redención. Cuando llegó la hora de decidir quién manda, la apartaron sin ceremonia. El Nobel fue escenografía. La presidencia, otra cosa.

Y surge otra pregunta incómoda, ahora del otro lado de la frontera: ¿la derecha colombiana, tan entusiasta de los bombardeos ajenos, pedirá ahora que derroquen a la “chavista” Delcy Rodríguez? ¿Se atreverá a ir en contra de la decisión de Trump o, como siempre, ajustará el discurso para aplaudir lo que venga de Washington?

Al final, lo de Maduro no fue derrota militar ni caída popular: fue traición. Una salida negociada, acordada con antelación, donde unos entregaron y otros administran. Y Trump lo dijo sin pudor, como quien dicta un editorial definitivo: “Nuestros adversarios están notificados de que Estados Unidos puede imponer su voluntad en cualquier lugar”.

Así terminó el espectáculo. Machado quedó mirando el chispero. Delcy gobierna. Estados Unidos manda. Y Venezuela paga el precio de una transición hecha sin pueblo, sin soberanía y con petróleo como garantía.

#DonaldTrump #EEUU #Venezuela

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La declaratoria de invasión de Donald Trump en Venezuela

Las guerras del siglo XXI ya no siempre empiezan con un misil. A veces comienzan con una frase dicha frente a micrófonos. Donald Trump habló y convirtió la retórica en doctrina: Estados Unidos puede imponer su voluntad “en cualquier lugar”. No fue un exceso verbal. Fue una declaratoria de invasión.

Trump afirmó que Estados Unidos “administrará” Venezuela porque, según él, “no hay quien tome el poder”. Dijo que Washington no puede retirarse, que gobernará “de manera apropiada y profesional” mientras se define una transición. En su relato, Venezuela dejó de ser un país soberano para convertirse en un territorio tutelado.

Confirmó que hubo conversaciones previas entre su secretario de Estado, Marco Rubio, y la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Según Trump, ella habría dicho: “haremos lo que necesiten”. No describió diplomacia, describió subordinación. Fue más lejos: sostuvo que, al haber sido electa vicepresidenta bajo el mandato de Nicolás Maduro, es ahora quien gobierna. La transición, en su voz, no nace del voto ni del consenso interno, sino del aval de Washington.

También negó haber hablado con María Corina Machado y la descartó como liderazgo porque “no tiene el apoyo de todos”. En una frase, Estados Unidos decidió quién sí y quién no puede encabezar el país. La soberanía quedó reducida a una opinión externa.

Luego vino el petróleo. Trump lo dijo sin rodeos: Estados Unidos llevará a sus petroleras a Venezuela y administrará el crudo. No habló de cooperación ni de acuerdos multilaterales, habló de control directo. Las empresas estadounidenses, dijo, entrarán para “reconstruir” la industria energética mientras su gobierno administra los recursos estratégicos. El petróleo dejó de ser riqueza nacional para convertirse en garantía de ocupación: razón suficiente para quedarse, gobernar y mandar.

El mensaje no se detuvo en Caracas. Trump lanzó una amenaza directa al presidente de Colombia, Gustavo Petro: “tendrá que cuidar su trasero”. No es metáfora diplomática; es lenguaje de intimidación. América Latina entera quedó advertida.

La frase que lo resume todo fue dicha sin pudor: “Nuestros adversarios están notificados de que Estados Unidos puede imponer su voluntad en cualquier lugar”. Con esas palabras, Trump enterró el derecho internacional, borró la autodeterminación de los pueblos y declaró que la fuerza sustituye a la ley.

Así se anuncia hoy una invasión: con petróleo, micrófonos y soberbia. No necesita cascos azules ni resoluciones de la ONU. Basta un presidente diciendo que puede gobernar donde quiera. Y cuando eso ocurre, no solo invade a Venezuela: pone al mundo entero bajo amenaza.

 

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Movilización urgente contra la guerra en Venezuela

Este sábado 3 de enero, a la 1:00 p. m., en el Parque Lafayette, frente a la Casa Blanca, el pueblo estadounidense que no está de acuerdo con Donald Trump ni con la guerra sale a las calles para rechazar los bombardeos y cualquier intento de invasión a Venezuela.

La protesta denuncia la violencia imperial, el uso de la guerra como herramienta política y la agresión a un país soberano. El mensaje es claro: no en nuestro nombre, no a la guerra, sí a la paz y al respeto de los pueblos.

Trump bombardea Venezuela y amenaza a América Latina

Cuando el imperio se acorrala

Cuanto más acorralado se encuentra Donald Trump por su propio pueblo —por las sombras que regresan desde la lista Epstein, por el rechazo que crece en las calles, por una legitimidad que se le escurre entre los dedos— más aprieta el gatillo lejos de casa. La historia lo repite como una mala costumbre: cuando el poder tiembla, busca un enemigo externo para disimular su derrumbe interno. Y hoy ese enemigo vuelve a ser Venezuela.

Las explosiones que sacudieron Caracas y el litoral central no cayeron del cielo por accidente. Según lo que se conoce hasta ahora, los ataques se concentraron en áreas estratégicas: instalaciones militares en la capital, puntos del estado La Guaira, zonas del eje metropolitano. Aviones a baja altura, columnas de humo, el sobresalto de una ciudad que aprende —otra vez— a vivir con el miedo. No hay confirmación independiente de capturas ni de “golpes quirúrgicos” impecables; lo que sí hay es ruido de guerra y un libreto viejo: petróleo, recursos naturales, control geopolítico.

Porque Venezuela no es solo un país: es una bóveda. Bajo su suelo descansan reservas que despiertan la codicia de quienes gobiernan con el cálculo frío de las ganancias. Y cuando la ambición se disfraza de “seguridad”, la guerra se vuelve negocio. Así empieza la invasión moderna: no siempre con tropas, a veces con titulares, sanciones, drones y promesas de “orden”.

Desde Colombia, la derecha más ruidosa no tardó en aplaudir. Celebran el bombardeo como si fuera un espectáculo ajeno, piden que el fuego cruce fronteras, fantasean con ver caer bombas sobre Bogotá como si la violencia fuera una solución exportable. Olvidan —o fingen olvidar— que cada guerra se cobra primero a los pobres, a las mujeres, a los niños; que ninguna bomba distingue ideologías cuando estalla.

Lo que se sabe, por ahora, es fragmentario y grave: ataques reportados en la capital y el litoral; acusaciones cruzadas; versiones oficiales sin verificación independiente; un clima regional que se enrarece. Lo que se intuye es peor: una oscura era de invasiones que amenaza a América Latina, donde los conflictos internos del norte buscan redención a punta de misiles en el sur.

La guerra, como siempre, llega envuelta en palabras nobles y termina dejando escombros. Y cuando pase el humo, quedará la pregunta incómoda: ¿quién gana cuando un imperio dispara para tapar sus propios fantasmas? Aquí, abajo, ya sabemos la respuesta.

 

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