NO KING: EL PUEBLO NORTEAMERICANO NO QUIERE REYES

“No queremos reyes”, gritaron los norteamericanos el 18 de octubre. Que nos quede claro también a nosotros, en Colombia: el pueblo estadounidense dijo en voz alta que no quiere a Donald Trump, ni el modelo autoritario y monárquico que la derecha sueña replicar aquí si gana en 2026.

Las calles se llenaron. Más de 7 millones de personas en 2.500 marchas ocuparon avenidas, parques y plazas de costa a costa: familias migrantes con niños, sindicatos, estudiantes, veteranos, comunidades que se han sentido silenciadas durante años. No se veía algo así desde las grandes movilizaciones contra la guerra o las oleadas por los derechos civiles. No era una manifestación electoral: era una defensa colectiva del principio mismo de la República.

El movimiento No King nació el 14 de junio como gesto de desobediencia civil y tomó fuerza hasta convertirse en una marea que reclamó la calle como el único tribunal legítimo. No tiene un solo líder; es la suma de voces que se niegan a ceder su soberanía a un individuo.

Pero antes de que las multitudes dieran un solo paso, el gobierno había trabajado para convertir la protesta en amenaza. En septiembre, la administración firmó una orden ejecutiva que calificaba a Antifa como organización terrorista doméstica. Fue un gesto político con consecuencias: expertos jurídicos y constitucionalistas advirtieron que no existe una herramienta clara en la ley estadounidense para designar como “organización terrorista” a un colectivo descentralizado y sin estructura formal —y por tanto señalaron que la medida carecía de la base legal que exige una decisión de ese calado. Es decir: se etiquetó y se estigmatizó sin la claridad legal necesaria.

Esa etiqueta no fue inocua. Antes de la jornada, se habló en voz alta de “agitadores infiltrados”, de “pro-Hamas” y de amenazas externas, construyendo un relato que sirviera para legitimar la represión. La respuesta del Estado fue desmesurada en muchos lugares: despliegues de la Guardia Nacional, presencia militar en avenidas, detenciones selectivas, uso de gases y cargas policiales. Lo que se estaba viendo no era solo control del orden público: era una ofensiva discursiva y práctica contra la protesta social. La Primera Enmienda —que protege la libertad de expresión y de reunión pacífica— fue puesta en jaque por una mezcla de ordenanzas, amenazas y prácticas que, en la realidad, cercenan el derecho a disentir.

Organizaciones como la ACLU —la Unión Americana de Libertades Civiles, principal entidad jurídica de defensa de derechos civiles y constitucionales en EE.UU.— levantaron la voz para recordar lo obvio: protestar es un derecho. Grabar a la policía, reunirse en una plaza, marchar con un cartel —todo eso está amparado. Sin embargo, la criminalización previa y la obstinada etiqueta de “terrorismo” hicieron que muchos manifestantes llegaran a la movilización con miedo, sabiendo que su presencia podía traducirse en una acusación, en vigilancia extrema o en la pérdida de libertades básicas.

A pesar de ello, la gente salió. Salieron quienes nunca habían marchado antes. Salieron quienes no tenían nada que perder salvo la dignidad. Salieron porque entendieron que la democracia —ese pacto frágil entre ciudadanos— se defiende con presencia y memoria, no con silencios complacientes.

Lo que ocurrió el 18 de octubre fue una reivindicación de cuerpos: ancianos que sostienen pancartas, madres que empujan carriolas por avenidas, jóvenes que gritan con la garganta ronca. Fue un recordatorio de que la soberanía popular no admite coronas.

Si la lección se mantiene y el pueblo norteamericano logra poner freno a la ambición monárquica que algunos intentan imponer desde la oficina más poderosa, ellos se salvan. Y quizá, con ellos, se salva la humanidad. Porque las democracias que se defienden son un respiro para el resto del mundo. Y bueno —que nadie se ofenda demasiado— si ese día llega, y si el tal mono anaranjado se va, el planeta podrá volver a dormir un poco más tranquilo.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La Nobel de Paz que aplaude genocidios

El mundo está al revés.

Tan al revés que una Nobel de la Paz felicita a un genocida.

María Corina Machado, coronada por el norte con la flor marchita del Nobel,

llamó por teléfono a Benjamín Netanyahu,

el mismo señalado por la ONU y la Corte Penal Internacional

de crímenes contra la humanidad,

el que bombardea hospitales,

el que hace del hambre un arma y del miedo un mapa.

Ella lo felicitó.

Y él —seguro— sonrió.

Y como si la farsa necesitara un segundo acto,

la Nobel dedicó su premio al “viejito héroe”,

a Donald Trump,

el cazador de migrantes,

el que ha ordenado asesinar a 27 personas en el Caribe,

acusadas sin pruebas de ser narcotraficantes,

el mismo que viajó en el “Lolita Express”

y carga sobre su nombre la sombra de la pedofilia y la impunidad.

Ese, sí, el viejito genocida.

No se lo dedicó a su pueblo venezolano,

no a las madres que entierran hijos bajo la indiferencia,

no a los que huyen, ni a los que resisten.

Se lo dedicó al verdugo.

Y el verdugo le devolvió el aplauso.

En Venezuela nadie celebró ese Nobel.

Porque no fue un premio a la paz,

sino un ensayo general de invasión.

Un ensayo de guerra con perfume de libertad en las vitrinas,

y olor a petróleo en las manos.

El mundo está en manos de los genocidas,

de los que matan con drones o decretos,

de los que se reparten la moral a puerta cerrada.

Pero todavía hay quienes no tragamos la mentira,

quienes sabemos que la paz no se da por decreto

ni se entrega envuelta en oro,

que la verdadera paz camina descalza

entre los pueblos que no se rinden.

Algo podrá hacerse.

Algo debemos hacer.

Porque si los asesinos son los premiados,

entonces la dignidad será el último refugio

de los que aún se atreven a mirar de frente

y decir, con voz de pueblo,

que el mundo no será justo

hasta que deje de premiar al crimen.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Corte Constitucional ordena a Miguel Polo Polo pedir disculpas a las madres de los falsos positivos

Un día, un congresista con nombre de eco y arrogancia decidió que la memoria le estorbaba.

Miguel Polo Polo, así se llama, pero podría llamarse infamia, crueldad o uribismo,

porque detrás de su voz se escuchan las risas viejas del poder que mandó a matar y luego negó todo.

En el Congreso, frente a los retratos de la patria,

arrancó las botas del homenaje a los falsos positivos:

las botas de los muchachos que fueron engañados, asesinados y presentados como guerrilleros muertos en combate.

Las metió en bolsas negras, como si fueran basura.

Grabó el acto. Lo celebró.

No midió que esas botas eran los pasos de miles de madres que aún buscan justicia.

La Corte Constitucional habló.

Dijo que su gesto fue una violencia simbólica,

que rompió el derecho a la memoria,

y le ordenó pedir perdón a las madres,

devolver lo que destruyó y reconocer la verdad.

Y sin embargo, las madres siguen.

No con odio, sino con dignidad.

Con los pies firmes sobre la tierra que guarda a sus hijos.

Con la voz gastada de tanto repetir sus nombres.

A pesar del desprecio, de los insultos y de la indiferencia,

ellas siguen exigiendo justicia.

Siguen pidiendo que el país mire su vergüenza a los ojos.

Polo Polo representa a los que dispararon y a los que callaron,

a los que dieron la orden y a los que aplaudieron el crimen.

Representa la maldad, la impunidad

y ese vertedero de sangre que el uribismo quiere volver a llamar Colombia.

Pero las madres no se rinden.

Porque donde el poder pone miedo, ellas siembran memoria.

Y donde los verdugos levantan la voz, ellas responden con verdad.

Las madres no olvidan.

Las madres no se cansan.

Las madres no se arrodillan.

 

Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz

¿Y si Petro hiciera lo del Pentágono?

Se imaginan ustedes, queridos lectores, el escándalo de proporciones bíblicas que se armaría si Gustavo Petro —ese ogro socialista de izquierda que, según la prensa bogotana, desayuna odio y cena revolución— decidiera imponer a los periodistas un reglamento semejante al que acaba de decretar el Pentágono en la muy democrática y muy libre Estados Unidos.

Imagínense al presidente colombiano exigiendo que cada periodista que cubra la Casa de Nariño firme un papel comprometiéndose a no publicar información “no autorizada”, so pena de ser judicializado. O, dicho en criollo, a no contar nada que el poder no quiera que se sepa. ¡Ah, los editoriales inflamados que veríamos en los diarios de siempre! El Tiempo hablaría de “una amenaza inédita contra la libertad de prensa”. Semana publicaría una portada con Petro vestido de Chávez, de Maduro o, si están especialmente creativos, de Stalin con poncho. Y La W Radio abriría cada mañana con una misa cívica por la Constitución ultrajada.

Pero claro, como esto no ocurrió en Bogotá sino en Washington, la cosa se llama “nueva política de seguridad informativa”. En el Pentágono —ese templo donde se fabrican guerras con la misma naturalidad con la que aquí se fabrican titulares— decidieron que los periodistas solo podrán entrar si aceptan ser escoltados, vigilados y, de paso, censurados. Podrán ser judicializados y perder sus credenciales si se atreven a publicar algo no “autorizado”. Decenas de medios como The New York Times, Reuters o CNN prefirieron entregar sus credenciales antes que firmar el pacto del silencio. Solo uno aceptó las condiciones: One America News Network, la cadena favorita de Trump y de las teorías de conspiración.

En Colombia, basta que Petro dé una rueda de prensa sin invitar a RCN para que le griten “dictador”. Pero cuando en Estados Unidos los periodistas son literalmente expulsados del Ministerio de Defensa, los mismos opinadores que aquí lloran por la libertad de prensa callan con una discreción casi diplomática. Porque allá —como todo lo que viene del norte— la censura tiene nombre elegante: “protocolos de seguridad nacional”.

Lo paradójico es que al que censuran es al propio presidente Petro: no puede hacer sus alocuciones presidenciales ni presentar su consejo de ministros en los canales públicos, mientras que a Iván Duque lo dejaban todos los días jugar con caritas tristes y felices y con su jugo de naranja, diciendo bobadas en horario prime.

Y si Petro alguna vez intentara hacer algo así, no se preocupen: no alcanzaría a firmar el decreto. Para cuando llegara a la palabra “considerando”, ya tendríamos marchas, comunicados, sanciones internacionales y tres editoriales pidiendo su renuncia.⁸

Mientras tanto, el Pentágono calla a la prensa y nadie dice ni pío. La libertad —como la democracia— parece ser un lujo que solo se reclama cuando conviene.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Golpes silenciosos a la democracia en Colombia

El próximo 26 de octubre, millones de colombianos acudirán a las urnas para participar en la consulta del Pacto Histórico. Sin embargo, esta jornada electoral llega marcada por una serie de decisiones institucionales que, aunque presentadas como técnicas, tienen profundas implicaciones políticas.

El Consejo Nacional Electoral (CNE) decidió, a última hora, no autorizar el uso del logo del Pacto Histórico en los tarjetones. El argumento: la fusión de los partidos que integran la coalición no está formalmente consolidada.

Pero detrás de esa justificación administrativa hay una consecuencia política evidente: la eliminación de un símbolo colectivo. El logo no es una simple imagen; representa una identidad construida a lo largo de años de lucha por la justicia social y la dignidad. Al desaparecerlo del tarjetón, se diluye la memoria de quienes creyeron posible otro país.

El CNE también negó la fusión formal del Pacto Histórico, dejando por fuera a Colombia Humana —el movimiento del presidente Gustavo Petro— y a Progresistas, bajo argumentos que podrían haberse subsanado fácilmente.

En la práctica, esta decisión impide que la izquierda participe como un bloque unificado, a pesar del mandato popular que le dio origen. Lo que debió ser un trámite de integración se convirtió en una barrera burocrática.

A estas medidas se suma una decisión reciente de la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC): prohibir las alocuciones presidenciales. Bajo el argumento de “equilibrio informativo”, se restringe la posibilidad del presidente de dirigirse al país, justo en un contexto electoral clave. Esta limitación equivale a una forma de censura institucional. Silenciar al jefe de Estado en medio de una disputa política por el rumbo del país no garantiza neutralidad: consolida un desequilibrio.

Pero quizá la situación más grave pasa inadvertida.

El diseño actual del tarjetón para la consulta del 26 de octubre plantea que se elige candidato a la Presidencia de la República, no precandidato. Esto significa que quien gane no podrá participar en la consulta ampliada del Frente Amplio en marzo, ya que jurídicamente habría sido proclamado candidato presidencial.

El resultado: una trampa legal que fragmenta al campo progresista y pone en riesgo su participación en la contienda definitiva.

Además, los precandidatos que hoy se presentan podrían incurrir en doble militancia, quedando inhabilitados para competir en marzo. Un detalle técnico con efectos políticos devastadores.

En conjunto, estas decisiones —la exclusión del logo, la negación de la fusión, la censura de las alocuciones y el error en el tarjetón— no son hechos aislados. Responden a un mismo patrón: el uso del aparato institucional para restringir la participación y debilitar la unidad del movimiento social y político que representa el cambio.

La Registraduría y el Consejo Nacional Electoral, hoy dominados por sectores conservadores, actúan como árbitros y jugadores al mismo tiempo. Bajo la apariencia de legalidad, están configurando un escenario electoral desequilibrado, donde la derecha mantiene el control a través de procedimientos, no de votos.

La violencia política ya no siempre se expresa con amenazas ni con balas. También opera desde los escritorios, a través de resoluciones, plazos y formularios. Es una violencia administrativa, diseñada para desgastar, confundir y desmovilizar.

Una democracia no se destruye de un día para otro. Se erosiona lentamente, con decisiones que parecen técnicas pero que minan su esencia: el derecho ciudadano a elegir libremente y a reconocerse en un proyecto común.

Si no se corrige el tarjetón, si no se permite la fusión y si se mantiene el veto a la comunicación presidencial, el país se encamina hacia unas elecciones desiguales, donde las reglas del juego están diseñadas para que gane quien nunca ha dejado de tener el poder.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Hernán Echavarría Olózaga y el secuestro de Piedad Córdoba: la sombra del paramilitarismo en la élite empresarial colombiana

Hernán Echavarría Olózaga, nacido en Medellín en 1911, es ese personaje que aparece en los libros de historia con título académico, cargos públicos y reconocimientos que harían sonrojar de envidia a cualquier mortal. Ingeniero, economista, ministro, embajador, cofundador de universidades y filántropo declarado, Echavarría parecía el prototipo del “hombre de bien” que Colombia necesitaba.

Pero, bajo el saco impecable y la corbata de seda, se escondía un matón más en la historia de este país. Porque claro, no hay condena judicial que lo toque: se murió, y con él, los secretos y las sombras de sus negocios quedaron bien protegidos.

Y vaya que estos secretos tenían nombres: Sindicato Antioqueño, hoy rebautizado con su sigla elegante y moderna, GEA, donde se aliaron familias como los Echavarría, Saldarriaga, Uribe y Restrepo para consolidar poder económico y político en el país. Ese mismo sindicato que, según los exparamilitares que hablan en los informes de la Comisión de la Verdad, permitió que la violencia armada floreciera mientras los negocios se protegían.

Porque en Colombia ser “gente de bien” significa, entre otras cosas, dirigir empresas, cofundar fundaciones y, de vez en cuando, aparecer en cartas a comandantes paramilitares como Carlos Castaño, preocupándose de que la senadora Piedad Córdoba no quede libre. La sentencia relacionada con este caso menciona a Hernán Echavarría Olózaga como actor intelectual en los hechos, aunque, por su muerte, no se le condenó. Testimonios de exparamilitares y documentos judiciales lo señalan como parte de la maquinaria que permitió estos crímenes.

No contento con esto, la familia Olózaga-Mesas también se extendió a la agroindustria en Urabá, con Banafrut y otras exportadoras de banano, zonas históricamente bajo influencia paramilitar, según varios informes de organizaciones de derechos humanos y memoria histórica. Los negocios de la familia financiaron el paramilitarismo en Urabá a través de la empresa.

Y, por si alguien tenía dudas sobre su lado político, Hernán Echavarría Olózaga también apoyó la campaña de Álvaro Uribe en 2002, a través de la fundación Renacimiento, y fue parte de la creación del movimiento político Patria Nueva. Porque la filantropía y la política siempre caminan de la mano en la versión más elegante de la oligarquía.

En resumen, esta es la gente de bien en Colombia: títulos, cargos, reconocimientos, fundaciones, empresas, apoyo paramilitar según testimonios y respaldo político a campañas presidenciales. Todo empaquetado con un nombre que suena a respeto, pero que debajo guarda lo que los historiadores llamarían con sarcasmo: matonería empresarial con sonrisa diplomática.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Justicia para la niña Emberá: no más silencio ante la barbarie

Circula un video que jamás debió existir.

Ocho hombres indígenas violan a una niña Emberá. La someten entre risas, mientras ella llora, mientras intenta resistir. La naturaleza es testigo muda de un crimen que destroza el alma. Por la presión de las redes y del clamor colectivo, la Confederación Nacional de los Pueblos de la Gran Nación Emberá (CONNPEC) reconoció que la víctima pertenece a su pueblo y condenó el hecho. Pero su pronunciamiento es insuficiente. La niña sigue desprotegida. Los agresores siguen libres.

¿Dónde está el Estado?

¿Dónde está la justicia indígena?

¿Dónde está la Fiscalía?

Exigimos acciones inmediatas.

La justicia indígena y la Fiscalía General de la Nación deben actuar con debida diligencia, proteger a la niña, investigar sin dilación y llevar ante la justicia a los responsables. No hay autonomía ni cultura que justifique una violación. No hay tradición que valga más que la vida y la dignidad de una mujer.

Cada día que pasa sin justicia es una nueva agresión.

Cada silencio institucional es complicidad.

Esa niña podría ser tu hija, tu hermana, tu nieta.

Y su dolor nos duele a todas.

No permitamos que quede sola.

No permitamos que la barbarie se normalice.

Exigimos justicia, protección y verdad.

Por ella.

Por las mujeres Emberá.

Por todas las niñas de Colombia.

 

Corporación Justicia y Dignidad

 

#JusticiaParaLaNiñaEmberá

#NiUnaMenos #ViolenciaSexual

Violación colectiva en el Cauca: mujer indígena violentada por ocho hombres exige justicia

Circula por los teléfonos del Cauca un video que quisiéramos no haber visto nunca. Ocho jóvenes indígenas acceden carnalmente a una mujer indígena. La escena ocurre en medio del monte: hay árboles, piedras, risas de ellos, llanto de ella. La sostienen, le tapan la boca, la desnudan. Nadie detiene la barbarie. Nadie interrumpe el horror.

En esa imagen —que se repite y se reenvía como una herida— está condensada una tragedia que el país se ha negado a mirar de frente: la violencia sexual que padecen mujeres y niñas indígenas en los territorios, amparada por un silencio cómplice, por sistemas de justicia que miran hacia otro lado, por el miedo y por la impunidad.

Se rumorea que ocurrió en una comunidad indígena, pero aún no hay certeza del lugar. Lo que sí hay es una certeza absoluta: una mujer fue violentada, humillada, rota. Y el Estado debe protegerla. Urge atención médica, psicológica, jurídica. Urge que se respete su dignidad, que no sea revictimizada, que no la callen, que no la culpen.

Los responsables deben estar tras las rejas. Ninguna jurisdicción, ni indígena ni ordinaria, puede ser excusa para la impunidad. En demasiadas ocasiones, la justicia indígena ha sido indulgente con los agresores sexuales, invocando la “armonía comunitaria” mientras el cuerpo de las mujeres queda deshecho, y la justicia ordinaria tampoco ofrece refugio: ahí también reina el olvido, la lentitud, la burla a las víctimas.

No hay cultura, costumbre ni territorio que justifique una violación.

No hay fuero que autorice el silencio.

No hay autonomía que valga más que la vida y la dignidad de una mujer.

Que esto no vuelva a pasar.

No en el Cauca, no en Colombia, no en ningún rincón del mundo.

Porque callar ante esta infamia es repetirla.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La paz se impone cuando te inventas la guerra: cómo Estados Unidos e Israel fabrican el fin de su propio genocidio

En la foto oficial, hay sonrisas y manos que se estrechan. En la ciudad que quedó hecha de polvo y huesos, no hay sonrisas: hay entierros que se multiplican y niños que ya no saben su nombre.

Esa es la distancia entre una foto en Sharm el-Sheij y la realidad de Gaza: una puesta en escena para decir que algo terminó, cuando en verdad la maquinaria de destrucción sigue intacta.

Estados Unidos no es un “facilitador neutral”: es el arsenal, la caja fuerte y el aval político. Desde el 7 de octubre de 2023 hasta septiembre de 2025, según un informe del Costs of War/Quincy Institute, EE. UU. ha destinado al menos 21.7 mil millones de dólares en asistencia militar a Israel en este ciclo de guerra.

Esa cifra no incluye los compromisos de venta de armas que seguirán pagándose durante años.

La intervención no es improvisada. Se sostiene en memorandos de entendimiento que garantizan miles de millones anuales: el acuerdo vigente compromete 38 mil millones de dólares en asistencia militar entre 2018 y 2028, una estructura que convierte la relación bilateral en una transferencia constante de poderío letal.

Si alguien creyó que las bombas serían sustituidas por proyectos de reconstrucción y justicia, la realidad lo desmiente.

La guerra fue fabricada por Israel y sostenida por Estados Unidos; y cuando quien fabrica la guerra decide “pararla”, lo hace bajo sus propios términos: con su narrativa, su control y su impunidad.

Conviene recordarlo: Hamás fue una creación de Israel para debilitar a la OLP. Esa historia debe decirse sin titubeos para entender cómo una guerra se inventa, se administra y se usa para desplazar poblaciones, imponer proyectos inmobiliarios, apropiarse del gas palestino y hasta planear un canal que compita con el de Suez.

Mientras los discursos celebran un “alto el fuego”, en las calles empiezan a operar bandas armadas financiadas por Israel, al estilo del ISIS, que patrullan, saquean, amenazan y, en el peor de los signos, asesinan a quienes documentan la verdad.

El caso de Saleh Al-Jafarawi, periodista de 28 años abatido tras el supuesto cese al fuego, es la síntesis perversa de lo que ocurre cuando la violencia se privatiza y se legitima bajo el manto de la “seguridad”.

No hay paz si no hay reconocimiento.

No habrá paz duradera sin que Palestina sea reconocida como Estado soberano, sin que se garantice el retorno de los desplazados, sin que Gaza y Cisjordania sean reconstruidas bajo control democrático palestino y con supervisión internacional.

No hay paz mientras las bombas sigan cayendo ni mientras los responsables políticos sigan aplaudiendo en salones con aire acondicionado.

Donald Trump, Joe Biden y Benjamin Netanyahu deben responder ante la justicia internacional por genocidio.

Y no se trata solo de una condena moral: es una exigencia jurídica.

Quienes sostuvieron, financiaron y dotaron de herramientas a la máquina de muerte —políticos, gobiernos y corporaciones— deben rendir cuentas.

La historia no perdona a los arquitectos del exterminio.

Palestina no necesita discursos en primera plana; necesita justicia, reparación y reconocimiento.

Hasta entonces, las fotos de la paz seguirán siendo utilería para un teatro que tapa la realidad: muertos, niños sin escuela, hospitales destruidos y una ciudadanía que clama por soberanía.

Palestina merece ser libre.

Y la libertad será verdad cuando la comunidad internacional deje de financiar el látigo que hoy la golpea.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Ecuador en Llamas: El Pueblo Contra el Ajuste

Ecuador vive nuevamente días de tensión. Las carreteras bloqueadas, las comunidades movilizadas y el eco de los tambores indígenas retumban desde la Amazonía hasta los Andes. La chispa fue la eliminación del subsidio al diésel decretada por el presidente Daniel Noboa, una medida que disparó el precio del galón de combustible de 1,80 a 2,80 dólares. En un país donde gran parte de la economía depende del transporte, la agricultura y la pesca, la decisión se sintió como un golpe al corazón de los sectores más pobres.

La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) lidera el paro nacional. A ella se suman organizaciones campesinas, transportistas, ambientalistas y estudiantes. Juntos exigen no solo la restitución del subsidio, sino también una reducción del IVA, respeto a la consulta previa, freno a la expansión minera y garantías para los derechos humanos de los manifestantes. Su mensaje es claro: “no se puede hacer pagar la crisis a quienes menos tienen”.

En las calles, las protestas han dejado ya un saldo doloroso. El joven Efraín Fuerez, indígena kichwa de Imbabura, fue asesinado por impacto de bala durante una represión policial. Más de un centenar de personas han sido detenidas y decenas resultaron heridas, incluidos varios uniformados. Organizaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional, alertan sobre uso excesivo de la fuerza, detenciones arbitrarias y violaciones al derecho a la protesta.

La respuesta del gobierno ha sido declarar estado de emergencia en al menos doce provincias, militarizar zonas rurales y acusar a los manifestantes de estar infiltrados por el crimen organizado. Noboa defiende su decisión como una “medida necesaria” para reducir el déficit fiscal y evitar el contrabando de combustibles hacia países vecinos. Sin embargo, la estrategia de represión y criminalización solo ha avivado el fuego de la indignación popular.

En Quito, Cuenca, Imbabura, Cotopaxi, Pastaza y Sucumbíos, las comunidades resisten pese al despliegue militar. Los caminos se llenan de mujeres con wiphalas, jóvenes con carteles, ancianos que rezan. No protestan solo por el diésel: reclaman por un modelo económico que los excluye, por la soberanía alimentaria, por la dignidad.

Desde 2019, cuando Lenín Moreno enfrentó una revuelta similar, Ecuador no vivía una ola de movilización de esta magnitud. Hoy el país parece repetir su historia: un gobierno que ajusta desde arriba y un pueblo que responde desde abajo. Pero, como siempre, el costo lo pagan los mismos: los de las montañas, los del campo, los del río.

Mientras el gobierno insiste en el diálogo condicionado, las comunidades repiten una consigna ancestral: “¡La lucha sigue, porque la vida no se negocia!”

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo