Mientras escribíamos, apareció otro feminicidio en Colombia

Mientras escribíamos el artículo sobre Sandra Castro y Neila Figueroa Segura, mientras acomodábamos las palabras para no herir más de lo que ya estaba herido, apareció otro cuerpo. Otra mujer asesinada. Otro nombre que se suma a la lista que nunca deja de crecer. Esta vez fue Angie Carolina Rivera Garibello, 28 años, madre de tres hijos, encontrada sin vida en la Avenida Circunvalar de Garzón, Huila.

La noticia llegó como llegan siempre estas noticias: sin estruendo, sin sorpresa, con esa normalidad cruel que da la repetición. Mientras hablábamos de Engativá y de Cereté, mientras intentábamos explicar cómo una sobrevivió y la otra no, el país volvía a demostrar que la violencia contra las mujeres no descansa. No espera. No se conmueve con editoriales ni con minutos de silencio. Continúa.

Angie salió de su casa en una motocicleta con su compañero sentimental. Eso dicen los vecinos. Eso dicen los allegados. Dicen también que hubo un arma blanca, que hubo una discusión, que hubo una muerte. Las autoridades investigan. El presunto agresor no aparece. La historia se parece demasiado a otras historias: una mujer que intenta vivir, un hombre que decide que no puede hacerlo sin él, un Estado que llega después.

En Colombia, el feminicidio no irrumpe: avanza. Avanza por barrios, por veredas, por carreteras. Avanza de noche y de día. Avanza en enero, cuando todavía no se han guardado los adornos de Navidad. Avanza mientras se escriben artículos, mientras se emiten alertas, mientras se repiten cifras.

La Defensoría del Pueblo ya lo dijo: solo en la primera semana de 2026 se registraron 13 hechos de violencia extrema contra mujeres y personas con identidades de género no hegemónicas. Ocho feminicidios. Dos transfeminicidios. Dos tentativas. Una masacre. Y ahora, mientras escribimos, otro cuerpo más.

La pregunta no es cuántas faltan. La pregunta es qué podría hacer el Estado para evitarlo y por qué no lo hace.

Podría actuar antes de la muerte y no después del levantamiento del cadáver. Podría tomarse en serio las denuncias de control, de amenazas, de celos, de violencia previa. Podría garantizar medidas de protección reales y no papeles que nadie vigila. Podría entender que irse de una relación violenta es el momento de mayor riesgo y no dejar solas a las mujeres justo ahí. Podría coordinar justicia, salud, policía y protección social sin obligar a las víctimas a mendigar atención. Podría asumir que esto no es un asunto privado, sino una emergencia nacional.

Pero no lo hace. Y entonces las mujeres siguen apareciendo muertas mientras los textos se quedan cortos y el país se acostumbra.

Escribimos sobre Sandra. Escribimos sobre Neila. Ahora escribimos sobre Angie. Mañana, si nada cambia, escribiremos otro nombre. Y ese es el verdadero escándalo: que en Colombia el feminicidio no interrumpe la vida pública. La acompaña.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Sandra sobrevivió, Neila no: Colombia empieza 2026 con una ola de feminicidios

Sandra Castro sobrevivió.

Neila Figueroa Segura no.

Esa es la diferencia mínima, brutal, arbitraria, que separa la vida de la muerte cuando la violencia machista decide instalarse en una casa y convertirla en campo de batalla. No hay azar. Hay antecedentes. Hay control. Hay amenazas. Hay una cadena de omisiones que empieza mucho antes del primer golpe y termina siempre después, cuando el Estado llega tarde y la justicia redacta comunicados.

El primero de enero, mientras el país estrenaba año y los discursos hablaban de nuevos comienzos, Sandra estaba en su casa, en Engativá. No celebraba nada. Estaba intentando irse. Había decidido terminar una relación marcada por los celos, la vigilancia y el control. Decidir irse, en Colombia, sigue siendo uno de los actos más peligrosos para una mujer.

César Camilo Aldana Vargas, su esposo, decidió que ella no se iba. La atacó con un arma blanca frente a sus dos hijos. Cincuenta y cinco veces. Después recogió objetos personales y huyó. Como si la violencia fuera un trámite. Como si el cuerpo de Sandra no estuviera desangrándose en el piso. Como si los niños no hubieran aprendido, en cuestión de minutos, que el hogar puede volverse una trampa.

Sandra vive. Vive conectada a tubos, con un pulmón perforado y una lesión grave en la tráquea. Vive porque su cuerpo resistió lo que el sistema no previno. La Fiscalía habla de tentativa de feminicidio. Los hijos hablan de miedo. El expediente avanza. La vida de Sandra pende de cuidados intensivos y de una justicia que siempre corre detrás de los hechos.

Neila Figueroa Segura tenía 33 años y vivía en Cereté, Córdoba. El domingo 11 de enero, al mediodía, discutió con su compañero sentimental en el barrio El Cañito. No fue una discusión extraordinaria. Fue una de esas discusiones que se repiten, que se normalizan, que el entorno aprende a no escuchar. Hasta que el hombre sacó un arma de fuego. Hasta que Neila cayó.

La auxiliaron. La trasladaron al hospital Sandiego. Llegó sin signos vitales. No hubo tiempo para tubos ni para titulares de “sobrevive de milagro”. Hubo muerte. Hubo captura. Hubo un nuevo nombre que se suma a una lista que no deja de crecer. En Cereté quedó una familia rota. En el país, otra mujer menos.

Sandra y Neila no se conocieron. No compartieron ciudad ni historia. Pero están unidas por un mismo patrón: violencia ejercida por hombres cercanos, en contextos íntimos, precedida por control, celos y dominación. La diferencia entre ambas no es estructural. Es apenas un hilo: una llegó viva al hospital; la otra no.

No son casos aislados. No son “hechos de intolerancia”. No son tragedias privadas. Son crímenes anunciados.

En la primera semana de 2026, la Defensoría del Pueblo documentó 13 hechos de violencia extrema contra mujeres y personas con orientaciones sexuales e identidades de género no hegemónicas en Colombia. Las cifras son exactas y no admiten eufemismos: 8 feminicidios, 2 transfeminicidios, 2 tentativas de feminicidio contra mujeres trans, 1 hombre gay asesinado y 1 masacre en Santander de Quilichao, donde tres mujeres fueron asesinadas en menos de 24 horas.

Boyacá, Antioquia, Valle del Cauca, Nariño, Cauca y Bogotá aparecen en el mapa. Casas, barrios, comercios y espacios comunitarios aparecen como escenarios. En la mayoría de los casos, los agresores eran parejas o exparejas. El patrón no es confuso. Lo que es confusa —o deliberadamente lenta— es la respuesta estatal.

Aquí no falta diagnóstico. No faltan alertas. No faltan informes. Falta acción. Falta urgencia. Falta asumir que la violencia machista no es un problema cultural ni un asunto privado, sino un problema político y de responsabilidad estatal.

La Defensoría fue clara: cada feminicidio es prevenible cuando el Estado actúa con oportunidad. Cuando no actúa —cuando minimiza denuncias, dilata medidas de protección, normaliza el control y llega solo para contar muertas— deja de ser un espectador y se convierte en corresponsable.

Sandra vive porque resistió.

Neila murió porque nadie llegó antes del disparo.

Entre una y otra hay un país que sigue llegando después. Después del cuchillo. Después del arma. Después del hospital. Después del entierro. Y mientras eso siga ocurriendo, hablar de “casos aislados” no es ignorancia: es complicidad.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Cayó Visbal. ¿Lafaurie, el esposo de Cabal, para cuándo?

Cayó Jorge Visbal Martelo.

No cayó de sorpresa. Cayó cuando ya no había dónde esconder la evidencia.

El ex presidente de la Federación Nacional de Ganaderos (Fedegán) y exembajador de Colombia en Canadá durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez fue capturado el pasado 6 de enero, luego de que la Corte Suprema de Justicia ratificara su condena a nueve años de prisión por financiar y hacer parte de las estructuras políticas del paramilitarismo, bajo el mando de Carlos Castaño Gil.

La sentencia no deja lugar a dudas. Según los jueces, Visbal Martelo —quien públicamente integraba comisiones de paz— asistía en privado a reuniones de promoción de los paramilitares, no como delegado institucional ni acompañado por otros miembros del Consejo, sino a solas, en fincas ubicadas en Tierralta, Córdoba, donde era visto compartiendo con Carlos Castaño, incluso ingiriendo bebidas alcohólicas con el máximo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

La justicia también estableció que Visbal acudía directamente a los jefes paramilitares para solicitar su presencia en zonas ganaderas con fuerte predominio guerrillero, promoviendo la idea de que las AUC garantizaran “seguridad” allí donde el Estado no llegaba o no quería llegar. No fue solo interlocución: impulsó la financiación de las AUC mediante el pago de los llamados “impuestos” que exigía la organización armada y formó parte del conocido “grupo de los doce”, un círculo de apoyo civil con el que los paramilitares estructuraban su proyecto político de copamiento del Congreso y de autoridades territoriales, como alcaldías y gobernaciones.

Visbal presidió Fedegán entre 1998 y 2005, los años más violentos del paramilitarismo, los del desplazamiento masivo, las masacres rurales y el despojo sistemático de tierras. Luego ocupó cargos diplomáticos: embajador de Colombia en Canadá entre 2004 y 2006, y embajador en Perú entre 2010 y 2012. La carrera pública avanzaba mientras el campo ardía.

Cuando Visbal cayó, no lo hizo solo. Cayó dejando una estela.

Durante esos mismos años, José Félix Lafaurie era Secretario General de Fedegán, el segundo hombre en la estructura del gremio, el encargado de la operación política y administrativa cotidiana. No un actor marginal. No un técnico distante. El núcleo del poder.

Hoy Visbal está condenado. Lafaurie sigue intacto. No porque la historia no los conecte, sino porque en Colombia la justicia camina con distinta velocidad cuando se acerca a las élites económicas.

Visbal intentó acogerse a la Jurisdicción Especial para la Paz. Dijo que quería aportar verdad. La JEP lo rechazó. No entregó verdad sustancial, no explicó las relaciones, no iluminó las responsabilidades estructurales. La reconciliación exige algo más que silencios bien administrados.

En su defensa apareció Abelardo De La Espriella, hoy precandidato presidencial, figura recurrente del uribismo, defensor habitual de políticos, militares y empresarios señalados por vínculos con estructuras criminales. No fue una coincidencia: fue coherencia de proyecto. En Colombia, el paramilitarismo no solo tuvo fusiles; tuvo abogados, micrófonos y tribunas políticas.

Exjefes paramilitares como Salvatore Mancuso han señalado reiteradamente la relación entre sectores ganaderos, Fedegán y el proyecto paramilitar. Periodistas, organizaciones de víctimas y procesos de justicia transicional han documentado cómo el terror reorganizó el territorio y favoreció la expansión de la gran ganadería. No todos los ganaderos empuñaron armas, pero muchos se beneficiaron del orden impuesto por quienes sí lo hicieron.

Nada de esto ocurrió al margen del poder político. El uribismo fue el paraguas institucional bajo el cual numerosos funcionarios, diplomáticos y dirigentes gremiales avanzaron mientras la criminalidad se normalizaba. No fue una desviación: fue un modelo. Seguridad, control territorial, silencios selectivos y ascenso político.

Ya como presidente de Fedegán, Lafaurie se convirtió en uno de los principales opositores a la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, defendiendo grandes propietarios, cuestionando reclamantes y desacreditando procesos judiciales. Siempre desde la trinchera. Nunca desde la duda.

Visbal es el caso cerrado. Lafaurie es la pregunta abierta.

Porque Visbal no fue una anomalía: fue parte de una estructura. Y cuando una pieza cae, la historia exige mirar el resto del engranaje.

Cayó Visbal.

¿Y la continuidad del poder gremial?

¿Y las responsabilidades que no prescriben en la memoria del campo arrasado?

La justicia ya habló en un caso. La verdad aún espera en los otros.

Esta es la criminalidad política de la derecha colombiana: la que quiere volver al poder en 2026, reciclada, indignada, negándolo todo, pero arrastrando la misma historia.

¿Lafaurie, el esposo de Cabal, para cuándo?

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La ICE de Donald Trump asesinó a una poeta

En una mañana gélida, de esas que parecen congelar incluso el aliento de los sueños, Renée Nicole Macklin Good, poeta, madre y ciudadana estadounidense de 37 años, fue asesinada por un agente del ICE mientras se encontraba dentro de su propio vehículo. No era el objetivo de ninguna redada. No tenía antecedentes penales. No portaba armas. Tenía hijos, versos y una vida común, esa que el poder suele considerar prescindible.

Renée había nacido en Colorado Springs, una ciudad de colinas abiertas y cielos largos. En sus redes sociales se describía con una ironía suave: “poeta, escritora, esposa, madre y guitarrista mediocre”. Estudió escritura creativa en la Old Dominion University y en 2020 recibió un premio de poesía. Sus amigos la recuerdan como una mujer generosa: té caliente, galletas recién hechas y conversación honesta para quien tocara su puerta.

Era madre de tres hijos: una adolescente de 15 años y dos niños de 12 y 6. El menor había perdido a su padre en 2023, y Renée —como tantas mujeres— sostuvo el duelo ajeno con el propio cuerpo, con palabras, con presencia. Criar, leer, escribir: resistir.

El 7 de enero, después de dejar a su hijo menor en la escuela, Renée regresaba a casa junto a su pareja cuando, en una calle nevada de Minneapolis, agentes del ICE ejecutaban una operación migratoria masiva. Ella no era buscada. No figuraba en ninguna lista. Quedó atrapada en un cerco que no la incluía, salvo como daño colateral.

Los videos conocidos muestran una escena devastadora: gritos, confusión, armas desenfundadas. Renée intenta alejarse. No se sabe si por miedo, por desconcierto, por puro instinto de supervivencia. Entonces un agente dispara contra su camioneta. Tres veces. Una bala impacta en su cabeza. Minutos después, Renée muere en el hospital.

La reacción fue inmediata y conocida. El Departamento de Seguridad Nacional y el propio Donald Trump afirmaron que la mujer intentó atropellar a los agentes. La narrativa de siempre: deshumanizar a la víctima, justificar la violencia, clausurar las preguntas incómodas. La más elemental de todas sigue sin respuesta: ¿por qué una poeta fue asesinada por un agente federal en su propio país?

No se trata de ideología. No es una disputa entre derechas e izquierdas. Es algo más crudo y más antiguo: violencia institucional, ejercida en nombre de la “seguridad”, administrada como procedimiento, ejecutada con balas. Un sistema que dispara primero y explica después. Un Estado que convierte la vida en riesgo aceptable.

Renée Nicole Macklin Good no era una amenaza. Era una mujer que escribía. Y precisamente por eso su muerte importa. Vivirá en sus versos, pero también en la memoria de quienes se niegan a aceptar que la justicia pueda vestirse de uniforme, apuntar y matar sin consecuencias.

Porque cuando el Estado asesina a una poeta, no solo se apaga una vida: se dispara contra la palabra misma.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Niña indígena asesinada en Caldono

El 3 de diciembre de 2025, en la vereda Ventiadero del resguardo indígena San Lorenzo, en el municipio de Caldono, Cauca, desapareció Karen Melissa Caviche Menza. Tenía 11 años, cursaba quinto grado y vivía entre montañas donde la infancia debería ser sinónimo de juego y resguardo, no de miedo. Desde ese día, su familia, docentes y autoridades comunitarias activaron la búsqueda. La comunidad caminó, preguntó, esperó. La esperanza, frágil, se sostuvo durante semanas.

El 29 de diciembre, casi al cierre del año, la noticia cayó como un golpe seco: en la parte alta de la vereda Santa Elena, cerca de la bocatoma, fueron hallados restos humanos. Las autoridades tradicionales confirmaron lo que nadie quería escuchar: se trataba de Karen Melissa. Así terminó su búsqueda. Así terminó, también, cualquier intento de cerrar el año con alivio.

No fue solo una muerte. Fue una fractura. Padres, madres, estudiantes y maestras quedaron con una pregunta que no se responde con rituales ni comunicados: ¿cómo proteger a las niñas cuando el peligro está tan cerca y la justicia tan lejos?

La violencia contra las niñas y las mujeres indígenas no es un hecho aislado ni una excepción trágica. Es una constante silenciada. El caso de Karen Melissa se suma a una larga lista de agresiones que rara vez llegan a una investigación seria y casi nunca a una sanción efectiva. Los niveles de impunidad son alarmantes, incluso dentro de los sistemas de justicia propia. Pero decirlo tiene costo.

Muchas mujeres indígenas saben que denunciar es enfrentarse no solo al agresor, sino al machismo estructural y a la misoginia que atraviesan comunidades, autoridades y organizaciones zonales y regionales. Callar, en muchos casos, ha sido una forma de sobrevivir. Hablar puede significar aislamiento, estigmatización o castigo. Por eso, la impunidad no es solo jurídica: es cultural, política y profundamente patriarcal.

El asesinato de Karen Melissa interpela a todos los sistemas de justicia. A la justicia indígena, que debe revisarse críticamente cuando no protege a las niñas. Y al Estado colombiano, que no puede seguir usando el respeto a la autonomía como excusa para la omisión. La autonomía no puede convertirse en abandono.

Hoy es urgente exigir verdad y justicia. Exigir que la Fiscalía, Medicina Legal, la Defensoría del Pueblo, el ICBF y los mecanismos de protección actúen de manera integral y respetuosa, acompañando este caso hasta sus últimas consecuencias. Exigir garantías reales para la familia. Exigir que no se archive, que no se diluya, que no se olvide.

Pero también es tiempo de algo más profundo: la construcción de un derecho propio desde las mujeres indígenas, con enfoques diferenciales, de género y de niñez, que atienda estos casos sin revictimización, sin silencios impuestos, sin pactos patriarcales. Un derecho que ponga la vida de las niñas en el centro.

Así se va el 2025: con una niña asesinada, con comunidades heridas y con una deuda que el país sigue sin saldar. Nombrarla es el primer acto de justicia. Exigirla, una obligación ética.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

No hay Navidad en Palestina

Jesús —dice la historia— nació pobre, nació desplazado, nació en una esquina del imperio.

Nació en Belén, que está en Palestina.

Nació sin posada y sin permiso.

Nació, teóricamente, palestino.

Pero este año la cuna no abre.

La estrella no llega.

El camino está cerrado.

Belén sigue ahí, sí. La geografía no se mueve. Lo que se mueve es la vida: se encoge, se esconde, se apaga. En nombre de la seguridad, se levantan muros; en nombre del orden, se borran nombres; en nombre de la guerra, se callan villancicos. Jesús no ha podido nacer allí, no porque falte fe, sino porque sobra violencia. El sionismo armado convirtió el pesebre en puesto de control.

Mientras el mundo enciende luces, en Gaza se apagan casas.

Mientras se reparten regalos, se reparten cifras: decenas de miles de personas asesinadas, una proporción que duele más cuando se pronuncia la palabra “niños”. Niños que no aprendieron a leer pero ya saben huir; niños que no llegaron a cantar pero ya saben guardar silencio. La estadística intenta ser neutral; el duelo no.

Dicen que Navidad es esperanza.

Pero la esperanza no resiste los bombardeos.

La esperanza necesita tregua, pan, agua, nombre propio.

Jesús fue un niño bajo ocupación.

Su historia es la de los cuerpos pequeños frente a los poderes grandes.

Por eso, si hoy mirara el mundo, no estaría del lado de los misiles ni de los discursos impecables: estaría del lado de las madres que cuentan ausencias, del lado de las manos que buscan entre ruinas, del lado de los niños que no llegan a cumplir años.

Este año no hay Navidad.

Hay memoria.

Hay duelo.

Hay una verdad incómoda que no cabe en el pesebre: no se puede celebrar la vida mientras se normaliza el exterminio.

Que el saludo sea claro y sin adornos: Palestina libre.

Cuando la justicia regrese a Belén, quizá —solo quizá— vuelva a nacer la Navidad.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Los 12 Apóstoles: la sombra que persigue a los Uribe Vélez

En las montañas del norte de Antioquia, la muerte caminó con la naturalidad de un vecino más. Iba por las trochas, entraba a las fondas, se sentaba en la mesa de los ganaderos y saludaba a los curas. Tenía un nombre que parecía sacado de una procesión —Las Autodefensas del Norte Lechero— y luego adoptó otro, más solemne, casi bíblico: Los 12 Apóstoles. Pero en esas tierras todos sabían que no eran santos: eran el brazo armado de un proyecto de región que pretendía arrancar de raíz todo lo que oliera a contradicción. Como siempre, lo llamaron “limpieza social”.

Cuentan los que sobrevivieron que el grupo nació a finales de los 80 y se consolidó una madrugada de 1992, cuando un panfleto empezó a rodar por Yarumal anunciando la llegada de hombres “dispuestos a devolver la tranquilidad”. La tranquilidad, ya se sabe, para ellos era que nadie protestara, que nadie pensara distinto, que nadie estorbara. Y los que estorbaban iban cayendo como caen los árboles enfermos en invierno: uno detrás del otro. En esos primeros años, mientras el país vivía en la ficción de que el paramilitarismo era una defensa espontánea de campesinos asustados, en Antioquia se cocinaba algo muy distinto: un grupo armado financiado por ganaderos, coordinado por policías y bendecido —literalmente— por un sacerdote.

El padre Gonzalo Palacios, párroco de Yarumal, fue señalado por múltiples testigos como el “inteligencia” del grupo. No cargaba fusil, pero cargaba listas. Señalaba. Aconsejaba. Decidía quién tenía “mala conducta”, quién era “rojito”, quién “estorbaba”. El confesionario se volvió oficina de guerra; la sacristía, centro de mando. Esto lo dijo la gente que vio, la gente que enterró a los suyos en veredas donde la tierra todavía huele a pólvora y miedo.

Y arriba, en la cúspide de esa estructura que mezclaba fe, ganado y plomo, había un comandante, y ese era ni más ni menos que Santiago Uribe Vélez, hermano menor de Álvaro Uribe Vélez y dueño de la finca La Carolina. Según la JEP y los tribunales, allí, entre cercas de alambre y corrales perfumados de estiércol, funcionó el cuartel de los 12 Apóstoles. Era el punto de reunión de policías, ganaderos y sicarios. Centro de operaciones y entrenamientos. Ahí se repartían armas, listas, recompensas y desayunos.

Los números duelen: el grupo dejó más de 500 asesinatos. Más de 500 vidas cortadas con el mismo patrón: jóvenes, trabajadores, disidentes, pobres —la gente que nunca ha contado para el poder.

En Yarumal mataron 181.

En Valdivia, 134.

En Santa Rosa de Osos, casi un centenar.

Cada cuerpo fue un mensaje: aquí mandamos nosotros.

Los crímenes no fueron excesos; fueron política. No fueron errores de unos cuantos; fueron método. No fueron simples homicidios; fueron crímenes de lesa humanidad, porque fueron sistemáticos, dirigidos contra población civil, ejecutados por una organización con mando, estructura y continuidad. Un Estado paralelo con uniforme, sotana y apellido.

Y aquí hay que decir lo que durante décadas el país prefirió callar: este proyecto de muerte no surgió en un vacío político. Creció bajo la sombra de una familia que ascendió al poder mientras Antioquia ardía.

Cuando los 12 Apóstoles operaban en el norte antioqueño, Álvaro Uribe Vélez era alcalde de Medellín, luego senador, luego gobernador del departamento. Sus decisiones de seguridad, sus alianzas políticas, sus silencios estratégicos y su forma de entender el “orden” crearon el clima perfecto para que grupos como este florecieran.

No hay —aún— sentencia contra él. Pero no hace falta una sentencia para saber que los crímenes ocurrieron bajo su proyecto de región, bajo su lógica de enemigo interno, bajo su idea de “seguridad”, que siempre terminó desembocando en sangre.

Las víctimas lo saben. Los testigos lo dijeron. La historia lo confirma.

Por eso la condena a Santiago Uribe —aunque falte ver qué hará la siempre impredecible y, a veces, complaciente Corte Suprema de Justicia— tiene un valor histórico. No porque devuelva la vida a quienes perdimos, sino porque rompe el mito de la familia intocable. Porque deja constancia judicial de que, al menos una vez, el país se atrevió a mirar de frente la estructura criminal que se escondía en la finca, en la sacristía y en la política.

Porque esta sentencia no es solo contra un hombre: es la memoria que siempre vuelve, el territorio que habla, las madres que siguen buscando y la verdad que no se pudre, aunque la entierren.

Y, sobre todo, porque el país tenía que saberlo:

los 12 Apóstoles no fueron la desviación moral de un hermano descarriado; fueron la expresión más pura del talante criminal de un proyecto político que gobernó Antioquia… y luego gobernó Colombia.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

25N: La condena a Santiago Uribe revive la verdad sobre las mujeres que mataron los Doce Apóstoles

En las montañas del norte de Antioquia —esas donde el viento todavía arrastra el eco de los fusiles—, la violencia nunca necesitó esconderse. Caminaba a caballo, se persignaba en misa y daba órdenes con la naturalidad de quien sabe que el Estado le sirve de escolta. Allá, donde la vida campesina transcurre entre surcos y aguaceros, las mujeres aprendieron a hablar bajito para no provocar la furia de los hombres armados. Pero aun así, los Doce Apóstoles fueron tras ellas.

En la vereda La Solita, Campamento, el 5 de junio de 1990, la muerte entró buscando mujeres y niñas. Marta María López Gaviria cayó junto con sus pequeñas: Ana Yoli, de 12 años, y Marta Milena, de 7. Las mataron a quemarropa, como si la niñez fuera enemiga y la maternidad una amenaza. Las otras víctimas de esa madrugada —una hermana, un vecino, un compañero de lucha— completaron el parte de guerra que este grupo paramilitar dejó sobre la tierra oscura del norte antioqueño.

Y no fue un grupo cualquiera. Fue uno fundado, financiado y protegido por Santiago Uribe Vélez, hoy condenado por paramilitarismo. El mismo hombre que durante décadas se movió entre fincas y oficinas estatales como si la ley fuera una brisa que no lo tocaba. El mismo cuyo prontuario estaba escondido a simple vista, mientras jueces, fiscales y generales hacían fila para rendirle honores a su apellido.

Hoy, 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la condena de Santiago Uribe no es solo un hecho judicial: es un acto político de memoria y de dignidad para las mujeres que los Doce Apóstoles quisieron borrar.

Porque los matones de ese grupo no solo asesinaron campesinos etiquetados como “militantes” o “colaboradores”. También asesinaron mujeres. También asesinaron niñas. Y lo hicieron con la frialdad que da la certeza de impunidad. Durante años, las madres y hermanas de las víctimas hablaron solas, con sus testimonios archivados, sus expedientes quemados y sus denuncias ridiculizadas por las mismas instituciones llamadas a protegerlas.

Pero hoy algo cambia. Por primera vez, uno de los hombres que se creyó dueño de la vida y la muerte en Antioquia recibe una condena ante los ojos del país. No es suficiente, no repara, no resucita. Pero es una grieta profunda en el muro de silencio que ellos levantaron. Una grieta por donde se cuela la verdad que siempre ha estado ahí, esperando que alguien la escuche.

Las mujeres de La Solita, de Yarumal, de Belmira, de los caminos donde los Doce Apóstoles dejaron su marca, saben que esta justicia llega tarde. Sin embargo, sienten algo que no se había sentido en treinta años: que los asesinos empiezan a callar. Que el país, al fin, les reconoce el nombre de sus muertas y el derecho a no ser barridas de la historia.

Hoy, cuando recordamos a todas las mujeres víctimas de violencia, vale repetirlo con fuerza:

Ni la sotana, ni el fusil, ni el apellido pueden blindar a un criminal.

Y las mujeres asesinadas por los Doce Apóstoles merecen una memoria que nadie pueda volver a silenciar.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Víctimas del estallido social piden ser escuchadas en el proceso de esclarecimiento

En la Ladera de Cali, donde las calles parecen trepar con la misma dificultad con la que la gente ha debido cargar sus duelos, ayer ocurrió algo que pocas veces se ve: habló una víctima. No una funcionaria de ONG, no una experta convocada por la academia, no una oradora profesional de voz entrenada. Habló una mujer de 29 años, hermana de un joven asesinado durante el estallido social, y su palabra —sencilla, directa, sin adornos— partió en dos el aire de la inauguración de la Universidad de la Ladera. Ella no pidió permisos ni favores; solo gestionó que las víctimas tuvieran un pequeño espacio en el acto, y cuando lo tuvo, se plantó frente al Presidente, lo llamó por su nombre completo —Gustavo Petro Urrego— y lo miró a los ojos como quien convoca a otro ser humano a responder. Con esa transparencia que deja la muerte en quienes sobreviven, le dijo que las víctimas deben ser escuchadas, que sus derechos no pueden seguir esperando, que el Estado debe acompañarlas y no abandonarlas.

Nombró, uno a uno, a los jóvenes asesinados en la Ladera. Entre ellos estaba Daniel, su hermano, muerto en el Dollar City de Siloé. “Tendría veinte años hoy. Sería un estudiante más en esta universidad que usted inaugura”, dijo. Pero no: está muerto. Y con él, más de ochenta muchachos del estallido. Ochenta vidas que no alcanzaron a hacerse adultas porque alguien, en algún nivel del poder, dio una orden que todavía nadie reconoce. Ella lo recordó con una serenidad que dolía más que cualquier grito. Y recordó, sobre todo, algo que parece haberse perdido entre tecnicismos y trámites: la promesa hecha a las víctimas fue una Comisión de Esclarecimiento de la Verdad. No una comisión de expertos, no un panel tecnocrático, no un nuevo fortín burocrático donde los cargos se reparten entre quienes jamás han enterrado un hijo.

La Constitución no prohíbe una comisión de la verdad. Tampoco lo hacen las leyes, ni los tratados internacionales. Nadie ha escrito en ninguna parte que las víctimas del estallido social no puedan saber qué pasó, quién dio la orden, por qué se atentó contra la juventud con saña, por qué se cometieron crímenes de lesa humanidad y por qué todo sigue en impunidad.

Pero los espacios que deberían ser de ellas fueron ocupados por organizaciones sociales que, con la familiaridad de quien ya conoce el juego institucional, se nombraron a sí mismas en la llamada comisión de expertos. De nuevo dejaron por fuera a las víctimas. No las consultaron. No las miraron.

Y mientras tanto, la Unidad de Derechos Humanos mantiene sus casos congelados, sin avances y sin justicia. Es un contrasentido feroz: ya hay más de sesenta jóvenes condenados por haber protestado, pero ni un solo responsable estatal ha sido llevado a juicio por los asesinatos. Esa disparidad fue lo que ella llevó ayer al escenario. Y entregó al Presidente una carta abierta en la que pide que las víctimas sean realmente escuchadas y no usurpadas.

Ayer habló una víctima. Por fin. No fue el discurso ventijuliero de una ONG ni la voz del académico con doctorados que convierte el dolor en teoría. Fue la verdad desnuda. Falta saber si el Presidente la escuchó de verdad.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

¿En qué se diferencia un bombardeo de Estados Unidos de uno colombiano?

No hay diferencia real entre los bombardeos que Donald Trump ordenó contra lanchas de pescadores en el Caribe y los bombardeos que el gobierno colombiano ha ejecutado en el Guaviare, Arauca o el Amazonas. Cambian el idioma, las coordenadas y la excusa oficial, pero la escena es la misma: proyectiles lanzados desde la comodidad de un dron contra seres humanos que, muchas veces, no pueden distinguirse del enemigo imaginado.

En el Caribe, la operación estadounidense —esa cruzada infinita disfrazada de “guerra contra el narcotráfico”— ya deja más de 80 pescadores muertos. En Colombia, los bombardeos “quirúrgicos” han terminado con la vida de al menos 12 menores, y hay reportes que los elevan a 17. Mientras Estados Unidos asegura que todos eran criminales, y el gobierno colombiano dice que todos eran “jóvenes combatientes”, lo evidente es lo otro: cadáveres sin nombre, familias sin verdad y justificaciones cada vez más mecánicas.

Aquí es donde entra el Derecho Internacional Humanitario —el DIH— que, aunque parezca un invento para incomodar ministros, en realidad existe para impedir exactamente esto.

Primero, el principio de distinción. Este obliga a diferenciar entre combatientes y civiles. Un pescador en una lancha dañada es un civil. Un niño reclutado forzosamente también lo es. Bombardear sin certeza viola este principio básico, contemplado en los Protocolos Adicionales de Ginebra.

Segundo, el principio de proporcionalidad, que prohíbe usar fuerza excesiva frente a un objetivo presuntamente militar si eso puede causar daños mayores a civiles. Lanzar misiles desde un avión contra embarcaciones pequeñas —o contra campamentos donde hay menores mezclados con adultos— es, en el mejor de los casos, desproporcionado.

Tercero, el principio de precaución, que obliga a verificar la naturaleza del objetivo y tomar todas las medidas posibles para evitar víctimas civiles. Es imposible cumplir con este estándar cuando se dispara desde miles de metros contra siluetas indistinguibles en el mar o en la selva.

Y cuarto, la protección reforzada de los niños, establecida tanto en el DIH como en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos. La Convención sobre los Derechos del Niño es explícita: los menores reclutados deben ser retirados, protegidos y reintegrados, no bombardeados.

Todo esto se viola cuando un Estado —estadounidense o colombiano— decide que es más simple mostrar “resultados operacionales” que asumir responsabilidades frente a su propia incapacidad de prevenir el reclutamiento o de identificar objetivos reales.

Pero el problema no es sólo jurídico; es moral. ¿Por qué indignan más los pescadores muertos por órdenes de Trump que los niños colombianos asesinados en una selva que casi nadie mira? Quizá porque la violencia imperial tiene cámaras internacionales, mientras que la violencia doméstica se esconde detrás de la costumbre. O porque en Colombia, con cinismo perfecto, muchos creen que un menor reclutado deja de ser víctima para convertirse en “parte de la guerra”.

Eso permite barbaridades como sostener —lo dirán los machirulos guerreristas de izquierda— que “no todo reclutamiento es forzado”, como si un niño empujado por el hambre y el abandono estatal estuviera haciendo una elección libre.

Pero la verdad es simple: ni a los pescadores se les bombardea, ni a los niños reclutados se les bombardea. Ni con bandera estadounidense ni con bandera colombiana.

Y claro, para rematar con ironía, tenemos un ministro de Defensa militar, defendido en el Congreso por el uribismo. Un detalle menor, dirán algunos. Pero ya eso, si se mira bien, lo dice todo.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo