Habrá un momento —más pronto que tarde— en que la derecha colombiana comprenderá lo que nunca quiso entender: que las sanciones, las amenazas extranjeras y las pataletas imperiales no hunden a la izquierda. La fortalecen. La historia ya lo enseñó en otros rincones del continente, pero aquí, en la patria del uribismo, algunos insisten en aplaudir a Donald Trump como si fuese rey de ultramar. No han aprendido nada.
En los próximos meses, cuando arrecie la ofensiva política y diplomática contra Gustavo Petro, su familia y su gobierno, el tiro se devolverá. Y no por magia, sino por una ley tan vieja como la política misma: cuando el extranjero pretende mandar, los pueblos se cierran, se abrazan y responden. Le pasó a Brasil. Le pasó a Canadá. Le pasará a Colombia.
En Brasil, Trump creyó que podía salvar a Bolsonaro agrediendo la economía brasileña con aranceles del 50 %. ¿Resultado? El pueblo no culpó a Lula, sino a Bolsonaro por la vergüenza internacional. Lula repuntó: subió en aprobación, creció en intención de voto y hasta consiguió apoyo legislativo en un Congreso dominado por la derecha. En Canadá, la historia fue igual de elocuente. Las burlas, las amenazas y la pretensión grotesca de convertir al país en “el Estado número 51” indignaron a la ciudadanía. La derecha, que llevaba 25 puntos de ventaja, se desplomó. El pueblo cerró filas en defensa de su dignidad nacional.
Pero aquí, los uribistas —siempre tan originales— creen que esta vez será distinto, que “esta vez sí” el intervencionismo extranjero les traerá gloria. Pobres.
Colombia vivirá lo contrario. La torpeza trumpista y la torpeza criolla producirán un resultado inevitable: la izquierda se unirá como no lo hacía desde hace décadas. Lo que hoy son tensiones internas, mañana será bloque compacto. La palabra soberanía volverá a tener sentido real, y el pueblo comprenderá, incluso sin leer teoría, que el progresismo no es solo un proyecto político: es un dique frente al abuso externo.
Mientras tanto, las voces que celebran sanciones extranjeras quedarán en ridículo. No existe espectáculo más impopular que ver a connacionales pidiendo intervención de un gobierno foráneo. Eso no da votos: da vergüenza.
Y los hechos ya empezaron a hablar. La consulta del Pacto Histórico —boicoteada desde el inicio por el Consejo Nacional Electoral, saboteada por la Registraduría, con poquísimas mesas, sin suficientes tarjetones, sin jornada electoral nacional, con confusión inducida y con el campo prácticamente eliminado del mapa— terminó con 2.500.000 votos. ¿Fracaso? Solo para quien no sabe sumar.
Ese resultado será la semilla. Porque mientras Donald Trump continúe con su hostigamiento, y el uribismo llegue al extremo de pedir una intervención militar extranjera, el pueblo hará lo contrario: se radicalizará en defensa de la patria y de la democracia. A partir de ahí se abrirá el camino hacia una Asamblea Nacional Constituyente. No será un capricho, será una consecuencia lógica: el país querrá blindar su soberanía y sus reformas.
Y si ese nuevo escenario incluye —porque lo exigirá el pueblo, no las élites— ampliar el mandato de Gustavo Petro o permitir la reelección, será para asegurar la continuidad del proyecto progresista frente al intervencionismo. Nadie en sus cinco sentidos preferirá marines sobre democracia. Y cuando ocurra, será con legitimidad popular, no con imposición.
El progresismo llegará a 2026 no debilitado, sino fortalecido. Y el próximo gobierno será continuidad del actual. No porque lo diga Petro, ni porque lo reclame su partido, sino porque lo habrá decidido una ciudadanía que despertó tarde, pero despertó. Y porque el reyezuelito del norte, sin quererlo, habrá provocado exactamente eso.
Cuando todo esto ocurra, la derecha hará lo que mejor sabe: quejarse. Y Donald Trump, como siempre, gritará desde lejos. Pero ya será tarde. Habremos aprendido —por fin— lo que Brasil y Canadá entendieron antes: las pataletas del imperio no domestican pueblos; los unen.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo
