Restauración de los Murales de la Memoria en Solidaridad con las Madres Buscadoras y en Denuncia contra las Violaciones de Derechos Humanos

El pasado domingo 19 de enero, el movimiento social y de derechos humanos, artistas populares y la ciudadanía de Popayán se reunieron en el sector del Tablazo para la creación de un mural en solidaridad con las Madres Buscadoras de la Comuna 13 de Medellín. Estas valientes mujeres, víctimas de negacionismo estatal, continúan luchando incansablemente por encontrar a sus seres queridos desaparecidos durante la Operación Orión.

El evento contó con la participación de aproximadamente 100 personas, quienes plasmaron en un mural de 500 metros de largo en la carretera Panamericana de Popayán, frases como «Las cuchas tienen razón» y «Uribe dio la orden», en alusión a los 6.402 casos de falsos positivos ocurridos durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Asimismo, el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz pintó un mural en denuncia de la desaparición forzada de 589 niños, niñas y adolescentes en el Cauca tras la firma del Acuerdo de Paz. Este llamado exigió su liberación inmediata y la erradicación del reclutamiento forzado en la región.

Sin embargo, el día de hoy, 21 de enero, los murales fueron vandalizados. Manchas negras cubrieron gran parte de las obras, especialmente aquellas que incluían el rostro y nombre de Álvaro Uribe Vélez, lo que sugiere que los responsables son afines al uribismo. Este acto de censura ocurre cerca de terrenos pertenecientes a la senadora uribista Paloma Valencia, lo que genera aún más interrogantes sobre los intereses detrás de estos hechos.

Lejos de desanimarse, el movimiento social ha convocado a una jornada de restauración de los murales de la memoria en la Loma del Tablazo, programada para la tarde de hoy. Este acto busca reafirmar el compromiso de la ciudadanía con la verdad, la justicia y la memoria de las víctimas de desaparición forzada y otras graves violaciones a los derechos humanos.

¡Invitamos a toda la comunidad a sumarse a esta jornada por la memoria y la dignidad!

#MemoriaYResistencia
#MadresBuscadoras
#MuralesPorLaVerdad
#JusticiaParaLasVíctimas
#NuncaMásFalsosPositivos

EL APARTHEID PATOJO

El Parque Caldas, ese rincón encantador de Popayán que ha sido testigo de más historia y cultura que muchas de nuestras bibliotecas locales, ahora se ha convertido en el escenario de un entramado jurídico que, si no fuera por su impacto en derechos fundamentales, sería una comedia de enredos digna de una serie de televisión: el “Apartheid Patojo” dirigido por nuestro querido alcalde, Juan Carlos Muñoz. Gracias a una recomendación de la Procuraduría —que, como es bien sabido, tiene tanto peso vinculante como una pluma en un huracán— el parque Caldas ha sido sometido a una serie de restricciones que han dejado a todos, desde nuestros artistas locales hasta nuestra estimada llama Pepe, en una especie de purgatorio administrativo.

Mientras tanto, Pepe, la llama que ha aportado tanto encanto y autenticidad a la vida del parque, y Don Israel, su fotógrafo y adoptante, se ven forzados a correr cada vez que los funcionarios de la Alcaldía y la policía se les acercan. Estos guardianes del orden público no pierden oportunidad para imponer comparendos a Don Israel y a su fiel compañero, simplemente por trabajar en el Parque Caldas y capturar la esencia de este espacio. La situación ha transformado el parque en un escenario donde la burocracia y la vigilancia se combinan para crear una auténtica tragicomedia, que reflejan el profundo impacto de las decisiones administrativas en la vida comunitaria.

Pepe, la llama que no solo ha sido el leal compañero de Don Israel, nuestro fotógrafo local, sino también el símbolo de la autenticidad del parque, ahora se ve obligada a buscar nuevos pastos. ¿La razón? La reciente medida restrictiva impuesta por la Alcaldía ha convertido el Parque Caldas en un club exclusivo, donde el acceso es tan limitado como el espacio en un concierto de rock VIP. Mientras los ricos de la ciudad, organizadores del festival gastronómico, pueden disponer del parque sin preocupaciones, el resto de nosotros —incluidos los artistas, los fotógrafos, los bailarines, los músicos, los chirimeros, los skaters y, por supuesto, los vendedores ambulantes— debemos trasladar nuestros eventos culturales fuera del Parque Caldas.

Claro, Don Israel y su fiel llama Pepe no se quedaron de brazos cruzados. Hoy se unieron a la “tutelatón”, una emocionante carrera de obstáculos judicial. Los danzantes de «Jueves de Free», quienes fueron los primeros en acudir a la justicia para defender sus derechos fundamentales, tuvieron la mala suerte de que su caso cayera en manos del Juez Primero Administrativo de Popayán, Ernesto Andrade Solarte. Este juez decidió que, para que la tutela fuera siquiera considerada, era necesario agotar primero todas las vías administrativas, permitiendo que los derechos fundamentales de los ciudadanos comunes sigan vulnerados.

En una decisión de primera instancia, Solarte negó la tutela, argumentando que se debía adelantar el trámite ante la Alcaldía, a pesar de que es bien conocido que la postura de esta institución no ha cambiado: el Parque Caldas está reservado solo para los organizadores del festival gastronómico, quienes forman parte de las familias adineradas de la ciudad.

¿Por qué? Porque, por supuesto, el parque no es un lugar para la plebe ni para la cultura popular. No, solo para los eventos de la élite, que parecen tener la bendición divina para disfrutar del parque sin causar “detrimento” a su piedra. Esperamos que Don Israel y Pepe tengan mejor suerte y que su tutela sea revisada por un juez garantista que realmente entienda el valor de la igualdad y el acceso justo para todos.

Lo que se está viviendo en el Parque Caldas es una obra maestra de exclusión y segregación. Mientras el festival gastronómico recibe luz verde para ocupar cada rincón, los artistas, artesanos, vendedores ambulantes y jóvenes que practican danza urbana y andina y otros deportes se encuentran excluidos, relegados a un limbo administrativo que un ultimas es un capricho clasista de nuestro gobernante local.

Entonces, mientras esperamos que el sistema judicial, en su infinita sabiduría, decida revisar la situación de manera justa y garantista, la realidad es que el Parque Caldas sigue siendo un lugar donde la justicia se encuentra a un par de pasos de una utopía. Don Israel y su inseparable Pepe solo quieren regresar al parque para seguir ofreciendo alegría y capturando momentos auténticos de un lugar emblemático de nuestra ciudad.

Por Sofía López Mera, abogada, periodista y defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad.

La educación no importa en una ciudad como Popayán

A lo largo de la historia, Popayán ha sido reconocida como la «ciudad culta» debido a su destacada contribución a la formación de presidentes, pensadores, escritores y personas influyentes que han aportado conocimiento fundamental para el desarrollo del país. Sin embargo, en la actualidad, este título parece quedarle grande a Popayán, ya que evidencia una lamentable tendencia de desprecio hacia la educación y la cultura. En el siguiente artículo, suministramos al lector ejemplos concretos que ilustran este alarmante desdén, centrándonos especialmente en la transformación de escuelas y colegios ubicados en el corazón de Popayán y su consecuente impacto simbólico en la ciudad.

En la década de los años 30, Popayán vio nacer una institución educativa pionera: la escuela de niñas Filomena Segura, situada en la carrera 5a con calle 2a Norte No 2N-36. Posteriormente, por decisión de la Asamblea el 12 de julio de 1935, se le otorgó el nombre de Centro Docente Filomena Segura, rindiendo así homenaje a la destacada educadora Filomena Segura de Ayerbe. Esta visionaria mujer fue la primera en liderar la educación no solo en Colombia, sino en toda Latinoamérica. En la Secretaría de Educación Departamental reposa una placa en su honor.

Este centro educativo desempeñó un papel fundamental en la formación de las niñas provenientes de familias trabajadoras de la plaza de mercado, así como de aquellas que residían en los asentamientos surgidos tras el devastador terremoto de 1983. Se erigió como un colegio público que brindó educación a las niñas de escasos recursos en este sector de la ciudad.

Paradójicamente, este emblemático espacio educativo ha experimentado una transformación deprimente, convirtiéndose en una estación de policía y en un lugar de detención transitoria. Esta metamorfosis desdibuja la esencia original para la cual fue concebido, enviando un mensaje claro: la ciudad parece priorizar el control y el castigo en detrimento de su compromiso con la educación. La reutilización del antiguo centro educativo refleja una preferencia por el control y la sanción en lugar de fomentar la educación y el desarrollo integral de la sociedad.

La Escuela Gerardo Garrido tuvo sus inicios en una residencia ubicada en la carrera 6a No 6N – 12 en 1954, bajo la dirección del profesor Alfredo Zúñiga. Posteriormente, se trasladó a su sede actual entre las carreras 5a y 6a No SN – 27, en un terreno donado por el entonces alcalde Gerardo Garrido, en cuyo honor recibió su nombre. El centro educativo fue inaugurado como Centro Docente en 1956.

Inicialmente, la escuela Gerardo Garrido, situada junto a la plaza de mercado del barrio Bolívar, desempeñaba un papel crucial en la educación de los niños cuyos padres trabajaban en la plaza. Lamentablemente, sin motivo aparente, la escuela cerró sus puertas, dejando a los niños de la plaza de mercado sin un lugar para estudiar. Tras su cierre, el edificio se deterioró y ahora se ha convertido en un lugar frecuentado por habitantes de calle y consumidores de sustancias alucinógenas, representando un alto riesgo para la seguridad.

Lo que antes era una oportunidad de educación para los niños de la plaza de mercado, hoy se ha transformado en un sitio de decadencia para la juventud, comparable a un pequeño Bronx del cual es difícil que un adicto pueda salir. Este cambio de destino transmite un mensaje desalentador a los niños de la plaza, sugiriendo que no merecen un futuro mejor y que su destino está condenado a la marginalidad.

La Institución Educativa Laura Valencia, situada en la carrera 9 con calle 1, en el sector del Monasterio, experimentó una transformación inusual durante el periodo de confinamiento por la pandemia del COVID-19 en 2020. Bajo el pretexto de la emergencia sanitaria, la escuela, conocida anteriormente como la «Escuela del Manguito», fue convertida en una carceleta.

Este plantel educativo tuvo un papel crucial en la comunidad, ya que fue inaugurado en 1967 en un terreno donado por la señora Laura Valencia, quien expresó claramente que el propósito de la donación era que funcionara como una escuela. Sin embargo, durante la pandemia, las autoridades tomaron la decisión de cerrar la escuela debido al riesgo que suponía su ubicación cercana al río Molino. A pesar de la importancia histórica y social que tuvo la institución, las autoridades no fueron capaces de construir un muro de contención para preservar el establecimiento. En un principio, la comunidad del sector presentó una solicitud para que los estudiantes de la Escuela Laura Valencia fueran trasladados a la Escuela La Filomena, donde ya operaba la estación de policía. Sin embargo, lamentablemente, esta petición no recibió atención por parte de la Secretaría de Educación. En su lugar, la secretaría tomó la decisión de cerrar la Escuela Laura Valencia.

Sorprendentemente, en lugar de invertir recursos en la protección y restauración de la escuela, las autoridades optaron por adaptarla como una cárcel. Esta medida ha generado indignación en la comunidad, ya que las autoridades, en lugar de salvaguardar un centro educativo importante, destinaron recursos para transformarlo en una institución penitenciaria.

La situación descrita revela una preocupante falta de compromiso con el derecho a la educación en la ciudad de Popayán. El hecho de que el principal sindicato de agremiación docente del departamento del Cauca no haya liderado ninguna lucha en defensa de la educación local es inquietante. Más aún, la transformación de este sindicato en un emporio empresarial con actividades que van desde supermercados, bombas de gasolina hasta una empresa inmobiliaria, sin duda, rebelan cuáles son sus prioridades y su compromiso con la educación en la ciudad.

La denuncia que pesa sobre el sindicato por su presunta participación en el despojo de tierras a una comunidad indígena, así como las prácticas de gentrificación llevadas a cabo por su empresa inmobiliaria, están generando un conflicto territorial de proporciones sin precedentes en la ciudad. Esta situación no solo impacta negativamente en la población rural, sino que también contribuye a la propagación de mensajes de odio y racismo dirigidos hacia la comunidad indígena pubenense. Lo alarmante es que estos mensajes discriminatorios son liderados por aquellos que tienen la responsabilidad de velar por la educación en la ciudad, haciendo más gravosa la problemática.

El cierre de instituciones educativas y la imposición de lógicas relacionadas con el crimen, el mercado, el control y la sanción penitenciaria indican una dirección preocupante para la ciudad. Popayán, al manifestar un simbolismo tan marcado de desprecio por la educación y promover prácticas que afectan negativamente a comunidades vulnerables, no augura señales positivas en términos de progreso, calidad de vida y desarrollo humano. Este es un llamado a la sociedad Payanesa, a sus autoridades y a las agremiaciones docentes para que aborden esta problemática, construyendo un entorno más inclusivo y equitativo en la ciudad desde el quehacer educativo.

Por: Sofía López Mera, abogada y periodista, defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad.

La piedra del parque Caldas y la piedra en el zapato para la gente de bien

«No hay respuestas únicas para nuestras realidades olvidadas. No existen soluciones claras y rápidas, simplemente no las hay. Aquí estoy, intentando sobrevivir, pero no puedo irme lejos, no alcanzo. Me dieron este refugio temporal, y desde aquí sigo pensando en el mundo allá en la periferia donde la Olla Comunitaria traza su camino contra el hambre. De algo estoy seguro: hay caminos, hay muchos caminos. Mientras haya caminos podemos seguir caminando. Personas como tú y yo estamos destinadas a seguir caminando, a seguir levantando la voz. Nunca dejaremos de caminar; caminamos la palabra para la memoria de la huella, caminamos en torno al fogón de la cocina, caminamos en el asentamiento, con las maricas, las víctimas, con las viudas y los huérfanos que dejó esta maldita guerra impuesta. Pero seguimos caminando y mientras haya camino y semillas, nuestra misión será caminar y sembrar.»

Eso dice Andrés Maíz, defensor de derechos humanos y líder social de Popayán y del Cauca, en el suroccidente de Colombia. Maíz enfrenta hoy una persecución atroz que busca su eliminación física y, sobre todo, política. Porque ciudades coloniales como Popayán y sociedades translesbohomofóbicas como la colombiana no soportan, ni desde la izquierda ni desde la derecha, que una persona de sexo-género diversa se enfrente al statu quo exigiendo dignidad para los más desfavorecidos, justicia para las víctimas y vida para seguir defendiendo la vida. Personas como Andrés Maíz se han convertido en una piedra en el zapato para la gente de bien en el departamento del Cauca.

Desde el año 2000, cuando denunció como periodista la venta de sustancias alucinógenas en la escuela de Puelenje, fue blanco constante de amenazas. El fiscal de turno, en su burocrática sabiduría, le dio un consejo: «Quédese en silencio». Pero Maíz hizo lo contrario, continuó su labor de denuncia.

En 2004, durante el paro estudiantil, su voz se hizo escuchar y fue víctima de señalamientos en medio de una asamblea universitaria. Dos años más tarde, después de una movilización, fue perseguido y sobrevivió a un atentado que quedó impune.

En 2013, su lucha en defensa de la plaza de mercado y su esfuerzo por preservar el patrimonio gastronómico y cultural de Popayán le valieron nuevas amenazas junto a otros líderes de la Cooperativa Mesalarga.

En 2018 fue señalado de insurgente cuando fungía como miembro gestor de la marcha de la comida, que es una apuesta política del proceso de liberación de la madre tierra en el norte del Cauca.

En septiembre de 2020, Andrés Maíz fue detenido bajo una orden de captura, acusado por homicidio en grado de tentativa contra el investigador del CTI de la Fiscalía, Diego Alejandro Quinayás, cuando el líder social se encontraba en una marcha exigiendo desde el movimiento de lxs sin techo la creación de un banco de tierras. Sin embargo, tras las audiencias preliminares, fue liberado debido a la falta de elementos probatorios.

En 2021, en medio de la represión estatal durante el paro nacional, el ministro de Defensa, Diego Molano, lo estigmatizó, ofreciendo una recompensa de 50 millones de pesos por su captura y acusándolo de pertenecer a las disidencias de las FARC y de ser responsable del incendio de la URI y los patios de tránsito en Popayán. Las amenazas se materializaron meses después en panfletos en los campamentos humanitarios de lxs Sin Techo, forzándolo al desplazamiento.

Al año siguiente, sufrió un intento de detención ilegal bajo una supuesta orden de captura, un hecho aún sin esclarecer. Las amenazas de muerte se intensificaron, llegando en forma de panfletos y mensajes de un grupo armado, persiguiendo su labor como defensor de derechos humanos, gestor cultural, cocinero e investigador de la memoria de sabores, saberes y haberes, vocero político del Movimiento Popular Comunitario Lxs Sin Techo y de la Colectiva Trans Marika Mariposas Negras.

En 2024, la policía advirtió sobre un posible atentado contra Andrés Maíz, información luego confirmada por la fiscalía. Tristemente, la amenaza se hizo evidente para su madre y su hija cuando hombres armados se apostaron frente a su casa, vigilando la entrada.

Desde la izquierda también acechan su liderazgo y el de las autoridades tradicionales del cabildo indígena de San José de Julumito, donde es comunero. En 2023, la junta directiva de Asoinca lo señaló en Radio Mil Cuarenta y redes sociales, mostrando su fotografía y acusándolo de contratar una oficina de cobro para atentar contra la directiva sindical. Esto marca solo el comienzo de otro capítulo de persecución y amenazas.

Pronto, panfletos del ELN en el corregimiento de Julumito lo declararon objetivo militar. Debido a esta amenaza, él y otras autoridades tradicionales han tenido que abandonar su hogar en Julumito por la incursión armada que pone en riesgo sus vidas. Los señalamientos de Asoinca, los panfletos del ELN y estas incursiones armadas buscan proteger los procesos de gentrificación rural que han desplazado a la población rural del municipio de Popayán.

¿Y por qué no mencionar que no se le permitió tomar posesión como concejal electo? Una simple advertencia de la Procuraduría bastó para que no se posesionara, sin que se agotara el debido proceso. No hubo decisión administrativa ni acciones legales que lo justificaran. A pesar de la voluntad de cerca de 1300 ciudadanos que lo eligieron concejal por el Pacto Histórico, su elección fue ignorada tanto por su partido como por las instancias electorales.

En este momento, Andrés Maíz lidera una campaña judicial para preservar el emblemático Parque Caldas como patrimonio biocultural de los habitantes de Popayán. Esta iniciativa busca revocar una recomendación de la Procuraduría, tras una solicitud del jurisconsulto Mario Cajas, reconocido abogado de la academia de jurisprudencia. En su solicitud, Cajas argumentó que la piedra del Parque Caldas sufre deterioro con las actividades culturales y artísticas que allí se realizan, dejando entrever una visión clasista que prioriza la conservación material del mobiliario sobre la vida comunitaria y popular de los habitantes de Popayán.

Para el jurista, según nuestra interpretación, la piedra se desgasta, cuando los chirimeros tocan su música, los skaters practican en sus patinetas, los bailarines de música andina danzan junto a la torre del reloj, cuando se celebran festivales gastronómicos y la gente disfruta de ellos, cuando los artesanos exhiben sus productos, o cuando el vendedor ambulante simplemente se gana su sustento en este lugar.

Este enfoque basado en la ciudad aséptica ignora por completo que el Parque Caldas ha sido históricamente un espacio de encuentro donde confluyen relaciones sociales, económicas, políticas, culturales y espirituales de la comarca, otrora primera plaza de mercado de la ciudad de Popayán.

En este contexto, Andrés Maíz enfrenta acusaciones infames, como la de supuestamente instigar desde la alcaldía, para que no se realice el Congreso Gastronómico en el Parque Caldas, pese a que no es funcionario ni contratista de la administración y, por el contrario, reclama por vía judicial su colectivo, comunitario y popular para la comunidad payanesa. A pesar de las calumnias, Andrés Maíz seguirá siendo la piedra en el zapato de la gente de bien de Popayán, perseverando porque mientras haya caminos y semillas, su misión será avanzar, resistir y defender los derechos y la vida de aquellos que luchan por su ciudad y su cultura.

Conflicto territorial del Pueblo Indígena de los Julumitos llega a la Corte Constitucional

El 24 de mayo de 2024, la Corte Constitucional de Colombia seleccionó un expediente de tutela que concierne al despojo de tierras sufrido por la comunidad indígena de San José de Julumito, asentada en zona rural de la ciudad de Popayán. Este paso marca un hito significativo para la comunidad, que ha librado una prolongada batalla legal por el reconocimiento de sus derechos territoriales a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Se espera que el pronunciamiento judicial garantice por fin el restablecimiento de sus derechos territoriales y evite el exterminio del pueblo indígena de los Julumitos.

Simultáneamente, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha dado curso a una solicitud de medida cautelar en favor de la comunidad, reconociendo la gravedad de la situación y los riesgos que enfrentan. La CIDH ha solicitado al Gobierno Colombiano información detallada sobre los procesos penales relacionados con el despojo de tierras, las amenazas y las agresiones sufridas por los lideres indígenas y las medidas de protección que se están adelantando a favor de la comunidad . Esta solicitud de protección abarca tanto el despojo perpetrado por ASOINCA-PROVITEC- Asociación de Institutores del Cauca y su empresa inmobiliaria- como los actos de violencia cometidos por grupos armados ilegales como el ELN, además de funcionarios de seguridad de la Unidad Nacional de Protección (UNP).

Desde 2015, la comunidad de San José de Julumito ha enfrentado múltiples actos de violencia y hostigamiento. Omar Edilberto Melo Bravo y Fernando Vargas quien fuera representante legal de ASOINCA-PROVITEC, engañaron a la comunidad permitiendo la ocupación del predio Limonar-Balcones con la falsa promesa de destinar el terreno para constituir el resguardo indígena de San José de Julumito. Sin embargo, en 2023, la empresa despojó definitivamente a la comunidad para construir casas de recreo para sus socios, sacrificando así los derechos territoriales de la comunidad indígena de San José de Julumito de manera injusta y violenta

La comunidad ha sido objeto de intimidación a través de señalamientos y acusaciones falsas. El ELN ha declarado objetivo militar a todos los miembros del cabildo indígena, así como a destacados líderes indígenas y civiles en la ciudad. Miembros de la Unidad Nacional de Protección (UNP) han realizado detenciones arbitrarias de líderes comunitarios, forzándolos a subir a vehículos de esquemas de protección y sometiéndolos a extensos interrogatorios. Además, se han hecho llamadas a lideresas del cabildo indígena ofreciéndoles dinero y propiedades dentro del predio Limonar-Balcones a cambio de que entreguen a los líderes indígenas de la comunidad y colaboren con la empresa ASOINCA-PROVITEC.

En abril y mayo de 2024, el gobernador indígena Pedro Ángel Casamachín sufrió incursiones armadas que lo obligaron a desplazarse. Además, miembros del cabildo y la abogada y periodista Sofía López, quien acompaña a la comunidad, hemos sido constantemente hostigados, seguidos y fotografiados en nuestras residencias por individuos en motocicletas sin placas y vehículos de empresas contratistas de la UNP. Estos incidentes han sido denunciados por la comunidad indígena en diversas instancias judiciales donde se conoce del caso.

La comunidad indígena exigió a ASOINCA-PROVITEC que detenga de inmediato cualquier acción de despojo y las actividades de construcción de casas de recreo en el predio Limonar-Balcones, en tanto la justicia resuelve el litigio territorial.  Asimismo, solicitó a la Unidad Nacional de Protección que lleve a cabo una investigación exhaustiva sobre los funcionarios de las empresas contratistas que están amenazando y hostigando a la comunidad y a la abogada Sofía López.  La comunidad también hizo un llamado a los docentes asociados al gremio empresarial de ASOINCA-PROVITEC para que cesen las prácticas racistas contra su pueblo y se abstengan de fomentar el despojo mediante la adquisición ilegal de los predios Limonar-Balcones.

La Comunidad Indígena de San José de Julumito invitó a la directiva sindical de ASOINCA a participar en un proceso de diálogo constructivo que permita encontrar soluciones conjuntas para la restitución de sus derechos territoriales.

La comunidad de San José de Julumito pertenece al pueblo Pubenense, una civilización que habitó el suroccidente de Colombia, que se caracterizó por su avanzada organización social, económica y política. A lo largo de los siglos, han enfrentado disputas por tierras con la Iglesia Católica y han luchado incansablemente por la reivindicación de su territorio ancestral. Desde 1924, han llevado a cabo batallas legales para obtener el reconocimiento de sus derechos territoriales, obteniendo recientemente un fallo favorable de la sala civil del Tribunal Superior de Popayán que ordenó la restitución de predios comunales reclamados por la Iglesia Católica.

Es inconcebible que hoy los encargados de la educación de niños y jóvenes en el departamento del Cauca estén inmersos en prácticas de despojo territorial y racismo. Esperamos que el pronunciamiento de la Corte Constitucional resuelva el conflicto territorial y evite el exterminio de los últimos Pubenenses que existen en la ciudad, así mismo que sea un precedente para erradicar practicas del racismo estructural en contra de nuestros pueblos indígenas.

 

La lucha de los últimos Pubenenses contra el exterminio

La comunidad indígena de San José de Julumito sigue enfrentando un proceso discriminación y de despojo. Recientemente, durante un procedimiento de clarificación de resguardo realizado por la Agencia Nacional de Tierras en los terrenos pertenecientes al cabildo indígena, que incluyen la escuela, la cancha, el cementerio y el puesto de salud, tanto funcionarios gubernamentales como miembros de la comunidad fueron objeto de maltrato e insultos racistas. Se repitió constantemente la denigrante frase de que «esos indios quieren todo regalado». Es importante resaltar que la sala civil del Tribunal Superior de Popayán en proceso de declarativo de pertenencia presentando por la Iglesia Católica, decidió que esos predios por su carácter ancestral son de la Comunidad Indígena de San José de Julumito.

Esta situación se deriva de un contexto más amplio de violencia y segregación racial en el corregimiento de Julumito, zona rural de Popayán. Desde que la empresa Asoinca-Provitec se apoderó de los terrenos de Hispala y Limonar-Balcones, las agresiones contra los indígenas locales han aumentado. La presencia de esta empresa ha agudizado los conflictos territoriales y ha generado un clima de hostilidad hacia la comunidad indígena.

La gentrificación rural impulsada por Asoinca-Provitec en el corregimiento de Julumito y otras zonas rurales de Popayán ha sido especialmente perjudicial, exacerbando las tensiones en la región. La gentrificación rural visibiliza los procesos de transformación en la tenencia de la tierra en espacios rurales que pasan de estratos bajos a medios y altos, llevando a la transformación de su composición social, es decir un proceso de exterminio de población campesina e indígena en dichos territorios, por tanto, la no producción de alimentos para abastecer la ciudad.

Además, la presencia de grupos armados ha agravado la situación, amenazando y hostigando a los líderes del cabildo indígena. Desde el 2023, se han registrado amenazas por parte del ELN mediante panfletos contra los líderes indígenas, y en los meses de abril y mayo de 2024, se han producido incursiones armadas que han obligado al desplazamiento forzado de las autoridades tradicionales de la comunidad.

Pero para el común de la gente, incluido los afiliados de Asoinca-provitec— docentes agremiados encargados de la educación de Popayán— los indígenas del Cabildo de San José de Julumito son unos“indios invasores y quieren todo regalado”, desconociendo que esos predios de los que se han apropiado,  son ancestrales y llevan consigo la memoria indígena Pubenense de la ciudad de Popayán.

La comunidad de San José de Julumito, situada a 7 km del municipio de Popayán en el noroccidente de la cabecera municipal, es un asentamiento modesto con aproximadamente 150 habitantes de ascendencia julumiteña, según la antropóloga y exgobernadora indígena Lourdes González, con una presencia significativa de otras etnias relacionadas por parentesco.

El proceso de poblamiento especial ha sido una constante a lo largo de los años, remontándose a la llegada de los ibéricos. Según Carlos Vergara Cerón, los antepasados Pubenenses arribaron a las costas caucanas utilizando las mismas vías de acceso que hoy existen, especialmente marítimas. Los Pubenenses, de origen polinésico según Vergara, se distinguían por sus rasgos finos, proporciones agradables y la ausencia de rituales caníbales, además de su preocupación por la estética. Aunque preferían los climas fríos, se destacaban como músicos, legado que perdura en las chirimías, populares en la región. Antes de la guerra, se pintaban con achiote, una práctica aún presente en su gastronomía.

Este autor menciona la existencia del cacique Julumito, cuyo territorio abarcaba gran parte de la meseta, con límites delineados por los ríos que hoy bordean Popayán: Cauca, Ejido y Molino: “A demás se habla de la existencia del locuaz aborigen Julumito, con sus fantásticos relatos en Latacunga sobre las bellas condiciones de la planicie de Pubenense, este convenció a Belalcázar para ordenar la expedición de sus capitanes inmediatamente, obrando en ellos con tanta precipitud, debido a los encantadores paisajes que les pintaba con calor el sonreído indio, que extremeño, no alcanzo a solicitar el permiso de su jefe, el capitán Francisco Pizarro”

El archivo histórico del Cauca alberga documentos de encomiendas del Pueblo de Julumito desde el siglo XVII, indicando que formaban parte del gran pueblo Pubenense en la planicie de Popayán. Los Julumitos estaban sujetos al pago de impuestos a la corona española mediante la encomienda, como lo confirman censos y correspondencia oficial de la época. Esta información fue suministrada por la Agencia Nacional de Tierras, la Gobernación del Cauca y el Ministerio del Interior a la Comunidad. Quienes han reconocido que existe una territorio ancestral del pueblo de los Julumitos.

En 1920, el concejo municipal reconoció el padrón de familias indígenas en Julumito, contabilizando 90 familias. Desde 1924, el Cabildo Indígena de Julumito, liderado por Marcelino Medina, emprendió acciones legales para el reconocimiento de tierras comunitarias, enfrentando la oposición de la Arquidiócesis de Popayán, que reclamaba propiedad sobre los terrenos.

En 1926, se adjudicaron las tierras al Cabildo de San José de Julumito en usufructo para la Iglesia Católica, aunque la comunidad indígena conservaba la propiedad. A lo largo de los años, surgieron disputas sobre la propiedad de las tierras, lo que llevó al cabildo indígena a parcelarlas equitativamente entre los comuneros indígenas para preservarlas. Es decir por la presión de la iglesia católica, la comunidad indígena se disolvió mediante la parcelación de su territorio.

La población del Resguardo de San José de Julumito se identifica como descendientes de los Pubenenses. A pesar de la segregación racial, buscan afirmar su identidad como descendientes de los Julumitos, basándose en su ubicación geográfica, apellidos históricos y tradiciones. Las primeras familias portaban apellidos como Chamizo, Trujillo, Angucho, Guasca, Yacumal y Luligo.

En su resistencia contra la segregación y el exterminio, la comunidad se aferra a su historia como pueblo de los Julumitos y lucha por el restablecimiento de sus derechos territoriales.

Por: Sofía López Mera, abogada y periodista, defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad.

 

¡Comisión de esclarecimiento YA!

Por: Sofía López Mera, Abogada, periodista y defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad.

En el contexto de la conmemoración de los tres años del estallido social en Colombia, las víctimas y organizaciones sociales que han sufrido la represión del gobierno de Iván Duque se reunieron con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Su objetivo fue solicitar apoyo para la creación de la Comisión de Esclarecimiento de los Hechos del Estallido Social de 2021, así como pedir una audiencia temática durante el 190º periodo de sesiones, que se celebrará en la sede de la CIDH en Washington DC en julio de este año.

Las víctimas y organizaciones de los departamentos de Risaralda, Valle del Cauca, Cauca y Nariño denunciaron la violencia sufrida y los mecanismos de impunidad instaurados por la Fiscalía General de la Nación. Se destacaron las amenazas, persecuciones y hostigamientos recibidos por las víctimas que denunciaron los hechos, así como la falta de funcionamiento de los mecanismos de garantías para la protesta social y la mesa de víctimas de la fuerza pública que se caracterizan por la escasa participación de las regiones.

Durante el encuentro con la CIDH, se resaltaron los incumplimientos del Estado de Colombia respecto a las recomendaciones emitidas por este organismo durante su visita de trabajo en 2021. Se puso énfasis en la persistencia de mecanismos de impunidad en el suroccidente del país, especialmente en la ineficacia de la Fiscalía General de la Nación para identificar y sancionar a los responsables, tanto agentes estatales como no estatales, que perpetraron graves violaciones a los derechos humanos, especialmente contra los jóvenes manifestantes. Se denunciaron las deficiencias en los procesos forenses llevados a cabo por el Instituto de Medicina Legal, señalando que estas instituciones parecen estar más enfocadas en montajes judiciales contra los jóvenes que en buscar justicia para las víctimas de las violaciones a los derechos humanos.

Se resaltó la situación de desamparo en la que se encuentran las víctimas, muchas de las cuales han sido sometidas a múltiples desplazamientos forzados tras presentar sus denuncias. Sin embargo, se ha encontrado obstáculos para recibir atención humanitaria por parte de la Defensoría del Pueblo y la Unidad de Víctimas, argumentando que no califican como víctimas del conflicto

 

 

rmado. Es fundamental aclarar que estas personas son víctimas de acciones irregulares perpetradas por la Policía Nacional y los escuadrones paramilitares conformados durante el paro nacional.

Durante la reunión se pusieron de relieve casos específicos de violencia, como los homicidios de Michael Aranda y Daniel Sánchez, llevados a cabo por la policía el 28 de mayo en Siloé, así como el atentado contra la Minga indígena el 9 de mayo, que dejó gravemente heridos a 8 comuneros indígenas, en estos hechos criminales participaron tanto la policía como de individuos armados de civil. También se mencionó el trágico asesinato de Angie Valencia en el sector de Calipso y el caso de Lucas Villa en el viaducto de Pereira. Además, se abordaron los casos de desapariciones forzadas en el Valle del Cauca durante el paro nacional, así como la persecución de los jóvenes líderes de las protestas y su actual situación de indefensión.

Se señalaron los hechos ocurridos el 28 de mayo en Pasto, Nariño, que dejaron un número indeterminado de heridos, incluido Cristian Yovani Bastidas, quien fue víctima de mutilación ocular y posteriormente se suicidó debido a las profundas afectaciones emocionales que sufrió. En el departamento del Cauca, se denunciaron los ataques sufridos por defensores de derechos humanos y periodistas, quienes a pesar de haber informado a la Defensoría del Pueblo sobre los actos de agresión, hostigamiento y amenaza durante el paro en Popayán, no vieron avances en las investigaciones.

También se denunciaron las prácticas racistas que quedaron instaladas desde el paro nacional, donde a los miembros de pueblos indígenas se les prohibió el acceso a ciertos lugares exclusivos de la ciudad de Cali, así como los ataques a las sedes del Consejo Regional Indígena del Cauca y sus instalaciones de salud en Popayán por parte de sectores extremistas que reprimen la protesta social.

El Paro Nacional de 2021 fue una acción política importante que llevó al presidente Gustavo Petro al cargo, pero las víctimas del estallido social se sienten abandonadas y enfrentan una desesperanzadora impunidad. Por esta razón la Comisión de Esclarecimiento de los Hechos del Paro busca establecer los derechos a la verdad, la justicia y la reparación integral de las víctimas, así como garantizar la no repetición de los hechos.

Este viernes, las víctimas del suroccidente y sus organizaciones presentarán la propuesta de la Comisión de Esclarecimiento de los Hechos del Paro Nacional ante los Ministerios de Defensa y Justicia. Además, están a la espera de una reunión con el Vice Ministerio de Juventudes para abordar esta importante iniciativa.

En América Latina, se han establecido diversas comisiones de esclarecimiento para abordar casos de violaciones a los derechos humanos y corrupción. Por ejemplo, la Comisión para la Verdad y Acceso a la Justicia en el caso Ayotzinapa fue creada en 2014 por el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, tras la desaparición de 43 estudiantes en Iguala, México. Esta comisión, integrada por expertos nacionales e internacionales en derechos humanos y criminología, se encargó de investigar los hechos de manera independiente.

Otro ejemplo es la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), establecida en 2006 mediante un acuerdo entre el gobierno guatemalteco y la ONU. La CICIG tenía como objetivo apoyar al Estado de Guatemala en la lucha contra la impunidad, fortaleciendo las instituciones para combatir la corrupción y el crimen organizado. Cabe destacar que en esta comisión participaron destacados profesionales como el actual ministro de defensa de Colombia, Iván Velásquez, y la actual Fiscal General de la Nación, Adriana Camargo.

Considerando la relevancia y el éxito de iniciativas similares en la región, se espera que la propuesta de las víctimas del estallido social sobre la creación de una comisión de esclarecimiento sea bien recibida por el gobierno nacional y se inicien las rutas para el restablecimiento de los derechos de las víctimas.

¡Comisión de esclarecimiento Ya !

¿Dónde está la Política de Salud Mental en la Universidad del Cauca?

La Universidad del Cauca, reconocida por su excelencia académica, enfrenta los conflictos generados por la carencia de una política integral de salud mental para asegurar el bienestar emocional y la dignidad de su comunidad universitaria. Esta falta se evidencia en la experiencia de un estudiante de la Facultad de Ingeniería Civil, quien actualmente libra una batalla judicial que expone las deficiencias del sistema y revela la dureza de los directivos académicos, con consecuencias devastadoras para la salud emocional de los estudiantes.

Este estudiante, cuya identidad se mantiene en el anonimato por respeto a su privacidad, ha estado librando una batalla silenciosa desde septiembre de 2023. Con el peso abrumador de la depresión y la ansiedad, se vio obligado a tomar la difícil decisión de cancelar su semestre. Respaldado por informes médicos exhaustivos de psicólogos y psiquiatras, presentó su solicitud de cancelación de semestre ante la decanatura de la facultad. Sin embargo, la respuesta de la decanatura llegó tardíamente, en el mes de noviembre, cuando ya había acumulado notas perdidas y faltas. La falta de sensibilidad y comprensión por parte de las autoridades académicas es alarmante, pues no solo ignoraron la gravedad de la situación, sino que también pusieron en peligro el futuro académico y emocional del estudiante, ya que fue balanceado, es decir, quedó sin cupo para seguir cursando el programa de ingeniería civil.

La respuesta de la decanatura consistió en la transcripción de una normativa no aplicable al caso, donde justificaron su demora alegando que la fecha de cancelación del semestre solo se tendría en cuenta cuando la decanatura respondiera, es decir, en el mes de noviembre, cuando ya no había opción de recuperar ninguna materia perdida por faltas y por notas de cero por no haberse presentado, y no desde el mes de septiembre, cuando el estudiante presentó oportunamente su solicitud de cancelación de semestre, antes de que se registraran notas y faltas en el sistema. Además, indicaron que, debido a los trastornos padecidos por el estudiante, era mejor que no continuara con su labor académica justificando la decisión de quitarle un cupo en el programa.

Este pronunciamiento que no se sustenta en ningún concepto psicológico ni psiquiátrico, que justifica la negligencia administrativa y demuestra la crueldad de la decanatura de la Facultad de Ingeniería Civil, evidencia la falta de una política universitaria de salud mental al interior de la Universidad del Cauca.

La burocracia y la falta de una política clara en materia de salud mental han convertido a la universidad en una trampa para este estudiante, en lugar de ser un entorno propicio para su crecimiento y desarrollo personal. La indiferencia institucional hacia los problemas de salud mental de los estudiantes no solo pone en peligro su educación, sino también su vida y bienestar. Esta preocupante situación se agrava aún más si consideramos que las autoridades de salud han lanzado alarmas debido a los constantes casos de suicidio en la ciudad de Popayán y en el Departamento en general. El Cauca es una de las regiones con mayor incidencia de suicidios, independientemente de la edad o condición económica de las personas. Al parecer, esta tendencia está relacionada con problemas de salud mental que requieren atención urgente por parte de las autoridades competentes. El trágico suicidio de un estudiante de la facultad de derecho de la Universidad del Cauca en el mes de febrero de este año recalca la urgencia de implementar programas de atención en salud mental en beneficio de toda la comunidad universitaria.

Afortunadamente, el estudiante de nuestra historia no se rindió y buscó la intervención de la administración de justicia para hacer valer sus derechos a la educación y a la salud. En una primera instancia judicial, la decisión de la decanatura fue revocada y se ordenó al consejo académico de la facultad que reevaluara la situación, tomando en cuenta los informes médicos proporcionados por el estudiante.

Además, la orden judicial incluyó un exhorto importante para la universidad: establecer un programa de atención en salud mental que aborde tanto la atención personalizada como los conflictos administrativos con un enfoque holístico. Esta medida es un paso fundamental hacia la creación de un entorno universitario más compasivo y empático, donde se priorice el bienestar emocional de los estudiantes sobre cualquier otra consideración.

Sin embargo, la universidad ha incumplido con esta orden judicial. A pesar de que el fallo del Juzgado Administrativo de Popayán fue emitido el 23 de febrero de 2024, hasta la fecha la decanatura de la Facultad de Ingeniería Civil no ha proporcionado ninguna respuesta al estudiante. Esta falta de acción ha prolongado su sufrimiento y ha agravado sus padecimientos emocionales. La universidad del Cauca es la responsable en este momento de cualquier ideación suicida que pueda estar rondando en la mente del estudiante, para quien la posibilidad de continuar sus estudios es su tabla de salvación. Esta falta de respuesta es profundamente preocupante y refleja una cultura institucional que prioriza la burocracia sobre el bienestar humano.

Es urgente que la Universidad del Cauca reconozca la importancia de la salud mental en el éxito académico y personal de sus estudiantes. Implementar una política integral de salud mental y contar con un equipo adecuado de profesionales capacitados no solo garantizará una educación de excelencia y calidad, sino que también promoverá un enfoque humano en el proceso educativo. Los profesionales formados en la Universidad del Cauca contarán con herramientas indispensables en salud mental que les permitirán contribuir de manera significativa al mejoramiento de la sociedad.

Por: Sofía López Mera, abogada y periodista, defensora de derechos humanos de la Corporación Justicia y Dignidad.