¿Qué pasaría si Colombia copiara el modelo Bukele? Una advertencia para 2026

Hay informes que no se leen: se advierten. El más reciente reporte de Human Rights Watch sobre El Salvador en 2025 no describe un país lejano ni exótico, sino un modelo político exportable. Y eso es lo inquietante: lo que allí ocurre es exactamente lo que una parte de la derecha colombiana admira, justifica y aspira a replicar si regresa al poder en 2026.

Empecemos por las cifras, pero traducidas a Colombia, para que no parezcan abstractas. En El Salvador, el 1,9 % de la población está hoy privada de la libertad. Es una de las tasas de encarcelamiento más altas del mundo.

En Colombia, con cerca de 52 millones de habitantes, ese porcentaje equivaldría a casi un millón de personas presas. Un millón. Hoy Colombia tiene alrededor de 100.000 personas privadas de la libertad. El llamado “modelo Bukele” multiplicaría por diez la población carcelaria del país. No es una metáfora: es una proyección aritmética.

Desde marzo de 2022, El Salvador vive bajo un régimen de excepción permanente, prorrogado 45 veces, que suspendió garantías básicas. Más de 90.000 personas han sido detenidas, incluyendo más de 3.000 niños. Traducido a Colombia, sería como detener a toda la población de una ciudad del tamaño de Ibagué o Villavicencio, muchas personas sin imputación clara, sin juicio y sin contacto con abogados o familiares.

Durante ese régimen, al menos 458 personas han muerto bajo custodia del Estado. Si aplicamos una proporción similar a Colombia, estaríamos hablando de miles de muertes en cárceles, sin investigaciones ni responsables.

Ahora la pregunta inevitable: ¿se imaginan el escándalo político, mediático y judicial si algo así ocurriera bajo el gobierno de Gustavo Petro? ¿Se imaginan los titulares, las marchas, las denuncias internacionales, las columnas hablando de dictadura? Pues eso es exactamente lo que sucede hoy en El Salvador bajo Nayib Bukele, y que muchos justifican con un encogimiento de hombros porque “bajaron los homicidios”.

Sí, la violencia de pandillas disminuyó. Es cierto. Pero el informe es claro: el precio fue la demolición del Estado de derecho. Bukele fue reelegido pese a que la Constitución lo prohibía. Luego, el Congreso —controlado por su partido— aprobó la reelección indefinida y permitió reformar la Constitución en una sola legislatura. Traducido a Colombia: sería como si el presidente de turno cambiara la Carta Política con su mayoría, eliminara los límites al poder y neutralizara a la Corte Constitucional. ¿Escandaloso? Exactamente.

El poder judicial fue purgado. Jueces independientes destituidos o trasladados. El fiscal general ratificado tras desmantelar unidades anticorrupción. La transparencia cayó a su peor nivel en trece años. La declaración de bienes del presidente fue declarada reservada. En Colombia, eso equivaldría a clasificar como secreto el patrimonio presidencial, algo que incendiaría el debate público durante meses.

La sociedad civil tampoco se salvó. Defensores de derechos humanos y abogados críticos están detenidos e incomunicados. Se aprobó una Ley de Agentes Extranjeros que impone un impuesto del 30 % a la cooperación internacional y permite cerrar organizaciones por criterios vagos. El resultado: más de 140 periodistas y defensores huyeron del país. En Colombia, sería como ver a El Espectador, la FLIP y decenas de ONG cerrando oficinas o exiliándose por miedo.

Y aquí viene lo político. Este no es un modelo abstracto: tiene admiradores con nombre propio en Colombia. Álvaro Uribe Vélez ha elogiado públicamente a Bukele. Paloma Valencia ha defendido su “mano dura” como ejemplo a seguir. Juan Carlos Pinzón, junto a otros aspirantes de derecha, propone militarización, ampliación de la prisión preventiva y desconfianza abierta hacia jueces, prensa y organizaciones sociales. Y está también Abelardo de la Espriella, quien no solo admira el modelo sino que parece empeñado en imitarlo incluso en lo estético, como si el autoritarismo fuera también una cuestión de peinado, chaqueta y pose. El libreto es reconocible.

No quieren volver al poder solo para gobernar. Quieren volver para gobernar sin límites. Para neutralizar controles, desacreditar los derechos humanos y convertir la seguridad en excusa permanente. Quieren un país más silencioso, no necesariamente más justo.

La pregunta no es si el modelo Bukele “funciona”.

La pregunta es si Colombia está dispuesta a pagar ese precio.

Porque la experiencia latinoamericana es clara: el autoritarismo siempre promete orden, siempre entrega miedo y siempre termina cobrando libertades.

El Salvador no es el futuro inevitable.

Es una advertencia.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La decisión del Consejo Nacional Electoral y el camino al triunfo de Iván Cepeda en primera vuelta

El uribismo cree que está ganando una batalla. Como casi siempre, confunde el ruido de los escritorios con el pulso de la calle. Al ponerle zancadillas a la izquierda desde el Consejo Nacional Electoral, al enredar consultas, inventar trabas y decidir a puerta cerrada, imagina que debilita a su adversario. En realidad, está haciendo exactamente lo contrario.

La idea era sencilla —y torpe—: dividir a la izquierda, desgastarla en una consulta de bajo vuelo y restarle aire a quien más convoca. El resultado puede ser otro: sacar a la izquierda de la consulta y empujarla en bloque hacia mayo. Es decir, cambiar un trámite tibio por una elección de verdad. El uribismo no teme a las consultas; le teme al voto. Por eso decide en despachos. Por eso judicializa la política. Por eso cree que gobernar es administrar procedimientos.

Pero la política —esa que gana elecciones— no vive en resoluciones. Vive en emociones. Y aquí hay una emoción clara y creciente: indignación. Indignación por las trampas, por el manoseo “técnico”, por la sensación de que las reglas se tuercen cuando el resultado no conviene. Esa indignación no desmoviliza: enciende. Y cuando enciende, convoca.

El uribismo y sus aliados circunstanciales —los camaleones que hoy influyen y mañana se desdicen, como Roy Barreras o Abelardo de la Espriella— pueden celebrar cada obstáculo. No advierten el efecto acumulado: están fabricando un símbolo. Y los símbolos arrastran más que los reglamentos.

Hay un dato incómodo para los administradores del trámite: el único que llena plazas, el único que mueve redes sociales con organicidad, el único que convoca sin aparato es Iván Cepeda Castro. No porque grite más, sino porque representa algo que no cabe en una resolución: memoria, coherencia y una idea simple de democracia. Por eso cada intento de excluirlo lo vuelve más grande.

Así, la jugada que pretendía fragmentar puede terminar unificando. La trampa que buscaba enfriar puede calentar. Y la decisión que creyó frenar puede acelerar. Si la izquierda llega a mayo en bloque, con una narrativa clara de injusticia y defensa del voto, la primera vuelta deja de ser una fantasía.

La ironía es perfecta: al intentar administrar la democracia, la empujan a expresarse. Y cuando se expresa, suele hacerlo sin pedir permiso.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

El extraño milagro diplomático: cuando todos quedaron proyanquis

La reunión entre Donald Trump y Gustavo Petro en Washington produjo un fenómeno digno de estudio clínico: dejó a la derecha llamando proyanqui imperialista a Petro, y a una parte de la izquierda celebrando porque el papá del imperio ya no nos odia. Un empate técnico en la esquizofrenia política.

La derecha, que ayer juraba amor eterno a la bota gringa, despertó indignada porque Petro —ese mismo al que acusaban de incendiar la relación bilateral— estrechó la mano equivocada en el momento correcto. “Entregado”, “arrodillado”, “agente del imperio”: el diccionario patriótico se agotó en minutos. Mientras tanto, desde la izquierda se escucharon aplausos emocionados: Trump no gruñó, no gritó, no amenazó. Milagro diplomático. La soberanía, por esta vez, cabía en una foto.

Y es que el señor naranja estuvo sorprendentemente calmado. No hubo bravuconadas, ni tuits incendiarios, ni ultimátums con sabor a pólvora. Quizá porque este fin de semana volvieron a circular —con fuerza— los horrores documentales asociados a los archivos de Jeffrey Epstein: revelaciones y señalamientos que medios y registros judiciales han venido exponiendo y que vuelven incómoda cualquier pose de sheriff moral. En ese contexto, más de un colombiano temió lo peor: captura presidencial exprés, bombardero rumbo a Bogotá y una transición “ordenada” con Francia Márquez de presidenta provisional mientras el uribismo desempacaba al designado. Así de feo pintaba el cuadro en la imaginación colectiva.

Pero no. Al final llegó el gesto balsámico: un “I love Colombia” dicho sin colmillos. Y el país respiró. No porque el imperio nos quiera —eso dura lo que dura un aplauso—, sino porque, por un día, no nos odió en voz alta. A veces, en diplomacia, el alivio también cuenta como victoria. Aunque sea mínima. Aunque sea prestada. Aunque mañana vuelva el ruido.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Álvaro Uribe y la guerra jurídica que amenaza la democracia en Colombia

La democracia colombiana no suele romperse con tanques ni con golpes de Estado visibles. Se debilita de otra manera: con trámites, con decisiones “técnicas”, con interpretaciones legales que parecen neutras, pero que siempre golpean al mismo lado. Eso es lo que hoy ocurre en Colombia: una guerra jurídica que no busca corregir errores electorales, sino impedir que ciertos sectores participen en política.

En ese escenario aparece, una vez más, Álvaro Uribe Vélez. No firmando resoluciones ni dando órdenes públicas, sino influyendo a través de abogados, decisiones judiciales y órganos del Estado que actúan cuando la participación democrática amenaza con cambiar el mapa del poder. No es una sospecha: es una forma de operar que se repite.

Para entender lo que pasa hay que explicar primero algo básico. El Consejo Nacional Electoral (CNE) es la entidad que decide quién puede o no participar en elecciones, consultas y procesos electorales. Debería ser un árbitro neutral. Pero cuando quienes deciden tienen vínculos políticos directos con una de las partes, ese arbitraje se rompe.

Eso es exactamente lo que ocurre con la consulta del 8 de marzo. La participación de Iván Cepeda Castro no se está discutiendo en un debate político abierto, sino en despachos del CNE. Y quien tiene poder de decisión allí es un conjuez que fue abogado defensor de Uribe en el mismo proceso penal donde Cepeda fue reconocido oficialmente como víctima. A pesar de ese conflicto evidente, no se ha declarado impedido y sigue decidiendo como si nada.

Para alguien que no conoce el derecho, esto se puede explicar así: es como si el abogado de una de las partes de un conflicto fuera el juez que decide sobre los derechos del otro. En cualquier democracia seria, eso obliga a apartarse del caso. Aquí, en cambio, se normaliza y se pide creer en una imparcialidad que no existe ni siquiera en apariencia. Así, la justicia electoral deja de ser árbitro y empieza a jugar el partido.

Lo ocurrido con la lista del Pacto Histórico a la Cámara por el Valle del Cauca confirma que no se trata de un hecho aislado. Una solicitud presentada por Nicolás Farfán Namén pretende tumbar esa lista usando una interpretación forzada del artículo 262 de la Constitución, especialmente del llamado límite del 15 %. Ese porcentaje nunca fue creado para impedir inscribir listas, sino para regular efectos posteriores de las elecciones. Hoy se usa como excusa para sacar competidores del juego antes de que la gente vote.

El Valle del Cauca no es cualquier lugar. Cali no es un detalle menor. Son territorios donde la izquierda y el Pacto Histórico han crecido desde abajo: en universidades, barrios, sindicatos, movimientos ambientales y procesos comunitarios. Atacar esa lista es una prueba piloto. Si funciona allí, el mismo mecanismo puede usarse contra otras listas ya demandadas en distintos departamentos. El mensaje es claro: quien crece demasiado puede ser excluido por vía jurídica.

Esto no es defensa del Estado de derecho. Es uso del derecho como arma política. No es control electoral. Es control de la democracia desde los tribunales. Cuando se ponen en duda consultas, cuando se borran listas con interpretaciones creativas, cuando deciden jueces con conflictos evidentes, lo que está en juego no es un trámite, sino algo mucho más grave: quién tiene derecho a representar a la gente.

La democracia colombiana no está perdiendo en las urnas. Está siendo cercada en oficinas, resoluciones y decisiones “técnicas”. Y eso debería preocupar incluso a quienes hoy celebran estas maniobras, porque cuando se acepta que la ley sirva para excluir al adversario, mañana cualquiera puede ser el excluido.

Aquí no sobra la política.

Sobra el miedo al voto.

Y cuando el poder le teme a la voluntad popular, no judicializa por amor a la Constitución, sino por miedo a perder el control.

 

Por Justicia & Dignidad

Periodismo independiente e investigativo

Un Grammy en español, un mensaje al mundo

La noche de los premios suele ser una vitrina de trajes caros y palabras que se evaporan. Pero a veces, muy de vez en cuando, alguien se sale del libreto y convierte el escenario en territorio. Eso pasó cuando Bad Bunny recibió el Grammy al Álbum del Año por Debí Tirar Más Fotos. No fue solo un premio. Fue una grieta.

Por primera vez, el galardón mayor de la industria musical habló en español sin pedir permiso. No como traducción ni como exotismo, sino como lengua madre. Un álbum hecho desde Puerto Rico, desde la memoria, desde la herida y el amor por la tierra, se impuso sobre el catálogo entero del imperio. Ganó el disco, sí. Pero ganó algo más grande: la posibilidad de que el mundo escuche sin corregir el acento.

Bad Bunny no agradeció primero. Hizo una pausa. Y en esa pausa cabían las cocinas donde se reza bajito, los aeropuertos donde el miedo se pega a la piel, las manos que trabajan sin papeles. Dijo “fuera ICE” y no fue un grito: fue una constatación. Luego recordó lo obvio, eso que a veces hay que decir en voz alta: que las personas migrantes no son animales, ni salvajes, ni extraterrestres. Son humanos. Son parte de América.

El gesto incomodó. Como incomoda siempre la dignidad cuando no se arrodilla. Desde lejos, desde los púlpitos del poder, llegó el desprecio. Pero el mensaje ya estaba sembrado.

Hay premios que consagran carreras. Y hay gestos que ensanchan el mundo. Este fue uno de esos. En tiempos de redadas, muros y discursos de odio, un artista popular decidió usar el micrófono más grande para recordar algo sencillo: que el amor es más fuerte que el miedo.

Y eso, aunque parezca pequeño, da esperanza. Porque a veces la historia avanza así: no con discursos largos, sino con una frase dicha en el momento justo, en el idioma que nació para decirla.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

No vaya a la Casa Blanca, señor Presidente

Señor Presidente, por favor, no se le ocurra ir a la Casa Blanca.

No vaya.

No se suba a ese avión.

No cruce esa puerta giratoria alfombrada donde las sonrisas brillan mientras los cuchillos esperan.

Todo esto —absolutamente todo— huele a trampa.

A trampa vieja.

De esas que no necesitan creatividad porque ya fueron usadas.

Con manual desclasificado.

Con antecedentes verificables.

Con entradas propias en Wikipedia.

Hagamos memoria, que es el deporte que más incomoda al poder.

El 19 de octubre de 2025, Donald Trump decidió que usted no era un presidente, sino un “líder del narcotráfico”. Así, sin juez, sin fiscal, sin pruebas. Sin más sustento que su cuenta de Truth Social y su conocida pasión por la calumnia.

No fue una metáfora ni un exabrupto. Fue una acusación directa. Luego la repitió. Y la repitió otra vez. Porque cuando Trump encuentra una palabra que le sirve, la exprime hasta dejarla seca: narcotraficante, protector de la coca, enfermo, peligro regional. Todo dicho con el mismo rigor probatorio con el que algunos insisten en que la Tierra es plana.

Después vino el siguiente acto del libreto: la descertificación moral, política y diplomática. No contentos con insultarlo, decidieron castigar a Colombia. Y, como eso no alcanzaba, lo pusieron a usted y a su familia en la famosa Lista Clinton. Esa lista no necesita jueces, ni sentencias, ni debido proceso. Basta con la sospecha conveniente.

Usted.

Su esposa.

Su hijo.

Un castigo colectivo, pulcro, elegante. De esos que se presentan como trámite administrativo, pero que en realidad funcionan como una ejecución política en cámara lenta. Ya bastante daño le han hecho, señor Presidente, como para ahora invitarlo a la sala principal del verdugo.

Y no olvidemos un detalle nada menor: mientras todo esto ocurría, sectores muy respetables de la derecha colombiana hacían fila en Washington. Fila ordenada, bien peinada, con inglés esforzado. Pidiendo sanciones, intervención, presión internacional. Cualquier cosa que sirviera para sacarlo del camino. El viejo sueño húmedo de siempre: que el problema colombiano lo resuelva otro, preferiblemente con botas.

A esto se suma un hecho grave que no puede pasarse por alto: Álvaro Leyva no se quedó en los audios. Leyva interpuso denuncias penales contra usted en Estados Unidos, buscando activar mecanismos judiciales fuera del país, precisamente en la jurisdicción que hoy lo invita con gesto diplomático. No fue una salida de tono ni un arrebato personal. Fue una jugada política y jurídica deliberada.

Y, como telón de fondo permanente, una amenaza reiterada: el uribismo ha instalado desde hace años la idea de extraditar al presidente Gustavo Petro, presentándolo como determinador político del narcotráfico. No es un rumor marginal ni una exageración retórica. Es un discurso que aparece cíclicamente en columnas, entrevistas, redes y escenarios internacionales, siempre listo para activarse cuando el poder interno no alcanza.

Así que no estamos hablando de paranoia. Estamos hablando de denuncias formales, antecedentes políticos, amenazas públicas y de un marco jurídico hostil que se ha venido construyendo pieza por pieza.

Porque lo que hoy ocurre dentro de Estados Unidos demuestra que, cuando el poder necesita enemigos, los fabrica. ICE dejó de actuar solo en la frontera y ahora opera en barrios, carreteras, escuelas y hospitales como si estuviera en territorio ocupado. Redadas sin orden judicial clara, detenciones masivas y operativos armados han convertido la política migratoria en una operación interna de control social. Ya no se trata solo de expulsar migrantes: se trata de disciplinar comunidades enteras mediante el miedo, de enviar el mensaje de que cualquiera puede ser detenido primero y escuchado después.

Al mismo tiempo, la administración Trump ha convertido la presión internacional en herramienta cotidiana: sanciones económicas contra países que comercian con gobiernos incómodos para Washington, amenazas militares abiertas, operaciones extraterritoriales y decisiones unilaterales que ignoran acuerdos diplomáticos y organismos multilaterales. La soberanía ajena dejó de ser un principio y pasó a ser un obstáculo removible cuando interfiere con intereses geopolíticos. Lo que hoy se hace con otros países mañana puede hacerse con cualquiera que resulte inconveniente.

Y mientras eso ocurre afuera, dentro del propio territorio estadounidense crece la lista de muertos bajo custodia migratoria, de familias separadas y de ciudadanos que terminan heridos o abatidos durante operativos federales. Las protestas que hoy recorren ciudades enteras no nacen solo de la solidaridad con migrantes, sino del temor de millones de personas que empiezan a sentir que la maquinaria de seguridad ya no distingue entre extranjero y ciudadano cuando decide imponer orden. Un Estado que normaliza la excepción termina aplicándola contra todos.

Ahora bien, supongamos que usted va.

Que acepta la invitación.

Que llega sonriente, con traje oscuro y discurso conciliador.

¿Y si no lo dejan salir?

No es una pregunta exagerada. Es una pregunta histórica.

¿Qué tal que lo retengan “preventivamente”?

¿Qué tal que inventen una causa, una orden, un trámite?

¿Qué tal que lo capturen, lo congelen, lo neutralicen diplomáticamente y aquí nos quedemos, solos, mirando el noticiero con esa sensación incómoda de haber visto esta película antes?

Y aquí reaparece Álvaro Leyva, personaje que pasó de canciller a oráculo del desastre. Audios suyos, revelados por El País de España, lo muestran hablando con total naturalidad de un plan para sacarlo a usted del poder. Golpe blando, golpe duro, golpe elegante: el nombre es lo de menos.

En esos audios se menciona que Francia Márquez sabía.

Que Francia Márquez quedaría de presidenta.

Que había que mover fichas, buscar apoyos, acelerar tiempos.

Todo dicho con la serenidad de quien habla de cambiar una junta directiva, no de romper una democracia.

Y perdón, señor Presidente, pero la historia sudamericana no ayuda a tranquilizarnos. Ahí está Dina Boluarte, en Perú: vicepresidenta leal hasta el minuto exacto en que dejó de serlo, firmando la traición a Castillo con una mano y el decreto de represión con la otra. Ahí están los manuales no escritos de vicepresidencias convertidas en puentes hacia el poder cuando el presidente estorba.

Nada raro sería que Francia Márquez, rodeada, presionada, seducida por el canto de sirena del poder y la bendición internacional, hubiera sucumbido al virus de la traición. No sería la primera ni la última. Para la muestra, un botón: ahí está Delcy Rodríguez, vicepresidenta de la Venezuela bombardeada e invadida, puesta en ese lugar por el mismo poder que hoy lo invita a usted a la Casa Blanca.

La historia no juzga, pero se repite con una constancia admirable.

Así que no, señor Presidente.

No vaya.

No nos deje solos.

No se entregue voluntariamente al escenario donde ya lo insultaron, lo sancionaron, lo acusaron y lo cercaron.

No confíe en la invitación del mismo hombre que lo llamó narcotraficante, que habló de operaciones militares y que celebró su aislamiento. Esto no es diplomacia: es una ratonera con luces.

Hay una lección básica que conviene recordar: con los locos no se pelea en público y a los locos no se les pone uno de frente. Por eso, no le diga nada a ese señor por redes sociales. Pero, sobre todo, no cruce esa puerta.

Quédese.

Gobierne desde aquí.

Hable con quien tenga que hablar por teléfono, por carta o por paloma mensajera, si es necesario.

Porque todo esto —todo— huele a una gran trampa.

Y de esas, en América Latina, ya sabemos cómo se sale: tarde, mal y con un monumento póstumo.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

ICE y el derrumbe interno de Estados Unidos

Las muertes recientes vinculadas a la agencia de inmigración estadounidense no son números ni expedientes. Son cuerpos caídos en calles, celdas y carreteras. Son historias que, una tras otra, dibujan el mapa de un país que normalizó la violencia estatal como método de gobierno.

En Minneapolis, Renée Nicole Good, mujer de 37 años, ciudadana estadounidense, madre y voluntaria comunitaria, fue asesinada por un agente federal mientras observaba un operativo migratorio en su propio barrio. Testigos dicen que retrocedía, que no representaba amenaza alguna. El disparo fue inmediato. La explicación oficial llegó después, fría y técnica, como si la vida de Renée cupiera en un protocolo.

Días más tarde, en la misma ciudad, Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos, también ciudadano estadounidense, fue abatido por agentes federales. Grababa con su celular. Documentaba. El acto de mirar se volvió motivo suficiente para morir. Dos muertes, mismo lugar, misma fuerza, mismo silencio institucional.

Más al sur, en Texas, el horror tomó la forma del encierro. Geraldo Lunas Campos, cubano de 55 años, murió dentro de un centro de detención. Dijeron que fue suicidio. El forense dijo otra cosa: homicidio por asfixia. “No puedo respirar”, gritó antes de morir. Frase repetida, conocida, ignorada. En ese mismo complejo murieron otros hombres migrantes, entre ellos Víctor Manuel Díaz, nicaragüense, cuya familia aún espera respuestas que no llegan.

Durante un solo año, decenas de personas murieron bajo custodia migratoria. No en guerras. No en zonas de combate. Murieron detenidas por el Estado, en centros que prometen “custodia administrativa” y entregan muerte, negligencia y encubrimiento.

La respuesta no tardó. Las calles se llenaron de gente. Minneapolis fue el epicentro, pero no el único punto del temblor. Marchas, vigilias, huelgas, cierres de negocios, protestas interreligiosas. Familias migrantes, sindicatos, estudiantes, médicos, artistas. Un país fragmentado encontrándose en el rechazo a una fuerza que ya no se percibe como civil.

Lo que ocurre no es solo una crisis migratoria. Es una crisis de poder. La agencia de inmigración dejó de ser un órgano administrativo para convertirse en una fuerza armada con lógica de enemigo interno. En barrios, hospitales, escuelas y carreteras, sus agentes operan con armas largas, rostros cubiertos y una narrativa de guerra.

Bajo el liderazgo de Donald Trump, esta agencia se expandió, se financió y se legitimó políticamente. La retórica del enemigo, del invasor, del peligro, justificó la militarización del control migratorio. Pero el resultado no se quedó en las fronteras: estalló dentro del país.

Hoy, muchos advierten algo más grave que abusos aislados. Ven el germen de una guerra civil larvada. Un Estado que dispara contra sus propios ciudadanos. Una fuerza federal que actúa sin control efectivo, protegida por el poder ejecutivo y blindada contra la rendición de cuentas. Una agencia que podría sobrevivir al gobierno que la fortaleció y mutar en algo aún más peligroso.

Por eso, en las calles, el nombre se repite con rabia: ICE. Para miles de personas ya no es una sigla burocrática. Es el rostro de una policía política. La gestapo de Trump. Un aparato que gobierna desde el miedo y la fuerza, que disciplina cuerpos y territorios, que decide quién merece vivir tranquilo y quién no.

Estados Unidos se mira al espejo y no se reconoce. El país que se proclamó defensor de derechos humanos hoy entierra a sus muertos bajo discursos de seguridad. El imperio no cae por invasiones externas. Se desmorona desde adentro, erosionado por la violencia que decidió normalizar.

Y mientras los nombres de Renée, Alex, Geraldo, Víctor y tantos otros siguen resonando en las marchas, la pregunta no es si esto puede empeorar. La pregunta es cuánto más puede sostenerse una democracia que apunta sus armas hacia su propia gente.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Las masacres de Cajibío: 25 años de impunidad contra el campesinado del Cauca

En Cajibío el tiempo no pasa: se acumula. Se queda pegado a la tierra, como el barro en las botas del campesino que vuelve del monte. Por eso las masacres no son fechas: son estaciones del miedo.

La primera llegó en noviembre de 2000, en El Carmelo. Era madrugada. Los hombres armados entraron como entra la helada: sin ruido, pero matando. Sacaron a la gente de las casas, revisaron cédulas, leyeron listas. Tres campesinos quedaron tirados al borde del camino. No eran guerrilleros. Eran sembradores. Pero en Cajibío, para los armados, sembrar ya era sospechoso.

Días después, en La Pedregosa, el terror volvió a pasar lista. Jóvenes campesinos, muchachos que no habían salido nunca del municipio, fueron sacados de sus casas, torturados y asesinados. Los mataron con sevicia, como si el castigo tuviera que ser ejemplar. El mensaje era claro: protestar se paga. Vivir también.

Porque nada de esto fue casual. Estas masacres no fueron errores ni excesos: fueron respuesta. En 1999, Cajibío había sido escenario de una gran movilización campesina, con bloqueos de vías y exigencias elementales: tierra, trabajo, vida digna. El Estado escuchó, sí, pero con fusiles prestados.

El castigo final llegó el 15 de enero de 2001, en La Rejoya, a plena luz del día. Una chiva detenida en la carretera. Diez campesinos bajados uno por uno. Acusados de ser milicianos. Ejecutados. La escena fue tan pública que parecía una advertencia nacional: esto les pasa a los que se mueven.

Todo ocurrió bajo el gobierno de Andrés Pastrana, el mismo que hablaba de paz mientras el paramilitarismo se expandía como política no escrita. Porque aquí hay que decirlo sin rodeos: hubo relación, connivencia y cooperación.

La Tercera Brigada y el Batallón José Hilario López no fueron espectadores. Armaron, financiaron y permitieron la actuación de las Autodefensas de Ortega —también llamadas Bloque Mártires de Ortega—, que participaron activamente en estas masacres.

Veinticinco años después, la impunidad es casi perfecta. Justicia y Paz no resolvió nada. Los paramilitares mintieron con descaro: dijeron que las víctimas eran guerrilleros. Una verdad mentirosa, repetida hasta el cansancio. Muchos de ellos están hoy en libertad, caminando los mismos caminos que las familias de las víctimas, siendo aún un peligro.

La ironía es brutal: existe una acción de grupo en el Consejo de Estado donde esos mismos jefes paramilitares, con desparpajo, reconocen que fueron apoyados económicamente por la Brigada Tercera y la Brigada 29. Lo dicen ellos. Está escrito. Y no pasa nada.

En 2021, las tres masacres fueron declaradas crímenes de lesa humanidad. Y los casos fueron admitidos en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El gobierno de Gustavo Petro se comprometió con las víctimas a una solución amistosa internacional. Pero hasta hoy, no hay verdad plena, no hay reparación, no hay justicia.

Ni siquiera con un gobierno progresista, las víctimas campesinas del Cauca han encontrado alivio. Siguen reuniéndose. Siguen denunciando. Siguen esperando. Muchas ya están viejas. Algunas se están muriendo sin ver justicia.

La historia no pide discursos. Pide decisiones.

Y hoy, esa posibilidad —mínima, frágil, pero real— está en manos del Presidente de la República.

Porque Cajibío no necesita compasión.

Necesita, de una vez por todas, verdad y justicia.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

No vaya, señor Presidente

Señor Presidente, por favor, no se le ocurra ir a la Casa Blanca.

No vaya.

No se suba a ese avión.

No cruce esa puerta giratoria alfombrada donde las sonrisas brillan mientras los cuchillos esperan.

Todo esto —absolutamente todo— huele a trampa.

A trampa vieja.

De esas que no necesitan creatividad porque ya fueron usadas.

Con manual desclasificado.

Con antecedentes verificables.

Con entradas propias en Wikipedia.

Hagamos memoria, que es el deporte que más incomoda al poder.

El 19 de octubre de 2025, Donald Trump decidió que usted no era un presidente, sino un “líder del narcotráfico”. Así, sin juez, sin fiscal, sin pruebas. Sin más sustento que su cuenta de Truth Social y su conocida pasión por la calumnia.

No fue una metáfora ni un exabrupto. Fue una acusación directa. Y luego la repitió. Y la repitió otra vez. Porque cuando Trump encuentra una palabra que le sirve, la exprime hasta dejarla seca: narcotraficante, protector de la coca, enfermo, peligro regional. Todo dicho con el mismo rigor probatorio con el que algunos insisten en que la Tierra es plana.

Después vino el siguiente acto del libreto: la descertificación moral, política y diplomática. No contentos con insultarlo, decidieron castigar a Colombia. Y como eso no alcanzaba, lo pusieron a usted y a su familia en la famosa Lista Clinton. Esa lista que no necesita jueces, ni sentencias, ni debido proceso, porque basta con la sospecha conveniente.

Usted.

Su esposa.

Su hijo.

Un castigo colectivo, pulcro, elegante. De esos que se presentan como trámite administrativo pero que en realidad funcionan como una ejecución política en cámara lenta. Ya bastante daño le han hecho, señor Presidente, como para ahora invitarlo a la sala principal del verdugo.

Y no olvidemos un detalle nada menor: mientras todo esto ocurría, sectores muy respetables de la derecha colombiana hacían fila en Washington. Fila ordenada, bien peinada, con inglés esforzado. Pidiendo sanciones, intervención, presión internacional. Cualquier cosa que sirviera para sacarlo del camino. El viejo sueño húmedo de siempre: que el problema colombiano lo resuelva otro, preferiblemente con botas.

A esto se suma un hecho grave que no puede pasarse por alto: Álvaro Leyva no se quedó en los audios. Leyva interpuso denuncias penales contra usted en Estados Unidos, buscando activar mecanismos judiciales fuera del país, precisamente en la jurisdicción que hoy lo invita con gesto diplomático. No fue una salida de tono ni un arrebato personal: fue una jugada política y jurídica deliberada.

Y como telón de fondo permanente, una amenaza reiterada: el uribismo ha instalado desde hace años la idea de extraditar al presidente Gustavo Petro, presentándolo como determinador político del narcotráfico. No es un rumor marginal ni una exageración retórica. Es un discurso que aparece cíclicamente en columnas, entrevistas, redes y escenarios internacionales, siempre listo para activarse cuando el poder interno no alcanza.

Así que no estamos hablando de paranoia. Estamos hablando de denuncias formales, antecedentes políticos, amenazas públicas y de un marco jurídico hostil que se ha venido construyendo pieza por pieza.

Ahora bien, supongamos que usted va.

Que acepta la invitación.

Que llega sonriente, con traje oscuro y discurso conciliador.

¿Y si no lo dejan salir?

No es una pregunta exagerada. Es una pregunta histórica.

¿Qué tal que lo retengan “preventivamente”?

¿Qué tal que inventen una causa, una orden, un trámite?

¿Qué tal que lo capturen, lo congelen, lo neutralicen diplomáticamente y aquí nos quedemos, solos, mirando el noticiero con esa sensación incómoda de haber visto esta película antes?

Y aquí reaparece Álvaro Leyva, personaje que pasó de canciller a oráculo del desastre. Audios suyos, revelados por El País de España, lo muestran hablando con total naturalidad de un plan para sacarlo a usted del poder. Golpe blando, golpe duro, golpe elegante: el nombre es lo de menos.

En esos audios se menciona que Francia Márquez sabía.

Que Francia Márquez quedaría de presidenta.

Que había que mover fichas, buscar apoyos, acelerar tiempos.

Todo dicho con la serenidad de quien habla de cambiar una junta directiva, no de romper una democracia.

Y perdón, señor Presidente, pero la historia sudamericana no ayuda a tranquilizarnos. Ahí está Dina Boluarte, en el Perú: vicepresidenta leal hasta el minuto exacto en que dejó de serlo, firmando la traición a Castillo con una mano y el decreto de represión con la otra. Ahí están los manuales no escritos de vicepresidencias convertidas en puentes hacia el poder cuando el presidente estorba.

Nada raro sería que Francia Márquez, rodeada, presionada, seducida por el canto de sirena del poder y la bendición internacional, hubiera sucumbido al virus de la traición. No sería la primera ni la última. Para la muestra, un botón: ahí está Delcy Rodríguez, vicepresidenta de la Venezuela bombardeada e invadida, puesta en ese lugar por el mismo poder que hoy lo invita a usted a la Casa Blanca.

La historia no juzga, pero se repite con una constancia admirable.

Así que no, señor Presidente.

No vaya.

No nos deje solos.

No se entregue voluntariamente al escenario donde ya lo insultaron, lo sancionaron, lo acusaron y lo cercaron.

No confíe en la invitación del mismo hombre que lo llamó narcotraficante, que habló de operaciones militares, que celebró su aislamiento. Esto no es diplomacia: es una ratonera con luces.

Hay una lección básica que conviene recordar: con los locos no se pelea en público, y con los locos no se les pone uno de frente. Por eso, no le diga nada a ese señor por redes sociales. Pero, sobre todo, no cruce esa puerta.

Quédese.

Gobierne desde aquí.

Hable con quien tenga que hablar por teléfono, por carta o por paloma mensajera si es necesario.

Porque todo esto —todo— huele a una gran trampa.

Y de esas, en América Latina, ya sabemos cómo se sale: tarde, mal y con un monumento póstumo.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La ICE de Donald Trump asesinó a una poeta

En una mañana gélida, de esas que parecen congelar incluso el aliento de los sueños, Renée Nicole Macklin Good, poeta, madre y ciudadana estadounidense de 37 años, fue asesinada por un agente del ICE mientras se encontraba dentro de su propio vehículo. No era el objetivo de ninguna redada. No tenía antecedentes penales. No portaba armas. Tenía hijos, versos y una vida común, esa que el poder suele considerar prescindible.

Renée había nacido en Colorado Springs, una ciudad de colinas abiertas y cielos largos. En sus redes sociales se describía con una ironía suave: “poeta, escritora, esposa, madre y guitarrista mediocre”. Estudió escritura creativa en la Old Dominion University y en 2020 recibió un premio de poesía. Sus amigos la recuerdan como una mujer generosa: té caliente, galletas recién hechas y conversación honesta para quien tocara su puerta.

Era madre de tres hijos: una adolescente de 15 años y dos niños de 12 y 6. El menor había perdido a su padre en 2023, y Renée —como tantas mujeres— sostuvo el duelo ajeno con el propio cuerpo, con palabras, con presencia. Criar, leer, escribir: resistir.

El 7 de enero, después de dejar a su hijo menor en la escuela, Renée regresaba a casa junto a su pareja cuando, en una calle nevada de Minneapolis, agentes del ICE ejecutaban una operación migratoria masiva. Ella no era buscada. No figuraba en ninguna lista. Quedó atrapada en un cerco que no la incluía, salvo como daño colateral.

Los videos conocidos muestran una escena devastadora: gritos, confusión, armas desenfundadas. Renée intenta alejarse. No se sabe si por miedo, por desconcierto, por puro instinto de supervivencia. Entonces un agente dispara contra su camioneta. Tres veces. Una bala impacta en su cabeza. Minutos después, Renée muere en el hospital.

La reacción fue inmediata y conocida. El Departamento de Seguridad Nacional y el propio Donald Trump afirmaron que la mujer intentó atropellar a los agentes. La narrativa de siempre: deshumanizar a la víctima, justificar la violencia, clausurar las preguntas incómodas. La más elemental de todas sigue sin respuesta: ¿por qué una poeta fue asesinada por un agente federal en su propio país?

No se trata de ideología. No es una disputa entre derechas e izquierdas. Es algo más crudo y más antiguo: violencia institucional, ejercida en nombre de la “seguridad”, administrada como procedimiento, ejecutada con balas. Un sistema que dispara primero y explica después. Un Estado que convierte la vida en riesgo aceptable.

Renée Nicole Macklin Good no era una amenaza. Era una mujer que escribía. Y precisamente por eso su muerte importa. Vivirá en sus versos, pero también en la memoria de quienes se niegan a aceptar que la justicia pueda vestirse de uniforme, apuntar y matar sin consecuencias.

Porque cuando el Estado asesina a una poeta, no solo se apaga una vida: se dispara contra la palabra misma.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo