Hidroituango, Urrá y las inundaciones en Córdoba

Las inundaciones no empiezan cuando el agua cruza la puerta de una casa. Empiezan mucho antes, cuando alguien decide qué hacer con el agua que no vemos, la que se acumula detrás de los muros de las represas. Esa agua no es solo un elemento natural: es energía, es dinero y es riesgo. En Colombia, dos represas concentran hoy esa discusión: Hidroituango, en Antioquia, y Urrá, en Córdoba. Lo que ocurra con ellas no se queda en los embalses; baja por los ríos y termina en la vida de miles de personas.

El sistema eléctrico colombiano funciona de una manera que pocos conocen: el precio de la energía sube cuando se necesita usar plantas térmicas que funcionan con gas, un combustible mucho más caro que el agua. Cuando el gas entra a cubrir la demanda, toda la energía se paga a ese precio alto, incluso la que se produce con agua. Por eso, decidir si se genera con energía hidráulica o se retiene el agua en los embalses no es una decisión técnica neutra: es una decisión económica que afecta a todos.

En los últimos meses, mientras se hablaba de escasez de gas y de tarifas elevadas, las represas estaban llenas. Había agua suficiente para producir energía más barata, pero esa agua se retuvo. Al hacerlo, el sistema siguió dependiendo del gas y los precios se mantuvieron altos. Retener el agua mejoró los ingresos del mercado energético, pero también acumuló un riesgo silencioso que creció día tras día detrás de los muros de concreto.

Hidroituango, el proyecto hidroeléctrico más grande del país, está ubicado sobre el río Cauca y es operado por Empresas Públicas de Medellín, una empresa cien por ciento pública, propiedad del municipio de Medellín. La responsabilidad política sobre su conducción recae en la Alcaldía de la ciudad y, hoy, en su alcalde, Federico Gutiérrez. Aunque no abre compuertas ni firma órdenes técnicas, es el responsable político de la empresa que toma las decisiones estratégicas sobre el manejo del embalse y la gestión del riesgo.

En Córdoba, la represa de Urrá controla el río Sinú y es operada por Urrá S.A. E.S.P., cuyo gerente es Juan de Jesús Acevedo Rocha. Sus decisiones impactan directamente a los municipios aguas abajo, donde viven comunidades campesinas y ribereñas históricamente vulnerables. Cuando el nivel del embalse supera los límites permitidos, la responsabilidad deja de ser abstracta y se vuelve concreta, con nombres y cargos.

Luego llegó la ola invernal. Las lluvias, intensificadas por la crisis climática, llenaron aún más los embalses. Sin margen para seguir reteniendo agua, las compuertas se abrieron de manera abrupta. El agua salió en volúmenes enormes, convertida en una fuerza descontrolada. En Córdoba, municipios enteros quedaron bajo el agua. Miles de familias perdieron sus casas, sus cultivos y sus animales. Más de la mitad del departamento resultó afectada, con zonas rurales aisladas y una emergencia humanitaria que aún no termina.

En Antioquia, el riesgo se concentra en las zonas aguas abajo de Hidroituango: el Bajo Cauca, el nordeste antioqueño y el Magdalena Medio, territorios históricamente golpeados por inundaciones, minería y abandono estatal. Allí, cualquier aumento súbito del caudal del río Cauca se traduce en pérdidas humanas y materiales difíciles de reparar.

A esto se le llama capitalismo de las tragedias: retener el agua cuando produce ganancias y soltarla cuando se vuelve peligrosa. El presidente Gustavo Petro ha pedido investigaciones porque aquí no solo hay lluvias y cambio climático. Hay decisiones humanas que amplificaron el desastre. Las consecuencias ya están a la vista: inundaciones más graves, energía desperdiciada, ecosistemas dañados y comunidades empobrecidas. La pregunta que queda flotando, mientras el agua aún no se retira del todo, es quién decidió retener, quién decidió soltar y quién responde cuando el río entra a las casas.

 

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¿Qué pasaría si Colombia copiara el modelo Bukele? Una advertencia para 2026

Hay informes que no se leen: se advierten. El más reciente reporte de Human Rights Watch sobre El Salvador en 2025 no describe un país lejano ni exótico, sino un modelo político exportable. Y eso es lo inquietante: lo que allí ocurre es exactamente lo que una parte de la derecha colombiana admira, justifica y aspira a replicar si regresa al poder en 2026.

Empecemos por las cifras, pero traducidas a Colombia, para que no parezcan abstractas. En El Salvador, el 1,9 % de la población está hoy privada de la libertad. Es una de las tasas de encarcelamiento más altas del mundo.

En Colombia, con cerca de 52 millones de habitantes, ese porcentaje equivaldría a casi un millón de personas presas. Un millón. Hoy Colombia tiene alrededor de 100.000 personas privadas de la libertad. El llamado “modelo Bukele” multiplicaría por diez la población carcelaria del país. No es una metáfora: es una proyección aritmética.

Desde marzo de 2022, El Salvador vive bajo un régimen de excepción permanente, prorrogado 45 veces, que suspendió garantías básicas. Más de 90.000 personas han sido detenidas, incluyendo más de 3.000 niños. Traducido a Colombia, sería como detener a toda la población de una ciudad del tamaño de Ibagué o Villavicencio, muchas personas sin imputación clara, sin juicio y sin contacto con abogados o familiares.

Durante ese régimen, al menos 458 personas han muerto bajo custodia del Estado. Si aplicamos una proporción similar a Colombia, estaríamos hablando de miles de muertes en cárceles, sin investigaciones ni responsables.

Ahora la pregunta inevitable: ¿se imaginan el escándalo político, mediático y judicial si algo así ocurriera bajo el gobierno de Gustavo Petro? ¿Se imaginan los titulares, las marchas, las denuncias internacionales, las columnas hablando de dictadura? Pues eso es exactamente lo que sucede hoy en El Salvador bajo Nayib Bukele, y que muchos justifican con un encogimiento de hombros porque “bajaron los homicidios”.

Sí, la violencia de pandillas disminuyó. Es cierto. Pero el informe es claro: el precio fue la demolición del Estado de derecho. Bukele fue reelegido pese a que la Constitución lo prohibía. Luego, el Congreso —controlado por su partido— aprobó la reelección indefinida y permitió reformar la Constitución en una sola legislatura. Traducido a Colombia: sería como si el presidente de turno cambiara la Carta Política con su mayoría, eliminara los límites al poder y neutralizara a la Corte Constitucional. ¿Escandaloso? Exactamente.

El poder judicial fue purgado. Jueces independientes destituidos o trasladados. El fiscal general ratificado tras desmantelar unidades anticorrupción. La transparencia cayó a su peor nivel en trece años. La declaración de bienes del presidente fue declarada reservada. En Colombia, eso equivaldría a clasificar como secreto el patrimonio presidencial, algo que incendiaría el debate público durante meses.

La sociedad civil tampoco se salvó. Defensores de derechos humanos y abogados críticos están detenidos e incomunicados. Se aprobó una Ley de Agentes Extranjeros que impone un impuesto del 30 % a la cooperación internacional y permite cerrar organizaciones por criterios vagos. El resultado: más de 140 periodistas y defensores huyeron del país. En Colombia, sería como ver a El Espectador, la FLIP y decenas de ONG cerrando oficinas o exiliándose por miedo.

Y aquí viene lo político. Este no es un modelo abstracto: tiene admiradores con nombre propio en Colombia. Álvaro Uribe Vélez ha elogiado públicamente a Bukele. Paloma Valencia ha defendido su “mano dura” como ejemplo a seguir. Juan Carlos Pinzón, junto a otros aspirantes de derecha, propone militarización, ampliación de la prisión preventiva y desconfianza abierta hacia jueces, prensa y organizaciones sociales. Y está también Abelardo de la Espriella, quien no solo admira el modelo sino que parece empeñado en imitarlo incluso en lo estético, como si el autoritarismo fuera también una cuestión de peinado, chaqueta y pose. El libreto es reconocible.

No quieren volver al poder solo para gobernar. Quieren volver para gobernar sin límites. Para neutralizar controles, desacreditar los derechos humanos y convertir la seguridad en excusa permanente. Quieren un país más silencioso, no necesariamente más justo.

La pregunta no es si el modelo Bukele “funciona”.

La pregunta es si Colombia está dispuesta a pagar ese precio.

Porque la experiencia latinoamericana es clara: el autoritarismo siempre promete orden, siempre entrega miedo y siempre termina cobrando libertades.

El Salvador no es el futuro inevitable.

Es una advertencia.

 

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La decisión del Consejo Nacional Electoral y el camino al triunfo de Iván Cepeda en primera vuelta

El uribismo cree que está ganando una batalla. Como casi siempre, confunde el ruido de los escritorios con el pulso de la calle. Al ponerle zancadillas a la izquierda desde el Consejo Nacional Electoral, al enredar consultas, inventar trabas y decidir a puerta cerrada, imagina que debilita a su adversario. En realidad, está haciendo exactamente lo contrario.

La idea era sencilla —y torpe—: dividir a la izquierda, desgastarla en una consulta de bajo vuelo y restarle aire a quien más convoca. El resultado puede ser otro: sacar a la izquierda de la consulta y empujarla en bloque hacia mayo. Es decir, cambiar un trámite tibio por una elección de verdad. El uribismo no teme a las consultas; le teme al voto. Por eso decide en despachos. Por eso judicializa la política. Por eso cree que gobernar es administrar procedimientos.

Pero la política —esa que gana elecciones— no vive en resoluciones. Vive en emociones. Y aquí hay una emoción clara y creciente: indignación. Indignación por las trampas, por el manoseo “técnico”, por la sensación de que las reglas se tuercen cuando el resultado no conviene. Esa indignación no desmoviliza: enciende. Y cuando enciende, convoca.

El uribismo y sus aliados circunstanciales —los camaleones que hoy influyen y mañana se desdicen, como Roy Barreras o Abelardo de la Espriella— pueden celebrar cada obstáculo. No advierten el efecto acumulado: están fabricando un símbolo. Y los símbolos arrastran más que los reglamentos.

Hay un dato incómodo para los administradores del trámite: el único que llena plazas, el único que mueve redes sociales con organicidad, el único que convoca sin aparato es Iván Cepeda Castro. No porque grite más, sino porque representa algo que no cabe en una resolución: memoria, coherencia y una idea simple de democracia. Por eso cada intento de excluirlo lo vuelve más grande.

Así, la jugada que pretendía fragmentar puede terminar unificando. La trampa que buscaba enfriar puede calentar. Y la decisión que creyó frenar puede acelerar. Si la izquierda llega a mayo en bloque, con una narrativa clara de injusticia y defensa del voto, la primera vuelta deja de ser una fantasía.

La ironía es perfecta: al intentar administrar la democracia, la empujan a expresarse. Y cuando se expresa, suele hacerlo sin pedir permiso.

 

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Álvaro Uribe, el CNE y el efecto búmeran contra Iván Cepeda

El Consejo Nacional Electoral cree que está cerrando el paso. En realidad, está empujando. En su afán por poner obstáculos “técnicos”, por inventar candados jurídicos y por decidir con jueces que no se apartan ni cuando deberían, puede estar haciéndole el mayor favor político imaginable a Iván Cepeda Castro.

La consulta del 8 de marzo, tal como está planteada entre las trabas del CNE y las maniobras del uribismo para impedir que Cepeda participe y así dividir a la izquierda, promete poco: bajo caudal electoral, escasa movilización y un resultado que difícilmente encendería entusiasmos. Ganar ahí no convierte a nadie en favorito presidencial; apenas lo certifica como sobreviviente de un trámite. Sacar a Cepeda de ese escenario no lo debilita: lo fortalece. Lo saca del pantano procedimental y lo lanza, directamente, al terreno donde se ganan las elecciones de verdad.

Porque la elección presidencial no se decide con resoluciones ni con tecnicismos. Se decide con emociones. Y nada moviliza más que la sensación de injusticia. Cuando el poder parece torcer las reglas para excluir, fabrica símbolos. Y los símbolos, en política, pesan más que cualquier consulta de baja intensidad.

Detrás de esta torpeza institucional asoma, como casi siempre, la sombra de Álvaro Uribe Vélez. No hace falta que dé órdenes ni que firme papeles: basta con que sus viejas redes jurídicas sigan funcionando. El resultado puede ser paradójico. En vez de frenar a Cepeda, pueden estar ayudándolo a llegar a mayo con algo que ningún trámite otorga: una candidatura cargada de rabia, memoria y sentido político.

En Colombia, cada vez que el poder intenta administrar la democracia desde los escritorios, termina recordándole a la gente que el voto sigue siendo la última palabra. Y esa palabra, cuando llega cargada de indignación, suele ser más fuerte de lo que sus administradores imaginan.

 

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El extraño milagro diplomático: cuando todos quedaron proyanquis

La reunión entre Donald Trump y Gustavo Petro en Washington produjo un fenómeno digno de estudio clínico: dejó a la derecha llamando proyanqui imperialista a Petro, y a una parte de la izquierda celebrando porque el papá del imperio ya no nos odia. Un empate técnico en la esquizofrenia política.

La derecha, que ayer juraba amor eterno a la bota gringa, despertó indignada porque Petro —ese mismo al que acusaban de incendiar la relación bilateral— estrechó la mano equivocada en el momento correcto. “Entregado”, “arrodillado”, “agente del imperio”: el diccionario patriótico se agotó en minutos. Mientras tanto, desde la izquierda se escucharon aplausos emocionados: Trump no gruñó, no gritó, no amenazó. Milagro diplomático. La soberanía, por esta vez, cabía en una foto.

Y es que el señor naranja estuvo sorprendentemente calmado. No hubo bravuconadas, ni tuits incendiarios, ni ultimátums con sabor a pólvora. Quizá porque este fin de semana volvieron a circular —con fuerza— los horrores documentales asociados a los archivos de Jeffrey Epstein: revelaciones y señalamientos que medios y registros judiciales han venido exponiendo y que vuelven incómoda cualquier pose de sheriff moral. En ese contexto, más de un colombiano temió lo peor: captura presidencial exprés, bombardero rumbo a Bogotá y una transición “ordenada” con Francia Márquez de presidenta provisional mientras el uribismo desempacaba al designado. Así de feo pintaba el cuadro en la imaginación colectiva.

Pero no. Al final llegó el gesto balsámico: un “I love Colombia” dicho sin colmillos. Y el país respiró. No porque el imperio nos quiera —eso dura lo que dura un aplauso—, sino porque, por un día, no nos odió en voz alta. A veces, en diplomacia, el alivio también cuenta como victoria. Aunque sea mínima. Aunque sea prestada. Aunque mañana vuelva el ruido.

 

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Álvaro Uribe y la guerra jurídica que amenaza la democracia en Colombia

La democracia colombiana no suele romperse con tanques ni con golpes de Estado visibles. Se debilita de otra manera: con trámites, con decisiones “técnicas”, con interpretaciones legales que parecen neutras, pero que siempre golpean al mismo lado. Eso es lo que hoy ocurre en Colombia: una guerra jurídica que no busca corregir errores electorales, sino impedir que ciertos sectores participen en política.

En ese escenario aparece, una vez más, Álvaro Uribe Vélez. No firmando resoluciones ni dando órdenes públicas, sino influyendo a través de abogados, decisiones judiciales y órganos del Estado que actúan cuando la participación democrática amenaza con cambiar el mapa del poder. No es una sospecha: es una forma de operar que se repite.

Para entender lo que pasa hay que explicar primero algo básico. El Consejo Nacional Electoral (CNE) es la entidad que decide quién puede o no participar en elecciones, consultas y procesos electorales. Debería ser un árbitro neutral. Pero cuando quienes deciden tienen vínculos políticos directos con una de las partes, ese arbitraje se rompe.

Eso es exactamente lo que ocurre con la consulta del 8 de marzo. La participación de Iván Cepeda Castro no se está discutiendo en un debate político abierto, sino en despachos del CNE. Y quien tiene poder de decisión allí es un conjuez que fue abogado defensor de Uribe en el mismo proceso penal donde Cepeda fue reconocido oficialmente como víctima. A pesar de ese conflicto evidente, no se ha declarado impedido y sigue decidiendo como si nada.

Para alguien que no conoce el derecho, esto se puede explicar así: es como si el abogado de una de las partes de un conflicto fuera el juez que decide sobre los derechos del otro. En cualquier democracia seria, eso obliga a apartarse del caso. Aquí, en cambio, se normaliza y se pide creer en una imparcialidad que no existe ni siquiera en apariencia. Así, la justicia electoral deja de ser árbitro y empieza a jugar el partido.

Lo ocurrido con la lista del Pacto Histórico a la Cámara por el Valle del Cauca confirma que no se trata de un hecho aislado. Una solicitud presentada por Nicolás Farfán Namén pretende tumbar esa lista usando una interpretación forzada del artículo 262 de la Constitución, especialmente del llamado límite del 15 %. Ese porcentaje nunca fue creado para impedir inscribir listas, sino para regular efectos posteriores de las elecciones. Hoy se usa como excusa para sacar competidores del juego antes de que la gente vote.

El Valle del Cauca no es cualquier lugar. Cali no es un detalle menor. Son territorios donde la izquierda y el Pacto Histórico han crecido desde abajo: en universidades, barrios, sindicatos, movimientos ambientales y procesos comunitarios. Atacar esa lista es una prueba piloto. Si funciona allí, el mismo mecanismo puede usarse contra otras listas ya demandadas en distintos departamentos. El mensaje es claro: quien crece demasiado puede ser excluido por vía jurídica.

Esto no es defensa del Estado de derecho. Es uso del derecho como arma política. No es control electoral. Es control de la democracia desde los tribunales. Cuando se ponen en duda consultas, cuando se borran listas con interpretaciones creativas, cuando deciden jueces con conflictos evidentes, lo que está en juego no es un trámite, sino algo mucho más grave: quién tiene derecho a representar a la gente.

La democracia colombiana no está perdiendo en las urnas. Está siendo cercada en oficinas, resoluciones y decisiones “técnicas”. Y eso debería preocupar incluso a quienes hoy celebran estas maniobras, porque cuando se acepta que la ley sirva para excluir al adversario, mañana cualquiera puede ser el excluido.

Aquí no sobra la política.

Sobra el miedo al voto.

Y cuando el poder le teme a la voluntad popular, no judicializa por amor a la Constitución, sino por miedo a perder el control.

 

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Un Grammy en español, un mensaje al mundo

La noche de los premios suele ser una vitrina de trajes caros y palabras que se evaporan. Pero a veces, muy de vez en cuando, alguien se sale del libreto y convierte el escenario en territorio. Eso pasó cuando Bad Bunny recibió el Grammy al Álbum del Año por Debí Tirar Más Fotos. No fue solo un premio. Fue una grieta.

Por primera vez, el galardón mayor de la industria musical habló en español sin pedir permiso. No como traducción ni como exotismo, sino como lengua madre. Un álbum hecho desde Puerto Rico, desde la memoria, desde la herida y el amor por la tierra, se impuso sobre el catálogo entero del imperio. Ganó el disco, sí. Pero ganó algo más grande: la posibilidad de que el mundo escuche sin corregir el acento.

Bad Bunny no agradeció primero. Hizo una pausa. Y en esa pausa cabían las cocinas donde se reza bajito, los aeropuertos donde el miedo se pega a la piel, las manos que trabajan sin papeles. Dijo “fuera ICE” y no fue un grito: fue una constatación. Luego recordó lo obvio, eso que a veces hay que decir en voz alta: que las personas migrantes no son animales, ni salvajes, ni extraterrestres. Son humanos. Son parte de América.

El gesto incomodó. Como incomoda siempre la dignidad cuando no se arrodilla. Desde lejos, desde los púlpitos del poder, llegó el desprecio. Pero el mensaje ya estaba sembrado.

Hay premios que consagran carreras. Y hay gestos que ensanchan el mundo. Este fue uno de esos. En tiempos de redadas, muros y discursos de odio, un artista popular decidió usar el micrófono más grande para recordar algo sencillo: que el amor es más fuerte que el miedo.

Y eso, aunque parezca pequeño, da esperanza. Porque a veces la historia avanza así: no con discursos largos, sino con una frase dicha en el momento justo, en el idioma que nació para decirla.

 

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Cuando la moral viaja en jet privado: Pastrana y el caso Epstein

En Colombia la impunidad no solo se administra: se coreografía. Tiene tiempos, escenarios, utilería y personajes que reaparecen cuando el escándalo parece haber pasado de moda. Uno de ellos es Andrés Pastrana, quien vuelve al debate público con ínfulas de censor moral, como si los archivos no existieran y la memoria fuera una excentricidad de los ingenuos.

No estamos hablando de rumores ni de montajes digitales. Hablamos de registros oficiales de vuelo, incorporados a expedientes judiciales federales en Estados Unidos. En marzo de 2003, el entonces presidente colombiano figura como pasajero en un avión privado vinculado a Jeffrey Epstein, acompañado por su círculo más cercano. Los destinos no fueron inocentes ni turísticos: Palm Beach, Florida, y Nassau, Bahamas, territorios que hoy están plenamente documentados como centros de operación de una red internacional de trata de personas y abuso sexual de menores. Allí Epstein reclutaba, allí abusaba, allí funcionaba una estructura criminal sostenida durante años con la complicidad del silencio.

Los documentos no describen qué hizo Pastrana en esos lugares ni lo acusan penalmente. Pero establecen un hecho político imposible de borrar: estuvo allí, viajó con ellos y nunca ofreció una explicación pública clara y verificable. La política no se mide solo por sentencias judiciales; también se mide por trayectorias, compañías y responsabilidades éticas. Y esas, en este caso, pesan.

La coreografía no termina en los vuelos. Fotografías y registros periodísticos lo muestran compartiendo espacios sociales con Ghislaine Maxwell, hoy condenada por tráfico sexual. No es una prueba penal, pero sí una imagen profundamente reveladora de cómo ciertas élites se mueven con naturalidad entre el poder público y el privilegio privado. A eso se suma un dato incómodo que en Colombia se ha normalizado demasiado: el uso de helicópteros oficiales, uniformes y símbolos del Estado puestos al servicio de excesos personales y de relaciones políticamente inconfesables durante su gobierno. No eran bienes privados. Eran recursos públicos utilizados para sostener una estética de poder que nunca rindió cuentas.

No estamos afirmando un delito concreto. Estamos señalando un patrón. Y cuando los patrones se repiten con esta coherencia, dejan de ser casualidad para convertirse en estructura. Esa estructura es la misma que protege archivos, administra silencios y recicla personajes.

Ese es el talante de la derecha colombiana que quiere volver al poder en 2026: impunidad bien ensayada, memoria corta y superioridad moral sin sustento. Ciudadano consciente: ni un voto para estos criminales.

 

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No vaya a la Casa Blanca, señor Presidente

Señor Presidente, por favor, no se le ocurra ir a la Casa Blanca.

No vaya.

No se suba a ese avión.

No cruce esa puerta giratoria alfombrada donde las sonrisas brillan mientras los cuchillos esperan.

Todo esto —absolutamente todo— huele a trampa.

A trampa vieja.

De esas que no necesitan creatividad porque ya fueron usadas.

Con manual desclasificado.

Con antecedentes verificables.

Con entradas propias en Wikipedia.

Hagamos memoria, que es el deporte que más incomoda al poder.

El 19 de octubre de 2025, Donald Trump decidió que usted no era un presidente, sino un “líder del narcotráfico”. Así, sin juez, sin fiscal, sin pruebas. Sin más sustento que su cuenta de Truth Social y su conocida pasión por la calumnia.

No fue una metáfora ni un exabrupto. Fue una acusación directa. Luego la repitió. Y la repitió otra vez. Porque cuando Trump encuentra una palabra que le sirve, la exprime hasta dejarla seca: narcotraficante, protector de la coca, enfermo, peligro regional. Todo dicho con el mismo rigor probatorio con el que algunos insisten en que la Tierra es plana.

Después vino el siguiente acto del libreto: la descertificación moral, política y diplomática. No contentos con insultarlo, decidieron castigar a Colombia. Y, como eso no alcanzaba, lo pusieron a usted y a su familia en la famosa Lista Clinton. Esa lista no necesita jueces, ni sentencias, ni debido proceso. Basta con la sospecha conveniente.

Usted.

Su esposa.

Su hijo.

Un castigo colectivo, pulcro, elegante. De esos que se presentan como trámite administrativo, pero que en realidad funcionan como una ejecución política en cámara lenta. Ya bastante daño le han hecho, señor Presidente, como para ahora invitarlo a la sala principal del verdugo.

Y no olvidemos un detalle nada menor: mientras todo esto ocurría, sectores muy respetables de la derecha colombiana hacían fila en Washington. Fila ordenada, bien peinada, con inglés esforzado. Pidiendo sanciones, intervención, presión internacional. Cualquier cosa que sirviera para sacarlo del camino. El viejo sueño húmedo de siempre: que el problema colombiano lo resuelva otro, preferiblemente con botas.

A esto se suma un hecho grave que no puede pasarse por alto: Álvaro Leyva no se quedó en los audios. Leyva interpuso denuncias penales contra usted en Estados Unidos, buscando activar mecanismos judiciales fuera del país, precisamente en la jurisdicción que hoy lo invita con gesto diplomático. No fue una salida de tono ni un arrebato personal. Fue una jugada política y jurídica deliberada.

Y, como telón de fondo permanente, una amenaza reiterada: el uribismo ha instalado desde hace años la idea de extraditar al presidente Gustavo Petro, presentándolo como determinador político del narcotráfico. No es un rumor marginal ni una exageración retórica. Es un discurso que aparece cíclicamente en columnas, entrevistas, redes y escenarios internacionales, siempre listo para activarse cuando el poder interno no alcanza.

Así que no estamos hablando de paranoia. Estamos hablando de denuncias formales, antecedentes políticos, amenazas públicas y de un marco jurídico hostil que se ha venido construyendo pieza por pieza.

Porque lo que hoy ocurre dentro de Estados Unidos demuestra que, cuando el poder necesita enemigos, los fabrica. ICE dejó de actuar solo en la frontera y ahora opera en barrios, carreteras, escuelas y hospitales como si estuviera en territorio ocupado. Redadas sin orden judicial clara, detenciones masivas y operativos armados han convertido la política migratoria en una operación interna de control social. Ya no se trata solo de expulsar migrantes: se trata de disciplinar comunidades enteras mediante el miedo, de enviar el mensaje de que cualquiera puede ser detenido primero y escuchado después.

Al mismo tiempo, la administración Trump ha convertido la presión internacional en herramienta cotidiana: sanciones económicas contra países que comercian con gobiernos incómodos para Washington, amenazas militares abiertas, operaciones extraterritoriales y decisiones unilaterales que ignoran acuerdos diplomáticos y organismos multilaterales. La soberanía ajena dejó de ser un principio y pasó a ser un obstáculo removible cuando interfiere con intereses geopolíticos. Lo que hoy se hace con otros países mañana puede hacerse con cualquiera que resulte inconveniente.

Y mientras eso ocurre afuera, dentro del propio territorio estadounidense crece la lista de muertos bajo custodia migratoria, de familias separadas y de ciudadanos que terminan heridos o abatidos durante operativos federales. Las protestas que hoy recorren ciudades enteras no nacen solo de la solidaridad con migrantes, sino del temor de millones de personas que empiezan a sentir que la maquinaria de seguridad ya no distingue entre extranjero y ciudadano cuando decide imponer orden. Un Estado que normaliza la excepción termina aplicándola contra todos.

Ahora bien, supongamos que usted va.

Que acepta la invitación.

Que llega sonriente, con traje oscuro y discurso conciliador.

¿Y si no lo dejan salir?

No es una pregunta exagerada. Es una pregunta histórica.

¿Qué tal que lo retengan “preventivamente”?

¿Qué tal que inventen una causa, una orden, un trámite?

¿Qué tal que lo capturen, lo congelen, lo neutralicen diplomáticamente y aquí nos quedemos, solos, mirando el noticiero con esa sensación incómoda de haber visto esta película antes?

Y aquí reaparece Álvaro Leyva, personaje que pasó de canciller a oráculo del desastre. Audios suyos, revelados por El País de España, lo muestran hablando con total naturalidad de un plan para sacarlo a usted del poder. Golpe blando, golpe duro, golpe elegante: el nombre es lo de menos.

En esos audios se menciona que Francia Márquez sabía.

Que Francia Márquez quedaría de presidenta.

Que había que mover fichas, buscar apoyos, acelerar tiempos.

Todo dicho con la serenidad de quien habla de cambiar una junta directiva, no de romper una democracia.

Y perdón, señor Presidente, pero la historia sudamericana no ayuda a tranquilizarnos. Ahí está Dina Boluarte, en Perú: vicepresidenta leal hasta el minuto exacto en que dejó de serlo, firmando la traición a Castillo con una mano y el decreto de represión con la otra. Ahí están los manuales no escritos de vicepresidencias convertidas en puentes hacia el poder cuando el presidente estorba.

Nada raro sería que Francia Márquez, rodeada, presionada, seducida por el canto de sirena del poder y la bendición internacional, hubiera sucumbido al virus de la traición. No sería la primera ni la última. Para la muestra, un botón: ahí está Delcy Rodríguez, vicepresidenta de la Venezuela bombardeada e invadida, puesta en ese lugar por el mismo poder que hoy lo invita a usted a la Casa Blanca.

La historia no juzga, pero se repite con una constancia admirable.

Así que no, señor Presidente.

No vaya.

No nos deje solos.

No se entregue voluntariamente al escenario donde ya lo insultaron, lo sancionaron, lo acusaron y lo cercaron.

No confíe en la invitación del mismo hombre que lo llamó narcotraficante, que habló de operaciones militares y que celebró su aislamiento. Esto no es diplomacia: es una ratonera con luces.

Hay una lección básica que conviene recordar: con los locos no se pelea en público y a los locos no se les pone uno de frente. Por eso, no le diga nada a ese señor por redes sociales. Pero, sobre todo, no cruce esa puerta.

Quédese.

Gobierne desde aquí.

Hable con quien tenga que hablar por teléfono, por carta o por paloma mensajera, si es necesario.

Porque todo esto —todo— huele a una gran trampa.

Y de esas, en América Latina, ya sabemos cómo se sale: tarde, mal y con un monumento póstumo.

 

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Yuliana: rostro de los feminicidios en Colombia

Al mediodía el sol cae a plomo sobre Sahagún y la vida suele moverse entre saludos de tienda, motos que pasan lento y niños que regresan de la escuela. Ese lunes de enero la rutina se rompió dentro de una casa del barrio San José. Allí fue asesinada Yuliana Martínez. Afuera, la calle siguió sonando igual por unos minutos, como si el pueblo todavía no supiera que una vida se había apagado adentro. Luego llegó el rumor, después la certeza y al final esa tristeza espesa que queda cuando la violencia deja de ser noticia lejana y se vuelve vecina. De Yuliana primero se dice que era madre, que cuidaba a su hija, que era conocida en el barrio. Casi nadie empieza diciendo “víctima de feminicidio”, pero su historia encaja en un patrón que en Colombia se repite demasiado.

Casi nunca un feminicidio empieza el día del asesinato. Suele tener un antes hecho de controles, celos, discusiones, miedos y alertas que no siempre reciben respuesta. Muchas violencias se esconden bajo la idea de que son asuntos privados. Cuando por fin se nombran, a veces ya es tarde. Entonces el dolor individual se conecta con una realidad más grande, la que muestran las cifras oficiales.

Los registros de la Defensoría del Pueblo, con base en la Fiscalía General de la Nación, indican que en Colombia hubo 171 feminicidios en 2024 y 119 en 2025. Detrás de esas muertes hay además muchos intentos de asesinato: 394 tentativas de feminicidio en 2024 y 324 en 2025. Es decir, cientos de mujeres sobrevivieron a intentos de ser asesinadas, pero siguen viviendo con secuelas físicas, miedo y riesgo. En total, las noticias criminales asociadas a feminicidio fueron 565 en 2024 y 443 en 2025, lo que muestra la magnitud de las investigaciones abiertas por este delito.

Hay otro dato que revela violencias específicas y muchas veces invisibilizadas: los transfeminicidios. Los registros señalan 20 en 2024 y 26 en 2025, un aumento que habla de la vulnerabilidad de mujeres trans y personas con identidades de género diversas en contextos de discriminación.

Estas cifras ayudan a entender que lo ocurrido con Yuliana no es un hecho aislado. El feminicidio no es un crimen pasional ni un accidente doméstico; es la forma más extrema de las violencias basadas en género, aquellas que ocurren cuando alguien cree tener poder sobre la vida de una mujer por el hecho de ser mujer. Incluyen control, amenazas, humillaciones y agresiones previas que muchas veces no reciben atención o protección oportuna.

A esto se suma la impunidad. Procesos lentos, medidas de protección que no siempre se vigilan y casos que no terminan en condena envían un mensaje peligroso. Cuando la justicia no llega a tiempo, la violencia encuentra espacio para repetirse. Por eso cada feminicidio deja preguntas abiertas: qué señales se ignoraron, qué ayuda faltó, qué institución no respondió.

Volver a Yuliana después de mirar las cifras cambia la perspectiva. Ya no es solo una historia triste, es el rostro de un problema estructural. Cada número tiene nombre, familia, gente que esperaba a alguien de regreso en casa. Recordar esos nombres junto a las cifras es una forma de resistir la costumbre y de insistir en que ninguna de estas muertes es normal ni inevitable. Mientras el país siga contando feminicidios año tras año, la tarea pendiente será escuchar antes, proteger mejor y actuar a tiempo para que la próxima historia no tenga que escribirse.

 

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